¿Por qué en Uruguay no se generaron sincretismos con la cultura aborigen? Marcelo Marchese

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¿Por qué en Uruguay no se generaron sincretismos con la cultura aborigen?

Marcelo Marchese

Primera parte

Los aborígenes que habitaban la tierra que hoy ocupamos desaparecieron casi sin dejar una impronta cultural. A diferencia del resto del continente no se generaron sincretismos. Esta ausencia se explica por la incapacidad del conquistador para explotar el trabajo indígena. Aquellas sociedades no eran agrícolas, no estaban acostumbrados a la contracción al trabajo ni a la autoridad. En las regiones donde fueron útiles al nuevo sistema, los individuos sobrevivieron. De una forma u otra se insertaron y de esa manera se procesaron los sincretismos culturales.
Tiempo atrás, los historiadores veían a la agricultura como resultado del progreso humano. El hombre la “descubre” en un chispazo de inteligencia. Mas las cosas no sucedieron de forma tan simpática. La agricultura, con sus clases sociales y Estados, fue resultado de una crisis alimentaria que asoló a la humanidad al final de la prehistoria. Hasta que la caza no comenzó a escasear, el hombre no aceptó doblar la cerviz sobre la dura tierra, al tiempo que su sombra doblaba la cerviz ante el poder estatal. Tan poco dado era el hombre a estas tareas que obligaba a otros: con la institución de la agricultura nace otra un poco menos simpática, la esclavitud. Anteriormente podía haber cautivos, pero no esclavos que formaran una clase social. Según Herodoto, los espartanos llevan grillos para encadenar a los de Tegea a los aperos de labranza, pero al ser derrotados quedan unidos a la tierra con sus propios grillos.
Los españoles explotaron a los pueblos agrícolas que previamente dominaran los incas, mas, como ellos, nada pudieron hacer frente a los pueblos no agrícolas, inexplotables y difíciles de reprimir por su poder no centralizado. Las Misiones Jesuíticas fueron eficaces entre los guaraníes por su práctica de la agricultura, pero fracasaron entre charrúas y minuanes. Podían apresarlos en una misión, pero en vano. El conquistador sólo pudo utilizar a estas tribus ocasionalmente, en actividades comerciales y militares, usándolos vía alianzas para hostigar a otro conquistador (la alianza de portugueses con los charrúas para hostigar al español; la alianza de Artigas con los charrúas para lo mismo).
En la colonia las diversas campañas emprendidas contra charrúas y minuanes lograron que disminuyeran en número, pero no lograron extinguirlos. Esto fue obra de los gobiernos patrios, que en toda América fueron más crueles y eficaces que sus antecesores en la lucha con el “infiel”.
Luego de las masacres de Salsipuedes y Mataojo, algunos sobrevivientes escaparon al Brasil. Para evitar que mantuvieran su cultura, los cautivos fueron entregados a las familias que los solicitaran, con el deliberado propósito de separar a las madres de sus hijos.
En cuanto a los guaraníes que fueron utilizados en el coloniaje para la construcción de pueblos, o empleados en la guerra, inclusive contra los “infieles”, eran indígenas previamente aculturados por los misioneros. Cuando Rivera entrega las Misiones les promete alojamiento en el nuevo Estado. Desde allí vinieron trayendo sus campanas y cuatrocientos mil cabezas de ganado, pero apenas cruzaron el Cuareim fueron despojados y hacinados en un pueblo donde vivían de hervir huesos. Esa situación desembocó en un levantamiento que fue reprimido. Luego se dispersaron por la campaña pasando a la categoría de peones de estancia. Aculturados y disgregados, poca impronta cultural dejaron. Pero por poca que fuese, alguna marca imprimieron en la sensibilidad de los habitantes de la región.

Segunda parte:
La herencia indígena en el Uruguay

Así como la generalidad de los críticos españoles desconoce la impronta árabe del Quijote, nuestro país, a causa de un complejo de inferioridad, ignora la herencia del indígena. Tres millones que poco agregan al mundo erigieron el mito de su democracia, su igualdad social y otras mistificaciones condensadas en la ilusión de ser un pequeño trozo de Europa en Sudamérica.
Afortunadamente, para esta jubilosa visión, salvo el mate y algunos nombres de ríos y animales no queda ninguna otra huella de un pasado despreciable. Esta concepción progresista, pues ve en el progreso un refinamiento de nuestras costumbres, genera que en Uruguay, donde el indígena fue eliminado o disuelto en la sociedad, se pueda seguir sin complejos una tradición suya: el mate. Mas si las comunidades hubieran sobrevivido, por elemental racismo el mate no se hubiera extendido de forma unánime. La prueba evidente la aporta la Argentina. En un país con mayor presencia indígena el porteño toma mate en su casa, mas se cuida de llevarlo a la calle. En Chile, se supone, nadie toma mate, mas en los supermercados la yerba desaparece como por encanto.
El hombre no es consciente de la gravedad, ni de la presión del aire, ni de sus particularidades culturales. Nada mejor que salir de la tierra propia para entenderla, o eventualmente, prestarle oídos al que viene de fuera. Un europeo nos dirá: “Europa es hoy, hoy, hoy. Sudamérica es mañana. Uruguay es un poco hoy y un poco mañana”. Con esto expresará que el reloj y la contabilidad rigen la vida del europeo. El tiempo es oro. El sudamericano, por herencia indígena y por las bondades de su tierra, no está tan constreñido por el trabajo y se arroja sin culpa sobre una hamaca paraguaya, punteando una guitarra en tanto la tarde cae más lentamente que en la otra orilla del atlántico.
La pervivencia del indio se aprecia en nuestra sensibilidad, en nuestra noción del tiempo, en nuestra concepción de la propiedad y en nuestra generosidad. Werner Herzog, mientras filmaba Fitzcarraldo en el Amazonas, recibió una visita de indios en tanto cocinaba para todo el equipo en una gran olla. Agregó una segunda olla. Los indios aguardaron, luego comieron en silencio y se fueron sin dar las gracias. Esto a Herzog le llamó la atención, pero alguien de la región le dijo que en las tribus que él conocía no existía nada parecido a la palabra “gracias”. Las sociedades hiper abundantes no la necesitan. En el fogón del charrúa, y seguramente en el fogón del guaraní, siempre había una carne asándose y cualquiera se acercaba y pegaba un tajo o todos los que deseara, pues nadie andaba contabilizando esas cosas. Hacerlo es asunto de otra concepción de la naturaleza y la propiedad. La palabra “gracias” nos parece nacida de un sano sentimiento de agradecimiento, pero antes es resultado de la necesidad y de la lucha, de igual forma que la palabra libertad nace con la primera cárcel, y nuestro educado “disculpá”, introductorio en un diálogo con un desconocido, delata una violencia latente.
Compartir un asado entre los amigos, sin usar de una calculadora, es una forma de sentir heredada de un pasado que se nos quiere pintar como sombrío. Se podrá argumentar que es herencia de los españoles que poblaron nuestro país, pero precisamente esos españoles estuvieron en contacto con los indígenas y el resultado más notorio de esa mezcla fue el gaucho. Aunque fuera eliminado al son del fusil de retrocarga y de la monserga escolar, ese hijo de una madre guaraní y a veces charrúa también dejó su herencia. El gaucho recibirá las enseñanzas de su madre, pero por ser un hombre de dos mundos no encontrará acogida ni en la tribu indígena, ni en la sociedad de los blancos. Vivirá fuera de la ley, tomará del indio sus boleadoras, su poncho, su destreza en el trabajo del cuero y su baquía. El baqueano no sabrá leer, pero aprenderá del indio su capacidad para leer en el vasto libro de la naturaleza. Luego el astuto caudillo tomará esa sabiduría del baqueano. Se dice que Rivera sabía por el sabor del pasto en qué tierra se encontraba y en cierta ocasión se lo vio bebiendo sangre de yegua. Aquella costumbre nos lleva a pensar en los que gustan de un asado quemado y seco como suela de zapato, mas el sibarita sabe apreciar un asado jugoso, y aunque no siempre lo sepa, esa es otra herencia indígena, como es una herencia indígena el conocimiento de las plantas medicinales y el saber popular sobre las costumbres de nuestros animales. Pescar tarariras y lenguados con una fija es otra herencia indígena.
De igual forma que el bandoneón, un instrumento alemán, encontró sus mejores ejecutantes en el Río de la Plata, el caballo traído por el conquistador encontró sus mejores jinetes y domadores entre los indios. La doma racional es conocida como doma india. El conocimiento de la naturaleza, que en rigor es mucho más que el “conocimiento de la naturaleza”, le aportaría al indio un compañero inseparable.
El amable lector permitirá que digamos que pareciera estar demostrado que los ritmos de los indios que habitaron nuestro suelo, el del actual Uruguay, no dejaron ninguna huella en nuestra música, mas consideraríamos temerario afirmar que no dejaran ninguna huella en otros sentidos. Pienso en cierta tristeza inherente a la milonga y al tango. Algo del gaucho pervive en el tango, y no sólo en el facón que usaban los malevos, ni en sus duelos, ni en la propia palabra malevo o malévolo. El mismo Gardel en sus inicios entonaba canciones camperas vestido de gaucho. En un relato titulado “El tango argentino”, denostado por la crítica contemporánea que integran aquellos que no vivieron el tiempo que sí vivió el artista, el gran Cunninghame Graham, luego de sufrir la experiencia de observar en Europa un tango prostituido, viaja en el tiempo para describirnos cómo se vivía un tango en la campaña de la Banda Oriental. Galopa con otros gauchos hasta llegar a una casa donde en una habitación hombres y mujeres bailan contorsionándose hasta barrer el piso con el cabello, en tanto un negro y un ciego ejecutan la guitarra y el acordeón. Aquel baile terminaría drásticamente cuando un gaucho vengara una antigua afrenta. En la tristeza del tango y la milonga uno cree oír la tristeza de una raza que se extingue, la tristeza de un tiempo de abundancia que no volverá.
Sufrimos, y en esto no necesariamente escapan ni historiadores ni antropólogos, una tendencia a dotar a las fronteras erigidas por razones políticas, una eficacia que va más allá de lo estrictamente político. Al pensar en la música popular uruguaya, como no vemos en nuestros ritmos influencia guaraní ni charrúa o minuán, negamos toda influencia indígena. Sin embargo los fenómenos culturales, así como el contrabando, se ríen de las fronteras, o mejor aún, las desconocen. En campaña se tocaría lo que hoy llamamos “música folclórica” sin que la ciudad se enterara o la aceptara. Cuando Atahualpa Yupanqui viaja a Buenos Aires vivirá en carne propia esta indiferencia. Sin embargo nuestra música folclórica (exceptuando el tango que seguiría otro derrotero) terminaría imponiéndose de la mano del gran cantor argentino, acaso coadyuvado por la radio. La influencia de Yupanqui en Zitarrosa y Viglietti (por nombrar a nuestros principales exponentes) sólo es igualada por la admiración delirante que le profesaban. Atahualpa tenía la virtud de aunar, salvo el tango, todos los ritmos de su país, y gracias a él y a otros músicos de la región, esos ritmos se hicieron nuestros. Mas la influencia musical indígena también llega a nosotros desde aquellas tierras que no serían bañadas por el Paraná. Para sólo dar un ejemplo elocuente, la cumbia, que auna ritmos africanos, indígenas y europeos, encontraría en nuestro país un arraigo incuestionable.
El Estado al crear la escuela logró que desapareciera el guaraní y el portugués que se hablaban en nuestra campaña. Exuberancia es belleza, pero se optó por un sólo idioma. Como el lenguaje es un testimonio vivo del pasado, quedaron innumerables palabras que nos permiten rastrear el antiguo hablar del pueblo. Poco sabemos del lenguaje charrúa. Según me cuentan, un sensible alemán que convivió con ellos escribió una gramática. Testimonio de nuestra brutalidad y de nuestro complejo, nunca ningún uruguayo, hasta mediados del siglo pasado, se preocupó de viajar a Europa para copiar ese valioso original. Cuando decidimos ir por el manuscrito resultó que había desparecido, junto a tantas otras cosas, en un bombardeo de nuestra civilizada segunda guerra mundial.

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