Caminar sin rumbo: un arte en peligro de extinción

Caminar sin rumbo, un arte en peligro de extinción

Por: Javier Barros Del Villar

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Caminar a la deriva podría considerarse hoy como un fino arte de subversión que debiéramos preservar para beneficio de nuestra especie.

Por diversas razones que tal vez rayan entre el azar, el karma, y la torpeza, terminamos viviendo una realidad sociocultural un tanto frenética. Si bien el actual escenario tiene innumerables bondades, existen ciertos aspectos de él que nos sugieren desaciertos importantes. La productividad, la rapidez, y la funcionalidad, son solo algunas de las características que hemos privilegiado culturalmente, de manera suficientemente excesiva como para dar lugar a estilos de vida marcados por el estrés, la frivolidad y la automatización de procesos que antes enriquecían, quizá como ningún otro, nuestra existencia –por ejemplo los traslados.

Y dentro de este entorno que aspira a la síntesis funcional y acelerada de la vida, tal vez el acto de mayor subversión cultural, al menos dentro de un plano poético, sea el de caminar a la deriva. Caminar podría traducirse como el no tener la solvencia económica para moverte de otra forma (una afrenta contra la ‘evolución financiera’ de la especie), no tener prisa para llegar a tu destino (un insulto contra la noción de producir y ser eficiente), y obviamente remite a un modelo de transporte que está lejos de la funcionalidad del automóvil, la practicidad del transporte público o el coolness de la bicicleta. En cuanto a la otra variable, el “sin destino”, se trata de un franco agravio contra todos estos valores culturales, tan radical que incluso podría calificar como un absurdo.

Caminar es sin duda una de las mejores rutas para hackear la auto-percepción fragmentada. Si bien nos enseñaron que nuestro cuerpo está separado de nuestra mente, nosotros del paisaje, y este del todo, algo muy especial ocurre mientras caminamos: las barreras culturales se van diluyendo rítmicamente hasta fundirse, y entonces el músculo de tu pierna es a la vez los árboles que, estáticos, te acompañan, y tus pensamientos se condensan en la sombra de tus pasos. ”Caminar es una forma de reclamar el mundo. Atenta contra la velocidad del pensamiento, contra la inercia de los días y la separación tajante entre el cuerpo y la razón, que sufre tanto hoy en día.”, nos advierte Lucia Ortiz Monasterio en su texto “Sobre salir a caminar”. Y es que caminando nos auto-reafirmamos pero no como seres aislados, sino como engranes de un ritmo que todo lo abarca.

En cuanto a el ir “a la deriva”, se trata de un acto existencialmente estético, que privilegia la espontaneidad sobre el programa, y que descarta orígenes y destinos pues prefiere disolverlos para formar un solo cuerpo, el trayecto. Así que, de acuerdo a las dos variables que confluyen en esta actividad, el caminar sin rumbo no solo encarna una especie de manifiesto anti-geográfico y anti-temporal, también se desliga de múltiples exigencias socioculturales que parecieran atentar contra la calidad de vida.

Lamentablemente, hoy existen pocos estímulos y muchas dificultades para el “caminante a la deriva”, tales como obligaciones laborales que no admiten alteraciones en la agenda o pseudo-planificaciones urbanas que hacen cada vez menos caminables algunas ciudades, etc. Además, la noción de hacer algo por el simple hecho de hacerlo, sin expectativas o planes de por medio, se califica como una pérdida de tiempo o, en el mejor de los casos, como una actividad ‘poco rentable’. Esto nos lleva a que, por ejemplo, si bien en el Reino Unido prácticamente todos los habitantes aseguran caminar al menos distancias cortas en su vida diaria, solo el 17% admita que, lejos de toda praxis, camina por el simple gusto de hacerlo (y este sector incluye a aquellos que lo hacen paseando a sus perros).

En medio de este contexto poco amigable con las caminatas azarosas, un arte que ya solo practican vagabundos, fantasmas, y unos cuantos rebeldes, surge el arquetípico acto de remar contra la corriente, de valorar el placer implícito en el ejercicio de la ‘contraculturalidad’, y la oportunidad de reafirmarnos como potenciales amigos del caos original. No descartemos que la veta más genuina de la subversión se manifieste hoy en la mántrica práctica de caminar a la deriva. Por eso, creo, es hoy más importante que nunca entregarnos de vez en cuando a esta actividad, soltarle la mente al cuerpo, y andar sin mayor expectativa.

Y tú ¿cuándo fue la última vez que saliste a caminar por el simple gusto de hacerlo y sin un pretexto práctico de por medio? ¿hace cuánto que no opones resistencia a la fusión original entre movilidad y azar? ¿sabías que la única brújula es, en sí, el propio camino?

Twitter del autor: @ParadoxeParadis

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2 pensamientos en “Caminar sin rumbo: un arte en peligro de extinción

  1. ¡¡sencillamente genial! Es esta una postura contestataria (que en mi caso me llevo hasta el divorcio) entendiendo la vida como un proceso constante de aprendizaje e intercambio con el ambiente, el paisaje y otros seres humanos. Caminar sin rumbo (fundamentalmente, aunque no solamente) a pie, sinó en cualquier medio de transporte…o sea lo que llamamos “andar”, es un manjar en la mesa que generalmente despreciamos avergonzados, pues tememos el condicionamiento cultural, desde las “practicas correctas”, los usos habituales, etc. .Además- lo he probado personalmente- caminar…mover las piernas, respirar mejor, oir los pájaros…seguir el hilo de la linea telefónica…oler las flores vivas, sentir el zumo de los frutos…distraerse con el viento o el horizonte re-habilita, recompone la creatividad y estimula las asociaciones en el cerebro…caminar es POESÍA.

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