El humanismo de la horca

El humanismo de la horca
17/06/2013
de Esteban Kreimerman Esquerré

horca

Según Foucault, el biopoder se diferencia del poder soberano por el lado hacia el cual se inclina la asimetría fundamental del poder sobre la vida y la muerte: si el segundo se caracterizaba por el poder de hacer morir o dejar vivir, es decir por un poder sobre la muerte, el primero se desplaza hacia la capacidad de hacer vivir o dejar morir, es decir un poder sobre la vida.

Esto marca dos relaciones completamente diferentes con la muerte. Mientras que bajo la égida del poder soberano, aquél poder dramático que detentaban los reyes, la muerte era la realización plena del poder, con el pasaje al reino del biopoder ésta se convertirá en su negación más absoluta. El poder que hace vivir domina a la perfección los hechos de la vida de una población, controla su natalidad, sus endemias, sus accidentes, y lidia también con su mortalidad. Pero nunca con su muerte. Desde la perspectiva del biopoder, toda muerte es un fracaso.

Y estas dos relaciones diferentes con la muerte determinan dos formas también diferentes de lidiar con ella. Antes del advenimiento de la modernidad, en Europa y también en el Uruguay previo al alambramiento (como sabemos gracias a los excelentes trabajos históricos de Barrán), la muerte era una fiesta pública. Era un acontecimiento visible del cuál participaba no sólo el moribundo, no sólo la familia y la Iglesia, sino la sociedad toda. Y es que el protagonista, en cierto sentido, no era el hombre (o la mujer) que moría, sino el poder, que desplegaba en ese acontecimiento todo su potencial. Velatorios hechos en casa, procesiones hacia el cementerio, últimas palabras, últimas voluntades, todo se conjugaba para remarcar la acción del poder. La muerte era un hecho dramático, profundamente humano, que concluía el drama de la existencia.

Con un simple vistazo podemos verificar que ésto ha cambiado. La muerte se oculta, se niega, se convierte en tabú. Desde ya hace tiempo es más fácil hablar públicamente del sexo que de la muerte, justamente porque el poder necesita esconderla, necesita esconder su absoluto e inevitable fracaso, negarlo. Pero no es sólo mediante el ocultamiento que lo niega. En cierto sentido, el ocultamiento es la forma más burda. Las formas más sutiles son al mismo tiempo mucho más y mucho menos visibles.

Consideremos las formas en que el Estado moderno ha aplicado el poder soberano, el poder de hacer morir. Dejemos por un lado los artilugios discursivos que ha debido inventar para poder realizar legítimamente esta acción, y concentrémonos en cómo ha cambiado la forma en que se ejecuta la pena de muerte, en los casos en que no la ha abandonado por completo. Y quizá hace unos siglos nos encontraríamos con que el Estado ahorcaba a sus víctimas. Esta es una forma bastante dramática de morir, una forma bastante horrenda. El condenado sufre, se retuerce, patalea, demora unos cuantos minutos antes de perder la conciencia. El drama de la vida culmina en un estallido de horrible gloria homicida, un acto tanto de venganza como de justicia, que expresa en su horror todo el odio que llevó a él. Afortunadamente, este espectáculo macabro dejó de ser frecuente, al menos en Occidente, hace ya cierto tiempo. Digamos que al cabo de un tiempo, y por no ahondar en etapas, fue sustituido por el fusilamiento, una cuestión bastante dramática y violenta, pero que empieza a mostrar hacia dónde nos dirigimos: aquí la mayor parte del trabajo lo hace una máquina, la muerte del condenado es instantánea, hay un elemento impersonal en el cuerpo de fusileros, un Estado burocrático ejerciendo en forma impersonal una sentencia. Y finalmente llegamos al ideal de ejecución humanitaria: la inyección letal.

A priori parece un adelanto, y sin duda en muchos sentidos lo es: el individuo no sufre gracias a una anestesia, no es consciente del momento de su muerte, todo sucede en una relativa paz, en un ambiente antiséptico. Pero pensemos en lo que se ha perdido. Esta es quizá la muerte menos dramática que cabe imaginar. El final de la vida, el ser ejecutado por el Estado, eventos profundamente dramáticos, quedan reducidos a un acto no tan diferente de ir a darse una vacuna contra la gripe. Y aquí es donde vemos cuál es la esencia del tratamiento que el Estado biopolítico debe dar a la muerte: no se trata ya del asesinato de un individuo o del final de una historia, sino de la mera destrucción de un organismo vivo. Si el Estado no puede evitar ni ocultar la muerte, le quitará toda su trascendencia. No se trata ya de un hecho dramático o trascendental, se la deshumaniza por completo, se la convierte en un evento estrictamente biológico. Y es que esa es la marca distintiva del biopoder: convertirlo todo en una cuestión estrictamente biológica. La muerte por inyección letal sólo es humana en la medida en que deshumaniza.

Esto que se expresa en las formas en que el Estado mata también se ve de manera más perversa en las formas ideales del “buen morir”. Cuenta Barrán que si los orientales pre modernos sentían pánico ante la idea de una muerte súbita que los privara del lento proceso de convalecencia con su familia, esta muerte pasó a ser la más deseada por los modernos, que no toleraban la idea de ser conscientes de su propia e inminente mortalidad. Y esto no tiene nada de sorprendente: el biopoder tiene una gigantesca capacidad creadora, y esos mismos individuos que desean morir rápidamente y sin darse cuenta fueron creados por un poder que no puede permitir la consciencia de la muerte, y debe reducirla a un suceso estrictamente biológico. A lo mismo apunta, por ejemplo, la muerte dentro del hospital.

De ahí que consideremos la muerte por inyección letal como más humanitaria que un ahorcamiento o un fusilamiento. Cuando el sujeto queda reducido a mero organismo vivo y se deshumaniza por completo a la muerte como evento fundamental de la vida, se establece una escala muy clara de las peores cosas que podrían pasarle a uno. La muerte y el sufrimiento sólo se convierten en los peores males cuando uno no es más que un conjunto de funciones vitales. Por eso es que uno no puede hoy plantear seriamente la idea de dar la vida por algo sin quedar inevitablemente como un romántico trasnochado: no hay nada por lo que valga la pena afrontar el fin de las funciones biológicas.

Podemos ver este proceso de forma privilegiada en las estadísticas de causas de muerte. No en los números, sino en las categorías. Cuando un individuo muere, desde una perspectiva biológica, no existe tan sólo una causa, sino una multitud. Y sin embargo el sistema sanitario determina una única y excluyente, y así la computa. Y las opciones no son en absoluto infinitas, sino que existe una lista bien definida, creada por ese gigantesco agente del biopoder global que es la Organización Mundial de la Salud. Y estas causas son todas biológicas. Uno se muere de cosas como “Enfermedades del aparato circulatorio”, o “Infecciones respiratorias agudas”. No puede simplemente morirse de viejo, es necesario determinar exactamente de qué se murió, cuál fue la causa físico-biológica exacta que causó el fin de esos procesos vitales. Tampoco es posible morir de causas sociales, como “Pobreza”, o “Criminalidad”, mucho menos de cosas como “Capitalismo globalizado postindustrial”. Sin duda no puede uno morir de “Amor”.

Ahora bien, entre todas estas causas de muerte, sobresalen dos que dan la impresión de romper con la lógica biologicista del listado. “Agresiones (Homicidios)” no sólo incluye un claro componente intencional, sino que es la única que involucra directamente a alguien más que el muerto. No es difícil ver que la razón para su inclusión en esta lista es que si bien el Estado moderno es biopolítico, no puede resignar por completo el viejo poder soberano de hacer morir. Y para este poder todo asesino es un enemigo, uno que intenta arrogarse a sí mismo un poder que el Estado se adjudica en forma monopolista. Es por esto que todo Estado deberá responder siempre con gran virulencia contra cualquier asesino.

Pero mucho más interesante es la presencia en la lista de la categoría “Lesiones autoinflingidas intencionalmente (Suicidio)”. Esto no parece coherente: ¿por qué no se computa la causa físico-biológica exacta que determinó esa muerte? ¿Cuál es la razón de esta aparente incoherencia? Ya sea que uno se pegue un tiro, salte de un octavo piso, se tome un cóctel de pastillas o se cuelgue de la barra de la cortina del baño, la causa de su muerte será el suicidio. ¿Cómo podemos entender esto?

Bueno, primero debemos comprender la relación particular que mantiene el biopoder con el suicidio. Porque si desde la perspectiva de un poder que hace vivir toda muerte es un fracaso, todo suicidio es una rebelión. El suicida, al contrario que el asesino, no se enfrenta al Estado, sino que voluntariamente se sustrae a sí mismo de su poder. Allí donde el Estado pretendía, necesitaba, debía hacer vivir y crear un cuerpo que pudiera ser explotado, el suicida dice “aquí no”. Y por eso las reacciones del Estado al suicidio son tan complejas y a veces desconcertantes, como lo es la tipificación del suicidio como delito penal.

Las dificultades estatales para abordar temas como la eutanasia permiten acercarse a la esencia de estas reacciones. El Estado no sólo pone trabas a la eutanasia, no sólo se hace desear mucho antes de conceder ese derecho, sino que cuando lo hace establece muy claramente las condiciones en las que se puede ejercerlo: condiciones físicas, higiénicas, hospitalarias, psicológicas, todo muy bien estipulado. Uno de los fines de esta obsesión compulsiva por determinar en qué condiciones se permite a sus súbditos morir obedece a la necesidad de exacerbar que no es el individuo quién se mata, sino el Estado quien lo deja morir. Pero este fin no es el principal.

Al incluir al suicidio como causa de muerte, la primer victoria del Estado es discursiva: se homologa la intencionalidad suicida con el resto de las causas biológicas, y se institucionaliza así al suicida como un demente, un incapaz al que poner bajo la tutela estatal. Se quita el componente de intencionalidad, transformándolo en un trastorno que debe ser tratado; esta es la razón por la que no se diferencian distintos tipos de suicidio, sino que se agregan dentro de una única categoría indiferenciada. Ya está todo preparado para imponer al suicidio todo el aparato normalizador medico-sanitario. La otra victoria discursiva va en la misma línea que la evolución de las formas de ejecución: la deshumanización de la muerte, y su establecimiento como hecho meramente biológico.

Pero hay otra victoria que trasciende lo estrictamente discursivo: se trata de una victoria tecnológica. El biopoder necesita asegurar las condiciones para la reproducción y explotación de su población, condiciones que habiliten el cálculo económico, y lo logra haciendo que todos los fenómenos que afectan a esa población sean tan previsibles como sea posible. Su principal herramienta para alcanzar este fin es tomar hechos que en forma aislada son aleatorios y caóticos, y convertirlos en predecibles y constantes mediante la operación de considerarlos en forma agregada, a lo largo de un período de tiempo. Y esto es precisamente lo que habilita la inclusión del suicidio como causa de muerte. Al conectar el hecho aislado con las grandes estadísticas sociales, permite estudiar al suicidio, conocer sus constantes, analizar sus determinantes, y poder así tratarlo no ya como un hecho dramático que termina con una vida, sino como un mal más o menos constante y más o menos inevitable que merma la fuerza vital de una población. Una enfermedad, antes que una tragedia, que completa así la deshumanización de uno de los eventos más humanos que hay en la vida.

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