Saqueos en Argentina: las invasiones bárbaras

Saqueos en Argentina: las invasiones bárbaras
Marcelo Marchese

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Según cuentan, a poco de desembarcar, Colón ordenó formar un cuerpo para controlar a los bribones. -¿Pero quién controlará a los bribones?, le objetaron, a lo que respondió: “Alguien que sea más bribón que los bribones”.
Antes y después de Colón, según testimonios de la historia y la literatura, la formación del cuerpo policial respondió a esta misma lógica. En la ciudad del Nilo de Las Mil y Una Noches asistimos a la transformación de Alí Azogue, mandamás de la más funesta banda de forajidos, en jefe de la corporación que controlaría a los forajidos. En la Francia de principios del XIX, según las Memorias de Vidocq, se llamó al primero entre los criminales, el autor de las Memorias, para que se convirtiera en jefe de la policía en atención a su conocimiento del modus operandi criminal. Contemporáneamente a Vidocq, en el Río de la Plata, a falta de personal idóneo, el imperio español libra una amnistía para que los criminales pudieran ingresar a la recientemente creada policía de la campaña, conocida como Cuerpo de Blandengues.
Históricamente, el modo por el cual se creó el cuerpo de policía nos ayuda a entender los graves acontecimientos que se desarrollan en la Argentina. La huelga policial que coadyuvó a la ola de saqueos en varias provincias, se produjo precisamente cuando a ojos vistas de toda la población la cúpula de los defensores del orden de Santa Fe primero y de Córdoba después, era procesada por su vínculo al narcotráfico y a la trata de blancas. Es razonable indignarse ante este hecho, pero no podemos obviar nuestra cuota de responsabilidad pues nuestras sociedades a partir del segundo cuarto del siglo XX decidieron, inteligentemente, combatir el tráfico de drogas. Este combate no produjo nada bueno, pero en cambio generó una serie de efectos catastróficos, entre los cuales debemos considerar el incremento del precio de la droga. Al elevarse el precio se eleva una ganancia que pica la ambición de todos los que, por fas o por nefas, se vinculan al negocio. Tenemos entonces que un secuestrador, ladrón, falsificador de billetes y narcotraficante conocido como Juan El Francés Viarnes denuncia que altos jefes de la policía se reunían en su casa, brindaban información a los narcotraficantes y recibían drogas para llevar adelante el negocio del narcotráfico. Quienes reciben un sueldo que pagamos nosotros para perseguir al delito, se convierten, en virtud de la posición que ocupan, en jefes del delito. Según la información que tomó luz pública, en cada requisa se declaraba sólo un porcentaje y el resto pasaba a la categoría de mercadería de reventa. Pero esto no es todo. Para lograr este poder y control sobre los demás, los narcotraficantes de la competencia, se hace un acuerdo con ellos mediante arrestos y violencias varias, pues como nos cuenta El Francés, su relación con la policía se basaba en “la amenaza y el sometimiento”. El policía chico debe atender la orden del policía grande, como si atendiera el negocio de su patrón. Guay con cometer la estupidez de denunciar al jefe. Sería traicionar a “La Fuerza”. Guay con no participar en el negocio. Lo más seguro para evitar delatores es hacer cómplices. El negocio de la droga exhala su aliento sobre todos los escalones de la pirámide policial y amplifica su violencia, pues, por el método que sea, el policía debe conseguir el dato necesario. En Neuquén un patrullero se larga a perseguir un auto tripulado por jóvenes que, a conciencia de la metodología policial (tienen, fácil es imaginarlo, una rica experiencia), deciden no detenerse. El resultado es que el joven Braian Hernández muere por un balazo que le perfora la parte trasera del cráneo. La policía, haciendo gala de una imaginación exuberante, planta un arma en el auto de los jóvenes, de igual manera que de este lado del río se plantó un arma sobre el cadáver de Sergio Lemos. Se entabla un juicio al culpable, quien a la postre es condenado, pero el grado de impunidad es tal que Gabriel Gutiérrez, el principal testigo del crimen, es ejecutado con una 9 mm (el arma reglamentaria de la policía), aunque, para sorpresa de todos, el fiscal de la provincia argumente que esa ejecución “no tiene relación con el caso de Brian Hernández”.
La corrupción policial, palpable por todos los sectores sociales, alcanza niveles escandalosos. En esta coyuntura, casualmente, se da una huelga policial, y, casualmente, comienzan los saqueos. Los diarios titulan que es el fin de la civilización. Sin los guardianes en las calles observamos en vivo las escenas profetizadas por Batman el caballero de la noche asciende: los criminales se apoderan de la ciudad. Ahora, enfrentados a los hechos, amplios sectores que veían con malos ojos cómo ascendía la espuma de la corrupción policial, tienden a preferir esa organización corrupta a la inseguridad de una asonada eterna. La organización corrupta, que sufría una crisis como resultado de una imagen lamentable, tras la huelga y los saqueos, emerge fortalecida.
Mas tenemos otro indicador de una situación novedosa: el comportamiento, en circunstancias excepcionales, de los grupos sociales integrados al sistema. Los miembros de la clase media y los trabajadores que no quedaron encerrados en sus casas, salieron a la calle a defender los comercios asaltados. Por un lado funciona aquí una elemental y sana repulsa ante ante el robo, pero por otro resulta evidente la liberación de una presión largamente contenida. Hace poco, en Córdoba, los jóvenes protagonizaron la séptima “Marcha de la gorra” en contra del Código de Faltas. Por dicho Código se puede detener en la comisaría, por tres días y sin dar parte al juez, a todo elemento sospechoso. El Código funge como una ley de indeseables, es decir, como una ley de pobres. El botija del arrabal no puede pisar el centro de la ciudad. El freno que la clase alta y media le quiere imponer a los jóvenes de los arrabales de Córdoba se replica en todas las grandes ciudades del mundo, pues los pobres, de forma creciente, ganan confianza y se adueñan de las calles. En Francia protagonizaron en el 2005 el movimiento de la banlieue. En Montevideo, de forma asordinada, años atrás coparon el centro, generando la creación de pequeños centros en los barrios ricos. A posteriori comenzaron a copar los shopping. Cuidan coches y piden plata con creciente violencia. Atemorizan al ciudadano. Es un fenómeno que no se puede detener. Por un lado los habitantes de los arrabales, al igual que el resto de la sociedad, son bombardeados con una publicidad que apela a todos sus instintos. Como todos los demás, quieren sus nikes y su celulares tan íntimamente ligados a esa mina de película. La gente de los arrabales, “los planchas”, según la terminología montevideana, ocupan cada vez más espacios, en tanto, paradójicamente, los privilegiados, funcionales al sistema, se recluyen en sus casas y observan por el visillo de la ventana. Cuando se da una situación como la de los saqueos, por un lado el plancha aprovecha a conseguir aquello que sistemáticamente se le niega, a la vez que es tentado a conseguirlo con los medios más viles de la parafernalia propagandística, y por el otro, aquel que antes se guardó su miedo, sale ahora armado a enfrentar al plancha junto a sus vecinos. Sólo ante esa situación extrema logra sortear su individualismo. Al repudio al robo se suma el repudio al miedo que le generan los excluidos del sistema.
Cada vez que quisimos leer alguna información para entender este fenómeno, sólo logramos encontrar, de parte de los grandes medios uruguayos, números de la cantidad de ladrones y policías muertos. Nos encontramos ante otra manifestación del más puro y grosero terrorismo. ¿Qué generó los saqueos? No es tema que le interese a los grandes medios. Parece como si repitieran el esquema de ciertos manuales de historia, por el cual las cosas suceden, pero no se entiende por qué suceden de esa manera y no de otra. No es de incumbencia de los medios estudiar por qué suceden las cosas así. Su deber es alertarnos de los elementos desencadenados, como lo tsunamis y terremotos. Lo que sí es de su incumbencia es participar de un discurso. ¿Qué discurso? El discurso enunciado por la policía: “Sí, somos corruptos, como los políticos, como todos ustedes, pero sin nosotros las cosas serían peor”. Los grandes medios de prensa se suman a la campaña imponiéndonos el miedo, aplicando un elaborado y sistemático plan terrorista que nos lleva a preguntarnos: “¿Qué pasaría si esto sucediera en nuestra provincia? Más vale malo y conocido”.
La presidenta argentina señaló a los culpables: ella no cree en coincidencias y asegura que todo fue orquestado. Difícil negarlo, pero en este caso, identificar al responsable no significa señalar el dedo que apretó el gatillo. Sobre los vecinos que salen ahora armados a la calle con reminiscencias fascistas; sobre los jóvenes de los arrabales que entran a saco como los bárbaros en Roma; sobre una policía corrupta hasta la médula; y sobre una dirigencia política que no ha hecho ni hará absolutamente nada para variar el rumbo, se proyecta, imponente, la sombra siniestra de un modelo económico que sólo puede ofrecernos, como garantía, más alambres de púas, más rejas y más cerraduras, en tanto sigue fabricando por miles los excluidos del sistema y elaborando, pacientemente, una bomba social de tiempo.

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