La fiesta de la transparencia y el control de lo privado en beneficio del consumo, Alberto Costa

La fiesta de la transparencia y el control de lo privado en beneficio del consumo

Por Alberto Costa

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¿Cuál es el límite entre lo público y lo privado?, ¿cómo funciona todo dentro de la cultura “online”?, ¿qué rol cumple la vigilancia allí? Mundo flexibilizado, cultura hedonista e inmediatez. Internet, el panóptico de la modernidad.

Alguna vez el poeta ítalo-argentino Antonio Porchia, escribió en su célebre libro “Voces” el siguiente aforismo: “Pensar en un hombre se parece a salvarlo”. Este pensamiento hoy surge como una maravillosa síntesis de las mejores intenciones que venían con la modernidad, entendiendo esta, por aquel cuerpo de ideas solidarias de la Revolución Francesa que nos hablaba de la lucha por la igualdad, la fraternidad, las organizaciones sociales en beneficio de los obreros, los conceptos de democracia ligados al bienestar de la población y la lucha liderada por una vanguardia revolucionaria que iba a sentar las bases de una sociedad sin clases libre y feliz. ¿Qué sucedió con estos ideales que fueron llevados al extremo por la Revolución Rusa de 1917?, ¿dónde fueron a esconderse aquellas conductas heroicas de un pasado históricamente reciente?

Si bien como dijera Lipovetsky hay un proceso de cambio de las mentalidades y de personalización de las conductas sociales que comienza lentamente desde los años 50, hoy no tenemos dudas que la caída del muro de Berlín en 1989, no se remitió tan solo a una pared de ladrillos que se derrumbaba a pedazos bajo la insigne música de Pink Floyd y “The Wall”. Este hecho terminó con la que fuera un clásico: la bipolaridad del mundo capitalista versus el comunista.

La revolución tecnológica, pergeñada originalmente para hacer eficiente la destrucción mediante la guerra, se pone al servicio de los mercados masivos de consumo.

Se produce la fractura de la vieja sociedad disciplinaria, el deber como mandato toca su fin, se mira con desaprobación, se condenan las actitudes y la educación autoritaria. Cada vez es más que evidente que estamos en un proceso acelerado, de un mundo a otro. La vieja Revolución Industrial que había vestido a la modernidad, se quedó como el barco a vela flotando en su pasado de vientos que ya no soplan.

Es un nuevo sentido que va dejando de lado lo que se entendía como privado y profundiza cada vez más rápido, la difusión de lo público.

Exhibición activa de la privacidad

Se avanza hacia un mundo flexibilizado, ávido de información indiscriminada, hay una exaltación de los valores humanos, de la salud, del culto al cuerpo, la sexualidad, la cordialidad, el sentido del humor, los productos naturales son tomados como bienes imprescindibles.

La medicina científica toma caminos poco ortodoxos y enaltece a las terapias de todo tipo; la acupuntura, la homeopatía, las hierbas medicinales, la inmensa oferta de cirugías para el embellecimiento corporal, para adelgazar, para lograr el sueño del regreso al pelo propio.

El deporte de los fines de semana en la canchita del barrio, pasa a la omnipresencia mediática y cotidiana de la cultura del hedonismo. La consigna es transpirar en grupo o solos, tres o cuatro veces por semana, si es posible mirándose al espejo y moviéndose al ritmo de auriculares.

Aparecen las grandes empresas: Google, Yahoo, Microsoft, las páginas Web, los Blogs, las redes sociales como Facebook, YouTube, los grupos organizados por afinidades en el ciber. La exclusividad se remite a lo masivo, se muestra sin velo, lo que antes tenía el nombre de secreto, pierde su versión clásica.

El lenguaje aparece reducido a rápidas contracciones de letras y siglas, ejecutado por avezados en la religión fuera de toda metáfora, que conlleva los mensajes de texto. El celular, ese pequeño objeto convertido en monumento insustituible, es venerado en todas sus aplicaciones.

Espionaje ilegal y espionaje sin ley

¿Cómo están influyendo estos cambios en los “modos de ser” de las personas? ¿Dónde estamos para ser lo que ahora somos? ¿Qué somos a partir de todo esto? Veamos cómo opera el mercado capitalista en el contexto de esta fiesta de la trasparencia.

El año que pasó, fue sacudida la opinión mundial con las denuncias de Edward Snowden, el analista de sistemas de seguridad, por el espionaje entre países aliados como EEUU y Alemania. El punto es este, lo que se denunciaba era la ilegalidad del hecho, con la gravedad que eso implicaba como intromisión en los asuntos privados de cada país. Ahora, si bien este accionar de los servicios internacionales liderado por EEUU era y es ilegal, por contraste, se estaba reconociendo que había una ley, una legalidad violada por organismos espías como la National Security Agency (NSA) denunciada.

Pero hay otro ámbito que no nos resulta inocuo, que no acata ninguna norma legal, en tanto no está legislado y que nos compete en demasía; son los intereses comerciales que operan por Internet ofreciendo supuestos servicios gratis, y que revelan en realidad un fenomenal negocio a costa de todos nosotros, incautos consumidores de los productos online.

Mediante los llamados “metadatos” (datos sobre datos), las empresas como Google, Facebook, Yahoo o Microsoft, se meten en los celulares, toman los números marcados, duración de las llamadas, ubicación geográfica del celular. En el caso de los mail, revisan direcciones de correo, fecha y hora del envío, cuando se navega por la Web, los “metadatos” incluyen lo que se llama un “clickstream” que permite ver la lista de lugares visitados por el usuario y la dirección IP de la computadora que está ejecutando las búsquedas.

Ahora a raíz de todas estas investigaciones, sabemos que nada de lo que se haga online escapa a la feroz vigilancia de las compañías que operan en el mercado de Internet. Mientras que los topos del espionaje internacional deben sortear vericuetos legales para desarrollar la información usurpada, en el caso de las ciberempresas, realizan su espionaje, se alojan en nuestra vida, la leen sin tapujos y usan la información alegremente cedida por el público web, sin preocuparse de transgredir ninguna ley con la anuencia protagónica del consumo mundial, ocupado en subir imágenes, armar legiones de seguidores, para que los productos ofertados entren sin ningún control en nuestra antigua privacidad.

Los viejos controles del pasado y la eficacia de hoy

En el siglo XVIII, el británico Jeremy Bentham ideó un sistema de vigilancia carcelario, un panóptico que consistía en una disposición en círculo de las celdas, con una torre de vigilancia en el centro. Las celdas tenían rejas que dejaban ver plenamente lo que sucedía dentro de ellas, mientras que la torre de vigilancia estaba situada de manera tal que desde el centro de la escena, los guardias miraban y vigilaban sin ser vistos por los reclusos.

El efecto perseguido era el siguiente: ante el ejercicio de la mirada vigilante, los presos terminarían acatando las reglas carcelarias que imponían los opresores, como parte de un disciplinamiento que no implicaba violencia física, sino prácticas de domesticación preventivas.

Si bien este sistema todavía puede tener vigencia para las prisiones, ha quedado superado y limitado en todo su alcance, ante el inmenso panóptico que las empresas que dominan la web, ejercen sobre todos los que las usamos. Bentham se ruborizaría por ineficaz ante la vigilancia y el espionaje montada sobre miles de millones de usuarios, que no solo consumen, sino que participan de la venta, extendiendo el comercio sobre sus propias personas, aceitando el engranaje con ventas de objetos de su propio pecunio, e incluso indicando tendencias, gustos, decisiones, para que el mercado optimice su oferta. De esta manera, las compañías mediáticas instrumentan la más colosal ganancia capitalista penetrando con la propaganda comercial cada poro del ciber, cada poro del cuerpo entregado a consumir.

Volviendo a la pregunta anterior, ¿cómo operan estas prácticas sociales sobre los sujetos?, ¿cuál es su implicancia a futuro sobre nativos de nativos descendientes del sistema?, ¿alcanza con denunciar complicidades?, ¿será suficiente con entender toda esta banalización como conductas pasajeras?, ¿serán pasajeras?

Lo que vemos es una transparencia mostrada como efímera en su propio mostrarse, no hay destinatario, el destinatario es el propio ego hecho imagen y dirigido a nadie, tan solo al acto de mostrar y consumir. Entonces ¿Sobre qué proyecto se monta nuestra vida actual?

El mundo sigue, la nada no responde.

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