Samir Amin: el control capitalista global y la farsa democrática

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¿Existe la masculinidad?

Los raros:¿Existe la masculinidad?

Rosa Beltrán

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En el Museo d´Orsay, en París, hay una exposición que desasosiega. Se trata de un recorrido por poco más de dos siglos de pintura y escultura donde el hombre es el centro. El hombre desnudo, nada más. El cuerpo masculino sin instrumentos de guerra, ni de caza, sin espadas ni báculos y a veces sin hojas de parra entre las piernas. ¿Qué queda del hombre cuando quitamos esos atributos y lo dejamos literalmente expuesto?
La exposición tiene un título sugerente: “Masculin/Masculin”. La repetición del adjetivo contribuye a obligar al espectador a hacer la búsqueda exhaustiva de ese elemento que ha constituido la forma humana arquetípica. Obliga también a ignorar el otro lado de la ecuación, el opuesto que normalmente la acompaña, su antípoda perfecta y su complemento ideal, según algunas mitologías. Lo femenino no está. No hay mujeres en esta exhibición, aunque lo parezca. Lo que hay son cuerpos provocadores, perfectos a la manera apolínea, típica de la Academia, o cuerpos para el descanso, el martirio o la entrega. En todo caso, cuerpos para ser vistos. Lánguidos, pálidos y frágiles también, como muchos de los cuerpos de mujeres en la historia de la pintura. Cuerpos que seducen a pesar de ellos mismos.
Lo primero que ocurre cuando ingresamos a un ámbito donde lo “masculino” se opone a sí mismo (y no a lo “femenino”) es que uno cae en la cuenta de que el ideal de perfección de la masculinidad —lo mismo que el de la feminidad— obedece a idéntico concepto: el concepto platónico y neoplatónico de belleza. Que la representación del hombre y la mujer desnudos desde la Grecia clásica hasta el XIX es, en cierta forma, la misma. Un cuerpo idealizado que resalta los valores de la integridad, proporción, juventud y desarrollo físico, y los muestra mediante ciertas poses. La representación de Cristo desfalleciente en la cruz o de un San Sebastián atravesado de flechas (alegorías de la entrega y la penetración, respectivamente); de un Niño con gato, obra de Pierre-Auguste Renoir, en la que vemos a un adolescente que observa desnudo y de espaldas al espectador (alegoría de la provocación inocente), por no hablar de los cuadros de Jean Broc (La muerte de Jacinto), donde dos figuras andróginas se recuestan una en la otra antes de caer, o El Sueño de Endimion (Anne-Louis Girodet), en que el héroe yace adormecido, de frente, el brazo doblado por encima de la rizada cabeza obligan a hacernos una pregunta. ¿Dónde quedó la masculinidad aquí?
Por más que Ulises aparezca de perfil, las piernas abiertas, extendiendo un arco que ha disparado la flecha a uno de los pretendientes, la mano que soltó la flecha está semi-cerrada y el meñique levantado: la mano de una bailarina. Y aunque en La escuela de Platón, de Jean Delville, Cristo trate de predicar en túnica, los apóstoles parecen más interesados en seducirlo a través de sus cuerpos expuestos.
Lúdica, provocadora, sorprendente, atroz: la época del Reich, que enaltece el cuerpo atlético en su extrema potencialidad, no puede evitar el afeminamiento de las poses. Y esto tiene una explicación histórica. Después de 1750, la preeminencia del desnudo masculino se debe al canon que impone Johann Joachim Winckelmann, primer curador y preservador de las piezas antiguas del Vaticano. Winckelmann consideraba que “la gracia de las obras de arte concierne principalmente a la figura del hombre”. Y Winckelmann, nos dice Guy Cogeval, comisario y presidente del museo d´Orsay, era homosexual. De modo que su gusto y preferencias por cierto tipo de representación imponen una mirada sobre lo que debe ser expuesto y dónde. Sobre lo que debe ser preservado y considerado de gran valor. Y aunque la racionalización procure guiar los destinos estéticos de la representación, el salto de la palabra a la plástica no cambia mucho la cosa. Para Emmanuel Kant, contemporáneo de Winckelmann, el cuerpo de la mujer (que ya dijimos que no aparece aquí) “nos lleva a la Belleza, mientras que el del hombre nos devuelve a lo Sublime, porque no está –en principio– manchado de codicia. El cuerpo viril encarna la pujanza física lo mismo que la fuerza moral”. Muy bien. Pero ¿cómo se representa ésta última?
Desde el siglo XVIII las identidades se diluyen y los cuerpos viriles se feminizan: Hércules cede su lugar a Adonis y en cuanto a La cólera de Aquiles de Franςois-Léon Bénouville, la cólera se manifiesta sólo en la mirada atónita de un adolescente sentado, lampiño, que al doblar una de las piernas abiertas muestra el sexo.
Lo extraño del siglo XX, según explica esta exhibición, es que en una cultura represiva, protestante y puritana como es la estadounidense, sus fotógrafos y pintores sean quienes abordan el desnudo masculino con mayor atrevimiento y frecuencia. Aunque no es tan extraño, si viene uno a pensar por qué. Desde los años del pop art, la apertura a la libertad y la individualidad se manifiestan en los distintos aspectos de la vida, incluido el cuerpo. Y cuando abordan el tema, lo hacen desde el solaz y el placer, como ese inglés afincado en L.A., David Hockney.
Pero la exhibición no llega al extremo de hacerse la pregunta hecha por la revista Le Figaro del pasado julio: “¿Adónde se fueron los hombres?”, ni a hablar de la supuesta (o real) desaparición de éstos esbozada por la periodista norteamericana Hanna Rosin en su incendiario ensayo: The End of Men, sino a cuestionar la desaparición del hombre dominante, un espécimen en vías de extinción. Se hace otra pregunta también o nos obliga a hacerla: ¿y no es que este otro modelo de hombre siempre estuvo ahí? O peor aún: ¿en qué radica verdaderamente la masculinidad? Sin duda, lo mismo que la feminidad, es una construcción hecha para ciertos fines.
Según Jean-Michel Charbonnier (que exagera), “en la era de lo queer y el transgénero, John Wayne y Rita Hayworth no son más que uno y el mismo, y Jean Gabin y Marlene Dietrich cambian de sexo como de camisa”. Y digo que exagera porque en la historia de la pintura según puede verse en esta exposición no parece tan factible mostrar un “antes” y un “después”. Y porque la idea de poner en perspectiva la representación del cuerpo masculino desnudo, cosa que además de acertadísima podría parecernos de lo más natural, tuvo una serie de dificultades bárbaras en su curaduría. Una exhibición análoga fue hecha en el Leopold Museum de Viena en otoño de 2012 y sin embargo replicarla en otro gran museo fue casi imposible. Según Guy Cogeval, presidente de los museos d´Orsay y de l´Orangerie, cuando oyeron hablar de esta exposición muchos de los museos se centraron en las reacciones negativas del público y prefirieron eludir la cuestión, entre ellos el Museo de Bellas Artes de Montreal. ¡Montreal, ciudad liberal por excelencia! De modo que pensó que seguir proponiéndola en otros museos del mundo sería suicida. Para ilustrar lo que digo, baste con mencionar, a modo de conclusión, que el cartel con que se anunciaba la expo en Viena, una fotografía con retoques de pintura de Pierre et Gilles titulada Vive la France (2006) en la que se representan desnudos tres jugadores de futbol de la selección de Francia no pudo ser usado en la exposición en París ¡París, de entre todas las ciudades liberales la más liberal! porque no la aprobó la censura. Y que con toda seguridad no será la imagen que ilustre este artículo de la Revista de la Universidad de México ¡La UNAM, entre las universidades del país la más liberal y vanguardista! Se preguntarán por qué. Porque dicha pieza muestra a tres jugadores desnudos (salvo por los calcetines y los tennis) y con el pene expuesto. Eso es. Estamos acostumbrados a ver desnudos femeninos hasta el delirio. Cuerpos de hombres desnudos, no. La exposición en el Museo d´Orsay, olvidé decirlo, tiene un letrero que advierte: “algunas de las obras presentadas en la exposición son susceptibles de herir la sensibilidad de los visitantes”. ¿Se imaginó alguna vez el lector que un pene pudiera provocar esto?

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Golpe político a la enseñanza en Uruguay, por Andrés Núñez Leites

Golpe político a la enseñanza en Uruguay

por Andrés Núñez Leites

Aula-De-Enseñanza-Uruguay.

Publicado originalmente en:
http://m.leites.webnode.es/news/golpe-politico-a-la-ensenanza/

Los malos resultados de las pruebas PISA han venido a significar un refuerzo de las posturas cataclísmicas sobre la situación de la enseñanza pública en Uruguay. La tímida crítica del sector gubernamental más izquierdista no a la lógica de dichas pruebas (cuyo modelo de inducción estadística ha sido cuestionado hasta por su propio creador, la también cuestionable transculturalidad de las estructuras problemáticas empleadas, la evaluación de los resultados específicos, etc.) sino al carácter concluyente de sus resultados, no ha logrado opacar mínimamente la sensación de desastre en la educación nacional, que el propio gobierno ha contribuido a construir en su lucha contra los reclamos sindicales; recordará el lector memorioso que en el primer año de gobierno Mujica “saludó” a las maestras diciéndoles “Trabajen”. El sector más derechista del propio gobierno ha remarcado la noción de desbalance entre el “enorme esfuerzo presupuestal de la sociedad uruguaya” en la enseñanza y los malos resultados. Para empezar la premisa del razonamiento es falsa, ya que si bien ha habido un innegable aumento presupuestal bruto, no lo ha sido tanto en términos reales si se compara con la inflación del sector educativo, pero aún si fuera correcto, esa asociación de variables es insostenible científicamente, en la medida que oculta la compleja intervención de otras variables en los malos resultados educativos.

Antes de continuar, quiero hacer otra salvedad: la noción de “crisis” si está asociada a un cambio desfavorable repentino y actual, es falsa. La caída de los rendimientos académicos de los estudiantes viene registrándose por lo menos desde los años 1960s, y con total seguridad desde los años pos-dictadura. Desde mi perspectiva, adelanto, se trata de una reducción de la capacidad de abstracción de la población, como resultado de un proceso cultural y económico propio de la evolución del capitalismo actual, y por lo tanto ninguna reforma educativa podrá hacer por sí sola gran cosa al respecto.

Pero bien, veamos hacia dónde van las críticas y las propuestas de cambio. Por un lado, desde el campo académico, y especialmente desde el discurso pedagógico neoliberal (incluyo aquí todo el tecnicismo de la educación por desarrollo de competencias y resolución de problemas, importado desde España por la élite tecno-izquierdista que asesoraba a Germán Rama y que logró convertirse en supuesto de base, en sentido común pedagógico de las nuevas generaciones de docentes), se ha criticado el carácter “universalista” de la educación uruguaya, su división de saberes en compartimientos estancos, su énfasis disciplinador del cuerpo y de la mente a través del hábito y la memoria. Alejado de las supuestas necesidades de los alumnos (en realidad alejado de las necesidades del capitalismo financiero, ya que ese modelo responde a la línea de montaje industrial), sería ese modelo el responsable de la exclusión creciente de chicos del nivel secundario.

Ese sistema retrógrado y normativo, dicen sus enemigos, sería superable por uno más abierto, no centrado en los saberes sino en los estudiantes. El paidocentrismo incluye la abolición de la repetición (de hecho casi lograda en primaria en virtud de la función policial del cuerpo inspectivo y una realidad demográfica de los establecimientos escolares: si se dejara repetidores a los niños que no cumplen con los objetivos mínimos del programa, las escuelas tendrían índices de repetición del 40% ó 50%, y como no pueden generar una deserción comparable a la de secundaria por la función de guardería que ejercen para las familias pobres dada la edad de los niños, generarían una superpoblación inmanejable), la ludización de las estrategias didácticas, la integración de materias en áreas (ciencias naturales, ciencias sociales… que no se corresponden con la existencia de saberes científicos, o mejor dicho, discursos científicos y por ello sus resultados en los 1990s fueron desastrosos, pero bueno, como los monstruos de las películas de terror norteamericanas, que una vez derrotados reviven, revive esta propuesta), la maternalización e infantilización del ciclo básico de secundaria unificándolo con primaria (algo así se hizo en Argentina y el resultado ha sido muy malo, y algo así se hace en el medio rural uruguayo y algunos barrios alejados de Montevideo, con los grados 7mo, 8vo y 9no, con un resultado desalentador), la individualización de las trayectorias escolares a través de la ruptura del formato clase en beneficio del formato proyecto individual o de pequeños grupos.

A esto se suma una serie de propuestas de reforma administrativa y de gestión de inspiración toyotista (acorde al imperio del capitalismo financiero): descentralización y autonomización de centros educativos, competencia de proyectos de centro para su financiación, jerarquización del rol del director (en su versión más radical, la derecha propone que los directores contraten y echen a los docentes como si se tratara de una empresa), evaluación docente y estudiantil externa. A su vez, esto se entronca con la precarización de la profesión docente, que pasará a ser remunerada “a destajo”, es decir, de acuerdo a su productividad (lo cual, en la medida que no tenga en cuenta la distribución de las capacidades de aprendizaje de acuerdo a los contextos socioculturales, se convertirá en un excelente incentivo para el cambio de profesión). Nada nuevo bajo el sol: la municipalización de la enseñanza es un camino ya transitado en la época de Menem en Argentina, y los resultados fueron malísimos en términos de aprendizajes.

Ahora bien, nada de esto elevará significativamente el nivel de los estudiantes uruguayos, porque se está errando en el análisis de las variables. Un análisis más complejo, si bien encontrará muchos aspectos a modificar en la formación docente, en la estructura burocrática del sistema educativo, incluso, cómo no, en la indolencia de muchos docentes, no puede hacerse sin tener en cuenta, por lo menos, que los aprendizajes están vinculados también a factores tales como: la persistencia de la malnutrición infantil (14% de retardo de talla y peso en niños nacidos en hospitales públicos de Montevideo), el deterioro sostenido de las condiciones laborales de las familias de los trabajadores vía precarización e informalidad, la afectación de dicho deterioro a los vínculos de pareja y por lo tanto a la estabilidad de los proyectos familiares (una de cuyas bases es la sostenibilidad económica de la casa) y con ello a la capacidad de contención emocional y acompañamiento pedagógico familiar de los niños, la pérdida de autoridad de padres y maestros (lo que es parte del diagnóstico de la posmodernidad como época de incertidumbre), el retraimiento de la cultura escrita, el cortoplacismo o la ausencia de horizontes lejanos en los proyectos vitales de los adultos de las clases trabajadoras, el escaso valor que le asigna el mercado a los años de educación (el rendimiento económico marginal de cada año estudiado entre 6to. grado escolar y 6to. grado de secundaria es escasísimo).

Tengo buenas noticias para los neoliberales de izquierda y derecha: las medidas que proponen no mejorarán los resultados educativos, pero la gente no se va a dar cuenta a corto y mediano plazo, porque en la medida que disminuya la repetición y se genere -algo maravilloso de esta época de simulacros- la “sensación de éxito académico”, los cambios serán suficientes para obtener el apoyo de la población (piénsese cómo el Plan Ceibal no aporta nada significativo pedagógicamente y sin embargo recoge unánimes aplausos por su condición de fetiche moderno y de símbolo de cambio de status). Si llegan a darse cuenta, de cualquier modo, como es más fácil representarse a un docente holgazán que a un sistema educativo que funciona mal, ya saben a quién culpar. Y mientras el tecnicismo y el paidocentrismo en el orden pedagógico profundizarán la vulnerabilidad cultural y política de las clases trabajadoras y medias bajas (privándolos de la cultura general, de la disciplina escrita y los grados de abstracción propios de los discursos científicos complejos), el deterioro de la función docente permitirá reducir drásticamente la capacidad de resistencia de los trabajadores de la enseñanza, lo cual, combinado con algo que hubiera sido impensable 40 años atrás: la sujeción político-partidaria directa del sistema de enseñanza público, coronará una situación de absoluta sumisión de la enseñanza al mercado (o sea, a los principales capitales). Ahora que han muerto las utopías revolucionarias y todos están tranquilos en cuanto a que a lo sumo un “giro a la izquierda” apenas implica algún aumento de impuestos, no quedarán defensores políticos de la autonomía técnico-pedagógica del sistema de enseñanza público, porque no hay nada que temer. El modelo es la Universidad Tecnológica (UTEC), compañeros.

La sensación de peligro inminente de disolución social y de caos que debe ser ordenado ya está suficientemente generada en la población y por lo tanto el ambiente es propicio para un golpe político a la enseñanza, para reconfigurarla en clave regresiva y neoliberal.

http://m.leites.webnode.es/news/golpe-politico-a-la-ensenanza/

Carta de Günther Anders al autor de la orden final de lanzamiento de la bomba en Hiroshima

Carta de Günther Anders al autor de la orden final de lanzamiento de la bomba en Hiroshima

Ilustración: Foto que muestra la zona cero para el lanzamiento de la bomba, que fue precisamente el centro de la ciudad, maximizando a propósito el número de víctimas civiles.
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Al señor Claude Eatherly
Formerly Major U. S. Air Force
Veterans Administration Hospital, Waco, Texas
3 de junio de 1959

Estimado señor Eatherly:
El que escribe estas líneas es para usted un desconocido. Para nosotros, en cambio, para mis amigos y para mí, usted es una persona conocida. Seguimos con el corazón en un puño sus esfuerzos por salir de su desgracia, estemos en Nueva York, en Viena o en Tokio. Pero no lo hacemos por curiosidad, ni porque su “caso” nos interese desde los puntos de vista médico o psicológico. No somos ni médicos ni psicólogos. Lo hacemos porque nos ocupamos, llenos de miedo y de angustia, de dilucidar aquellos problemas morales que hoy se nos plantean a todos. La tecnificación de la existencia, esto es, el hecho de que todos nosotros, sin saberlo e indirectamente, cual piezas de una máquina, podríamos vernos implicados en acciones cuyos efectos seríamos incapaces de prever y que, de poder preverlos, no podríamos aprobar –esta tecnificación ha cambiado toda nuestra situación moral. La técnica ha traído consigo la posibilidad de que seamos inocentemente culpables de una forma que no existió en los tiempos de nuestros padres, cuando la técnica todavía no había avanzado tanto.
Comprenderá la relación que esto guarda con usted: a fin de cuentas, usted fue uno de los primeros que se implicó en esta nueva forma de culpa, en la que hoy o mañana cualquiera de nosotros podría verse implicado. A usted le ha ocurrido lo que a todos nosotros podría ocurrirnos mañana. Así pues, por esta razón para nosotros usted es un ejemplo paradigmático, incluso un precursor.
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Eatherly morirá en el manicomio en 1978, con 70 años. Nunca obtuvo el consuelo de que lo considerasen oficialmente culpable. Pero en 1959 recibió otra carta que alivió su carga. Estaba firmada por 30 jóvenes japonesas. Dice así. «Estimado señor: Todas nosotras somos chicas que, aunque tuvimos la suerte de escapar a la muerte, fuimos heridas en nuestros rostros y en nuestro cuerpo por las bombas atómicas. Nuestros rostros muestran cicatrices y heridas, y es nuestro deseo que esa cosa horrible a la que se llama guerra no se repita jamás. Hemos sabido que los sentimientos de culpabilidad lo atormentan y que ha sido internado en un psiquiátrico. Le escribimos para expresarle nuestra más profunda conmiseración y asegurarle que no sentimos odio hacia usted […]. Lo consideramos una víctima más.

La antiestética ética de la Suprema Corte de Justicia uruguaya, por Roger Rodríguez

La antiestética ética de la Corte
Roger Rodríguez

La Suprema Corte de Justicia uruguaya volvió a protagonizar una impune paradoja: por unanimidad, “amonestó” a la jueza Mariana Mota por declarar, al diario El País el pasado 19 de septiembre, que como jueza no compartía la imputación de “atentado” que arguyó el fiscal Gustavo Zubía al pedir el procesamiento de siete ciudadanos (http://goo.gl/mNjNjd). Con sus dichos, la magistrada estaría violando el “Código de Ética Judicial Iberoamericano”, dijeron. Sin embargo, ministros de la propia SCJ han sido denunciados de incumplir ese código internacional, sin merecer “observación” alguna de sus conjueces.

El 15 de febrero de 2013 Gonzalo Aguirre salía de una reunión en la SCJ…
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El mismo día en que la Suprema Corte obligaba a Mota a jurar su traslado a un juzgado civil y antes de que se produjera la represión policial que motivó los incidentes que el hijo del golpista general Eduardo Zubía tipificó como “atentado”, el ministro Jorge Chediak se habría entrevistado en su despacho con el abogado Gonzalo Aguirre Ramírez, uno de los promotores de la declaración de inconstitucionalidad de la Ley 18.831 con la que, para impedir la prescripción de los crímenes de la dictadura, el Parlamento devolvió al Estado la pretensión punitiva que había perdido en 1986 con la Ley de Caducidad.

La presencia del ex presidente Aguirre Ramírez dentro de la sede de la Suprema Corte de Justicia (que para su sorpresa, fue captada por la fotógrafa Martha Passeggi luego de que casi se cae por las escaleras al ver el tumulto de gente identificada con la lucha por los derechos humanos), constituía una violación de al menos dos artículos de los “Principios de la Ética Judicial Iberoamericana” que, para mayor paradoja, fue el propio Jorge Chediak quien los incorporó a la normativa uruguaya a través de la Acordada Nº 7.688, cuando ejerció la presidencia del máximo órgano judicial uruguayo.

“El poder que se confiere a cada juez trae consigo determinadas exigencias que serían inapropiadas para el ciudadano común que ejerce poderes privados; la aceptación de la función judicial lleva consigo beneficios y ventajas, pero también cargas y desventajas. Desde esa perspectiva de una sociedad mandante se comprende que el juez no sólo debe preocuparse por “ser”, según la dignidad propia del poder conferido, sino también por “parecer”, de manera de no suscitar legítimas dudas en la sociedad acerca del modo en el que se cumple el servicio judicial”, establece la exposición de motivos del Código.

El Artículo 3º del referente moral internacional sostiene que “el juez, con sus actitudes y comportamiento, debe poner de manifiesto que no recibe influencias -directas o indirectas- de ningún otro poder público o privado, bien sea externo o interno al orden judicial”, mientras que el artículo 15º subraya que “el juez debe procurar no mantener reuniones con una de las partes o sus abogados (en su despacho o, con mayor razón, fuera del mismo) que las contrapartes y sus abogados puedan razonablemente considerar injustificadas”.

El 4 de abril de 2013, un mes y tres semanas después de la protesta en Plaza Cagancha y la simultánea y misteriosa reunión de Aguirre Ramírez dentro de la sede de la corporación, el propio ministro Chediak (propuesto por el Partido Nacional para integrar la Corte y calificado como “amigo” por el ex presidente Luis Alberto Lacalle) fue el “relator” de la sentencia por la que la SCJ declaró inconstitucionales los dos artículos de la Ley 18.831 con que los legisladores subrayaron el carácter imprescriptible de los delitos de lesa humanidad sufridos en Uruguay durante el terrorismo de Estado.

Chediak rechazó en su dictamen los argumentos por los que la Fiscalía de Corte consideró que debía desestimarse el recurso de inconstitucionalidad y tampoco tuvo en cuenta lo impuesto por la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el Caso Gelman. En su escrito, el ministro de justicia optó por recoger los argumentos más tradicionalistas y conservadores sobre la irrectroactividad de las leyes en contra de la jurisprudencia en favor de los derechos humanos… Precisamente, la posición que mantenía Gonzalo Aguirre.

La violencia endémica en Sudáfrica

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Witnesses: Mido Macia was attached to the back of the police van and dragged along behind it on a crowded street in Daveyton

Sudáfrica, La violencia en el país destruye y aleja el sueño de Nelson Mandela

Según informa la agencia Associated Press, los funcionarios de educación en una provincia de Sudáfrica cerraron ayer jueves 16 escuelas, lo que afectó a 12.000 estudiantes, en una zona pobre de Ciudad del Cabo debido al aumento continuo de la violencia pandillera que ha dejado a los maestros demasiado asustados para acudir al trabajo.
Como ejemplo del nivel de violencia, Josef Hector, que fue identificado por sus compinches como miembro de una pandilla llamada Estadounidenses, fue muerto el jueves de un disparo en el área de Manenberg, donde juegan muchos niños. La madre del joven, Aysha Ismail, habló llena de tristeza con The Associated Press poco después de ver el cadáver de su hijo. “Tengo el corazón destrozado. Esta violencia pandillera debe cesar”, dijo Ismail entre lágrimas. “Hay casi 100 niños jugando en las calles. Necesitamos patrullas de la policía”.
La primera ministra de Cabo Occidental Helen Zille pidió el miércoles el desplazamiento de militares en el área, una idea a la que se opuso el portavoz de la policia local.
La policía sudafricana aumentó su presencia recientemente en el área, dijo la portavoz del Ministerio de Educación del Cabo Occidental, Bronagh Casey. A pesar de todo, la violencia sigue afectando a las escuelas del área. Un empleado de mantenimiento en una de las escuelas murió tras ser baleado hace varias semanas, y una bala perdida, producto de la violencia entre bandas, alcanzó una escuela primaria en la misma ocasión, dijo Casey.
“Estamos cerrando las escuelas porque nuestros profesores dicen que no se sienten seguros cuando acuden a trabajar en el área”, indicó Casey.
El coronel de la policía Tembinkosi Kinana reconoció que la situación en Manenberg es “de extrema gravedad”, mientras siguen matando a gente. Agregó que hay agentes situados en posiciones claves y una estrategia para combatir la violencia de las bandas o pandillas que dominan la zona.
Durante la colonización o durante el apartheid, durante la lucha de razas o durante la lucha contra el crimen, la violencia parece ser un denominador común en el lenguaje de los sudafricanos.
La historia de Sudáfrica es una historia de violencia. Es el lenguaje que hablaron los colonos europeos con los pueblos africanos en su lucha por el territorio, en la esclavitud, el que utilizó el régimen racista blanco del apartheid y el que aplicaron los activistas negros para imponerse a las facciones adversarias en su batalla contra el sistema, el que se usa para reeducar sexualmente a los colectivos homosexuales, la violencia parace ser el medio que se utiliza para ajustar los desajustes.
Eso sin contar la violencia de género, dado que Sudáfrica tiene el mayor índice de violaciones denunciadas a la policía del mundo.
En 2012, el número de violaciones documentadas por las fuerzas del orden alcanzó 64.000, es decir 175 por día.
“En Sudáfrica hemos aceptado que la violencia es la manera de resolver los conflictos”, explica Garteh Newham, investigador en el Instituto de Estudios de Seguridad (ISS) de Johannesburgo.
El 21 de marzo de 1960 la Policía sudafricana abrió fuego contra una manifestación de trabajadores en la localidad de Shaperville matando a 69 personas.
Hoy hace un año, 34 mineros fueron acribillados por la Policía durante una huelga en la localidad de Marikana; un escenario demasiado parecido al de Shaperville, solo que en esta ocasión los agentes pertenecían a un Gobierno elegido democráticamente, publicaba el periódico.
Aparte de los 34 muertos, más de setenta personas resultaron heridas en el suceso, que provocó una enorme conmoción en Sudáfrica.
La dura intervención policial fue la más sangrienta que tuvo lugar en Sudáfrica desde 1994, cuando se desmanteló el “apartheid”, el régimen de segregación racial impuesto hasta entonces por la minoría blanca del país.
En Marikana, a diferencia de la época del “apartheid”, fueron policías negros los que mataron a trabajadores negros.
Amnistía Internacional (AI) pidió hoy justicia para las víctimas de la masacre de la mina sudafricana de Marikana, y que se depuren las responsabilidades derivadas de los hechos. “Tarea incompleta hasta la fecha” según un comunicado de la organización.
Según el periódico español ABC, “En la actualidad existen en Sudáfrica 2,9 millones de pistolas registradas para 1,5 millones de personas, y se calcula que el número de armas ilegales asciende a 3 millones de unidades, según la organización Gunpolicy.org”.
La cultura de la violencia está también arraigada en la Policía, explica Garteh Newham. “Los agentes consideran que esta es la única forma de imponer la ley, mediante el uso de la fuerza y el miedo”. La represión policial del régimen del apartheid ha sido reemplazada por la lucha contra el crimen, pero con similares métodos, para el corresponsal de ese periódico en Johannesburgo.
También muchos de vosotros debereis tener frescas en vuestra memoria las imágenes de la muerte del taxista mozambiqueño Emidio Josias “Mido” Macia, de 27 años, el pasado 27 de febrero, tras ser atado, a la parte trasera de un furgón policial, y arrastrado por la calzada durante 400 metros, en la ciudad de Johannesburgo.
La Dirección Independiente de Investigación de la Policía (IPID), según Amnistía Internacional, tiene unas 720 notificaciones de muerte, durante la custodia policial o en la que están envueltos miembros de las fuerzas del orden, en el período abril 2011 – marzo 2012.
Como tampoco podemos olvidar el episodio de violencia, supuestamente, doméstica en el que se vio envuelto el atleta Osar Pistorius.
“Sudáfrica es una nación furiosa. Estamos al borde de algo muy peligroso y con la posibilidad de no ser capaces de detener la caída. La creciente institucionalización de la violencia ha creado unas fuerzas policiales activamente agresivas hacia un público indefenso. El nivel de ira y agresión está aumentando. Esta es la expresión de problemas más profundos del pasado que no se han abordado. Tenemos que ser más cautelosos acerca de cómo hacer frente a una sociedad que está sangrando y respirando dolor”. Estas fueron palabras de Graça Machel, esposa de Nelson Mandela, momentos antes de presentar sus condolencias a la familia del taxista muerto, ambos naturales de Mozambique.

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La violencia se hace endémica en Sudáfrica
Policías junto a varios de los 34 mineros muertos en unas protestas que tuvieron lugar en agosto de 2012. Reuters

El sueño de Nelson Mandela de una sociedad multirracial y con mayor justicia económica y social parece más lejano y roto cada día que pasa, tanto por los niveles de violencia como por las grandes desigualdades económicas, en un país con un crecimiento económico estancado desde hace tres años, y sus niveles de corrupción.
Como indicio de este desencanto, el diario local Soweta decía ante las complicaciones de salud de Mandela, que los sudafricanos harían bien en rezar no sólo por la recuperación del líder sudafricano (que ya se encontraba ingresado), sino por la suerte del país entero.
“Mientras que rezamos por la recuperación de Mandela, debemos también rezar por nosotros mismos, una nación que, moralmente, perdió su brújula”, escribía el diario en su editorial, subrayando que el héroe de la lucha anti-apartheid no había sacrificado 27 años de su vida en la cárcel para que “Sudáfrica se caracterice por la corrupción, el racismo, la criminalidad y la violencia”.
La corrupción, como en la mayoría de países, también es un problema endémico en Sudáfrica.

¿Por qué todos hablan bien de Mandela?

¿Por qué todos hablan bien de Mandela?

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder

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Poco se puede añadir a lo ya dicho en estos días sobre Nelson Mandela: pocas veces se ha rendido un homenaje tan unánime a la memoria de un hombre. Ahora bien, quizás sí cabe decir algo precisamente sobre esta estrepitosa unanimidad.

De entrada puede producir alguna extrañeza que los mismos gobernantes que cierran las fronteras a los emigrantes o los deportan a golpes o pagan a dictadores para que se deshagan de ellos con discreción en los desiertos, los que mandan drones a bombardear otros países y soldados a invadirlos, los que apoyan dictaduras en las que los extranjeros trabajan en condiciones de esclavitud, los que persiguen y encarcelan a jóvenes por soñar la autodeterminación de sus pueblos, los que promulgan leyes liberticidas, los que apoyaron en otro tiempo el apartheid en Sudáfrica y lo apoyan hoy en Palestina; que los mismos periodistas e intelectuales que piden a gritos la cadena perpetua y hasta la pena de muerte, los que arremeten contra Cuba o contra Venezuela, los que legitiman golpes de Estado en Honduras y criminalizan a Correa o Morales, los que defienden la privatización de los recursos, la educación y la cultura, los que en estos días rendían también homenaje a Kennedy y un poco antes a Thatcher y Reagan, produce sin duda extrañeza -digo- que estos gobernantes y estos periodistas sientan de pronto ese arrebatado fervor por un expreso político que luchó toda su vida contra ellos y lo que representan.

Desde la izquierda, este desmayo místico de los políticos y los medios de comunicación produce, más que extrañeza, indignación y en las redes y en los periódicos más comprometidos muchos comentaristas han denunciado con razón su hipocresía y su cinismo, recordando que Mandela fue considerado durante años “terrorista”, que defendió la lucha armada y que su proyecto de liberación para Sudáfrica se medía en el espejo de Argelia y de Cuba. Hay, sí, una tentativa de “asimilación” o de “recuperación” de Mandela por parte del “sistema”, tentativa que inspira una inevitable repugnancia. Pero conviene ir un poco más allá de esta repugnancia instintiva para no quedar atrapados en el horizonte de nuestras desdichas placenteras e incontaminadas.

Nos quieren robar a Mandela, quieren robar a Mandela a ese pueblo damné que luchó a su lado. ¿Eso es necesariamente malo? En general, desde la izquierda tendemos a juzgar a los personajes históricos por su resistencia a la “recuperación”. Si un personaje histórico es susceptible de recuperación por parte del “sistema”, si el “sistema” muestra una decidida voluntad de recuperarlo, si habla elogiosamente de un revolucionario muerto, eso se debe bien a que en realidad fue derrotado, bien a que han conseguido arrebatarnos su legado. En el caso de Mandela las dos cosas son en parte ciertas y la desconfianza de la izquierda está bastante justificada. Si leemos el capítulo que Naomí Klein dedicó a Sudáfrica en su obra La doctrina del shock o atendemos a los datos relativos a desigualdad económica y violencia racial en ese país, podemos decir que el combate de Mandela fracasó o al menos no triunfó enteramente. Asimismo podemos decir que convertir a Mandela en un “antirracista abstracto” y homenajearlo por ello supone una manipulación que busca volverlo “inservible” para las causas populares. A menudo los capitalistas, los racistas, los machistas premian u homenajean a los anticapitalistas, a los antirracistas y a los antimachistas no tanto para sobornarlos y ablandarlos -que también- sino para contaminarlos e inutilizarlos en sus propias filas. Y lo hacen porque a menudo también desde la izquierda caemos en la trampa.

Pero la izquierda somos cuatro gatos y no deberíamos perder mucho tiempo en recordarnos los unos a los otros lo que ya sabemos. La unanimidad del homenaje a Mandela, ¿qué significa? ¿Es una tentativa de recuperación que indicaría una derrota? No estoy seguro. Hay que pensar en la gente normal. Mandela es un personaje de ficción. Es un personaje de ficción porque la realidad produce sobre todo personajes de ficción. En este sentido, Mandela o Ghandi o el Che Guevara son personajes de ficción a igual título que Rambo, que defendió “la causa de la libertad” en Afganistán junto a Ben Laden, otro personaje de ficción. Pero para la gente normal unos y otros no son lo mismo; y no lo son porque cuando la gente normal, acosada por la dictadura o el FMI, sale a las plazas a reclamar libertad se pone una camiseta del Che y no una de Rambo. Claro que sí: desde la izquierda puede resultarnos indignante que hayan convertido al Che en el icono de la rebeldía abstracta, a Ghandi en el icono del pacifismo abstracto y a Mandela en el icono del antirracismo abstracto. Pero esos iconos, a veces hasta económicamente rentables, no son una victoria del mercado. Cuando un pueblo deja su pasividad para luchar por buenas razones (la justicia, la igualdad, la democracia, la autodeterminación) es una excelente cosa que recuerde e invoque la rebeldía abstracta, el pacifismo abstracto y el antirracismo abstracto, pues la propia lucha vuelve estos conceptos inevitablemente concretos. Cuando un pueblo, en cambio, acepta o reivindica malas causas (como el neoliberalismo o el franquismo) no será jamás rebelde ni pacifista ni antirracista: nunca a nadie se le ha ocurrido salir a la calle a apoyar a Franco, a Thatcher o a Pinochet en nombre del Che, de Ghandi o de Mandela. Digamos que los iconos esperan desactivados, o activados en otra parte, a que los pueblos tomen las plazas. Entonces no hay ninguna duda acerca de cuáles son utilizables y cuáles no. Ningún neonazi se pondrá jamás una camiseta del Che o de Ghandi o de Mandela para dar una paliza a un inmigrante. El Che, Ghandi y Mandela son “inrobables” incluso como personajes de ficción.

Porque incluso esta tentativa de robo indica que, de hecho, al menos de manera parcial, y a pesar de los datos económicos de Sudáfrica, Mandela ha triunfado sobre los mismos que lo nombran. Vivo, doblegó el brazo del apartheid que apoyaban muchos de los que ahora lo alaban. Muerto, reprime el racismo de los que antaño apoyaron la discriminación y que hoy no tienen arrestos para decir lo que realmente piensan. ¿Quién se lo impide? El personaje de ficción Mandela y los millones de personas en todo el mundo que lo lloran sinceramente. Mandela los obliga, sí, a ser “políticamente correctos”. No debemos desdeñar este pequeño logro en nombre de un falso radicalismo. El mundo en el que vivimos es atroz, pero sabemos por experiencia que podría ser aún peor si los discursos confinados en minorías subterráneas ascendieran desde las profundidades y hablaran desde las instituciones “sin complejos”. Es bueno que las instituciones del capitalismo sean hipócritas; es bueno que un Mandela de ficción -con millones de personas detrás- los obligue a ser hipócritas. Ni la derrota del apartheid ni el establecimiento de un antirracismo abstracto -que no deben impedirnos seguir luchando contra el racismo concreto- son victorias pequeñas.

Como sabemos, la alta cultura se entretiene en establecer, por ejemplo, “cánones” literarios con listas más o menos arbitrarias de obras y autores. Más allá de diferencias ideológicas o nacionales, todas coinciden al menos en las exclusiones: habrá listas en las que estaránFlaubert, Manzoni y Cervantes y otras en las que no estarán, pero no hay ninguna lista en las que estén Paul de Cock o Campoamor.

La gente normal también “canoniza” sus modelos y referentes políticos. Tiene sus panteones populares, reservas de resistencia encarnada para los días de revuelta. En todos esos panteones, sin duda, están el Che, Ghandi y Mandela, Espartaco y José Martí. En muchos de ellos están Chávez, Shankara, Abdelkrim. En algunos Fidel Castro y Simón Bolívar. En ninguno están -no sé- Hitler, Stalin, Thatcher u Obama. No es que no haya diferencias entre estos últimos cuatro nombres, pero tienen en común que ninguno de ellos sirve para rebelarse en nombre de la justicia.

Queda en pie la pregunta, dirigida a la izquierda, de por qué siempre nos roban o intentan robarnos los nuestros mientras que nosotros nunca tratamos de robarles los suyos. Una respuesta es que la derecha es mucho más promiscua y mucho menos puritana que la izquierda. El capitalismo convierte al Che en una camiseta y a Mandela en un “hombre bueno” mientras que nosotros somos incapaces de apropiarnos de lo que hay nuestro en ciertos católicos, en ciertos liberales, en ciertos ilustrados: cierto Chesterton, cierto Locke, cierto Kant o incluso cierto Roosvelt y cierto Papa Francisco.

La otra respuesta tiene que ver con la victoria de los buenos personajes de ficción. Es que son realmente buenos. Nunca se verá a nuestros gobernantes y a nuestros medios de comunicación “recuperar” a Stalin. ¿Por qué? Porque es un perdedor universal. Dejan ese trabajo de recuperación a un pequeño sector de la izquierda que de esa manera, mediante ese esfuerzo insensato, se derrota a sí misma sin necesidad de intervenciones exteriores. La derecha es muy lista. ¿Por qué recupera al Che, a Ghandi, a Mandela? La derecha “recupera” a los nuestros porque son más populares, porque forman parte del canon resistente de la gente normal, porque representan una victoria de esa “decencia común” sin la cual toda legitimidad es imposible. Su recuperación es el triunfo de los pueblos. Gloria al victorioso Mandela que, tras obligar a los “malos” a abolir el sistema de apartheid, les obliga ahora a hablar bien de él.
Santiago Alba Rico es filósofo y columnista.

Fuente: http://www.cuartopoder.es/tribuna/por-que-todos-hablan-bien-de-mandela/5308