Alcaldes “o” pescadores: una reflexión sobre la televisión uruguaya, Oscar Larroca

Del número 15 de la revista “Tiempo de crítica” (edición coordinada por Sandino Núñez), que saliera el pasado viernes.

Alcaldes “o” pescadores.

Oscar Larroca

El huevo “o” la gallina

“Como se sabe, el estímulo venido de la publicidad busca exacerbar la necesidad por el poder: “poder poseer”. Y ese mensaje, al fin, encubre un leve giro: “Si no usás tal o cual cosa, te convertís en el negativo de lo que querés ser: un perdedor”. Como la distancia entre la realidad y el ideal supone un vacío de violencia simbólica, el sujeto -sumergido en una crisis de identidad- se hará tarde o temprano con el objeto de su deseo (algunos, a cualquier “costo”). Para muchos publicistas, por el contrario, la publicidad no impone cortes con el mundo real, sino que es un mero “espejo” de las miserias que ya están presentes en nuestra cultura. Al respecto justifica la presidenta de AUDAP (Asociación Uruguaya de Agencias de Publicidad), Patricia Lussich: “Cuando las cosas aparecen en la publicidad están más que asentadas en la sociedad. La publicidad las amplifica pero nunca las inventa”. (¡Qué centro para responder con ironía!). Este argumento expiatorio suspende el sentido y empuja la reflexión a la mera opción de elegir entre la realidad y el derecho a reproducirla, cuando la respuesta debería pasar por preguntarse quién debe recoger los pedazos rotos después del festín.

Chicha “o” limonada

Hace algunos años, Coca Cola y Pepsi mantuvieron una disputa mediática en las carteleras de las rutas uruguayas. Decía el texto en un gran cartel: “¡Rápido; nombrá un refresco!”, y debajo, el logo de Coca Cola. Quinientos metros adelante otro anuncio proponía: “Despacio, dejá que tu sabor decida” y abajo, el logo de Pepsi. En este ejemplo, Pepsi reconocía las bondades de tomarse las cosas con calma, pero solo apeló a ello como estrategia inversa a la de su adversario. Se le quiere hacer creer al consumidor que no hay tiempo para la reflexión: todo es “ya”. “Porque la vida es ahora”, alerta Visa. “No seamos tan lentos”, aconseja Sprite. (Quizá también se trate de una aberración de la máxima “El tiempo es oro”.) Ahora, estimar el atajo de lo instantáneo provoca una inevitable consecuencia en el discurso, el pensamiento y la comprensión. Por ejemplo; niños que se dispersan en el aula escolar porque la “cultura del vértigo” les impide esperar algo que dure más que un soplo (eso también se advierte cuando los adolescentes se niegan a estudiar carreras de varios años). Toda esta cultura de la inmediatez encuentra su inflamada defensa en las palabras de un operador de marketing de una compañía multinacional: “No nos interesa las consecuencias del discurso liviano o veloz. No es nuestra tarea. Nosotros necesitamos consumidores que no piensen: compradores compulsivos que se guíen por pulsiones, instintos, sensaciones.” Aunque se podría responder –de forma ingenua- que este operador no tiene por qué conocer los mecanismos psíquicos que movilizan al sujeto, en general prevalece el “Sólo házlo” (Just do it), como ordena Nike. Una victoria pírrica. Esos técnicos -que no se instruyen más allá de su pasaje por las aulas de su concreta especialización- interpretan las normas de mercado desde una óptica pragmática en un sistema capitalista donde el Estado garantiza la libre circulación de bienes y servicios. Bien. Pero entonces el Estado debería incluir en sus programas educativos (para todas las ramas de la enseñanza) los contenidos que colaboren en la decodificación de signos, mensajes y conceptos que impone la publicidad. Esto es: que la Educación Pública batalle contra el “No queremos consumidores que piensen” de los tecnócratas publicitarios.

Basura “o” censura

Los propietarios de los canales de TV y las asociaciones que los agrupan, acuden al argumento de que la televisión es “sólo un negocio”. El presidente de ANDEBU, Rafael Inchausti, opina que “los medios exhiben lo que las audiencias quieren ver, a partir de un proceso de negociación”. El periodista televisivo Ángel María Luna sostenía: “Si la gente me pide basura, yo no tengo más remedio que darle basura”. Washington Abdala (devenido ahora en bufón y panelista residual) también se suma a la pobreza argumentativa: “El mundo es así, la gente es así, quiere ver cosas horrendas y berretas (…) Y la sangre brota a borbotones porque la gente la quiere ver”. El director del diario “El Observador”, Ricardo Peirano, no es más original: “Los medios audiovisuales, salvo contadas excepciones, dan lo que la gente quiere ver.” Dado que no hay todavía una ley que regule, estos argumentos fundados en el poder y el querer transfieren toda la responsabilidad (la primera y la última) en el espectador. La culpa es de la gente, en fin. Ahora, mencionar el término “regulación” es como meter el dedo en la llaga de los liberales bienpensantes. Para éstos, la libertad es apenas el eufemismo de una frase mucho más plana: “no toquen mis intereses económicos”. De cualquier forma, todo el coro políticamente correcto que custodia la “libertad”, se saltea un aspecto fundamental del problema. En el rubro gastronómico ningún comerciante está habilitado a vender alimentos adulterados o en descomposición. En la salud, en la enseñanza, en el turismo, en todo tipo de servicios públicos o privados hay regulaciones y nadie puede argumentar: “Yo vendo esta basura porque es sólo un negocio”. Se podrá indicar que muchos comerciantes venden basura o droga por fuera de la Ley, pero que lo hagan por fuera de la misma no significa que la Ley no exista o no deba respetarse.

Traje “o” alpargatas

Chistosos, contadores de cuentos y jaraneros en los magazines televisivos de la mañana, en los de cocina, de deportes, en los informativos y hasta en su segmento de informe meteorológico. Desaparecieron los programas del ramo porque, justamente, el humor (o, mejor dicho, una idea larvaria de lo que es considerado con esa palabra) se desplazó a todo el resto de la grilla televisiva. Periodistas, movileros y participantes se muestran descontracturados con el objetivo de que tengas “un día perfecto” o te “informes de la realidad sin perder el entretenimiento”. Todo contenido es pasible de ser triturado por un divertimento per se que termina por acotar la aprehensión y tiende a socavar, por saturación y opuestos, el ejercicio de la atención y, por ello, de la razón. Luego, la metatelevisión que bromea sobre sí misma (1) y expone el chiste, la estupidez o el furcio para ser señalado una y otra vez. Marcelo Tinelli recurre al remate humorístico cuando los bailarines de Bailando por un sueño cruzan los límites del erotismo y caen en la pornografía implícita. Una vez consumada una escena porno-soft (la bailarina tendida sobre una mesa con el torso desnudo mientras su partenaire recorre con su lengua los senos de aquella) Tinelli se cubre la vista y hace como que los protagonistas se pasaron de rosca. De inmediato, y bajo la cortina musical del extinto programa No toca botón de Alberto Olmedo, el conductor “sorprendido” comienza a aporrear la escenografía como si fuera un niño asustado (o una reedición del “Olmedo espontáneo”). Los adultos exorcizan así sus culpas (por permanecer ante el televisor con sus hijos y nietos) siguiendo la vía de un “Tinelli/Olmedo” que desdramatiza la ruptura de los límites “ordenando la cancha”. La escena fue cauterizada y beatificada por el humor… pero ya había sido emitida. Como explica Sandino Núñez: “Animus iocandi” es una figura jurídica. Es el argumento que me permite defenderme ante cualquier reproche de la sociedad civil cuando digo o hago una barbaridad (pero si era chiste, cómo te podés enojar, era una jodita para Videomatch). Bromistas Pilatos.

Caer “o” no caer

Figuritas repetidas: discapacitados manipulados, prostitutas quilomberas, anodinas polémicas de “sí o no” para asuntos complejos, lágrimas falsas, etc. Cámara testigo incorpora en su emisión un bloque (“Rescates en la red”) de violentos accidentes automovilísticos, huracanes demoledores o animales enfurecidos que agreden a humanos. El actor Gaspar Valverde le hace la siguiente broma a un homosexual en el programa Prueba que me amas: “Si te encerramos con la quinta de Basañez en el vestuario y dejamos caer unos jabones en la ducha… ¿eh? ¡Esa prueba no te costaría nada!” Morbo, violencia, machismo, análisis berretas y prejuicios obsesos como materia prima. En estos días en que una “desbocada” Victoria Rodríguez se inmoló frente a cámaras (2), esa TV chatarra volvió al tapete. Pero, más allá del folklore, el la distracción que surge es la siguiente: “¿Es cierto que Victoria Rodríguez estigmatiza y es una inculta con barniz de refinada? O… ¿No será que todo este barullo es una trenza estratégica con otros programas de la TV para que estemos enganchados a la teta de la farándula?” Este potencial temor sumerge al observador atento, ya no en el nihilismo (como deducción de la aparente evaporación de la realidad y el simulacro), sino en una parálisis reflexiva como consecuencia del frío que le recorre la espalda cuando se plantea esa interrogante.

Filarmónica “o” guarangada

Inchausti indicó: “es cierto que muchos de los contenidos dejan mucho que desear, apelando al sensacionalismo y la morbosidad, pero eso no es más que la traslación de la subcultura a la pantalla”. (Obsérvese el paralelismo con las justificaciones lineales -por empuje pragmático- que exponía Patricia Lussich.) Otra frase habitual: “Y bueno, la gente puede cambiar de canal o puede apagar la tele.” En primer lugar, éste es un argumento legitimador de la misma ecuación conformista: a un público cautivo que fue domesticado para consumir una visión reducida de la realidad no se le puede exigir que maneje distancia crítica ni decirle “ahora cambiá de canal” o “apagá la TV y leé un libro”. (Si bien Umberto Eco sostiene que se puede construir contrahegemonía desde canales alternativos, no es muy claro que cada televidente pueda hacer lo mismo). ¿Debe haber igualmente un espacio para esta chatarra en porcentajes y horarios específicos? Se dice que sí, dado que varios observadores reclaman el legítimo “derecho a no pensar” ante el electrodoméstico después de una larga jornada laboral. (Esto es, no obstante, una falsa oposición cuyo desarrollo merece un apartado específico.) En segundo lugar, y aunque no se trate necesariamente de satisfacer territorios por recorte; ¿qué hay de las minorías que quieren ver otra cosa? Muchos espectadores tienen la autonomía de apagar el aparato cuando algo les resulta abyecto o frívolo, pero también podrían tener la libertad de poder elegir una programación que no les provoque ese rechazo.

Cuota “o” nada

Respondiendo a los reclamos de cuotas que algunos estiman como “solución”, el senador nacionalista Ruperto Long dijo: “No puede ser un tema de imposición, tiene que haber mínimos como para que la gente pueda conocer los valores culturales, pero el resto debe ser pedido por la gente. Si hoy en día tenemos más de una tercera parte de contenidos nacionales en radio y un 35 % en televisión no veo para qué seguir exigiendo más si con eso estamos sentando un precedente de estar legislando sobre los contenidos.” Poco importa si estas consideraciones son producto de rituales laicos, de la ignorancia, o de la más brutal hipocresía, pues la discusión central está viciada en aspectos de forma. En efecto, en estos momentos, una de las propuestas que se maneja para “equilibrar” los contendidos en la televisión local es el de la cuota pantalla, pero si la misma se refiere a la producción y emisión de programas nacionales como Esta boca es mía, Sonríe: te estamos grabando, Sé lo que viste o Verónica Show, es legitimar por la mera vía de los porcentajes y de lo “hecho acá” productos de dudosa calidad al servicio del artefacto masa-medio. Ya mencioné antes lo que sucede cuando se reclama regulación. Sin embargo, aquellos que se desgarraron las vestiduras cuando el director de teatro Jorge Denevi expresó su conformidad con una eventual censura a la TV chatarra, son los mismos que se hicieron los tontos cuando Canal 12 -“La Tele” le prohibió al periodista Jorge Lanata investigar a algunos políticos nacionales comprometidos con hechos delictivos. Allí no hubo libertad ni democracia. Existen otros ejemplos (desde la censura a parte de la publicidad del “Voto Verde” de 1989, pasando por el caso Gestoso, Arellano o Pippo, hasta la bajada de Los informantes) que excederían largamente el alcance de este artículo. Acerca de la publicidad, Roque Faraone revela que algunos gobiernos de países capitalistas ya regulan algunos efectos perniciosos de la publicidad, como por ejemplo los de estupefacientes, o aquellos mensajes que resulten engañosos. Regular a la televisión en materia de contenidos es ciertamente más complejo, pero no puede haber casi unanimidad en la opinión de que la TV es la “caja boba”, una “porquería idiotizante” y luego sostener que es imposible detectar los contenidos que la hacen boba e idiotizante. Por lo tanto, discrepo con los liberales de izquierda o de derecha cuando alertan sobre la imposibilidad de definir qué es TV basura de lo que no es. Sí es posible corroborar su existencia, diagnosticar su funcionamiento -preñado de violencia simbólica- y determinar sus secuelas. Secuelas que no se evaporan “sacando a Victoria Rodríguez”, ni con las supuestas lecciones de vida de una “Campaña de valores” en un spot de 30 segundos, ni con calificaciones en el borde superior derecho de la pantalla (3). La reflexión, la responsabilidad social genuina, y la Ley promulgada desde el Estado de Derecho, pasan desapercibidas detrás de los huevos “o” las gallinas; las chichas “o” las limonadas; los pescadores “o” los alcaldes.

1) Y no sólo bromea o se replica sobre sí misma. Hasta sus locutores y periodistas se mimetizan físicamente con otros periodistas: un homosexual uruguayo es el “Polino uruguayo”, así como el periodista César Bianchi del programa “Santo y seña” cumple con el biotipo de periodista del programa “Zona urbana”, también conducido por Ignacio Álvarez.

2) A partir de una carta que hiciera pública Emiliano Tuala, un vecino del barrio Colón, a partir del informe sobre seguridad ciudadana que presentara el programa “Esta boca es mía”, conducido por la periodista Victoria Rodríguez. Un resumen de estas declaraciones, así como sus repercusiones mediáticas superficiales, puede verse enhttp://www.youtube.com/watch?v=rfPoLm2kCwk.

3) Durante la dictadura uruguaya, los canales de TV recomendaban a los adultos la permanencia de sus hijos ante los programas a emitirse mediante un sistema de barras diagonales situadas en el ángulo superior derecho de la pantalla (una barra: apta todo público, hasta tres barras: prohibido para menores de 18 años).

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