La ciudad como sede de la imaginación distópica: literatura, espacio y control

LA CIUDAD COMO SEDE DE LA IMAGINACIÓN DISTÓPICA: LITERATURA, ESPACIO Y CONTROL
Gabriela Rodríguez Fernández
Universidad de Barcelona y Universidad de Lleida
lindesilio@hotmail.com

M4IfP.St.84

Entre fines del siglo XIX y mediados del siglo XX la mixtura entre consciencia política, romanticismo y conflictos sociales dio a luz en la literatura anglosajona a un tipo específico de género, la distopía. En parte como contracara de los diseños utópicos de William Morris o G. H. Wells, que habían creado ambientes perfectos y aconflictivos, escritores como Aldous Huxley y George Orwell en Inglaterra o como Jack London en Estados Unidos mostraron el reverso del orden en esas sociedades modélicas. La tarea que asumieron estos herederos del romanticismo inglés trocado ahora en discurso ideológico explícito fue la de mostrar que la tabla de salvación decimonónica, una sociedad diseñada hasta el último detalle, podía generar un marco tan destructivo para el individuo como su opuesta, la sociedad del caos.

Si escritura y ciudad son dos conceptos emparentados desde su misma génesis[1], lo cierto es que la actividad de escribir siempre presupone un lector al que el producto de la escritura está destinado. Escritor y lector son pares inseparables en una relación de espiral por la que todo escritor, es a su vez, un lector de otros, y cada lector re-escribe mentalmente aquello que lee seleccionando del texto las partes que, conforme sus intereses y sus necesidades, le aparecen como más relevantes. El mismo libro, leído por lectores de diferentes épocas y diferentes espacios físicos es un producto literario distinto[2].

Así, la lectura que hoy podemos hacer de las dos distopías inglesas más características de la primera mitad del siglo XX -Un mundo feliz, de Huxley y 1984, de Orwell- a la luz de los acontecimientos sucedidos en los diez lustros siguientes, puede arrojarnos elementos de análisis que en la intención de los autores pueden haber sido parte de un esbozo general, pero que sin duda alguna, hoy pueden darnos nuevas herramientas para comprender nuestro presente.

Proponemos aquí hacer esta nueva lectura bajo la clave del espacio diseñado. Diseñado por los escritores tomando las corrientes de pensamiento urbanístico que se desarrollaban en la época en la que escribieron, diseñado y en muchos casos ejecutado por los planificadores sociales (sobre todo a la hora de atender el problema de la vivienda popular), y hoy re-diseñado por los expertos en control social, en el marco de los proyectos de la llamada “prevención situacional del delito”. Podremos así ver hasta qué punto lo que los distópicos describieron como el escenario de sus pesadillas de control se parece bastante a la forma -y al fondo- de nuestro presente.

Pretendemos ligar aquí tres órdenes conceptuales: la geografía social, la sociología del control y la historia[3]; las herramientas que habremos de tomar de estos tres campos serán aplicadas al análisis de Un mundo feliz y 1984; sin embargo, en tanto éstas funcionan casi como respuesta de sendas utopías decimonónicas -Noticias de ninguna parte, de William Morris y Una utopía moderna, de G. H. Wells- recurriremos ocasionalmente a ellas para mostrar el efecto especular. Dado que las cuatro obras pertenecen a autores que vivieron en Londres -y sitúan allí estas ficciones- referiremos ocasionalmente el análisis a la transformación del espacio en esa ciudad inglesa durante el período 1850-1970; detrás de esta referencia está presente la hipótesis de que el escenario vital del autor sirve de telón de fondo a sus ficciones tanto como el nuestro condiciona y modifica las nuestras.

Diseño del espacio y control

No es este el primer análisis que relaciona las variables espaciales y el control social; antes bien, de lo que se trata aquí es de articular elementos ya utilizados sobre un campo de reflexión algo distinto (la literatura distópica). En otras palabras: historiar la producción literaria sobre el control nos sirve para entender que aquellas ficciones pueden estar presentes en nuestras realidades.

El ideal etnocéntrico del diseño, que se ha extendido no sólo al espacio físico sino también al humano –con la pretensión de hallar las herramientas universales de la ingeniería social-, es hijo del racionalismo dieciochesco, pero tiene antecedentes –los distintos autores de Tratados de Policía- y consecuentes –desde la sociología fabiana hasta el funcionalismo. La literatura tomó algunos de esos ideales y, en Inglaterra, los aplicó a la tradición utópica; a su vez -unos 30 años después de Morris y Wells- los distópicos mostraron el futuro como un lugar donde esa pasión diseñadora había conseguido concretarse, para desgracia de los individuos. Sus personajes, más cotidianos, complejos y cercanos que los de los utópicos (Rodriguez Fernandez 2003ª, p.75), sufrían sus peripecias en ciudades, casas y habitaciones cuya forma respondía a un modelo determinado y a una estrategia de control precisa; contra ellos los autores tiraban sus dardos. En el caso de Huxley, sin que nos parezca del todo claro cuál era el modelo urbanístico al que adscribía, pero teniendo presente que su obra parece un diálogo polémico con la de Wells; en el de Orwell, con alguna cercanía al modelo de Howard, emparentado a su vez con el de Morris; intentaremos ahora dar fundamento a estas afirmaciones, mostrando el diseño de los espacios vitales distópicos.

La ciudad ordenada y segregada como escenario del control

El Londres de Huxley y el de Orwell responden a un mismo esquema: la retícula y los tres tipos de segregación combinados -horizontal, vertical y funcional-. De las tres, es la funcional, sin embargo, la que preside la organización social; Huxley pone el ejemplo con su sociedad estratificada en grupos designados con las letras del alfabeto griego:

“Volaban sobre los seis kilómetros de parque que separaban Londres central de su primer cinturón de suburbios. El verdor hormigueaba de vida. Bosques de torres de pelota centrífuga brillaban entre los árboles. Cerca de Shepperd’s Bush, dos mil Betas-Menos, en dobles parejas, jugaban al tenis en los campos de Riemann. Una doble fila de canchas de pelota en plataforma móvil bordeaba la carretera desde Notting Hill a Willesden. En el estadio de Ealing se celebraba un festival gimnástico y coral de Deltas” (Huxley 1998, p.34).

Un espacio ciudadano diseñado, con una estructura espacial prevista y previsible, con calles que responden a un plano, con casas numeradas y espacios habitacionales fijos, es más susceptible de una estrategia disciplinar que un espacio que ha crecido en medio del caos orgánico, sobre todo si además se le aparea como herramienta el censo poblacional, que permite controlar quien está y quien se ausenta. Cuando al carácter morfológicamente modélico se suma un esquema de segregación horizontal por función, a partir de una comprensión estratificada de la sociedad -y ello aún dejando de lado cómo se definen los estratos[4]-, la ciudad aparece como una enorme máquina clasificadora.

Orwell había advertido que dividir era una estrategia para controlar: en su novela el Partido mantiene aislados a sus miembros inferiores de aquellos que integran la casta superior, y a su vez aleja a los funcionarios de los proles[5]; los ciudadanos de Oceanía no tenían contacto alguno con los de las restantes potencias, ni tampoco con los de otras áreas dentro del mismo país. Así, los personajes distópicos atribuyen a los integrantes de otros grupos características específicas: lo supuesto por Winston –el personaje central de Orwell- en los proles, o por Julia –su compañera- en los miembros del Partido Interior, corre paralelo a lo que Bernard Marx –el protagonista huxleriano- ve en los salvajes y a lo que supone en el Controlador Mond; en cualquier caso, la imposibilidad de poner a prueba esos criterios mediante una socialización real -cara a cara- con los distintos, deja al individuo preso de las categorías que le son proveídas por el sistema que controla, creando el mito de la homogeneidad intragrupal. Richard Sennett sostiene que la estructura de la ciudad racionalizada por los planificadores fomenta ese mito, en tanto organiza el espacio aplastando las diferencias y dividiendo conforme las afinidades primarias (2001,p.149 y sgtes.), con lo que se crea una falsa conciencia de homogeneidad que mantiene al yo inmaduro, dependiente siempre de algún paternalismo controlador.

En un esquema territorial atomizado como la que se propone en las dos distopías, que además funciona en el marco de un sistema totalizador de la vida social en el que los significados emanan del poder y se difunden entre los desapoderados, el aislamiento garantiza la estabilidad de los prejuicios, en particular respecto de cualquiera que no participe de la identidad propuesta centralmente, de cualquiera que se desvíe del rol prefijado[6].

El propio concepto de rol, tan caro a los funcionalismos que criticaban los distópicos, ya refiere a lo que se ignora: la personalidad, la identidad heterogénea de aquel al que se clasifica; aplicando las ideas de Alfred Schutz diríamos que cuando desde un orden heterónomo se establecen tipos personales habituales, derivados de la realización de una acción repetida -roles-, se crea

“la ilusión [que] consiste en pensar al tipo personal ideal como una persona real, mientras que en realidad sólo es la sombra de una persona. Vive en una dimensión temporal nunca-nunca que nadie puede vivenciar jamás” (Schutz 1993, p.219).

La soledad en sociedades como la descrita en 1984, que no es diferente de la del protagonista de Un mundo feliz, resulta explicada: viven en un medio segregado donde el conocimiento que tienen de los otros es el que corresponde a la sombra de una persona, no a una persona real, y por consiguiente la dimensión de la vida es insusceptible de toda vivencia.

Combinar estrategias de segregación horizontal y funcional con un poder fuerte es más que una forma de organizar el espacio, es una forma de servir a los proyectos de control vertical. Le Corbusier los admiraba; según él, las reformas urbanísticas de Luis XIII, Luis XIV y Napoleón

“son ejemplos de creación señera, de ese espíritu capaz de dominar y compelir a las masas” (Le Corbusier, 1929, p. 292).

La clasificación leorbusiana era elocuente:

“Ciudadanos son aquellos que trabajan y viven en la ciudad. Habitantes de los suburbios aquellos que trabajan en el cinturón industrial y que no vienen a la ciudad: ellos viven en las ciudades jardín[7]. La clase mixta son aquellos que trabajan en la zona de negocios de la ciudad pero mantienen a sus familias en las ciudades jardín” (Lecorbusier, 1924, p. 174 – el destacado es nuestro).

“Esta clasificación es, a decir verdad, un programa de urbanismo. Su objetivación en la práctica significa comenzar a depurar las grandes ciudades. … Porque éstas se encuentran a causa de su crecimiento precipitado, en medio del más espantoso caos: todo se confunde en ellas. … Esta clasificación … invita a unas medidas de orden …” (Le Corbusier, recogido de “El arte decorativo…”, cit. en Choay 1983, p. 289/290).

Desde lo obvio, las medidas de orden son higiénicas y de morfología; en lo sutil, se extienden a mantener el status-quo significativo que hace posible parcelar no solamente el terreno, sino también la conciencia de comunidad. La división y la incomprensión entre las partes resulta la mejor garantía para el poder totalizador y por eso la ciudad jardín de Ebenezer Howard, con sus gentes distintas, de profesiones y de actividades diferentes[8] y sus dimensiones comunitarias y su poder descentralizado, constituía el contramodelo a la segregación funcional, aquella que algunos tratadistas propugnaban, que el funcionalista Robert Park creía natural e inevitable y que el progresismo recogió como una de sus premisas. Si la función hace al hombre -como creía Le Corbusier-, la división por funciones hace a la sociedad susceptible de dominación.

La vivienda como espacio vital /como espacio accidental: de lo sustancial a lo efímero

La estructura habitacional que propone William Morris en su novela respeta aquella máxima del proyecto de Ciudad Lineal de Madrid[9] “para cada familia una casa; en cada casa una huerta y un jardín”; era la idea de la reina Isabel de Inglaterra en el siglo XVI, para su Londres (Rodríguez Fernández 2003b, p. 29) y aquella con la que la mayor parte de los ingleses soñaron durante toda su existencia[10] (Hall 1996, p.77). La ciudad que describen Wells, Huxley y Orwell es justamente todo lo opuesto: bloques de viviendas de varios pisos, con espacios para la habitación estandarizados y repartidos por el poder central de acuerdo al rango de cada habitante. En el caso de los dos primeros, además, se trata de unidades de habitación en las que los protagonistas duermen, pero las comidas y demás actividades se realizan en espacios comunes -todo lo cual les da un cierto toque falansteriano-; en el caso del protagonista de la distopía orwelliana la vivienda cuenta con cocina y baño propios, pero aún así parece haber cierta propensión a organizar las comidas como actos colectivos.

Se trata de viviendas pensadas desde la función, no desde las particularidades del usuario; son espacios creados como dormitorios, o como salas de estar, o como cuarto de baño y su belleza está en el ajuste de la forma a la función: todo lo que resulte estar más allá de lo estrictamente necesario al uso no sólo es superfluo, es además estéticamente criticable[11]. Es la idea básica de la escuela de Bauhaus: solo lo útil es bonito (Benévolo 1982, p.126). Más allá de las pequeñas diferencias, lo que une a las viviendas de las tres últimas novelas es el significado: no se trata de hogares, sino de simples espacios habitados. Una vez más, Le Corbusier explícita el concepto:

“nunca debemos, en nuestros estudios, perder de vista la ‘celda’ humana perfecta, la celda que responda de la forma más perfecta a nuestras necesidades fisiológicas y sentimentales. Debemos llegar a la ‘casa-máquina’, que debe ser a la ver practica y emocionalmente satisfactoria, diseñada para una sucesión de usuarios. La idea de la ‘vieja casa’ desaparece, y con ella la arquitectura localista, etc., dado que el trabajo se desplaza y debemos estar listos para seguirlo con ‘armas y bagajes’” (Le Corbusier, 1929, pág. 243)[12].

El planteo es claro: la dependencia del mercado laboral vuelve efímera la experiencia subjetiva del habitar[13], alejándose del modelo de hogar y con él del de comunidad que, en cambio, había presidido las ideas de Howard. El tipo de viviendas de la Ciudad Jardín responde a una

“variadísima arquitectura y diseño de las casas y grupos de casas -algunas de ellas provistas de jardines comunes y cocinas cooperativas-; […] las autoridades municipales mantienen un control sobre estos puntos, promoviéndose paralelamente la expresión más completa del gusto y preferencias individuales, exigiéndose además un cumplimiento estricto de las adecuadas disposiciones sanitarias” (Howard 1972, p.140),

la vivienda en sí consiste en

“confortables chaletitos individuales de seis habitaciones, con un pequeño y hermoso jardín, y […] todo asalariado estaría a una llevadera distancia a pie de su trabajo” (Howard 1972:155).

Es que en el modelo descentralizado del inglés el hogar y el trabajo eran componentes básicos de las nuevas urbes por fundarse:

“aquí, en los terrenos de Ciudad-Jardín […] no hay dificultad para crear trabajo provechoso, verdaderamente urgente, imperioso: el de construir una ciudad-hogar” (Howard 1972, p.175).

La referencia a la ciudad-hogar se repite en el texto de Howard varias veces, casi tantas como se hace hincapié en la libertad del individuo para regir su propio destino y en la de la comunidad para diseñar su futuro. El concepto ciudad-hogar, que plantea la continuidad entre hogar y ciudad es, conforme la descripción de Arendt (2002:39 y sgtes.), de una relativa novedad en occidente. En Roma, pero aún más claramente en la antigua Grecia, los asuntos relativos a la ciudad y los relativos al hogar estaban absolutamente separados: el primero era el reino del ser político, mientras que el segundo era el reino de las necesidades, de aquello que acercaba al hombre al mundo animal y donde el pater familiae tenía un poder absoluto. La idea de “ciudad-hogar” era marginal en Grecia, en la que su opuesta, la “ciudad-estado” venía asociada al ejercicio de un tipo de poder racional y discursivo, típico del ciudadano libre -hombre, adulto, propietario-, y por lo tanto contaba con un aura de superioridad; lo hogareño como diferente de lo público, quedaba confiado a las mujeres y a los esclavos. A principios del siglo XX, el paso de la cuestión de la vivienda al ámbito de lo público -como problema del que el ser político debe ocuparse-, y la atención paulatina que en la sociología y la psicología comienza a prestarse a los problemas de la vida cotidiana van a cuestionar la división tajante entre un espacio -el del hogar- y otro -el de la ciudad-. Esta nueva deriva tiene a su vez dos vertientes expresivas: la aparición de las ideas cooperativistas, en las que se propone el ensanchamiento de lo próximo, de lo cotidiano, del poder de los antes excluidos de la ciudad-estado -mujeres, niños, pobres-, justamente para mejorar las condiciones de vida en la ciudad-hogar -son los planteos autogestivos como el de Howard-, y la que, en cambio, propugna una mayor intervención de la ciudad-estado en los asuntos del hogar, aumentando el espacio de lo público a expensas de lo hogareño -trátase en este caso, a nuestro juicio, de la raíz de los planteos autoritarios-.

El concepto de vivienda es distinto porque el concepto de ciudad, es también diferente, y esto porque el concepto de sociedad es diferente: una ciudad donde se construye para habitar[14], donde dormir y trabajar serán parte del ciclo de la vida, tanto como compartir con los vecinos un poder descentralizado y horizontal.

La vivienda de Le Corbusier expresa un ser humano adaptado a su función, la de trabajador, y como corolario, la de una humanidad adaptada al aparato productivo; la de Howard, un espacio ciudadano adaptado a las posibilidades y necesidades del individuo: vivir, trabajar, compartir. Esta última es la necesidad que Winston Smith busca satisfacer en el refugio que crea con Julia: un lugar propio, donde ser señor de su tiempo libre, elegir entre la variedad de objetos aquellos que le permitan apropiarse del espacio, y donde sea posible establecer relaciones cara a cara[15]:

“Sucia o limpia, la habitación era un paraíso. […] Ahora que casi tenían un hogar, no les parecía tan mortificante reunirse tan pocas veces y sólo un par de horas cada vez. Lo importante es que existiera aquella habitación; saber que estaba allí era casi lo mismo que hallarse en ella. Aquel dormitorio era un mundo completo, una bolsa del pasado donde animales de especies extinguidas podían circular. […] había veces en que no sólo se sentían seguros, sino que tenían una sensación de permanencia. Creían entonces que nada podía ocurrirles mientras estuvieran en su habitación. Llegar hasta ahí era difícil y peligroso, pero el refugio era invulnerable” (Orwell 1997[16], p.153/154).

Es el tipo de hogar que hoy nuestras ciudades, y nosotros como individuos, estamos perdiendo.

La estrategia del detalle como definidora del control social en el contexto europeo

Si desde el siglo XVII los tratadistas venían desarrollando en Europa esquemas de disciplinamiento mediante la intervención en lo cotidiano (Fraile 1990/1997) justo es decir que cuando aplicar estas estrategias implicaba inmiscuirse dentro de los muros de la vivienda, fueron usadas sobre quienes no tenían cómo repeler el ingreso del poder público al espacio que habitaban, o sobre aquellos que directamente no tenían un lugar propio de habitación[17]. Son los que Booth cuantificó y calificó en su informe[18], pero también aquellos de los que había escrito Colquhoum a principios del Ochocientos (Rodríguez Fernández 2003b:13): los objeto de la vigilancia, “los muchos”, “el número” -como los llamara la literatura inglesa de fines del XIX-: los pobres. A medida que los excluidos fueron obteniendo voz y protagonismo en las decisiones políticas, la idea de intervención pública en los aspectos más nimios de la vida cotidiana fue ampliándose: cuando la ciudad-estado incluyó en su seno a los pobres y a las mujeres, las costumbres del día a día que antes habían quedado fuera de lo público comenzaron a cobrar relevancia política. Es entonces cuando el poder se hace cargo de la privacidad, y comienza a diseñar la vida cotidiana de todos como antes había diseñado monumentos o ciudades; si al principio la preocupación constructiva estaba sobre el palacio, y después fue desplazándose hacia las fachadas de las viviendas y la medida de las calles, poco a poco se mete en las casas y establece qué, cómo y con qué se realiza cada espacio y cada acto. La división entre ciudad-estado y ciudad-hogar desaparece, y el fiel se inclina paulatinamente hacia intervenciones totales y verticales sobre la vida del individuo: con la democratización política incipiente, el soberano era el pueblo, y es entonces cuando la máxima de “educar al soberano” es llevada hasta sus últimas consecuencias[19].

Esta era también la idea de los escritores románticos ingleses de mediados del Ochocientos y principios del Novecientos: el pueblo debía ser educado por las elites culturales, aquellas que podían enseñarle el refinamiento del gusto pero sobre todo la moderación en las actitudes, moderación que entre otras cosas, habría de contenerlos a la espera de que la profundización del capitalismo elevara sus niveles de vida (Williams 2001; Hauser 1980; Rodríguez Fernández 2003ª). Esta concepción, claramente reflejada en Wells -con su sociedad científico-aristocrática- y después profundizada en Huxley y en Orwell- ya como parte de la pesadilla y no del remedio-, tiene su expresión, en los primeros 20 años del siglo XX también en el diseño del entorno vital y de los objetos que lo ocupan:

“El método científico permite afrontar con orden [los] […] problemas y conduce a especificar para cada uno los elementos mínimos funcionales, […] desde el principio los arquitectos modernos rediseñan la gama de objetos móviles que forman el entorno inmediato de la operación de la vida cotidiana […] e identifican algunos modelos típicos que serán ampliamente aceptados a partir de entonces” (Benévolo 1981, p.126).

Benévolo se refiere aquí a los objetos cotidianos de la Bauhaus, la expresión del funcionalismo dentro de la arquitectura y el diseño, parte del planteo progresista que compartía con Le Corbusier[20]; también aquí hay un intento de intervención en la conducta privada, que se vuelve austera y, sobre todo, definida a partir de la tarea que se espera que cumplan, no sólo los objetos, sino también los sujetos que los usan. Es el mismo aroma de la sociología fabiana[21], tan dada a los técnicos de la conducta y la reforma, que con sus instituciones de trabajo social y su maquinaria propagandística intentan preparar al individuo para una “participación social normalizada”, o sea ajustada a la función (Taylor, Walton y Young 1988, p.28 y sgtes.).

Si es cierto que el funcionalismo -quintaesencia del control social vertical- como cuerpo teórico específico nació con Talcott Parsons en Estados Unidos, no es menos notable el hecho de que las ideas de control del detalle cotidiano y de caracterización por la función -intrínsecas a esa teoría- estaban presentes en la ciencia de policía, reaparecen en la criminología fabiana y se mantienen allí hasta mediados del posterior. Ellas son parte de un mismo aliento que, como el propio Parsons reconociera en su primera obra (1968) al declararse tributario de las ideas de Durkheim y Weber, formaban parte de la reflexión europea.

Diversidad vs. uniformidad y control: la máquina de hacer réplicas

Instalados en el siglo XX, el momento en el cual el control descansa sobre la ciudad del racionalismo cuadriculado[22], dividida y segregada, sobre la unidad de habitación uniforme y las vidas hechas régimen, con horarios y espacios establecidos[23], cabe preguntarse cuál es la clave que hermana todos estos elementos: la respuesta es la máquina. Le Corbusier había definido su aparición como “el acontecimiento capital de la historia humana”; a ella

“podemos permitir[nos] asignarle un papel de condicionamiento de la mente, papel tan decisivo y mucho más importante que el que desempeñaron en todas las épocas las hegemonías guerreras, que llegaron a sustituir una raza por otra. La máquina no opone una raza a otra, opone un mundo nuevo a un mundo antiguo, dentro de la unanimidad de todas las razas” (Le Corbusier, cit. en Choay 1983, p.287).

La máquina crearía un nuevo hombre, más allá de las razas y de la historia, un hombre condicionado y dominado[24]. La cita es ilustrativa, pero tal vez no nos permita salir de un -evitable- primer engaño: la clave no está en la máquina como realidad física -cuya existencia data de fines del siglo XVI- sino en su utilización como metáfora de la vida social, en la idea de que la sociedad toda es un enorme mecanismo con una boca de entrada y otra de salida, con piezas que tienen una función predeterminada e inmutable (Sennett 2001, p.138 y sgtes.); en fin, la dominación de la máquina sobre el hombre, pero no en sentido literal sino simbólico. La propuesta funcionalista no es disciplinar al hombre por medio de la máquina, sino convencerlo de que su medio es una máquina enorme de la que él es una pieza con una función, y que por consiguiente está obligado a cumplirla, o será reemplazado. No otra cosa es, en el fondo, la nueva encarnadura del ideal meritocrático, ahora meritocrático-funcionalista: el hombre es función o desecho.

La metáfora tecnológica, que se apropia de los espacios sociales y los define como parte de un todo aconflictivo, arriba al siglo XX después de un largo camino; según Sennett (2001, p.143) inicia su elaboración con Haussmann, con su intención reguladora y ordenadora[25]; el Prefecto fue probablemente el que más claramente comenzó a entender la ciudad como un todo, sobreimprimiendo los caracteres de su ciudad ideal sobre la ciudad real que encontró. Pese a que él mismo participaba de una lectura biologicista del espacio, dejó sentadas las bases de una herencia fundamental para la matriz tecnológica: en adelante, las reformas que habrían de planearse pensarían la ciudad como una totalidad, a despecho de las particularidades de los barrios que habrían de afectarse, despreciando también los perjuicios comparativos de los habitantes de esos barrios; si las modificaciones respondían a un beneficio total -el de la ciudad como ente abstracto- también la división en sectores respondería a ese mismo criterio unitario: el del control del todo sobre las partes.

Cuando sesenta años después de la reforma de París la producción en serie mostraba la capacidad de la máquina para transformar el mundo y satisfacer necesidades, aquella concepción integral derivada de la metáfora biológica[26] cambia a una tecnológica, con lo que, de paso, se divorcia de toda vinculación con la naturaleza y adquiere una dimensión absolutamente etnocéntrica: la máquina es un todo ideado y construido por un hombre distinto, superior -acaso el invocado por el urbanista suizo-, en el que cada pieza se ensambla con la restante de forma acrítica y ahistórica. En esta nueva concepción

“La metáfora de la planificación… es una expresión de la tecnología según la cual se construyen las máquinas modernas. Las piezas de las máquinas son diferentes, indudablemente, pero estas diferencias existen para crear una sola función; todo conflicto entre las piezas […] anularía el propósito de la máquina. […]Al planear ciudades según el modelo de la máquina, el urbanista trata de integrar estas necesidades de una forma trascendente, y a todos los efectos de esta integración el conflicto y el dolor entre las piezas de la ciudad humana son considerados dañinos, cualidades en suma que han de ser eliminadas. […] La experiencia real e inmediata del hombre, en toda su posible libertad y diversidad, es considerada menos importante que la creación de una comunidad libre de conflicto” (Sennett 2001, p.151).

El hombre, la “pieza” de la ciudad-máquina es visto desde la función que cumple en el conjunto, y aún sus propias necesidades son codificadas bajo principios que se suponen racionales y universales, o sea, reducidas también a una función universal[27]. El desprecio de la experiencia, de lo vivencial, de lo que sucede cara a cara, es a la vez el presupuesto de esta concepción y la razón de su ruina; presupuesto porque en esta idea de planificación funcional el planificador desprecia el hecho de que cada pieza pueda tener una experiencia propia distinta de la del conjunto; la razón de su ruina porque el haber dado la espalda a diversidad de la experiencia humana es lo que hace que ésta, a la postre, se le muestre mucho más indomable de lo que había supuesto. Pensar al hombre a la vez como producto y como insumo de la máquina social, prefijando roles e intentando prever su desempeño en ellos implica desconocer la condición que lo diferencia substancialmente de los animales: su capacidad de cambiar, de evolucionar desde su naturaleza, de ser de futuro y no de presentes inmutabilidades.

Era contra esta idea de instrumentalización del hombre que se había levantado Morris y contra la que se levantaban Huxley y aún más fundamentalmente Orwell, y no contra las posibilidades de utilizar la tecnología al servicio del hombre [28].La máquina podía ser usada para liberar al hombre, no para esclavizarlo[29]. Tanto en la utopía wellsiana (en clave de modelo) como en las distopías que tratamos (en clave de objeto de crítica), la metáfora tecnológica está siempre presente: la organización analítica del espacio, las viviendas idénticas y efímeras y los gestos repetitivos son el método por el cuál el hombre se vuelve homogéneo, por el que el orden heterónomo “transforma” al sujeto no en individuo ni en ciudadano, sino en engranaje, en parte funcionalizada. Es la metáfora que ya comenzaba con Bentham: “Los hombres se acomodan naturalmente a su situación, y una sumisión forzada produce poco a poco obediencias maquinales” (cit. en Fraile 1990, p.13); Orwell, como sujeto interesado en las cuestiones del control y del castigo, como lector de bibliografía sobre los problemas de ley y orden (Orwell 1968-III, p.174), como visitante de centros penitenciarios benthaminianos, intenta que su personaje utilice y subvierta la idea del filósofo de mediados del siglo XIX:

“Si se observaban las pequeñas reglas se podían infringir las grandes” (Orwell 1997, p.133).

Es el intento de engañar al poder disciplinario utilizando su propia máxima: si se cumplen las reglas de la costumbre, de lo cotidiano, de los pequeños gestos, es posible llevar una vida de libertad interna y luchar por derribar al sistema opresor. Pero su subversión llega a poco, porque el orden de 1984 va más allá de Bentham:

“No nos contentamos con una obediencia negativa, ni siquiera con la sumisión más abyecta. Cuando por fin te rindas a nosotros, tendrá que impulsarte a ello tu libre voluntad. No destruimos a los herejes… Los convertimos, captamos su mente, los reformamos. Al hereje político le quitamos todo el mal y todas las ilusiones engañosas que lleva dentro; lo traemos a nuestro lado, no en apariencia, sino verdaderamente, en cuerpo y alma” (Orwell 1997, p. 249).

Convertir, reformar, poner y quitar, traer… la última de las distopías, y la más cercana a nosotros en el tiempo muestra un control que, desde la metáfora de la máquina, cosifica, objetiva al hombre y lo hace sujeto pasivo de la actuación externa, modificando tanto el cuerpo como el alma. Orwell va más allá de Bentham: augura más que obediencias repetitivas, augura mentes disciplinadas.

La trama ortogonal, la línea recta, las unidades habitación como espacio accidental, y finalmente, la uniformidad de una vida estructurada son notas definitorias del modelo que aquí hemos ejemplificado con Le Corbusier, sobre todo porque fue quién expresó con mayor desnudez la idea de la uniformidad espacial como productora de disciplina, pero debe quedar claro que, como modelo social, el sistema lo excede. Si en los planteos del progresismo es obvio el interés de favorecer el extrañamiento del hombre respecto de su espacio, ello es parte de un esquema general: un hombre que no está arraigado -por que no tiene un espacio de origen integrado a su historia y que sienta como expresión de su ser-, y que tampoco puede “hacer suyo” el espacio que habita -porque no puede definirlo con sus notas personales, con las características diferenciales que lo connotan en el universo de lo exclusivo- es susceptible de ser tratado, con mayor facilidad, como un ente, como un rol, y no como una personalidad[30].

Richard Sennett ha dicho que, al menos en los países anglosajones, “la aplicación de la cuadrícula constituye el primer signo de una forma moderna de represión muy característica que consiste en negar el valor de los demás y la peculiaridad de cada lugar mediante la construcción de la neutralidad” (cit. en Capel 2002, p.196). De la misma forma que la obediencia maquinal produce conductas disciplinadas (Bentham), la uniformidad del entorno físico y social favorece la uniformidad de las conciencias -porque la imposibilidad de comparar ocluye la capacidad crítica-: de la suma de disciplina automatizada e inconsciencia de la propia especificidad, de la diferencia entre ser un rol y ser un individuo, resulta una sociedad disciplinar.

La metáfora de la máquina introduce también un criterio evaluativo respecto de lo social: la eficiencia (Choay 1982, p. 43) en el cumplimiento de la función; quien no es capaz de disciplinarse para la eficacia es declarado desviado, puesto aparte y tratado; si aún así no responde a las expectativas de rol, es desechado del conjunto, y remitido a la isla de Huxley o al lugar de nopersona de Orwell[31]. Ser homogéneo es la condición para pertenecer en las distopías de control, y la ciudad-estado distópica por consiguiente, es definida como una máquina de crear homogeneidades.

Sueños, pesadillas y su escenario: la ciudad como sede de lo imaginado

Londres, la ciudad ajardinada -no la “ciudad jardín”- fue el espacio vital de los cuatro autores que hemos mencionado: eran viajeros, habían vivido alternativamente en otras ciudades -Huxley y Orwell en París-, pero sin embargo, su ciudad era la capital del Reino Unido. Con sus desastres naturales, sus revueltas y sus bombardeos conservó, sin embargo, a lo largo de los años esa cualidad de ciudad de líneas curvas, ajardinada, en la que se mezclaban espacios verdes con importantes moles de ladrillo, en algunos casos ennegrecidos por el hollín del progreso.

Ciudad de revueltas, de inmigrantes, de diversidad, con una personalidad que se refleja también en las formas, y con una historia de resistencia local frente al poder central, asume su crecimiento orgánico y desordenado, y aún cuando tuvo ocasión de planificarse casi como si fuera de planta nueva, lo hace siempre acercándose al modelo culturalista[32]. A la característica superpoblación londinense se opone gradualmente una intensiva política paisajista, que abre parques públicos, entre otras cosas, como estrategia para “racionalizar el esparcimiento”[33], y agregar una herramienta de control de las masas, que empezaban a alarmar a la burguesía ciudadana. Pero la apertura de parques iba a quedar como una medida simplemente estética cuando entre 1850 y 1914 la población pasó de 2,4 millones a 7,3, en una nueva aceleración del ciclo de migración campo-ciudad. Fue entonces cuando el Estado decidió intervenir en la construcción de viviendas en parte para solucionar el problema y en parte como “póliza de seguros” (Hall 1996, p.79) contra el advenimiento del bolcheviquismo.

Es la respuesta a la alarma social y a las causas más profundas que le dieron origen lo que diferencia a los cuatro autores cuyas obras de ficción hemos utilizado: a fines del siglo XIX, los dos primeros -Morris y Wells- formulan proyectos socio-políticos; en la primera mitad del XX, los dos segundos -Huxley y Orwell- temen los efectos de esos proyectos en el aquí y ahora. Wells y Huxley hablando de la tecnología; Morris y Orwell, de la estructura política, explican el espacio que se ocupa, el lugar donde se vive como un continuo de la sociedad descripta. Morris sueña como Howard, con la continuidad de la tradición inglesa de relación entre la naturaleza y el hombre: el “… clima mental de este modelo es tranquilizador, cómodo y estimulante a la vez; favorable a la intensidad de las relaciones interpersonales … en el sentido vitalista que le dan Ruskin y Morris” (Choay 1983, p.57). Huxley y Orwell en cambio ven un futuro donde esa tradición se rompe, donde aquel clima mental comenzaba a ser reemplazado por el del modelo progresista, en el que “la ruptura con el pasado se asume de manera agresiva; los nuevos valores -mecanización, estandarización, rigor, geometrismo- quedan afirmados en un estilo de vanguardia y se exponen al público cuya adhesión se trata de ganar a través de una impresión de futurismo. […] las aglomeraciones del urbanismo progresista son lugares de coacción.” (Choay 1983, p.52). En la transición entre el sueño de Morris y la pesadilla de los distópicos se encuentra Wells, admirador de ese nuevo mundo, creyente secularizado en la coacción benéfica de un Estado Único.

En los años clave -1870/1920-, la superposición segregación vertical y horizontal en un espacio relativamente pequeño, y su combinación con la tendencia al crecimiento orgánico, mantuvieron a la ciudad de Londres parcialmente al margen de los grandes proyectos de ordenación racionalista, a la vez que motivaron las intervenciones para mejorar las condiciones de habitación de los grupos más desfavorecidos de la sociedad: si la burguesía se preocupó por mejorar la vida de los obreros fue porque convivía con su miseria. Por otra parte, la tradicional resistencia del poder local a las grandes medidas de los gobiernos centrales impuso una dinámica de negociación entre aquellos para quienes las condiciones sanitarias y sociales de la ciudad eran una experiencia vívida y los que se sentaban a diseñar cambios en la geografía ciudadana; los movimientos sociales y cooperativos, ya fuera como fuerzas de presión, ya fuera como núcleos autogestivos, intervenían en lo planificado y en lo realizado. Planificar y llevar a cabo, en la Ciudad de la Bruma de principios del siglo XX, suponía para el Consejo de Londres, atender a una diversidad de intereses, representados por otros tantos grupos de presión (Larkham, 1992).

Pero el problema de la densidad poblacional y de la falta de vivienda no había sido resuelto por las realizaciones del Consejo de Londres, de Unwin y aún del propio Howard, y hacia 1920 es el gobierno central, el del Reino Unido, el que decide intervenir; la descentralización no sólo espacial sino también política que se había propuesto con las “ciudades jardín” comienza a transformarse en un proyecto de ciudades-dormitorio para obreros, espacios donde los habitantes vivirían apartados del sistema de decisiones. Era una época en la que crecía, además, el miedo al advenimiento de las dictaduras; si entre 1900 y 1935 las clases medias y altas temían la del proletariado, desde 1930 el fascismo comienza a postularse para el mismo puesto en el imaginario de quienes tomaban las decisiones (y de quienes escribían sobre ellas). Para Huxley, que había visto las distintas experiencias norteamericanas con las fórmulas progresistas y probablemente había escuchado el canto de sirenas de Park y Burgess, la pesadilla estaba al alcance de la mano ya en los años 30 del siglo XX. La aparición en escena de los poderes fuertes que necesitaba para imponerse el urbanismo progresista fue una realidad en la Europa posterior a la primera guerra; en Inglaterra la justificación del discurso y del poder único había comenzado y se profundizó después de la II Guerra; en ese marco el proyecto de reconstrucción de Londres de Abercrombie[34] podía ser visto como una profundización de la tendencia (ya tradicional) de segregar horizontalmente, pero además ahora con un componente político distinto: el de la segregación funcional a partir de criterios de clasificación únicos. Para Orwell, que después de la segunda guerra ve la morfología de Howard sumada a la política centralista del laborismo fabiano desplazarse hacia los suburbios y construir bloques de pisos en el East End, mientras advierte que los que se postulan como alternativa son los arquitectos del MARS -con sus bloques de pisos densísimos y alienantes-, el futuro tampoco parecía una promesa. El temor a la centralización política hizo posible decodificar una iniciativa de raíz culturalista (la de Abercrombie) como el despunte de un acercamiento al urbanismo progresista[35]. Orwell puede haber visto en la infidelidad a Howard el inicio de un giro hacia Le Corbusier.

Si fue así, cumplió a la perfección con su vena utópica, al menos según la caracterización que de ésta ha hecho la misma sociología del control que junto con Huxley criticaba. Talcott Parsons, uno de los teóricos fundantes del estructural funcionalismo -esa lectura de la sociedad basada en el análisis de roles-, incluye dentro del conjunto de desviados a los utópicos. Sin embargo, los clasifica dentro de los que es posible re- integrar a la sociedad en que viven; su

“conexión con símbolos firmemente establecidos de la tradición cultural [les hace posible] … hasta cierto punto ‘estar en misa y repicando’. La pauta básica [de su comportamiento] consiste en ‘hacer quedar en mal lugar’ a los valores establecidos y personas-status con respecto a lo que se entiende es el sistema de valores que ellos mismos suscriben. … La persona desviada utópica derivará casi siempre una profunda autojustificación de la pregunta ‘¿quiere usted realmente decir eso?’ con referencia a la obligación de ajustarse a una pauta ideal. Tal persona se sitúa a si misma bajo una luz muy favorable al decir o implicar ‘usted no hace más que aparentar cumplir este ideal, pero yo le demostraré que voy a obrar de verdad con arreglo a él’. Cabe suponer que este es uno de los puntos en que el tipo moderno de sociedad liberal-individualista es más vulnerable a una quiebra de su sistema de control social. En tal sociedad parece importante el encauzamiento por canales alternativos de los elementos motivacionales desviados” (Parsons 1999, p.282).

El inicio de la cita nos muestra el punto común de utópicos y distópicos: compartían algunos de los ideales enunciados en la sociedad en la que vivían, pero la acusaban de hipócrita; eran elementos incómodos, no tanto porque propusieran otros valores, sino porque esperaban un apego consecuente a los teóricamente vigentes, y en el campo de la praxis. El final nos muestra qué es lo que una sociedad liberal-funcionalista tiene que hacer con ellos: considerarlos “elementos” propios, pero justamente por su peligrosidad, encauzarlos. El rencor parsoniano en la descripción de los utópicos -aplicable por lo demás a los distópicos- indica el dolor que ellos significan para su sociedad: en su acusación de traición a los valores humanos, traicionan el pacto implícito de silencio que han adoptado los -meros- portadores del rol.

Si los utópicos acusaban desde la proposición de un contramodelo a la sociedad en la que vivían, ofreciendo un nuevo ámbito para la discusión de lo posible (Luminato 1994, p.36/37), los distópicos dirigían sus cargas de profundidad directamente hacia esa sociedad pero a través del expediente de mostrarla tal como sería en un futuro próximo si aquellos rasgos que les parecían más relevantes continuaban profundizándose. Su sueño distópico está vestido de negro y es por eso que nos hemos centrado en las dos distopías para hacer inteligible una explicación posible para la inscripción de la ciudad en el lado oscuro.

Notas

[1] El vínculo entre lo escrito y la ciudad parece consustancial: los primeros vestigios de escritura (de protoescritura, en realidad) son fechados 4000 años a.C., con la aparición de dos tablitas de arcilla en Siria; es el momento del paso desde la economía transhumante a la sedentaria, el nacimiento también de las ciudades (Manguel 1999, p.236; Rodríguez Fernández 2003b, p.1).

[2] Piénsese por ejemplo en un lector latinoamericano de edad intermedia, en comparación con un lector estadounidense de la misma edad: lo que al primero puede parecerle ficción en materia de avances tecnológicos puede que al segundo le parezca una aplicación posible de la informática; lo que a este último seguramente le sugerirá un desarrollo imaginativo de una escena de sadismo, al otro puede conmoverle el recuerdo de una experiencia propia de tortura.

[3] Tomamos conceptualmente la matriz de análisis de Choay (1983) cuando propone dividir la tradición del urbanismo en progresistas y culturalistas; al combinarla con el uso del concepto “segregación” que hemos tomado entre otros de Fraile (1990/1997) y refiriéndola al ámbito concreto de Londres –ciudad respecto de la que tenemos un reflejo culturalmente condicionado de comparar con Paris- , nos ha parecido claro que como exponentes de cada uno de los modelos podemos tomar a Le Corbusier y a Howard, respectivamente. En el ámbito de la sociología del control creemos que resulta útil pensar como modelos antitéticos al estructural funcionalismo de Talcott Parsons y al interaccionismo simbólico que estaba esbozado en Alfred Schutz.

[4] Puede tratarse de una definición por clases, como solía ocurrir en el siglo XIX, o por tareas, como en la época de la ciudad Tudor, donde los barrios se conocían por el oficio de quienes los habitaban -fenómeno por otra parte bastante frecuente en Europa: en Lisboa las calles del centro aún conservan la denominación gremial, y en la propia Barcelona quedan rastros de ella-; otra posibilidad es la división por origen étnico o nacional, lo que ha dado lugar en las grandes ciudades norteamericanas a los ghettos, y que empieza a reeditarse ahora en algunas ciudades europeas; esta última, tan útil para el control como la otra, parece responder menos en un primer análisis, a una funcionalización por roles, aunque con una segunda mirada se advierte que, al menos en los fenómenos que nos son contemporáneos, los espacios segregados de los inmigrantes sin papeles podrían también entenderse de acuerdo a su pertenencia a otra categoría funcional de las economías opulentas: el ser el sostén de la economía sumergida, paralela, que alimenta a la otra.

[5] “Si un miembro del Partido exterior es encontrado en las calles de un barrio privilegiado necesita una buena excusa para estar ahí; si se lo sorprende callejeando en una zona prole las patrullas inquieren ¿Quieres enseñarme la documentación camarada? ¿Qué haces por aquí? ¿A qué hora saliste del trabajo? ¿Tienes la costumbre de tomar este camino para ir a tu casa?, y así sucesivamente. No es que hubiera una disposición especial prohibiendo regresar a casa por un camino insólito, mas era lo suficiente para hacerse notar si la Policía del Pensamiento lo descubría” (Orwell 1997, p.89).

[6] Sennett, con un esquema de análisis parcialmente coincidente con el nuestro, pero aplicado a la clase media norteamericana de los tardíos 60’, atribuye el sostenimiento de los prejuicios sobre el otro a un aferrarse adolescente a las condiciones de la propia identidad, ampliando el mito de la identidad a la familia -definiéndola como la suma de individuos idénticos- y de allí a la pequeña comunidad barrial; en este marco el rechazo al diferente es un mecanismo de autodefensa de un yo inmaduro -o de un “nosotros” endeble- que evita asumir el caracter conflictivo de la vida social (2001, p.54 y sgtes). Como solución propone ciudades de alta densidad pero sin ningún tipo de planificación urbana; en su tesis, esto aumentaría los conflictos hasta obligar a los habitantes a enfrentarlos para sobrevivir, lo que daría lugar a sujetos maduros, capaces de aceptar la diferencia y convivir con ella (2001,p.210 y sgtes.). El planteo no deja de parecerse bastante a las utopías rousseaunianas de vuelta al estado de naturaleza, aún cuando este estado de naturaleza se parece más al de Hobbes que al del iluminista ginebrino. Discrepamos de la solución, como de un punto central en el diagnóstico: la familia y la pequeña comunidad no necesariamente funcionan con el mito de la unicidad como mediador, sino que también pueden ser un muestreo de diferencias, y así colaborar a la madurez con que Sennett -y nosotros- esperamos poder ser capaces de enfrentar contactos conflictivos cara a cara.

[7] Las “ciudades jardín” de Le Corbusier son fundamentalmente distintas de las de Howard: edificios sostenidos sobre pilotes, de innumerables pisos, divididos funcionalmente e idénticos. Véase en The city of to-morrow and his planning (1929), traducción inglesa de Urbanisme, el capítulo dedicado a la polémica entre ciudad jardín vertical y horizontal, y la justificación de la elección lecorbusiana.

[8] “La ciudad en si, con su población dedicada a actividades, vocaciones y profesiones diferentes … como en todos los aspectos del experimento, aparece claro que el área de los derechos no queda contraída, sino ampliada el área de elección” (Howard 1972, p.141).

[9] Ideado por Arturo Soria y Mata y construído por la Compañía Madrileña de Urbanización a fines del siglo XIX y principios del XX (Capel 2002, p.346).

[10] Otra vez Orwell como testigo de ese sueño: en The road to Wigan Pier, que fue publicado en 1937, pero que había sido escrito dos años antes como parte de su experiencia entre los mineros despedidos de Wigan, había dicho “La solución más sencilla son los pisos. Si la gente tiene que vivir en grandes ciudades deben aprender a vivir uno encima de otro. Pero a los trabajadores del norte no es gusta; incluso cuando hablan de pisos les llaman con desprecio “habitaciones”. Casi todo el mundo le dirá que quiere su “casa”, les parece que una casa en medio de un conjunto de edificaciones de cien yardas de longitud es mas suya que un piso aireado” (cit. en Hall 1996, p.215).

[11] En 1984 hay más que crítica: los elementos sin función, los adornos y las antigüedades son objetos de cuya tenencia puede derivarse un castigo: “Era el coral doblemente atractivo por su aparente inutilidad […] Pesaba mucho, pero afortunadamente, no le abultaba demasiado en el bolsillo. Para un miembro del Partido era comprometedor llevar una cosa como aquella. Todo lo antiguo, y mucho más lo que tuviera alguna belleza, resultaba vagamente sospechoso.” (Orwell 1997, pág. 100).

[12] La traducción que mostramos está tomada de la edición inglesa que citamos en la bibliografía, y ha corrido a nuestro cargo. En ella, como en ka que parece ser la misma cita en Hall (1996, p. 221), la palabra utilizada para traducir “cell” es celda, que creemos se ajusta mejor a la idea de lugar habitado. En la versión castellana del texto de Choay (1983, p. 288/289) la redacción es algo distinta, más suave (utiliza la palabra “célula” en vez de celda, por ejemplo).

[13] Idea que estaba también en la utopía wellsiana que tratamos.

[14] En el sentido que le daba Heidegger al verbo: “Habitar es el rasgo fundamental del ser (sein) de acuerdo con el cual los mortales son.” (cit. en Choay 1983, p.537/538).

[15] En la teoría de Alfred Schutz las relaciones cara a cara son aquellas en que el individuo actúa desde su propia estructura de significados, pero intentando atrapar la estructura de significados del otro, para entenderse desde la mutua comprensión; son relaciones de tu a tu, donde las características, pensamientos y sentimientos del otro, así como sus reacciones, son el núcleo de atención del individuo. En una sociedad con dosis de libertad importantes los significados sociales se crean a partir de la suma de interacciones tu a tu o cara a cara; en una sociedad funcionalizada, en cambio, los significados se crean desde relaciones de rol a rol, a partir de estereotipos sobre el comportamiento ajeno, estereotipos que, técnicamente, Schutz denomina “tipos habituales personales”. Las relaciones que Winston intenta con Julia, con O’Brien o con el propio dueño de la habitación que alquila son de “tu a tu”; las relaciones del hogar se caracterizan también por pertenecer a ese orden.

[16] La notación de textos de Orwell precedida de un asterisco implica que se está citando un párrafo de 1984.

[17] Como describe Foucault (2002), el origen de las ideas de disciplinamiento cabe encontrarlo entre los muros de las instituciones cerradas; el “mérito” de los Tratadistas a partir de fines del XVII es llevar paulatinamente estos procedimientos hacia el exterior, hacia el espacio social. Nos recuerda Fraile (1997, p.25) que el Tratadista francés Delamare compiló los reglamentos de los hospitales, las casas de acogida y las cárceles como base para su obra, ejemplo que respetaron varios de sus continuadores; sobre la experiencia llevada adelante en esos espacios acotados, se diseñó una estrategia más general, aplicable también a aquellos que estaban fuera de las cárceles (Foucault 2002, p.141; Fraile 1997, p.76).

[18] Charles Booth presentó en mayo de 1887 ante la Real Sociedad Estadística lo que Hall (1996, p. 37) define como “la primera encuesta social moderna”. Sobre el trabajo de Booth y su relación con la criminología fabiana puede consultarse a Taylor, Walton y Young (1988); con una relación más estrecha con el objeto de este trabajo, Rodríguez Fernández (2003b, p. 20). En Inglaterra Coquhoun (1745-1820) fue uno de los Tratadistas más influyentes; al igual que Delamare, compartió la pluma con la función pública.

[19] Ya Delamare había fundado su análisis en la continuidad entre el espacio del poder político y el espacio social: “El amor de la sociedad que los hombres tienen desde su nacimiento y los socorros mutuos que continuamente necesitan llevaron a los primeros habitantes de la tierra a […] unir varias familias. Fue así como sus cabañas […] formaron inicialmente aldeas y pueblos. Las ciudades nacieron a continuación del progreso de esos débiles principios, y por fin, de la unión de varias ciudades se formaron los grandes Estados” (cit. en Fraile 1997, p.22); por eso, para su Tratado había buscado en la historia detalles de la vida cotidiana de griegos, etruscos o egipcios, “… las prácticas de diferentes culturas para sacar conclusiones respecto a las diversas maneras de abordar determinados problemas prácticos, que pueden ir desde la observancia de las buenas costumbres hasta el almacenamiento de víveres para el aprovisionamiento de la ciudad.”(Fraile 1997, p.16). Aquí estaba la semilla de la aceptación de lo cotidiano, lo del hogar, como aquello que se estudia como campo fértil para el buen gobierno. Sobre este campo, en el siglo XIX, se centrarían las intervenciones del poder público.

[20] Así, el propio suizo: “Las palabras ‘armas y bagajes’ expresarán muy bien la clase -el ‘tipo’- de mobiliario necesario. Viviendas estandarizadas con mobiliario estandarizado”(Le Corbusier, 1929, p.243).

[21] Los fabianos, como grupo que mezclaba la actuación política con la reflexión sociológica, diseñaron un discurso que en lo académico estaba ligado a las corrientes positivistas-racionalistas para las que ciencia era igual a método, y dentro del método, el modelo era el de las ciencias naturales. Coherentes con este punto de vista epistemológico, entendían que el medio condicionaba la conducta, y por lo tanto pidieron una modificación fundamental del medio en el que vivían los pobres de Londres: un plan de viviendas. Tuvieron éxito: su discurso sociológico impulsó la reforma urbanística de Londres entre 1890 y 1900 (Hall 1996:39,59/60), y su influencia fue decisiva en las decisiones del Consejo del Condado de Londres sobre la materia. Sobre la criminología fabiana puede consultarse la obra de Taylor, Walton y Young (1988, p.24).

[22] La morfología de la ciudad no es un elemento menor a la hora de establecer estrategias de control. Así como la apertura de las diagonales en el París de Haussmann o sus hermanas menores de Londres, Shaftesbury y Charing Cross (Hall 1996, p.32; Rodríguez Fernández 2003b, p. 48) contribuyeron a dar visibilidad a zonas de casas abigarradas en las que se escurrían los revoltosos de la Ciudad Luz en 1848 y los de la Ciudad de la Bruma cuarenta años mas tarde, el diseño reticular del plano social favorece de la misma forma el control (Montezanti 2000, p.170). Las calles rectas permiten ver hasta el final lo que ocurre a lo largo de todo su trazado, en cambio las calles circulares acotan la visibilidad, y con ello las posibilidades de control.

[23] Como en la Unión Soviética de la década 20-30, donde se proyectaron ciudades satélite en el campo en las que se construirían gigantescos bloques de pisos con servicios colectivos: en una de sus versiones “la vida colectiva estaba regulada al minuto, desde el momento de despertar a las 6 de la mañana hasta el momento de ir a la mina a las 7.” Hall atribuye este y otros proyectos a la influencia de Le Corbusier , que según el autor habría cesado en 1931 (1996, p.222).

[24] Ver ut supra, el elogio de Le Corbusier a Napoleón y los luises, y el motivo de tal elogio: la capacidad de las medidas urbanísticas oportunas de dominar a “la masa”.

[25] Buena parte de las ideas que Haussmann llevó a la práctica ya estaban presentes en los Tratadistas, sobre todo en lo que se refiere a segregar horizontalmente ciertas actividades y a ordenar el espacio ciudadano; por lo demás, el esquema de pensamiento conforme el cuál el entorno modifica al individuo, que Sennett también le atribuye, ya estaba presente en Delamare y sus seguidores.

[26] Haussmann provenía de la tradición de los higienistas -al igual que muchos tratadistas-, y estos a su vez eran parte del movimiento positivista, que a caballo de los avances científicos en las ciencias naturales, piensan lo social evocando el modelo del cuerpo humano -de hecho gran parte eran médicos-. El funcionalismo, en sus orígenes durkheminianos, comparte la metáfora biologicista, que es abandonada por Parsons, y reemplazada por un organicismo específicamente social, más afín también a la evocación tecnológica.

[27] Sobre la definición universal de las “funciones humanas” puede consultarse el texto de Choay (1983, p.286) o el de Benévolo (1982, p.121).

[28] Era también lo que pensaba Howard: “Aquel día que la gente de este país, y la de todos los países, puedan comprender, por la experiencia práctica, que las máquinas pueden ser utilizadas a gran escala para crear puestos de trabajo y no sólo para suprimirlos, para emplazar la actividad y no para desplazarla, para liberar al hombre y no para esclavizarlo, será un día feliz” (Howard 1972, p.155).

[29] Tanto Morris como Orwell eran conscientes de la utilidad de la máquina; la postura del segundo queda resumida en estas palabras: “… toda la gente sensible siente disgusto ante el industrialismo y sus consecuencias, y aún así tienen presente que la derrota de la pobreza y la emancipación de la clase trabajadora demanda no menos industrialización, sino más y más.” (Orwell 1968-IV, p.411).

[30] Por eso Winston Smith, el rebelde de Orwell, necesita personalizar el espacio en el que trasgrede: la habitación que alquila y donde comparte intimidad con Julia. Allí lleva objetos propios, antiguos, como un pisapapeles de cristal con un coral dentro, cuya antigüedad también da cuenta de otra trasgresión: la del interés por el pasado (Orwell 1997, p.140). Se describe así las sensaciones del protagonista: “Tenía Winston la sensación de que podría penetrar en ese mundo cerrado, que ya estaba dentro de él con la cama de caoba y la mesa rota y el reloj y el grabado e incluso con el mismo pisapapeles. Si, el pisapapeles era la habitación en que se hallaba Winston, y el coral era la vida de Julia y la suya clavadas eternamente en el corazón del cristal” (1997, p.149).

[31] Los disidentes de la novela de Orwell no sólo desaparecen físicamente: son borrados de todo tipo de registro escrito o gráfico (libros, revistas, fotos, etc.). La expresión que usamos aquí es la que han escogido los traductores de Orwell para designar ese concepto.

[32] La segregación horizontal combinada con la vertical dio lugar a una ciudad con periferias burguesas y periferias obreras, barrios céntricos con pequeños palacetes y barrios obreros de hacinamiento en los sótanos. De allí la preocupación higienista “… por la mejora de las condiciones de salubridad de la ciudad,… [que] pondría el énfasis en la importancia de los jardines y de los parques urbanos. Las ciudades se habían convertido en espacios malsanos, y a finales de siglo [XIX] la tuberculosis, en especial, constituía un temido azote. Las masas forestales fueron valoradas como un factor fundamental para el mantenimiento de condiciones saludables en las ciudades, y en particular, para evitar el aire contaminado de hollín y sustancias industriales -el aire del soot en las ciudades británicas-.” (Capel 2002, p.342).

[33] Capel (2002, p.299) dice: “En la década de 1830 y 1840, cuando aparecen problemas de orden social y salud pública en Gran Bretaña tras la primera fase de la Revolución industrial, la “national recreation”, el ocio racionalmente canalizado y la ‘diversión regulada’, se convirtió en una cuestión importante en el proceso de regeneración social y salud pública”.

[34] El plan incluía la reubicación de las personas cuyas casas habían sido destruidas por el Blitz de forma tal que solamente un 12.5% quedaría dentro del casco urbano. El resto serían repartidas fuera del cinturón verde fijado en 1938; aproximadamente un 63% serían ubicadas entre las ocho nuevas ciudades satélite a construir y las ya existentes en el primer círculo -a 20/ 35 millas del centro de Londres-; otro 15% en un segundo círculo y finalmente, en un tercero se ubicaría al 10% restante. Entre cada ciudad habría además espacios verdes, y no se permitiría que superaran los 60.000 habitantes (Hall 1996, p.179).

[35]Hasta qué punto el proyecto de Abercrombie se había mantenido fiel o no a las ideas de Howard es algo que no parece simple de determinar. Osborn, un discípulo de Howard que ya antes había dejado de lado el aspecto cooperativo de la ciudad jardín, se opondría a la segunda desnaturalización que el proyecto significaba: éste no descentralizaba ni bajaba drásticamente la densidad (Hall 1996, p.178); por lo demás, y aún cuando fuera por imperativos prácticos, construiría bloques de 10 pisos en el centro de Londres. Años después de que el proyecto viera la luz recibiría la influencia de los arquitectos lecorbusianos de la Architectural Association School; el gobierno conservador de 1955 se opondría finalmente a la construcción de nuevas ciudades satélite, y comienza mediante el Ministerio de Vivienda la demolición de las viviendas pobres de distintos barrios londinenses, que serían reemplazadas por bloques de más de 15 pisos, cuyos constructores recibían una subvención más alta que la de aquellos que planificaban la construcción de casas unifamiliares. El gobierno central, solo cinco años después de la muerte de Orwell, transformaba sus temores en una realidad enorme; en 1969 lo hacía también en el que había sido su barrio, Islington (Hall 1996, p.230 y sgtes.).

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