La terapéutica de Borges en Funes el memorioso, Marcelo Marchese

La terapéutica de Borges en Funes el memorioso

Marcelo Marchese

borges

En una clara y silenciosa mañana de domingo leí este cuento maravilloso; ahora, la razón que empuja estas líneas es desentrañar su belleza.
La vasta creación de Borges es resultado del equilibrio de dos tensiones; una de ellas es de todos conocida: una sorprendente erudición mixturada con la audacia de pensar con cabeza propia, para situarlo como el gran desmitificador de nuestra lengua. Nadie ha erosionado más lugares comunes; nadie nos sorprende como Borges. Aquellos que lo tachan de reaccionario tendrían ante sí un camino sumamente sencillo para escapar del pozo de ignorancia desde el que berrean: leer a este escritor incomparable.
Funes, peón de Fray Bentos, despierta de un accidente a la bendición o maldición de una memoria infinita: recuerda todas las cambiantes formas de todas las nubes de todos los atardeceres; podría reconstruir un día entero, pero esa tarea le consumiría un día entero; le bastan un texto y un diccionario para incorporar el arduo latín. Este ser anómalo revela a Borges que antes “miraba sin ver, oía sin oír y se olvidaba de todo, de casi todo”. Mas su virtud es ominosa. Para el hombre dotado de una atención infinita el perro de las tres y catorce es otro que el de las tres y quince; su propio rostro en el espejo lo sorprende cada vez. Este poder de discernimiento se convierte en óbice de la capacidad de especulación. John Locke postuló y reprobó un idioma en el que cada cosa individual, cada piedra y pájaro, tuvieran nombre propio. Es fácil comprender por qué un idioma de palabras infinitas haría imposible el razonamiento, por no mentar la comunicación. Agrupar a todos los perros bajo la palabra perro es una arbitrariedad y una mentira, pero esa mentira nos permite explorar la verdad, de igual manera que un mapa fija en el plano de una vez y para siempre una tierra eternamente cambiante.
Este es el Borges filósofo, artista genuino que filosofa más que los filósofos, pues en manos de estos, una idea es una exposición, normalmente fría, de argumentos; mas en el laboratorio del artista se hace carne en los personajes, obligándolos a adoptar una moral, una psicología específica. El cielo que teme el filósofo es el suelo que camina el artista, quien invoca al razonamiento a través de una conmoción en el espectador.
Sin embargo la genialidad de Borges no radica en esa mente que extiende las alas para navegar en los sistemas metafísicos construidos por el hombre de Oriente y Occidente. Tampoco radica en su capacidad para llevarnos, como el genio de la lámpara, a los territorios que imagina. En Funes tenemos evidencias de este poder: “La voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora”; “el color pizarra de la tormenta que había escondido el cielo”; el uso del recuerdo difuso, más sugerente, al rehacer el diálogo con el memorioso: “me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo”. El poeta no es otra cosa que un mago de las palabras: “La pieza olía vagamente a humedad”; Funes veía “las muchas caras de un muerto en un largo velorio”. Cual si el monólogo del peón fuera acompasado por la naturaleza, a su término, “la recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra”.
El escritor trabaja sobre sus recuerdos y sobre aquello que otros le han contado; extrae recortes de periódicos para elaborar El misterio de Marie Roguet y copia páginas enteras de viejos libros de historia natural para componer Los Cantos de Maldoror. El vulgo, en el peor sentido de la palabra, desprecia estos mecanismos que caen bajo el anatema de plagio, pero el artista sabe que toda creación es una reelaboración en un universo que está constantemente reinventándose. La enumeración de sorprendentes casos de memorización en la antigüedad son producto de las raras lecturas de Borges, como aquella olvidada Enciclopedia Británica escrita por Thomas de Quincey y otros ensayistas, sepultada hoy por el progreso y prostituida en una insulsa recopilación de nombres, fechas y estadísticas ayunas de leyenda y de poesía.
La perfección técnica de Borges, producto de un oído delicado como su sensibilidad, su don de lenguas y una obsesiva labor de corrección, tampoco son la clave de su obra. Si cometiera errores formales, como la errónea descripción del rancho del orillero que consta de dos patios, o la fea palabra amanzanado, nada restaría a la belleza del cuento, pues erigiéndose sobre todas sus virtudes aparece esa otra tensión de la que hablamos, el pedernal con que frota el eslabón de su conocimiento: la emoción que trasmite el poeta, su dolor, infinitamente sublimado en su enciclopédica labor. La corriente emocional logra filtrarse por los intersticios de su saber como una fuerza deslumbrante. Funes es un hombre que no logra conciliar el sueño. Dormir es olvidarse del mundo. Para alcanzar este privilegio debe pensar en imprecisas casas, que según le cuentan, se han construido en las afueras del pueblo, y aquí Borges desnuda su humanidad colocando la piedra angular de su arquitectura: “en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente”.
Parejamente, en El Aleph la clave no es la perfecta representación del raquítico mental Carlos Argentino Daneri, ni ese maravilloso poema en el que enumera lo que El Aleph le depara. La clave es la confesión ante el retrato de Beatriz Viterbo: “No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije: -Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges”. El Aleph no es un cuento acerca de un punto donde confluye el universo; es el poema de un infinito amor que jamás vivirá su otra realidad. El poeta manifiesta en la dedicatoria quién era la destinataria del poema, pues como confesara, “toda mi obra está escrita para conquistar el amor de una mujer”. Borges emprendía largas caminatas por Buenos Aires acompañado de su musa; mas todo el juego de la seducción era metódicamente arruinado cada vez que acudía al teléfono para informar a su madre. Son innumerables los testimonios sobre su problemática: de forma vaga como en El amenazado; de forma abierta como en aquella conferencia sobre la ceguera que intempestivamente desemboca en la castración. Perdido en un laberinto imposible jamás pudo concretar el amor a una mujer, y esa herida abierta en lo más íntimo de su hombría se intenta cicatrizar vanamente con literatura.
Funes no es otro que el poeta que intenta olvidar el mundo, su mundo, revolviéndose en las sucias sábanas del insomnio. Allí se imaginaba en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente. Su esperanza es la realidad donde por fin lo alcanzará el olvido, invocada así por otro poeta:

“Es la muerte quien consuela y nos hace vivir;
Es el fin de la vida y la única esperanza
Que como un elixir nos exalta y embriaga,
Dándonos el coraje de llegar a la noche.

A través de la nieve, la tormenta y la escarcha
Es la claridad vibrante en el horizonte negro;
Es el albergue famoso inscripto en El Libro
Donde podremos comer y dormir y sentarnos”.

Al término de nuestra apología, amable lector, debemos agregar algunas palabras sobre Borges el memorioso. Tal su confesión, Funes es un cuento nacido de su problemática. Intentando vanamente detener la máquina del pensamiento oía las campanadas que iban midiendo el tiempo del insomnio: pensaba en su cuerpo, en las habitaciones del hotel, más allá en los eucaliptus y en la plaza del pueblo y temió el infierno que depararía una memoria infalible. Así nació la obra y luego, nos comenta asombrado, el monstruo insomnio, al menos por un tiempo, desapareció como por arte de encantamiento. Aquí arribamos a esa dimensión suprema del arte: la más antigua de las terapéuticas. El hombre cruzado por heridas en esta guerra que es la vida intenta cicatrizarlas lamiéndolas con su poesía. Es su dolor el que genera una piedad infinita hacia Borges; y es su porfiado arte de la sublimación aquello que nos regala el misterio de la belleza nacida del sufrimiento. Un látigo lo empujaba a vestir su mundo de maravilla; mas pagando tributo a este doble conjuro, al mismo tiempo el poeta ha tejido en nuestras vidas los hilos preciosos de su poesía.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s