Tortura y simulacro (cárceles estadounidenses)

TORTURA Y SIMULACRO
Soledad Platero Puig

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El 8 de julio de este año, 30 mil presos comenzaron una huelga de hambre en las cárceles de California para reclamar cambios en las condiciones de reclusión de los detenidos en la prisión estatal Pelican Bay. La medida duró casi dos meses –aunque algunos presos resistieron algún tiempo más– y logró llamar la atención sobre la extrema severidad del aislamiento en el que viven los 4.500 reclusos de las prisiones de máxima seguridad de esa institución y también de Corcoran, Folsom y Tehachap, todas instaladas en California.
El mismo día que los presos de California empezaron con la medida, el periodista Andrés Thomas Conteris, fundador de la red independiente de prensa Democracy Now!, comenzó una huelga de hambre en solidaridad con ellos. El 5 de setiembre, cuando la mayoría de los reclusos dio por terminada la medida, Conteris decidió continuarla, en apoyo a los prisioneros detenidos en Guantánamo, que también hacen huelga de hambre desde febrero de este año.
No es la primera vez que Conteris –estadounidense, hijo de madre uruguaya– pone su vida en riesgo para denunciar una situación que considera injusta. Cuando Manuel Zelaya regresó clandestinamente a Honduras, tres meses después del golpe de Estado que lo derrocó, y se refugió en la embajada de Brasil en Tegucigalpa, Conteris permaneció con él en la sede diplomática hasta el último día.
Su cruzada actual busca no sólo dar a conocer la situación de los prisioneros alojados en Guantánamo –cuya reclusión, sin acusación ni juicio, puede prolongarse de manera indefinida– sino que se propone mostrar la violencia mediante la cual los detenidos son forzados a alimentarse contra su voluntad, impidiéndoseles ejercer la única forma de protesta a su alcance: la huelga de hambre. Para eso, Conteris fue un paso más allá de la huelga (que sostiene desde hace más de tres meses) y comenzó a realizar una puesta en escena de la alimentación forzada a la que son sometidos diariamente los presos de Guantánamo. Un mes atrás, Andrés Conteris, vestido con un mameluco anaranjado y sentado en una silla de ruedas, llevó adelante su performance frente a la Casa Blanca, en Washington, asistido por una enfermera integrante de la asociación Nurses against Torture que iba relatando paso a paso el procedimiento, explicando las características de la sonda (según ella, dos veces más pequeña que la usada en Guantánamo) y el recorrido que hacía dentro del cuerpo de Conteris. Él, mientras tanto, a los gritos, explicaba que el procedimiento causaba mucho dolor. “Es como una agonía sin fin. Cada palabra es dolorosa, cada movimiento es doloroso, como si me ahogara”, decía mientras tenía la sonda puesta y recibía el alimento. También se dirigía al presidente Barack Obama y pedía al público que presionara para que la práctica de alimentación forzada se detuviera. “‘Déjelos morir, presidente Obama, o libérelos’, reclamaba, enfatizando el derecho de los presos a no recibir alimentos si así lo habían decidido.
La semana pasada, Andrés Conteris estuvo en Uruguay y llevó adelante la medida ante la sede de la embajada de Estados Unidos. Una vez más, atado a la silla de ruedas y entre gritos de dolor, fue intubado y alimentado a la fuerza para mostrar la realidad que, según él sostiene, “ocurre en las sombras” cada día en Guantánamo. Conteris parte de la premisa de que si las cámaras mostraran lo que ocurre en esa prisión cuando los reclusos son forzados a alimentarse, la medida no podría durar mucho tiempo. “Es imperativo mostrar la barbarie de alimentar presos en forma forzada”, dice.
En un célebre ensayo publicado en 1978, Jean Baudrillard sostenía que “hoy en día, la abstracción ya no es la del mapa, la del doble, la del espejo o la del concepto”, sino que lo real es precedido por el simulacro, que da lugar a un hiperreal: algo más real que lo real. En esa derrota de la diferencia entre lo real y su simulacro, se pierde “el encanto de la abstracción”. Algo así sucede con la performance de Conteris: violenta, dolorosamente mimética, escandalosamente real, su inmolación no deja de ser una actuación que aleja la posibilidad de conceptualizar asuntos como la tortura, la detención arbitraria o la privación de derechos elementales como el derecho a dejarse morir. Anonadados por la agonía puesta en escena por el periodista, asombrados por la circunstancia paradójica de que grite “no quiero, no quiero”, o “tengo miedo”, alguien que voluntariamente decidió someterse a esa práctica intrusiva y dañina, pasamos por alto la circunstancia que le dio origen: en Guantánamo hay presos sin acusación ni condena a los que se priva incluso de la soberanía sobre su cuerpo. Y bien mirado, ese enunciado también oculta otros: los presos (en todo el mundo; en cualquier caso) son seres privados de soberanía sobre su cuerpo, hasta en los más mínimos aspectos. Y ese enunciado concreto también encubre las preguntas posibles (y necesarias) acerca de cuestiones como la libertad, la seguridad o la soberanía, cuestiones radicalmente conceptuales que merecen ser discutidas sin temor a caer en el palabrerío o en el delirio metafísico. Escenificar la tortura no parece ser la mejor manera de establecer su improcedencia, más allá de la evidente buena voluntad y el indiscutible sacrificio de quien lo hace.

Soledad Platero. Publicado el viernes 11 de octubre de 2013 en Caras y Caretas.

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