Esto es cultura, ¡Animal! (A propósito de domas y zoológicos)

Esto es cultura, ¡Animal!
(A propósito de domas y zoológicos)

Marcelo Marchese

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Desde el paleolítico el hombre ha utilizado la energía de otros animales para su provecho. Acaso el primer animal que domesticara sea el perro que, salvo el Licaón, posiblemente devenga del lobo. Un lobezno criado por la tribu sería útil en la cacerías y en la lucha con otras tribus. La sucesiva selección de esos lobos, eliminando los cachorros bravos y permitiendo que se reprodujeran los más domesticables, generó las diversas razas de perros. Algo similar sucede con un producto posterior, el gato, que deviene del gato salvaje, utilizado para controlar la plaga de roedores que atacaban los primeros depósitos de cereales que respondieron a la presión demográfica. La domesticación del caballo se supone posterior a la “creación” del gato. Fue un medio de transporte sumamente útil, además, para la caza y la guerra y por eso fue rápidamente incorporado allí donde lo llevaran los guerreros. Tal el caso de las comunidades americanas del paleolítico, para las cuales fue un eficaz aliado en la lucha con los conquistadores, quienes lo trajeron junto al perro para guerrear. Luego el cerdo, que deviene del jabalí y otros cerdos salvajes, mucho más jamonoso y lento y manso que su predecesor, fue resultado de una selección genética propiciada por el hombre para proveerse de alimentos, para lo cual también utilizó bovinos, ovinos, roedores, anseriformes y gallináceas, en tanto para arar la tierra usaba bovinos y equinos, y apelaba a elefantes para mover grandes pesos, cuando no eran utilizados para la guerra como hizo Aníbal. Para comunicarse el hombre usó también camellos y palomas y para la caza, además de perros, entrenó halcones y guepardos.
Oponerse a que el hombre utilice animales es negar la historia de la humanidad y aunque cambie nuestra conciencia, por razones de índole tecnológicas por mucho tiempo seguiremos utilizando esa energía. La consigna vegetariana “Somos lo que comemos” olvida que precisamente somos de carne y sin la carne y las proteínas que aporta no se hubiera desarrollado el cerebro del Austrolopithecus hasta llegar al Homo sapiens. El gusto de casi todos los monos por la carne es tan poderoso, que un chimpancé macho que ofrece carne a una hembra logra de esta manera ciertos favores sexuales. Alguno dirá que la hembra se prostituye. Acaso sí, o acaso logre matar dos pájaros de un tiro, pero de una forma u otra se manifiesta la necesidad del primate. El hombre es omnívoro y esa dieta variada, de las más variadas del mundo animal, es una de las causas de su supervivencia. Pero no nos detendremos en la fobia a la carne del vegetariano, que siente lástima ante el sufrimiento de un ser vivo, sin considerar que las lechugas y tomates tenían una vida muy plena, hasta que un vegetariano insensible vino a devorarlas con el mismo ímpetu que un furioso carnívoro. Tampoco nos detendremos en el horror de aquel que cierra los ojos ante el asesinato de una perdiz, para luego abrirlos y acudir a una carnicería a por un jugoso churrasco.
Asentada esta necesidad del hombre de producir vegetales y animales para su supervivencia, sea para comer, sea para moverse, sea para producir más alimentos, sea para vestirse, para lo cual cría animales y planta cáñamo, lino y algodón, asentado este hecho evidente, decíamos, nos parece necesario profundizar otros aspectos de nuestro vínculo con el resto de los animales que pueblan el planeta.
En los últimos tiempos viene creciendo cierta conciencia ante el maltrato animal en circos, domas, toreos, zoológicos y trabajos varios. Aquí es necesario hacer unas cuantas distinciones. Crece nuestra indignación cada vez que vemos un conductor de carro aplicando su saña contra un caballo. ¿La solución? Si la idea es proveer de motos a estos trabajadores de la basura, no podemos sino responder con un carcajada emitida con una boca, que a estos efectos, hemos abierto 180 grados. El hombre del carro tiene un remoto origen campesino, de hecho vive en las afueras de las ciudades y se provee de su “moto” gratuitamente y gratuitamente le carga nafta. Difícil convencerlo para que cambie de cabalgadura. Sin justificarlo ni defenderlo, entendemos que cada vez que descarga el látigo sobre la bestia está manifestando su humanidad, de igual manera que el esclavo de la antigüedad clásica descargaba su humanidad sobre los aperos de labranza, que por esta causa no se caracterizaban por su durabilidad. La solución a este maltrato iría, por lo tanto, en la transformación de unas condiciones de vida que en tanto se mantengan se manifestarán sobre el otro animal.
El caballo usado en las domas de la Rural es, sin contar los escasos caballos salvajes que aún quedan en el mundo, el que menos sufre de todos los caballos. Domado y castrado es utilizado en las tareas del agro, pero algunos caballos son particularmente nerviosos y se retoban y no son confiables para trabajar. Se los deja engordar con los mejores pastos como quien cuidara a un atleta y una vez al año se los trae a la doma para competir, se los monta un par de veces y corcovean, no porque le peguen rebencazos, sino porque no quieren que los monten. El resto de los caballos que vemos por ahí ya no corcovean pues han sido castrados y domados por el método gaucho o por el método de la doma india. ¿Para qué se los trae a la Semana Criolla? La Rural del Prado es una actividad que estimula la competencia de los criadores de ganado por perfeccionar la raza, para beneficio de dichos criadores y para beneficio del país, habida cuenta de la trascendencia del rubro agro en nuestra economía. Las cabañas vencedoras ganarán cierto dinero y además prestigio, que se transformará en dinero. Amén de eso, los que crían caballos lo hacen porque aman este animal y por que ya tienen adquirido un know-how, en caso contrario se dedicarían a la soja o al eucaliptus más redituables y contaminantes. El público que acude a las domas disfruta de ver cómo ciertos caballos se resisten a ser domesticados y a su vez disfruta del coraje del domador que arriesga su vida o una parálisis. Es un deporte peligroso como el boxeo, el automovilismo y el salto en esquíes, cuyo interés está generado por la adrenalina del desafío a la muerte. Mas otro condimento agrega sabor a este deporte. En el interés de espectador y domador se manifiesta de forma simbólica la necesaria doma del animal que tenemos dentro, sin la cual no se hubiera erigido ninguna cultura.
El problema radica en que la cultura erigida sobre el conflicto instinto-razón no debe tender a un desequilibrio que anule nuestro ser animal. Se trata de permitir vías de canalización de nuestros instintos a través del arte, el juego, el deporte, los debates, el regateo, el trabajo y el sexo. El doble peligro radica en anular estas vías de canalización amputando nuestro instinto.
Los zoológicos que pretenden ser instructivos son una manifestación de una peligrosa tendencia civilizatoria que pretende anular nuestra animalidad. Apresamos los seres salvajes como forma simbólica de apresar nuestro ser salvaje. Producimos en el tigre que lustra el eterno camino que transita en su jaula, una neurosis incurable, prueba inversa de nuestra propia neurosis. Ese campo de concentración llamado zoológico, es el tributo que la civilización hace pagar a los animales por nuestra forma insana de relacionarnos con nosotros mismos. En nada ayuda trasladarlos a jaulas de oro, sólo haríamos un poco menos evidente nuestra lamentable enajenación, una medida sintomática de nuestros tiempos light llenos de eufemismos políticamente correctos.
Mas tenemos un segundo motivo para poner en tela de juicio aquello que nos impulsa a encerrar animales para fines ornamentales. El zoológico testimonia un concepto de la belleza a la que sólo podemos apreciar en tanto nos apropiamos de ella. Es el mismo concepto que nos lleva a quemar el amazonas para plantar soja en “nuestra tierra”, arrojar toneladas de plástico para formar islas inmundas de basura en “nuestros océanos” y descargar el látigo en “nuestro caballo”. Aquel que pretende controlar todos los factores y encierra a un canario para asegurarse un bello canto, impide que la belleza lo sorprenda cual si fuera un regalo de la naturaleza. Ocupamos todos los casilleros del tablero impidiendo el juego y convirtiéndolo en una tarea tediosa al excluir lo inesperado. La belleza podrá tener todos los atributos que queramos, pero hay uno que se erige como rey de todos: el misterio.
De esta forma venimos acentuando, hasta nuevo aviso, un desequilibrio enajenante. En tanto crecemos exponencialmente, erramos por este triste planeta arrojando basura a los ríos de agua más pura, quemamos selvas, apresamos vida salvaje, castramos nuestra animalidad y ofendemos la belleza y desterramos el misterio, para profanar todo aquello que fue el alma de la especie desde tiempos inmemoriales.

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