Mate con plomo, por Marcelo Marchese

Mate con plomo

por Marcelo Marchese

mate

Érase una vez un fantástico país sudamericano que se encaminaba a sus elecciones internas. Los reclames televisivos a través de los cuales diferentes empresas pretendían embaucar al público con las virtudes de sus productos eran desplazados por spots de diferentes candidatos políticos que pretendían ilustrar al público con las virtudes de sus productos. Los ciudadanos aguardaban con ansias los debates antes de acudir en masa a los comicios en un clima de efervescencia intelectual.
El país funcionaba con la perfección de un relojito suizo americano y sus instituciones públicas llevaban a cabo su tarea de defensa de los ciudadanos. Como evidencia de este celo republicano, el Laboratorio Tecnológico Unificado del País Fantástico (LATUPF), determinó previa inspección que unas toneladas de yerba mate que pretendían ingresar por la frontera norte poseían niveles de plomo por encima de lo que se consideraba adecuado para el consumo de la población bajo su guarda y por esa causa frenó la importación, determinando la ausencia del producto en las góndolas de los supermercados.
Sin embargo, este accionar del laboratorio golpeaba el bolsillo del importador, no en vano la marca “Uruguayanarias” era la de mayor consumo en el país dado que invertía millones en posicionarla como la yerba por antonomasia. Los consumidores reclamaban la droga en supermercados y almacenes, y los almaceneros y supermercadistas reclamaban a su vez al distribuidor, el cual, presionado, contestó que “Es una falta que estamos sufriendo en todas las categorías, muchas veces por como vienen los embarques. Al departamento de Piraralandú, por poner un ejemplo, vamos una vez sola por semana; tal vez el día que toque ir a Piraralandú no tenemos todos los productos, y cuando vienen los productos que faltan tal vez la demanda es tan grande que se van para otras zonas del país. Entonces tenemos un desequilibrio, pues no en todos lados tenemos al mismo tiempo todos los productos”. Luego agregó que “es posible que en las góndolas no siempre se encuentren todos los productos de la yerba “uruguayanarias” y en algunos casos ninguno. Es un tema puntual de distribución. Estamos tan preocupados como los consumidores de poder solucionarlo lo antes posible para que los consumidores se vean satisfechos justamente de encontrar el producto en la góndola” (1)
Mientras la vanguardia de la gerencia del departamento de marketing esgrimía esta abstrusa explicación, la retaguardia apelaba al LATUPF. Decían que si bien, para el standard que manejaba el laboratorio, el porcentaje de plomo por gramo de yerba era elevado, poseía el mismo porcentaje de plomo que se encontraba en el agua que consumían a diario los habitantes del país fantástico, cuyas instituciones públicas, vendiendo gato por liebre, presentaban como potable. “Impiden que hagamos negocio con esta específica partida de yerba -argumentaban- pero dejan que la gente consuma sin ton ni son un agua que posee tanto plomo como nuestra yerba”.
El argumento del plomo tenía su peso. Ya el agua corriente de aquel país había comenzado a generar suspicacias entre los confiados consumidores cada vez que al abrir la canilla para sus abluciones matutinas los golpeaba un deleznable hedor a huevo podrido. Si preparaban un mate con agua embotellada, olvidando limpiarlo luego de saborearlo, al día siguiente encontraban el porongo conocido como mate con la yerba del día anterior con su característico color verde; pero, si hubieran preparado un mate con agua de la canilla, reputada potable, y tras saborearlo hubiesen olvidado lavarlo, al otro día la yerba en el porongo se había metamorfoseado al color negro.
Tiempo atrás de los acontecimientos narrados, un académico se ganaba el apelativo de “Enemigo del pueblo” luego de advertir públicamente que el agua potable no era potable (2). Las facultades de Agronomía, Química, Ingeniería y Ciencias elaboraron un informe sobre dicha agua pretendiendo evitar que sus instituciones fueran objeto de vituperio por las expresiones individuales de aquel académico, pero el resultado del análisis interdisciplinario no pudo hacer otra cosa que confirmar lo que el enemigo del pueblo había anunciado: el río del cual se extraía el agua para la capital absorbía fertilizantes a toneladas, amén de fungicidas a granel, unánimes insecticidas, herbicidas multitudinarios e inenarrables excrementos bovinos, entre muchos otros aditivos que hacían de esa agua un magma espectacular cuya densidad ya había dado en las narices de algunos industriales que pensaban embarrilarla previa exportación como fertilizante y pesticida de última generación.
Las virtudes fosforescentes de aquellas aguas eran difíciles de ocultar pero lograban sin embargo soterrarse, habida cuenta del carácter crédulo de los habitantes del país sobre cuyas aguas, al igual que en el famoso Libro, se agitaba un espíritu que no era otro que el Ministro de Defensa, preocupado por hallar alguna tarea útil para sus subordinados, quienes, a lo largo de un siglo y algo más sólo habían cumplido la función de adláteres en una guerra de usurpación y exterminio, habían trasladado gente en una célebre inundación y habían representado el rol de héroes en la lucha contra la sedición comunista. Este espíritu tuvo la magnífica idea de proponer a sus subordinados como garantes del agua, para lo cual no tuvo más remedio que confirmar las denuncias del enemigo del pueblo agregando condimentos bien picantes en aquel menestrón, así que recalcó que unas cuantas oficinas públicas tenían informes que ponían en tela de juicio el carácter potable de las aguas. ¿Los funcionarios públicos a quienes los ciudadanos pagaban el sueldo alertaron a sus empleadores (la población) sobre esta realidad? Según el enemigo del pueblo y el espíritu que volaba sobre las aguas, los funcionarios guardaron los estudios bajo siete llaves en las gavetas de sus escritorios, no fuera cosa que la oposición los utilizara políticamente.
Y en esas gavetas duermen todavía, sólo consultados por el pez de plata, también conocido como lepisma saccharina, el saprófago, conocido como polilla y la ubicua blattodea, vulgarmente llamada cucaracha. Dejemos rumiar a estos inofensivos animalillos en esos eruditos papeles que nada ganaremos removiendo aguas pútridas y elevémonos cual aves para lanzar una mirada generosa sobre nuestra utopía y admirémonos de ver la soja enverdeciendo los campos, al tiempo que el eucalyptus extienden su sombra dando cobijo a jabalíes y serpientes mientras el pueblo se prepara para la fiesta cívica que se realizará sin exabruptos, para la mayor gloria de la República.

(1) http://www.eltelegrafo.com/index.php?id=87574&seccion=locales&fechaedicion=2014-05-25
(2) https://redfilosoficadeluruguay.wordpress.com/2013/09/29/un-enemigo-del-pueblo-uruguayo-el-agua-nuestra-de-cada-dia/ y http://www.uypress.net/uc_44925_1.html

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