Mate con plomo, por Marcelo Marchese

Mate con plomo

por Marcelo Marchese

mate

Érase una vez un fantástico país sudamericano que se encaminaba a sus elecciones internas. Los reclames televisivos a través de los cuales diferentes empresas pretendían embaucar al público con las virtudes de sus productos eran desplazados por spots de diferentes candidatos políticos que pretendían ilustrar al público con las virtudes de sus productos. Los ciudadanos aguardaban con ansias los debates antes de acudir en masa a los comicios en un clima de efervescencia intelectual.
El país funcionaba con la perfección de un relojito suizo americano y sus instituciones públicas llevaban a cabo su tarea de defensa de los ciudadanos. Como evidencia de este celo republicano, el Laboratorio Tecnológico Unificado del País Fantástico (LATUPF), determinó previa inspección que unas toneladas de yerba mate que pretendían ingresar por la frontera norte poseían niveles de plomo por encima de lo que se consideraba adecuado para el consumo de la población bajo su guarda y por esa causa frenó la importación, determinando la ausencia del producto en las góndolas de los supermercados.
Sin embargo, este accionar del laboratorio golpeaba el bolsillo del importador, no en vano la marca “Uruguayanarias” era la de mayor consumo en el país dado que invertía millones en posicionarla como la yerba por antonomasia. Los consumidores reclamaban la droga en supermercados y almacenes, y los almaceneros y supermercadistas reclamaban a su vez al distribuidor, el cual, presionado, contestó que “Es una falta que estamos sufriendo en todas las categorías, muchas veces por como vienen los embarques. Al departamento de Piraralandú, por poner un ejemplo, vamos una vez sola por semana; tal vez el día que toque ir a Piraralandú no tenemos todos los productos, y cuando vienen los productos que faltan tal vez la demanda es tan grande que se van para otras zonas del país. Entonces tenemos un desequilibrio, pues no en todos lados tenemos al mismo tiempo todos los productos”. Luego agregó que “es posible que en las góndolas no siempre se encuentren todos los productos de la yerba “uruguayanarias” y en algunos casos ninguno. Es un tema puntual de distribución. Estamos tan preocupados como los consumidores de poder solucionarlo lo antes posible para que los consumidores se vean satisfechos justamente de encontrar el producto en la góndola” (1)
Mientras la vanguardia de la gerencia del departamento de marketing esgrimía esta abstrusa explicación, la retaguardia apelaba al LATUPF. Decían que si bien, para el standard que manejaba el laboratorio, el porcentaje de plomo por gramo de yerba era elevado, poseía el mismo porcentaje de plomo que se encontraba en el agua que consumían a diario los habitantes del país fantástico, cuyas instituciones públicas, vendiendo gato por liebre, presentaban como potable. “Impiden que hagamos negocio con esta específica partida de yerba -argumentaban- pero dejan que la gente consuma sin ton ni son un agua que posee tanto plomo como nuestra yerba”.
El argumento del plomo tenía su peso. Ya el agua corriente de aquel país había comenzado a generar suspicacias entre los confiados consumidores cada vez que al abrir la canilla para sus abluciones matutinas los golpeaba un deleznable hedor a huevo podrido. Si preparaban un mate con agua embotellada, olvidando limpiarlo luego de saborearlo, al día siguiente encontraban el porongo conocido como mate con la yerba del día anterior con su característico color verde; pero, si hubieran preparado un mate con agua de la canilla, reputada potable, y tras saborearlo hubiesen olvidado lavarlo, al otro día la yerba en el porongo se había metamorfoseado al color negro.
Tiempo atrás de los acontecimientos narrados, un académico se ganaba el apelativo de “Enemigo del pueblo” luego de advertir públicamente que el agua potable no era potable (2). Las facultades de Agronomía, Química, Ingeniería y Ciencias elaboraron un informe sobre dicha agua pretendiendo evitar que sus instituciones fueran objeto de vituperio por las expresiones individuales de aquel académico, pero el resultado del análisis interdisciplinario no pudo hacer otra cosa que confirmar lo que el enemigo del pueblo había anunciado: el río del cual se extraía el agua para la capital absorbía fertilizantes a toneladas, amén de fungicidas a granel, unánimes insecticidas, herbicidas multitudinarios e inenarrables excrementos bovinos, entre muchos otros aditivos que hacían de esa agua un magma espectacular cuya densidad ya había dado en las narices de algunos industriales que pensaban embarrilarla previa exportación como fertilizante y pesticida de última generación.
Las virtudes fosforescentes de aquellas aguas eran difíciles de ocultar pero lograban sin embargo soterrarse, habida cuenta del carácter crédulo de los habitantes del país sobre cuyas aguas, al igual que en el famoso Libro, se agitaba un espíritu que no era otro que el Ministro de Defensa, preocupado por hallar alguna tarea útil para sus subordinados, quienes, a lo largo de un siglo y algo más sólo habían cumplido la función de adláteres en una guerra de usurpación y exterminio, habían trasladado gente en una célebre inundación y habían representado el rol de héroes en la lucha contra la sedición comunista. Este espíritu tuvo la magnífica idea de proponer a sus subordinados como garantes del agua, para lo cual no tuvo más remedio que confirmar las denuncias del enemigo del pueblo agregando condimentos bien picantes en aquel menestrón, así que recalcó que unas cuantas oficinas públicas tenían informes que ponían en tela de juicio el carácter potable de las aguas. ¿Los funcionarios públicos a quienes los ciudadanos pagaban el sueldo alertaron a sus empleadores (la población) sobre esta realidad? Según el enemigo del pueblo y el espíritu que volaba sobre las aguas, los funcionarios guardaron los estudios bajo siete llaves en las gavetas de sus escritorios, no fuera cosa que la oposición los utilizara políticamente.
Y en esas gavetas duermen todavía, sólo consultados por el pez de plata, también conocido como lepisma saccharina, el saprófago, conocido como polilla y la ubicua blattodea, vulgarmente llamada cucaracha. Dejemos rumiar a estos inofensivos animalillos en esos eruditos papeles que nada ganaremos removiendo aguas pútridas y elevémonos cual aves para lanzar una mirada generosa sobre nuestra utopía y admirémonos de ver la soja enverdeciendo los campos, al tiempo que el eucalyptus extienden su sombra dando cobijo a jabalíes y serpientes mientras el pueblo se prepara para la fiesta cívica que se realizará sin exabruptos, para la mayor gloria de la República.

(1) http://www.eltelegrafo.com/index.php?id=87574&seccion=locales&fechaedicion=2014-05-25
(2) https://redfilosoficadeluruguay.wordpress.com/2013/09/29/un-enemigo-del-pueblo-uruguayo-el-agua-nuestra-de-cada-dia/ y http://www.uypress.net/uc_44925_1.html

Anuncios

El tiempo de utopías mínimas, por Leonardo Boff

El tiempo de utopías mínimas, por Leonardo Boff
14/05/2014

utopía

No es verdad que vivamos tiempos pos-utópicos. Aceptar esa afirmación es mostrar una representación reduccionista del ser humano. Este no es solamente un dato que está ahí cerrado, vivo y consciente, al lado de otros seres. También es un ser virtual. Esconde dentro de sí virtualidades ilimitadas que pueden irrumpir y concretarse. Es un ser de deseo, portador del principio esperanza (Bloch), permanentemente insatisfecho y buscando siempre cosas nuevas. En el fondo es un proyecto infinito, en busca de un oscuro objeto que le sea adecuado.

De ese trasfondo virtual es de donde nacen los sueños, los pequeños y grandes proyectos y las utopías mínimas y máximas. Sin ellas el ser humano no vería sentido a su vida y todo sería gris. Una sociedad sin una utopía dejaría de ser sociedad, no tendría un rumbo pues se hundiría en los pantanos de los intereses individuales o corporativos. Lo que ha entrado en crisis no son las utopías, sino cierto tipo de utopía, las utopías maximalistas venidas del pasado.

Los últimos siglos han estado dominados por utopías maximalistas. La utopía iluminista que universalizaría el imperio de la razón contra todos los tradicionalismos y autoritarismos. La utopía industrialista de transformar las sociedades con productos sacados de la naturaleza y de las invenciones técnicas. La utopía capitalista de llevar progreso y riqueza a todo el mundo. La utopía socialista de generar sociedades igualitarias y sin clases. Las utopías nacionalistas bajo la forma de nazifascismo que, a partir de una nación poderosa, con “raza pura”, rediseñaría la humanidad, imponiéndose a todo el mundo. Actualmente la utopía de la salud total, gestando las condiciones higiénicas y medicinales, que busca la inmortalidad biológica o la prolongación de la vida hasta la edad de las células (cerca de 130 años). La utopía de un único mundo globalizado bajo la égida de la economía de mercado y de la democracia liberal. La utopía de los ambientalistas radicales que sueñan con una Tierra virgen y con el ser humano totalmente integrado en ella, y otras.

Estas son las utopías maximalistas. Proponían lo máximo. Muchas de ellas fueron impuestas con violencia o generaron violencia contra sus opositores. Tenemos hoy suficiente distancia en el tiempo para confirmar que estas utopías maximalistas frustraron al ser humano. Entraron en crisis y perdieron su fascinación De ahí que hablemos de tiempos pos-utópicos. Pero pos se refiere a este tipo de utopía maximalista. Ellas dejaron un rastro de decepción y de depresión, especialmente, la utopía de la revolución absoluta de los años 60-70 del siglo pasado, como la cultura hippy y sus derivados.

Pero la utopía permanece porque pertenece al espíritu humano. Hoy la búsqueda se orienta hacia las utopías minimalistas, aquellas que, al decir de Paulo Freire, realizan lo “posible viable”, hacen a la sociedad “menos malvada y menos difícil el amor”. Se nota por todas partes la urgencia latente de utopías de simple mejora del mundo. Todo lo que nos entra por las muchas ventanas de la información nos lleva a sentir que el mundo no puede continuar así como está. Cambiar, y si no se puede cambiar, por lo menos mejorar.

No puede continuar la absurda acumulación de riqueza como jamás la hubo en la historia (85 más ricos tienen ingresos equivalentes a los de 3.570 millones de personas, como denunciaba la ONG Oxfam Intermón en enero de este año en Davos). Para ellos, el sistema económico-financiero no está en crisis; al contrario, ofrece oportunidades de acumulación como nunca antes en la historia devastadora del capitalismo. Hay que poner un freno a la voracidad productivista que asalta los bienes y servicios de la naturaleza con vistas a la acumulación y produce gases de efecto invernadero que alimentan el calentamiento global, que si no se detiene, puede producir un armagedón ecológico.

Las utopías minimalistas, a decir verdad, son aquellas que vienen siendo implementadas por el gobierno actual del PT y sus aliados con base popular: garantizar que el pueblo coma dos o tres veces al día, pues el primer deber de un Estado es garantizar la vida de sus ciudadanos. Esto no es asistencialismo sino humanitarismo en grado cero. Son los proyectos “mi casa-mi vida”, “luz para todos”, el aumento significativo del salario mínimo, el “Prouni” que permite el acceso a los estudios superiores a estudiantes socialmente menos favorecidos, los “puntos de cultura” y otros proyectos populares que no cabe aquí enumerar.

A nivel de las grandes mayorías son verdaderas utopías mínimas viables: recibir un salario que cubra las necesidades de la familia, tener acceso a la salud, mandar los hijos a la escuela, conseguir un transporte colectivo que nos les robe tanto tiempo de vida, contar con servicios sanitarios básicos, disponer de lugares de ocio y de cultura y una pensión digna para enfrentarse a los achaques de la vejez.

La consecución de estas utopías minimalistas crea la base para utopías más altas: aspirar a que los pueblos se abracen en la fraternidad, que no guerreen entre sí, que se unan todos para preservar este pequeño y bello planeta Tierra, sin el cual ninguna utopía maximalista o minimalista puede ser proyectada. El primer oficio del ser humano es vivir libre de necesidades y gozando un poco del reino de la libertad. Y al final poder decir: “valió la pena”.

Leonardo Boff escribió: Virtudes para otro mundo posible, 3 vol., Sal Terrae 2005.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Hugo Burel versus unos cuantos penosos ignorantes apátridas (y jóvenes)

Hugo Burel versus unos cuantos penosos ignorantes apátridas (y jóvenes)

por Marcelo Marchese

rb

El 18 de mayo en El País Hugo Burel escribió el artículo “Las fechas patrias” (1) donde afirma que “Parte de nuestro retroceso educacional y cultural se origina en el creciente desapego a conmemorar con fervor aquello que nos hizo independientes y distintos”.”Se habla mucho sobre nuestra identidad, pero se olvida demasiado que ella también se fundamenta en esos cuatro hitos que refieren a una declaración, una batalla, un nacimiento y una jura”.
Pensamos que Burel yerra el tiro al vincular la Batalla de las Piedras con nuestra independencia, entendiendo ésta como la independencia y creación de nuestro Estado. La Batalla de las Piedras, que reconoce y ensalza el himno argentino, fue una batalla ganada por una Junta de Mayo que erigiera a Artigas como oficial, bajo sus órdenes, para sublevar el territorio del otro lado del río conocido como Banda Oriental (por Banda Oriental entiéndase no el este del río Uruguay, como astutamente nos han dicho, sino más bien el este del río Paraná) (2). La victoria fue festejada en toda la Argentina (llámesele así o Provincias Unidas, o ex virreinato del Río de la Plata o utilícese el eufemismo que se quiera) y fue festejada en toda América. Artigas acató una orden de la Junta de Mayo así como acató otra orden levantando el sitio. Era un oficial de un ejército cuya cabeza estaba allende el río. La independencia no tuvo nada que ver con esta batalla: fue un proceso posterior por el cual fueron derrotados, precisamente, los vencedores de la célebre batalla.
Burel afirma que “Junto con el triunfo, la famosa frase “clemencia para los vencidos” simbolizó la grandeza del Jefe de los Orientales en la victoria e inmortalizó un gesto noble ante el adversario que no se si hoy tendría emuladores”. Si Burel se refiere a la dictadura militar le asiste toda la razón. Los dictadores y sus secuaces y esbirros no tuvieron clemencia para los vencidos, a quienes secuestraron, torturaron, violaron, castraron, ejecutaron y desaparecieron. Mas, si se refiere al pueblo uruguayo está radicalmente equivocado pues por dos veces tuvo clemencia para los violadores, ladrones y asesinos, que hoy, casi todos ellos, en tanto clamamos por seguridad, conviven con nosotros como personas honorables y ni siquiera tienen el pudor de decirnos dónde enterraron a las víctimas del peor terrorismo, llevado a cabo por una institución que teóricamente nació para proteger al individuo.
Debemos admitir, sin embargo, una superioridad de Burel pues jamás encontramos un documento en el cual Artigas ordenara o rogara se tuviera “Clemencia para los vencidos bla bla bla”. Si Burel halló este documento le suplicamos que por amor a la verdad nos desasne y cite la fuente. Quedaríamos sumamente agradecidos. En el parte de batalla elevado por Artigas no figura esa frase tan loable que, en tanto no se nos dirija a una fuente confiable, debemos suponer emanada de una imaginación tan prodigiosa como patriótica.
No sólo la Batalla de las Piedras se inscribe dentro de las batallas ganadas y perdidas por la Patria Grande que denuesta Burel, sino que las posteriores batallas protagonizadas por Artigas y todas y cada una de las batallas de los Treinta y Tres se inscriben en dicho proyecto, incluyendo la inopinadamente llamada “Declaratoria de la Independencia”, al menos si atendemos a los documentos, un recurso que suele ser útil en estas cuestiones historiográficas. Veamos uno que tiene cierta relación con el tema que tratamos. La Sala de Representantes de la Florida “… para resolver y sancionar todo cuanto tienda á la felicidad de ella (la provincia), declara: – que su voto general, constante, solemne y decidido, es y debe ser por la unión con las demás Provincias Argentinas, á que siempre perteneció por los vínculos más sagrados que el mundo conoce. Por tanto ha sancionado y decreta por ley fundamental la siguiente:
“Queda la Provincia Oriental del Río de la Plata unida á las demás de este nombre en el territorio de Sud América, por ser la libre y espontánea voluntad de los pueblos que la componen, manifestada en testimonios irrefragables y esfuerzos heroicos desde el primer período de la regeneración política de las dichas Provincias”.
De las cuatro fechas que Hugo Burel asocia con aquello que nos hizo “independientes y distintos” tres de ellas nada tienen que ver con nuestra independencia y distinción. Artigas jamás aceptó, ni siquiera a posteriori, nuestra segregación. Se opuso de forma terminante. Nada tuvo que ver con ella ni Las Piedras ni la Declaración de Independencia lanzada al mundo pocos días después de estas palabras de Lavalleja: “Argentinos Orientales: las Provincias hermanas sólo esperan vuestro pronunciamiento para protegeros en la heroica empresa de reconquistar vuestros derechos. La gran nación argentina, de que sois parte, tiene gran interés de que seáis libres, y el Congreso que rige sus destinos no trepidará en asegurar los vuestros. Decidios, pues, y que el árbol de la libertad, fecundizado con sangre, vuelva a aclimatarse para siempre en la Provincia Oriental. Compatriotas: Vuestros libertadores confían en vuestra cooperación a la honrosa empresa que han principiado”.
La Jura de la Constitución sí está vinculada al Estado uruguayo, habida cuenta que en la Convención Preliminar de Paz de 1828, Brasil y Argentina, bajo la atenta mirada de Inglaterra, decretaron la creación de este Estado, el cual debía elaborar una Constitución que regiría sí y sólo sí la aprobaran nuestros vecinos, que además, según la vergonzosa Convención, tendrían el derecho a intervenir en nuestra política cada vez que lo juzgaran pertinente. Si Burel entiende que una Constitución así aprobada se vincula de alguna manera con la palabra “independencia” tendríamos que ponernos de acuerdo con el significado de esta palabra llevada de aquí para allá de forma tan alegre y dicharachera.
La Convención Preliminar de Paz que parió al Uruguay fue un documento escrito en portugués. ¿Qué oriental o futuro uruguayo estampó su firma en ella? Absolutamente ninguno. Fue firmada en Brasil por brasileros y argentinos. Nosotros no sólo no fuimos consultados ni firmamos el documento, ni siquiera lo vimos de cerca o de lejos y nadie tuvo la deferencia de regalarnos una copia autenticada. La Convención, al independizarnos, nos segregó de la Argentina haciéndonos, paradojalmente, menos independientes. No creamos que la Argentina o Brasil sean modelos de independencia; pero en comparación nosotros somos todavía menos independientes. La segregación nos debilitó, debilitando a su vez una amputada Argentina. Nada ganamos. Ganaron otros. Los orientales fueron derrotados y en su lugar nacieron los uruguayos que quedamos reducidos a un paupérrimo mercado actual de tres millones. ¿Cuáles son las cacareadas virtudes resultantes de esta británica segregación de la Argentina? Con similar territorio, y sin la ventaja de la costa atlántica, el puerto de Santa Fe sobre el Paraná, a fines del siglo XX ocupaba 150 hectáreas; el de Montevideo 110. Por el puerto de Santa Fe, en 1999, se exportaron u$s 5:000.000.oo, mientras que por el de Montevideo se exportaron u$s 2:200.000.oo. A fines del siglo XX Santa Fe, Córdoba y Uruguay tenían economías equivalentes, pero las de las provincias argentinas estaban más desarrolladas, prueba evidente de los beneficios de un mercado mayor, de una patria más vasta (3).
Burel afirma que la bandera uruguaya sólo se agita, lamentablemente, en los partidos de la selección, pues “El patriotismo futbolero es solo un sucedáneo del otro, su expresión más banal”. Nosotros vivimos y entendemos el fútbol de muy otra manera: como muchos juegos, es una necesaria sublimación de nuestra agresividad. Alentamos y defendemos esa genial sublimación universal del populacho, así como todos los otros deportes, el regateo, el sexo, las artes y los debates intelectuales. Sin matar a nadie, a través del fútbol reivindicamos aquello que nos identifica y al mismo tiempo nos burlamos de la muerte.
No sabemos por qué la gente comienza a manifestar desinterés por las fechas patrias. Podríamos sumar a esto el desinterés por el discurso de los diversos candidatos políticos. Auguramos desde ya una pobre convocatoria a las elecciones internas, y si en noviembre el derecho a votar no fuera una obligación con multa por añadidura, cayendo en ese pozo paradójico de un “derecho obligatorio”, pulsaríamos realmente la opinión de la gente por la manera de actuar de nuestros representantes y por el sistema político todo.
Tal vez, o en todo caso ojalá, el desinterés por conmemorar las llamadas fechas patrias sea resultado de ciertas interrogantes que despierta una historia oficial sumamente vidriosa. Acaso esta gente que según Burel muestra una ignorancia penosa no asocie tanto su patria con esas fechas. En rigor esas fechas nada tienen que ver con la patria, así que no vemos por qué tildarlos de penosos ignorantes. Ya confesamos que no logramos saber por qué estos penosos ignorantes, mayormente jóvenes (según una encuesta televisa que permite a Burel extraer conclusiones) no respetan el himno nacional, pero como nos encontramos en dicha categoría, habida cuenta que sólo la fuerza de la ley nos puede obligar a escuchar de pie un himno que llama a la guerra y la matanza, podemos contarle a Burel por qué procedemos de esta manera aborrecible. La separación de la humanidad en Estados, hablando en términos históricos, es un hecho reciente y nada asegura que en el futuro sigamos aceptando estas divisiones arbitrarias establecidas por unos pretenciosos monos sin cola llamados hombres. Así como hay idiomas que nacen, viven y mueren, hay Estados que nacen, viven y mueren. Amar la patria es un sentimiento maravilloso, pero el amor a esta tierra y a su gente no logra erradicar un sentimiento que nos lleva a considerar a todos los hombres como hermanos que compartimos una patria llamada Planeta Tierra, la cual ha sido dividida en Estados que entonando himnos belicosos guerrearon y guerrean entre sí para beneficio de unos pocos y para el perjuicio de todos los demás.
Confesamos también nuestra penosa incapacidad para comprender este pasaje radicalmente inextricable: “Rainer María Rilke dijo que la verdadera patria del hombre es la infancia. A la mía debo remitirme para recobrar aquel sentimiento que la escuela me inculcó de honrar los hechos históricos que definieron a la nación”. No entendemos la razón por la cual se injertó la cita de Rilke para luego argumentar precisamente todo lo contrario. Cualquier otro texto que apele a sentimientos guerreros y que involucre a la infancia le hubiera venido al pelo a Burel para rememorar aquello que la escuela le inculcara, pero entre todas las citas de todos los poetas, ninguna más pacifista e inadecuada para sus nobles sentimientos patrióticos que ésta. Rilke, arrinconado en su adolescencia en una escuela militar y metido a prepo más tarde en un ejército durante esa carnicería conocida como Primera Guerra Mundial, tuvo motivos de sobra para considerar a las escuelas Militares Patrióticas y a los Ejércitos Patriotas como un “abecedario de horrores”. No tenemos más remedio que suponer que la inclusión de la cita de Rilke responde a inquietudes meramente ornamentales, tema sobre el cual no omitiremos opinión, pues preferimos, ante el paso del poeta universal que escribiera que “la única patria verdadera es la infancia”, sacarnos el sombrero y arrastrarlo en una reverencia, prometiéndole hacer nuestras sus palabras.

(1) http://www.elpais.com.uy/domingo/fechas-patrias.html
(2) Javier Ricca. ¿Banda oriental del río Paraná? Caras y Caretas. Mayo del 2013.
(3) Guillermo Vázquez Franco. Traición a la patria (en breve en plaza por Ediciones el Mendrugo)

La caída de Tales de Mileto

La caída de Tales
Luis Durán Guerra
Sobre la anécdota de la caída en un pozo que sufriera Tales de Mileto mientras caminaba observando el cielo.

n147p10

Nunca una simple anécdota ha dado para tanto. Pero lo cierto es que más allá de su veracidad, la historia de Tales de Mileto (ca. 640/639-546/545 a. C.), según la cual éste habría caído en un pozo mientras contemplaba una noche las estrellas en compañía de una risueña muchacha, se ha convertido en la imagen prototípica del sabio distraído que, ocupado en todo tipo de materias abstractas, no es capaz de ver lo que tiene a sus pies. La caída de Tales, como veremos, es nada menos que el mito fundacional de la historia de la teoría. En el complejo proceso de su recepción, como ha demostrado Hans Blumenberg (1920-1996){1}, esta historieta, aparentemente cómica, con todas sus variaciones, compendia lo que cada época ha sentido respecto a la figura extravagante del hombre teórico. Una anécdota, sí, pero una anécdota que nos lleva a través de un viaje fascinante por la historia del pensamiento y de la cultura en la dilucidación de las relaciones, siempre tensas, entre la extraña pose del intelectual y el sentido común del resto de los mortales. La anécdota es una metáfora de “la teoría como comportamiento exótico», de la risibilidad, en suma, de la vida contemplativa para los que no entienden su razón de ser. De Platón a Heidegger, la caída de Tales en el pozo, dependiendo de donde se haya puesto el acento, ha sido como un presagio fatídico de la sima que le espera a quien, entre cielo y tierra, tiene la osadía de subir a la cima de un saber sin consecuencias prácticas inmediatas para la vida.

Si bien es Platón (428/427-347 a. C.) el primero en transmitirnos la anécdota sobre Tales, la imagen del filósofo caído en desgracia podría haberse prefigurado ya en una fábula que se nos ha conservado en Esopo (s. VI a. C.). La fábula dice: Un astrónomo se había impuesto como norma salir de casa cada noche para observar las estrellas. Una vez, cuando merodeaba por los alrededores de la ciudad, con toda la fuerza de su espíritu concentrada en el cielo, no se dio cuenta de que había un pozo y se cayó dentro de él. Entonces gritó de dolor y pidió socorro. Alguien pasaba por allí y le oyó, se acercó y vio lo que había sucedido, y le dijo: ¿Así que eres uno de esos que quiere ver lo que hay en cielo pero hace caso omiso de lo que hay en la tierra?{2} El sentido recriminatorio que subyace en estas palabras se corrobora en la moraleja que Esopo extrae de la fábula y desde entonces no ha dejado de aparecer cada vez que se ha querido censurar el ensimismamiento alejado del mundo de la vida del hombre teórico. Esopo, con su buen sentido, advierte: Esta historia se puede aplicar a gentes que se hacen notar por un comportamiento extraño y no llevan a cabo nada de lo que hacen las personas normales. El astrónomo de Esopo es, para Platón, el primer filósofo griego, Tales de Mileto, y la persona anónima que pasaba por allí, una esclava –o sea el más inculto de los seres humanos que era capaz de representarse un heleno–{3} la muchacha tracia. Platón nos refiere la anécdota en boca de Sócrates: Como también se dice que Tales, mientras estudiaba los astros… y miraba hacia arriba, cayó en un pozo, y que una bonita y graciosa criada tracia se burló de que quisiera conocer las cosas del cielo y no advirtiera las que tenía junto a sus pies{4}. Pero Platón no sólo pone los nombres pertinentes para despejar la ambigüedad característica de la fábula esópica, sino que su propia moraleja (epimythion) está muy lejos de la intención original de la misma de reconvenir con un consejo práctico a quien da la impresión de carecer de la habilidad necesaria para las cosas de este mundo. En Platón no se censura ya al teórico, más bien se anticipa lo que puede ser su destino trágico ante la ciudad. La moral añadida por Platón a la historia dice ahora que: La misma burla vale para todos aquellos que se introducen en la filosofía. Pero la risibilidad de la teoría, y este es el problema que Platón detecta, deriva pronto en una actitud de franca hostilidad hacia el teórico. La risa de la muchacha se convierte en el odio del pueblo, el pozo en el que cae el absorto prendido del cielo en la polis donde se dirimen los asuntos humanos, la astronomía en filosofía y Tales no sería otro, en el fondo, que el Sócrates platónico prefigurado en el Sócrates histórico condenado a muerte por la ciudad que le había visto nacer. Ahora, la astronomía, que parece que Tales introdujo entre los griegos, no era más que un caso especial de rareza por la ocupación con lo esencial: sólo ya su metáfora.

Al margen de esta identificación de Sócrates (470/469-399 a. C.) con la ilustre figura de su predecesor, ¿podría tener alguna verosimilitud histórica la anécdota referida a la actividad del propio Tales? A juzgar por las palabras de Diógenes Laercio (s. III d. C.), que recoge aquí el testimonio de otros doxógrafos, el sabio milesio sólo habría escrito dos obras sobre el solsticio y el equinoccio, porque estimó que«lo demás es incomprensible»(tà áll’ akátalepta eînai dokimásas){5}. La pregunta es inevitable: ¿no se estaría refiriendo el filósofo conocedor del cielo con ese «lo demás» a todo el mundo de la vida que queda a los pies de su alta contemplación? La incomprensibilidad de la vida sancionada por el pesimismo vital de los griegos sería, por tanto, la causa por la que el contemplativo se refugia en lo único que para él tiene el carácter de un cosmos, es decir, los astros del cielo con la uniformidad de sus movimientos. Desde este punto de vista, el desinterés del teórico por lo mundano encontraría una justificación a su vez teórica, pero ésta no le libraría de eventuales tropiezos con la realidad que manifiestan, en última instancia, la inutilidad, y aun el perjuicio, de la teoría para la vida. Sin embargo, como se muestra en otra anécdota aparentemente opuesta a la de su caída, Tales sabía tanto o más de las cosas de este mundo que las personas normales de Esopo, lo que ocurre es que habitualmente no sentía ningún interés por ellas, matización que salva aquí su condición insobornable de hombre teórico a pesar de todo. Aristóteles (ca. 384/3-322 a. C.), como para contradecir a Platón, refiere en la Política la siguiente historia: Cuentan que una vez que unos le reprochaban, viendo su pobreza, la inutilidad de su filosofía, previó, gracias a sus conocimientos de astronomía, que habría una buena cosecha de aceitunas, cuando aún era invierno; y con los pocos dineros que poseía, entregó las fianzas para arrendar todos los molinos de aceite de Mileto y de Quíos, alquilándolos por muy poco cuando no tenía competidor. Y en cuanto llegó la temporada, los realquiló al precio que quiso y reunió un buen montón de dinero para demostrar que es fácil para los filósofos hacerse ricos, cuando quieren; pero que no es por eso por lo que se afanan{6}.

Nótese que en esta historia Tales prueba el valor de la filosofía para la vida gracias a sus conocimientos de astronomía. Para la protohistoria de la teoría, astronomía y filosofía son las caras de una misma moneda. Tales filósofo o Tales científico no es una alternativa históricamente viable. Pues el primer filósofo era también, como todos sabemos, matemático y astrónomo (además de comerciante, estadista e ingeniero). La utilidad de la teoría habría quedado demostrada desde su mismo acto fundacional. ¿Se habría reído de él la joven mujer de haberlo sabido? Ante las proezas de la teoría, la risa de la tracia pierde su gracia. A este respecto, mucho más importante que la anécdota sobre los molinos de aceitesería el hecho, considerado como uno de los acontecimientos más importantes de la antigüedad, de que Tales predijo un eclipse de sol (28 de mayo del 585 a. C.). Heródoto (474?-425 a. C.) fue el primer autor en darnos la noticia: Cuando la guerra entre ellos había alcanzado ya, con resultado indeciso, su sexto año, tuvo lugar un combate durante el cual sucedió que, repentinamente, el día se hizo de noche. Se trata de la pérdida de luz que Tales de Mileto predijo a los jonios, fijando su límite el año en que realmente ocurrió{7}. Ahora bien, no ha sido esta predicción, sino su afirmación de que todo proviene del agua y está sobre ella la que desde Aristóteles hasta nuestros días, ha sido universalmente considerada como la causa de que se le tuviera por el primer filósofo{8}. Nietzsche helenista se preguntaba, con razón, si es realmente necesario mantener la calma y la seriedad ante semejante afirmación. Pues de la respuesta a esta pregunta depende que podamos seguir haciendo de Tales el primer filósofo. El joven Nietzsche supo mantener la calma: Sí, y por tres razones: la primera, porque la tesis enuncia algo acerca del origen de las cosas; la segunda, porque lo enuncia sin imagen o fabulación alguna; y, finalmente, la tercera razón, porque en ella se incluye, aunque sólo en estado de crisálida, el pensamiento «Todo es uno». La primera de las razones enunciadas deja aún a Tales en compañía de la religión y la superstición, mientras que la segunda, sin embargo, lo excluye ya de tal compañía y nos lo muestra como un investigador de la Naturaleza; pero, a causa de la tercera razón, puede considerarse a Tales el primer filósofo griego{9}. Dejando a un lado la cuestión de la prioridad, cabría, según Gustavo Bueno, considerar a Tales como un filósofo, y especialmente como un metafísico, por haber sido el instaurador del monismo metafísico axiomático{10}.

Pero Tales no habría logrado el «éxito» de la teoría, según Blumenberg, mediante su famosa afirmación sobre el agua, sino al quitar a sus conciudadanos el temor ante un suceso natural de un modo nuevo: consiguiendo predecir un eclipse de sol. En efecto, la afirmación de que todo proviene del agua y está sobre ella podría ser sólo una exégesis del mito de Homero sobre Océano generador de los dioses, y Tetis madre{11} y, en este sentido, una asimilación crítica del saber mítico en la medida en que con ella el filósofo habría sabido expresar el contenido de verdad del propio mito al margen de su envoltura irracional, es decir, como dice Nietzsche, sin imagen o fabulación alguna. ¿Pero consistió en esto el famoso paso del mito al logos que supuestamente habría dado Tales como fundador de la filosofía? Blumenberg no lo tiene tan claro: Pero ¿el salto consistió realmente en pasar de aquel mito que decía que la tierra descansa en el océano o surge del mismo al lógos, que tradujo esto a una formulación universal mucho más descolorida, de que todo viene del agua y, en consecuencia, consiste en eso, en agua? Que estas dos fórmulas se puedan comparar entre sí conlleva la ficción de que tanto en una como en otra el interés es el mismo, pero los medios de atenderlo son fundamentalmente distintos{12}. Por lo demás, si se interpreta la otra frase de Tales que se nos ha conservado, la frase de que todo está lleno de dioses{13}, como una prueba de la teología de los primeros filósofos griegos, cuando no el ejemplo de una religión natural todavía primitiva, el supuesto paso del mito al logos se hace aún más discutible por cuanto ésta no resultaría compatible con una tesis sobre la naturaleza de las cosas que habría dejado atrás a las figuras míticas en el mismo instante de su formulación. En efecto, ¿cómo conciliar el racionalismo filosófico que se anuncia en una teoría monista sobre la realidad con semejante profesión de fe panteística? La solución la encuentra Blumenberg interpretando la frase todo está lleno de dioses como una expresión de fastidio más bien que de satisfacción. La predilección por la oscura sentencia de Tales de que todo está lleno de dioses, no advierte la ambivalencia entre un ‘pleno’ emocional y un ‘lleno’ indiferente… En todo caso esa frase, citada repetidas veces, no caracteriza al mito como contraste respecto a un mundo expuesto a la desecación y desacralización por parte de la trascendencia, sino más bien como expresión formal de una extrema indiferencia del tipo: demasiados dioses malogran lo divino{14}.Se comprende ahora por qué Blumenberg dice que Tales de Mileto pudo haber contribuido él mismo a que se hiciera de él el protofilósofo por el hecho de haber señalado el final del mito con el dicho de que ahora todo está lleno de dioses. Si es verdad lo que dice Gustavo Bueno de que los filósofos son los críticos de otros conocimientos concretos previamente dados, a los cuales se oponen, sea para destruirlos, sea para asimilarlos críticamente{15}, entonces Tales habría destruido el saber mítico con su frase irónica todo está lleno de dioses mientras que, de llevar razón Blumenberg al interpretarla como una exégesis del mito homérico de la creación, se habría limitado a asimilar críticamente este mismo saber con su tesis sobre el agua como principio de la naturaleza. En cualquier caso, en Tales, no se dio sin ninguna consideración el paso del mito a la filosofía.

Pero todo esto, según Blumenberg, tuvo poco que ver con una primera audacia de la razón y no legitimaría el cliché historiográfico del paso del mito al logos dado por Tales de no ser porque el milesio consiguió exorcizar el temor y el temblor de sus conciudadanos mediante la predicción de un eclipse solar. Fue más importante para todo lo demás, así como para su prestigio como protofilósofo, que Tales –de ascendencia fenicia probablemente- se hubiera presentado ante los griegos con el primer éxito espectacular de la teoría: con el anuncio de un eclipse de sol. Sucedieran como sucedieran las cosas en esa prognosis –tanto con respecto al propio hecho, como al método, como, sobre todo, con respecto a la determinación del lugar de la visibilidad del eclipse-, una vez que recayó sobre Tales el puesto de protagonista su importancia dependió ya de ello. Eso le beneficiará para la recepción posterior, pero también supondrá un riesgo. Porque con ello queda abierta la cuestión de qué fue lo primario y qué lo secundario en la dimensión de esa figura inaugural. En cualquier caso, fue precisamente el astrónomo Tales quien resultó importante para valorar el posible sentido de la introducción filosófica de la teoría; por ejemplo, en tanto se mostró de ese modo su «eficacia» para aminorar los temores humanos. Precisamente para eso se necesitaba un comienzo exitoso{16}. En un mundo que se ha habituado quizá demasiado a su propio desencanto puede que nadie se asombre ante una «eficacia» que sólo consistió en ahuyentar el miedo que sentía el griego como consecuencia de un oscurecimiento repentino del cielo en pleno día. Lo que antes sólo podía atribuirse al capricho de unos dioses desconsiderados podía ser ahora predicho con toda exactitud gracias a la ciencia de un mortal. El efecto tranquilizador, casi terapéutico, que así lograba la explicación racional de los fenómenos sobre la conciencia no se hizo esperar. Pero la verdad es que, desde la predicción de Tales a nuestros días, la teoría no habría dejado de demostrar su «eficacia» pragmática para la humanidad y, de paso, de desencantar aún más al mundo. Que la teoría es buena contra el miedo valdrá en adelante durante milenios hasta los cometas de Halley, los microbios de Pascal (sic!), los rayos de Röntgen e incluso, un día, hasta la fisión del uranio de Hahn{17}. Sólo cuando la ciencia demostró también en el pasado siglo su potencial destructivo pudimos sentir no sin pavor los peligros que encierra la teoría para el mundo de la vida.

La risa de la muchacha tracia ante la caída de Tales nos resulta tanto más enigmática por cuanto la teoría habría probado con creces, como hemos visto, su «eficacia» en la historia de la ciencia. ¿De qué se ríe, propiamente, esta burlona mujer? ¿Se trata de la risa de una ignorante o esconde su burla una sabiduría superior? ¿En qué consiste la fina ironía de esta anécdota? ¿Acaso no se anuncia en esta risa el desarraigo de la teoría, nada más nacer, del mundo de la vida que siglos más tarde denunciará Husserl como una consecuencia de la ciencia moderna? No podemos iluminar la oscuridad de los orígenes, pero sí hacer tantas conjeturas como imaginación tengamos. Permítasenos una más. Tales habría salido una noche a mirar las estrellas a ver si éstas le revelaban el enigma del universo. Pero como no le respondieran, se habría dado media vuelta, frustrado por el silencio de los astros, cayendo casualmente en un pozo lleno de agua. Y de esta peregrina forma el primer filósofo habría descubierto que todo viene del agua y está sobre ella. La verdad que Demócrito creyó oculta en el fondo de un pozo profundo fue hallada ya por su ilustre predecesor Tales al caer accidentalmente en él. Lo risible de esta versión que me permito realizar de la anécdota es que Tales habría llegado a una conclusión que resultaba obvia para todos aquellos que abrieran sus ojos de día en la portuaria ciudad de Mileto. La filosofía sólo dice lo que todo el mundo ya sabe pero no tiene necesidad de tematizar. Al pretender seguir el camino de las estrellas a la vida, la mujer insinúa al filósofo que el camino más natural es pasar del mundo de la vida a las estrellas… a través de ella. La muchacha se ríe porque Tales, buscando «académicamente» la verdad en el cielo, la habría encontrado «mundanamente» en el pozo donde se cayó.

Notas

{1} La risa de la muchacha tracia. Una protohistoria de la teoría, versión castellana de Teresa Rocha e Isidoro Reguera, Valencia, 2009.

{2} Fabulae Aesopicae collectae, C. Halm ed., Leipzig, 1875, p. 35 s.

{3} W. Jaeger, Sobre el origen y la evolución del ideal filosófico de la vida, en su Aristóteles, versión española de José Gaos, México, 1984, p. 468.

{4} Platón, Teeteto, 174 a.

{5} Diógenes Laercio, I, 23 (trad. de Carlos García Gual). Cf. DK, A 1. Hago notar aquí como mera curiosidad la lección inversa que ha dado de esta frase la única traducción completa al castellano que teníamos hasta la fecha, la realizada por José Ortiz y Sanz en 1792: lo demas, dixo, era facil de entender. ¿No habría sido Tales igualmente empujado al estudio del cielo por tal motivo?

{6} Aristóteles, Política, A 11, 1259 a 9-18 (trad. de Carlos García Gual y Aurelio Pérez Jiménez).

{7} Heródoto, Hist., I, 74 (DK, A 5).

{8} W. K. C. Guthrie, Historia de la filosofía griega, vol. I, trad. de Alberto Medina González, Barcelona, 2005, p. 55.

{9} F. Nietzsche, La filosofía en la época trágica de los griegos, trad. de Luis Fernando Moreno Claros, Madrid, 1999, pp. 44-45.

{10} G. Bueno, La metafísica presocrática, Oviedo, 1974, p. 49.

{11} Ilíada, XIV, 201, 302. Para el nacimiento de la filosofía como exégesis de la mántica apolínea, véase, en cambio, G. Colli, El nacimiento de la filosofía, trad. de Carlos Manzano, Barcelona, 1994.

{12} H. Blumenberg, Trabajo sobre el mito, trad. de Pedro Madrigal, Barcelona, 2003, pp. 34-35. Para Blumenberg, el sinsentido del mito al lógos reside en que no permite reconocer en el propio mito uno de los modos de rendimiento del propio lógos. Le da la razón, entre otros muchos, R. Ronchi, La verdad en el espejo. Los presocráticos y el alba de la filosofía, trad. de Mar García Lozano, Madrid, 1996, p. 16: El comienzo de la filosofía no puede entenderse como un paso de la nada al ser, del mythos sin lógos al lógos sin mythos.

{13} Arist., De anima, I, 5 (DK, A 22); cf. Dióg. Laercio, VIII, 32 sobre Pitágoras: Todo el aire está repleto de almas. Y a ellas se las denomina «démones» y «héroes», y sobre Heráclito (IX, 7): Y todo está lleno de espíritus y de daímones.

{14} H. Blumenberg, El mito y el concepto de realidad, trad. de Carlota Rubies, Barcelona, 2004, pp. 31-32. Dicho de otra forma, H. Blumenberg, La risa de la muchacha tracia, cit., p. 10: Que todo esté lleno de dioses puede ser un enunciado tanto de satisfacción como de fastidio. Si fuera de satisfacción no tendría por qué existir el otro. El hecho de que exista delata que la plenitud de dioses se consideraba como un exceso con el que ya no podía comprenderse nada. Se necesitaban proposiciones de otro tipo que las formadas con nombres de dioses, y un ejemplo de ellas fue la tesis general del agua. En contra Jaeger (La teología de los primeros filósofos griegos, trad. de José Gaos, México, 1952, p. 28), para quien la expresión de Tales debe leerse junto a la de Heráclito: Entrad, también aquí hay dioses (DK, A 9). A favor de Blumenberg, sin embargo, acaso pueda aducirse Tertuliano, Ad nationes, II, 2, 11: cuando el rey Creso le preguntó qué pensaba de los dioses, Tales pidió varias veces un tiempo de reflexión y finalmente contestó lacónicamente: Nada (cit. por Blumenberg, La risa de la muchacha tracia, p. 177).

{15} G. Bueno, op. cit., p. 46.

{16} H. Blumenberg, La risa de la muchacha tracia, cit., p. 19. Véase también sobre el efecto apotropeico de la teoría el medio empleado por Pericles para hacer desaparecer la angustia del piloto de su nave ante un eclipse solar: Trabajo sobre el mito, pp. 19-20.

{17} Ibíd., p. 10. Donde dice «Pascal» debe leerse, naturalmente, «Pasteur».

Caminar sin rumbo: un arte en peligro de extinción

Caminar sin rumbo, un arte en peligro de extinción

Por: Javier Barros Del Villar

la_soledad1

Caminar a la deriva podría considerarse hoy como un fino arte de subversión que debiéramos preservar para beneficio de nuestra especie.

Por diversas razones que tal vez rayan entre el azar, el karma, y la torpeza, terminamos viviendo una realidad sociocultural un tanto frenética. Si bien el actual escenario tiene innumerables bondades, existen ciertos aspectos de él que nos sugieren desaciertos importantes. La productividad, la rapidez, y la funcionalidad, son solo algunas de las características que hemos privilegiado culturalmente, de manera suficientemente excesiva como para dar lugar a estilos de vida marcados por el estrés, la frivolidad y la automatización de procesos que antes enriquecían, quizá como ningún otro, nuestra existencia –por ejemplo los traslados.

Y dentro de este entorno que aspira a la síntesis funcional y acelerada de la vida, tal vez el acto de mayor subversión cultural, al menos dentro de un plano poético, sea el de caminar a la deriva. Caminar podría traducirse como el no tener la solvencia económica para moverte de otra forma (una afrenta contra la ‘evolución financiera’ de la especie), no tener prisa para llegar a tu destino (un insulto contra la noción de producir y ser eficiente), y obviamente remite a un modelo de transporte que está lejos de la funcionalidad del automóvil, la practicidad del transporte público o el coolness de la bicicleta. En cuanto a la otra variable, el “sin destino”, se trata de un franco agravio contra todos estos valores culturales, tan radical que incluso podría calificar como un absurdo.

Caminar es sin duda una de las mejores rutas para hackear la auto-percepción fragmentada. Si bien nos enseñaron que nuestro cuerpo está separado de nuestra mente, nosotros del paisaje, y este del todo, algo muy especial ocurre mientras caminamos: las barreras culturales se van diluyendo rítmicamente hasta fundirse, y entonces el músculo de tu pierna es a la vez los árboles que, estáticos, te acompañan, y tus pensamientos se condensan en la sombra de tus pasos. ”Caminar es una forma de reclamar el mundo. Atenta contra la velocidad del pensamiento, contra la inercia de los días y la separación tajante entre el cuerpo y la razón, que sufre tanto hoy en día.”, nos advierte Lucia Ortiz Monasterio en su texto “Sobre salir a caminar”. Y es que caminando nos auto-reafirmamos pero no como seres aislados, sino como engranes de un ritmo que todo lo abarca.

En cuanto a el ir “a la deriva”, se trata de un acto existencialmente estético, que privilegia la espontaneidad sobre el programa, y que descarta orígenes y destinos pues prefiere disolverlos para formar un solo cuerpo, el trayecto. Así que, de acuerdo a las dos variables que confluyen en esta actividad, el caminar sin rumbo no solo encarna una especie de manifiesto anti-geográfico y anti-temporal, también se desliga de múltiples exigencias socioculturales que parecieran atentar contra la calidad de vida.

Lamentablemente, hoy existen pocos estímulos y muchas dificultades para el “caminante a la deriva”, tales como obligaciones laborales que no admiten alteraciones en la agenda o pseudo-planificaciones urbanas que hacen cada vez menos caminables algunas ciudades, etc. Además, la noción de hacer algo por el simple hecho de hacerlo, sin expectativas o planes de por medio, se califica como una pérdida de tiempo o, en el mejor de los casos, como una actividad ‘poco rentable’. Esto nos lleva a que, por ejemplo, si bien en el Reino Unido prácticamente todos los habitantes aseguran caminar al menos distancias cortas en su vida diaria, solo el 17% admita que, lejos de toda praxis, camina por el simple gusto de hacerlo (y este sector incluye a aquellos que lo hacen paseando a sus perros).

En medio de este contexto poco amigable con las caminatas azarosas, un arte que ya solo practican vagabundos, fantasmas, y unos cuantos rebeldes, surge el arquetípico acto de remar contra la corriente, de valorar el placer implícito en el ejercicio de la ‘contraculturalidad’, y la oportunidad de reafirmarnos como potenciales amigos del caos original. No descartemos que la veta más genuina de la subversión se manifieste hoy en la mántrica práctica de caminar a la deriva. Por eso, creo, es hoy más importante que nunca entregarnos de vez en cuando a esta actividad, soltarle la mente al cuerpo, y andar sin mayor expectativa.

Y tú ¿cuándo fue la última vez que saliste a caminar por el simple gusto de hacerlo y sin un pretexto práctico de por medio? ¿hace cuánto que no opones resistencia a la fusión original entre movilidad y azar? ¿sabías que la única brújula es, en sí, el propio camino?

Twitter del autor: @ParadoxeParadis

La burbuja científica y tecnológica y su posible estallido, Jokin Sabal

La burbuja científica y tecnológica: mercantilización, control del conocimiento y oportunismo…

estadisticaenergia

Jokin Zabal@

La ciencia, el conocimiento y la tecnología, que son las herramientas sobre las que podríamos, y deberíamos, apalancar el formidable cambio sin precedentes al que nos enfrentamos, en la actualidad están siendo controladas políticamente, mercantilizadas y presas de un oportunismo exacerbado.

Resulta sorprendente comprobar la generalización de instituciones mundiales y personas que entonan el mantra del crecimiento económico, sin considerar sin embargo las restricciones físicas de tal crecimiento en una biosfera finita y limitada, como solución a todos los males socioeconómicos de nuestro tiempo, desde empresarios, gobiernos y políticos a personas votantes de todas las tendencias políticas en todos los territorios, pasando por los principales sindicatos mayoritarios. No menos asombroso resulta el creciente número de instituciones y personas que, ante los problemas socioeconómicos y ecológicos que atravesamos, confía casi ciegamente, en alarde de verdaderos actos de fe, en la ciencia, el conocimiento y la tecnología como motores de ese crecimiento y piedra filosofal frente a todas las penurias y retos.

Sin embargo, si consideramos los grandes retos a los que nos enfrentamos, el cambio climático antropogénico, la sobrecarga de los ecosistemas, y la crisis energética, y, al tiempo, el estado actual de la ciencia, el conocimiento y la tecnología, estamos jodidos, doblemente jodidos.

Sin siquiera entrar a valorar las restricciones que el cambio climático antropógeno o la sobrecarga de los ecosistemas están ya introduciendo en todo nuestro planeta, y que solo van a aumentar en las próximas décadas, la Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés), como es sabido, o debería, reconoció explícitamente por primera vez en su informe WorldEnergy Outlook de 2010 que el “pico” mundial del petróleo, o momento a partir del cual la tasa de producción mundial de petróleo comienza a declinar irreversiblemente, se produjo en el año 2006. En el WorldEnergy Outlook de 2013, la IEA ya afirma que, en ausencia de inversión adicional [sic], en 2035 nos tendremos que “apañar” con una producción de petróleo de un escaso 18% de la disponibilidad actual, que roza los 75 mbd (millones de barriles diarios). Considerar el cambio climático que ya hemos provocado, la ecológicamente insoportable presión de nuestro modelo de desarrollo económico sobre los ecosistemas, y el “pico” del petróleo, como no lo estamos haciendo, supone aceptar que estamos jodidos, pues con tales restricciones y escasas posibilidades de sustitución energética, muchas cosas deben cambiar en muy poco tiempo para que en pocos años podamos organizarnos socioeconómicamente sin caer en un colapso civilizatorio, ya iniciado por otra parte, insalvable.

Pero si frente a la realidad de tal escenario consideramos adicionalmente el estado actual de la ciencia, el conocimiento y la tecnología, estamos doblemente jodidos. Y lo estamos porque la ciencia, el conocimiento y la tecnología, que son las herramientas sobre las que podríamos, y deberíamos, apalancar el formidable cambio sin precedentes al que nos enfrentamos, en la actualidad están siendo controladas políticamente, mercantilizadas y presas de un oportunismo exacerbado, prostituyéndose así al Business As Usual, o al “más de lo mismo que nos ha traído hasta aquí”, y generado una burbuja científica y tecnológica, similar a la burbuja económica y financiera que ya conocemos, que en un futuro no lejano muy probablemente solo puede reventar.

En este sentido apuntan las recientes declaraciones en Financial Times del profesor de la Universidad de Manchester, y ganador del Nobel 2010 en Física por su descubrimiento del grafeno, material tan de moda, Andre Geim, cuando nos alerta de que “Temamos, temamos mucho, la crisis tecnológica” en que nos hemos ido instalando durante las últimas décadas. Con motivo de la celebración del Foro Económico Mundial de 2012 en Davos, Geim describe cómo la creciente mercantilización del conocimiento científico y búsqueda del beneficio rápido en detrimento de la investigación científica pura, o de base, durante las últimas décadas nos ha llevado a una reducción alarmante, y de tremendas implicaciones, de la tasa mundial de descubrimientos científicos.

Lamentablemente, son malas pero no nuevas noticias. En 2005, en uno de los estudios de mayor alcance sobre la evolución mundial de la tecnología, y sorprendentemente poco divulgado, publicado en una de las principales revistas académicas mundiales sobre tecnología y negocios, Jonathan Huebner, un científico independiente, físico para más señas, demostró con una elevada certeza, tal como refleja la figura adjunta a estas líneas, que la innovación tecnológica radical, aquélla que tiene un amplio impacto socioeconómico capaz de producir hitos en el desarrollo y el progreso de la humanidad, tuvo su “pico” en 1873 [sic], año desde el cual la tasa mundial de innovación radical no ha parado de declinar. Evidentemente, estos resultados no agradaron nada en determinados círculos próximos a la industria, y los resultados de Huebner han intentado ser contrargumentados y refutados en numerosas ocasiones desde su publicación, aunque con bastante poco éxito. De ser ciertos y consistentes, como parecen, la experiencia e intuición de Andre Geim solo vendría a ratificar una tendencia bastante más pesada que “unas cuantas décadas”.

Por si el escenario que describen tales investigaciones y casuística no fuese suficientemente gris, un número creciente de científicos e intelectuales se aproximan, cada vez más, a esta perspectiva de nuestra realidad, llegando incluso más lejos al plantear una hipótesis más sobrecogedora: no se trata sólo de que la tasa de descubrimiento científico haya disminuido, y sea menor por tanto, sino que la cantidad absoluta de progreso científico en su conjunto puede bien ser inferior a medida que trascendemos en el tiempo. Es la hipótesis que mantienen y argumentan fundadamentadamente el doctor en medicina y profesor de psiquiatría evolutiva en la Universidad de Newcastle, Bruce Charlton, o el analista de sistemas cibernéticos y programador de software Anthony Burgoyne, entre otros, además de ofrecernos innumerables claves y pistas sobre cómo hemos llegado a esta situación.

Según Charlton, la clave se encuentra, de nuevo, en una mercantilización del conocimiento científico que ha incentivado una “profesionalización” de la ciencia y del trabajo científico, y generado un oportunismo colectivo que ha llevado a convertir en “papel moneda” la publicación de artículos intranscendentes en las revistas académicas, confundiendo colectivamente el verdadero crecimiento del conocimiento y avance científico con una mera expansión de “chismes y cosas sin valor” [sic].

Esto mismo es lo que estamos presenciando, observando y denunciando algunos en nuestro contexto nacional, soportando de cerca, a la vez, el oportunismo y la arrogancia de muchos cuyo único fin parece ser medrar en la carrera universitaria y/o política, y de una gran mayoría que aspira simplemente a mantener o mejorar su statu quo. Mientras se reduce la financiación a la universidad y a los centros de investigación públicos, como el CSIC, joya de nuestra corona de la investigación, se gratifica a las universidades privadas, con una prácticamente nula capacidad de investigación, y se aprovechan los recortes para conceder un papel más determinante aún en toda la actividad universitaria a la evaluación de la actividad investigadora del personal universitario, que en España se realiza desde hace años mediante los llamados sexenios (complementos salariales que nacieron para retribuir la productividad investigadora, y que han acabado convirtiéndose en medida de su “calidad” y requisito de promoción y desarrollo de carrera) y los procedimientos de acreditación que llevan a cabo la ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación) y las agencias de evaluación autonómicas.

Sin ambages, soy totalmente partidario de que se evalúe la actividad docente e investigadora de los universitarios y científicos, funcionarios o no, pero no de que dicha evaluación se convierta en un elemento de control político oscuro y discrecional que incentive y legitime el “sálvese quien pueda” y que castigue a cualquiera cuya motivación sea el mero placer del descubrimiento científico y el avance de la ciencia por encima, y más allá, del valor económico inmediato o la “conveniencia” de los resultados de la investigación.

Además de contribuir a una enorme burbuja de previsibles consecuencias, tal control político, mercantilización y perversión de la ciencia y del proceso científico produce paradojas significativas. Como apunta el profesor Juan Torres, la investigadora Saskia Sassen, que recibió recientemente el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, una de las científicas más importantes de nuestra época, no ha conseguido ningún sexenio, ninguna acreditación, frente a los criterios de nuestras agencias de evaluación, que anteponen siempre el mismo criterio, las publicaciones JCR (Journal Citation Reports) en los últimos cinco años. Sassen no tiene ninguna, sino que ha publicado libros e informes, fruto de proyectos de investigación de verdad y referencias fundamentales para académicos comprometidos, y ha publicado numerosos artículos en medios de gran difusión, pero se ha resistido a la práctica de inflar su currículum con artículos estandarizados sin interés ni lectores, más allá de círculos de amigos de citación mutua y catedráticos con insaciables ansias de medrar al precio que sea.

Pero, cuando la burbuja científica estalle, ¿qué quedará tras la explosión…? Como el profesor Charlton afirma, tal vez sólo la vieja ciencia, la de una era en la que la mayoría de científicos eran al menos honestos tratando de descubrir la verdad sobre el mundo natural.

En el mejor de los casos podríamos padecer un retroceso científico de varias décadas más que de unos pocos años, pero probablemente sea bastante peor que eso…

La terapéutica de Borges en Funes el memorioso, Marcelo Marchese

La terapéutica de Borges en Funes el memorioso

Marcelo Marchese

borges

En una clara y silenciosa mañana de domingo leí este cuento maravilloso; ahora, la razón que empuja estas líneas es desentrañar su belleza.
La vasta creación de Borges es resultado del equilibrio de dos tensiones; una de ellas es de todos conocida: una sorprendente erudición mixturada con la audacia de pensar con cabeza propia, para situarlo como el gran desmitificador de nuestra lengua. Nadie ha erosionado más lugares comunes; nadie nos sorprende como Borges. Aquellos que lo tachan de reaccionario tendrían ante sí un camino sumamente sencillo para escapar del pozo de ignorancia desde el que berrean: leer a este escritor incomparable.
Funes, peón de Fray Bentos, despierta de un accidente a la bendición o maldición de una memoria infinita: recuerda todas las cambiantes formas de todas las nubes de todos los atardeceres; podría reconstruir un día entero, pero esa tarea le consumiría un día entero; le bastan un texto y un diccionario para incorporar el arduo latín. Este ser anómalo revela a Borges que antes “miraba sin ver, oía sin oír y se olvidaba de todo, de casi todo”. Mas su virtud es ominosa. Para el hombre dotado de una atención infinita el perro de las tres y catorce es otro que el de las tres y quince; su propio rostro en el espejo lo sorprende cada vez. Este poder de discernimiento se convierte en óbice de la capacidad de especulación. John Locke postuló y reprobó un idioma en el que cada cosa individual, cada piedra y pájaro, tuvieran nombre propio. Es fácil comprender por qué un idioma de palabras infinitas haría imposible el razonamiento, por no mentar la comunicación. Agrupar a todos los perros bajo la palabra perro es una arbitrariedad y una mentira, pero esa mentira nos permite explorar la verdad, de igual manera que un mapa fija en el plano de una vez y para siempre una tierra eternamente cambiante.
Este es el Borges filósofo, artista genuino que filosofa más que los filósofos, pues en manos de estos, una idea es una exposición, normalmente fría, de argumentos; mas en el laboratorio del artista se hace carne en los personajes, obligándolos a adoptar una moral, una psicología específica. El cielo que teme el filósofo es el suelo que camina el artista, quien invoca al razonamiento a través de una conmoción en el espectador.
Sin embargo la genialidad de Borges no radica en esa mente que extiende las alas para navegar en los sistemas metafísicos construidos por el hombre de Oriente y Occidente. Tampoco radica en su capacidad para llevarnos, como el genio de la lámpara, a los territorios que imagina. En Funes tenemos evidencias de este poder: “La voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora”; “el color pizarra de la tormenta que había escondido el cielo”; el uso del recuerdo difuso, más sugerente, al rehacer el diálogo con el memorioso: “me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo”. El poeta no es otra cosa que un mago de las palabras: “La pieza olía vagamente a humedad”; Funes veía “las muchas caras de un muerto en un largo velorio”. Cual si el monólogo del peón fuera acompasado por la naturaleza, a su término, “la recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra”.
El escritor trabaja sobre sus recuerdos y sobre aquello que otros le han contado; extrae recortes de periódicos para elaborar El misterio de Marie Roguet y copia páginas enteras de viejos libros de historia natural para componer Los Cantos de Maldoror. El vulgo, en el peor sentido de la palabra, desprecia estos mecanismos que caen bajo el anatema de plagio, pero el artista sabe que toda creación es una reelaboración en un universo que está constantemente reinventándose. La enumeración de sorprendentes casos de memorización en la antigüedad son producto de las raras lecturas de Borges, como aquella olvidada Enciclopedia Británica escrita por Thomas de Quincey y otros ensayistas, sepultada hoy por el progreso y prostituida en una insulsa recopilación de nombres, fechas y estadísticas ayunas de leyenda y de poesía.
La perfección técnica de Borges, producto de un oído delicado como su sensibilidad, su don de lenguas y una obsesiva labor de corrección, tampoco son la clave de su obra. Si cometiera errores formales, como la errónea descripción del rancho del orillero que consta de dos patios, o la fea palabra amanzanado, nada restaría a la belleza del cuento, pues erigiéndose sobre todas sus virtudes aparece esa otra tensión de la que hablamos, el pedernal con que frota el eslabón de su conocimiento: la emoción que trasmite el poeta, su dolor, infinitamente sublimado en su enciclopédica labor. La corriente emocional logra filtrarse por los intersticios de su saber como una fuerza deslumbrante. Funes es un hombre que no logra conciliar el sueño. Dormir es olvidarse del mundo. Para alcanzar este privilegio debe pensar en imprecisas casas, que según le cuentan, se han construido en las afueras del pueblo, y aquí Borges desnuda su humanidad colocando la piedra angular de su arquitectura: “en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente”.
Parejamente, en El Aleph la clave no es la perfecta representación del raquítico mental Carlos Argentino Daneri, ni ese maravilloso poema en el que enumera lo que El Aleph le depara. La clave es la confesión ante el retrato de Beatriz Viterbo: “No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije: -Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges”. El Aleph no es un cuento acerca de un punto donde confluye el universo; es el poema de un infinito amor que jamás vivirá su otra realidad. El poeta manifiesta en la dedicatoria quién era la destinataria del poema, pues como confesara, “toda mi obra está escrita para conquistar el amor de una mujer”. Borges emprendía largas caminatas por Buenos Aires acompañado de su musa; mas todo el juego de la seducción era metódicamente arruinado cada vez que acudía al teléfono para informar a su madre. Son innumerables los testimonios sobre su problemática: de forma vaga como en El amenazado; de forma abierta como en aquella conferencia sobre la ceguera que intempestivamente desemboca en la castración. Perdido en un laberinto imposible jamás pudo concretar el amor a una mujer, y esa herida abierta en lo más íntimo de su hombría se intenta cicatrizar vanamente con literatura.
Funes no es otro que el poeta que intenta olvidar el mundo, su mundo, revolviéndose en las sucias sábanas del insomnio. Allí se imaginaba en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente. Su esperanza es la realidad donde por fin lo alcanzará el olvido, invocada así por otro poeta:

“Es la muerte quien consuela y nos hace vivir;
Es el fin de la vida y la única esperanza
Que como un elixir nos exalta y embriaga,
Dándonos el coraje de llegar a la noche.

A través de la nieve, la tormenta y la escarcha
Es la claridad vibrante en el horizonte negro;
Es el albergue famoso inscripto en El Libro
Donde podremos comer y dormir y sentarnos”.

Al término de nuestra apología, amable lector, debemos agregar algunas palabras sobre Borges el memorioso. Tal su confesión, Funes es un cuento nacido de su problemática. Intentando vanamente detener la máquina del pensamiento oía las campanadas que iban midiendo el tiempo del insomnio: pensaba en su cuerpo, en las habitaciones del hotel, más allá en los eucaliptus y en la plaza del pueblo y temió el infierno que depararía una memoria infalible. Así nació la obra y luego, nos comenta asombrado, el monstruo insomnio, al menos por un tiempo, desapareció como por arte de encantamiento. Aquí arribamos a esa dimensión suprema del arte: la más antigua de las terapéuticas. El hombre cruzado por heridas en esta guerra que es la vida intenta cicatrizarlas lamiéndolas con su poesía. Es su dolor el que genera una piedad infinita hacia Borges; y es su porfiado arte de la sublimación aquello que nos regala el misterio de la belleza nacida del sufrimiento. Un látigo lo empujaba a vestir su mundo de maravilla; mas pagando tributo a este doble conjuro, al mismo tiempo el poeta ha tejido en nuestras vidas los hilos preciosos de su poesía.