Freud, la homosexualidad masculina y los americanos

Freud, la homosexualidad masculina y los americanos

Henry Abelove

carta

Traducido por Elbio Raúl Degracia.

Texto extraído de “Grafías de Eros (Historia, género, e identidades sexuales)”, editorial EDELP, julio 2000, Buenos Aires, Argentina.

Cualquiera que investigue la actitud de Freud con respecto a la homosexualidad masculina, es muy probable que tropiece con una carta, hoy casi famosa, que escribió en 1935. Publicada por primera vez en 1951, fue desde entonces varias veces reimpresa. Es fácil de hallar, ya que figura en la biografía de Freud, escrita por Ernest Jones. Freud la escribió en inglés, como una forma de cortesía hacia su corresponsal, que era una madre angustiada y perturbada por la homosexualidad de su hijo. Lo que la carta dice es que en realidad ella no tiene motivos para perturbarse y, menos aún de lo que piensa, para sentirse angustiada. “Deduzco” dice Freud, “…que su hijo es homosexual. Me impresiona mucho el hecho de que usted no menciona esta palabra en su información sobre él. ¿Puedo preguntarle por qué evita el uso de ese término?. La homosexualidad no es una ventaja, pero tampoco es algo de lo que uno deba avergonzarse; un vicio o una degradación, ni puede clasificarse como una enfermedad. Nosotros la consideramos como una variante de la función sexual, producto de una detención en el desarrollo sexual.” Continúa diciendo aún más:

Muchos individuos altamente respetables, de tiempos antiguos y modernos, entre ellos varios de los más grandes (Platón, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, etc.) fueron homosexuales, Es una gran injusticia perseguir la homosexualidad como un crimen y es también una crueldad. Si Ud. no me cree a mí, lea los libros de Havelock Ellis. Ud. me pregunta si puedo ayudarle, debo suponer que lo que Ud. me pregunta es si puedo abolir la homosexualidad y hacer ocupar su lugar por la heterosexualidad. La respuesta, en términos generales, es que no podernos prometer semejante éxito. En cierto número de casos conseguirnos desarrollar los marchitados gérmenes de heterosexualidad presentes siempre en todo homosexual, pero en la mayor parte de los casos eso ya no es posible. Ello depende de la cualidad y la edad del individuo. No es posible predecir cual será el resultado del tratamiento.

Lo que el psicoanálisis puede hacer por su hijo ya es cosa diferente. Si es desdichado, neurótico, si vive desgarrado por sus conflictos, inhibiciones en su vida social, el análisis puede traerle armonía, tranquilidad mental, completa eficiencia, ya sea que siga siendo homosexual o cambie. Si Ud. se decide a ello, ¡¡él podrá analizarse conmigo!! i¡ No creo que Ud. lo haga!! Tendría que venir a Viena. No tengo intención alguna de salir de aquí. No deje, sin embargo, de contestarme al respecto.

Sinceramente suyo y con los mejores deseos

Freud (1)

La madre americana dijo sentirse muy agradecida por la carta, enviando eventualmente una copia al investigador sexual Alfred Kinsey, diciéndole que Freud era un “grande y buen hombre”. Es de suponer que halló a esta carta muy alentadora, quizá también reconfortante, aún cuando le mostraba sus temores y prejuicios. Probablemente, Jones tenga razón al describrir esta carta en su biografía como “llamativamente “bondadosa” (2). Freud, después de todo, no tenía ninguna relación previa con esta mujer. Incluso ocupó su tiempo en escribirle estando mortalmente enfermo.

Pero la carta era algo más que solamente “bondadosa”. Era también una considerada expresión de un punto de vista que Freud había sentido profundamente y sostenido de manera tenaz duran­te mucho tiempo. Todo lo que dice en la carta acerca de la homo­sexualidad, había sido objeto de convicción durante más de trein­ta años. Resumiendo: la homosexualidad no es una ventaja. Tam­poco es una enfermedad. No debería ser perseguida como un cri­men ni considerada como una desgracia. Ningún homosexual ne­cesita ser tratado psicoanalíticamente, a no ser que también y de manera absolutamente incidental, sea un neurótico. Freud ya se había expedido antes y de manera frecuente sobre ese tema, y en alguna ocasión, públicamente

Mucho tiempo antes, en 1903, concedió una entrevista al diario de Viena Diet Zeit, que estaba preparando un artículo de fondo acerca de un escándalo local: un destacado profesional vienés estaba en juicio, acusado de prácticas homosexuales. Un periodista acudió a Freud para conocer su reacción, y Freud dijo:

Defiendo la postura de que el homosexual no es propiedad de un tribunal. Además tengo la firme convicción de que tampoco los ho­mosexuales deben ser tratados como enfermos, ya que una orienta­ción perversa está lejos de ser una enfermedad. ¿ Eso acaso no nos obligaría a caracterizar como enfermos a grandes pensadores e inte­lectuales a quienes admiramos por su salud mental?.

Había enfatizado una idea repitiendo “Las personas homo­sexuales no están enfermas, y tampoco son propiedad de un tribunal.” Agregó para finalizar y a modo de calificación, que sin embargo, si un homosexual llegara a molestar a un niño por debajo de “la edad de consentimiento”, entonces sí debería ser acusado de la misma forma análoga. (3)

Freud habló nuevamente en Viena para la prensa en l930 sobre el tema homosexualidad. Esta vez aparece como co-firmante de una declaración dirigida a una comisión legal de una junta austrogermana, que estaba considerando la revisión del código penal. Entre los otros firmantes, también estaban: Artur Schnitzler, Franz Werfel y Moritz Sclilick. La declaración señalaba que la comisión había informado que la propuesta de rechazar las leyes que penalizaban las relaciones homosexuales entre “hombres adultos por mutuo consentimiento”, quedaba en punto muerto y que debía anularse. “Humanidad, justicia y razón” exigen la derogación siendo algo sobre lo que se debería estar inmediatamente de acuerdo. “La homosexualidad”, continuaba la declaración, había “estado presente a lo largo de la historia y entre todos los pueblos”. Las leyes que la penalizaban representaban una “extrema violación de los derechos humanos” porque negaban “la sexual¡dad intrínseca” de los homosexuales. También dejaban la puerta abierta al chantaje e indirectamente indujeron a algunos homosexuales al suicidio. Existía aún otra consecuencia. Al estigmatizar la homosexualidad como “criminal” empujaban a menudo a los homosexuales hacia posturas y actitudes ” antisociales”. La declaración concluía con una “petición” para que los homosexuales tuvieran los mismos “derechos” que todos (4).

Estas eran las intervenciones públicas de Freud; privadamente siguió la misma línea. Por ejemplo, sostenía que no había buenas razones para que a los homosexuales se les rechazara la solicitud como aspirantes a psicoanalistas. Esta posición resultó ser objetable para la mayoría de sus asociados- y se hizo evidente en 1920. La Asociación Holandesa de Psicoanálisis recibió la solici­tud para ser miembro de un médico conocido por ser “manifiesta­mente homosexual”. Ante la duda acerca de una respuesta, pidie­ron consejo a uno de los miembros del círculo más cercano a Freud, Ernest Jones, el mismo que escribiría más tarde su biogra­fía y quien mantuvo a Freud informado por carta. “Aconsejé en contra” dijo Jones, “y ahora he escuchado …. que éste hombre ha sido descubierto y condenado a prisión”. Luego preguntó si Freud pensaba que rechazar siempre solicitudes a aspirantes homosexua­les sería “una regla segura y general en base a la cual proceder”. Freud consultó con otro miembro de su círculo íntimo y también amigo, Otto Rank. Luego ambos, conjuntamente, le contestaron a Jones censurando sus normas:

Su pregunta, estimado Ernest, concerniente a la posible calidad de miembros homosexuales, ha sido considerada por nosotros y discrepamos con usted. En efecto, no podernos excluir tales personas sin tener otras razones suficientes, así como no estamos de acuerdo con su persecución legal. Sentimos que en tales casos una decisión debería depender de un cuidadoso examen de otras cualidades del candidato.

Freud y Rank escribieron por supuesto, desde Viena. Cuando Jones recibió la carta, estaba en Londres. En un mes las noticias de este intercambio llegaron a los analistas de Berlín. Tres de ellos, Hans Sachs, Karl Abraham y Max Eltington, alarmados, escribieron a Rank y a Freud criticando la posición de ambos. La crítica era muy diplomática pero firme: “todavía no hemos decidido” comenzaban diciendo, “acerca de la cuestión de admitir analistas homosexuales en nuestra sociedad…” Esto significaba sin ninguna duda querer hacer recordar a Freud que la decisión, al menos en Berlín, era constitucionalmente más bien de ellos y no de él. “Pero”, continuaban, “tenemos algunas ideas sobre este asun­to”. Sus “ideas” eran que la “homosexualidad aparecía en mu­chas formas como parte de una neurosis” y que en tales instancias “debería ser analizada”. Que los homosexuales neuróticos podrían, y a menudo lo hacen negarse a permitir profundizar sus análisis. En caso de ser así, sería muy difícil que llegaran a ser buenos analistas. Luego, Sachs, Abraham y Eitington concluían diciendo: “Acordamos que sólo aceptaríamos homosexuales en calidad de miembros, cuando tengan otras cualidades a su favor”. Conclusión que replanteaba la posición Rank-Freud, modificándola sutilmente. La carta de ambos estipulaba que la homosexualidad debía ser un factor neutral o un no factor en la evaluación de los candidatos. Por otro lado la carta de Berlín sugería que la homosexualidad podía jugar como presunción en contra de un candidato, pero que a pesar de eso debía ser admitido en caso que fuera juzgado suficientemente bueno. El estilo de ambas cartas era, sin embargo, bastante parecido. Freud eligió o tuvo que contentarse con la respuesta de Berlín (5).

Como clínico, rechazó tratar homosexuales a no ser que los considerara también suficientemente neuróticos. De otro modo, no había nada que tratar. No pensaba la homosexualidad como una enfermedad, y cuando un miembro suponía que en efecto era una enfermedad, trataban de derivar a los pacientes homosexuales a Freud para su tratamiento, quien si ya sabía que eran solamente homosexuales, no los atendía. Pero no siempre lo sabía anticipadamente, por lo que hubo ocasiones que tuvo que darle una sola sesión a un paciente homosexual y relativamente neurótico, forzado a consultarlo a instancias de, un psiquiatra, de un médico de familia, de un amigo o un pariente como la madre americana con quien Freud se escribió en 1935. Sería interesante saber como manejó a tales pacientes; pero no nos dejó ningún registro acerca de ese proceder. Para él no eran casos, por lo que no había razón alguna para escribir la historia de un caso. Pero sí existe el registro de una sola sesión con Freud, escrita por un paciente que encaja dentro de esa categoría. Es difícil estar totalmente seguro; el registro es conmovedor como retrato de un psicoanalista, pero decepcionante por lo escaso en lo referente a él mismo como paciente, cuyo nombre era Bruno Goetz. Cuando consultó a Freud era estudiante en la Universidad de Viena y tenía la aspiración a ser reconocido como poeta, era pobre, sufría de problemas en los ojos, de fuertes jaquecas y por lo visto, era sexualmente no convencional. Uno de sus profesores, preocupado por Goetz, arregló una consulta con Freud y también le envió algunos poemas del mismo. Goetz no quería ir, pero la autoridad del profesor era suficiente como para que lo hiciera y así lo hizo. Ya en el consultorio de Freud comenzó a sentirse inmediatamente mejor. Las jaquecas desaparecieron y habló vehementemente acerca de su vida y de sus amores. Habló acerca de la masturbación, de la vez que amó a una mujer mayor que él, acerca de su fascinación por el mar, de su atracción por los marineros, a quienes quería besar, y de su soltería. Freud dijo, “¿Y la cuestión con los marineros, nunca lo molestó?” Goetz contestó, “Nunca …. Estuve muy enamorado. Y cuando usted está enamorado, todo está bien ¿verdad?” Freud replicó, “Para usted ciertamente…” y rió. Luego le preguntó, hacia el final de la consulta, cuándo había comido un biftec por última vez. Goetz contestó que hacía cuatro semanas. Luego Freud le entregó un sobre cerrado diciéndole que era una “prescripción” y, con cierta timidez, dio por concluida la sesión, diciendo:

Por favor acepte este sobre y permítame esta vez actuar como padre. Una pequeña retribución por la alegría que me ha dispensa con sus poemas y la historia de su juventud.

Cuando Goetz se fue y abrió el sobre, se encontró con que contenía dinero, 100 kronen más que suficiente para comprar un buen biftec para la cena (7).

Freud era muy consistente sobre el tema homosexualidad. Lo que le dijo a la madre americana en su carta de 1935, que no era ni una ventaja, ni un crimen, ni una enfermedad, ni desgracia alguna, era fruto de una prolongada creencia y de un accionar acorde a la misma. Este punto de vista no era compartido sinceramente por la mayoría de sus compañeros analistas, aunque ninguno, en vida de Freud y hasta donde sé, lo haya rechazado o confesado directamente. Pero sus colegas mostraron dudas y cierta tensión al respecto. Los holandeses se preguntaban si un homosexual po­día o no ser admitido para la práctica analítica; Jones en Inglate­rra pensaba que no; los berlineses decían quizá si quizá no, pero estaban probablemente más inclinados a decir que no. Algunos analistas derivaban a Freud para tratamiento a aquellos homosexuales que no eran neuróticos aunque él pensaba, por cierto, que no había ninguna necesidad. Jung puede haber sentido más bien diferente que Freud sobre el tema homosexualidad. Es difí­cil reconstruir totalmente su punto de vista mientras perteneció a la asociación psicoanalítica, pero existe un comentario muy su­gestivo en una de sus cartas. Cuando se escribieron con Freud preguntándose dónde publicar determinado ensayo de Freud, se mencionó el Zeitschrift fur Sexualwiseenschaft, diario editado por un homosexual, Jung recomendó no utilizarlo. “Si los 175º son los responsables, eso será difícilmente una garantía de su actitud científica”, escribió Jung. Ciento setenta y cinco era el número de la cláusula del código de ley alemán donde estaban especificadas las penas relativas a la práctica homosexual.(8) El término “175º” quería decir homosexuales y era derogatorio. El comentario de Jung fue, por cierto, esencialmente prejuicioso. Freud contestó diciendo que no había pensado en el Zeitschrift, ya que podría llegar a ser la voz del movimiento de emancipación homosexual en Alemania y, por ende, demasiado político. Dijo que había pensado en el, Jahrbuch für Sexuelle Zwischenstufen, otro diario editado por el mismo homosexual que editaba el Zeitschrift. Jung no hizo más comentarios. Hasta donde sé, sólo tres analistas pueden ser tentativamente identificados como compartiendo, quizá sin reservas, el punto de vista de Freud sobre la homosexualidad. Primero Rank, cofirmante de la carta a Jones pidiendo por la admisión en la práctica psicoanalítica de homosexuales calificados; Isidor Sadger cuya posición se deduce de algunos ensayos que publicó (10);y Victor Tausk. Uno de los colegas de Tausk le informó en 1914 acerca del tratamiento de un determinado homosexual neurótico diciendo ésto: “…su objetivo terapéutico para el paciente fue liberarlo de los sentimientos de culpa en relación a su homosexualidad para que pudiera sentirse libre de satisfacer sus necesidades homosexuales” (11). Pero si bien Rank, Sadger y Tausk pertenecieron firmes junto a Freud, fueron la excepción. La mayoría de los analistas pensaban de otra manera. Sin embargo, era en América donde la posición de Freud en relación a la homosexualidad era menos aceptada o quizá más resistida. Jung, pudo en un descuido haber deslizado una observación prejuiciosa; Jones, haber querido demarcar los límites en relación a tener colegas homosexuales; alemanes y holandeses pueden haber compartido algunas de las reservas de Jones; pero ya desde los comienzos del transplante del psicoanálisis a estas costas, los analistas americanos tendieron a considerar la homosexualidad con desaprobación y en realidad quisieron desembarazarse de ella para siempre. Ya en 1916, cuando Freud todavía estaba muy activo, Smith Ely Jeliffe, un destacado analista neoyorkino, fundador de la Psychoanalytic Review, declaró que “instrucción individual” y “educación” deberían controlar la tendencia “homogénica” y “dirigirla” a una “normal y bien adaptada vida sexual”; para que así no exista la homosexualidad (12).

La declaración de Jeliffe es típicamente americana; refleja un punto de vista que los historiadores en general llaman moralista y que ha dominado desde siempre el pensamiento psicoanalítico en este país. Es una actitud que Freud conocía, despreciaba y a la que se oponía, pero que nunca logró vencerla ni mitigarla. Por qué no pudo, requiere una explicación. Después de todo era un líder dominante con poca paciencia ante cualquier desviación; y podría haber terminado con los agraviantes analistas americanos, así como lo hizo con algunos europeos, como en el caso de Adler y Jung. Quizá tuvo miedo a que demasiada severidad pusiera en riesgo el futuro del psicoanálisis en el frente americano. En los años treinta, era claro que era en América dónde se produciría el mayor crecimiento del movimiento psicoanalítico. También pudo haberse mantenido al margen debido, en parte, a una especie de indiferencia. Para él era más importante lo que decían y pensaban sus compañeros europeos que los americanos. Finalmente creyó que la actitud de los analistas americanos no era accidental sino necesaria, derivada directamente de lo que él consideraba como las condiciones fundamentales de la vida americana. Si eso era verdad, ¿cuál hubiera sido el beneficio de dejar de lado a determinados analistas?

Aún así discutía con ellos al sentirse molestado, contrariado. Su blanco más frecuente fue James Jackson Putnam de Harvard, el analista americano que más le gustaba o quizá el que le disgustaba menos. La correspondencia se prolongó por un período de alrededor de siete años, existiendo por parte de Freud un prolongado esfuerzo para conseguir que Putnam depusiera su moralismo (era difícil que aparecieran en las cartas alusiones específicas referidas a la homosexualidad, y por cierto a cualquier sexualidad, ya que tan elevadas eran las ideas de Putnam como condescendiente Freud como corresponsal); por parte de Putnam un prolongado rechazo. Se encontraron en 1909, y en esa ocasión se le dijo aparentemente de manera muy firme que no tratara de sostener ante los pacientes en análisis ningún objetivo ético propio. “Todavía me parece”, escribió más tarde ese mismo año, “que… el método psicoanalítico necesita ser complementado con métodos que busquen sostener ante el paciente una meta por la que pueda esforzarse en alcanzar.” Putnam. continuó para señalar que actualmente estaba tratando a una “dama” que “sufría mucho debido a un estado de inhibición y de vergüenza mórbidos” y que él estaba haciendo “buenos progresos” en rastrear los orígenes de sus “síntomas”, pero se encontraba ante la “dificultad” de que la misma había “perdido todo interés por la vida y en vivir”. ¿Acaso no debería, a modo de exhortación, tratar de proveerle tal interés? Freud respondió que ningún analista podía- “compensar” a un paciente dejando de lado una,”enfermedad”. Pero que eso no era culpa del analista.

¿Que tendríamos que hacer cuando una mujer se queja de su frustrada vida, cuando con su juventud perdida se da cuenta que fue privada de la alegría de amar debido a meras razones convencionales? Ella tiene bastante razón, y nosotros nos quedamos imposibilitados ante ella porque no podemos volverla joven otra vez. Pero el reconocimiento de nuestras limitaciones terapéuticas refuerza nuestra determinación en cambiar otros factores sociales para que tanto los hombres como las mujeres no se sientan más forzados a situaciones sin esperanza.

Este era Freud en su mayor militancia política. El moralismo americano siempre le produjo escozor; pero la militancia no hizo aparentemente impacto alguno en Putnam, quien rápidamente le

contestó que los pacientes necesitan “más que simplemente aprender a conocerse a sí mismos”, también conocer las “razones de porqué deberían adoptar ideales más elevados para sus obligaciones”. Luego le volvió a escribir: “Como estudio pacientes y trato de aliviarlos de sus síntomas, me encuentro con que también debo mejorar su temperamento y carácter morales.” Inmediatamente después le relató a Freud una de sus fantasías infantiles -de una vida familiar feliz- y le pidió una interpretación. Este pedido le dio a Freud una oportunidad que aceptó con regocijo:

En general veo que usted está sufriendo de un muy temprano e intenso sadismo reprimido que se expresa a través de una bondad excesiva y auto tortura. Detrás de la fantasía de una vida familiar feliz usted debería descubrir las fantasías normales reprimidas de una rica realización sexual.

Luego Freud respondió nuevamente con una nota menos personal pero muy maliciosa, burlándose de la retórica cristiana que yacía bajo la superficie de la carta de Putnam:

Parece que usted hace parecer al psicoanálisis mucho mas noble y hermoso: en sus ropas domingueras escasamente reconozco a la empleada que se desempeña en los quehaceres domésticos de mi casa.

Luego impávido, Putnam le escribió para decirle que quería hacer algo importante sobre el tema “sublimación”, haciendo especial referencia “al trabajo de Dante y Emerson”.Freud contesto que esperaba eso “con gran interés” Luego Putnam escribió más acerca de su compromiso personal con la sublimación y de su tarea de conducir a sus pacientes hacia el logro de la misma de manera satisfactoria. Freud contestó con más amargura que ironía: “Tan pronto”, escribió, como los analistas emprendan “la tarea de conducir al paciente hacia la sublimación, más aceleran su salida de la ardua tarea psicoanalítica para tomar deberes muchos mas cómodos, como el del maestro y del dechado de virtudes.”

Finalmente Freud se volvió muy directo. Terminó con las indirectas, cualquier tono menos candor, y en una de sus últimas cartas a Putnam poco tiempo antes que la muerte de este último los separara para siempre, ataco aún mas directamente su moralismo:

La moral sexual tal como la define la sociedad –y como caso extremo la sociedad americana- me parece muy despreciable. Me identifico con una vida sexual más libre.

Eso tampoco hizo aparentemente impacto en Putnam, ya que en la siguiente carta ignoró completamente el señalamiento de Freud acerca de América (13)

Si Freud pensó que la moral sexual americana era despreciable, también pensó que conocía cómo llego a ser de esa manera. Visitó América solo una vez, en el otoño de 1909, cuando vino a dar cinco conferencias de introducción al Psicoanálisis en la Clarck University, frente a una audiencia en la en la que estaban casualmente Williams James y Emma Goldman. Durante su estadía pudo conocer New Cork, New Haven, Boston, Worcester y las cataratas del Niágara; y también pasó algún tiempo en las Adirondacks. Aunque el viaje fue breve y el itinerario limitado, sus conclusiones fueron excepcionalmente positivas y firmes. No había dudas que antes de comenzar el viaje ya se había hecho una idea al menos tentativa, en gran parte sobre la base de sus lecturas y de sus contactos personales con americanos y probablemente teniendo en cuenta un prejuicio muy común contra América que siempre existió en los círculos intelectuales europeos.

Ya en Viena, cuando se le preguntaba que pensaba que estaba mal aquí, trataba la pregunta con poca seriedad, respondiendo en forma ligera. Por ejemplo, que odiaba la comida y le producía indigestión. O podía decir que odiaba el acento, y que solamente los inglese sabían hablar correctamente el inglés. Pero a veces tomaba la pregunta seriamente, contestando de acuerdo a la misma. Y no hay ninguna dificultad en hacerse una composición de lo que pensaba. Primero, que los americanos eran demasiado reprimidos. Los hallaba sexualmente insulsos e insípidos. Así es como su colega vienes Paul Federn informo con poco tacto años mas tarde, en 1947, cuando hablo en ocasión de la inauguración de un busto de Freud en la cede central de la sociedad psicoanalítica de New Cork, al decir que Freud siempre sostuvo que en América no había “en realidad suficiente libido como para ser encontrada y sentida por él” (14). ¿Por qué eran los americanos tan nulos sexualmente? Porque sublimaban totalmente su energía sexual. Por su despreciable moralismo. Esa era la lógica para la sublimación. Y los objetivos para la sublimación americana, ¿eran la producción de arte, ciencia, leyes, arquitectura, música, literatura? No, era dinero, consumo, acumulación. Toda la energía que no se canalizaba sexualmente era dirigida a hacer dinero y a muy poco más. Jones en su autobiografía Free Associations lo expone sutilmente: Freud tenia una “impresión desfavorable” de América. “Imagino”, agrega Jones, “que la aversión tenía algo que ver con el sentimiento de que el éxito comercial dominaba la escala de valores en los Estados Unidos”…(15)

El planteo de Freud fue aún más sutil, pero no obstante muy decidido, cuando habló frente a su auditorio americano en Clarck.

En efecto, la estrategia retórica primaria más importante en esas cinco conferencias fue adular a la audiencia con la esperanza de asegurarse un interés favorable en la relación a lo que él debía decir concerniente al psicoanálisis. Les dijo que pertenecían al “Nuevo mundo” , agregando que en el viejo e ignorante mundo europeo existia un prejuicio irracional contra el psicoanálisis e insinuó que en el “Nuevo Mundo” tal prejuicio era poco probable. Dijo que originalmente había planificado hablar principalmente de la Interpretación de los sueños” pero que luego de considerarlo había rechazado esa idea: Que le parecía un error hablar de los sueños en un país tan admirablemente “devoto a los objetivos prácticos”.También que quizá la histeria” podría se mejor comprendida como análoga a una especie de sobreimplicación en la historia. Imaginen, dijo, a un “londinense” incapaz de vivir con alegría en el presente a causa de no haber podido escapar de las garras del pasado y que gastó todo su tiempo en duelo, en lugares como “Charing Cross” o The Monument”, consagrados a antiguas pérdidas. Al desarrollar ésta analogía estaba insinuando a grandes rasgos y de manera muy falsa, que como los americanos tenían mucho menos historia que, digamos, los londinenses, estaban en mejores condiciones. Todo esto era adulación, adulación un tanto excesiva. Pero en medio de ella, Freud se las ingenió para decir lo que pensaba. Tuvo la oportunidad cuando explicó la interpretación psicoanalítica del chiste. Primero dio un ejemplo:

Dos hombres de negocios poco escrupulosos habían conseguido granjearse una enorme fortuna mediante una serie de empresas harto osadas, y tras ello se empeñaron en ingresar en la buena sociedad. Entre otros medios, les pareció adecuado hacerse retratar por el pintor más famoso y más caro de la ciudad, cada uno de cuyos cuadros se consideraba un acontecimiento. Quisieron mostrarlos por primera vez durante una gran soirée y los dueños de casa en persona condujeron al crítico y especialista en arte más influyente hasta la pared del salón donde ambos retratos habían ido colgados uno junto al otro; esperaban así arrancarle un juicio admirativo. El crítico los contempló largamente, y al fin sacudió la cabeza como si echara de menos algo; se limitó a preguntar señalando el espacio libre que quedaba entre ambos cuadros: “And where is the Saviour?” (“Y dónde está el Salvador?”)

El público rió. Freud continuó:

Comprenderemos que el especialista en arte quiere decir: “Son ustedes un par de pillos, como aquellos entre los cuales se crucificó al Salvador”. Pero no se los dice; en lugar de ello, manifiesta alqo que a primera vista parece raramente inapropiado… pero de inmediato lo discernimos como una alusión al insulto por él intentado…

Luego de explicar la interpretación del chiste, Freud preguntó:¿”Por qué” el crítico “no dice a los dos pillos directamente lo que le gustaría?” ¿Por qué se los dice indirectamente a través del chiste? Contestando su propia pregunta, dice que el crítico:

Junto a sus ganas de espetárselo sin disfraz actúan en el eficaces motivos contrarios. No deja de tener sus peligros ultrajar a a personas de quienes uno es huésped. (16)

Basta un solo momento de reflexión para darse cuenta que Freud era el invitado de honor en Clarck, que los americanos eran sus anfitriones y que él mismo los estaba insultando indirectamente a través del chiste. Eran hombres de negocios sin escrúpulos, eran ladrones. Nunca cambio de opinión en cuanto a considerarlos o más bien a considerarnos ladrones, como así también asexuales y moralistas despreciables.

¿Qué les pasó a los homosexuales que estaban en tratamiento con analistas americanos de a época de Putnam y Jeliffe? Putnam pensaba que debía infundir a sus pacientes su propia visión ética. Jeliffe pensaba que el sentimiento homosexual se debería controlar a través de la instrucción y la educación y reformarlo en pro de “una sexualidad normal y bien adaptada” En primer lugar esos pacientes odían sentirse físicamente seguros; no corrían ningún riesgo en ser castrados, en tanto y en cuanto estuvieran en manos de esos analistas. Algunas veces este desastre atrapó a homosexuales en tratamientos no psicoanalíticos. Los analistas sólo hablaban, no se sabe exacta ni absolutamente acerca de qué. Ahora podemos saberlo en forma parcial y fragmentada; pequeña muestra que concierne a un homosexual llamado C.M.Otis, quien en 1911 realizó sucesivas consultas con dos analistas de Boston llamados Isador Coriat y Louvill Emerson. El segundo tomó notas que todavía existen. A través de ellas sabemos cómo Otis se describía a sí mismo: como sin haber tenido nunca relaciones sexuales con una mujer, pero sí con muchachos y de manera poco casual, como habiéndose sentido perseguido por ambas situaciones y seguro que nunca llegaría a ser heterosexual. Emerson lo vio seis veces en sesione de terapia. A la sexta sesión dio por terminada la relacion. En sus notas figura la razón de ese tan decidido y abrupto final: “el paciente muestra una reacción emocional no adecuada a mis sugerencias”; pero no especifica cuales fueron las sugerencias (17). Ocho años más tarde publica en Psychoanalytyc Review una crítica a Freud breve y amable. El eje de la misma era que Freud se equivocaba al tratar de excluir la “ética” del psicoanálisis. Todos los analistas deben tratar de decir cuales serían las relaciones sociales “justas” y “cuales no” (18) Cualesquiera hayan sido las sugerencias de Emerson y que Otis rechazo, podemos concluir diciendo que evidentemente la experiencia de Otis con su analista fue significativamente diferente a la de Goetz con el suyo.

Volviendo a la carta de Freud a la madre norteamericana, podemos decir que lo que lo motivó a escribirla no fue de ningún modo solo una actitud “bondadosa”, ni necesidad alguna de replantear lo que había sostenido durante tanto tiempo. Quería también arremeter contra nosotros, los americanos, contra nuestro moralismo y nuestro abuso del psicoanálisis. Sabía muy bien que la carta sería tenida en cuenta y tuvo esa intención. Fue una provocación deliberada, en especial el pasaje donde termina diciendo:

Si usted se decide a ello, ¡¡ el podrá analizarse conmigo!! ¡¡No creo que usted lo haga!!. Tendría que venir a Viena. (19)

Freud no tenía necesidad de mas pacientes y esa mujer era extranjera. Su objetivo fue decirle a ella y a todos que su hijo podría no ser tratado adecuadamente en América.

Puede ser sorprendente, a la lis de lo que dice la carta, encontrarse con un Freud que estuvo muy de punta con el movimiento de emancipación homosexual pero así fue. Estaba inexorablemente en desacuerdo con la línea que seguía el movimiento en relación a un tema muy importante y expresó esta discrepancia en tres de sus trabajos psicológicos.

El movimiento se fundó básicamente en Alemania, donde nació a fines del siglo XIX. Su creador fue un abogado de Hannover llamado Karl Heinrich Ulrichs quien en una serie de libros consideraba que los homosexuales constituían un “tercer sexo” “un cuerpo masculino” poseído por “un alma femenina”. El sucesor espiritual de Ulrichs y primer gran líder del movimiento fue Magnus Hirschfeld (1868-1935), médico judío de Berlin, quien como publicista, organizador, miembro de un grupo de presión e investigador clínico, había trabajado durante mucho tiempo y sin descanso a favor de la derogación de las leyes que penalizaban la homosexualidad y por el reconocimiento de su extensa incidencia. Hirschfeld, como Ulrichs, también pensó a los homosexuales como un grupo biológica y psíquicamente distinto y los llamó “intermedio sexuales” (20)

Como ya vimos, Freud respaldó de buen grado los objetivos de reforma de ley por parte del movimiento lo que rechazaba era la teoría del “tercer sexo”, de “intermedios sexuales”. En tres ensayos de teoría sexual (1905) critica a Ulrichs refiriéndose a él como “el portavoz de los varones invertidos”, mencionando como para descartar la noción de “un cerebro femenino en un cuerpo masculino” (21)

En Leonardo da Vinci (1910) se refiere nuevamente a la línea del movimiento:

Los varones homosexuales que en nuestros días han emprendido una enérgica acción contra la limitación legal de sus prácticas gustan de presentarse, por boca de sus portavoces teóricos, como una variedad sexual distinta desde el comienzo, como un grado sexual intermedio, “un tercer sexo”.

Agregó que esta forma de presentarse debería ser considerada con cierta reserva, porque no tenía en cuenta los descubrimientos del psicoanálisis. Luego en la edición de 1919, añadió a pie de página una observación muy dura: “… que los representantes de los homosexuales en la ciencia no atinen a aprender nada de las certificadas averiguaciones del psicoanálisis” (22) Nuevamente en Lecciones Introductorias (1917), toca en gran medida el mismo punto. Dice que los homosexuales “por boca de su portavoz científico” estaban intentando”presentarse a sí mismos como una variedad especial de la especie humana “un tercer sexo…” Esta era una presentación equivocada el psicoanálisis la demostraba como incorrecta. (23)

¿Pero cómo lo hacía? Freud pensaba que el psicoanálisis mostraba que todo el mundo era capaz de hacer una elección de objeto homosexual” y que todos” de hecho hacían una en su inconciente” y que además

…los sentimientos libidinosos en vinculación con personas del mismo sexo, no desempeñan escaso papel, como factores de la vida sexual, y ese papel es mayor que el de los dirigidos al sexo opuesto en cuanto motores de contracción de neurosis (24)

Teniendo en cuenta estos descubrimientos, difícilmente podía aceptar que los homosexuales fueran “una especie sexual diferente” o “una variedad especial de la especie humana” Por el contrario, sostenía que toda la gente era psicológicamente como los llamados homosexuales. Sin ninguna duda que los hombres homosexuales

Tendían en general a tener sexo con hombres, mientras que los hombres no homosexuales en general tendían a tener sexo con mujeres. Si bien esta diferencia tenía “significación práctica” era de escasa significación “teórica” (25) ¿Qué era lo teóricamente significante? Lo que nunca debía olvidarse, negarse o elidirse era que la sexualidad de todos era en gran parte homosexual.

Freud insistía con que los homosexuales no eran “excepcionales” y que el psicoanálisis se oponía decididamente a separarlos “del resto de la humanidad como un grupo de carácter especial” (26). De ser así, había que rechazar y de hecho reprimir, la teoría psicoanalítica de la sexualidad.

Así discutía Freud, pero el movimiento no estaba muy interesado en la discusión. Nociones como la de “tercer sexo” o echando una mirada por un instante a lo que en la América de hoy llaman “gay”, pueden jugar un rol importante en habilitar el dogmatismo homosexual. Es reforzar el pensarse a uno mismo como parte de un grupo. Uno se siente menos raro, quizá menos vulnerable y quizá incluso más orgulloso. Además, los grupos pueden organizarse para promover los intereses comunes de sus miembros. En una cultura parlamentaria, como era en alguna medida Alemania en la época de Freud o como es la de la América de hoy, la fuerza de un grupo organizativo puede muy a menudo traducirse directamente en influencia política. Freud comprendía todo esto y no puede haberse sentido sorprendido cuando el movimiento de emancipación homosexual lo ignoró. Pero de todas maneras él mantuvo su posición, tanto en contra de esa línea como del moralismo americano, y por la misma razón: ambas eran, de hecho y tal como él veía las cosas, represiones.

Freud murió en 1939, cuatro años después de haber escrito la carta a la madre americana. Tan pronto como fue cremado, una hueste de ensayos revisionistas comenzaron a rodar por la prensa psicoanalítica, especialmente en América. LA homosexualidad fue uno de los temas propuestos con mayor entusiasmo. Podemos examinar aquí de manera breve y muy acotada qué dijeron los analistas americanos acerca del tema cuando ya no estuvo Freud.

Sandor Rado (1890-1972) de la Columbia Psychoanalític Clinic fue el primero en declararse en New York. En una serie de artículos publicados en 1940, decía que la pareja hombre-mujer era saludable, que era sobre todo el “modelo estándar” y que la homosexualidad era una enfermedad basada en el miedo a la mujer, y que muy a menudo podía curarse por la vía del psicoanálisis (27)

Irving Bieber (1908), siguiendo la guía de Rado, condujo un importante estudio en 1950, cuyos resultados fueron publicados en 1962. Decía que su propósito era establecer la homosexualidad como una enfermedad. Todas las “teorías psicoanalíticas” dijo, ignorando a Freud, “asumen que la homosexualidad es psicopatológica”. Su propósito era más bien llegar a comprender la etiología de la enfermedad; y argumentó su punto de vista diciendo que derivaba primariamente de cierta clase de mala situación familiar: una madre dominante y un padre frío. Fue también relativamente optimista acerca de la cura. Charles Socarides fue más lejos que cualquier otro analista americano. Dijo en una serie de artículos publicados en su mayoría en los años sesenta, que la homosexualidad no sólo era una enfermedad, sino una severa enfermedad acompañada frecuentemente de manifestaciones psicóticas o de oscilaciones maníaco depresivas. Mientras la pareja heterosexual podía conducir hacia “la cooperación, el consuelo, la estimulación, el enriquecimiento, la competencia sana y logros, la pareja homosexual solo podía brindar “destrucción, rechazo mutuo, explotación del compañero y de sí mismo, incorporación oral-sadica, ataques agresivos esfuerzos para aliviar la ansiedad y una pseudo solución a las urgencias agresivas y libidinales que dominan y atormentan al individuo.” Socarides decía también que era posible la cura” (28).

La American Psychiatric Association, influenciada quizá por Rado, clasificó en 1952 la homosexualidad como una enferme­dad. En los años sesenta, al crecer y fortificarse el movimiento de liberación gay, esta clasificación todavía vigente en los libros “llegó a ser el problema de mayor importancia para sus adherentes, quienes dedicaron gran esfuerzo para conseguir su anulación. Lo lograron a través de una mezcla de agitación Y discusión. En 1973 la Association saca la homosexualidad de la lista de enfer­medades (30). Al anunciarlo, el presidente de la Association dijo que esperaba que el resultado fuera “un clima más satisfactorio de opinión para la minoría homosexual en nuestro país…” (31) . Aquí hay que remarcar el término minoría. Lo que el presidente dio por supuesto fue que los homosexuales eran realmente una minoría, un grupo de naturaleza especial. Lo hizo porque el movimiento de liberación gay de manera previsible lo estaba diciendo así y sus aliados psicoanalíticos acordaban a viva voz.

¿Aliados Psicoanalíticos? Sí, el movimiento tenía aliados de los cuales el mas influyente eran Judd Marmor (1910) y Robert Stoller (1924), quienes durante los años sesenta y setenta choca­ron frecuentemente contra la postura Bieber-Socarides. Tanto unos como otros negaban que la homosexualidad fuera una enfermedad, la describían a su vez como la orientación sexual de una minoría. Al describirla así, obviamente rechazaban la idea de que Freud había pensado como teóricamente crucial, la idea de que la sexualidad de todos era en gran parte homosexual.

Marmor manifestó su objeción con mucho tacto: Freud sostenía que la homosexualidad era una “tendencia universal.” La idea no era “¡lógica” pero sí “no operativa” y debería descartarse. Stoller dijo mucho de lo mismo: al adherimos a la idea de Freud, nunca podíamos tener claro los fundamentos para decir de cualquiera que no era homosexual. Eso sería “problemático” Probablemente sería aconsejable volver “a una definición menos complicada de la homosexualidad” y pensarla como del dominio exclusivo de los homosexuales, “como el estado en el cual las prácticas sexuales son realizadas preferentemente, en la fantasía consciente o en la realidad, con una persona del mismo sexo” (33). Así tanto Marmor como Stoller veían a la homosexualidad sólo del lado de los homosexuales, quienes por eso eran diferentes a todos los demás y por lo tanto una minoría. Pero los homosexuales no eran necesariamente más enfermos que lo que era cualquier otra minoría como los negros, latinos y judíos, y le otorgaron el derecho de ser libres del estigma por el cual la psiquiatría oficial los había ubicados tan injustamente. Por supuesto que el corolario de la adscripción humana del status minoría fue éste: la gente de afuera de la minoría ya no necesita considerarse como también homosexual.

Las reuniones de la Association que condujeron eventualmente a la decisión de no clasificar la homosexualidad como enfermedad, estuvieron protagonizadas principalmente por psicoanalistas. De un lado, Bieber y Socarides, del otro Marmor y Stoller. Extraño espectáculo, dos grupos de psicoanalistas moralistas oponiéndose mutuamente, reivindicando la tradición freudiana y a su vez defendiendo una posición que el mismo Freud había rechazado por equivocada y represiva. El freudismo en América continúa como comenzó.

NOTAS

1.Jones, E.,Vida y obra de Sigmund Freud, Editorial Lumen-Hormé, Buenos Aires,1998, Tomo III, p. 214-215. En el original la carta fue extraída del American Journal of Psychiatry, Abril 1951, p. 786, donde figura una fotocopia de la carta hológrafa.
2. Jones, E. , Vida y obra de Sigmund Freud, op. cit., T.3, p. 214.
3. Citado por Herb Spiers y Michael Lynch, “The Gay Rights Freud”, Body Politic, Mayo 1977, p. 9
4. Ibid. p. 9.
5. Ibid. p. 9. Este juego de cartas es parte de un grupo conocido como “Rundbriefe”, preservado en la Otto Rank Collection y depositado en la biblioteca de la Columbia University. Agradezco a la biblioteca la autorización para publicar las citas. Las traducciones utilizadas fueron preparadas y amablemente facilitadas por el profesor James Steakley (Rank Collection lla/238, lla/248). Probablemente la fuente más crucial no publicada de la historia del pensamiento psicoanalítico, “Rundbriefe”, es todavía muy poco conocido. Ver Patrick Mahony, Freud as a Writer New York: International Universities Press, 1982), p.p. 9798; M. Grotiabri, Notes on Reading the ‘Rundbriefe’,” Journal of the Otto Rank Association 8 (1973-74), pp. 89-91.
6. Ver, por ejemplo, la carta de Freud a Oscar Pfister, del 13 de Abril de 1919 Correspondencia 1909-1939, Sigmund Freud y Oscar Pfister, Fondo de Cultura Económica, México 1966, pp. 63, 64.
7. Un pasaje del relato de Goetz traducida al inglés está publicada en Freud as We Knew Him, H. Ruitenbeek ed. (Detrit: Wayne State University Press, 1973), pp. 264ff. Para el texto completo en alemán original, ver Bruno Goetz, “Erinnerungen an Sigmund FreucI”, Neue Schweizer Rundschau, mayo 1952, pp. 3ff. Esta es una traducción del Dr. Ruitenbeek, levemente modificada por mí.
8. Ver Jurgen Baumann, Paragraph 175: Uber die Moglichkeit, die einfache, nicht jugendgefahtdende und nicht offentliche Homosexualitat unter Ervvachsenen straffrei zu lassen ( Berlín/Neuwied: Luchterhand, 1968).
9. The Freud-Jung Letters: The Correspondence of Sigmund Freud and C.G.Jung, W. McGuire, ed. (Princeton: Princeton University Press, 1974),pp. 97, 125 , 126. Pero tres años más tarde, en su correspondencia, Jung deja deslizar otro prejuicio. Estaba escribiendo acerca de un hombre llamado Romer, quien era homosexual, y dijo: “Él es como todos los homosexuales, sin deficadeza”. Ver Freud- Jung, p. 423. Hay traducción al castellano de la correspondencia: Sigmund Freud- Carl Gustav Jung. Correspondencia, Taurus Ediciones, Madrid. 1979. Edición agotada hace ya varios años.
10. Ver por ejemplo, Isidor Sadger, Ist die Kontrare Sexualempfindung heilbar?”, Zeitschriftfur Sexualwissenschaft 1 (1908), pp. 712ff. Agradezco al profesor Steakley por hacerme prestar atención a este ensayo.
11. El colega fue el analista italiano Edoardo Weiss. Ver Edoardo Weiss, Sigmund Freud as Consultant (New York: Intercontinental Medical Book Corp., (1970), p. 9. Sobre Tausk y la relación con Freud, ver Paul Roazen, Hermano Animal, editorial ACME-agalma, Buenos Aires, 1994; K.R. Eissler, Talent and Genius (New york: Grove, 1971); y Neil Hertz, “Freud and the Sandman,” Textual Strategies, J. Harari ed. (lthaca: Cornell University Press, 1979), pp. 296-321
12. Citado por Nathan Hale, Freud and the Americans: The beginning of Psychoanalysis ¡ti the United States, 1876-1971 (New York: Oxford University Press), 1971), p. 339.
13. James Jackson Putizam and Psichoanalysis N Hale ed. (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1971) pp. 87, 90, 91, 95, 117, 130, 137, 152, 153, 161,168,171,189.
14. Ruiteribeek, p. 220.
15. Jones, E., FreeAssociations: Meinoirs o a psychoanalyst (London: Hogarth, 1959), p. 190.
16. Sigmund Freud, Cinco conferencias sobre psicoanálisis, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1997, vol. XI, pp. 7, 34, 35, 28, 29, 13, 14, 26, 27.
17. Martin Duberman, “The Therapy of C. M. Otis: 191 l,” Cliristoplier Street, Noviembre 1977, p. 33ff.
18. Hale, Freud and the Aniericans, p. 346…
19. Ver nota 1.
20. Sigo a John Lauritsen y David Thorstad, Tlie Early Homosexual Rights Movement, 1864-1935 (New York, Times Change, 1974); James Steakley, The homosexual Emancipation Movement in Germany), (New York: Arno, 1975); y Timothy Roe Lyman, Homosexual Movementin in Perspective: The Eniergence of homosexual Identit in Germany, 1900-1933” (A. B. Honors Thesis, Harvard College, 1980). Agradezco a Timothy Lyman por su amabilidad al permitirme leer su excelente tesis.
21. Sigmund Freud, Tres ensayos de teoría sexual, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1996, vol. VII, pp.129-130.
22. Sigmund Freud, Cinco conferencias sobre psicoanálisis, op. cit., pp. 91-92.
23. Sigmund Freud, Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-1917), Amorrortu editores, Buenos Aires, 1996, vol. XVI, pp. 278-280-281-282.
24. La referencia al vol. XII, p. 145 es errónea. La cita corresponde a: Sigmund Freud, Tres ensayos de teoría sexual, op. cit., p. 132 (agregado en 1915).
25. Sigmund Freud, Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-1917), op. cit., pp. 281-282.
26. Ibid, pp. 132-134.

27. Citado por Ronald Bayer, Homosexuality and American Psychiatry: Tlie Politics of Diagnosis (New York: Basic Books, 1981), pp.28, 29. En mis consideraciones acerca de Rado, Bieber y Socarides generalmente sigo y con gratitud a Bayer. Quizá deba señalar que por otro lado no sigo el tratamiento que él hace de Freud. Ahí, Bayer se equivoca. Se inclina por aceptar que Freud creía lo que los analistas habían dicho que él creía.
28. Bayer, pp. 30, 31, 34, 35, 36, 37.
29. Esta clasificación también se reflejó en las actitudes de un sustancial número de americanos profesionales de la salud. En 1971, sólo dos años antes que la clasificación fuera anulada, un estudio de una muestra tomada al azar de W de esos profesionales, en el área de San Francisco, (63 trabajadores sociales, 50 psiquiatras y 50 psicólogos clínicos) mostró que sólo el 64 por ciento de ellos estaban preparados para decir que la homosexualidad no era una enfermedad. Ver Joel Fort, Claude Steiner y Florence Conrad, “Attitudes of Mental Health Professionals teiward Homosexuality and Its Treatment,” Psychological Reports 29 (1971), p. 349. Una manera de calcular la imperecedera fuerza del moralismo americano puede ser comparar estos resultados con los de otro estudio bastante similar hecho ese mismo año en Inglaterra. Una muestra tornada al azar de 300 profesionales de la salud (150 médicos generalistas, 150 psiquiatras) mostró que el 94,3 por ciento estaba preparado para decir que la homosexualidad no era una enfermedad. Ver Philip A. Morris, “Doctors’ Attitudes to Homosexuality”, British Journal of Psychiatry 72 (1973), p. 436.
30. Bayer, p. 136
31. Citado por Bayer, p. 138.
32. Sexual Inversion, J. Marmor (New York: Basic Books, 1965), pp. 2, 3, 4.
33. Robert Stoller, Sex and Gender (New York: Science House, 1968), pp. 142, 143, 144.

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