El mapa de la arena

El mapa en la arena
Marcelo Marchese
06.11.2013

Fuente:
http://www.uypress.net/uc_45974_1.html

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La sugestión de los mapas se explica por la pretensión racional de fijar una realidad palpitante. Las dunas, la desembocadura de los ríos, el contorno de las playas, las selvas y las montañas viven. Un poeta nombraba a la tierra como un animal esférico cuya respiración de ballena provocaba las mareas.

La palabra esférico también es una pretensión racional, pues la tierra no es esférica, no es la perfecta figura geométrica de Platón. Como nuestra memoria, la tierra está en constante mutación, y por más certero que sea nuestro mapa difícilmente reconoceremos el paisaje que en al pasado habitamos.

La misma oscura necesidad que nos lleva a ponerle un rostro a Jesucristo, Cervantes y Lautréamont, de quienes sólo tenemos retratos inventados, nos lleva a hacer nuestros mapas. Tal es su poder en la mente de los hombres, que se representa al imperio arriba y a sus colonias abajo, para demostrar su naturalidad, como la naturalidad de la pobreza y la riqueza y la preeminencia del más fuerte, la más natural de las leyes. La tierra respira, los árboles y el mar suben y bajan al influjo de la luna, el animal gigante viaja con otros animales por un universo infinito en un movimiento que se cree de exquisita relojería, pero en nuestras escuelas y en nuestros libros se clavará la piel de la tierra a una estampa en un imposible esfuerzo de hallar la cuadratura del círculo, pues nuestra inteligencia tropieza al querer medir, en un plano, destrozándola, la cáscara de la naranja.

Sin embargo, tal es la necesidad, tan conveniente es el uso, tanto miedo se tiene, que inventamos variados métodos para proyectar aquella esfera, y en ese birlibirloque de siglos a los centros de poder se los representó gigantes. Nos gusta ver cómo imaginaron su mundo los antiguos, pues nos convence del progreso del conocimiento, mas deberíamos alertarnos sobre su relatividad. Ésta sería una prueba, la prueba de los mapas, de los escépticos de la verdad que niegan que exista en tanto existen tantas verdades.

El mapa perfecto, la verdad perfecta, sólo podría ser un calco exacto de la tierra, como una tierra sobre la tierra, pero la verdad sólo debe contener la esencia de lo que trata y no reproducir lo que trata, e importa más como una guía para la acción que como letra muerta, pues la verdad no es una disquisición, sino un agente histórico.

De igual manera que en los antiguos mapas, siempre habrá en nuestra mente una finisterre más allá de la cual, si nos animamos, se nos advierte que pueden abordarnos los monstruos.

El mapa es una falsedad, como la literatura que miente para llegar a la verdad. Aunque la playa cambie con cada ola y ningún mapa pueda estar vivo, la mentira del mapa permitirá al viajero encontrar el lugar deseado. La falsedad se demuestra en verdad cuando se resuelve en su contrario, como si el mapa, al llevarnos al tesoro, cumpliera su destino y se desintegrara como hecho de arena entre los dedos.

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