Una horrible pesadilla: en la piel de una mujer, por Mex Urtizberea

Una horrible pesadilla

Por Mex Urtizberea

ANOCHE tuve una pesadilla horrenda, de las que nos hacen realmente transpirar de los nervios: soñé que el periódico traía un suplemento llamado “Hombre”, donde se suponía que estaba aquello que le interesa al sexo masculino (como si el resto del diario no fuera para nosotros); que había revistas y un canal de cable “para el hombre”, en el que sólo se hablaba de corbatas, camisas y cremas de afeitar, pues los medios creían que el hombre y la moda eran lo mismo. Además, se había decidido incluir en el calendario el Día del Hombre (como alguna vez los adultos establecieron el Día del Niño), las publicidades de productos de limpieza estaban dirigidas sólo a los hombres y las de autos caros no nos tenían en cuenta. También sucedía en mi sueño que a lo largo de cien años de existencia del Premio Nobel de Literatura sólo en diez oportunidades se lo habían entregado a un escritor de sexo masculino; que un ecologista africano ganaba el Premio Nobel de la Paz, un hombre que había sido abandonado, con sus tres hijos, por su esposa, que luego se divorció de él alegando que “estaba demasiado educado, era demasiado fuerte, demasiado exitoso, demasiado terco y muy difícil de controlar”. Lo más absurdo de mi pesadilla era que teníamos una Corte Suprema de Justicia de nueve integrantes, y sólo dos eran varones (dos nombramientos muy recientes, pues antes no había ninguno), que ninguna provincia tenía un gobernador hombre, que no había más que un ministro hombre en el gobierno, que existía una ley de cupo masculino, que sólo el treinta por ciento de los miembros del Congreso eran varones y que ante la aparición de un líder político de sexo masculino, inteligente y valiente, no se hablaba de otra cosa que de su silueta: si estaba gordo, si hacía dieta… ¡Y el debate que se armaba porque los puestos más destacados de su partido los ocupaban los hombres! Me desperté sobresaltado y sentí un gran alivio al descubrir que todo había sido un sueño. A mi lado, dormía mi mujer, como un ángel (me gustan las mujeres en silencio), y el control remoto de la tele estaba en mi mesita de luz. Me volví a dormir plácidamente, con la tranquilidad de saber que el mundo continuaba siendo normal, que todo estaba en su lugar: lo central en el centro, lo marginal en los márgenes. Pero enseguida mi inconsciente retomó la pesadilla: caminaba por una calle en la que todos los hombres llevaban la cara cubierta por un velo celeste; entraba en una iglesia y la misa la estaba dando una mujer; un grupo de pensadores varones intentaba defender nuestros derechos, y el resto menospreciaba su trabajo: “El hombrismo ya no tiene razón de ser. ¡Si las diferencias no existen más…!” Lo último que recuerdo del sueño es que llegaba el Día del Padre y mi hijo me regalaba una plancha. Me caí de la cama del susto. Y ya no pude volver a conciliar el sueño: me desvelé tratando de encontrar qué tienen en común Saddam Hussein, George W. Bush, Osama ben Laden, Slobodan Milosevic, Idi Amin Dada, José Stalin, Adolfo Hitler, Franco y Mussolini. La respuesta la descubrí al amanecer: ninguno es una mujer.

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