El progreso dice adiós al libro, Marcelo Marchese

El progreso dice adiós al libro

Marcelo Marchese

libro

La empresa que regentea la Enciclopedia Británica informó que su mercancía cultural ya no será editada, pues “una enciclopedia impresa es obsoleta en el minuto en que se imprime, mientras que nuestra edición en internet se actualiza constantemente”.
Esta declaración nos dispara consideraciones alarmantes. En primer lugar observemos una tendencia mundial: en el 2011 la venta de libros impresos descendió un 5%, y según la Asociación de Editores de EE.UU, en los últimos dos años las ventas de libros electrónicos se triplicó. No es un hecho condenable. Como sucede a menudo, un mismo fenómeno nos dispara sentimientos antagónicos. Por un lado es un acontecimiento fabuloso: cuando todo se digitalice (y en tanto el Capital no logre imponer esa fábula siniestra sobre la piratería digital) los libros serán gratis, igual que la música, el cine y la fotografía. Las consecuencias de este simple hecho son incalculables, y acaso sólo sean equiparables al invento de la imprenta y al descubrimiento del manejo del fuego. Viviremos un socialismo de la cultura y del arte, algo que apreciaremos debidamente cuando nuestros hijos crezcan. Mas el lado oscuro de la moneda es el tipo de control que tendremos sobre las obras del pasado, sobre nuestra memoria, cuando todo se digitalice. Eso no quiere decir que el libro impreso no sea pasible de adulteraciones. Durante 1700 años la humanidad ha leído esa obra magna de la literatura fantástica llamada El nuevo testamento, atribuida a cuatro discípulos de un semidios entrañable. Los verdaderos autores son desconocidos, sólo sabemos que escribieron o reescribieron tiempo después de los acontecimientos narrados, acaso cuando el Imperio Romano adoptó el cristianismo como religión oficial. La Iglesia decidió qué capítulos de la obra fantástica serían leídos por nosotros, y cuáles quedaban para ellos en exclusiva: esencialmente el período en que el semidios era un niño asaz irascible que aún no controlaba el poder de sus palabras y mataba, vía maldiciones, a sus compañeritos hipócritas.
Debemos estar agradecidos a la Iglesia Romana el que nos legara grandes obras del pasado. Laboriosamente los integrantes de esa empresa que fue la propietaria de tierras más importante del Medioevo, y que hoy se encuentra entre las principales trasnacionales del mundo, fueron copiando con primorosa letra las obras del pasado. Tenemos serios motivos para creer, tanto nosotros como el protagonista de El nombre de la rosa que algunos libros fueron ocultados (cuando no quemadas bibliotecas enteras) otros destruidos, y otros adulterados, como uno sospecha que se adulteró La República de Platón. Pero aunque el libro impreso sea pasible de adulteraciones (toda mala traducción es una adulteración) siempre es posible encontrar el original, encontrarlo físicamente, motivo por el cual son apreciadas las primeras ediciones por los sibaritas del libro. Una primera edición del Quijote nos informaría que los cajistas tuvieron a bien corregir los errores ortográficos del gran tartamudo tres veces convicto y amigo de los árabes. Aquellos primeros cajistas, guardianes de la lengua, adulteraron, como vil almacenero que santifica el vino echándole agua, la principal obra de nuestra lengua, pero podemos comprobar la maniobra y sacar conclusiones sobre cómo se nos quiere obligar a leer y pensar el mundo. Podemos hallar la escena y las pruebas del crimen y apresar a los criminales, pero el día que todo esté digitalizado y que un libro sea una rara pieza del pasado que sólo obtendrán los coleccionistas a cifras siderales, o las bibliotecas de los imperios (aparentemente la biblioteca del Congreso norteamericano posee tres ejemplares de cada título que se edita en el mundo) ese día alguien, la institución que controle y difunda los libros digitales, puede, accidental o voluntariamente, alterar alguna cosilla por el bien de todos nosotros, de igual forma que cualquier Estado oculta información a su población por el bien de su población, y de igual forma que la Iglesia no informaba de la infancia de Cristo por el bien de sus ovejas.
El mito de un Fausto haciendo viles componendas con Mefistófeles es la creación de una institución que sentía que a partir de la imprenta, comenzaba a resquebrajarse el imperio espiritual que había forjado a sangre y fuego. Los sacerdotes tenían el monopolio del libro y un ejército de copistas, y ahora, con esa imprenta que se movía sola y cuyas letras estaban demoníacamente dispuestas al revés, otros podrían reproducir libros heréticos por miles de ejemplares. Sin este hecho no se explicaría el Renacimiento, ni la Iluminación, ni el Romanticismo, ni nada de lo que ha significado el mundo que heredamos. La imprenta democratiza el libro. Ahora internet lo socializa, pero a un costo que aún no sabemos, o no nos animamos a apreciar, pues a la postre todo depende de la catadura moral de quienes sean los poseedores de la memoria humana.
Abordemos una segunda y alarmante conclusión. Leamos de nuevo esta frase del presidente de La Enciclopedia Británica: “Una enciclopedia impresa es obsoleta en el minuto en que se imprime, mientras que nuestra edición en internet se actualiza constantemente”. Esta joya del lugar común expuesta por el presidente de una venerable institución educativa, nos lleva a pensar en el carácter del mundo que como una losa de mármol ha caído sobre nosotros. ¿De qué conocimientos, de qué verdades, se nos habla? ¿Imaginamos a Cristo, a Aristóteles, a Lao Tse o a Henry Miller corrigiendo y desdiciéndose cada tres minutos? ¿Es posible que hayamos llegado a tamaño delirio? Sí, es posible. Es el resultado de ese cáncer llamado positivismo, un cáncer que se apoderó del cuerpo de la ciencia para dejarnos más expuestos aún a los males del mundo. El positivismo ha hecho de la ciencia esa cosa árida y a menudo al servicio de negocios tenebrosos. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que encontrar un científico que hable sobre algo que no sea su ultra específica parcela de átomo de su sub disciplina. El biólogo no hablará de biología, hablará del comportamiento de una pulga, o de algún comportamiento inter celular de cierta pulga que anida en ciertos camellos que acaso logren pasar por los ojos de las agujas. Que nuestro biólogo nos hable de cualquier otra cosa que no sea biología es algo que no lograremos, aunque le embutamos ochenta litros de whiskey aderezados con un kilo de ácido lisérgico y pongamos a bailar delante suyo, sobre la mesa donde antes colocáramos nuestra mezcla explosiva, una bailarina de pulpas insinuantes.
Pero el lector positivista, ya adoctrinado por la escuela, exclamará: “Pero sí es obsoleta la Enciclopedia a los tres minutos, pues la población de Malasia creció, el producto bruto interno de China aumentó, y se descubrió que Plutón no era un planeta”. Si el lector es de aquellos que cuando leen historia sólo se interesan por nombres, fechas y lugares (los hechos) que siga leyendo como un maniático cada actualización de conocimientos de la Enciclopedia y que luego se tire a un pozo lleno de cocodrilos que el mundo nada perderá. Ahora, si el lector es de aquellos que quiere saber sobre las grandes pulsiones históricas, no puede hacer otra cosa que lamentarse sobre el rumbo que la Enciclopedia Británica adoptó luego de 1911 para ganarse el mercado norteamericano. Le aconsejaría a ese lector, la aguja en el pajar del conocimiento, que de alguna manera consiga la edición de 1911. No estaba escrita por los maniáticos de los hechos, si no por De Quincey y por los principales pensadores de la lengua inglesa. No era una penosa lectura de estadísticas: era economía, historia, poesía y leyenda. No es imprescindible que encuentre aquella versión. En nuestra lengua tenemos nuestra propia enciclopedia, que aunque insinúe las espinas del positivismo, guarda las rosas de una visión más sabia. Me refiero al Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano, de Montaner y Simón, que reunió, en 28 volúmenes de 900 páginas, en un formato de 30 por 22, a los principales intelectuales de la lengua castellana de los inicios del siglo XX. Puede el lector deleitarse con el artículo Cadáver y todas las etapas de su descomposición, en el caso que haya bebido de las aguas del río en que bebiera Baudelaire, o puede sorprenderse con el artículo Carnaval, donde se dice que todo pueblo ha necesitado la expansión de su locura, o puede encontrar la biografía de un desconocido, el jefe de una secta musulmana que abrogaba por la simplicidad de ir desnudos por el mundo, biografía que al cerrar el volumen sin marcar la página, perderá para siempre, pues esa enciclopedia es otra manifestación del infinito. Los datos estarán desactualizados, pero encontrará restos de una antigua sabiduría que no aparecen en esas guías telefónicas que se nos quiere hacer pasar como la suma del conocimiento.
Hubo un autor a través del cual conocimos esta frase: Dónde ha ido la sabiduría que hemos perdido en aras del conocimiento. Dónde ha ido el conocimiento que hemos perdido en aras de la información. Él parafraseaba a otro gran escritor que también vivió y sufrió la imposición de la dictadura positivista. Nuestro autor, cuando joven, gustaba de visitar la biblioteca de Buenos Aires. Como comprobó que perdía un tiempo precioso cada vez que pedía un libro, se acostumbró a tomar un ejemplar de la vieja Enciclopedia Británica, que se encontraba sabiamente al alcance de los usuarios. Allí devoró, de primera mano, toda una manera de entender el mundo que hoy ha sido sepultada por los hechos. Cuando leemos a este autor nos asombra su erudición siempre desmitificadora, y tengo para mí que gran parte de las agradables sorpresas que nos depara, vienen de sus inusuales lecturas de autores olvidados y de aquella versión de la Enciclopedia Británica.
¿Dónde habrá ido a parar la sabiduría sepultada por el conocimiento y la información? No se ha perdido, de igual manera que no se han perdido los cimientos de los antiguos templos destruidos sobre los cuales se construyeron las catedrales. Nuestra especie, que inconscientemente sufre de la pérdida de una milenaria sabiduría, ha generado por esta causa un oficio al que ha destinado la hermosa función de transmitir la memoria humana. Este oficio, cuando se adopta, se lo hace con la convicción con que se asume un sacerdocio, pues es un oficio sagrado. Las obras de estos memorialistas no necesitan ser actualizadas, se actualizan cada vez que encuentran eco en nuestras eternas interrogantes. Tienen vida, se transforman, pero se mantienen eternamente iguales a sí mismas. Los memorialistas son incorruptibles ante el tiempo, como es incorruptible ante el tiempo la adoración a la mujer amada. Cuando los desenterramos, brillan como diamantes. Los grandes artistas son los faros de la humanidad en estos siglos de oscuridad.

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