Pensar contra sí mismo, Émile Michel Cioran

Pensar contra sí mismo
Émile Michel Cioran

Debemos la casi totalidad de nuestros conocimientos a nuestras violencias, a la exacerbación de nuestro desequilibrio. Incluso Dios, por mucho que nos intrigue, no es en lo más íntimo de nosotros donde le discernimos, sino justo en el límite exterior de nuestra fiebre, en el punto preciso en el que, al afrontar nuestro furor al suyo, resulta un choque, un encuentro tan ruinoso para El como para nosotros. Alcanzado por la maldición que los actos conllevan, el violento no fuerza su naturaleza, no va más allá de sí mismo, más que para volver de nuevo a sí enfurecido, como agresor, seguido de sus empresas, que vienen a castigarle por haberlas suscitado. No hay obra que no se vuelva contra su autor: el poema aplastará al poeta, el sistema al filósofo, el acontecimiento al hombre de acción. Se destruye cualquiera que, respondiendo a su vocación y cumpliéndola, se agita en el interior de la historia; sólo se salva quien sacrifica dones y talentos para que, liberado de su condición de hombre, pueda reposarse en el ser. Si aspiro a una carrera metafísica, no puedo a ningún precio guardar mi identidad; debo liquidar hasta el menor residuo que me quede de ella; mas si, por el contrario, me aventuro en un papel histórico, la tarea que me incumbe es exasperar mis facultades hasta que estalle con ellas. Siempre se perece por el yo que se asume; llevar un nombre es reivindicar un modo exacto de hundimiento.

Fiel a sus apariencias, el violento no se desanima, vuelve a empezar y se obstina, ya que no puede dispensarse de sufrir. ¿Que se encarniza en la perdición de los otros? Es el rodeo que toma para llegar a su propia perdición. Bajo su aire seguro de sí, bajo sus fanfarronadas, se esconde un apasionado de la desdicha. De este modo, es también entre los violentos donde se encuentran los enemigos de sí mismos. Y todos nosotros somos violentos, rabiosos que, por haber perdido la llave de la quietud, no tienen ya acceso mas que a los secretos del desgarramiento.

En lugar de dejar al tiempo triturarnos lentamente, hemos creído oportuno sobreabundar en él, añadir a sus instantes los nuestros. Ese tiempo reciente, injertado en el antiguo, ese tiempo elaborado y proyectado debía pronto revelar su virulencia; objetivándose, iba a convertirse en historia, monstruo urdido por nosotros contra nosotros mismos, fatalidad a la que no podríamos escapar, ni aun recurriendo a las fórmulas dc la pasividad, a las recetas de la sabiduría.

Intentar una cura de ineficacia; meditar sobre los padres taoístas, su doctrina del abandono, del dejarse llevar, de la soberanía de la ausencia; seguir, según su ejemplo, el recorrido de la conciencia cuando deja de tenérselas con el mundo y se moldea sobre todas las cosas, como el agua, elemento al que son afectos, eso ya podemos esforzarnos en lograrlo, que no lo conseguiremos jamás. Ellos condenan juntamente nuestra curiosidad y nuestra sed de dolores; y en esto se diferencian de los místicos, y singularmente de los de la edad media, hábiles en recomendarnos las virtudes de la camisa de cerdas, de la piel de erizo, del insomnio, de la inanición y del gemido.

«La vida intensa es contraria al Tao», enseña Lao-Tse, el hombre más normal que hubiere. Pero el virus cristiano nos recome: legatarios de los flagelantes sólo refinando nuestros suplicios tomamos conciencia de nosotros mismos. ¿Qué la religión declina? Perpetuaremos sus extravagancias, como perpetuamos las maceraciones y los gritos de las celdas de antaño, ya que nuestra voluntad de sufrir iguala a la de los conventos en la época de su florecimiento. Si bien la Iglesia no goza ya del monopolio del infierno, no por eso nos tendrá menos anclados a una cadena de suspiros, al culto del padecimiento, de la alegría fulminada y de la tristeza jubilosa.

El espíritu, tanto como el cuerpo, paga los gastos de la «vida intensa». Maestros en el arte de pensar contra sí mismos, Nietzsche, Baudelaire y Dostoievski nos han enseñado a apostar por nuestros peligros, a ampliar la esfera de nuestros males, a adquirir existencia por la división de nuestro ser. Y lo que a los ojos del gran chino era símbolo de decadencia, ejercicio de imperfección, constituye para nosotros la única modalidad de poseernos, de entrar en contacto con nosotros mismos.

«Que el hombre no ame nada y será invulnerable». («Chuang‑tzé»). Máxima profunda como inoperante. ¿Cómo alcanzar el apogeo de la indiferencia, cuando nuestra misma apatía es tensión, conflicto, agresividad? No hay ningún sabio entre nuestros antecesores, sino insatisfechos, veleidosos, frenéticos, cuyas decepciones y desbordamientos nos será preciso prolongar.

Siempre según nuestros chinos, sólo el espíritu desapegado penetra en la esencia del Tao; el apasionado no percibe más que los efectos: el descenso a las profundidades exige el silencio, la suspensión de nuestras vibraciones, léase de nuestras facultades. Pero ¿no es ya revelador que nuestra aspiración a lo absoluto se exprese en términos de actividad, de combate, que un Kierkegaard se titule «caballero de la fe», y que Pascal. no sea nada más que un panfletario? Atacamos y nos debatimos; no conocemos, pues, más que los efectos del Tao. Por lo demás, la quiebra del quietismo, equivalente europeo del taoísmo, dice mucho sobre nuestras posibilidades y nuestras perspectivas.

No veo nada más contrario a nuestras costumbres que el aprendizaje de la pasividad. (La época moderna comienza con dos histéricos: Don Quijote y Lutero.) Si elaboramos tiempo, si lo producimos, es por repugnancia a la hegemonía de la esencia y a la sumisión contemplativa que supone. El taoísmo me parece la primera y última palabra de la sabiduría: soy; sin embargo, refractario a él, mis instintos lo rechazan, como rechazan doblegarse a lo que sea, hasta tal punto pesa sobre nosotros la herencia de la rebelión. ¿Nuestro mal? Siglos de atención al tiempo, de idolatría del futuro. ¿Nos libraremos de él por algún recurso de la China o de la india?

Hay formas de sabiduría y liberación que no podemos ni aprehender desde dentro, ni transformarlas en nuestra sustancia cotidiana, ni siquiera encerrarlas en una teoría. La liberación, si efectivamente uno se empeña en ella, debe proceder de nosotros: no hay que buscarla en otra parte, en un sistema completamente acabado o en alguna doctrina oriental. Empero esto es lo que ocurre en numerosos espíritus ávidos, como suele decirse, de absoluto. Pero su sabiduría es un plagio, su liberación un engaño. No incrimino aquí solamente a la teosofía y sus adeptos, sino a todos los que se equipan con verdades incompatibles con su naturaleza. Más de uno tiene la India fácil, se imagina haber desenmarañado sus secretos, cuando nada le dispone a ello ni su carácter, ni su formación, ni sus inquietudes. ¡Qué pulular de falsos «liberados» que nos miran desde lo alto de su salvación! Tienen buena conciencia; ¿acaso no pretenden situarse por encima de sus actos? Superchería intolerable. Apuntan, además, tan alto que toda religión convencional les parece un prejuicio de familia, con la que su «espíritu metafísico» no sabría contentarse. Reclamarse de la India suena indudablemente mejor. Pero olvidan que ésta postula acuerdo entre la idea y el acto, identidad de la salvación y de la renuncia. Cuando se posee «el espíritu metafísico»», esas son bagatelas de las que uno no se preocupa.

Tras tanta impostura y tanto fraude, es reconfortante contemplar a un mendigo. El, al menos, ni miente ni se miente: su doctrina, si la tiene, la encarna él mismo; no le gusta el trabajo y lo prueba; como no desea poseer nada, cultiva su desprendimiento, condición de su libertad. Su pensamiento se resuelve en su ser y su ser en su pensamiento. Está falto de todo, es él mismo, dura. Estar a la altura de la eternidad es también vivir al día. De este modo, para él, los otros están encerrados en la ilusión. Cierto que depende de ellos, pero se venga estudiándolos, especializado como está en los trasfondos de los sentimientos «nobles». Su pereza, de una rara calidad, hace de él un auténtico «liberado», perdido en un mundo de bobos y engañados. Sobre la renuncia, sabe mucho más que numerosas de vuestras obras esotéricas. Para convenceros, no tenéis más que echaros a la calle… ¡Pero no! Preferís los textos que preconizan la mendicidad. Ya que ninguna consecuencia práctica acompaña vuestras meditaciones, no es de extrañar que el último de los pordioseros valga más que vosotros. ¿Es concebible el Buda fiel a sus verdades y a su palacio? No se es «liberado‑vivo» y propietario. Me rebelo contra la generalización de la mentira, contra los que exhiben su pretendida «salvación» y la apuntalan con una doctrina que no emana de sus profundidades. Desenmascararlos, hacerlos descender del pedestal en el que se han izado, ponerlos en la picota, es una campaña a la que nadie debería permanecer indiferente. Pues a todo precio, es preciso impedir a los que tienen demasiado buena conciencia vivir y morir en paz.

Cuando hace un momento nos oponíais lo «absoluto», afectabais un airecillo profundo, inaccesible, como si os debatieseis en un mundo lejano, con una luz, con unas tinieblas que os pertenecen, dueños de un reino al que nadie fuera de vosotros podría abordar. Nos dispensáis, a nosotros los mortales, unas pocas briznas de los grandes descubrimientos que acabáis de efectuar, algunos restos de vuestras prospecciones. Pero todas nuestras penas sólo logran haceros soltar ese pobre vocablo fruto de vuestras lecturas, de vuestra docta frivolidad, dc vuestra nada libresca y de vuestras angustias de prestado.

Lo absoluto: todos nuestros esfuerzos se reducen a minar la sensibilidad que conduce a ello. Nuestra sabiduría ‑o, más bien, nuestra no‑sabiduría‑ lo repudia; relativista, nos propone un equilibrio, no en la eternidad, sino en el tiempo. El absoluto que evoluciona, esa herejía de Hegel, se ha convertido en nuestro dogma, nuestra trágica ortodoxia, la filosofía de nuestros reflejos. Quien cree poder hurtarse a ella, da prueba de fanfarronería o ceguera. Arrinconados en la apariencia, a veces nos ocurre que abrazamos una sabiduría incompleta, mezcla de sueño e imitación. Si la India, para citar de nuevo a Hegel, representa «el sueño del espíritu infinito», el sesgo de nuestro intelecto, así como el de nuestra sensibilidad, nos obliga a concebir el espíritu encarnado, limitado a encaminamientos históricos, el espíritu sin más, que no abarca el mundo, sino los momentos del mundo, tiempo despedazado al que no escapamos más que a tirones, y cuando traicionamos nuestras apariencias.

Como la esfera de la conciencia se encoge en la acción, nadie que actúe puede aspirar a lo universal, pues actuar es aferrarse a las propiedades del ser en detrimento del ser, a una forma de realidad en perjuicio de la realidad. El grado de nuestra liberación se mide por la cantidad de empresas de las que nos hemos emancipado, tanto como por nuestra capacidad de convertir todo objeto en un no‑objeto. Pero nada significa hablar de liberación a partir de una humanidad apresurada que ha olvidado que no se podría reconquistar la vida ni gozar de ella sin haberla antes abolido.

Respiramos demasiado pronto para poder aprehender las cosas en sí mismas o para denunciar su fragilidad. Nuestro jadeo las postula y las deforma, las crea y las desfigura, y nos encadena a ellas. Me agito, emito un mundo tan sospechoso como esa especulación mía que lo justifica, me desposo con el movimiento que me transforma en generador de ser, en artesano de ficciones, mientras que mi verbo cosmogónico me hace olvidar que arrastrado por el torbellino de los actos no soy más que un acólito del tiempo, un agente de universos caducos.

Ahítos de sensaciones y de su corolario, el devenir, somos no‑liberados por inclinación y por principio, condenados selectos, presa de la fiebre de lo risible, husmeadores en esos enigmas superficiales a la medida de nuestro agobio y nuestra trepidación.

Si queremos recobrar nuestra libertad, lo que nos cuadra es deponer el fardo de la sensación no reaccionar ya al mundo por medio de los sentidos, romper nuestros lazos. Empero, toda sensación es lazo, el placer tanto como el dolor, la alegría como la tristeza. Sólo se libera el espíritu que, puro de todo contubernio con seres u objetos, se ejerce en su vacuidad.

Resistirse a la felicidad es algo que la mayoría logra; la desdicha, en cambio, es insidiosa de otro modo. ¿La habéis probado alguna vez? Nunca os saciaréis de ella, la buscaréis con avidez y, preferentemente, allí dónde no está, y la proyectaréis ahí pues, sin ella, todo os parecería inútil y sin brillo. Se encuentre donde se encuentre, expulsa el misterio y lo torna luminoso. Sabor y llave de las cosas, accidente y obsesión, capricho y necesidad, os hará amar la apariencia en lo que tiene de más potente, de más duradero y de más cierto, y os atará a ella para siempre pues, «intensa» por naturaleza, es, como toda «intensidad», servidumbre, sujeción. ¿Cómo alzarse hasta el alma indiferente y nula, hasta el alma desligada? Y ¿cómo conquistar la ausencia, la libertad de la ausencia? Nunca figurará esta libertad entre nuestras costumbres, como tampoco «el sueño del espíritu infinito».

Para identificarse con una doctrina venida de lejos, habría que adoptarla sin restricciones: ¿Cómo se compagina consentir en las verdades del budismo y rechazar la trasmigración, base misma de la idea de renunciamiento? ¿Y suscribir a los Vedas, aceptar la concepción de la irrealidad de las cosas y comportarse como si existieran? Inconsecuencia inevitable para todo espíritu educado en el culto de los fenómenos. Porque debemos confesarlo: tenemos el fenómeno en la sangre. Podemos despreciarlo o aborrecerlo, no por ello dejará de ser nuestro patrimonio, nuestro capital de muecas, el símbolo de nuestra crispación en este mundo. Raza de convulsivos, en el centro mismo de una broma de proporciones cósmicas, hemos impreso en el universo los estigmas de nuestra historia, y de esa iluminación que invita a perecer tranquilamente nunca seremos capaces. Hemos elegido desaparecer por nuestras obras, no por nuestros silencios: nuestro futuro se lee en la risotada de nuestros rostros, en nuestros rasgos de profetas mortecinos y afanosos. La sonrisa de Buda, esa sonrisa que flota sobre el mundo, no ilumina nuestros rostros. A lo máximo, concebimos la dicha; nunca la felicidad, privilegio de las civilizaciones fundadas sobre la idea de salvación, sobre la negativa a saborear sus males, a deleitarse en ellos; pero, sibaritas del dolor, retoños de una tradición masoquista, ¿quién nos columpiará entre el Sermón de Benarés y el Heautontimoroumenos? «Soy la herida y el puñal»[1]: tal es nuestro absoluto, nuestra eternidad.

En cuanto a nuestros redentores, venidos entre nosotros para nuestro mayor oprobio, amamos la nocividad de sus esperanzas y de sus remedios, la diligencia que ponen en favorecer y exaltar nuestros males, el veneno que nos inoculan sus palabras de vida. Les debemos el ser expertos en el sufrimiento sin remedio. ¡A qué tentación, a qué extremos nos conduce la lucidez! ¿Vamos a desertar de ella para refugiarnos en la inconsciencia? Cualquiera puede salvarse por medio del sueño, cualquiera tiene genio mientras duerme: no hay diferencias entre los sueños de un carnicero y los de un poeta. Pero nuestra clarividencia no podría tolerar que tal maravilla durase, ni que la inspiración fuese puesta al alcance de todos; el día nos quita los dones que la noche nos dispensa. Sólo el loco posee el privilegio de pasar sin roces de la existencia nocturna a la diurna: no hay distinción alguna entre sus sueños y sus vigilias. Ha renunciado a nuestra razón como el pordiosero a nuestros bienes. Los dos han encontrado la vía que lleva fuera del sufrimiento y han resuelto todos nuestros problemas; y de este modo permanecen como modelos que no podemos seguir, como salvadores sin adeptos.

Mientras hurgamos en nuestros males los de los otros no nos requieren menos. En la época de las biografías, nadie oculta sus llagas sin que intentemos destaparlas a la luz pública; si no lo logramos, nos apartamos de ellos plenamente decepcionados. E incluso aquel que acabó en la cruz, no cuenta aún ante nuestros ojos en modo alguno por haber sufrido por nosotros, sino por haber sufrido sin más y lanzado unos cuantos gritos tan profundos como gratuitos. Pues lo que veneramos en nuestros dioses son nuestras derrotas en hermoso.

Abocados a formas degradadas de sabiduría, enfermos de duración (durée, T.), en lucha con esa tara que nos repele tanto como nos seduce, en lucha con el tiempo, estamos constituidos de elementos todos los cuales concurren en hacer de nosotros rebeldes divididos entre una mística llamada que no tiene ningún lazo con la historia y un sueño sanguinario que es su símbolo y su nimbo. Si tuviéramos un mundo nuestro, ¡poco importaría que fuese el de la piedad o el de la risotada! nunca lo tendremos, ya que nuestra posición en la existencia se sitúa en el cruce de nuestras súplicas y de nuestros sarcasmos, zona de impureza en la que se mezclan suspiros y provocaciones. Quien es demasiado lúcido para adorar lo será igualmente para demoler, o no demolerá más que sus… rebeliones; pues ¿de qué sirve rebelarse para encontrar de inmediato el universo intacto? Monólogo irrisorio. Se subleva uno contra la justicia y contra la injusticia, contra la paz y la guerra, contra sus semejantes y contra los dioses. Después, se llega a pensar que el último viejo chocho es quizá más sabio que Prometeo. Sin embargo, no se llega a ahogar en uno mismo un grito de insurrección, y se continúa tronando a propósito de todo y de nada: automatismo lastimoso que explica por qué somos todos Luciferes de estadística.

Contaminados por la superstición dcl acto, creemos que nuestras ideas deben realizarse. ¿Qué hay más contrario a la consideración pasiva del mundo? Pero tal es nuestro destino: ser incurables que protestan, panfletarios en un camastro.

Nuestros conocimientos, como nuestras experiencias, deberían paralizarnos y hacernos indulgentes incluso para con la tiranía, desde el momento en que representa una constante. Somos lo suficientemente clarividentes como para sentirnos tentados de deponer las armas; el reflejo de la rebelión triunfa empero sobre nuestras dudas; y aunque podríamos ser unos perfectos estoicos, el anarquista vela en nosotros y se opone a nuestras resignaciones.

«Jamás aceptaremos la Historia»: tal me parece ser el adagio de nuestra impotencia para ser verdaderos sabios o verdaderos locos. ¿Seremos figurones de la sabiduría y de la locura? Hagamos lo que hagamos, respecto a nuestros actos estamos obligados a una profunda insinceridad.

Evidentemente, un creyente se identifica hasta un cierto punto con lo que hace y con lo que cree; no hay en él una divergencia importante entre su lucidez, por una parte, y sus acciones y pensamientos por otra. Tal divergencia se ensancha desmesuradamente en el falso creyente, en quien manifiesta convicciones sin adherirse a ellas. El objeto de su fe es un sucedáneo. Digámoslo sin ambages: mi rebelión es una fe que suscribo sin creer en ella. Pero no puedo dejar de suscribirla. Nunca se meditará bastante la frase de Kirilov sobre Stavroguin: »Cuando cree no cree que cree, y cuando no cree no cree que no cree».

Más aún que el estilo, el ritmo mismo de nuestra vida está fundado sobre la honorabilidad de la rebelión. Como nos repugna admitir la identidad universal, ponemos la individuación, la heterogeneidad, como un fenómeno primordial. Pues bien, rebelarse es postular esa heterogeneidad, es concebirla de algún modo como anterior origen de los seres y de los objetos. Si opongo la Unidad, la única verídica, a la multiplicidad, necesariamente engañosa, si, en otros términos, asimilo lo otro a un fantasma, mi rebelión se vacía de sentido, ya que, para existir, debe partir de la irreductibilidad de los individuos, de su condición de mónadas, de esencias circunscritas. Todo acto instituye y rehabilita la pluralidad, y, confiriendo a la persona realidad y autonomía, reconoce implícitamente la degradación, el despedazamiento de lo absoluto. Y es de éste, del acto, y del culto que le es anejo, de donde procede la tensión de nuestro espíritu, y esa necesidad de estallar y de destruirnos en el corazón de la duración (durée, T.). La filosofía moderna, instaurando la superstición del yo., ha hecho de ella el resorte de nuestros dramas y el pivote de nuestras inquietudes. Añorar el reposo en la indistinción, el sueño neutro de la existencia sin cualidades, no sirve de nada; nos hemos querido sujetos, y todo sujeto es ruptura con la quietud de la Unidad. Quien se ataree en atenuar nuestra soledad o nuestros desgarramientos va contra nuestros intereses y nuestra vocación. Medimos el valor del individuo por la suma de sus desacuerdos con las cosas, por su incapacidad para ser indiferente, por su negativa a tender hacia el objeto. Y de aquí la descalificación de la idea de Bien, de aquí la boga del Diablo.

Mientras vivíamos rodeados dc terrores elegantes, nos acomodábamos muy bien a Dios. Cuando otros, más sórdidos, porque más profundos, se apoderaron de nosotros, precisamos de otro sistema de referencias, de otro patrón. El Diablo era la figura pintiparada. Todo en él concuerda con la naturaleza de los acontecimientos de los que es agente y principio regulador: sus atributos coinciden con los del tiempo. Implorémosle, pues, ya que, lejos de ser un producto de nuestra subjetividad, una creación de nuestra necesidad de blasfemia o soledad, es el maestro de nuestras interrogaciones y de nuestros pánicos, el instigador de nuestros desvaríos. Sus protestas, sus violencias, no carecen de equívocos: ese «gran Triste» es un rebelde que duda. Si fuera simple, de una sola pieza, no nos atañería; pero sus paradojas, sus contradicciones, son nuestras: acumula nuestras imposibilidades, sirve de modelo a nuestras rebeliones contra nosotros mismos, al odio de nosotros mismos. ¿La fórmula del infierno? Es en esa forma de rebelión y de odio donde hay que buscarla, en el suplicio del orgullo derribado, en esa sensación dc ser una terrible cantidad desdeñable, en los tormentos del «yo», de ese «yo» por el que comienza nuestro fin…

De todas las ficciones, la de la Edad de Oro es la que más nos pasma: ¿cómo ha podido rozar las imaginaciones? Y es para denunciarla y por hostilidad contra ella por lo que la historia, agresión del hombre contra sí mismo, ha cobrado empuje y forma; de tal suerte que entregarse a la historia es aprender a sublevarse, a imitar al Diablo. Nunca lo imitamos tan bien como cuando, a expensas de nuestro ser, emitimos tiempo, lo proyectamos fuera y lo dejamos convertirse en sucesos. «A partir de ahora, ya no habrá tiempo»: ese metafísico improvisado que es el Ángel del Apocalipsis anuncia de este modo el fin del Diablo, el fin de la Historia. De este modo, los místicos tienen razón de buscar a Dios en sí mismos o en otra parte, salvo en este mundo del que hacen tabla rasa, sin por ello rebajarse a la rebelión. Saltan fuera del siglo: locura de la que nosotros, cautivos de la duración, somos raramente capaces. ¡Si al menos fuésemos tan dignos del Diablo como ellos lo son de Dios!

Para persuadirse de que la rebelión goza de una honorabilidad indebida basta reflexionar sobre la manera en que se califica a los espíritus ineptos para ella. Se les llama blandengues. Es casi cierto que estamos cerrados a toda forma de sabiduría porque no vemos en ella mas que una blandenguería transfigurada. Por injusta que sea una reacción semejante, no puedo impedir sentirla para con el mismo taoísmo. Aun sabiendo que recomienda el alejamiento y el abandono en nombre del absoluto y no de la cobardía, lo rechazo en el momento mismo en que creo haberlo adoptado; y si doy mil veces razón a Lao-tsé, sin embargo, comprendo mejor a un asesino. Entre la serenidad y la sangre, lo natural es inclinarse hacia la sangre. El asesinato supone y corona la rebelión: quien ignora el deseo de matar, por mucho que profese opiniones subversivas, siempre será un conformista.

Sabiduría y rebelión: dos venenos. Incapaces de asimilarlos ingenuamente, no encontramos en ninguno de los dos una fórmula de salvación. Sigue siendo cierto que en la aventura luciferina hemos adquirido una maestría que nunca poseemos en la sabiduría. Para nosotros, la misma percepción es sublevación, comienzo de trance o de apoplejía. Perdida de energía, voluntad de gastar nuestras disponibilidades. Rebelarse con cualquier motivo comporta una irreverencia contra uno mismo, contra nuestras fuerzas. ¿De dónde sacaríamos para la contemplación ese derroche estático, esa concentración en la inmovilidad? Dejar las cosas tal como están, mirarlas sin querer morderlas, percibir su esencia, nada más hostil a la dirección de nuestro pensamiento; aspiramos, por el contrario, a zarandearlas, a torturarlas, a prestarles nuestros furores. Así debe ser: idólatras del gesto del juego y del delirio, gustamos de los que arriesgan el todo por el todo, tanto en poesía como en filosofía. El Tao‑te‑kin va más lejos que Une saison en enfer o Ecce Homo. Pero Lao‑tsé no nos propone ningún vértigo, en tanto que Rimbaud y Nietzsche, acróbatas que se contorsionan en el punto extremo de sí mismos, nos invitan a sus peligros. Sólo nos seducen los espíritus que se han destruido por haber querido dar un sentido a sus vidas.

No hay salida para quien juntamente rebasa el tiempo y se hunde en el para quien accede sobresaltadamente a su última soledad y se ahínca, sin embargo, en la apariencia. Indeciso, tironeado, se arrastrará como un enfermo de la duración, expuesto juntamente a la atracción del futuro y de lo intemporal. Si creyendo al Maestro Eckhart, el tiempo tiene un «olor», con mayor razón aún debe tener uno la historia. ¿Cómo permanecer insensible a él? En un plano más inmediato, distingo la ilusión, la nulidad, la podredumbre de la «civilización»; empero, me siento solidario de esa podredumbre: soy el fanático de una carroña. Guardo rencor a nuestro siglo por habernos subyugado hasta el punto de acosarnos incluso en el momento en que nos separamos de él. Nada viable puede salir de una meditación de circunstancias, de una reflexión sobre el acontecimiento. En otras edades más felices, los espíritus podían desvariar libremente, como si no perteneciesen a ninguna época, emancipados como estaban del terror de la cronología, abismados en un momento del mundo el cual, para ellos, se confundía con el mundo mismo. Sin inquietarse por la relatividad de su obra, se consagraban a ella enteramente. Estupidez genial irremisiblemente pasada, exaltación fecunda, en nada comprometida por la conciencia descoyuntada. Adivinar todavía lo intemporal y saber, sin embargo, que nosotros somos tiempo, que producimos tiempo, concebir la idea de eternidad y mimar nuestra nada; irrisión de la que emergen no sólo nuestras rebeliones, sino también las dudas que tenemos a su respecto.

Buscar el sufrimiento para evitar el rescate, seguir en dirección contraria el camino de la liberación, tal es nuestra aportación en materia de religión: iluminados biliosos, Budas y Cristos hostiles a la salvación, predicando a los miserables el encanto de su desdicha. Raza superficial, si se quiere. No por ello es menos indudable que nuestro primer antepasado nos ha dejado, por toda herencia, el horror al paraíso. Dando un nombre a las cosas, preparaba su decadencia y la nuestra. Si quisiéramos remediarla, nos haría falta comenzar por desbautizar el universo, por quitar la etiqueta que, superpuesta sobre cada apariencia, la realza y le presta un simulacro de sentido. Mientras, hasta nuestras células nerviosas, todo en nosotros aborrece el paraíso. Sufrir: única modalidad de adquirir la sensación de existir; existir: única forma de salvaguardar nuestra perdición. Así será en tanto que una cura de eternidad no nos haya desintoxicado del futuro, en tanto que no nos hayamos acercado a ese estado en el que, según un budista chino, «el instante vale diez mil años».

Puesto que el absoluto corresponde a un sentido que no hemos sabido cultivar, entreguémonos a todas las rebeliones: acabarán indudablemente por volverse contra sí mismas, contra nosotros mismos… Quizá entonces reconquistaremos nuestra supremacía sobre el tiempo; a menos que, muy por el contrario, queriendo escapar a la calamidad de la conciencia, no nos reunamos con las bestias, las plantas y los objetos, con esa estupidez primordial de la que, por culpa de la historia, hemos perdido hasta el recuerdo.

Sobre una civilización exhausta

El que pertenece orgánicamente a una civilización no sabría identificar la naturaleza del mal que la mina. Su diagnóstico apenas cuenta; el juicio que formula sobre ella le concierne; la trata con miramientos por egoísmo.

Más despegado, más libre, el recién llegado la examina sin cálculo y capta mejor sus desfallecimientos. Si está perdida, él aceptará la necesidad de perderse también, de constatar sobre ella y sobre sí mismo los afectos del fatum. En cuanto a remedios, ni posee ni propone ninguno. Como sabe que no se puede curar el destino, no se erige como saludador de nadie. Su única ambición: estar a la altura de lo Incurable…

Ante la acumulación de sus éxitos, los países de Occidente no necesitaron mucho trabajo para exaltar la historia, para atribuirle una significación y una finalidad. Les pertenecía, eran sus agentes: debía pues seguir una marcha racional… De este modo, la colocaron alternativamente bajo el patronazgo de la Providencia, de la Razón y del Progreso. El sentido de la fatalidad les faltaba; comenzaron finalmente a adquirirlo, aterrados por la ausencia que les acecha, por la perspectiva de su eclipse. De ser sujetos han pasado a objetos, desposeídos para siempre de esa irradiación, de esa admirable megalomanía, que hasta ahora los había cerrado a lo irreparable. Son hoy tan conscientes de esto, que miden la estupidez de un espíritu por su grado de apego a los acontecimientos. ¿Qué hay de más normal, dado que los acontecimientos pasan en otra parte? Uno no se sacrifica más que si conserva la iniciativa. Pero por poco que se guarde el recuerdo de una antigua supremacía, aún se sueña con sobresalir, aunque no sea no más que en el azoro.

Francia, Inglaterra, Alemania, tienen su período de expansión y de locura tras ellas. Es el fin de lo insensato, el comienzo de las guerras defensivas. Ya no más aventuras colectivas, no más ciudadanos, sino individuos lívidos y desengañados, capaces todavía de responder a una utopía, a condición, sin embargo, de que venga de fuera, y de que no deba tomarse la molestia de concebirla. Si antaño morían por el sinsentido de la gloria, ahora se abandonan a un frenesí reivindicador; la «felicidad» les tienta; es su último prejuicio, del cual ese pecado de optimismo que es el marxismo toma su energía. Cegarse, servir, entregarse al ridículo o a la estupidez de una causa, otras tantas extravagancias de las que ya no son capaces. Cuando una nación comienza a deslucirse, se orienta hacia la condición de masa. Aunque dispusiese de mil Napoleones seguiría rehusándose a comprometer su reposo o el de los otros. Con reflejos claudicantes, ¿a quién aterrorizar y cómo? Si todos los pueblos estuviesen en el mismo grada de fosilización o de cobardía se entenderían fácilmente: sucedería a la inseguridad la permanencia de un pacto de cobardes… Apostar a la desaparición de los instintos guerreros, creer en la generalización de la decrepitud o del idilio, el ver lejos, demasiado lejos: la utopía es presbicia de los pueblos viejos. Los pueblos jóvenes, a los que repugna buscarse la escapatoria de una ilusión, ven las cosas bajo el prisma de la acción: su perspectiva es proporcionada a sus empresas. Sacrifican la comodidad a la aventura, la dicha a la eficacia, y no admiten la legitimidad de ideas contradictorias, la coexistencia dc posiciones antinómicas: ¿qué otra cosa quieren sino disminuir nuestras inquietudes por medio de… el terror y revigorizarnos triturándonos? Todos sus éxitos les vienen de su salvajismo, pues lo que cuenta en ellos no son sus sueños, sino sus impulsos. ¿Que se inclinan a una ideología? Aviva su furor, hace valer su trasfondo bárbaro y les mantiene despiertos. Cuando los pueblos viejos adoptan una, les embota, mientras les dispensa esa pizca de fiebre que les permite creerse vivos de algún modo: ligero empujón de lo ilusorio…

Una civilización no existe ni se afirma más que por actos de provocación. ¿Que comienza a sentar cabeza? Entonces, se pulveriza. Sus momentos son momentos temibles, durante los cuales, lejos de almacenar sus fuerzas, las prodiga. Ávida de extenuarse, Francia se atareó en derrochar las suyas; lo consiguió, ayudada por su orgullo, su celo agresivo (¿acaso no ha hecho, en mil años más guerras que ningún otro país?). Pese a su sentido del equilibrio ‑incluso sus excesos fueron felices‑ no podía acceder a la supremacía más que con detrimento de su sustancia. Agotarse: hizo de ello cuestión de honor. Enamorada de la fórmula, de la idea explosiva, del estrépito ideológico, puso su genio y su vanidad al servicio de todos los acontecimientos ocurridos en estos diez últimos siglos. Y, tras haber sido la vedette, hela aquí resignada, temerosa, rumiando pesares y aprehensiones y descansando de su esplendor, de su pasado. Huye de su rostro, tiembla delante del espejo… Las arrugas de una nación son tan visibles como las de un individuo.

Cuando se ha hecho una gran revolución, ya no se hace estallar otra de la misma importancia. Si se ha sido durante largo tiempo árbitro del gusto, una vez perdido el puesto ni siquiera se trata de reconquistarlo. Cuando se desea el anonimato, se harta uno de servir de modelo, de ser seguido e imitado: ¿de qué sirve mantener todavía la fachada para entregarse al universo?

Francia conoce demasiado bien estas perogrulladas como para repetírselas. Nación del gesto, nación teatral, gustaba tanto de su papel como su público. Pero ya está harta, quiere retirarse del escenario, y no aspira más que a los decorados del olvido.

De que ha gastado su inspiración y sus dones no cabe duda, pero sería injusto reprochárselo: tanto daría acusarla de haberse realizado cumplidamente. Las virtudes que hacían de ella una nación privilegiada las ha embotado, a fuerza de cultivarlas, de hacerlas valer, y no es por falta de ejercicio por lo que sus talentos palidecen hoy y se borran. Si el ideal del bien‑vivir (manía de las épocas declinantes) la acapara, la obsesiona, la solicita únicamente, es que ya no es más que un hombre para una totalidad de individuos, una sociedad más bien que una voluntad histórica. Su asco por sus antiguas ambiciones de universalidad y de omnipresencia alcanza tales proporciones que sólo un milagro puede salvarla de un destino provinciano.

Desde que ha abandonado sus designios de dominio y conquista, la murria, hastío generalizado, la mina. Azote de las naciones en franca defensiva, devasta su vitalidad; mejor que precaverse de ella, la sufren y se habitúan hasta el punto de no poder pasarse sin ella. Entre la vida y la muerte, encontrarán siempre suficiente espacio para escamotear una y otra, para evitar vivir y para evitar morir. Caídas en una catalepsia, soñando con un statu quo eterno, ¿cómo reaccionarán contra la oscuridad que las asedia, contra el avance de las civilizaciones opacas?

Si queremos saber lo que ha sido un pueblo y por qué es indigno de su pasado, no tenemos más que examinar las figuras que más lo marcaron. Lo que fue Inglaterra, los retratos de sus grandes hombres lo dicen suficientemente. ¡Qué arrobo contemplar, en la National Gallery, esas cabezas viriles, a veces delicadas, la más a menudo monstruosas, la energía que se desprende de ellas, la originalidad de los rasgos, la arrogancia y la solidez de la mirada! Después, al pensar en la timidez en el buen sentido, en la corrección de los ingleses de hoy, comprendemos porqué no saben ya interpretar a Shakespeare, porqué lo vuelven soso y lo emasculan. Están tan alejados de él como deberían estarlo de Esquilo los griegos tardíos. Ya no hay nada de isabelismo en ellos: emplean lo que les queda de «carácter» en salvar las apariencias, en cuidar la fachada. Siempre se paga caro haber tomado la «civilización» en serio, haberla asimilado excesivamente.

Quién ayuda a la formación de un imperio? Los aventureros, los brutos los bribones, todos los que carecen del prejuicio del «hombre». Al salir de la Edad Media, Inglaterra, desbordante de vida, era feroz y triste; ninguna preocupación de honorabilidad venía a turbar su afán de expansión. Emanaba de ella esa melancolía de la fuerza tan característica de los personajes shakesperianos. Pensemos en Hamlet, ese pirata soñador: sus dudas no alteran su fogosidad: nada hay en él de la debilidad de un razonador. ¿Sus escrúpulos? Los crea por derroche de energía, por gusto del éxito, por la tensión de una voluntad inagotablemente enferma. Nadie fue más liberal, más generoso con sus propios tormentos, ni los prodigó tanto. ¡Lujuriantes ansiedades! ¿cómo los ingleses actuales se alzarían hasta ellas? Por lo demás, tampoco lo pretenden. Su ideal es el hombre como es debido: se acercan a él peligrosamente. Aquí tenemos a la única nación, poco más o menos, que en un universo desmelenado se obstina todavía en tener «estilo». La ausencia de vulgaridad toma allí dimensiones alarmantes: ser impersonal constituye un imperativo, hacer bostezar al otro, una ley. A fuerza de distinción y de sosería. El inglés se hace más y más impenetrable y desconcierta por el misterio que se le supone a despecho de la evidencia.

Reaccionando contra su propio fundamento, contra sus maneras de antaño, minado por la prudencia y la modestia, se ha forjado un comportamiento, una regla de conducta que debía apartarla de su genio. ¿Dónde están sus manifestaciones de descaro y de soberbia, sus desafíos, sus arrogancias de antaño? El romanticismo fue el último sobresalto de su orgullo. Después, circunspecto y virtuoso, permite que se desperdigue la herencia de cinismo y de insolencia de la que se le suponía tan orgulloso. En vano se buscarían las huellas del bárbaro que fue: todos sus instintos están yugulados por su decencia. En lugar de azotarle, de estimular sus locuras, sus filósofos le han empujado hacia el callejón sin salida de la felicidad. Decidido a ser feliz, acaba por serlo. Y de su felicidad, exenta de plenitud, de riesgo, de toda sugestión trágica, ha hecho esa mediocridad envolvente de la que gozará para siempre. ¿Hay que asombrarse de que se haya convertido en el personaje que imitó el norte, un modelo, un ideal para vikingos marchitos? Mientras era poderoso, se le detestaba y se le temía; ahora, se le comprende; pronto se le amará… Ya no es una pesadilla para nadie. Se prohíbe el exceso y el delirio, se ve en ellos una aberración o una descortesía. ¡Qué contraste entre sus antiguos desbordamientos y la sabiduría que hoy frecuenta! Sólo a precio de grandes abdicaciones llega un pueblo a ser normal.

«Si el sol y la luna se pusiesen a dudar, se apagarían de inmediato» (Blake). Europa duda desde hace mucho…, si su eclipse nos turba Americanos y Rusos lo contemplan, ora con serenidad, ora con alegría.

América se yergue ante el mundo como una nada impetuosa, como una fatalidad sin sustancia. Nada la preparaba para la hegemonía; tiende, sin embargo, hacia ella, no sin alguna vacilación. Al revés que otras naciones, que tuvieron que pasar por toda una serie de humillaciones y derrotas, no ha conocido hasta ahora más que la esterilidad de una suerte ininterrumpida. Si, en lo futuro, todo le sale igual de bien su aparición habrá sido un accidente sin trascendencia. Los que presiden sus destinos, los que se toman a pecho sus intereses, deberían prepararla malos días; para dejar de ser monstruo superficial, una prueba de envergadura le es necesaria. Quizá no está ya lejos. Tras haber vivido hasta ahora fuera del infierno, se dispone a descender a él. Si se busca un destino, lo encontrará más que en la ruina de todo lo que fue su razón de ser.

En lo que respecta a Rusia no se puede examinar su pasado sin experimentar un estremecimiento un espanto de calidad. Pasado sordo, lleno de espera, de ansiedad subterránea, pasado de topos iluminados. La irrupción de los rusos hará temblar a las naciones; por el momento, han introducido ya el absoluto en política. Es el desafío que arrojan a una humanidad recomida de dudas y a la que no dejarán de dar el golpe dc gracia. Si nosotros ya no tenemos alma, ellos tienen para dar y tomar. Cerca de sus orígenes, de ese universo afectivo en el que el espíritu se adhiere aún al suelo, a la sangre, a la carne, ellos sienten lo que piensan; sus verdades, como sus errores, son sensaciones, estimulantes, actos. De hecho, no piensan: estallan. Todavía en el estadio en que la inteligencia no atenúa ni disuelve las obsesiones, ignoran los efectos nocivos de la reflexión, como son puntos extremos de la conciencia en que ésta se convierte en factor de desarraigamiento y de anemia. Pueden, pues, arrancar tranquilamente. ¿Con qué tienen que enfrentarse, más que con un mundo linfático? Nada ante ellos, nada vivo con lo que puedan chocar, ningún obstáculo: ¿acaso no fue uno de ellos quien fue el primero en emplear, en pleno siglo XIX, la palabra «cementerio», a propósito de Occidente? Pronto llegarán en masa para visitar su carroña. Sus pasos son ya perceptibles para los oídos delicados. ¿Quién podría oponer, a sus supersticiones en marcha, aunque no fuera más que un simulacro de certeza?

Desde el siglo de las Luces, Europa no ha dejado de zapar sus ídolos en nombre de la idea de tolerancia; al menos, mientras era poderosa, creía en esa idea y peleaba en su defensa. Sus mismas dudas no eran sino convicciones disfrazadas; como atestiguaban su fuerza, tenía el derecho de reclamarse de ellas y el medio de infligirlas; ahora ya no son más que síntomas de enervamiento, vagos sobresaltos de instinto atrofiado.

La destrucción de los ídolos arrastra la de los prejuicios. Pues bien, los prejuicios ‑aficiones orgánicas de una civilización‑ aseguran su duración y conservan su fisonomía. Debe respetarlos, si no todos, por lo menos los que le son propios y los cuales, en el pasado, tenían para ella la importancia de una superstición o un rito. Si los tiene por puras convenciones, se desprenderá de ellos más y más, sin poder reemplazarlos por sus propios medios, ¿Que dedicó un culto al capricho, a la libertad, al individuo? Conformismo de buena ley. Que cese de plegarse a él y capricho, libertad e individuo se convertirán en letra muerta.

Un mínimo de inconsciencia es indispensable si quiere uno mantenerse en la historia. Actuar es una cosa; saber que se actúa, otra. Cuando la clarividencia informa el acto se deshace y, con él, el prejuicio, cuya función consiste precisamente en subordinar, en someter la conciencia al acto. Quien desenmascara sus ficciones, renuncia a sus resortes y como a sí mismo. También aceptará otros que le negarán, porque no habrán surgido de su propio fondo. Ninguna persona preocupada por su equilibrio debería ir más allá de un cierto grado de lucidez y análisis. ¡Cuánto más cierto es esto de una civilización, que se tambalea a poco que denuncie los errores que permitieron su crecimiento y su brillo, por poco que ponga en cuestión sus verdades!

No se abusa sin riesgo de la facultad de dudar. Cuando cl escéptico no extrae de sus problemas y sus interrogaciones ninguna virtud activa, se aproxima a su desenlace, ¿qué digo? lo busca, corre hacia él: ¡que otro zanje sus incertidumbres, que otro le ayude a sucumbir! No sabiendo qué uso hacer de sus inquietudes y de su libertad, piensa con nostalgia en el verdugo, incluso le llama. Los que no han encontrado respuesta a nada soportan mejor los efectos de la tiranía que los que han encontrado respuesta a todo. Y así sucede que, para morir, los diletantes arman menos jaleo que los fanáticos. Durante la Revolución, más de uno de los primeros afrontó el cadalso con la sonrisa en los labios; cuando llegó el turno de los jacobinos subieron a él preocupados y sombríos: morían en nombre de una verdad, de un prejuicio. Hoy, miremos hacia donde miremos, no vemos más que sucedáneos de verdad, de prejuicio; aquellos a los que falta hasta ese sucedáneo, parecen más serenos, pero su sonrisa es maquinal: un pobre, un último reflejo de elegancia…

Ni rusos ni americanos estaban lo bastante maduros, ni intelectualmente lo bastante corrompidos para «salvar» a Europa o rehabilitar su decadencia. Los alemanes, contaminados de otro modo, hubieran podido prestarle un simulacro de duración, un tinte de porvenir. Pero, imperialistas en nombre de un sueño obtuso y de una ideología hostil a todos los valores surgidos en el Renacimiento, debían cumplir su misión al revés y echarlo a perder todo para siempre. Llamados a regir el continente, a darle una apariencia de ímpetu, aunque no fuera más que por unas cuantas generaciones (el siglo XX hubiera debido ser alemán, en el sentido en que el XVIII fue francés), se le arreglaron tan torpemente que apresuraron su desastre. No contentos de haberlo zarandeado y puesto patas arriba, se lo regalaron, además, a Rusia y América, pues es para éstas para quien supieron tan bien guerrear y hundirse. De este modo, héroes por cuenta de otros, autores de un trágico zafarrancho, han fracasado en su tarea, en su verdadero papel. Después de haber meditado y elaborado los temas del mundo moderno, y producido a Hegel y Marx, hubiera sido su deber ponerse al servicio de una idea universal, no de una visión de tribu. Y, sin embargo, esta misma visión, por grotesca que fuese, testimoniaba a su favor ¿acaso no revelaba que sólo ellos, en Occidente, conservaban algunos restos de barbarie, y que eran todavía capaces de un gran designio o de una vigorosa insanía? Pero ahora sabemos que no tienen ya el deseo ni la capacidad de precipitarse hacia nuevas aventuras, que su orgullo, al haber perdido su lozanía, se debilita como ellos, y que, ganados a su vez por el encanto del abandono, aportarán su modesta contribución al fracaso general.

Tal cual es, Occidente no subsistirá indefinidamente: se prepara para su fin, no sin conocer un período de sorpresas … Pensemos en lo que ocurrió entre los siglos V y X. Una crisis mucho más grave le espera; otro estilo se dibujará, se formarán pueblos nuevos. Por el momento, afrontemos el caos. La mayoría ya se resigna a él. Invocando la historia con la idea de sucumbir a ella, abdicando en nombre del futuro, sueñan, por necesidad de esperar contra sí mismos, con verse remozados, pisoteados, «salvados»… Un sentimiento semejante había llevado a la antigüedad a ese suicidio que era la promesa cristiana.

El intelectual fatigado resume las deformidades y los vicios de un mundo a la deriva. No actúa: padece; si se vuelve hacia la idea de tolerancia, no encuentra en ella el excitante que necesita. Es el terror quien se lo proporciona, lo mismo que las doctrinas de las que es desenlace. ¿Que él es la primera víctima? No se quejará. Sólo le sucede la fuerza que le tritura. Querer ser libre es querer ser uno mismo; pero él ya está harto de ser él mismo, de caminar en lo incierto, de errar a través de las verdades. «Ponedme las cadenas de la Ilusión», suspira, mientras dice adiós a las peregrinaciones del Conocimiento. Así se lanzará de cabeza en cualquier mitología que le asegure la protección y la paz del yugo. Declinando el honor de asumir sus propias ansiedades, se comprometerá en empresas de las que obtendrá sensaciones que no sabría conseguir de sí mismo, de suerte que los excesos de su cansancio reforzarán las tiranías. Iglesias, ideologías, policías, buscad su origen en el horror que alimenta por su propia lucidez mejor que en la estupidez de las masas. Este aborto se transforma, en nombre de una utopía de pacotilla, en enterrador del intelecto y, persuadido de hacer un trabajo útil, prostituye el «estupidizaos»[2], divisa trágica de un solitario.

Iconoclasta despechado, de vuelta de la paradoja y de la provocación, en busca de la impersonalidad y de la rutina, semi‑prosternado, maduro para el tópico, abdica de su singularidad y se une de nuevo a la turba. Ya no tiene nada que derribar, más que a sí mismo: último ídolo para combatir… Sus propios restos le atraen. Mientras los contempla, modela la figura de nuevos dioses o yergue de nuevo los antiguos, bautizándolos con un nuevo nombre. A falta de poder mantener todavía la dignidad de ser difícil, cada vez menos inclinado a sopesar las verdades, se contenta con las que se le ofrecen. Subproducto de su yo, va demoledor reblandecido‑ a reptar ante los altares o lo que ocupe su lugar. En el templo o en el mitin, su sitio está donde se canta, donde se tapa la voz, ya no se oye. ¿Parodia de creencia? Poco le importa, ya que él tampoco aspira a nada más que a desistir de sí mismo. ¡Su filosofía desemboca en un estribillo, su orgullo se hunde en un Hosanna!

Seamos justos: en el punto en que están las cosas ¿qué otra cosa podría hacer? El encanto y la Originalidad de Europa residen en la acuidad de su espíritu crítico, en su escepticismo militante, agresivo; este escepticismo ha concluido su época. De este modo el intelectual, frustrado de sus dudas, se busca las compensaciones del dogma. Llegado a los confines del análisis, aterrado de la nada que allí descubre, vuelve sobre sus pasos e intenta agarrarse a la primera certidumbre que pasa; pero le falta ingenuidad para adherirse a ella plenamente; a partir de entonces, fanático sin convicciones, ya no es más que un ideólogo, un pensador híbrido, como se encuentran en todos los períodos de transición. Participando de dos estilos diferentes es, por la forma de su inteligencia, tributario de lo que desaparece, y, por las ideas que defiende, de lo que se perfila. A fin de comprenderle mejor, imaginémonos un San Agustín convertido a medias, flotando y zigzagueando, y que no hubiera tomado del cristianismo más que el odio al mundo antiguo. ¿Acaso no estamos en una época simétrica de la que vio nacer La Ciudad de Dios? Difícilmente puede concebirse libro más actual. Hoy como entonces, los espíritus necesitan una verdad sencilla, una respuesta que los libre de sus interrogantes, un evangelio, una tumba.

Los momentos de refinamiento recelan un principio de muerte: nada más frágil que la sutileza. El abuso de ella lleva a los catecismos, conclusión de los juegos dialécticos, debilitamiento de un intelecto al que el instinto ya no asiste. La filosofía antigua, enmarañada en sus escrúpulos, había pese a ella misma abierto el camino a los simplismos barriobajeros; las sectas religiosas proliferaban; a las escuelas sucedieron los cultos. Una derrota análoga nos amenaza: ya hacen estragos las ideologías, mitologías degradadas que van a reducirnos, a anularnos. El fasto de nuestras contradicciones no nos será posible mantenerlo ya largo tiempo. Son numerosos los que se disponen a venerar cualquier ídolo y a servir a cualquier verdad, siempre que una y otra les sean infligidas y que no deban aportar el esfuerzo de elegir su vergüenza o su desastre.

Sea cual sea el mundo futuro, los occidentales desempeñarán en él el papel de los graeculi en el imperio romano. Buscados y despreciados por el nuevo conquistador, no tendrán, para imponerse a él, más que los malabarismos de su inteligencia y el maquillaje de su pasado. Ya se distinguen en el arte de sobrevivir. Síntomas de acabamiento por doquiera: Alemania ha dado su medida en la música: ¿cómo creer que descollará en ella todavía? Ha gastado los recursos de su profundidad, como Francia los de su elegancia. Una y otra ‑y, con ellas, toda esa parte del mundo‑ están en quiebra, la más prestigiosa desde la antigüedad. Vendrá después la liquidación: perspectiva no desdeñable, respiro cuya duración no se deja evaluar fácilmente, período de facilidad en el que cada uno, ante la liberación finalmente llegada, estará feliz de tener tras de sí las torturas de la esperanza y de la espera.

En medio de sus perplejidades y sus apatías, Europa guarda, sin embargo, una convicción, sólo una, de la que por nada del mundo consentiría separarse la de tener un porvenir de víctima, de sacrificada. Firme e intratable por una vez, se cree perdida, quiere estarlo y lo está. Por otra parte ¿acaso no le han enseñado desde hace mucho que nuevas razas vendrían a reducirla y humillarla? En el momento en que parecía en pleno auge, en el siglo XVIII, el abate Galiani constataba ya que estaba en su declive y se lo anunciaba. Rousseau, por su parte, vaticinaba: «Los tártaros se convertirán en nuestros amos: esta revolución me parece infalible». Decía la verdad. Por lo que respecta al siglo siguiente, es conocida la célebre frase de Napoleón sobre los cosacos y las angustias proféticas de Tocqueville, de Michelet o de Renán. Estos presentimientos han tomado cuerpo, estas intuiciones pertenecen ahora a las pertenencias de lo vulgar. No se abdica de un día para otro: es precisa una atmósfera de retroceso cuidadosamente fomentada, una leyenda de derrota. Esta atmósfera está creada, como la leyenda. Y lo mismo que los precolombinos, preparados y resignados a sufrir la invasión de los conquistadores lejanos, debían resquebrajarse cuando estos llegaron, igualmente los occidentales, demasiado instruidos, demasiado penetrados de su servidumbre futura, no emprenderán, sin duda, nada para conjurarla. No tendrían, por otra parte, ni los medios ni el deseo, ni la audacia. Los cruzados, convertidos en jardineros, se han desvanecido de esa posteridad casera en la que ya no queda ninguna huella de nomadismo. Pero la historia es nostálgica del espacio y horror del hogar, sueño vagabundo y necesidad de morir lejos…, por la historia es precisamente lo que ya no vemos en torno nuestro.

Existe una saciedad que instiga al descubrimiento, a la invención de mitos, mentiras instigadoras dc acciones: es ardor insatisfecho, entusiasmo mórbido que se transforma en sano en cuanto se fija en un objetivo existe otra que disociando al espíritu de sus poderes y a la vida de sus resurtes, empobrece y reseca. Hipóstasis caricaturesca del hastío, deshace los mitos o falsea su empleo. Una enfermedad, en resumen. Quien quiera conocer sus síntomas y su gravedad, se equivocaría en ir a buscarlos lejos: que se observe a sí mismo, que descubra hasta qué punto de Oeste le ha marcado …

Si la fuerza es contagiosa, la debilidad no lo es menos: tiene sus atractivos; no es fácil resistírsele. Cuando los débiles son legión, os encantan os aplastan: ¿cómo luchar contra un continente de abúlicos? Dado que el mal de la voluntad es además agradable, uno se entrega a él gustoso. Nada más dulce que arrastrarse al margen de los acontecimientos; y nada más razonable. Pero sin una fuerte dosis de demencia, no hay iniciativa alguna, ni empresa, ni gesto. La razón: herrumbre de nuestra vitalidad. Es el loco que hay en nosotros el que nos obliga a la aventura; si nos abandona, estamos perdidos: todo de ende de él, incluso nuestra vida vegetativa; es él quien nos invita a respirar, quien nos fuerza a ello, y es también él quien empuja a la sangre a pasearse por nuestras venas. ¡Si se retira, nos quedamos solos! No se puede ser normal y vivo a la vez. Si me mantengo en posición vertical y me dispongo a ocupar el instante venidero, si, en suma, concibo un futuro, es a causa de un afortunado desarreglo de mi espíritu. Subsisto y actúo en la medida en que desvarío, en que llevo a bien mis divagaciones. En cuanto me vuelvo sensato, todo me intimida: me deslizo hacia la ausencia, hacia manantiales que no se dignan afluir, hacia esa postración que la vida debió conocer antes de concebir el movimiento, accedo a fuerza de cobardía al fondo de las cosas, completamente arrinconado hacia un abismo en el que nada puedo hacer, ya que me aísla del futuro. Un individuo, tal como un pueblo o un continente, se extingue cuando le repugnan los designios y los actos irreflexivos, cuando, en lugar de arriesgarse, y precipitarse hacia el ser, se refugia en él, retrocede a él: ¡metafísica de la regresión, del más acá, retroceso hacia lo primordial! En su terrible ponderación, Europa se rechaza a sí misma, el recuerdo de sus impertinencias y sus bravatas, y hasta esa pasión de lo inevitable último honor de la derrota. Refractaria a toda forma de exceso, a toda forma de vida, deliberará siempre, incluso después de haber dejado de existir: ¿acaso no hace ya el efecto de un conciliábulo de espectros?

Recuerdo a un pobre diablo que, todavía acostado a una hora avanzada de la mañana, se dirigía a si mismo, en un tono imperativo: «¡Quiere! ¡Quiere!». La comedia se repetía todos los días: se imponía una tarea que no podía cumplir. Por lo menos, actuando contra el fantasma que era, despreciaba las delicias de su letargia. No podría decirse otro tanto de Europa: habiendo descubierto, en el límite de sus esfuerzos, el reino del no‑querer, se llena de júbilo, porque ahora sabe que su pérdida encubre un principio de voluptuosidad y se propone aprovecharse de él. El abandono la embriaga y la colma. ¿Que el tiempo continúa fluyendo? Ella no se alarma; que se ocupen los otros; es asunto suyo: no adivinan qué alivio puede hallarse en arrellanarse en un presente que no conduce a ninguna parte …

Vivir aquí es la muerte; en otra parte el suicidio. ¿A dónde ir? La única parte del planeta en que la existencia parecía tener alguna justificación ha sido alcanzada por la gangrena. Estos pueblos archicivilizados son nuestros proveedores de desesperación. Para desesperarse basta, en efecto, mirarles, observar los procesos de su espíritu y la indigencia de sus apetencias menguadas y casi apagadas. Después de haber pecado durante tan largo tiempo contra su origen y desdeñado al salvaje y la horda ‑su punto de partida‑, forzoso le es constatar que ya no hay en ellos una sola gota de sangre huna.

El historiador antiguo que decía de Roma que no podía soportar ni sus vicios ni los remedios para éstos, más que definir su época, anticipaba la nuestra. Grande era, sin duda, la fatiga del Imperio, pero, desordenada e inventiva, sabía todavía, como contrapartida, cultivar el Cinismo, el fasto y la ferocidad, mientras que la que ahora contemplamos no posee, en su rigurosa mediocridad, ninguno de los prestigios que ilusionan. Demasiado flagrante, demasiado cierta, evoca un mal cuyo ineluctable automatismo tranquilizase paradójicamente al paciente y al médico: agonía en la forma correcta y debida, exacta como un contrato, agonía estipulada, sin caprichos ni desgarramientos, a la medida de pueblos que, no contentos con haber rechazado los perjuicios que estimulan la vida, rechazan además el que la justifica y la funda: el prejuicio del porvenir.

¡Entrada colectiva en la vacuidad! Pero no nos engañemos: esta vacuidad, completamente diferente de la que el budismo califica de «sede de la verdad», no es ni realizamiento ni liberación, ni positividad expresada en términos negativos, ni tampoco esfuerzo de meditación, voluntad de despojamiento y de desnudez, conquista de salvación, sino deslizamiento sin nobleza y sin pasión. Originada por una metafísica anémica, no sabría ser la recompensa de una investigación o el coronamiento de una inquietud. El Oriente avanza hacia la suya florece en ella y triunfa, mientras que nosotros nos enfangamos en la nuestra y perdemos, en ella, nuestros últimos recursos. Decididamente, todo se degrada y se corrompe en nuestras conciencias: incluso el vacío es en ellas impuro.

Tantas conquistas, adquisiciones, ideas, ¿dónde se perpetuarán? ¿En Rusia? ¿En América del Norte? Una y otra han sacado ya las consecuencias de lo peor de Europa… ¿América Latina? ¿África del Sur? ¿Australia? Parece que es por este lado por donde debe esperarse el relevo. Relevo caricaturesco.

El futuro pertenece a las barriadas periféricas del globo.

Si, en el orden del espíritu, queremos ponderar los éxitos desde el Renacimiento hasta nosotros, los de la filosofía no nos entretendrán, pues la filosofía occidental en nada prevalece sobre la griega, la hindú o la china. Todo lo más vale tanto como ellas en algunos puntos. Como no representa mas que una variedad del esfuerzo filosófico en general podría uno en rigor, pasarse sin ella y oponerle las meditaciones de un Sankara, de un Lao‑tsé, de un Platón. No sucede lo mismo con la música, esa gran excusa del mundo moderno, fenómeno sin paralelo en ninguna otra tradición: ¿dónde encontrar en otra parte el equivalente de un Monteverdi, de un Bach, de un Mozart? Gracias a ella, Occidente revela su fisonomía y alcanza su profundidad. Si bien no ha creado ni una sabiduría ni una metafísica que le fueran absolutamente propias, ni siquiera una poesía de la que pueda decirse que es incomparable, ha proyectado como contrapartida, en sus producciones musicales, toda su fuerza de originalidad, su sutileza, su misterio y su capacidad de lo inefable. Ha podido amar la razón hasta la perversidad; su verdadero genio fue, sin embargo, un genio afectivo. ¿El mal que más le honra? La hipertrofia del alma.

Sin la música no hubiera producido más que un estilo vulgar de civilización, previsto… Cuando presente su balance, sólo ella testimoniará que no se ha derrochado en vano, que había verdaderamente algo que perder.

A veces, le sucede al hombre el escaparse de las persecuciones del deseo, de la tiranía del instinto de conservación. Halagado por la perspectiva de decaer, zapa su voluntad, se ejerce en la apatía, se yergue contra sí mismo y llama en su auxilio a su genio malo. Atareado, presa de mil actividades que lo dañan, descubre un dinamismo cuyo atractivo no había sospechado, el dinamismo de la descomposición. Se siente muy orgulloso: por fin va a poder renovarse a sus expensas.

En lo más íntimo de los individuos, como de las colectividades, habita una energía destructora que les permite desplomarse con cierto brío: ¡exaltación ácida, euforia del aniquilamiento! Entregándose a él, esperan, sin duda, curarse de esa enfermedad que es la conciencia. De hecho, todo estado consciente nos desazona, nos extenúa, conspira en nuestro desgaste; cuanto más dominio adquiere sobre nosotros, más nos gustaría reintegrarnos a la noche que precedía nuestras vigilias, hundirnos en la modorra que precedía a las maquinaciones, al atentado del Yo. Aspiración de espíritus exhaustos y que explica por qué, en ciertas épocas, el individuo, exasperado de tropezar siempre consigo mismo, de remachar su diferencia, se vuelve hacia esos tiempos en los que, unido con el mundo, no había abandonado todavía a los restantes seres ni degenerado en hombre. Avidez y horror de la conciencia, la historia traduce juntamente el deseo de un animal lisiado de cumplir su vocación y el temor de lograrlo. Temor justificado: ¡qué desgracia le espera al final de su aventura! ¿Acaso no vivimos en uno de esos momentos en los que, sobre un espacio dado, nos hace asistir a su última metamorfosis?

Cuando paso revista a los méritos de Europa, me enternezco con ella y me reprocho hablar mal de ella; si, por el contrario, enumero sus desfallecimientos, la rabia me estremece. Me gustaría entonces que se dislocase lo antes posible y que su recuerdo desapareciese. Pero, otras veces, evocando sus títulos y sus vergüenzas, no sé de qué lado inclinarme: la amo con pesar, la amo con ferocidad, y no le perdono haberme forzado a sentimientos entre los que no me está permitido elegir. ¡Si al menos pudiera contemplar con indiferencia la delicadeza, los prestigios de sus llagas! Como un juego, he aspirado a hundirme con ella y he sido atrapado por el juego. Ningún esfuerzo me parece demasiado grande para apropiarme esa gracia que fue suya y de la que aún conserva algunos vestigios, para revivirla, para perpetuar su secreto.

¡Vano intento! ‑Un hombre de las cavernas embarazado por los encajes…

El espíritu es un vampiro. ¿Que ataca a una civilización? La deja postrada, deshecha, sin aliento, sin el equivalente espiritual de la sangre, la despoja de su sustancia, así como de ese impulso que la arrastraba a actos y escándalos de envergadura. Comprometida en un proceso de deterioro del que nada la distrae, nos ofrece la imagen de nuestros peligros y la mueca de nuestro futuro: es nuestro vacío, es nosotros; y encontramos en ella nuestras insuficiencias y nuestros vicios, nuestra voluntad insegura y nuestros instintos pulverizados. ¡El miedo que nos inspira es miedo de nosotros mismos! Y si, al igual que ella, yacemos postrados, deshechos, sin aliento, es porque hemos conocido y sufrido, nosotros también, el vampirismo del espíritu.

Aunque nunca hubiera adivinado lo irreparable, una ojeada sobre Europa hubiera bastado para darme su escalofrío. Preservándome de lo vago, justifica, atiza y halaga mis terrores, y cumple para mí la función asignada al cadáver en la meditación del monje.

En su lecho de muerte, Felipe II hizo venir a su hijo y le dijo: «He aquí dónde acaba todo, incluso la monarquía.» En la cabecera de esta Europa, no se qué voz me advierte: «He aquí dónde acaba todo, incluso la civilización».

¿De qué sirve polemizar con la nada? Ya es hora de serenarnos, de triunfar sobre la fascinación de lo peor. No todo está perdido: quedan los bárbaros. ¿De dónde surgirán? No importa. Por el momento, bástenos saber que su arrancada no se hará esperar, que mientras se preparan para festejar nuestra ruina meditan sobre los medios para volver a erguirnos, para poner punto final a nuestros raciocinios y a nuestras frases. Al humillarnos, al pisotearnos, nos prestarán la suficiente energía para ayudarnos a morir o a renacer. Que vengan a azotar nuestra palidez, a revigorizar nuestras sombras que nos traigan de nuevo la savia que nos ha abandonado. Marchitos, exangües, no podemos reaccionar contra la fatalidad: los agonizantes no se agremian ni se amotinan. ¿Cómo contar, pues, con el despertar, con las cóleras de Europa? Su suerte, y hasta sus rebeliones, se decretan en otra parte. Cansada de durar, de dialogar consigo misma, es un vacío hacia el que se movilizarán pronto las estepas… otro vacío, un vacío nuevo.

(La tentation d’exister – 1972)

[1] Verso del poema de Baudelaire «Heautontimoroumenos» (N. del T.).

[2] «Abêtissez vous», frase de Blas Pascal. (N. del T.).

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