La concepción ecológica de Gregory Bateson, por Diego Estin Geymonat

La concepción ecológica de Gregory Bateson
Ecología, sistemas, mentes

Gregory Bateson, at home in Ben Lomond, California, 1975

por Diego Estin Geymonat
Fuente original: http://partisanouy.wordpress.com/2013/09/26/la-concepcion-ecologica-de-gregory-bateson/

Gregory Bateson fue uno de los pensadores más destacados, profundos y complejos que nos dio el siglo XX. Hijo de un distinguido genetista británico, cualquier intento de clasificar su actividad profesional resulta insuficiente: fue biólogo, antropólogo, lingüista, epistemólogo, y cientista social, con destacados aportes en el campo de la psiquiatría (teoría del “doble vínculo”) y muy especialmente en el de la cibernética y la teoría de los sistemas. Sí, fue todo eso, pero mucho más. O, tal vez, “mucho mejor”. Pues su tarea principal, a lo largo de su vida, no fue tanto la acumulación o simple sumatoria de esos saberes como la búsqueda de sus interconexiones, de su integración armónica en un todo más rico y más “veraz” (es decir, más capaz de dar cuenta de nuestra realidad) que las visiones parceladas que nos imponen las disciplinas científicas, en su hiperespecialización, por separado. Este afán incansable de integración epistémica, al que este moderno hombre del Renacimiento dedicó su vida, revela, en el sentido más cabal del término, una profunda concepción ecológica.

Gregory Bateson, en su casa de Ben Lomond, California, 1975

¿Qué es la ecología, según Bateson? A lo largo de sus escritos podemos apreciar diferentes aproximaciones a este concepto central para el autor, desde varias disciplinas (biología, psiquiatría, antropología, etc). Más concretamente, en su artículo “Patologías de la epistemología”, Bateson define la ecología, en su sentido más amplio, como “el estudio de la interacción y la supervivencia de las ideas y programas (es decir, diferencias, complejos de diferencias, etcétera) en circuitos.” (Bateson, 516).

Resulta evidente la influencia de la teoría de los sistemas[1] y de la cibernética en esta concepción. Así, nos encontramos con una descripción de la realidad (o de la naturaleza, si se quiere), como una serie de sistemas o circuitos de gran complejidad, ordenados de modo tal que unos contienen a otros (es decir, constituyen sus contextos, al punto de establecerse una jerarquía de contextos[2]), donde todos desarrollan dependencias y determinismos mutuos, por medio de relaciones no necesariamente lineales, y juega un papel de primer orden el fenómeno de la retroalimentación; todo ello con el objetivo último de la supervivencia, de la conservación, lograda a través del mantenimiento de los equilibrios u homeostasis.

Debemos destacar algunos elementos de los mencionados. En primer lugar, la importancia del contexto: Bateson señala que es éste lo que otorga sentido a los diferentes contenidos y, en consecuencia, desgajar los contenidos de sus contextos sólo puede llevar a malentendidos y en última instancia a la introducción de desequilibrios en los sistemas, a desequilibrios ecológicos, que atentan contra su supervivencia. Así como una letra sólo es comprensible en el contexto de una palabra y ésta a su vez en el de una frase, y ésta en una situación de enunciación y una relación entre personas comunicantes, también un individuo sólo puede ser comprendido cabalmente en el contexto de una sociedad y ésta en el de un ecosistema determinado.

En segundo lugar, debemos tener claro que estos circuitos funcionan a través de la transmisión de información, que se expresa por medio de la comunicación de diferencias. Dichas diferencias no son otra cosa que ideas. Es importante señalar aquí (especialmente en lo referido a humanos) que incluso la ausencia de mensaje puede resultar en información a ser decodificada y provocadora de cambios en otras partes de los sistemas. Bateson pone el ejemplo de una declaración de impuestos que no se realiza; esto probablemente genere una reacción en las autoridades competentes hacia el presunto evasor. Tal constatación se encuentra íntimamente ligada a uno de los axiomas de la teoría de la comunicación humana tal como la formulan Watzlawicz, Beavin y Jackson: es imposible no comunicar, puesto que es imposible no tener una conducta.

En este sentido, se desprende que en esta concepción, el principal objeto de estudio son las relaciones entre los elementos de los sistemas, y no los elementos en sí. De hecho, Bateson cuestiona la existencia misma de elementos u objetos en sí, como “recortados” de la realidad circundante. Sin dudas tales recortes no existen en la naturaleza, ya que la norma es la interconexión: ¿cómo podemos establecer dónde comienza una cosa y dónde termina otra?

Supongamos que soy ciego y empleo un bastón blanco. Camino golpeando el suelo con él, tap, tap, tap. ¿Dónde empiezo Yo? ¿Está mi sistema mental limitado por el mango del bastón? ¿Está limitado por mi piel? ¿Comienza en algún lugar situado a la mitad del bastón? Pero estas preguntas carecen de sentido. El bastón es una vía a lo largo de la cual se transmiten transformaciones de diferencia. La manera de delinear el sistema es trazar la línea fronteriza sin cortar ninguna de las vías y sin dejar cosas sin explicar. Si lo que uno trata de explicar es determinada conducta, por ejemplo, la locomoción del ciego, entonces será necesario tomar en cuenta la calle, el bastón, el hombre; la calle, el bastón, y así sucesivamente una y otra vez,. Pero cuando el ciego se sienta a almorzar, el bastón y sus mensajes carecerán de pertinencia, si lo que queremos comprender es su ingestión de comida. (Bateson, 489-490)[3]

Enfocar este problema de una forma “materialista” no sólo resulta estéril, sino que es un camino seguro hacia errores epistemológicos y a la postre errores de acción basados en los primeros. El enfoque propuesto por el autor es, precisamente, uno basado en las relaciones antes que en la materia.[4]

En tercer lugar, tenemos la cuestión de la supervivencia como “fin” supremo de todos los sistemas. Este es el estado de constancia (homeostasis) último que se debe mantener, en función del cual se suceden cambios y ajustes reversibles en las variables, y, en un orden de cosas ideal, se mantienen autorregulados y corregidos los subsistemas con capacidades regenerativas. Son éste tipo de subsistemas las mayores amenazas a la supervivencia del sistema general, puesto que podrían ingresar en procesos de retroalimentación positiva o crecimiento exponencial, y escapar así a la regulación del sistema general, llevándolo probablemente al colapso, como se analizará más adelante. Este es quizá el aspecto más delicado de la problemática ecológica, ya que para su supervivencia, el sistema no puede prescindir de los subsistemas regenerativos. Para ello, aquél posee cierto rango de flexibilidad, un umbral potencial (es decir, disponible pero no utilizado) dentro del cual ajustar las variables para hacer frente a los cambios.

La ecología se trata, por lo tanto y en última instancia, de algo conservador: la tendencia constante de los sistemas (lo invariable en ellos) es hacia la autoconservación. Como vimos, esto no significa ausencia de cambios, sino todo lo contrario: sólo cambiando es posible conservar, sólo a través de permanentes reajustes internos un sistema puede mantenerse existiendo. En palabras de Bateson, “todo cambio biológico es conservador”.

Ahora bien, uno de los conceptos más ricos e interesantes que encontramos en este autor es el de una ecología de las ideas, o una ecología de la mente. Pero, ¿qué es la mente para Bateson?

Como fue señalado más arriba, él ensancha bastante la definición tradicional de lo que es una idea, estableciendo que “una diferencia es una idea”, y que a su vez la diferencia debe ser considerada como la unidad de información y de “insumo psicológico” (p. 514). De esto se desprende que cualquier sistema capaz de trasmitir diferencias está formulando ideas, y por ende está pensando y comunicando a través de las relaciones establecidas con otros sistemas.[5]

La concepción de mente para Bateson se deriva necesariamente de este planteo.[6] Así, “mente” y “sistema cibernético” serían sinónimos: cualquier unidad que complete el procesamiento de información y funcione a través de ensayo y error.[7]

De esta manera, el concepto de mente se ve súbitamente ampliado, y es necesario repensarlo en sus alcances. Un primer señalamiento es que existen jerarquías de mentes correspondientes a las jerarquías sistémicas (y contextuales) apuntadas con anterioridad. No sólo los humanos poseeríamos mentes, sino que dentro y fuera nuestro también podríamos reconocer otras mentes, auténtica propiedad emergente de un sistema de relaciones complejas. Naturalmente, en el ecosistema global se manifestaría una Mente igualmente global e inmanente, en la cual se subsumen todas las demás mentes individuales que constituyen sus subsistemas. Mente que Bateson llega a equiparar con Dios, formulando en términos científicos, a mi juicio, lo que antiguas creencias panteístas formularon en términos religiosos, o autores como Spinoza pensaron en términos filosóficos.[8]

Un segundo señalamiento es el de una nueva dilución del papel y la importancia de la conciencia o la voluntad (o de la razón, si se quiere), en sentido inverso al introducido por el psicoanálisis, es decir, hacia el “mundo exterior”, en lo que bien podríamos considerar un nuevo golpe al narcisismo humano: un “golpe ecológico”.[9] Poder asumir esto y actuar en consecuencia, como veremos, resulta crucial para la supervivencia de nuestra especie como subsistema de un sistema ecológico global.

Crisis ecológica antropogénica

Como fue mencionado, la amenaza interna más grave para la supervivencia de un sistema (es decir, para su estado de constancia) es la capacidad regenerativa de algunos de sus subsistemas, cuando fallan los mecanismos de regulación que mantiene a dicha capacidad dentro de un umbral seguro de cambio (dentro de ciertos límites de flexibilidad).

Un subsistema regenerativo que escape a la regulación entra pronto en una curva de crecimiento exponencial, que puede conducir, a partir de cierto punto, al colapso de todo el sistema (y, eventualmente, a su reacomodamiento en el logro de un nuevo equilibrio luego de un período de crisis). En este sentido, una curva exponencial constituye uno de los casos más típicos de desequilibrio que pueden sufrir los sistemas. Recordemos que para Bateson la patología se define como la pérdida del equilibrio sistémico; por lo tanto, estaríamos hablando aquí de procesos patológicos a nivel ecológico.

Esto revela un aspecto de la concepción ecológica de Bateson que el autor se preocupó en enfatizar: la unidad de supervivencia no es nunca un individuo, o una familia, o una especie, por sí solos, como preconizaba Darwin en el siglo XIX, sino el organismo más el ambiente: “el organismo que destruye su ambiente se destruye también a sí mismo” (Bateson, 516). Así, el autor identifica la unidad de supervivencia evolutiva con la unidad de mente antes planteada.

Ahora bien, si aceptamos el punto de vista cibernético veremos que posee implicaciones muy graves para los seres humanos o, para ser más exactos, para la civilización industrial contemporánea. Si consideramos a las sociedades humanas como subsistemas contenidos dentro del sistema mayor planetario (es decir, el ecosistema global), llegamos muy pronto a la conclusión de que nosotros somos una de sus variables: una de las tantas que pueden ser perfectamente modificadas (y eventualmente suprimidas) en aras de la supervivencia del sistema global.

Por otro lado, somos un subsistema regenerativo que hace ya cierto tiempo ha entrado en una curva de crecimiento exponencial, de la cual la explosión demográfica (junto con la producción de bienes) es quizás el aspecto más visible. Esto lleva necesariamente a una sobreexplotación de los recursos naturales, en la persecución (vana, en última instancia) del sostén de dicho crecimiento (puesto que no se puede crecer infinitamente en un planeta finito). La consecuencia más clara, desde un punto de vista ecológico, es la destrucción, por parte de los humanos, de otros subsistemas (llamados, quizás de manera no del todo rigurosa, “naturales”).

Desde luego, la nuestra no es la primera civilización a lo largo de la historia que ha entrado en un proceso de tales características. Sin embargo, la diferencia más notable respecto a situaciones similares del pasado es, como Bateson apunta, nuestra abrumadora capacidad tecnológica para producir a una escala nunca antes experimentada, y concomitantemente, para destruir -y destruirnos.

Sin embargo, no se trata sólo, ni en primer lugar, de un problema tecnológico. El problema básico que Bateson denuncia es en principio mental. Al analizar los problemas que trae la conciencia humana cuando es guiada por el propósito, el autor encuentra que las personas se forman juicios acerca de la realidad que entran en contradicción con los postulados ecológicos, es decir, con el funcionamiento de la realidad misma, de las redes sistémicas en las que se hayan inmersas. La conciencia selecciona y reordena los datos que recibe del ambiente, y establece líneas causales desconectadas de los circuitos globales.[10] El fruto de este procedimiento es una visión distorsionada, una “falta de sabiduría”, a decir de Bateson (entendiendo sabiduría como la acción guiada por un conocimiento y un sentido sistémico global), y aquí es donde la conjunción de esta falta de sabiduría con la tecnología moderna conduce a resultados catastróficos.

Es en este sentido que varios autores señalan a la Revolución científica del siglo XVII y la industrial del XVIII como los puntos de partida de una serie de cambios a nivel de las ideas y las capacidades (re)productivas de la sociedad, que llevaron a un nivel nunca antes visto la desconexión ecológica entre la mente humana individual y la “mente total”.

Como señala Fritjof Capra, para que la forma depredadora actual de explotación de los recursos naturales fuera posible hubo de aparecer una nueva forma de relacionarse con la naturaleza a principios de la época moderna, la cual pasaba de verla como un ser vivo digno de respeto a verla como una máquina, un objeto pasible de ser brutalmente diseccionado, para conocerlo y para lucrar con él.[11]

La culminación de este proceso se dio con la revolución industrial, y con dos de sus más trascendentales consecuencias: una, la de trasladar definitivamente el centro económico de las sociedades (y, por lo tanto, el centro de todo lo demás) del campo a la ciudad. El industrialismo introdujo así una segmentación en compartimentos estancos entre las diversas etapas de la producción, y con ello una (anti)cosmovisión del ser humano como un ser por fuera y por encima de la naturaleza, como su amo absoluto e irresponsable, disociado y diferente de ella, y la creencia de efectivamente haberla sometido a sus designios. Otra, íntimamente relacionada con la primera, la arrogancia producto del asombroso dominio tecnológico que el hombre parecía desplegar frente al ambiente que le rodeaba, dominio tanto material como intelectual, ya que los descubrimientos y avances científicos iban a la par de la técnica. En una palabra, el industrialismo produjo alienación, una alienación nunca antes vista, entre el trabajador y el producto de su trabajo, sí, pero fundamentalmente entre el ser humano y el resto del universo: “el hombre occidental se vio a sí mismo como un autócrata con poder absoluto sobre un universo que estaba hecho de física y de química” (Bateson, 468). O, como expresa Ralph Metzner, la especie humana se volvió autista, ciega y sorda a la presencia de su madre: el ecosistema planetario.[12]

Si ponemos a Dios afuera y lo colocamos frente a frente con su creación, y si tenemos la idea de haber sido criados a su imagen, nos veremos lógica y naturalmente a nosotros mismos como externos a, y enfrentados con, las cosas que nos rodean. Y en la medida en que nos arroguemos la totalidad de la mente, veremos al mundo circundante como desprovisto de mente, y por consiguiente, sin derecho a ser tomado en cuenta moral o éticamente. Sentiremos que el ambiente nos pertenece para explotarlo. Nuestra unidad de supervivencia estará dada por cada uno de nosotros y su gente, o por los miembros de la misma especie, enfrentados con el ambiente de otras unidades sociales, otras razas y los brutos y los vegetales.

Quien estima así su relación con la naturaleza y posee además una tecnología avanzada tiene la misma probabilidad de sobrevivir que una bola de nieve en medio del infierno. Tal individuo morirá, sea por obra de los subproductos tóxicos de su propio odio o, simplemente, por el exceso de población y la sobreexplotación de los recursos. Las materias primas del mundo son finitas. (Bateson, 492)

Bateson califica esta forma antiecológica de ver el mundo como una “arrogante filosofía científica”, que, por demás, se encuentra obsoleta. Sin embargo, cabría preguntarnos si dicha obsolescencia, a esta altura bastante obvia en un sentido epistemológico, es tal a un nivel popular y mediático, y político-económico. Es decir, ¿por qué, si esa filosofía muestra sus errores y horrores, y se revela como el núcleo ideológico que justifica nuestras curvas de crecimiento exponencial (y por ende nuestra autodestrucción), no hay un cambio correspondiente a nivel de la actitud colectiva social? ¿O la empieza a haber…?

Aquí podríamos mencionar, por ejemplo, la fuerza que posee el progreso (sinónimo de crecimiento exponencial) como ideología, al cual autores como John Michael Greer lo califican de religión civil, en su triple vertiente: progreso moral, científico-tecnológico, y económico. Quizás podríamos ensayar una respuesta al decir que un sistema que ha entrado en semejante bucle de retroalimentación positiva no tiene más solución que un colapso y un reacomodamiento de sus variables en un nuevo equilibrio. En tal sentido, nuestros esfuerzos deberían enfocarse a capear el temporal de la forma más digna posible. Estrategias como la que propugna el movimiento decrecentista, por ejemplo, podrían estar aportando alternativas válidas.

Bateson, en fin, realiza un llamado a tomar conciencia de estos problemas mentales que afectan a nuestra civilización, al señalar, precisamente, una “crisis en la ecología de la mente”: “si mi concepción es acertada, es preciso reestructurar todo nuestro modo de pensar sobre nosotros mismos y sobre las otras personas”. El abandono de la arrogancia se vuelve perentorio en nuestras relaciones sistémicas, no como una virtud moral, sino como una exigencia de supervivencia.

Conclusión

Hoy estamos viviendo las consecuencias materiales de haber llevado nuestra fe en el progreso hasta sus últimas consecuencias. La naturaleza nos va haciendo notar nuestra arrogancia, y ya nos empieza a privar de recursos otrora abundantes, llevando a un mundo superpoblado al borde de un colapso global. La concepción ecológica que propugnaba Bateson adquiere así tintes de un milenario retorno de un saber subterráneo, de un saber sometido (a decir de Michel Foucault), que ensaya una respuesta a la crisis actual y futura del capitalismo, cuestionando las bases filosóficas sobre las que se ha asentado nuestra civilización industrial y moderna.

La concepción de ecología según Bateson resulta de un potencial riquísimo para comprender los problemas mayores que afectan al mundo actual. Además, por su profundidad teórica y su carácter revolucionario ofrece nuevas perspectivas para el abordaje transdisciplinario de diversas cuestiones. Es una herramienta poderosa para ser utilizada como un cuerpo de conocimientos que sirva de nexo entre todos los demás, integrándolos de una forma sistemática, y poniéndolos en relación al revelar su interdependencia: aquello que conecta y devela las estructuras y lógicas de funcionamiento comunes a fenómenos tan aparentemente dispares como, por ejemplo, el cambio climático, las formas de organización social y el surgimiento de ciertas ideas en las mentes de las personas. Se trata, en fin, de restaurar una visión integradora y sintética allí donde, por demasiado tiempo, ha imperado una concepción atomizadora de la realidad.

Bibliografía

Bateson, G. (1985). Pasos hacia una ecología de la mente. Buenos Aires: Carlos Lohlé.

Capra, F. El punto crucial, recuperado desde http://pioneros.puj.edu.co/lecturas/iniciados/Maquina%20del%20Mundo%20Newtoniano.pdf

Greer, J. M. (2013, Abril 24), The God With Three Heads [entrada de blog], recuperado desde http://thearchdruidreport.blogspot.com.es/2013/04/the-god-with-three-heads.html

Metzner, R. (1993). The Split Between Spirit and Nature in European Consciousness, recuperado desde http://trumpeter.athabascau.ca/index.php/trumpet/article/view/407/658

Watzlawicz, P., Beavin, J.H., y Jackson, D.D. (1981). Teoría de la comunicación humana. Barcelona: Herder.

[1] Véase también, para mayor profundidad, Teoría General de los Sistemas, de Ludwig Von Bertalanffy

[2] “De especial interés al respecto es la relación entre el contexto y su contenido. Un fonema existe como tal sólo en combinación con otros fonemas que constituyen una palabra. La palabra es el contexto del fonema. Pero la palabra sólo existe como tal —sólo tiene “significado”— dentro del contexto de la elocución, la que sólo tiene sentido, a su vez, en una relación.

La jerarquía de contextos dentro de contextos es universal en el aspecto comunicacional (o “émico”) de los fenómenos y lleva siempre al hombre de ciencia a buscar la explicación en unidades cada vez más amplias. En la física puede (quizá) ser verdad que la explicación de lo macroscópico deba buscarse en lo microscópico. En la cibernética suele ser verdad lo opuesto: sin contexto no hay comunicación.” (Bateson, 432)

[3] El mismo ejemplo fue utilizado por el autor en otras oportunidades: “Los contextos tienen realidad comunicacional sólo en la medida en que son efectivos en cuanto mensajes, es decir, en la medida en que están representados o reflejados (correcta o distorsionadamente) en distintas partes del sistema comunicacional que estamos estudiando; y este sistema no es el individuo físico sino una amplia red de vías de mensajes. Algunas de estas vías acontece que están situadas fuera del individuo físico; otras, dentro de él, pero las características del sistema de ningún modo dependen de ninguna línea fronteriza que podamos superponer al mapa comunicacional. No tiene comunicacionalmente sentido preguntar si el bastón blanco de un ciego o el microscopio del científico son “partes” del hombre que los utiliza. Tanto el bastón como el microscopio son vías importantes de comunicación, y como tales son parte de la red que nos interesa, pero ninguna línea divisoria, situada por ejemplo, a mitad del bastón, puede ser pertinente en una descripción de la topología de esta red.” (Bateson, 280)

[4] “…El contenido de la cibernética no son los sucesos y los objetos, sino la información portada por sucesos y objetos. Consideramos los objetos o sucesos sólo como propuestas de hechos, mensajes, perceptos y cosas semejantes” (Bateson, 431).

[5] “Sostendré ante ustedes, ahora, que la palabra “idea”, en su sentido más elemental, es sinónimo de “diferencia”. En la Crítica del juicio, Kant, si lo he entendido correctamente, afirma que el acto estético más elemental es la selección de un hecha. Argumenta que en un trozo de tiza existe un número infinito de hechos potenciales. La Ding an sich [la cosa en sí], el trozo de tiza, no puede entrar nunca en un proceso de comunicación o mental debido a su infinitud. Los receptores sensoriales no pueden aceptarla; la filtran y la excluyen. Lo que hacen es elegir y extraer del trozo de tiza ciertos hechos, los cuales, luego, empleando una terminología moderna, se convierten en información.

Opino que el aserto de Kant puede modificarse diciendo que existe un número infinito de diferencias alrededor de y dentro del trozo de tiza. Hay diferencias entre la tiza y el resto del universo, entre la tiza y el sol y la luna. Y dentro del trozo de tiza, para cada molécula existe un número infinito, de diferencias entre su localización y las localizaciones en las que pudo encontrarse. De esta infinitud, elegimos un número muy limitado, que se convierte en información. De hecho, lo que entendemos por información —la unidad elemental de informaciones una diferencia que hace una diferencia, y está en condiciones de hacer una diferencia porque las vías nerviosas por las que transita y en las que es continuamente transformada están, por su cuenta, provistas de energía. Las vías están prontas para ponerse en actividad. Podemos decir que la pregunta está ya implícita en ellas.

Existe, empero, un contraste importante entre la mayoría de las vías de información que están dentro del cuerpo y la mayoría de las que están fuera de él. Las diferencias entre el papel y la madera se transforman primeramente en diferencias en la propagación de la luz o del sonido, y bajo esa forma se desplazan hacia mis órganos sensoriales terminales. La primera parte de su desplazamiento es energizada de la manera común dentro de las ciencias exactas, “desde atrás”. Pero cuando las diferencias entran en mi cuerpo activando un órgano terminal, este tipo de desplazamiento es reemplazado por un desplazamiento energizado en cada una de sus etapas por la energía metabólica latente en el protoplasma que recibe la diferencia, la recrea o transforma y la entrega a otro.

Cuando golpeo la cabeza de un clavo con un martillo, un impulso se transmite a la punta. Pero es un error semántico, una metáfora descarriadora, decir que lo que se desplaza por un axón es un “impulso”. Se lo podría llamar correctamente “noticias sobre una diferencia”.” (Bateson, 483-484)

[6] “Retomemos la concepción de que la transformación de una diferencia que recorre un circuito es una idea elemental. Si esto es correcto, preguntémonos qué es una mente. Decimos que el mapa es diferente del territorio. ¿Pero qué es el territorio? Operacionalmente, alguien salió con su retina o con un instrumento de medición e hizo representaciones que luego se dibujaron en el papel. Lo que hay en el papel del mapa es una representación de lo que hubo en la representación retiniana del hombre que hizo el mapa; y a medida que retrocedemos preguntando, nos topamos con una regresión al infinito, con una serie de mapas. El territorio no aparece nunca en absoluto. El territorio es Ding an sich, y no podemos hacer nada al respecto. El proceso de la representación siempre lo filtrará, excluyéndolo, de manera que el mundo mental es sólo mapas de mapas de mapas, al infinito.211 Todos los “fenómenos” son, literalmente, “apariencias”.” (Bateson, 485)

[7] “El sistema cibernético elemental con sus mensajes en circuito es, de hecho, la unidad más simple de la mente; y la transformación de una diferencia que recorre un circuito es la idea elemental.” (Bateson, 490)

[8] “La epistemología cibernética que acabo de exponer a ustedes podría sugerir un enfoque nuevo. La mente individual es inmanente, pero no sólo en el cuerpo. Es inmanente también en las vías y mensajes que se dan fuera del cuerpo; y existe una Mente más amplia de la que la mente individual es sólo un subsistema. La Mente más amplia es comparable a Dios, y tal vez sea eso que algunas personas llaman “Dios”, pero sigue siendo inmanente en el sistema social total interconectado y en la ecología planetaria.” (Bateson, 492)

[9] “La psicología freudiana expandió hacia el interior el concepto de mente, incluyendo en ella la totalidad del sistema comunicacional que se encuentra dentro del cuerpo: lo autonómico, lo habitual y la amplia gama de procesos inconscientes. Lo que yo sostengo expande la mente hacia el exterior. Y ambos cambios reducen el ámbito de la personalidad consciente. Surge así la necesidad de cierta forma de humildad, atemperada por la dignidad o alegría de ser parte de un todo mucho más grande. Una parte —si ustedes quieren— de Dios.” (Bateson, 492)

[10] “Nuestra selección consciente de datos no pondrá de manifiesto circuitos íntegros, sino sólo arcos de circuitos, extraídos de su matriz por medio de nuestra atención selectiva. Específicamente, es posible que el intento de llevar a cabo un cambio en alguna variable dada, situada o en el yo o en el ambiente, se efectúe sin comprender la red homeostática que rodea a esa variable. ” (Bateson, 476)

[11] “El ‘espíritu de Bacon’ cambió profundamente la naturaleza y el propósito de la búsqueda científica. Desde el tiempo de los antiguos los objetos de la ciencia habían sido sabiduría, entendimiento del orden natural y vivir en armonía con él. La ciencia se hacía ‘para la gloria de Dios’, o, como dijeron los Chinos, para ‘seguir el orden natural’ y ‘fluir en la corriente del Tao’. Estos eran yin o propósitos integradores; la actitud básica del científico era ecológica, como diríamos en el lenguaje de hoy. En el siglo diecisiete, esta actitud cambió a su opuesto polar; de yin a yang, de integración a individualización. Desde Bacon, el objeto de la ciencia ha sido el conocimiento que pueda usarse para dominar y controlar a la naturaleza, y hoy en día tanto ciencia como tecnología se usan predominantemente para propósitos que son profundamente antiecológicos.” (Capra)

[12] Los dos párrafos precedentes, así como los de la conclusión (con ligeras modificaciones), fueron originalmente escritos en este artículo de mi autoría.

Inteligencia sin filtro: la televigilancia se instala en Uruguay

Inteligencia sin filtro

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Marcelo Jelen
3 de septiembre de 2013

Las sociedades siempre sacrifican derechos y libertades en nombre de la seguridad. La cuestión es cuánto están dispuestas a ceder y cuánta buena voluntad guía las acciones de vigilancia.

En Estados Unidos las autoridades te toman las huellas digitales y la foto sólo si te arrestan: si las archivan, tenés antecedentes policiales. Acá te las toman a los pocos días de nacer, al tramitar la primera cédula de identidad. Desde la perspectiva del derecho a la privacidad eso podrá sonar feo, pero la cosa tiene su lógica cuando te roban la tarjeta de crédito, ¿o no? Si los microlocalizadores de GPS fueran de costo accesible, ¿cuántas familias habría dispuestas a insertarlos en sus hijos e hijas a modo de vacuna contra el extravío, el secuestro y la travesura? ¿Y a registrarles el ADN en un archivo privado, por las dudas? El Proyecto de Alta Tecnología en Seguridad Pública por el cual se procura saturar Montevideo de cámaras de vigilancia provoca escozor entre espíritus libérrimos temerosos de ser filmados mientras se hurgan la nariz. Bueno, es la vía pública. Si no te divierte la posibilidad de que te atrapen, conseguite una habitación.

También es preciso buscarle el punto de equilibrio entre derechos y seguridad al Sistema Guardião de vigilancia, capaz de intervenir, grabar e interpretar mil conversaciones de 800 teléfonos celulares y 200 fijos en forma simultánea, además de controlar cuentas de e-mail y redes sociales. El gobierno lo compró por dos millones de dólares y en secreto, para agarrar desprevenidos a los futuros vigilados (la “ventaja táctica”), como si no se fueran a enterar de todos modos.

El enorme sistema habilitará a la inteligencia del Estado a efectuar verdaderos “megaoperativos” virtuales. Haciendo cuentas, más allá de que tenga las facultades, ¿está bien que el Poder Ejecutivo disponga sin conocimiento del Parlamento una compra por un costo equivalente a la construcción de dos escuelas? ¿O que les legue a los siguientes gobiernos un gasto anual de 200.000 dólares en mantenimiento de equipos? ¿Habrá tanta pesquisa como para requerir un procesamiento de datos de tal magnitud y a tal velocidad? ¿Cuántas autorizaciones judiciales serían necesarias para poner a funcionar este aparato aunque sea a medio vapor? ¿Resistirán los funcionarios a cargo de las 30 terminales la tentación de usar la capacidad ociosa de las instalaciones para sus propias averiguaciones, extrajudiciales e ilegales?

Otra interrogante es cómo se usará la información obtenida a través del Sistema Guardião. Para responderla, ver lo que se hace ahora con esos datos no está de más. Está de menos.

El 24 de agosto, agentes de civil arrestaron y torturaron a 12 hombres y mujeres que se aprestaban a asistir a una manifestación, identificados como “radicales” y “violentos” por la inteligencia. La policía afirmó que se trató de un “procedimiento preventivo” en la modalidad de “detención en averiguaciones”. Fueron capturados camino a la marcha, conducidos a la Jefatura de Policía de Montevideo, obligados a desnudarse y a quedarse de plantón, amenazados, golpeados, registrados y liberados a las cinco horas, todo esto sin conocimiento de la Justicia.

Sí: 28 años después de la dictadura se sigue arrestando en Uruguay a ciudadanos de minorías políticas, ahora porque algún bobo de la inteligencia presagia que van a tirar piedras. De paso, se los tortura. Como si fuera un mal chiste, los detenidos el pasado 24 sean solidarios con la misma causa por cuya defensa el presidente José Mujica debió vender la casa de su madre: por oponerse a la extradición en 1994 de los vascos Miguel Ibáñez, Jesús María Goitia y Luis María Lizarralde.

Mientras, esa inteligencia boba es incapaz de encontrar pruebas para acusar siquiera a los vándalos que hace tres meses asaltaron y saquearon la sede del Poder Judicial en medio de un festejo deportivo. Esa inteligencia boba deduce que fueron “radicales” de izquierda, dada la “virulencia” y la “organización” del ataque (porque llevaban piedras en las mochilas…). Esa inteligencia boba no pudo acusar a ninguno de los 89 detenidos esa noche.

¿Está bien que el Estado gaste tanta plata en facilitar “procedimientos preventivos” contra personas que no han cometido delito alguno? ¿Para qué? ¿Para alimentar el miedo que lleva a muchos estudiantes a cubrirse el rostro en las marchas del 14 de agosto? ¿Para vigilar a ciudadanos críticos del gobierno, lo que cierta suspicacia atribuye al encono entre antiguos tupamaros hoy en trincheras opuestas? ¿Para buscar argumentos que permitan dispararles balas de goma a manifestantes?

El Parlamento se agitó por la compra del Sistema Guardião. Pero le ha restado importancia a una gravísima violación de derechos humanos cometida hace nueve días por aquéllos a quienes se pretende equipar con esa tecnología de última generación. Esta indolencia plantea, otra vez, la vieja duda: ¿está la sociedad uruguaya dispuesta a poner en riesgo tantas libertades en aras de la seguridad?

(Publicada en la diaria el martes 3 de septiembre de 2013)

Un enemigo del pueblo uruguayo: el agua nuestra de cada día

Un enemigo del pueblo (el agua nuestra de cada día)

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Marcelo Marchese
25.09.2013

Fuente original:
http://www.uypress.net/uc_44771_1.html (Columna del autor)

A fines del siglo XIX Henrik Ibsen publica una obra de teatro en la que nos presenta una ciudad que vive del turismo, entre cuyos habitantes debemos encontrar al protagonista: el enemigo del pueblo.

Esta persona de pésima reputación comete un crimen: afectar el negocio del turismo. ¿Cómo? Informa, sin medir las consecuencias, que el agua del balneario contiene una bacteria mortal. Un siglo después, en un escenario más vasto que involucra a 3 millones de habitantes, vuelven a presentarse los ingredientes del drama, como si la vida tendiera a copiar al arte.

En marzo de este año, los montevideanos que tenían el sentido del olfato menos desarrollado pudieron constatar algo que les decían aquellos que gozaban (o sufrían) de un poderoso sentido olfativo: el agua de la canilla huele mal. Tan funesto fue el olor que los responsables de brindarnos agua debieron aclarar que la culpable era un alga que había crecido en exceso a causa del calor, pero aunque tuviera feo gusto, no debíamos preocuparnos. Los medios oficialistas, naturalmente, se dieron por satisfechos, pero los medios opositores, naturalmente, establecieron dos interesantes signos de interrogación, uno por delante y otro por detrás, sobre todo dicho de cualquiera autoridad acerca de las bondades de nuestra agua.

En ese proceso de generar dudas, los medios opositores que buscan lo que sea con tal de darle al gobierno, entrevistaron al Ingeniero Agrónomo Daniel Panario, director del Instituto de Ecología y Ciencias Ambientales y coordinador de la Maestría en Ciencias Ambientales de la Facultad de Ciencias, quien dijo que él no tomaba el agua de OSE, y que la OSE no tenía los medios para filtrar el agua adecuadamente. Panario, además, contó una interesante anécdota. Hace tres años la UTE le pidió a la Facultad de Ciencias que estudiara el agua del embalse de Rincón del Bonete que abastece a la gente de aquella región. Los científicos descubrieron que contenía fuertes concentraciones de microcystis, un alga que produce una toxina llamada microcystina, toxina que es carcinógena, teratogénica, bioacumulativa, hepatóxica y vaya a saber qué más. Cumpliendo con su deber, ya que habían estudiado en sus facultades que la ciencia debía estar al servicio del hombre, informaron a la UTE, pero también a las Intendencias acerca de este problema. ¿Resultado? Recibieron una fuerte reprimenda por parte de los jerarcas de UTE, ya que se los había llamado para informarlos A ELLOS, no a todos nosotros. ELLOS tomarían las medidas pertinentes, los científicos no deberían generar alarma pública. Daniel Panario, en ocasión de aquel problema que se generó bajó una administración de filiación política diferente a la actual, por la cual se denunció que la ANCAP utilizaba plomo en el procesamiento del petróleo, una técnica no demasiado simpática para la salud de la gente que tenía la buena suerte de vivir en las inmediaciones de la planta, ya se había enfrentado a las autoridades informando que, efectivamente, el plomo no era bueno para la salud. Luego informó que la pastera en el río Uruguay tampoco iba a generar una buena vida ni para el río, ni para todo lo que estuviera relacionado con él, incluyendo gente. Como el asunto de la pastera generaba toda una problemática con Argentina que exacerbara nuestro nacionalismo, tomamos la defensa de la pastera como un asunto patriótico, y todo aquel que pusiera en tela de juicio sus beneficios, era un traidor a la patria. Y así se lo hizo saber a Daniel Panario, pues en un vernissage en la Embajada Norteamericana, un representante de nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores le informó que “si estuviéramos en guerra, lo hubiéramos fusilado”.

Así como al Doctor de la obra de Ibsen diferentes autoridades lo fueron presionando y luego denunciando para lograr una mengua de su prestigio, con nuestro enemigo del pueblo criollo sucede exactamente lo mismo, y luego de ser atacado por la directiva de Ancap y de la UTE, ahora vemos que fue tildado de irresponsable por la directiva de OSE, y la Universidad salió al cruce para asegurarnos que Panario hablaba por sí mismo, pero sus dichos no comprometían a la Universidad, y de paso advirtió a Panario que muy flaco favor le estaba haciendo a la Universidad haciendo lo que hacía. La Universidad nos dijo que ella misma elaboraría un informe acerca del agua de la cuenca del Santa Lucía, informe que fue redactado nada menos que por los decanos de la Facultad de Ciencias, de Química, de Ingeniería y de Agronomía.

En este informe (1) se nos dice que no se ha demostrado que fueran lesivas para la salud los terpenos que produjeron el mal olor y sabor del agua de marzo, sin embargo, “las cianobacterias que los producen, también producen toxinas (que son inodoras)”. También se nos dice que “La principal conclusión general es que las aguas de toda la cuenca tienden a presentar altos valores de P (fósforo) y puntualmente de otros contaminantes. Debe destacarse que estos monitoreos no reportan o no incluyeron agroquímicos y sus subproductos… esta es una carencia que deberá ser encarada y estudiada a futuro. Sin embargo, se hace una mención a la aparición de atrazina, un herbicida de vieja generación y muy persistente, cuya utilización está prohibida en la Unión Europea y está en consideración en los EEUU”. Refiriéndose y basándose en un informe del año 2011 de la DINAMA, los decanos agregan: “En este trabajo, se indica otro problema general en

la cuenca del Santa Lucía, que es la pérdida de los montes nativos ribereños y la falta de

áreas permanentemente vegetadas que formen un filtro superficial de las masas que se

muevan hacia las corrientes de aguas superficiales. De hecho el propio informe reconoce

la existencia de un altísimo porcentaje de vertidos que no cumplen con las limitaciones

establecidas por la normativa propuesta. El informe Dinama-Jica reporta algunas actividades en que se consideró el uso de otros agroquímicos diferentes a los fertilizantes. Pero la información manejada indica que el nivel de conocimiento está a una escala muy macro, casi al de conocer la magnitud de la importación de diferentes productos (se tiene conocimiento de que los Servicios Agronómicos del MGAP están comenzando a disponer de información mucho más

detallada). Se debe avanzar rápidamente hacia un conocimiento más profundo a nivel de

cada sistema de producción agropecuaria y al de cada uno de sus componentes (cultivos,

en general). Un primer objetivo debe ser conocer las carga cuantitativa de herbicidas,

insecticidas y fungicidas que se aplica en cada una de las porciones del territorio de cada

subcuenca, al nivel más detallado posible”.

Ahora, gracias a Dios tenemos una planta potabilizadora, cuya función es quitar las impurezas del agua. Llegado a este asunto, el informe de los cuatro decanos recomienda un monitoreo constante del agua de tal forma que, apenas se detecte algún veneno, inmediatamente se utilice algún coagulante, o carbón activado, para eliminarlo. Se trata de elaborar sistemas de alerta temprana para obtener: “Los indicadores ambientales y biológicos que deben ser simples, rápidos y fácilmente medibles”. El problema es que “Nuestro país no tiene implementado un sistema de este tipo en el tratamiento de agua potable, lo que nos ubica en una situación de riesgo e incapacidad de responder rápidamente frente a un evento de floración tóxica de cianobacterias”.

Ahora, amable lector, estudiemos el informe de los decanos. Primero que nada, no se ha demostrado que aquellos terpenos que produjeran un olor y sabor repugnantes fueran malos para la salud. Eso sería motivo de alegría para todos los optimistas, sin embargo este pesimista les recuerda que hay que mirar la otra mitad del vaso de agua, y si miramos ese vaso medio vacío, resulta que nadie ha demostrado que esos terpenos sean buenos para la salud. En síntesis, que la ciencia no demuestre que no es malo, no significa que sea bueno. Sólo significa que aún no se ha demostrado que esa cosa con mal olor sea mala. Acaso nunca se demuestre, acaso no sea mala, pero también es posible que un día nos digan: “después de miles y miles de ensayos, y miles y miles de ratas muertas, resulta que estos terpenos son una peste”. Antecedentes hay a montones: determinar que el tabaco era malo les llevó un buen tiempo, y determinar que la morfina podría ser peligrosa, también. Ahora, las cianobacterias que produjeron los terpenos olorosos, también producen toxinas, pero esas toxinas, que se sabe que son bien peligrosas, son inodoras. El amable lector puede tomarse un buen vaso de agua lleno de toxinas, que ni aún si fuera un enólogo podría descubrir, vía olfato, que está tomando veneno puro. Son toxinas tan jodidas que ni siquiera vienen acompañadas del mal olor característico de los venenos. Sigamos con este informe que nos hubiera venido de perillas para desautorizar al enemigo del pueblo. El agua del Santa Lucía tiende a tener altos valores de fósforo y de otros contaminantes. Nos advierten además que, lamentablemente, el monitoreo no incluye agrotóxicos, lo cual significa que no se ha aplicado el estudio a detectar todos los venenos que se le tira a la soja, el maíz, el arroz y otros rubros de exportación, los cuales tarde o temprano llegan al agua. Sin embargo, a pesar de que la mirada iba hacia otro lado, no pudieron dejar de notar la aparición de atrazina, un herbicida que está prohibido en los países civilizados. Ahora, aunque el fósforo es algo importante para nuestros huesos, los decanos encontraron demasiado fósforo y otros contaminantes en el agua. Nos dicen que los montes nativos filtraban estas impurezas, pero como todos sabemos cada vez que hacemos un asado con leña de monte, dichos montes vienen reduciéndose progresivamente. Ahora ¿cómo llega toda esta basura al agua? Tenemos gente que vive cerca de esta cuenca; tenemos frigoríficos que tiran sus desechos al río; tenemos tambos y tenemos feed-lots, una palabrita que pronto el lector verá escrita a rolete, que significa un sistema de cría de ganado en corrales, lo que genera que uno y otro ganado largen excrementos que terminan en nuestras aguas; y tenemos, por fin, el maíz y la soja y las frutas, en fin, los productos del agro que requieren fertilizantes, herbicidas, fungicidas, pesticidas e insecticidas. Afortunadamente, cuando un pesticida se arroja sobre un cultivo, aproximadamente sólo un 1% alcanza “el blanco”, el 25% queda en el follaje, el 30% llega al suelo, y el 44% va a la atmósfera y al agua (2). Cuánto de este 30 % que queda en la tierra no termina yendo al agua, es algo que uno no puede saber, pero lo cierto es que, según nos dicen los decanos: “la información manejada indica que el nivel de conocimiento está a una escala muy macro” y “Se debe avanzar rápidamente hacia un conocimiento más profundo a nivel de cada sistema de producción agropecuaria y al de cada uno de sus componentes” lo cual significa que por ahora el conocimiento es muy por arriba y que debemos saber algo más acerca de los venenos que se le tiran a las plantas para luego venderlas.

Por último, los decanos dicen que habría que monitorear el agua, y apenas se detectara un veneno, erradicarlo. Lamentablemente el Uruguay no cuenta con el equipo correspondiente para detectar los venenos.

Por lo visto, nada de lo que dice el informe desautoriza al enemigo del pueblo. Sin embargo el lector podrá pensar: “Bueno, el agua está un poco contaminada, pero con todo el cloro que le meten llega a nosotros completamente potable”. Parece ser que ni el cloro, ni hervir el agua, nos pueden ser de gran ayuda, pues ciertas toxinas sobreviven a cualquier cloro y a cualquier agua hervida. Por otra parte, el cloro no es ninguna maravilla, motivo por el cual fue usado como gas en algunas guerras. Particularmente afecta aquello que cubre nuestros nervios, algo que perfectamente puede comprobar el amable lector apenas use hipoclorito para limpiar alguna cosa, quedándole las manos un poco debilitadas. Pero supongamos que el cloro, en ciertas dosis, no fuera malo. La pregunta es si el lector quiere beber todos aquellos microorganismos que el cloro ha matado. No se ha estudiado el agua lo suficiente para saber cuántos venenos tiene, pero positivamente se sabe que no se tienen los mecanismos para tratar el agua si tuviera ciertos componentes peligrosos. Aparentemente, lo ideal sería utilizar el carbón activado para filtrarla. Según cuenta el enemigo del pueblo, OSE no hace esto, lo cual es bastante costoso, sino que dosifica el carbón activado en el agua, por lo que terminamos consumiendo también dicho carbón.

“Bueno”, volverá a decir el lector, “se contamina el agua, pero ¿qué cosa que produce el hombre no contamina? No podemos volver a la edad de piedra, debemos producir, aunque contamine, pues en caso contrario moriríamos”. Y ahí llegamos al quid del asunto. El gobierno, afortunadamente, ha decretado que al menos por tres meses no se aceptará la extensión de ningún tambo que se encuentre en las proximidades de la cuenca del Santa Lucía y exigirá que dichos tambos traten sus desechos. Es una buena noticia, y pareciera un indicador alentador. Sin embargo no alcanza, pues nuestro modelo agroexportador trae una serie de inconvenientes para la población que lo sufre. La gente de Treinta y tres, departamento que se caracteriza por la producción de arroz, a medida que descubre que el cáncer se lleva a uno, y después al otro, y luego al otro, está empezando a dudar de las bondades de los herbicidas, pesticidas, insecticidas y fungicidas que se le arroja al arroz, y cuya tabla el lector podrá leer en el final de la cita número 2. En cuanto a la soja y sus inconvenientes, citaremos parte de un artículo de Raúl Zibechi que pone en tela de juicio las bondades del modelo agroexportador progresista: “Las Madres de Ituzaingó, un barrio obrero de la periferia de Córdoba rodeado de campos de soya, recorrieron el suburbio puerta por puerta cuando empezaron a ver morir a sus hijos y descubrieron que los índices de cáncer son 41 veces superiores al promedio nacional. Durante años ningún organismo del Estado acogió sus denuncias. En Ituzaingó hay 300 enfermos de cáncer, nacen niños con malformaciones, 80 por ciento de ellos tienen agroquímicos en la sangre y 33 por ciento de las muertes son por tumores, dijo Sofía Gatica en un reciente encuentro contra la minería en Buenos Aires” (3).

Apostar exclusivamente al agro y a las actividades extractivas no sólo le genera problemas de salud a nuestra población, sino que nos empobrece con relación al resto del mundo, motivo por el cual otros pequeñas economías agrarias como Finlandia, Irlanda y Corea del Sur “modificaron sus estructuras productivas y sus bases de inserción internacional y se transformaron en economías exitosas…apostando a la inversión en innovación en sectores que han demostrado mayor
dinamismo (industria, tecnología de la comunicación, software, biotecnología, etcétera)”

(4).

El pueblo que vivía en aquel balneario soñado por el dramaturgo Henrik Ibsen, al menos en la versión cinematográfica que pude apreciar, terminaba arrojando piedras sobre las ventanas de la casa donde vivía el enemigo del pueblo y su familia. Aún el telón no ha caído en nuestro drama. Los principios de aquel enemigo del pueblo, como los del nuestro, parecen ser inquebrantables. Para saber el final de la obra tendremos primero que preguntarnos cuáles son nuestros principios, y luego cuál es el grado de nuestra inteligencia para determinar quién o qué es el verdadero enemigo del pueblo.

(1) http://subrayado.com.uy/Resources/Uploads/RelatedFiles/Docs/informe_agua_udelar.pdf

(2) (http://www.rapaluruguay.org/agrotoxicos/Uruguay/Eutrofizacion.pdf “).

(3) (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=173552)

(4) Jorge Álvarez, SOBRE MODELOS Y ESTRATEGIAS DE DESARROLLO PARA URUGUAY. Lo que enseña la historia

. Brecha, 26 de Marzo del 2010.

El monopolio estatal del agua (OSE) no ofrece agua potable a los uruguayos

Aviso a la población (El comunicado que OSE no hará)
por Marcelo Marchese

(Este artículo se basa en un informe realizado desde la Universidad de la República O. del Uruguay. Para leer el informe:
https://redfilosoficadeluruguay.wordpress.com/?attachment_id=595)

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Ciudadanos y clientes:

Les informamos que el agua que le brindamos posee toda clase de venenos que con nuestro actual equipo no podemos filtrar. Los venenos y sustancias peligrosas que porta el agua son de tres tipos:

1- Restos de toneladas de herbicidas, insecticidas y fungicidas que se arrojan sobre las plantaciones de arroz, maíz, soja y demás productos agrícolas, porcentaje considerable de los cuales, inevitablemente, terminan por corrimiento en nuestras aguas.

2- Restos de fósforo y nitrógeno que llegan a nuestros ríos por ser los principales fertilizantes utilizados para las actividades agrícolas. El fósforo, que afecta la sinapsis neuronal, y el nitrógeno, unidos a los desechos de los humanos, de los frigoríficos, de los tambos y de los feed lots, “fertilizan” extremadamente el agua generando ciertas minúsculas algas verdes que se pueden apreciar en todos nuestros ríos (a veces de un verde fluorescente), las cuales impiden la fotosíntesis de las plantas acuáticas del fondo, con la consiguiente pérdida de oxigeno y muerte de peces y plantas. En esa nueva agua se genera un ecosistema maravilloso para el desarrollo de elementos peligrosos como la microcistina y una larga variedad de toxinas que pueden generar enfermedades de todo tipo.

3- Como nuestro equipo para filtrar estas inmundicias es obsoleto, nos vemos obligados a aumentar progresivamente la dosis de cloro, generando ese hedor que caracteriza el agua que brindamos. El cloro es una sustancia peligrosa, aunque útil en pequeñas dosis. En vuestra agua no sólo van altas dosis de cloro, sino también todos los cadáveres de los microorganismos que el cloro elimina. Cuando el calor arrecia y las microalgas tienden a aumentar, agregamos al agua carbón activado, pero no lo usamos para filtrar el agua, simplemente lo dosificamos en la corriente, con lo cual eliminamos algunas toxinas que llegan muertas a ustedes, junto al carbón.

Hervir el agua puede ser de ayuda para eliminar algunos tóxicos, pero no todos. El fósforo, por ejemplo, o el plomo, no podrán ser eliminados por el fuego, de igual forma que el cloro tampoco los elimina.

En tanto siga nuestro actual modelo agroexportador que progresivamente contamina el aire, la tierra y el agua, recomendamos tres medidas con respecto al consumo de agua:

1- Consumir agua de pozos profundos, pues los agentes contaminantes llegan también a la parte superior de los acuíferos. Consumir agua de lluvia, sobre todo aquella que se pueda juntar un poco después de comenzada la lluvia que lavará el aire de agentes contaminantes.

2- Instalar en las casas filtros de carbón activado.

3- Consumir agua envasada de las marcas Salus y Nativa y ninguna otra, pues suelen ser agua de OSE gasificada. El agua de Salus y Nativa tiene, sin embargo, el inconveniente de sus envases plásticos corruptibles, y por lo tanto parte de ese plástico el usuario lo termina tomando.

Si el lector no puede utilizar ninguno de estos mecanismos, le aconsejamos juntar en un recipiente el agua que le brindamos, y exponerla al sol, lo cual elimina el cloro.

Toda aclaración de quien fuere, que pretenda minimizar la alerta que este aviso significa, será realizada por repugnantes motivaciones políticas o por ignorancia y ceguera. Recuerde el ciudadano y cliente de OSE, que un funcionario público, desde el Presidente de la República hasta el último de los policías, es alguien que el resto de nosotros puso allí para cumplir una función pública. Lo pusimos allí para que trabaje para nosotros, y ocultar información generando una práctica que atente contra la salud de todos debe ser considerada un acto criminal.

Todo aquel que tenga la más mínima duda acerca de esta información que brindamos, que lea las diversas entrevistas al Ingeniero Agrónomo Daniel Panario, director del Instituto de Ecología y Ciencias Ambientales y coordinador de la Maestría en Ciencias Ambientales de la Facultad de Ciencias, o en su defecto el informe de las Facultades de Química, Ciencias, Agronomía e Ingeniería, que pretendió atenuar el impacto de las declaraciones de Daniel Panario, pero sólo logró confirmarlas.

Transexual, Jean Baudrillard

Transexual

Jean Baudrillard

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El cuerpo sexuado está entregado actualmente a una especie de destino artificial. Y este destino artificial es la transexualidad. Transexualidad. Transexual no en el sentido anatómico, sino en el sentido más general de travestido, de juego sobre la conmutación de los signos del sexo y, por oposición al juego anterior de la diferencia sexual, de juego de la indiferencia sexual, indiferenciación de los polos sexuales e indiferencia al sexo como goce. Lo sexual reposa sobre el goce (es el leitmotiv de la liberación), lo transexual reposa sobre el artificio, sea éste el de cambiar de sexo o el juego de los signos indumentarios, gestuales, característicos de los travestis. En todos los casos, operación quirúrgica o semiúrgica, signo u órgano, se trata de prótesis y, cuando como ahora el destino del cuerpo es volverse prótesis, resulta lógico que el modelo de la sexualidad sea la transexualidad y que ésta se convierta por doquier en el lugar de la seducción.

Todos somos transexuales. De la misma manera que somos potenciales mutantes biológicos, somos transexuales en potencia. Y ya no se trata de una cuestión biológica. Todos somos simbólicamente transexuales.

Cicciolina, por ejemplo. ¿Existe una encarnación más maravillosa del sexo, de la inocencia pornográfica del sexo? Ha sido enfrentada a Madonna, virgen fruto del aerobic y de una estética glacial, desprovista de cualquier encanto y de cualquier sensualidad, androide musculado del que, precisamente por ello, se ha podido hacer un ídolo de síntesis. Pero ¿acaso Cicciolina no es también transexual? La larga cabellera platino, los senos sospechosamente torneados, las formas ideales de una muñeca inflable, el erotismo liofilizado de cómic o de ciencia ficción y, sobre todo, la exageración del discurso sexual (jamás perverso, jamás libertino), transgresión total llaves en mano; la mujer ideal de los teléfonos rosa, más una ideología erótica carnívora que ninguna mujer asumiría actualmente -a no ser precisamente una transexual, un travestido: sólo ellos, como es sabido, viven unos signos exagerados, unos signos carnívoros de la sexualidad. El ectoplasma carnal que es Cicciolina coincide aquí con la nitroglicerina artificial de Madonna, o con el encanto andrógino y frankensteiniano de Michael Jackson. Todos ellos son mutantes, travestis, seres genéticamente barrocos cuyo look erótico oculta la indeterminación genérica. Todos son «gender-benders», tránsfugas del sexo.

Michael Jackson, por ejemplo. Michael Jackson es un mutante solitario, precursor de un mestizaje perfecto en tanto que universal, la nueva raza de después de las razas. Los niños actuales no tienen bloqueo respecto a una sociedad mestiza: es su universo y Michael Jackson prefigura lo que ellos imaginan como un futuro ideal. A lo que hay que añadir que Michael Jackson se ha hecho rehacer la cara, desrizar el pelo, aclarar la piel, en suma, se ha construido minuciosamente: es lo que le convierte en una criatura inocente y pura, en el andrógino artificial de la fábula, que, mejor que Cristo, puede reinar sobre el mundo y reconciliarlo porque es mejor que un niño-dios: un niño-prótesis, un embrión de todas las formas soñadas de mutación que nos liberarían de la raza y del sexo.

Se podría hablar también de los travestis de la estética, de los que Andy Warhol sería la figura emblemática. Al igual que Michael Jackson, Andy Warhol es un mutante solitario, precursor de un mestizaje perfecto y universal del arte, de una nueva estética para después de todas las estéticas. Al igual que Jackson, es un personaje completamente artificial, también él inocente y puro, un andrógino de la nueva generación, una especie de prótesis mística y de máquina artificial que, por su perfección, nos libera tanto del sexo como de la estética. Cuando Warhol dice: todas las obras son bellas, sólo tengo que elegir, todas las obras contemporáneas son equivalentes; o cuando dice: el arte está en todas partes, así que no existe, todo el mundo es genial, el mundo tal cual es, en su misma banalidad, es genial, nadie puede creerlo. Pero ahí describe la configuración de la estética moderna, que es de un agnosticismo radical.

Todos somos agnósticos, o travestis del arte o del sexo. Ya no tenemos convicción estética ni sexual, sino que las profesamos todas.

El mito de la liberación sexual permanece vivo en la realidad bajo muchas formas, pero en lo imaginario domina el mito transexual, con sus variantes andróginas y hermafroditas. Después de la orgía, el travestido. Después del deseo, la expansión de todos los simulacros eróticos, embarullados, y el kitsch transexual en toda su gloria. Pornografía postmoderna si se quiere, en la que la sexualidad se pierde en el exceso teatral de su ambigüedad. Las cosas han cambiado mucho desde que sexo y política formaban parte del mismo proyecto subversivo: si Cicciolina puede ser elegida actualmente diputada en el Parlamento italiano, es precisamente porque lo transexual y la transpolítica coinciden en la misma indiferencia irónica. Esta performance, inimaginable hace sólo unos pocos anos, habla en favor del hecho de que no sólo la cultura sexual sino toda la cultura política ha pasado al lado del travestido.

Esta estrategia de exorcismo del cuerpo por los signos del sexo, de exorcismo del deseo por la exageración de su puesta en escena, es mucho más eficaz que la tradicional represión por la prohibición. Pero al contrario de la otra, ya no se acaba de ver a quien beneficia, pues todo el mundo la sufre indiscriminadamente. Este régimen del travestido se ha vuelto la base misma de nuestros comportamientos, incluso en nuestra búsqueda de identidad y de diferencia. Ya no tenemos tiempo de buscarnos una identidad en los archivos, en una memoria, ni en un proyecto o un futuro. Necesitamos una memoria instantánea, una conexión inmediata, una especie de- identidad publicitaria que pueda comprobarse al momento. Así, lo que hoy se busca ya no es tanto la salud, que es un estado de equilibrio orgánico, como una expansión efímera, higiénica y publicitaria del cuerpo -mucho más una performance que un estado ideal-. En términos de moda y de apariencias, lo que se busca ya no es tanto la belleza o la seducción como el look.

Cada cual busca su look. Como ya no es posible definirse por la propia existencia, sólo queda por hacer un acto de apariencia sin preocuparse por ser, ni siquiera por ser visto. Ya no: existo, estoy aquí; sino: soy visible, soy imagen – ¡look, look! -. Ni siquiera es narcisismo sino una extroversión sin profundidad, una especie de ingenuidad publicitaria en la que cada cual se convierte en empresario de su propia apariencia.

El look es una especie de imagen mínima, de menor definición, como la imagen vídeo, de imagen táctil, como diría McLuhan, que ni siquiera provoca la mirada o la admiración, como sigue haciendo la moda, sino un puro efecto especial, sin significación concreta. El look ya no es la moda, es una forma superada de la moda. Ni siquiera se basa en una lógica de la distinción, ya no es un juego de diferencias, juega a la diferencia sin creer en ella. Es la indiferencia. Ser uno mismo se ha vuelto una hazaña efímera, sin mañana, un amaneramiento desencantado en un mundo sin modales…

Retrospectivamente, este triunfo del transexual y del travestido arroja una extraña luz sobre la liberación sexual de las generaciones anteriores. Dicha liberación, lejos de ser, de acuerdo con su propio discurso, la irrupción de un valor erótico máximo del cuerpo, con asunción privilegiada de lo femenino y del goce, sólo habrá sido quizá una fase intermedia en el camino de la confusión de los géneros. La revolución sexual quizá sólo habrá sido una etapa en el camino de la transexualidad. En el fondo, es el destino problemático de toda revolución.

La revolución cibernética conduce al hombre, ante la equivalencia del cerebro y del computer, a la pregunta crucial: «¿Soy un hombre o una máquina?» La revolución genética que está en curso lleva a la cuestión: «¿Soy un hombre o un clon virtual?» La revolución sexual, al liberar todas las virtualidades del deseo, lleva al interrogante fundamental: «¿Soy un hombre o una mujer?» (por lo menos, el psicoanálisis habrá contribuido a este principio de incertidumbre sexual). En cuanto a la revolución política y social, prototipo de todas las demás, habrá conducido al hombre, dándole el uso de su libertad y de su voluntad propia, a preguntarse, según una lógica implacable, dónde está su voluntad propia, qué quiere en el fondo y qué tiene derecho a esperar de sí mismo -problema insoluble-. Ahí está el resultado paradójico de cualquier revolución: con ella comienzan la indeterminación, la angustia y la confusión. Una vez pasada la orgía, la liberación habrá dejado a todo el mundo en busca de su identidad genérica y sexual, cada vez con menos respuestas posibles, dada la circulación de los signos y la multiplicidad de los placeres. Así es como todos nos hemos convertido en transexuales. De la misma manera que nos hemos convertido en transpolíticos, es decir, seres políticamente indiferentes e indiferenciados, andróginos y hermafroditas, hemos asumido, digerido y rechazado las ideologías más contradictorias llevando únicamente una máscara, y transformándonos en nuestra mente, sin saberlo quizá, en travestis de la política.

Texto extraído del libro “La transparencia del mal” (Ensayo sobre los fenómenos extremos), Jean Baudrillard, Págs. 26/31; editorial Anagrama, Barcelona, España, febrero 1991.

Las relaciones de poder penetran en los cuerpos, Michel Foucault

Las relaciones de poder penetran en los cuerpos

(entrevista con Michel Foucault)

L. Finas

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L. Finas: Michel, hay un texto que me parece realmente asombroso desde todos los puntos de vista: el primer volumen de su Historia de la sexualidad, “La voluntad de saber”. La tesis que usted defiende en él es inesperada y, a primera vista, simple, pero se hace progresivamente más compleja. En resumen, digamos que entre el poder y el sexo no se establece una relación de represión, sino todo lo contrario.

M. Foucault: Hasta cierto momento yo aceptaba la concepción tradicional del poder: el poder como un mecanismo esencialmente jurídico. Lo que dicen las leyes, lo que niegan o prohíben, con toda una letanía de efectos negativos: exclusión, rechazo, barreras, negaciones, ocultaciones, etc. Pero ahora considero inadecuada esa concepción. Me serví de ella en la Historia de la locura, ya que la locura es un caso privilegiado: sin duda, durante el periodo clásico el poder se ejerció sobre la locura a través, prioritariamente, de la exclusión; se asiste entonces a una gran reacción de rechazo en la que la locura se vio implicada. Para analizar este hecho pude utilizar sin demasiados problemas esta concepción puramente negativa del poder, pero a partir de cierto momento me pareció insuficiente. Esto ocurrió en el transcurso de una experiencia concreta que tuve a partir de 1970-1972 en las prisiones. Me convencí de que el análisis no debía hacerse en términos de derecho, sino en términos de tecnología, en términos de táctica y de estrategia. Es esta sustitución del esquema jurídico negativo por otro técnico y estratégico lo que he intentado elaborar en Vigilar y castigar, para utilizarlo luego en la Historia de la sexualidad.

L. Finas: Quienes han leído su Historia de la locura en la época clásica, conservan la imagen de la gran locura barroca encerrada y reducida al silencio. En toda Europa, hacia mediados del siglo XVII, se construyen rápidamente los manicomios. ¿Diría usted que la historia moderna, imponiendo el silencio a la locura desató la lengua del sexo? ¿O más bien que la misma obsesión o preocupación por la locura y por el sexo desembocaron en resultados opuestos a través del doble plano de los discursos y de los hechos? En ese caso, ¿por qué?

M. Foucault: Creo, en efecto, que entre la locura y la sexualidad existen una serie de relaciones históricas que son realmente importantes, y que yo no había percibido cuando estaba escribiendo la Historia de la locura. En aquel momento tenía la idea de hacer dos historias paralelas: por un lado, la historia de la locura y de las clasificaciones que a partir de ella tuvieron lugar; por otro, la historia de las limitaciones que se operaron en el campo de la sexualidad (la permitida y la prohibida, la normal y la anormal, la femenina y la masculina, la de los adultos y la de los niños) Pensaba en toda una serie de divisiones binarias que habían impreso su sello particular a la división más global entre razón y sinrazón, que yo había intentado discernir al estudiar la locura. Sin embargo, creo que es insuficiente: si la locura, al menos durante un siglo, fue esencialmente objeto de operaciones negativas, la sexualidad por su parte estaba desde esta época atravesada por intereses distintos y positivos.

Pero a partir del siglo XIX tuvo lugar un fenómeno absolutamente fundamental. Se trata del engranaje, de la imbricación de dos grandes tecnologías del poder: la que tejía la sexualidad y la que marginaba la locura. La tecnología concerniente a la locura pasó de la negatividad a la positividad, y de binaria se convirtió en compleja y multiforme. Nace entonces una gran tecnología de la psique que constituye uno de los rasgos fundamentales de nuestros siglos XIX y XX; una tecnología que hace del sexo, al mismo tiempo, la verdad oculta de la conciencia razonable y el sentido descifrable de la locura (su sentido común) y que por tanto permite aprisionar a la una y a la otra según las mismas modalidades.

L. Finas: Su refutación de la hipótesis represiva no consiste, entonces, en un simple desplazamiento de acento, ni en una constatación de la negación o de la ignorancia por parte del poder. En el caso de la Inquisición, por ejemplo, en lugar de poner en evidencia la represión que se impone al hereje, se podría poner el acento en la “voluntad de saber”.

M. Foucault: En efecto, he querido desplazar los acentos y hacer aparecer mecanismos positivos allí donde generalmente se privilegian los mecanis-mos negativos.

Por ejemplo, en lo que concierne a la penitencia, se subraya siempre que el cristiano sanciona la sexualidad, autorizando sólo algunas formas de ella y castigando todas las demás. Pero es necesario señalar también, en mi opinión, que en el corazón de la penitencia cristiana existe la confesión, y en consecuencia la declaración de las faltas, el examen de conciencia, y mediante esto toda una producción de saber y de discursos sobre el sexo que tuvieron una serie de efectos teóricos (el amplio análisis que se hizo de la concupiscencia en el siglo XVII) y efectos prácticos (una pedagogía de la sexualidad que posteriormente sería laicalizada y medicalizada)

También he hablado de la forma en que diferentes instancias del poder se habían de algún modo instaurado en el placer mismo de su ejercicio. Existe en la vigilancia, más exactamente en la mirada de los que vigilan, algo que no es ajeno al placer de vigilar y al placer de vigilar el placer. Igualmente, he insistido en los mecanismos de rebote. Por ejemplo, las explosiones de histeria que se manifestaron en los hospitales psiquiátricos de la segunda mitad del siglo XIX han sido un mecanismo de rebote, una respuesta al ejercicio mismo del poder psiquiátrico: los psiquiatras recibieron el cuerpo histérico de sus enfermos en pleno rostro, sin quererlo e incluso sin saber cómo es que ocurría esto.

Sin embargo, estos elementos no constituyen la parte esencial de mi libro. Me parece que hay que comprenderlos a partir de la instauración de un poder que se ejerce sobre el cuerpo mismo. Lo que intento mostrar es cómo las relaciones de poder pueden penetrar materialmente en el espesor mismo de los cuerpos, sin tener incluso que ser sustituidos por la representación de los sujetos. Si el poder hace blanco en el cuerpo no es porque haya sido con anterioridad interiorizado en la conciencia de las gentes. Existe una red de bio-poder, de somato-poder que es, al mismo tiempo, una red a partir de la cual nace la sexualidad como fenómeno histórico y cultural, en el interior de la cual nos reconocemos y nos perdemos a la vez.

L. Finas: En La voluntad de saber usted distingue entre el poder como un conjunto de instituciones y aparatos, y el poder como multiplicidad de relaciones de fuerza inmanentes al dominio en el que se inscriben. Ese poder lo representa produciéndose continuamente, en todas partes, en toda relación de un extremo a otro. ¿Es ese poder, si se entiende bien, el que no sería exterior al sexo, sino todo lo contrario?

M. Foucault: Para mi, lo esencial del trabajo que he emprendido es la reelaboración de la teoría del poder; no creo que el mero placer de escribir sobre la sexualidad fuese motivo suficiente para comenzar esta serie de seis volúmenes, si no me sintiera motivado por la necesidad de replantear esta cuestión del poder. Con demasiada frecuencia, según el modelo impuesto por el pensamiento jurídico filosófico de los siglos XVI y XVII, el problema del poder se ha reducido al concepto de soberanía. En contra de este privilegio del poder soberano, he intentado hacer un análisis que iría en otra dirección.

Entre cada punto del cuerpo social, entre el hombre y la mujer, en la familia, entre el maestro y su alumno, entre el que sabe y el que no sabe, transcurren relaciones de poder que no son la pura y simple proyección del poder soberano sobre los individuos. La familia, incluso la actual, no es una simple prolongación del poder estatal en relación a los niños; tampoco el macho es el representante del Estado en relación a la mujer. Para que el Estado funcione como funciona se hace necesario que entre el hombre y la mujer, entre el adulto y el niño, haya unas relaciones de dominación muy específicas, que tienen su propia configuración y una relativa autonomía.

En mi opinión, hay que desconfiar de un modo de representar el poder que durante mucho tiempo ha dificultado su análisis; me refiero a la idea de que las voluntades individuales son el reflejo de una voluntad más general. Se dice constantemente que el padre, el marido, el jefe, el adulto o el profesor representan el poder del Estado, y que el Estado, a su vez, representa los intereses de una clase social. Pero esto no explica la complejidad de los mecanismos que entran en juego.
Fuente: Les rapports de pouvoir passent á lìnterieur des corps. La Quinzaine Littéraire, nº 247 (1977)

Freud, la homosexualidad masculina y los americanos

Freud, la homosexualidad masculina y los americanos

Henry Abelove

carta

Traducido por Elbio Raúl Degracia.

Texto extraído de “Grafías de Eros (Historia, género, e identidades sexuales)”, editorial EDELP, julio 2000, Buenos Aires, Argentina.

Cualquiera que investigue la actitud de Freud con respecto a la homosexualidad masculina, es muy probable que tropiece con una carta, hoy casi famosa, que escribió en 1935. Publicada por primera vez en 1951, fue desde entonces varias veces reimpresa. Es fácil de hallar, ya que figura en la biografía de Freud, escrita por Ernest Jones. Freud la escribió en inglés, como una forma de cortesía hacia su corresponsal, que era una madre angustiada y perturbada por la homosexualidad de su hijo. Lo que la carta dice es que en realidad ella no tiene motivos para perturbarse y, menos aún de lo que piensa, para sentirse angustiada. “Deduzco” dice Freud, “…que su hijo es homosexual. Me impresiona mucho el hecho de que usted no menciona esta palabra en su información sobre él. ¿Puedo preguntarle por qué evita el uso de ese término?. La homosexualidad no es una ventaja, pero tampoco es algo de lo que uno deba avergonzarse; un vicio o una degradación, ni puede clasificarse como una enfermedad. Nosotros la consideramos como una variante de la función sexual, producto de una detención en el desarrollo sexual.” Continúa diciendo aún más:

Muchos individuos altamente respetables, de tiempos antiguos y modernos, entre ellos varios de los más grandes (Platón, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, etc.) fueron homosexuales, Es una gran injusticia perseguir la homosexualidad como un crimen y es también una crueldad. Si Ud. no me cree a mí, lea los libros de Havelock Ellis. Ud. me pregunta si puedo ayudarle, debo suponer que lo que Ud. me pregunta es si puedo abolir la homosexualidad y hacer ocupar su lugar por la heterosexualidad. La respuesta, en términos generales, es que no podernos prometer semejante éxito. En cierto número de casos conseguirnos desarrollar los marchitados gérmenes de heterosexualidad presentes siempre en todo homosexual, pero en la mayor parte de los casos eso ya no es posible. Ello depende de la cualidad y la edad del individuo. No es posible predecir cual será el resultado del tratamiento.

Lo que el psicoanálisis puede hacer por su hijo ya es cosa diferente. Si es desdichado, neurótico, si vive desgarrado por sus conflictos, inhibiciones en su vida social, el análisis puede traerle armonía, tranquilidad mental, completa eficiencia, ya sea que siga siendo homosexual o cambie. Si Ud. se decide a ello, ¡¡él podrá analizarse conmigo!! i¡ No creo que Ud. lo haga!! Tendría que venir a Viena. No tengo intención alguna de salir de aquí. No deje, sin embargo, de contestarme al respecto.

Sinceramente suyo y con los mejores deseos

Freud (1)

La madre americana dijo sentirse muy agradecida por la carta, enviando eventualmente una copia al investigador sexual Alfred Kinsey, diciéndole que Freud era un “grande y buen hombre”. Es de suponer que halló a esta carta muy alentadora, quizá también reconfortante, aún cuando le mostraba sus temores y prejuicios. Probablemente, Jones tenga razón al describrir esta carta en su biografía como “llamativamente “bondadosa” (2). Freud, después de todo, no tenía ninguna relación previa con esta mujer. Incluso ocupó su tiempo en escribirle estando mortalmente enfermo.

Pero la carta era algo más que solamente “bondadosa”. Era también una considerada expresión de un punto de vista que Freud había sentido profundamente y sostenido de manera tenaz duran­te mucho tiempo. Todo lo que dice en la carta acerca de la homo­sexualidad, había sido objeto de convicción durante más de trein­ta años. Resumiendo: la homosexualidad no es una ventaja. Tam­poco es una enfermedad. No debería ser perseguida como un cri­men ni considerada como una desgracia. Ningún homosexual ne­cesita ser tratado psicoanalíticamente, a no ser que también y de manera absolutamente incidental, sea un neurótico. Freud ya se había expedido antes y de manera frecuente sobre ese tema, y en alguna ocasión, públicamente

Mucho tiempo antes, en 1903, concedió una entrevista al diario de Viena Diet Zeit, que estaba preparando un artículo de fondo acerca de un escándalo local: un destacado profesional vienés estaba en juicio, acusado de prácticas homosexuales. Un periodista acudió a Freud para conocer su reacción, y Freud dijo:

Defiendo la postura de que el homosexual no es propiedad de un tribunal. Además tengo la firme convicción de que tampoco los ho­mosexuales deben ser tratados como enfermos, ya que una orienta­ción perversa está lejos de ser una enfermedad. ¿ Eso acaso no nos obligaría a caracterizar como enfermos a grandes pensadores e inte­lectuales a quienes admiramos por su salud mental?.

Había enfatizado una idea repitiendo “Las personas homo­sexuales no están enfermas, y tampoco son propiedad de un tribunal.” Agregó para finalizar y a modo de calificación, que sin embargo, si un homosexual llegara a molestar a un niño por debajo de “la edad de consentimiento”, entonces sí debería ser acusado de la misma forma análoga. (3)

Freud habló nuevamente en Viena para la prensa en l930 sobre el tema homosexualidad. Esta vez aparece como co-firmante de una declaración dirigida a una comisión legal de una junta austrogermana, que estaba considerando la revisión del código penal. Entre los otros firmantes, también estaban: Artur Schnitzler, Franz Werfel y Moritz Sclilick. La declaración señalaba que la comisión había informado que la propuesta de rechazar las leyes que penalizaban las relaciones homosexuales entre “hombres adultos por mutuo consentimiento”, quedaba en punto muerto y que debía anularse. “Humanidad, justicia y razón” exigen la derogación siendo algo sobre lo que se debería estar inmediatamente de acuerdo. “La homosexualidad”, continuaba la declaración, había “estado presente a lo largo de la historia y entre todos los pueblos”. Las leyes que la penalizaban representaban una “extrema violación de los derechos humanos” porque negaban “la sexual¡dad intrínseca” de los homosexuales. También dejaban la puerta abierta al chantaje e indirectamente indujeron a algunos homosexuales al suicidio. Existía aún otra consecuencia. Al estigmatizar la homosexualidad como “criminal” empujaban a menudo a los homosexuales hacia posturas y actitudes ” antisociales”. La declaración concluía con una “petición” para que los homosexuales tuvieran los mismos “derechos” que todos (4).

Estas eran las intervenciones públicas de Freud; privadamente siguió la misma línea. Por ejemplo, sostenía que no había buenas razones para que a los homosexuales se les rechazara la solicitud como aspirantes a psicoanalistas. Esta posición resultó ser objetable para la mayoría de sus asociados- y se hizo evidente en 1920. La Asociación Holandesa de Psicoanálisis recibió la solici­tud para ser miembro de un médico conocido por ser “manifiesta­mente homosexual”. Ante la duda acerca de una respuesta, pidie­ron consejo a uno de los miembros del círculo más cercano a Freud, Ernest Jones, el mismo que escribiría más tarde su biogra­fía y quien mantuvo a Freud informado por carta. “Aconsejé en contra” dijo Jones, “y ahora he escuchado …. que éste hombre ha sido descubierto y condenado a prisión”. Luego preguntó si Freud pensaba que rechazar siempre solicitudes a aspirantes homosexua­les sería “una regla segura y general en base a la cual proceder”. Freud consultó con otro miembro de su círculo íntimo y también amigo, Otto Rank. Luego ambos, conjuntamente, le contestaron a Jones censurando sus normas:

Su pregunta, estimado Ernest, concerniente a la posible calidad de miembros homosexuales, ha sido considerada por nosotros y discrepamos con usted. En efecto, no podernos excluir tales personas sin tener otras razones suficientes, así como no estamos de acuerdo con su persecución legal. Sentimos que en tales casos una decisión debería depender de un cuidadoso examen de otras cualidades del candidato.

Freud y Rank escribieron por supuesto, desde Viena. Cuando Jones recibió la carta, estaba en Londres. En un mes las noticias de este intercambio llegaron a los analistas de Berlín. Tres de ellos, Hans Sachs, Karl Abraham y Max Eltington, alarmados, escribieron a Rank y a Freud criticando la posición de ambos. La crítica era muy diplomática pero firme: “todavía no hemos decidido” comenzaban diciendo, “acerca de la cuestión de admitir analistas homosexuales en nuestra sociedad…” Esto significaba sin ninguna duda querer hacer recordar a Freud que la decisión, al menos en Berlín, era constitucionalmente más bien de ellos y no de él. “Pero”, continuaban, “tenemos algunas ideas sobre este asun­to”. Sus “ideas” eran que la “homosexualidad aparecía en mu­chas formas como parte de una neurosis” y que en tales instancias “debería ser analizada”. Que los homosexuales neuróticos podrían, y a menudo lo hacen negarse a permitir profundizar sus análisis. En caso de ser así, sería muy difícil que llegaran a ser buenos analistas. Luego, Sachs, Abraham y Eitington concluían diciendo: “Acordamos que sólo aceptaríamos homosexuales en calidad de miembros, cuando tengan otras cualidades a su favor”. Conclusión que replanteaba la posición Rank-Freud, modificándola sutilmente. La carta de ambos estipulaba que la homosexualidad debía ser un factor neutral o un no factor en la evaluación de los candidatos. Por otro lado la carta de Berlín sugería que la homosexualidad podía jugar como presunción en contra de un candidato, pero que a pesar de eso debía ser admitido en caso que fuera juzgado suficientemente bueno. El estilo de ambas cartas era, sin embargo, bastante parecido. Freud eligió o tuvo que contentarse con la respuesta de Berlín (5).

Como clínico, rechazó tratar homosexuales a no ser que los considerara también suficientemente neuróticos. De otro modo, no había nada que tratar. No pensaba la homosexualidad como una enfermedad, y cuando un miembro suponía que en efecto era una enfermedad, trataban de derivar a los pacientes homosexuales a Freud para su tratamiento, quien si ya sabía que eran solamente homosexuales, no los atendía. Pero no siempre lo sabía anticipadamente, por lo que hubo ocasiones que tuvo que darle una sola sesión a un paciente homosexual y relativamente neurótico, forzado a consultarlo a instancias de, un psiquiatra, de un médico de familia, de un amigo o un pariente como la madre americana con quien Freud se escribió en 1935. Sería interesante saber como manejó a tales pacientes; pero no nos dejó ningún registro acerca de ese proceder. Para él no eran casos, por lo que no había razón alguna para escribir la historia de un caso. Pero sí existe el registro de una sola sesión con Freud, escrita por un paciente que encaja dentro de esa categoría. Es difícil estar totalmente seguro; el registro es conmovedor como retrato de un psicoanalista, pero decepcionante por lo escaso en lo referente a él mismo como paciente, cuyo nombre era Bruno Goetz. Cuando consultó a Freud era estudiante en la Universidad de Viena y tenía la aspiración a ser reconocido como poeta, era pobre, sufría de problemas en los ojos, de fuertes jaquecas y por lo visto, era sexualmente no convencional. Uno de sus profesores, preocupado por Goetz, arregló una consulta con Freud y también le envió algunos poemas del mismo. Goetz no quería ir, pero la autoridad del profesor era suficiente como para que lo hiciera y así lo hizo. Ya en el consultorio de Freud comenzó a sentirse inmediatamente mejor. Las jaquecas desaparecieron y habló vehementemente acerca de su vida y de sus amores. Habló acerca de la masturbación, de la vez que amó a una mujer mayor que él, acerca de su fascinación por el mar, de su atracción por los marineros, a quienes quería besar, y de su soltería. Freud dijo, “¿Y la cuestión con los marineros, nunca lo molestó?” Goetz contestó, “Nunca …. Estuve muy enamorado. Y cuando usted está enamorado, todo está bien ¿verdad?” Freud replicó, “Para usted ciertamente…” y rió. Luego le preguntó, hacia el final de la consulta, cuándo había comido un biftec por última vez. Goetz contestó que hacía cuatro semanas. Luego Freud le entregó un sobre cerrado diciéndole que era una “prescripción” y, con cierta timidez, dio por concluida la sesión, diciendo:

Por favor acepte este sobre y permítame esta vez actuar como padre. Una pequeña retribución por la alegría que me ha dispensa con sus poemas y la historia de su juventud.

Cuando Goetz se fue y abrió el sobre, se encontró con que contenía dinero, 100 kronen más que suficiente para comprar un buen biftec para la cena (7).

Freud era muy consistente sobre el tema homosexualidad. Lo que le dijo a la madre americana en su carta de 1935, que no era ni una ventaja, ni un crimen, ni una enfermedad, ni desgracia alguna, era fruto de una prolongada creencia y de un accionar acorde a la misma. Este punto de vista no era compartido sinceramente por la mayoría de sus compañeros analistas, aunque ninguno, en vida de Freud y hasta donde sé, lo haya rechazado o confesado directamente. Pero sus colegas mostraron dudas y cierta tensión al respecto. Los holandeses se preguntaban si un homosexual po­día o no ser admitido para la práctica analítica; Jones en Inglate­rra pensaba que no; los berlineses decían quizá si quizá no, pero estaban probablemente más inclinados a decir que no. Algunos analistas derivaban a Freud para tratamiento a aquellos homosexuales que no eran neuróticos aunque él pensaba, por cierto, que no había ninguna necesidad. Jung puede haber sentido más bien diferente que Freud sobre el tema homosexualidad. Es difí­cil reconstruir totalmente su punto de vista mientras perteneció a la asociación psicoanalítica, pero existe un comentario muy su­gestivo en una de sus cartas. Cuando se escribieron con Freud preguntándose dónde publicar determinado ensayo de Freud, se mencionó el Zeitschrift fur Sexualwiseenschaft, diario editado por un homosexual, Jung recomendó no utilizarlo. “Si los 175º son los responsables, eso será difícilmente una garantía de su actitud científica”, escribió Jung. Ciento setenta y cinco era el número de la cláusula del código de ley alemán donde estaban especificadas las penas relativas a la práctica homosexual.(8) El término “175º” quería decir homosexuales y era derogatorio. El comentario de Jung fue, por cierto, esencialmente prejuicioso. Freud contestó diciendo que no había pensado en el Zeitschrift, ya que podría llegar a ser la voz del movimiento de emancipación homosexual en Alemania y, por ende, demasiado político. Dijo que había pensado en el, Jahrbuch für Sexuelle Zwischenstufen, otro diario editado por el mismo homosexual que editaba el Zeitschrift. Jung no hizo más comentarios. Hasta donde sé, sólo tres analistas pueden ser tentativamente identificados como compartiendo, quizá sin reservas, el punto de vista de Freud sobre la homosexualidad. Primero Rank, cofirmante de la carta a Jones pidiendo por la admisión en la práctica psicoanalítica de homosexuales calificados; Isidor Sadger cuya posición se deduce de algunos ensayos que publicó (10);y Victor Tausk. Uno de los colegas de Tausk le informó en 1914 acerca del tratamiento de un determinado homosexual neurótico diciendo ésto: “…su objetivo terapéutico para el paciente fue liberarlo de los sentimientos de culpa en relación a su homosexualidad para que pudiera sentirse libre de satisfacer sus necesidades homosexuales” (11). Pero si bien Rank, Sadger y Tausk pertenecieron firmes junto a Freud, fueron la excepción. La mayoría de los analistas pensaban de otra manera. Sin embargo, era en América donde la posición de Freud en relación a la homosexualidad era menos aceptada o quizá más resistida. Jung, pudo en un descuido haber deslizado una observación prejuiciosa; Jones, haber querido demarcar los límites en relación a tener colegas homosexuales; alemanes y holandeses pueden haber compartido algunas de las reservas de Jones; pero ya desde los comienzos del transplante del psicoanálisis a estas costas, los analistas americanos tendieron a considerar la homosexualidad con desaprobación y en realidad quisieron desembarazarse de ella para siempre. Ya en 1916, cuando Freud todavía estaba muy activo, Smith Ely Jeliffe, un destacado analista neoyorkino, fundador de la Psychoanalytic Review, declaró que “instrucción individual” y “educación” deberían controlar la tendencia “homogénica” y “dirigirla” a una “normal y bien adaptada vida sexual”; para que así no exista la homosexualidad (12).

La declaración de Jeliffe es típicamente americana; refleja un punto de vista que los historiadores en general llaman moralista y que ha dominado desde siempre el pensamiento psicoanalítico en este país. Es una actitud que Freud conocía, despreciaba y a la que se oponía, pero que nunca logró vencerla ni mitigarla. Por qué no pudo, requiere una explicación. Después de todo era un líder dominante con poca paciencia ante cualquier desviación; y podría haber terminado con los agraviantes analistas americanos, así como lo hizo con algunos europeos, como en el caso de Adler y Jung. Quizá tuvo miedo a que demasiada severidad pusiera en riesgo el futuro del psicoanálisis en el frente americano. En los años treinta, era claro que era en América dónde se produciría el mayor crecimiento del movimiento psicoanalítico. También pudo haberse mantenido al margen debido, en parte, a una especie de indiferencia. Para él era más importante lo que decían y pensaban sus compañeros europeos que los americanos. Finalmente creyó que la actitud de los analistas americanos no era accidental sino necesaria, derivada directamente de lo que él consideraba como las condiciones fundamentales de la vida americana. Si eso era verdad, ¿cuál hubiera sido el beneficio de dejar de lado a determinados analistas?

Aún así discutía con ellos al sentirse molestado, contrariado. Su blanco más frecuente fue James Jackson Putnam de Harvard, el analista americano que más le gustaba o quizá el que le disgustaba menos. La correspondencia se prolongó por un período de alrededor de siete años, existiendo por parte de Freud un prolongado esfuerzo para conseguir que Putnam depusiera su moralismo (era difícil que aparecieran en las cartas alusiones específicas referidas a la homosexualidad, y por cierto a cualquier sexualidad, ya que tan elevadas eran las ideas de Putnam como condescendiente Freud como corresponsal); por parte de Putnam un prolongado rechazo. Se encontraron en 1909, y en esa ocasión se le dijo aparentemente de manera muy firme que no tratara de sostener ante los pacientes en análisis ningún objetivo ético propio. “Todavía me parece”, escribió más tarde ese mismo año, “que… el método psicoanalítico necesita ser complementado con métodos que busquen sostener ante el paciente una meta por la que pueda esforzarse en alcanzar.” Putnam. continuó para señalar que actualmente estaba tratando a una “dama” que “sufría mucho debido a un estado de inhibición y de vergüenza mórbidos” y que él estaba haciendo “buenos progresos” en rastrear los orígenes de sus “síntomas”, pero se encontraba ante la “dificultad” de que la misma había “perdido todo interés por la vida y en vivir”. ¿Acaso no debería, a modo de exhortación, tratar de proveerle tal interés? Freud respondió que ningún analista podía- “compensar” a un paciente dejando de lado una,”enfermedad”. Pero que eso no era culpa del analista.

¿Que tendríamos que hacer cuando una mujer se queja de su frustrada vida, cuando con su juventud perdida se da cuenta que fue privada de la alegría de amar debido a meras razones convencionales? Ella tiene bastante razón, y nosotros nos quedamos imposibilitados ante ella porque no podemos volverla joven otra vez. Pero el reconocimiento de nuestras limitaciones terapéuticas refuerza nuestra determinación en cambiar otros factores sociales para que tanto los hombres como las mujeres no se sientan más forzados a situaciones sin esperanza.

Este era Freud en su mayor militancia política. El moralismo americano siempre le produjo escozor; pero la militancia no hizo aparentemente impacto alguno en Putnam, quien rápidamente le

contestó que los pacientes necesitan “más que simplemente aprender a conocerse a sí mismos”, también conocer las “razones de porqué deberían adoptar ideales más elevados para sus obligaciones”. Luego le volvió a escribir: “Como estudio pacientes y trato de aliviarlos de sus síntomas, me encuentro con que también debo mejorar su temperamento y carácter morales.” Inmediatamente después le relató a Freud una de sus fantasías infantiles -de una vida familiar feliz- y le pidió una interpretación. Este pedido le dio a Freud una oportunidad que aceptó con regocijo:

En general veo que usted está sufriendo de un muy temprano e intenso sadismo reprimido que se expresa a través de una bondad excesiva y auto tortura. Detrás de la fantasía de una vida familiar feliz usted debería descubrir las fantasías normales reprimidas de una rica realización sexual.

Luego Freud respondió nuevamente con una nota menos personal pero muy maliciosa, burlándose de la retórica cristiana que yacía bajo la superficie de la carta de Putnam:

Parece que usted hace parecer al psicoanálisis mucho mas noble y hermoso: en sus ropas domingueras escasamente reconozco a la empleada que se desempeña en los quehaceres domésticos de mi casa.

Luego impávido, Putnam le escribió para decirle que quería hacer algo importante sobre el tema “sublimación”, haciendo especial referencia “al trabajo de Dante y Emerson”.Freud contesto que esperaba eso “con gran interés” Luego Putnam escribió más acerca de su compromiso personal con la sublimación y de su tarea de conducir a sus pacientes hacia el logro de la misma de manera satisfactoria. Freud contestó con más amargura que ironía: “Tan pronto”, escribió, como los analistas emprendan “la tarea de conducir al paciente hacia la sublimación, más aceleran su salida de la ardua tarea psicoanalítica para tomar deberes muchos mas cómodos, como el del maestro y del dechado de virtudes.”

Finalmente Freud se volvió muy directo. Terminó con las indirectas, cualquier tono menos candor, y en una de sus últimas cartas a Putnam poco tiempo antes que la muerte de este último los separara para siempre, ataco aún mas directamente su moralismo:

La moral sexual tal como la define la sociedad –y como caso extremo la sociedad americana- me parece muy despreciable. Me identifico con una vida sexual más libre.

Eso tampoco hizo aparentemente impacto en Putnam, ya que en la siguiente carta ignoró completamente el señalamiento de Freud acerca de América (13)

Si Freud pensó que la moral sexual americana era despreciable, también pensó que conocía cómo llego a ser de esa manera. Visitó América solo una vez, en el otoño de 1909, cuando vino a dar cinco conferencias de introducción al Psicoanálisis en la Clarck University, frente a una audiencia en la en la que estaban casualmente Williams James y Emma Goldman. Durante su estadía pudo conocer New Cork, New Haven, Boston, Worcester y las cataratas del Niágara; y también pasó algún tiempo en las Adirondacks. Aunque el viaje fue breve y el itinerario limitado, sus conclusiones fueron excepcionalmente positivas y firmes. No había dudas que antes de comenzar el viaje ya se había hecho una idea al menos tentativa, en gran parte sobre la base de sus lecturas y de sus contactos personales con americanos y probablemente teniendo en cuenta un prejuicio muy común contra América que siempre existió en los círculos intelectuales europeos.

Ya en Viena, cuando se le preguntaba que pensaba que estaba mal aquí, trataba la pregunta con poca seriedad, respondiendo en forma ligera. Por ejemplo, que odiaba la comida y le producía indigestión. O podía decir que odiaba el acento, y que solamente los inglese sabían hablar correctamente el inglés. Pero a veces tomaba la pregunta seriamente, contestando de acuerdo a la misma. Y no hay ninguna dificultad en hacerse una composición de lo que pensaba. Primero, que los americanos eran demasiado reprimidos. Los hallaba sexualmente insulsos e insípidos. Así es como su colega vienes Paul Federn informo con poco tacto años mas tarde, en 1947, cuando hablo en ocasión de la inauguración de un busto de Freud en la cede central de la sociedad psicoanalítica de New Cork, al decir que Freud siempre sostuvo que en América no había “en realidad suficiente libido como para ser encontrada y sentida por él” (14). ¿Por qué eran los americanos tan nulos sexualmente? Porque sublimaban totalmente su energía sexual. Por su despreciable moralismo. Esa era la lógica para la sublimación. Y los objetivos para la sublimación americana, ¿eran la producción de arte, ciencia, leyes, arquitectura, música, literatura? No, era dinero, consumo, acumulación. Toda la energía que no se canalizaba sexualmente era dirigida a hacer dinero y a muy poco más. Jones en su autobiografía Free Associations lo expone sutilmente: Freud tenia una “impresión desfavorable” de América. “Imagino”, agrega Jones, “que la aversión tenía algo que ver con el sentimiento de que el éxito comercial dominaba la escala de valores en los Estados Unidos”…(15)

El planteo de Freud fue aún más sutil, pero no obstante muy decidido, cuando habló frente a su auditorio americano en Clarck.

En efecto, la estrategia retórica primaria más importante en esas cinco conferencias fue adular a la audiencia con la esperanza de asegurarse un interés favorable en la relación a lo que él debía decir concerniente al psicoanálisis. Les dijo que pertenecían al “Nuevo mundo” , agregando que en el viejo e ignorante mundo europeo existia un prejuicio irracional contra el psicoanálisis e insinuó que en el “Nuevo Mundo” tal prejuicio era poco probable. Dijo que originalmente había planificado hablar principalmente de la Interpretación de los sueños” pero que luego de considerarlo había rechazado esa idea: Que le parecía un error hablar de los sueños en un país tan admirablemente “devoto a los objetivos prácticos”.También que quizá la histeria” podría se mejor comprendida como análoga a una especie de sobreimplicación en la historia. Imaginen, dijo, a un “londinense” incapaz de vivir con alegría en el presente a causa de no haber podido escapar de las garras del pasado y que gastó todo su tiempo en duelo, en lugares como “Charing Cross” o The Monument”, consagrados a antiguas pérdidas. Al desarrollar ésta analogía estaba insinuando a grandes rasgos y de manera muy falsa, que como los americanos tenían mucho menos historia que, digamos, los londinenses, estaban en mejores condiciones. Todo esto era adulación, adulación un tanto excesiva. Pero en medio de ella, Freud se las ingenió para decir lo que pensaba. Tuvo la oportunidad cuando explicó la interpretación psicoanalítica del chiste. Primero dio un ejemplo:

Dos hombres de negocios poco escrupulosos habían conseguido granjearse una enorme fortuna mediante una serie de empresas harto osadas, y tras ello se empeñaron en ingresar en la buena sociedad. Entre otros medios, les pareció adecuado hacerse retratar por el pintor más famoso y más caro de la ciudad, cada uno de cuyos cuadros se consideraba un acontecimiento. Quisieron mostrarlos por primera vez durante una gran soirée y los dueños de casa en persona condujeron al crítico y especialista en arte más influyente hasta la pared del salón donde ambos retratos habían ido colgados uno junto al otro; esperaban así arrancarle un juicio admirativo. El crítico los contempló largamente, y al fin sacudió la cabeza como si echara de menos algo; se limitó a preguntar señalando el espacio libre que quedaba entre ambos cuadros: “And where is the Saviour?” (“Y dónde está el Salvador?”)

El público rió. Freud continuó:

Comprenderemos que el especialista en arte quiere decir: “Son ustedes un par de pillos, como aquellos entre los cuales se crucificó al Salvador”. Pero no se los dice; en lugar de ello, manifiesta alqo que a primera vista parece raramente inapropiado… pero de inmediato lo discernimos como una alusión al insulto por él intentado…

Luego de explicar la interpretación del chiste, Freud preguntó:¿”Por qué” el crítico “no dice a los dos pillos directamente lo que le gustaría?” ¿Por qué se los dice indirectamente a través del chiste? Contestando su propia pregunta, dice que el crítico:

Junto a sus ganas de espetárselo sin disfraz actúan en el eficaces motivos contrarios. No deja de tener sus peligros ultrajar a a personas de quienes uno es huésped. (16)

Basta un solo momento de reflexión para darse cuenta que Freud era el invitado de honor en Clarck, que los americanos eran sus anfitriones y que él mismo los estaba insultando indirectamente a través del chiste. Eran hombres de negocios sin escrúpulos, eran ladrones. Nunca cambio de opinión en cuanto a considerarlos o más bien a considerarnos ladrones, como así también asexuales y moralistas despreciables.

¿Qué les pasó a los homosexuales que estaban en tratamiento con analistas americanos de a época de Putnam y Jeliffe? Putnam pensaba que debía infundir a sus pacientes su propia visión ética. Jeliffe pensaba que el sentimiento homosexual se debería controlar a través de la instrucción y la educación y reformarlo en pro de “una sexualidad normal y bien adaptada” En primer lugar esos pacientes odían sentirse físicamente seguros; no corrían ningún riesgo en ser castrados, en tanto y en cuanto estuvieran en manos de esos analistas. Algunas veces este desastre atrapó a homosexuales en tratamientos no psicoanalíticos. Los analistas sólo hablaban, no se sabe exacta ni absolutamente acerca de qué. Ahora podemos saberlo en forma parcial y fragmentada; pequeña muestra que concierne a un homosexual llamado C.M.Otis, quien en 1911 realizó sucesivas consultas con dos analistas de Boston llamados Isador Coriat y Louvill Emerson. El segundo tomó notas que todavía existen. A través de ellas sabemos cómo Otis se describía a sí mismo: como sin haber tenido nunca relaciones sexuales con una mujer, pero sí con muchachos y de manera poco casual, como habiéndose sentido perseguido por ambas situaciones y seguro que nunca llegaría a ser heterosexual. Emerson lo vio seis veces en sesione de terapia. A la sexta sesión dio por terminada la relacion. En sus notas figura la razón de ese tan decidido y abrupto final: “el paciente muestra una reacción emocional no adecuada a mis sugerencias”; pero no especifica cuales fueron las sugerencias (17). Ocho años más tarde publica en Psychoanalytyc Review una crítica a Freud breve y amable. El eje de la misma era que Freud se equivocaba al tratar de excluir la “ética” del psicoanálisis. Todos los analistas deben tratar de decir cuales serían las relaciones sociales “justas” y “cuales no” (18) Cualesquiera hayan sido las sugerencias de Emerson y que Otis rechazo, podemos concluir diciendo que evidentemente la experiencia de Otis con su analista fue significativamente diferente a la de Goetz con el suyo.

Volviendo a la carta de Freud a la madre norteamericana, podemos decir que lo que lo motivó a escribirla no fue de ningún modo solo una actitud “bondadosa”, ni necesidad alguna de replantear lo que había sostenido durante tanto tiempo. Quería también arremeter contra nosotros, los americanos, contra nuestro moralismo y nuestro abuso del psicoanálisis. Sabía muy bien que la carta sería tenida en cuenta y tuvo esa intención. Fue una provocación deliberada, en especial el pasaje donde termina diciendo:

Si usted se decide a ello, ¡¡ el podrá analizarse conmigo!! ¡¡No creo que usted lo haga!!. Tendría que venir a Viena. (19)

Freud no tenía necesidad de mas pacientes y esa mujer era extranjera. Su objetivo fue decirle a ella y a todos que su hijo podría no ser tratado adecuadamente en América.

Puede ser sorprendente, a la lis de lo que dice la carta, encontrarse con un Freud que estuvo muy de punta con el movimiento de emancipación homosexual pero así fue. Estaba inexorablemente en desacuerdo con la línea que seguía el movimiento en relación a un tema muy importante y expresó esta discrepancia en tres de sus trabajos psicológicos.

El movimiento se fundó básicamente en Alemania, donde nació a fines del siglo XIX. Su creador fue un abogado de Hannover llamado Karl Heinrich Ulrichs quien en una serie de libros consideraba que los homosexuales constituían un “tercer sexo” “un cuerpo masculino” poseído por “un alma femenina”. El sucesor espiritual de Ulrichs y primer gran líder del movimiento fue Magnus Hirschfeld (1868-1935), médico judío de Berlin, quien como publicista, organizador, miembro de un grupo de presión e investigador clínico, había trabajado durante mucho tiempo y sin descanso a favor de la derogación de las leyes que penalizaban la homosexualidad y por el reconocimiento de su extensa incidencia. Hirschfeld, como Ulrichs, también pensó a los homosexuales como un grupo biológica y psíquicamente distinto y los llamó “intermedio sexuales” (20)

Como ya vimos, Freud respaldó de buen grado los objetivos de reforma de ley por parte del movimiento lo que rechazaba era la teoría del “tercer sexo”, de “intermedios sexuales”. En tres ensayos de teoría sexual (1905) critica a Ulrichs refiriéndose a él como “el portavoz de los varones invertidos”, mencionando como para descartar la noción de “un cerebro femenino en un cuerpo masculino” (21)

En Leonardo da Vinci (1910) se refiere nuevamente a la línea del movimiento:

Los varones homosexuales que en nuestros días han emprendido una enérgica acción contra la limitación legal de sus prácticas gustan de presentarse, por boca de sus portavoces teóricos, como una variedad sexual distinta desde el comienzo, como un grado sexual intermedio, “un tercer sexo”.

Agregó que esta forma de presentarse debería ser considerada con cierta reserva, porque no tenía en cuenta los descubrimientos del psicoanálisis. Luego en la edición de 1919, añadió a pie de página una observación muy dura: “… que los representantes de los homosexuales en la ciencia no atinen a aprender nada de las certificadas averiguaciones del psicoanálisis” (22) Nuevamente en Lecciones Introductorias (1917), toca en gran medida el mismo punto. Dice que los homosexuales “por boca de su portavoz científico” estaban intentando”presentarse a sí mismos como una variedad especial de la especie humana “un tercer sexo…” Esta era una presentación equivocada el psicoanálisis la demostraba como incorrecta. (23)

¿Pero cómo lo hacía? Freud pensaba que el psicoanálisis mostraba que todo el mundo era capaz de hacer una elección de objeto homosexual” y que todos” de hecho hacían una en su inconciente” y que además

…los sentimientos libidinosos en vinculación con personas del mismo sexo, no desempeñan escaso papel, como factores de la vida sexual, y ese papel es mayor que el de los dirigidos al sexo opuesto en cuanto motores de contracción de neurosis (24)

Teniendo en cuenta estos descubrimientos, difícilmente podía aceptar que los homosexuales fueran “una especie sexual diferente” o “una variedad especial de la especie humana” Por el contrario, sostenía que toda la gente era psicológicamente como los llamados homosexuales. Sin ninguna duda que los hombres homosexuales

Tendían en general a tener sexo con hombres, mientras que los hombres no homosexuales en general tendían a tener sexo con mujeres. Si bien esta diferencia tenía “significación práctica” era de escasa significación “teórica” (25) ¿Qué era lo teóricamente significante? Lo que nunca debía olvidarse, negarse o elidirse era que la sexualidad de todos era en gran parte homosexual.

Freud insistía con que los homosexuales no eran “excepcionales” y que el psicoanálisis se oponía decididamente a separarlos “del resto de la humanidad como un grupo de carácter especial” (26). De ser así, había que rechazar y de hecho reprimir, la teoría psicoanalítica de la sexualidad.

Así discutía Freud, pero el movimiento no estaba muy interesado en la discusión. Nociones como la de “tercer sexo” o echando una mirada por un instante a lo que en la América de hoy llaman “gay”, pueden jugar un rol importante en habilitar el dogmatismo homosexual. Es reforzar el pensarse a uno mismo como parte de un grupo. Uno se siente menos raro, quizá menos vulnerable y quizá incluso más orgulloso. Además, los grupos pueden organizarse para promover los intereses comunes de sus miembros. En una cultura parlamentaria, como era en alguna medida Alemania en la época de Freud o como es la de la América de hoy, la fuerza de un grupo organizativo puede muy a menudo traducirse directamente en influencia política. Freud comprendía todo esto y no puede haberse sentido sorprendido cuando el movimiento de emancipación homosexual lo ignoró. Pero de todas maneras él mantuvo su posición, tanto en contra de esa línea como del moralismo americano, y por la misma razón: ambas eran, de hecho y tal como él veía las cosas, represiones.

Freud murió en 1939, cuatro años después de haber escrito la carta a la madre americana. Tan pronto como fue cremado, una hueste de ensayos revisionistas comenzaron a rodar por la prensa psicoanalítica, especialmente en América. LA homosexualidad fue uno de los temas propuestos con mayor entusiasmo. Podemos examinar aquí de manera breve y muy acotada qué dijeron los analistas americanos acerca del tema cuando ya no estuvo Freud.

Sandor Rado (1890-1972) de la Columbia Psychoanalític Clinic fue el primero en declararse en New York. En una serie de artículos publicados en 1940, decía que la pareja hombre-mujer era saludable, que era sobre todo el “modelo estándar” y que la homosexualidad era una enfermedad basada en el miedo a la mujer, y que muy a menudo podía curarse por la vía del psicoanálisis (27)

Irving Bieber (1908), siguiendo la guía de Rado, condujo un importante estudio en 1950, cuyos resultados fueron publicados en 1962. Decía que su propósito era establecer la homosexualidad como una enfermedad. Todas las “teorías psicoanalíticas” dijo, ignorando a Freud, “asumen que la homosexualidad es psicopatológica”. Su propósito era más bien llegar a comprender la etiología de la enfermedad; y argumentó su punto de vista diciendo que derivaba primariamente de cierta clase de mala situación familiar: una madre dominante y un padre frío. Fue también relativamente optimista acerca de la cura. Charles Socarides fue más lejos que cualquier otro analista americano. Dijo en una serie de artículos publicados en su mayoría en los años sesenta, que la homosexualidad no sólo era una enfermedad, sino una severa enfermedad acompañada frecuentemente de manifestaciones psicóticas o de oscilaciones maníaco depresivas. Mientras la pareja heterosexual podía conducir hacia “la cooperación, el consuelo, la estimulación, el enriquecimiento, la competencia sana y logros, la pareja homosexual solo podía brindar “destrucción, rechazo mutuo, explotación del compañero y de sí mismo, incorporación oral-sadica, ataques agresivos esfuerzos para aliviar la ansiedad y una pseudo solución a las urgencias agresivas y libidinales que dominan y atormentan al individuo.” Socarides decía también que era posible la cura” (28).

La American Psychiatric Association, influenciada quizá por Rado, clasificó en 1952 la homosexualidad como una enferme­dad. En los años sesenta, al crecer y fortificarse el movimiento de liberación gay, esta clasificación todavía vigente en los libros “llegó a ser el problema de mayor importancia para sus adherentes, quienes dedicaron gran esfuerzo para conseguir su anulación. Lo lograron a través de una mezcla de agitación Y discusión. En 1973 la Association saca la homosexualidad de la lista de enfer­medades (30). Al anunciarlo, el presidente de la Association dijo que esperaba que el resultado fuera “un clima más satisfactorio de opinión para la minoría homosexual en nuestro país…” (31) . Aquí hay que remarcar el término minoría. Lo que el presidente dio por supuesto fue que los homosexuales eran realmente una minoría, un grupo de naturaleza especial. Lo hizo porque el movimiento de liberación gay de manera previsible lo estaba diciendo así y sus aliados psicoanalíticos acordaban a viva voz.

¿Aliados Psicoanalíticos? Sí, el movimiento tenía aliados de los cuales el mas influyente eran Judd Marmor (1910) y Robert Stoller (1924), quienes durante los años sesenta y setenta choca­ron frecuentemente contra la postura Bieber-Socarides. Tanto unos como otros negaban que la homosexualidad fuera una enfermedad, la describían a su vez como la orientación sexual de una minoría. Al describirla así, obviamente rechazaban la idea de que Freud había pensado como teóricamente crucial, la idea de que la sexualidad de todos era en gran parte homosexual.

Marmor manifestó su objeción con mucho tacto: Freud sostenía que la homosexualidad era una “tendencia universal.” La idea no era “¡lógica” pero sí “no operativa” y debería descartarse. Stoller dijo mucho de lo mismo: al adherimos a la idea de Freud, nunca podíamos tener claro los fundamentos para decir de cualquiera que no era homosexual. Eso sería “problemático” Probablemente sería aconsejable volver “a una definición menos complicada de la homosexualidad” y pensarla como del dominio exclusivo de los homosexuales, “como el estado en el cual las prácticas sexuales son realizadas preferentemente, en la fantasía consciente o en la realidad, con una persona del mismo sexo” (33). Así tanto Marmor como Stoller veían a la homosexualidad sólo del lado de los homosexuales, quienes por eso eran diferentes a todos los demás y por lo tanto una minoría. Pero los homosexuales no eran necesariamente más enfermos que lo que era cualquier otra minoría como los negros, latinos y judíos, y le otorgaron el derecho de ser libres del estigma por el cual la psiquiatría oficial los había ubicados tan injustamente. Por supuesto que el corolario de la adscripción humana del status minoría fue éste: la gente de afuera de la minoría ya no necesita considerarse como también homosexual.

Las reuniones de la Association que condujeron eventualmente a la decisión de no clasificar la homosexualidad como enfermedad, estuvieron protagonizadas principalmente por psicoanalistas. De un lado, Bieber y Socarides, del otro Marmor y Stoller. Extraño espectáculo, dos grupos de psicoanalistas moralistas oponiéndose mutuamente, reivindicando la tradición freudiana y a su vez defendiendo una posición que el mismo Freud había rechazado por equivocada y represiva. El freudismo en América continúa como comenzó.

NOTAS

1.Jones, E.,Vida y obra de Sigmund Freud, Editorial Lumen-Hormé, Buenos Aires,1998, Tomo III, p. 214-215. En el original la carta fue extraída del American Journal of Psychiatry, Abril 1951, p. 786, donde figura una fotocopia de la carta hológrafa.
2. Jones, E. , Vida y obra de Sigmund Freud, op. cit., T.3, p. 214.
3. Citado por Herb Spiers y Michael Lynch, “The Gay Rights Freud”, Body Politic, Mayo 1977, p. 9
4. Ibid. p. 9.
5. Ibid. p. 9. Este juego de cartas es parte de un grupo conocido como “Rundbriefe”, preservado en la Otto Rank Collection y depositado en la biblioteca de la Columbia University. Agradezco a la biblioteca la autorización para publicar las citas. Las traducciones utilizadas fueron preparadas y amablemente facilitadas por el profesor James Steakley (Rank Collection lla/238, lla/248). Probablemente la fuente más crucial no publicada de la historia del pensamiento psicoanalítico, “Rundbriefe”, es todavía muy poco conocido. Ver Patrick Mahony, Freud as a Writer New York: International Universities Press, 1982), p.p. 9798; M. Grotiabri, Notes on Reading the ‘Rundbriefe’,” Journal of the Otto Rank Association 8 (1973-74), pp. 89-91.
6. Ver, por ejemplo, la carta de Freud a Oscar Pfister, del 13 de Abril de 1919 Correspondencia 1909-1939, Sigmund Freud y Oscar Pfister, Fondo de Cultura Económica, México 1966, pp. 63, 64.
7. Un pasaje del relato de Goetz traducida al inglés está publicada en Freud as We Knew Him, H. Ruitenbeek ed. (Detrit: Wayne State University Press, 1973), pp. 264ff. Para el texto completo en alemán original, ver Bruno Goetz, “Erinnerungen an Sigmund FreucI”, Neue Schweizer Rundschau, mayo 1952, pp. 3ff. Esta es una traducción del Dr. Ruitenbeek, levemente modificada por mí.
8. Ver Jurgen Baumann, Paragraph 175: Uber die Moglichkeit, die einfache, nicht jugendgefahtdende und nicht offentliche Homosexualitat unter Ervvachsenen straffrei zu lassen ( Berlín/Neuwied: Luchterhand, 1968).
9. The Freud-Jung Letters: The Correspondence of Sigmund Freud and C.G.Jung, W. McGuire, ed. (Princeton: Princeton University Press, 1974),pp. 97, 125 , 126. Pero tres años más tarde, en su correspondencia, Jung deja deslizar otro prejuicio. Estaba escribiendo acerca de un hombre llamado Romer, quien era homosexual, y dijo: “Él es como todos los homosexuales, sin deficadeza”. Ver Freud- Jung, p. 423. Hay traducción al castellano de la correspondencia: Sigmund Freud- Carl Gustav Jung. Correspondencia, Taurus Ediciones, Madrid. 1979. Edición agotada hace ya varios años.
10. Ver por ejemplo, Isidor Sadger, Ist die Kontrare Sexualempfindung heilbar?”, Zeitschriftfur Sexualwissenschaft 1 (1908), pp. 712ff. Agradezco al profesor Steakley por hacerme prestar atención a este ensayo.
11. El colega fue el analista italiano Edoardo Weiss. Ver Edoardo Weiss, Sigmund Freud as Consultant (New York: Intercontinental Medical Book Corp., (1970), p. 9. Sobre Tausk y la relación con Freud, ver Paul Roazen, Hermano Animal, editorial ACME-agalma, Buenos Aires, 1994; K.R. Eissler, Talent and Genius (New york: Grove, 1971); y Neil Hertz, “Freud and the Sandman,” Textual Strategies, J. Harari ed. (lthaca: Cornell University Press, 1979), pp. 296-321
12. Citado por Nathan Hale, Freud and the Americans: The beginning of Psychoanalysis ¡ti the United States, 1876-1971 (New York: Oxford University Press), 1971), p. 339.
13. James Jackson Putizam and Psichoanalysis N Hale ed. (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1971) pp. 87, 90, 91, 95, 117, 130, 137, 152, 153, 161,168,171,189.
14. Ruiteribeek, p. 220.
15. Jones, E., FreeAssociations: Meinoirs o a psychoanalyst (London: Hogarth, 1959), p. 190.
16. Sigmund Freud, Cinco conferencias sobre psicoanálisis, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1997, vol. XI, pp. 7, 34, 35, 28, 29, 13, 14, 26, 27.
17. Martin Duberman, “The Therapy of C. M. Otis: 191 l,” Cliristoplier Street, Noviembre 1977, p. 33ff.
18. Hale, Freud and the Aniericans, p. 346…
19. Ver nota 1.
20. Sigo a John Lauritsen y David Thorstad, Tlie Early Homosexual Rights Movement, 1864-1935 (New York, Times Change, 1974); James Steakley, The homosexual Emancipation Movement in Germany), (New York: Arno, 1975); y Timothy Roe Lyman, Homosexual Movementin in Perspective: The Eniergence of homosexual Identit in Germany, 1900-1933” (A. B. Honors Thesis, Harvard College, 1980). Agradezco a Timothy Lyman por su amabilidad al permitirme leer su excelente tesis.
21. Sigmund Freud, Tres ensayos de teoría sexual, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1996, vol. VII, pp.129-130.
22. Sigmund Freud, Cinco conferencias sobre psicoanálisis, op. cit., pp. 91-92.
23. Sigmund Freud, Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-1917), Amorrortu editores, Buenos Aires, 1996, vol. XVI, pp. 278-280-281-282.
24. La referencia al vol. XII, p. 145 es errónea. La cita corresponde a: Sigmund Freud, Tres ensayos de teoría sexual, op. cit., p. 132 (agregado en 1915).
25. Sigmund Freud, Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-1917), op. cit., pp. 281-282.
26. Ibid, pp. 132-134.

27. Citado por Ronald Bayer, Homosexuality and American Psychiatry: Tlie Politics of Diagnosis (New York: Basic Books, 1981), pp.28, 29. En mis consideraciones acerca de Rado, Bieber y Socarides generalmente sigo y con gratitud a Bayer. Quizá deba señalar que por otro lado no sigo el tratamiento que él hace de Freud. Ahí, Bayer se equivoca. Se inclina por aceptar que Freud creía lo que los analistas habían dicho que él creía.
28. Bayer, pp. 30, 31, 34, 35, 36, 37.
29. Esta clasificación también se reflejó en las actitudes de un sustancial número de americanos profesionales de la salud. En 1971, sólo dos años antes que la clasificación fuera anulada, un estudio de una muestra tomada al azar de W de esos profesionales, en el área de San Francisco, (63 trabajadores sociales, 50 psiquiatras y 50 psicólogos clínicos) mostró que sólo el 64 por ciento de ellos estaban preparados para decir que la homosexualidad no era una enfermedad. Ver Joel Fort, Claude Steiner y Florence Conrad, “Attitudes of Mental Health Professionals teiward Homosexuality and Its Treatment,” Psychological Reports 29 (1971), p. 349. Una manera de calcular la imperecedera fuerza del moralismo americano puede ser comparar estos resultados con los de otro estudio bastante similar hecho ese mismo año en Inglaterra. Una muestra tornada al azar de 300 profesionales de la salud (150 médicos generalistas, 150 psiquiatras) mostró que el 94,3 por ciento estaba preparado para decir que la homosexualidad no era una enfermedad. Ver Philip A. Morris, “Doctors’ Attitudes to Homosexuality”, British Journal of Psychiatry 72 (1973), p. 436.
30. Bayer, p. 136
31. Citado por Bayer, p. 138.
32. Sexual Inversion, J. Marmor (New York: Basic Books, 1965), pp. 2, 3, 4.
33. Robert Stoller, Sex and Gender (New York: Science House, 1968), pp. 142, 143, 144.