Realpolitik: en torno a la creación del Partido de la Concertación para ganar la Intendencia de Montevideo

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Se venía anunciando desde hacía bastante tiempo y finalmente ocurrió: desde el lunes existe oficialmente el Partido de la Concertación, que servirá para que los descontentos puedan canalizar sus energías y remover, de una vez por todas, al Frente Amplio del gobierno de Montevideo. El de la Concertación no nace, como otros partidos, en torno a un proyecto político. No se construye alrededor de un acuerdo programático, ni de una idea, ni de la herencia inspiradora de un líder. Se levanta, esperanzado y optimista, sobre las ruinas de varias administraciones frenteamplistas que han dejado a unos cuantos montevideanos con la sensación de que su voto sirvió para poco y de que, una vez alcanzado el gobierno, la lógica de la burocracia termina por imponerse no sólo a las buenas intenciones sino hasta al sentido común más elemental.

Lo que se vio del acto de lanzamiento permite hacer un ejercicio básico de futurología de entrecasa e imaginar cómo, con el paso del tiempo, ese espacio (el único con el que, hasta ahora, los blancos y colorados parecen poder aspirar a desplazar al Frente Amplio) obtendrá su propio peso específico y dejará a sus padres convertidos en respetables figuras testimoniales con escaso valor en el escenario de la política partidaria. Ocurrirá, con el Partido de la Concertación, lo que ocurre con todas las instituciones a la larga y con las que nacen como él –meramente para desplazar a otro–, a la corta: se transformará en una máquina que existe para existir, que devora toda aspiración de trascendencia y se consume en la reproducción de sus rituales y sus ciclos. Los dirigentes se arrancarán los ojos para ocupar los lugares que les garanticen un cargo apetecible y las propuestas cambiarán de tono según se perfile la inclinación de la masa electoral, medida por las encuestas. La realpolitik en su más penoso aspecto.

Pero nadie podría decir que la izquierda es inmune a la maldición de la burocracia partidaria y sus desagradables síntomas. Al repasar apenas el último mes es posible encontrarse con la acusación de deslealtad que el contador Danilo Astori lanzó sobre alguno de los participantes de una reunión en Presidencia, con las denuncias de compra de votos en la elección interna de la Alianza Progresista en Maldonado, o con la observación –tramitada por los canales correspondientes, como es de uso en el partido– contenida en el documento de trabajo del Partido Comunista del Uruguay hacia el XXX Congreso de que la atención a los problemas de gobierno termina por consumir lo mejor de las energías de los militantes a la hora de hablar de política.
Se podrá decir que los tres ejemplos son distintos, y que son distintas también las implicancias morales o éticas que tienen. Es verdad, pero el punto es que no son las implicancias morales o éticas las que me interesa destacar. Cualquiera sabe que las maniobras fraudulentas para conseguir votos son despreciables y que cualquier acto de corrupción en la esfera política es condenable. Pero toda situación de ese tipo es, lisa y llanamente, un acto delictivo. Es algo que puede y debe ser tratado dentro del marco normativo específico, como asunto jurídico, y no político. Lo que sí es asunto político es que la vida institucional (la obtención de un cargo, el lugar en una lista, la correlación de fuerzas en la interna, lo que dicen las encuestas de intención de voto) se transforme en la gran causa que sustituye al proyecto político original. Y es un asunto político porque es lo que termina por instalar entre la gente la idea de que la política es un barrial en el que cada uno juega para sí y se acomoda como puede. Crecen así las demandas de una gestión transparente llevada adelante con eficiencia técnica en función de resultados medibles (y eso tiene su estúpido correlato a nivel institucional en millones de folletos y presentaciones en power point que usan palabras clave como “territorio”, “indicadores”, “emprendimiento” o “participación” y que dan cuenta del éxito en satisfacer esa demanda). La política, entendida como el arte de hacer público lo privado, o de trascender el reclamo parcial en función de una construcción colectiva, desaparece detrás de sus estructuras. La realpolitik es un juego de diplomacia interna, de zancadillas y acomodos, de administrar lo posible sin molestar a los que tienen el poder real. Un simulacro de la idea política, ejecutado mecánicamente por actores principales y de reparto en un escenario convencional que nadie está dispuesto a modificar demasiado. Y que hace que se pierda en el horizonte la confianza en que la política es el esfuerzo que todos debemos hacer para que a nadie le falte nada. Y punto.

Soledad Platero. Publicado el viernes 1 de noviembre en Caras y Caretas.

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