El problema de la TV uruguaya y su generación “simpática”, por Pablo Romero

El problema de la TV uruguaya y su generación “simpática”
Escrito por Pablo Romero
Miércoles, 23 de Abril de 2014 11:36

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Con la excepción de TNU (canal 5), la televisión abierta es un atentado cultural. Salvo alguna honrosa rareza, la programación que ofrecen los tres canales privados carece de valor cultural alguno (y yo sí creo que hay valores culturales preferibles a otros y que inciden radicalmente en la construcción del capital cultural de una sociedad). La televisión privada abierta cada vez genera más espacios chabacanos y acumula comunicadores de escasa altura intelectual y sobrada guaranguería. Hay toda una generación de personajes “simpáticos” que han acaparado los espacios televisivos y que denotan la decadencia de nuestros medios televisivos. En algún momento -quizás casi sin darnos cuenta- hemos pasado de una televisión abierta que -aún con sus defectos- tenía su grilla de atractivo cultural, generaba valores deseables, contaba con periodistas formados intelectualmente, producía programas de debates con peso reflexivo e interés comunitario, a una televisión resumida en la expresión “la hora de la pavada”, tardes acaparadas por los programas de chimentos (donde varias de las peores bajezas humanas son exhibidas cuál trofeo), programas que utilizan los archivos televisivos para burlarse de otros (y que, de colmo, alguno le suma la apuesta a un humor burdo, carente en última instancia de toda sutileza) e incluso periodísticos meramente amarillistas.

Basta con analizar la apuesta a qué tipo de programas realizan los canales privados en materia de producción nacional para darnos cuenta del nefasto viraje que le han dado sus autoridades a la manera de comunicar, informar y “entretener”. Ni que hablar de lo que supone -culturalmente hablando- por estos días el regreso del universo Tinelli, paradigma de la frivolidad de época.

Y esto tiene un alto costo, porque la televisión -se admita o no, quiera alguno quitarse responsabilidades o no, se señale o no que esa no es su tarea- educa y conforma en buena medida el imaginario colectivo y colabora en todo caso en la creación de valor social, de valores culturales.

Hace ya veinte años, en el libro “La lección de este siglo”, el filósofo austríaco de cuño liberal Karl Popper al abordar el tema de la televisión plantea lo siguiente, en un pasaje particularmente contundente:

“Los maestros no tienen chance ante la televisión. (…) La televisión tiene una fórmula imbatible: “Acción y más acción”- esa es toda la filosofía de los productores de TV. ¿Qué puede presentar un maestro contra eso? Solo la voz de la razón (…) Los maestros no tienen la mínima chance de resistir eso. (…) ¿No hay regulaciones de tráfico muy precisas? Piense solo en el peligro increíble de usar automóviles sin un código de autopistas? (…) Necesitamos una licencia para conducir, ¿no es cierto? Y si usted conduce peligrosamente se la sacan, ¿verdad? Bueno, hagamos lo mismo con la televisión (…) ¿Acaso el mercado no tiene sus reglas? Si un editor italiano saca un libro mío, ¿no tiene que pagarme derechos de autor? ¿Esto va en contra de la “sociedad abierta”? En todas las cosas de la vida habría caos si no introdujéramos reglas. Eso tampoco es todo. Para funcionar, el mercado necesita no solo reglas, sino también cierta cantidad de confianza, autodisciplina y cooperación. Por eso vuelvo a mi argumento de que la televisión tiene un enorme poder sobre la mente humana, un poder que no existió nunca antes. Si no restringimos su influencia, seguirá alejándonos de la civilización, haciendo que los maestros queden sin poder para hacer nada al respecto. Y al final del túnel, no hay nada más que violencia. Comencé a hacer sonar estas alarmas hace cuatro o cinco años, pero no han tenido efecto. Sé que nadie quiere detener este terrible poder.”

Puede sonar quizás apocalítptica la posición de Popper, pero ¿si en alguna medida tiene razón? Quizás sea tiempo de abrir un frente de debate en serio -ajeno a toda politización partidaria del tema- y con efectos concretos respecto de la responsabilidad de las autoridades televisivas en cuanto a su colaboración con la estupidización y la desvalorización cultural de nuestra sociedad, particularmente de las nuevas generaciones. Al final de cuentas, ¿quién paga las cuentas del atentado cultural al que nos someten a diario? ¿No hay responsables al respecto? Si la apelación a la “libertad” y el libre juego de las “preferencias” (como si estas no se marcaran) sirve para engordar bolsillos de empresarios televisivos y eximirlos de sus responsabilidad en al asunto, a costa de hipotecar el capital cultural de las nuevas generaciones, más vale ser un poquito menos “libres” en la materia, pues, en definitiva, no hay mayor libertad que la que nos otorga una cabecita bien construida y enriquecida culturalmente.

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Esos chicos son como bombas pequeñitas, Soledad Platero

Esos chicos son como bombas pequeñitas
por Soledad Platero

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Aunque llegan en forma dispersa, las noticias relativas a la seguridad pública han aumentado su presencia en los medios ya no sólo en la forma habitual de recuento de hechos de violencia (por lo general, orientada a la que los delincuentes ejercen sobre los desprotegidos ciudadanos) sino con la irrupción de información sobre los sistemas punitivos y los resultados de su aplicación. En las últimas semanas se ha oído hablar de la situación de los menores custodiados por el Sistema de Responsabilidad Penal Adolescente (Sirpa), de la conveniencia o no de defender la negativa a bajar la edad de imputabilidad penal, de la reducción de daños que significó terminar con las fugas de menores recluidos por orden judicial y de los resultados obtenidos en los barrios en los que se lleva adelante el plan Siete Zonas. A todo esto podrían agregarse las denuncias, realizadas por policías, de agresiones contra seccionales policiales, en las que se mezcla peligrosamente el reclamo sindical de más personal y mejor equipamiento con la defensa aproblemática y naturalizada de la comisaría como un territorio que debe ser protegido como un fortín instalado en campo enemigo.

La idea de que habitamos un espacio hostil en el que podemos ser atacados en forma brutal e inmotivada en cualquier circunstancia atraviesa prácticamente todos los planos de nuestra vida y es parte de un fenómeno que cientistas sociales, filósofos y teóricos de las más diversas disciplinas humanísticas han repasado una y otra vez. Son numerosos los trabajos orientados a exponer los muchos modos en que la prevención y el control trabajan para mantenernos dentro de la ficción de un blindaje que tanto nos sirve para zafar de un ACV o una gripe común como para evitarnos un mal rato si andamos de noche por una calle oscura. Expresiones como “biopoder”, “medicalización de lo social”, “judicialización de lo político” y tantas otras dan, con enfoques y alcances diversos, cuenta de una tendencia cuyo sustento común es el horror a que nuestro cuerpo (y sus extensiones: nuestro auto, nuestra casa, nuestro país) sea vulnerado en cualquier forma.

En medio de este cuadro, no es raro que las respuestas a la sensación de vulnerabilidad tengan siempre un sesgo prevento-represivo y que se sustenten en un discurso que procura envolver incluso las intervenciones de carácter “social” en el marco teórico de la prevención de males futuros. Así, alimentar, contener y educar a los pobres (o a los que nacen en contexto crítico, para decirlo en términos más cercanos a los usados en el discurso institucional) se ofrece como un modo de evitar que esos hijos de la desidia social terminen volviéndose contra sus victimarios. O, dicho de otro modo, que terminen rapiñando taxis o vejando ancianas para hacerse de un botín muchas veces insignificante.

Los menores infractores son la carnadura más perfecta para el horror social a la violencia sin sentido. Como los terroristas islámicos (ese Otro de lo occidental que no podemos ni siquiera empezar a descifrar) o los virus de diseño, los pibes chorros constituyen la contracara absoluta y opaca de una sociedad que aspira a contar con salvaguardas contra cualquier riesgo y que suele buscarlas en la figura fuerte de la autoridad, constituida por lo general por vigilantes armados.

Una información que circuló hace unos pocos días daba cuenta de la relación obvia entre la disminución de las fugas de menores recluidos por orden judicial y el descenso de las rapiñas cometidas por menores. En defensa de la gestión de Ruben Villaverde al frente del Sirpa, el defensor de menores Daniel Sayagués decía a El Observador que el descenso en el número de menores procesados por rapiña en 2012 en relación con 2011 “se debió exclusivamente a que se frenaron las fugas, y dejaron de reincidir, ya que las demás variables se mantuvieron constantes de un año al otro”.

Por otro lado, la divulgación, esta semana, de los resultados del plan Siete Zonas, a apenas seis meses de su inicio, muestra también una disminución importante de los delitos cometidos en los barrios que lo integran, lo que parece indicar que a más intervención del Estado (el Siete Zonas combina la presencia policial con otras formas de intervención “en el territorio” que incluyen atención a madres, niños, jóvenes y referentes sociales, de diversas maneras), menos riesgo de violencia desatada.

La línea que va de la actuación prevento-represiva a la disminución del delito es tan clara, tan diáfana, tan aproblemática que parece llegar para confirmar que los reclamos de mano dura e imposición decidida de la autoridad están en lo cierto, y que cualquier otra consideración no deja de ser una forma más del viru viru al que siempre nos arrastran los intelectuales, los “panza” (la adorable expresión pertenece al ministro de Defensa Nacional, Eleuterio Fernández Huidobro), los que ponen palos en la rueda y no entienden que lo importante es, antes que nada, hacer.

Hace bastante más de una década, el connubio esperable entre el discurso de la burocracia internacional de la cooperación y las organizaciones de la sociedad civil que dependían de sus aportes para poder funcionar comenzó a imponer la deliciosa idea de la territorialidad como horizonte y suelo –simultáneamente– de las buenas prácticas de intervención social. Las pautas para obtener fondos para cualquier proyecto de cooperación (en tiempos en que la crisis económica hacía desesperante la necesidad de estos recursos) eran implacables en ese aspecto: cualquier programa debía desarrollarse “en el territorio”, y esa instrucción debía ser entendida del modo más literal posible. Actuar en el territorio implicaba localizar geográficamente a los beneficiarios, explicar cómo se verían favorecidos en relación –claro– con su enclave territorial (esto muchas veces se justificó mediante apelaciones a la reconstrucción del tejido social, a la creación de valores comunitarios, etcétera) y detallar las formas en que los resultados obtenidos podrían ser medidos con claridad (tantos niños se inscribieron en la escuela, tantas madres participaron en talleres, tantos encuentros se llevaron adelante). La idea de que en los territorios habitaban seres en condiciones ya no de injusticia, sino de vulnerabilidad, colaboraba para que todo tuviera el aire infantilizador que siempre requieren las intervenciones institucionales.

A esta altura, la imposición de la territorialidad como marco inobjetable de cualquier propuesta que apunte a mejorar la sensación de seguridad de la población ya no parece tener marcha atrás. Sea con la mano dura de la represión (o la prevención que se ejerce mediante vigilancia y control) o con la mano blanda de la asistencia social, los habitantes de la ciudad somos protegidos del peligro como si fuéramos, todos, menores en situación de riesgo. No hay adultos responsables en el escenario desolado y árido de la mera supervivencia en el territorio. Hay víctimas y victimarios potenciales (todos niños) y brazos largos (o gordos) de la autoridad que se encargan de proteger el parvulario.

En este escenario, la empecinada consigna que dice No a la baja puede y debe ser entendida, paradójicamente, como un último bastión de resistencia conceptual. Clavada como un límite concreto en el laxo campo de lo territorial absoluto, la decisión de no ceder a la idiotez (a la inmoralidad) de cambiar el ordenamiento jurídico a costa de los adolescentes se planta antes que nada como declaración de principios: no podemos caer en una medida tribunera, ineficaz, inconducente y perversa, y mucho menos podemos mostrarnos prescindentes o distantes porque, a fin de cuentas, los números muestren que los menores se están portando mejor. Efectivamente, es probable que los delitos cometidos por menores hayan descendido como consecuencia de que los menores delincuentes están mejor custodiados. Es una obviedad semejante a esa que dice que muerto el perro se acabó la rabia. También es probable que la atención focalizada en tal o cual zona suponga un cambio cualitativo en las condiciones de vida en esa zona. Son verdades, claro, pero verdades de Perogrullo. Siguen sin exponerse otras verdades que tienen que ver con las causas profundas de una descomposición social que nos condujo irreparablemente a la ficción de la territorialidad y la guerra como discurso hegemónico y sin las que será muy difícil sostener un proyecto colectivo que aspire a la justicia y la emancipación.

* Publicado en Caras y Caretas el 25 de abril de 2014

Ni Ni: acerca de los jóvenes uruguayos que no estudian ni trabajan, por Consuelo Pérez

Ni Ni
16.Abr.2014

Consuelo Pérez
Edila por sector ProBa, Partido Colorado, Uruguay. Integrante actual de la Comisión de Derechos Humanos de la Junta Departamental de Montevideo. Integrante actual de la Comisión de Medio Ambiente y Salud de la Junta Departamental. Integrante de la Red de Mujeres Políticas.

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Uno de los mayores fracasos atribuibles al sistema político en el Uruguay es no haber podido obtener avances en la problemática social que supone la existencia de jóvenes que ni estudian ni trabajan, a los que se les conoce como los Ni Ni .

Para el año 2010, en términos absolutos, la cantidad de jóvenes en esa situación era de 131.000, lo que representa un 17, 8 % del total de los jóvenes.

Los datos del anuario educativo del MEC nos ilustraban a la fecha: “La cantidad de jóvenes que no asisten a un establecimiento educativo ni tampoco trabajan se incrementa entre los 15 y los 19 años”; los valores son más altos en el tramo de 17 a 27 años de edad; los ni-ni de entre 15 y 24 años mayoritariamente “no han superado la educación media básica”. Datos escalofriantes para un país avejentado, de escasa población y con índices de natalidad descendientes.

Es reconocido internacionalmente que los principales detonantes de este problema son la falta de empleo, la deserción escolar y la baja calidad educativa.

Ciertamente, el pertenecer a estratos sociales de bajos ingresos, motivó a lo largo de nuestra historia como sociedad, que la deserción escolar para volcarse a trabajar fuera una constante. Pero hoy se deserta para no hacer nada. La trillada pregunta: ¿estudiás o trabajás? ya no tiene sentido entre los jóvenes, que son concientes de esta terrible anomalía.

Pero además, a pesar de la recuperación económica constatada y difundida insistentemente por el gobierno, el número de los Ni Ni no sólo que no desciende, sino que aumenta, lo que vincula definitivamente el problema a los aspectos sociales, familiares, de valores y educativos, no a los económicos.

Como dijimos muchas veces, sin educación no hay futuro, y la educación, como bien lo recalcara José Pedro Varela hace mucho, en ocasión de presentar su reforma, es además la garantía imprescindible para el fortalecimiento de la democracia. Sin educación no tendremos una democracia fuerte, y hasta podemos perderla.

Es genéricamente aceptado que la baja calidad educativa propicia la aparición y crecimiento de los Ni Ni, que además se transforman en una población vulnerable ante mecanismos de reclutamiento para hacer dinero fácil, y por supuesto que en esa hipótesis las drogas y la delincuencia en general están presentes.

Recordemos que este gobierno se ha propuesto encarar soluciones para el tema, y recordemos también que el propio presidente José Mujica reclamó apoyo de los privados para el programa interinstitucional que pretendía atender a los jóvenes en Uruguay que ni estudian ni trabajan, ya sea con la contratación de esa población así como de la apertura para sistemas de pasantías, lo que fue recibido con beneplácito.

Pero el fracaso se ha instalado una vez más, y los mecanismos utilizados no se han comparecido con avances, que en este caso sería el descenso del número de jóvenes – que llenarían dos veces el estadio Centenario – que ni estudian, ni trabajan.

Mientras el sistema educativo siga devastado y generando resultados “en picada” no habrá mejorías.

Mientras la falta de autoridad sea una constante en todos los ámbitos, así como persistan los asistencialismos sin contrapartida y la falta de controles con relación a obligatoriedades no se respeten, estaremos sin posibilidades de éxito.

Paralelamente y relacionado con este tema, vimos en los medios que de los 15.000 jóvenes que no habían tramitado la Credencial Cívica hasta el lunes, unos 7.000 concurrieron a último momento a la Corte Electoral y tuvieron múltiples problemas, pues los tiempos no daban. Por tanto, hay al menos 8.000 que no participarán de las elecciones presidenciales por carecer del documento.

Obviamente que los que no necesitan votar, ni trabajan ni estudian, pero en la instancia se comprobó además desinterés por el asunto del voto. Es que en los últimos tiempos se ha constatado que la población en general, y en particular la juventud, ha perdido interés en participar en los temas relacionados con los aspectos políticos de la vida del país, y así lo dicen las mediciones al respecto.

Se ha perdido confianza en el sistema político y en sus actores, y la indiferencia es el primer síntoma.

Ciertamente, la pérdida de confianza va unida al naufragio de las expectativas que se generaron en el descreído, y ese aspecto se vincula directamente a las promesas incumplidas, que desde hace nueve años, obviamente, son responsabilidad del actual gobierno.

La ausencia de resultados en nueve años con relación a la problemática vinculada a los mucho más de cien mil jóvenes que “vegetan” en el país, también.

No a la baja. Sí, “no a la baja”, por Rafael Paternain

No a la baja. Sí, “no a la baja”
21.Abr.2014
Escribe Rafael Paternain

Sociólogo, integrante de Alternativa Frenteamplista, movimiento de independientes que apoya la candidatura de Constanza Moreira.

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Esta consigna es la que mejor se adapta a los tiempos que corren. En plena consolidación de una hegemonía conservadora en el campo de la seguridad y de un populismo penal “desde arriba”, el “no a la baja” constituye una negación afirmativa, un acto de resistencia y un enorme desafío ante fuerzas mucho más poderosas. Obliga a desarrollar argumentos y a encarar una acción política común orientada por objetivos pedagógicos. Como bien saben los psicólogos, un no a tiempo se agradece en el futuro. Como bien sabemos por la historia política y social, la ciudadanía y la libertad también se han forjado a través de la resistencia creadora. El plebiscito del 80 -y su inolvidable No- es el ejemplo más aleccionador. El avance punitivo y la “ilusión represiva” no tienen dos días en nuestra sociedad. El proceso ha sido estudiado con profundidad, aquí y en toda América Latina.

Desde hace casi treinta años hemos encarado las políticas de seguridad con el expediente de la ley penal, y en el último tiempo con el empoderamiento de la policía. El acceso de la izquierda en muchos países de la región inicialmente ha contenido estas tendencias (en nuestro país, entre 2005 y 2009 no hubo aumento de la punitividad más allá de las claras demandas), aunque luego ha sido arrastrada por las mismas. El repertorio universal se integra con nuevos delitos, aumento de penas, reducción de la edad de imputabilidad, sacralización de la víctima, incrementos presupuestales para la policía, fascinación por la incorporación de tecnología y construcción de nuevas cárceles. La realidad uruguaya tiene sus particularidades, y es muy probable que este populismo penal “desde arriba” haya tenido una expresión menos salvaje que en otros países de la región. Sin embargo, no parece ser el caso de la imputabilidad penal de los adolescentes, asunto que lleva más de un siglo de discusión. Los argumentos se han repetido no importa el contexto. Las resistencias también han sido importantes, aunque a veces se han tenido que pagar algunos costos.

En este presente de crecimiento y desarrollo, aunque con importantes niveles de deuda social y con nuevas y viejas desigualdades, los discursos y las sensibilidades en torno a la seguridad han sufrido transformaciones de entidad. Cada vez son más evidentes las claudicaciones, y mientras aumentan las probabilidades de ser derrotados por este proyecto de la derecha, hemos sucumbido a la insólita estrategia de retrocesos por izquierda.

El “no a la baja” es una consigna que no se negocia. Hace pocas semanas atrás, la Universidad de la República publicó un documento sintético y revelador. Vale la pena hacer foco en sus principales argumentos.[1]

1. Las acciones llevadas a cabo durante la adolescencia suponen procesos psicosociales muy diferentes a los que se producen en el sujeto adulto, y en ese sentido carece de todo fundamento señalar que los adolescentes de hoy en día “maduran” más tempranamente: “una acción temeraria o lesiva de un adolescente no debe confundirse con una maduración precoz” (página 5).

2. Los cambios sociales y económicos de las últimas décadas han generado fragmentación y desigualdades. En ese contexto, los niños, niñas y adolescentes han sufrido la peor parte: “mientras nuestros adolescentes y jóvenes se han transformado desde hace tiempo en el blanco privilegiado de los procesos de judicialización y criminalización, no debería perderse de vista que ellos constituyen el segmento etario más desfavorecido del país” (página 7).

3. Desde siempre, la infracción adolescente ha sido sobredimensionada, en particular por discursos institucionales específicos (mediáticos, políticos, policiales, judiciales) y a partir de un uso arbitrario de la información oficial sin ningún sustento técnico: “a pesar de las informaciones que han circulado en el debate público, no hay forma de saber con exactitud el peso real de los adolescentes en el total de delitos que ocurren en el país. Esto es muy evidente para el caso de las denuncias de hurtos y rapiñas, cuyos niveles de ambigüedad e imprecisión hacen imposible acercarse a un dato cierto” (página 9).

4. No es verdad que los menores de 18 años sean impunes, ya que existe un Código de la Niñez y la Adolescencia que impone medidas (incluyendo la privación de libertad) con una fuerte orientación socioeducativa. En ese sentido, “el punto neurálgico que debemos definir es si ofrecemos a través de esa sanción un abordaje educativo de la misma o renunciamos a ello, relegándolos prematuramente a una adultez para la cual no les hemos proporcionado los cuidados ni el tiempo necesarios que se requiere para su adquisición” (página 10).

Sin embargo, todos estos argumentos tienen que ser interpretados en el contexto actual de las políticas de seguridad y de los sentimientos colectivos de inseguridad. La consigna de “no a la baja” debe insertarse en un proceso mayor de resistencia a las tendencias punitivas.
Mal que nos pese, tenemos que hacer referencia a las recientes declaraciones del Ministro del Interior, Eduardo Bonomi, al semanario Brecha, celebradas con bombos y platillos por la derecha. El Ministro señala su preocupación por el 40% de votantes del Frente Amplio que están a favor de bajar la edad de imputabilidad penal (“ese sector no está teniendo una respuesta clara”). Compartimos la misma preocupación. Y alguna otra también: por ejemplo, el rechazo y la disconformidad de miles y miles de frenteamplistas con los discursos y las prácticas de la actual política de seguridad. ¿Cuánto están incidiendo los resultados de esta política en el actual estancamiento electoral del Frente Amplio?

El Ministro insiste con el aumento de la proporción de la participación de menores en delitos, en especial en hurtos y rapiñas. La afirmación, una vez más, se realiza sin ningún sustento probatorio. Se sabe, aquí y en todas partes, que el delito contra la propiedad es un delito adolescente y juvenil. La curva de edad (se llega a un máximo entre los 17 y los 18 años y luego comienza un declive pronunciado) es una de las pocas evidencias aceptadas en la criminología, al punto de cuestionar severamente la generalización sobre las “carreras criminales”.

Pero hay otras afirmaciones inquietantes: según el Ministro, no hay necesidad de decirle no a la baja, “porque ya estamos por debajo de la baja”. Que me auxilien los abogados penalistas, pero hasta donde yo sé la propuesta que se va a plebiscitar es radicalmente diferente al actual sistema de responsabilidad ante las infracciones cometidas, más allá que el sistema funcione con pretensión de castigo antes que con propósitos socioeducativos. Que me auxilien los compañeros del Frente Amplio, pero el argumento de la responsabilidad actual desde los 13 años se ha manejado -y se maneja- hasta el cansancio.

Por fin, según el Ministro, para tranquilizar a ese 40% atormentado por la delincuencia juvenil la mejor estrategia es aumentar las penas dentro del ordenamiento actual y apelar a la “rehabilitación”. Ignoro si finalmente ese 40% entenderá lo que se quiere hacer. Lo que no tengo dudas es que esta opción es tan nefasta como la que propone la derecha.

Estas declaraciones son un golpe artero a la campaña. Con la excusa de los “errores de comunicación” se pretende una reapropiación de las cuestiones sustantivas, una vez más abonando la lógica de un populismo penal “desde arriba”. En el momento en que todo el Frente Amplio había acordado una estrategia común, que las encuestas mostraban un importante descenso en el apoyo al plebiscito, que el arzobispo de Montevideo salió al ruedo con posiciones valientes, que la experiencia “rehabilitadora” del SIRPA recibió graves cuestionamientos, que la única evidencia cierta (la del peso de los adolescentes en los homicidios) atemperaba la demagogia circundante y que aparecían nuevas voces y alianzas, la postura del Ministro del Interior constituye un obstáculo deliberado y debería desatar un enérgico rechazo.

El “no a la baja” supone compromisos exigentes. Hay que seguir batallando con la misma convicción para que el plebiscito de octubre no prospere. De la misma forma, hay que promover nuevas alianzas políticas, sociales y académicas que consoliden una plataforma de acción que vaya en dirección contraria al manido recurso de la solución penal y alienten versiones renovadas en materia de convivencia y seguridad. No sabemos qué pasará en octubre. El escenario es muy complejo. Tal vez podamos salir airosos del trance. Lo que no nos podemos permitir es ser derrotados por nosotros mismos.

[1] “La Universidad de la República y el debate público sobre la imputabilidad penal para los adolescentes”, Montevideo, abril de 2014.

Apología del piropo en su agonía, Marcelo Marchese

“Bendita sea la madre que parió a los obreros que aplanaron el pavimento por el que pasas ¡Monumento!”
(Apología del piropo en su agonía)

Marcelo Marchese

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Toda reglamentación perversa se funda siempre en algún saludable propósito. Tal es la dinámica de un mundo que progresivamente norma nuestras vidas a través de leyes, campañas propagandísticas terroristas y “días” y “semanas” contra esto y aquello. En su “Breve diccionario para tiempos estúpidos”, Sandino Nuñez, recostándose en “La verdad y las formas jurídicas” de Foucault, dice acertadamente que estas intervenciones reglamentarias se apoyan en “formas imaginarias de la disciplina jurídica destinadas a conducir la violencia por andariveles legales pragmáticos. Algo así como una administración legal de la venganza”.
Acabamos de vivir la Semana contra el acoso callejero y su secuela, la inevitable proscripción del piropo. Para no ser aún más incomprendidos de lo que inevitablemente seremos, decimos que nos oponemos a aquellos que no permiten que una mujer transite por la calle con normalidad, pero pensamos que las leyes que buscan evitar este acoso, como ya se han dictado en los países más adelantados, no alcanzarán su eventual propósito y sólo lograrán que aquella pulsión estalle inevitablemente por otro sitio. Luego de aseverar el carácter contraproducente de esta inminente legislación (1), debemos decir que el acoso callejero, es decir, las insistentes groserías de un hombre dichas a una mujer, nada tienen que ver con el piropo, y una definición del piropo que incluye las groserías es un delirio resultante de un pensamiento homogeneizante que proscribe los matices y las sutilezas.
La grosería delata la impotencia de un hombre que no puede vivir aquello que desea y cuya fuerza se manifiesta en palabras, dichas tanto para el objeto imposible de su deseo, para el resto de la manada, como para afirmar su propia y enclenque masculinidad. La grosería no busca seducir y si la receptora de la invectiva diera vuelta sus pasos para convertir en hechos las palabras, el acosador huiría espantado, encontrando terreno propicio el sabio proverbio: Perro que ladra, no muerde. Aquí se manifiesta una sociedad castrada que a su vez reproduce la castración.
Condenar el piropo a causa del comentario grosero equivale a condenar la música luego de haber sufrido la traumática experiencia de soportar una banda militar. En la pérdida de matices barremos con todo y sólo nos queda el desierto. Qué es el piropo sino una producción poética elaborada por un hombre al paso de una mujer hermosa que lo ha sorprendido y arrancado de sus preocupaciones cotidianas. De ninguna manera es un acto exclusivamente masculino, pues primero el taconeo, el aroma de la mujer después y por fin su belleza infinita lo han arrebatado de tal manera que no puede sino, acaso sospechando que su deseo será inalcanzable, llevarlo al plano de la realidad que constituyen las palabras (2). Todos conocemos innumerables poemas maravillosos, sabemos quién los escribió y proclamamos, con pedantería, en qué escuela literaria lo inscribiríamos como quien ensarta una mariposa con una alfiler, pero no sabemos quién fue la verdadera generadora del poema, esa obra de arte viva sin cuya presencia no existiría la poesía. Así ocurre con el piropo, salvo que normalmente repite una elaboración previa de un poeta anónimo y sólo ocasionalmente es resultado de una genial invención espontánea.
El piropo es tributario de las culturas tropicales y mediterráneas, mas es desconocido en las nórdicas. No sabemos si fue siempre mal visto en estas últimas culturas que se han denominado como de cortesía negativa (donde el sujeto en su hablar desea que sus actos no sean impedidos por el otro), o si fue resultado del disciplinamiento emergente al término de la desenfrenada alta Edad Media. Fuere como fuese nos parece que el clima, coadyuvado por otros factores, determina el grado de frialdad en el trato humano (3). En las culturas de cortesía positiva (donde el sujeto tiene una imagen de sí mismo que aspira a ser reconocida) como lo son las tropicales y mediterráneas, un clima más benévolo ha coadyuvado a una vida alegre y bochinchera, a un trato más abierto y a un mayor entrevero humano, donde la flor del piropo encuentra un ámbito propicio para nacer. En los climas cálidos se toca el cuerpo del otro cuando se dialoga; en los climas fríos se pide disculpas aún cuando uno pasa excesivamente cerca. Samuel Becket jugaba todos los días durante cinco horas al billar con su amigo Patrick Whalberg sin decir palabras que ni siquiera se enunciaban cuando cada cual se marchaba por su lado.
Posiblemente el antecedente del piropo en la cultura que nos ha tocado en suerte sea una práctica de los caballeros ibéricos que luego prolongarían en el tiempo los estudiantes. Alguna exclamación que se utilizaba en tanto se arrojaba la capa sobre un charco para que la dama no mojara sus piececillos, podría considerarse un antecedente del piropo que sin embargo ya tenía vida propia entre los musulmanes, como lo atestigua el inolvidable Choja de Las mil y una noches. De seguro que este homenaje masculino era apreciado por las damas como un tributo a su belleza, aunque algunas de ellas lo sufrirían como una ofensa intrusiva de su intimidad. Posiblemente en este grupo se encontraran las doncellas ante las cuales nadie arrojaría su capa.
Aquí llegamos a un punto sumamente delicado de nuestro ensayo. ¿Por qué a la mayoría de las mujeres le molestan las groserías, pero a una minoría no le hacen mella? ¿Por qué a la mayoría le gustan los piropos graciosos que homenajean su belleza y sin embargo molesta a una minoría muy combativa? Todos tenemos el derecho a pensar peripatéticamente sin que ningún palurdo venga a interrumpirnos. A su vez uno quisiera disfrutar de la primavera sin que una variedad infinita de organismos microscópicos viniera a provocarnos alergias insoportables. El asunto clave aquí es que no a todos les provoca alergia el estallido de la primavera, y aunque se lo provocara a la mayoría, ningún elevado porcentaje debería ser el criterio para medir lo sano y lo enfermo. Parte de la repulsa al piropo se explica porque hace evidente que somos inevitablemente objetos de deseo y eso es algo que no podemos controlar, y aunque queramos negar ciertas cosas, la mirada del otro nos las recuerda implacablemente.
El piropo tiende a desaparecer. Son las mujeres quienes nos aseguran que ha sido desplazado por la exclamación grosera. Esta suerte de involución nos informa de un mayor grado de insatisfacción en el hombre, pero a su vez, la repulsa mayoritaria pero no unánime en el mundo femenino también es un indicador sexual. Uno no puede dejar de pensar en cómo las palabras penetran la intimidad de la dama sin su permiso. En las culturas de cortesía negativa el acto amoroso no requiere de muchas palabras previas, pero en las nuestras, como se ha repetido infinitamente, el punto G pareciera estar ubicado en el oído. La seducción comienza con los ojos, para dar paso a la lengua que enuncia las palabras, y al oído que las recibe como preámbulo de un juego donde volverá a participar la lengua en un sentido absolutamente diferente. La palabra, como vehículo de la lengua, se introduce en el oído de la dama y esa imagen nos lleva a admitir, para horror de los escépticos, que la lengua también simboliza al falo, así como el oído a la vulva. Los teólogos medievales, discutiendo cómo había sido fecundada la virginal madre de nuestro Señor, concluyeron que el Espíritu Santo había encontrado la vía adecuada a través del oído. En sánscrito al falo se lo llama lingam. En el seductor idioma portugués, al hablar se le dice falar. Esta es la causa por la cual, no sólo la grosería, sino inclusive el más elegante de los piropos encuentra enemigas fanáticas. A su paso, un hombre las ha manoseado con aéreas palabras y en sus mentes, aunque sea por breves instantes, ha copulado con ellas.
Existe otro motivo que explica por qué el piropo tiende a desaparecer, motivo que constituye otra razón para justificar nuestra apología. En los últimos siglos ha variado de tal forma el concepto de belleza femenina, que basta observar la obra de los maestros inmortales para percibir cómo aquella abundante y pletórica diosa del neolítico ha venido dando paso a esta anoréxica adolescente que impone su modelo en nuestras pasarelas. Este sólo signo alcanzaría para diagnosticar la decadencia de nuestra cultura que, en algún punto, está vinculada con el drama de la superpoblación. En el siglo XX, a partir de los sesentas, y acentuándose peligrosamente en los últimos treinta años, los dictadores de la moda han logrado imponer su gusto femenino en el cual prevalece, por las propias características sexuales de la mayoría de estos dictadores, un rechazo a los atributos que caracterizan a la hembra. Sin embargo, como esta tendencia moderna se opone a un arquetipo milenario e inconsciente, se mantienen aún como símbolos de la belleza absoluta mujeres como Sophia Loren y Marilyn Monroe. El piropo no sólo nace ante la presencia de la mujer hermosa, sino que florece particularmente ante la mujer hermosa por lo ampulosa y exuberante, e inclusive se destina a la mujer que porta unos rasgos generosos que por sí mismos constituyen la belleza. El piropo, lejos de constituir palabras que denigran a la mujer o le faltan el respeto, es un reconocimiento del hombre ante aquello que simboliza el milagroso poder gestante de la naturaleza. Frente a una impostura pseudo masculina que impone a través de los medios de comunicación una figura femenina ayuna de atributos, impostura generada por quienes temen el poder femenino, el piropo callejero restituye por un instante la verdad, aunque más no fuera obrando inconscientemente, y por esta causa se convierte en motivo de anatema.
Podemos defender a rajatabla aquellas culturas donde el piropo es sancionado, no en vano el cine de Ingmar Bergman encuentra un público afín en este rincón de Sudamérica. Pero aquellas muestras de cortesía donde el condicional juega una función primordial: “¿Usted consideraría una falta de respeto si yo me atreviera a preguntarle el camino más sencillo que me conduzca al cementerio?” delatan una violencia latente. Las tribus del amazonas no conocen la palabra “gracias” y ese desconocimiento indica la abundancia con que los provee la naturaleza. Esa linda palabra fue resultado de la escasez, de igual forma que la hermosa palabra libertad nació en la primera de las cárceles.
No podemos asegurar que las sociedades como la anglosajona y la germánica hayan “evolucionado” hacia la cortesía negativa, pero si podemos asegurar que abrigamos el temor de que nosotros involucionemos en ese sentido. Con cada paso dado por el disciplinante Dios Progreso, también conocido como El inevitable, estaremos separándonos decididamente del semejante a través de rejas, cerraduras, computadoras y teléfonos. Así como la escoba de paja fue arrumbada al rincón previo a la sustitución por esa horrenda escoba de plástico, de igual manera iremos arrojando al basurero de la historia, primero las largas conversaciones en el café, luego el bailar abrazados románticas canciones, y por fin, en el 2666, si aún sobrevivimos, ya no será necesaria esa sucia operación degradante propia de animales, pues prácticos científicos tomarán un espermatozoide preseleccionado que irá a inocularse a un adecuado óvulo in vitro, logrando fabricar así ciudadanos perfectos.
En tanto este gélido e inevitable futuro se vislumbra en el horizonte, tendemos una mirada a esa piedra preciosa que la etimología nos indica como origen de la palabra que nos ocupa. Es una gema que semeja al fuego, pues el piropo, del griego pyrós, fuego, y ops, apariencia, nace del fuego que la auténtica piedra preciosa enciende en nuestros ojos incendiándonos luego por entero. Ante el paso de esa hermosa palabra, no podemos reprimir el impulso de arrojar nuestra capa y entonar loas al mayor de los milagros de Dios sobre la tierra.

(1) En nada contradice esta profecía que la “Ley de faltas” haya derogado del Código Penal, junto a tantas otras cosas, la “Galantería ofensiva”.
(2) Esta suerte de fin en sí mismo del piropo es tributario, en América, del Río de la Plata. En el Caribe el piropo tiene muchas más posibilidades de convertirse en la introducción del pleno goce de todos los sentidos.
(3) No caeríamos en el error de propugnar un determinismo climático. Los humanos poblamos primero las geografías cálidas, preferentemente frente al mar. Luego habitamos las riberas de ríos y por último tierra adentro. Todos estos desplazamientos, hasta llegar al polo norte, fueron generando una serie de instituciones que determinaron, verbigracia, el carácter guerrero de algunas culturas. Sin embargo, aunque a los climas menos agradables arribaran algunas culturas llevando consigo ciertas instituciones, nada impide que sospechemos que el clima haya luego coadyuvado a sostener o variar el rumbo de algunas de ellas.

Selfie o la masturbación de la identidad, por Alma Delia Murillo

Selfie o la masturbación de la identidad
Por: Alma Delia Murillo – abril 12 de 2014

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Fotografía del archivo personal de la autora

Recuerdo bien el día que tomé esta foto. Estábamos en Córdoba, era el mes de diciembre del año 2012. La tomé porque recién estrenaba el piercing en la nariz que me había hecho un par de noches antes en una borrachera en Madrid. Supongo que me veo feliz, la verdad es que no lo estaba, de hecho sentía unas imposibles ganas de llorar. Dos amigas y yo habíamos decidido hacer el viaje de nuestros sueños por el sur de España y sin duda resultó un evento entrañable pero yo me sentía aterrada, sola, fuera de lugar. Ellas dos estaban felizmente emparejadas, una con marido, de hecho; la otra en la etapa más dulce del noviazgo. Y yo rumiaba las orillas de una herida de separación que me costó la vida remontar. Pero nada de eso se ve en la foto. En mi selfie tampoco son visibles los tres kilos de más que se acumulaban en mi vientre y caderas por la dieta vacacional y de los que todavía no logro librarme. Subí la foto a mi muro de Facebook, a mi cuenta de Twitter y ocurrió lo esperado: recibí “Likes” y comentarios aplaudiendo mi piercing nuevo pero yo seguí sintiéndome de la chingada. Ese viaje no hizo más que confrontarme con el hecho de que me había quedado sola y sentía un vacío enorme llamado falta de vínculo amoroso, falta de pertenencia. Así que mi selfie feliz es una mentira, lo confieso. Lo que nos da calma y contención se llama identidad. Y atravesar por una migración de identidad es muy duro. Es un proceso largo, doloroso, cargado de ansiedad y en el camino uno siente que pierde la cordura. Cuando por fin concluye te das cuenta de que ya no te definen las mismas ideas y tampoco el mismo trabajo, que los amigos que jurabas eternos de pronto ya no tienen nada en común contigo y a algunos hasta les das hueva. Al final vale la pena porque el espíritu humano está hecho para transformarse o de otra manera nos quedaríamos chatos, enanos, mutilados. Y para transformarse hay que aferrarse a una verdad vital y contundente: no somos los del espejo. Así como le ocurrió al pobre Narciso cuyo mito me gustaría que desentrañáramos juntos. Me puse a releerlo en mi Diccionario de Mitos Griegos de Robert Graves, asumo que todos conocen más o menos la anécdota: el joven que se enamoró de su reflejo en el agua y que despreció a todos los aspirantes a su amor, incluida Eco, la ninfa del bosque condenada a ser la voz que lo repite todo. Hay tres versiones de final y todas igual de trágicas, escojan ustedes su favorita: Narciso quiere abrazarse y besarse a sí mismo y al intentarlo cae al río y se ahoga, Narciso se suicida con la misma espada que había provocado la muerte de otro amante rechazado, Narciso es condenado a vivir para siempre enamorado de su imagen sin poder nunca conocerse a sí mismo. Yo me quedo con la tercera, es la más cabrona. Quiero reparar en dos detalles importantísimos, aquí van. Eco es la voz y la voz es el símbolo de la conciencia y el aceite de la flor de narciso que resultó del mito es un narcótico (noten la coincidencia de la raíz etimológica) que sirve para anestesiar, adormecer, apendejar, pues. Así está la cosa: hay selfies duck face (cara de pato) que consiste en parar la trompa para adelgazar el rostro, marcar los pómulos y lograr un acabado sexy. Hay selfies before eating donde la tocada es tomarte una foto junto al plato que vas a comer, ¿les ha pasado? Yo encuentro francamente grosero tener que esperar al selfimaniaco que tiene que compartir su rebanada de pizza con los que no están e ignora a los que sí estamos. El mensaje es claro: no me importas tú que estás aquí conmigo y ni siquiera importo yo mismo, ni mi hambre, lo que más me interesa es la fantasía nebulosa que se reflejará allá afuera. El colmo, selfie after sex; parejas que se toman una foto cuando acaban de tener relaciones sexuales. La pregunta no es para qué, la respuesta es muy obvia: para que los demás espejos nos vean. La pregunta que me escuece es ¿por qué?, ¿tan aterrados estamos de mirar al yo y no al reflejo?, ¿tan incapaces nos hemos hecho de mirar para adentro? Hay gente que sube entre seis y diez selfies diarios a sus redes sociales y compulsivamente revisa cuántos “Likes” y comentarios recibió. Desde luego la Asociación Americana de Psiquiatría ya habla de trastornos mentales derivados de la adicción al selfie. Incluso se registran casos de adolescentes filipinas que trataron de suicidarse por no recibir suficiente aceptación en sus selfies. Pero cuidado que esto no es sólo un fenómeno exclusivo de adolescentes, es transversal. Es que tiene dos componentes que lo vuelven dinamita: la obsesión con la tecnología y la obsesión con nosotros mismos que son características cada vez más definitorias de esta, nuestra boyante sociedad digitalizada y promotora del individualismo a ultranza. Dice el escritor Óscar de la Borbolla en su novela Todo está permitido: “Como la parte más puta de los seres humanos es el alma, nadie puede defenderse de las caricias masturbatorias de un adulador profesional” ¿No estaremos profesionalizando nuestro sistema masturbatorio colectivo? La identidad es el componente más delicado y poderoso de la existencia. Enterarnos cabalmente de quiénes somos puede incluso resultar intolerable pero es necesario para no entrar en psicosis. Con frecuencia me pongo a pensar en el escalofriante hecho de que el ojo no se ve a sí mismo; el ojo humano está diseñado para mirar todo lo que no sea él porque evolucionamos como depredadores y era necesario no perder de vista a la presa para poder cazarla. Por eso para mirar hacia adentro sólo queda el camino de cerrar los ojos, tapar los espejos y apagar la cámara. @AlmaDeliaMC

Este contenido ha sido publicado originalmente por SINEMBARGO.MX en la siguiente dirección: http://www.sinembargo.mx/opinion/12-04-2014/23096

La moral en suspenso: de la ideología glacial al perfeccionamiento, Alfonso Bárcena

La moral en suspenso: de la ideología glacial al perfeccionamiento

Alfonso Bárcena
Original en:
http://larazondesencantada.blogspot.com

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Con la crisis actual hemos experimentado que el capitalismo es un arma de doble filo: por un lado, ha permitido inmensas mejoras en las condiciones materiales. Por otro lado, ha exaltado algunas de las más perversas características humanas, como la codicia y la envidia. Así por ejemplo el maestro de economistas Keynes era profundamente ambivalente en lo que se refiere a la civilización capitalista. Se trataba de una civilización que daba rienda suelta a las malas intenciones a fin de lograr buenos resultados. Era necesario poner la moral en suspenso para lograr la abundancia, porque la abundancia haría posible una buena vida para todos.

Como explica el economista Robert Skidelsky sobre el maestro Keynes, éste escribía que : “la avaricia, la usura, y la precaución deben ser nuestros dioses durante un poco más de tiempo, porque son las únicas que nos pueden sacar del túnel de la necesidad económica y guiarnos a la luz”. Keynes comprendía que, en un cierto nivel de conciencia, la civilización capitalista había asumido la autorización de motivos antes condenados como “malos” a cambio de una recompensa futura. Lo que no llego a predecir Keynes es que la insaciabilidad económica expresada en el consumo desaforado como forma de existencia, se ha manifestado como la marca principal del capitalismo actual, convirtiéndose en los cimientos psicológicos de todo una civilización en una aberrante acumulación de riqueza y consumo que cada vez menos pueden disfrutar, tras lo que parece una imparable desaparición de las clases medias en los países avanzados.

¿Cuál es la utilidad de la riqueza, cuánto dinero necesitamos para llevar una buena vida? ¿Debemos además dejar nuestra moral en suspenso para ir acumulando dinero o consumiendo? Estas preguntas pueden parecer difíciles de responder pero no son triviales. Como indica Skidelsky, ganar dinero no puede ser una finalidad en sí misma (a menos que se sufra de algún trastorno mental grave). Decir que mi propósito en la vida es ganar más dinero es como decir que mi objetivo al comer es ponerme cada vez más gordo. Ganar dinero no puede ser la ocupación permanente de la humanidad, por el simple motivo de que el dinero no sirve para nada más que para gastarlo, y no podemos gastar sin límite. Llegamos así a la preguntas esenciales: ¿Cuánto es suficiente para una buena vida?.¿Qué cambios en nuestro sistema moral y económico serían necesarios para alcanzarla?.

Para contestar estas preguntas es necesario una perspectiva macro multidisciplinar combinando la filosofía y la economía: así los filósofos construyen sistemas de justicia perfecta, haciendo caso omiso de la confusión que domina la realidad empírica y por otro lado los economistas se preguntan cuál es la mejor forma de satisfacer los deseos individuales, sea lo que sea eso. Quizás para iluminarnos debamos volver a lo que pensaban los primeros economistas que surgieron en el siglo XVIII de la Filosofía moral y, por tanto combinaban ambas disciplinas, como el padre de la economía Adam Smith: que no concebía el progreso económico como un crecimiento y acumulación sin límite, sino que el progreso estaba en el crecimiento que permitiesen las instituciones, los hábitos y las políticas de un pueblo. De hecho, ni él ni sus contemporáneos hablaron nunca de crecimiento, sino de “perfeccionamiento”, un término que no solo abarcaba las condiciones materiales, sino también morales.

Un perfeccionamiento del que nuestro sistema económico actual reniega, ya que sumergidos en una ética del encubrimiento, y escondiéndonos tras cuestiones estructurales de desigualdad generada por nuestro sistema económico, hemos adoptado una ideología glacial en la que esta permitido hacer reestructuraciones, despedir gente o generar exclusión, en aras de una eficiencia que por el mero hecho de nombrarla ya consideramos inconscientemente como algo deseable (si algo es eficiente: ¿es necesariamente siempre deseable?), y sin pensar bien si ese supuesto tótem de la eficiencia, por el que casi mataríamos cada día, nos ayuda siempre a llevar una mejor vida a nivel personal y social.

Poner nuestra moral en suspenso mientras vamos acumulando dinero, puestos, status, objetos o experiencias no nos ayudará seguramente a llegar a ese ideal clásico de perfeccionamiento personal o social, cuando por el camino se genera sufrimiento, exclusión o desigualdad. Debemos volver a reflexionar sobre temas como los usos de la riqueza o la naturaleza de la felicidad para llegar a pensar cuanto es suficiente para nosotros. En el fondo el leivmotiv de nuestra época no es tan novedoso, como ya nos decía Epicuro: “nada es suficiente para quien lo suficiente es poco”.