Razonando sin ira (crítica a la doctrina del buenismo)

Razonando sin ira (crítica a la doctrina del buenismo)
Samuel Schkolnik

buenismo

Desde hace algunos años es posible observar el curioso fenómeno de la benevolencia para con los violentos. Cuando alguien ejecuta un acto de fuerza sobre otro, concita hacia sí una ancha corriente de solidaridad que tiende a librarlo de toda culpa. Alimentan esa corriente invocaciones a la biografía del agresor, a su edad, a su estado mental, y a cualquier circunstancia que impida atribuirle la responsabilidad de sus actos.En cuanto a la víctima, ha de sumar, al padecimiento sufrido, el que emana de la indiferencia general acerca de su persona, y el que resulta de contemplar impune (y aun premiado) a su verdugo.

Pero sufrir de esa manera y ver recompensado a su agresor, induce en el agredido el sentimiento de que hay en él algo culpable, de que por acción u omisión resulta merecedor de la pena que –ahora colectivamente– se le inflige. Si ha sido,por ejemplo, objeto de un robo, ¿no lo ha sido por su condición de propietario? ¿Es que se puede robar a un desposeído? Y siendo los desposeídos mayoría, ¿no conlleva la propiedad un elemento de violencia, una injusticia que el robo ha venido precisamente a reparar? ¿No constituye también un privilegio el haber vivido una infancia sin privaciones ni maltratos? Si su agresor pertenece a la mayor parte de la población humana, ha forjado su ser en la materia del hambre y las golpizas. ¿No es comprensible que expresara ese su ser ante la”víctima” (adviértase cómo ahora aparecen comillas), y –al menos en una ocasión– cancelara aquel privilegio?

Rige,al parecer, una fuerte exigencia de incluir en la sociedad humana a todos aquellos que las actividades de la misma sociedad excluyen. Pues es el caso que, en todos los ámbitos donde se entregan unas cosas o unos trabajos a cambio de otros, es necesario, para ser parte de ese tráfico, ejercer la propiedad de ciertas cosas o ser capaz de poner por obra determinados trabajos, por lo que aquellos que no ejercen lo uno ni son capaces de lo otro quedan ipso facto fuera de esos ámbitos. Ahora bien, la sociedad humana, en tanto que sociedad, no es sino la suma de esos campos, y, como tal, excluye de sí a una muchedumbre de individuos. Pero por otro lado la sociedad humana, en tanto que humana, incluye a esa misma muchedumbre, porque a ésta la forman individuos que poseen los rasgos propios de la especie. Eso equivale a decir que toda sociedad ha de optar entre el cuidado de lo que la hace sociedad, o la atención de lo que la hace humana. Y he aquí que, en los últimos tiempos, la nuestra parece haberse inclinado por el segundo término de esa alternativa.

Es esa determinación mayoritaria lo que imprime en las personas un sentimiento culpable en torno de su conducta normal, es decir, la conducta que acata las normas que la misma sociedad impone en cada uno de sus dominios, o, lo que es lo mismo, en el terreno de las instituciones.

La magnanimidad para los que viven en falta es de vieja data: el rico es sospechoso, pero los pobres verán a Dios; el hijo laborioso es ignorado, pero el hijo pródigo es recibido con júbilo; el que observa prolijo la Ley volverá al polvo, pero el buen ladrón amanecerá en la luz del Señor. El mandato de amar al prójimo se extenderá, andando el tiempo, al de amar a la entera humanidad, y llegará el día en que, al margen ya de consideraciones religiosas, el solo hecho de pertenecer al género humano se tendrá por fuente de derechos y dignidades. Así plasmará el buenismo,que no es la bondad, sino su ideología.

En efecto, la bondad es un sentimiento suscitado por la percepción del dolor ajeno, del que nacen actos dirigidos a menguar o –si es posible– suprimir ese dolor. Pero el buenismo no es un sentimiento sino una doctrina, y no se manifiesta tanto en actos cuanto en dichos;su modo de existencia es el discurso.Por otra parte, mientras la bondad es espontánea, el buenismo es obligatorio: consiste en el mandato de ser bueno.Pero se puede ser bueno sin profesar el buenismo, y se puede profesar el buenismo sin haber experimentado nunca un sentimiento de bondad.

El rasgo más característico de los buenistas es su declarada solidaridad con los pobres, en los que ven la más cabal representación de la naturaleza humana.Según su punto de vista, la pobreza es en sí misma meritoria, y el que la padece posee, por ese solo hecho, una carta de crédito extendida contra la sociedad.

Pero si ésta es deudora de los que ha excluido de la riqueza, lo será tanto más–arguyen los buenistas– de aquellos a los que ha excluido de toda clase de bienes: afectos, educación, y, en general, unos cuidados mínimos sin los cuales no es posible una vida humana.Los miserables, en fin, más aun que los pobres, son para los buenistas titulares de todos los derechos; los que viven a la intemperie, o en cajas de cartón; los que, si comen, es porque han arrebatado su pan; los que se olvidan de sí aspirando sustancias pegajosas, o bien –y ésa es su fiesta– desechos que resultan de la producción de cocaína; los que conviven en jauría, y en jauría pueden entonces irrumpir en la ciudad con acciones atroces, lujosas de crueldad. Ellos son inocentes, alegan los buenistas; si se les ha hecho nacer fuera de las lindes de lo humano, ¿por qué esperar que se conduzcan humanamente? Pero hay más: desde esa perspectiva generosa,habría que entender, en los actos de fuerza de los marginados, no meros crímenes, sino un clamor de su humanidad excluida, la expresión de un legítimo deseo de ser acogidos como personas en el seno de la sociedad. Hay que satisfacer ese deseo, añaden los buenistas, porque aunque se manifieste a punta de pistola, es esencialmente justo;nadie que sea humano debe ser excluido –ésa es su tesis– de la ciudad de los hombres.

El buenismo ha llegado a ser, hoy por hoy, opinión aprobada por las mayorías, y a reclamar condescendencia no sólo para con los violentos nacidos en la extrema pobreza, sino para con los que proceden de todas las clases; porque si bien se mira –sostienen sus abogados– se verá obraren todos los casos alguna forma de carencia, aunque no sea material, y cualquier forma de carencia –concluyen– es una forma de exclusión.

Ahora bien, la primera razón por la que el buenismo resulta falaz es estrictamente lógica: la operación de incluir lleva consigo, como opuesta y complementaria, la de excluir; la primera, sin la segunda, carece de significado. Quien apostara a todos los números de una lotería, sin hacer diferencias entre ellos, obraría como si no hubiese apostado por ninguno, porque sus ganancias y sus pérdidas se equilibrarían, anulándose.

Pero una segunda razón, más sustantiva, denota la falacia del buenismo, y es que no hay sociedad humana que pueda constituirse y perdurar sin un conjunto mínimo de normas que regulen la actividad de sus miembros. Y es el caso que la sola existencia de esas normas divide el campo de las personas en dos grupos: el de las que las acatan y el de lasque las infringen. Pero los infractores han de ser castigados si las normas regirán de veras, y he aquí que los castigos del caso no podrían escalonarse sino se impusiera, para las infracciones graves, unas penas consistentes en la exclusión lisa y llana de sus autores respecto de la sociedad.

Esto es lo que los buenistas no pueden admitir;porque si hay normas, ha de haber también una vigilancia y unos castigos apropósito de ellas. Pero para los buenistas vigilar y castigar son malas palabras; están en el título mismo de su literatura canónica, como símbolos de la sociedad represora que instan a superar.

El resultado visible de esa política de la bondad es que los criminales están entre nosotros, y no en los peores lugares.

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