Azar, orden y caos, por Carlo Frabetti

Azar, orden y caos x Carlo Frabetti
El ajedrez y los dados

caos-y-orden-300x296

Tenía razón Einstein al decir que Dios no juega a los dados. Se equivocaba, sin embargo, como nos equivocamos todos, al invocarlos como símbolo del azar, pues en puridad no son aleatorios. Precisamente por eso no puede Dios jugar a los dados, pues para él (si existiera un ser omnisciente) su lanzamiento no entrañaría sorpresa alguna, y sin sorpresa no hay juego.

Y ni siquiera hace falta remontarse a las divinas alturas: tampoco Superman podría jugar honradamente a los dados, pues, con sus sentidos agudísimos y su fulminante capacidad de cálculo, podría deducir la jugada antes de que dejaran de rodar. Incluso podría, con su supercontrol, lanzar un dado de forma que saliera lo que él quisiese (igual que algunos prestímanos y tahúres pueden hacer que salga siempre cara al lanzar una moneda).

Para los simples mortales, los dados son un juego de azar porque no podemos calcular ni controlar sus complejas evoluciones al rodar sobre el tapete; pero dichas evoluciones obedecen las rígidas leyes del determinismo. El azar de los dados es solo aparente: es un seudoazar derivado de nuestra lentitud y de la insuficiencia de nuestro conocimiento de las condiciones iniciales (alguien podría replicar que la teoría del caos restablece la aleatoriedad de los dados; sí, pero solo a nivel humano, y esta es una reflexión epistemológica; luego volveré sobre este punto).

Sin embargo, en el ajedrez, inadecuado paradigma de los juegos no aleatorios, sí que interviene el auténtico azar. Su combinatoria es tan inmensa (hay unos veinte septillones -un 2 seguido de 43 ceros- de posiciones distintas compatibles con las reglas del juego) que la mente humana no puede ni soñar con abarcarla, por lo que no es un juego de estricta lógica, como muchos creen, sino también una actividad intuitiva, creativa, artística. Y donde intervienen la intuición, la creatividad, el arte, interviene el azar. Un azar que serendípicamente suele favorecer a los mejores (como dijo Tigran Petrossian cuando era campeón del mundo de ajedrez, los buenos jugadores tienen suerte), pero azar auténtico. Porque si existen el libre albedrío y la libre imaginación, la mente intuitiva-creativa-artística no es una mera máquina determinista, y de unas mismas condiciones iniciales no se desprende siempre una misma respuesta. Si de verdad somos libres, ni siquiera un Dios omnisciente podría conocer de antemano nuestra próxima jugada.

Azar y matemáticas

Y si no somos libres, si en última instancia, y a pesar de lo que nos dice la mecánica cuántica, somos máquinas deterministas sumamente complejas (regidas por algún tipo de “variables ocultas” como las que Einstein buscó en vano durante tres décadas), entonces el azar no existe en el mundo fenoménico, ni siquiera en esa singularidad fronteriza que es la mente humana: “azar” es solo uno de los nombres que damos a nuestras limitaciones y a nuestra ignorancia. Al igual que la recta unidimensional y los demás entes de la geometría euclídea, el azar solo existiría como concepto matemático, y en tal caso sería más adecuado hablar de aleatoriedad, pues el azar se define en relación con el flujo de las causas y los efectos (precisamente como perturbación de dicho flujo), es decir, en relación con los sucesos, y en el mundo atemporal de las matemáticas no hay sucesos propiamente dichos.

Los dados materiales que sirvieron a Pascal para concebir el cálculo de probabilidades, al entrar en el universo matemático se convirtieron en objetos tan ideales como los sólidos platónicos; objetos que, valga la paradoja, cumplen necesariamente las “leyes” del azar: si lanzamos un dado perfecto un número de veces lo suficientemente grande, cada una de sus seis caras saldrá un sexto de las veces (de lo contrario diremos que el dado está cargado); pero estas consideraciones tan “evidentes” encierran una tautología, aunque muy difícil de percibir, como siempre que las elucubraciones matemáticas se inspiran directamente en objetos o fenómenos reales (por eso la geometría de Euclides pasó por “evidentemente cierta” durante más de dos mil años). Como señaló el matemático y pedagogo francés Joseph Bertrand, el mero hecho de hablar de las “leyes” del azar entraña una contradicción, puesto que el azar es, por definición, la antítesis de toda ley (de ahí las comillas).

El cálculo de probabilidades, como su primogénita la estadística, linda con el ambiguo campo de las matemáticas aplicadas; en el etéreo ámbito de la matemática “pura”, la aleatoriedad no tiene que ver con sucesos reales o imaginarios, y se manifiesta especialmente (cabría decir “específicamente”) en determinadas secuencias numéricas irreductibles, que no pueden ser expresadas mediante una fórmula o un algoritmo, como los decimales de π (hay secuencias numéricas infinitas que sí pueden expresarse de forma sencilla; por ejemplo, 0,3333…, con infinitos decimales, es igual a 1/3).

Azar y caos

Como ya he señalado, la teoría del caos parece reintroducir el azar en la física macroscópica; pero en realidad los procesos caóticos son deterministas: lo que ocurre es que su extraordinaria complejidad los hace, en la práctica, inabarcables e impredecibles, pues una pequeña variación de las condiciones iniciales puede dar lugar a grandes cambios en el resultado final. Es lo que vulgarmente se conoce como “efecto mariposa”: el aleteo de una mariposa puede provocar una tormenta al otro lado del mundo, reza un viejo proverbio chino, y los meteorólogos han comprobado que, en este caso, una frase poética e hiperbólica ofrece una descripción bastante fiel de la realidad. Y por una de esas coincidencias que fascinan a los esotéricos, el atractor extraño alrededor del cual fluctúan ciertas turbulencias atmosféricas, descubierto en 1963 por el meteorólogo y matemático Edward Lorenz, admite una representación gráfica bidimensional que se parece mucho a la silueta de una mariposa con las alas abiertas.

Un atractor, dicho de forma muy somera, es el estado hacia el que tiende un sistema dinámico, y normalmente admite una representación geométrica sencilla, como un punto (representación de un estado final de reposo) o un círculo (representación de un comportamiento cíclico). Cuando el atractor es muy complejo (por ejemplo, un fractal), se denomina atractor extraño. El atractor de Lorenz es un fractal de dimensión comprendida entre 2 y 3 (es decir, no es bidimensional ni tridimensional, sino algo intermedio; algo inconcebible para la mente humana, pero expresable matemáticamente).

Azar y teología

Un Dios omnisciente (en el sentido religioso del término) sería incompatible con el azar, pues en su mente total, abarcadora no solo del pasado y el presente, sino también del futuro, todos los sucesos serían conocidos de antemano y, por ende, estarían predeterminados. Y el azar es condición necesaria del libre albedrío (aunque la relación entre ambos dista mucho de estar clara), porque no cabe hablar de libertad si todas las acciones están determinadas por una inexorable cadena de causas y efectos; por lo tanto, un Dios omnisciente es incompatible con el libre albedrío. Es la falsa paradoja de la predestinación, pues no es una paradoja propiamente dicha ni un “misterio”, como pretenden los teólogos, sino, pura y simplemente, una contradicción in terminis.

¿Cómo se entiende que miles de millones de personas acepten esta contradicción flagrante? La mejor explicación sigue siendo la que dio Marx: la religión es el opio de los pueblos. Si vemos a los “creyentes” como drogadictos alucinados, ya no resulta tan asombroso que puedan creer que un círculo (vicioso) es a la vez un cuadrado (mágico). La cuadratura del círculo es peccata minuta para quienes admiten que unos seres de conciencia y responsabilidad limitadas, como los humanos, puedan merecer un castigo eterno.

Orden y caos

El movimiento desordenado e individualmente impredecible de las moléculas de un gas da lugar a un comportamiento global rígidamente sujeto a las leyes de la física y, por ende, predecible, lo que nos permite afirmar a ciencia cierta que si comprimimos un gas hasta confinarlo en la mitad del volumen que ocupaba previamente (sin variar la temperatura), su presión se duplicará. Hay un tránsito continuo, y en ambas direcciones, entre el orden y el caos. Y en la base de todo el devenir fenoménico yace el indeterminismo microcósmico, el inaprensible azar cuántico, que, por lo que sabemos, es el único azar verdadero.

A escala macrocósmica, ni el orden, ni el caos, ni el azar son lo que parecen. A escala microcósmica, sabemos cómo funciona esta desconcertante tríada, y podemos expresar dicho funcionamiento mediante fórmulas y ecuaciones de una precisión y una operatividad sin precedentes en la historia de la ciencia. Lástima que no entendamos casi nada de lo que ocurre ahí abajo.

El auténtico triunfador de las elecciones internas en Uruguay

EL AUTÉNTICO TRIUNFADOR DE LAS INTERNAS
Marcelo Marchese
04.06.2014

n

Asistimos a un nuevo y garrafal error de los grandes medios. El domingo pasado no ganó Lacalle Pou ni Vázquez ni Bordaberry, el vencedor del domingo, con amplio margen, fue el desinterés que conquistó un 66,5%.
Agréguese un misterioso 3,66% que votó en blanco o anulado y estaremos frente a la información capital que arrojan las internas. Preocuparse de cualquier otro fenómeno obviando éste, significa olvidar el bosque extasiados con el primer árbol con que tropecemos.

El dato es aún más elocuente en su perspectiva histórica. En las internas del 99 acudieron por propia voluntad un 53,7% de los habilitados; en el 2004 un 46%; en el 2009 un 44,8% y el domingo pasado un 37,5%. En un lapso de 15 años la abstención creció un 20% y seguirá creciendo a medida que se renueve el padrón electoral.

Las internas son parte de una reforma electoral que intentaba oxigenar el sistema con dosis de transparencia y democracia. La idea era muy linda: en vez de los aparatos sería la gente quien elegiría al candidato. Es la historia, reiterada, de las reformas políticas y educativas: hacer como que algo cambie para que nada cambie: el viejo y efectivo truco de tirar la pelota para adelante. La reforma del 96 pretendía revertir el desinterés por nuestra forma de hacer política que venía in crescendo desde la apertura democrática. Si la gráfica, en vez de partir del 99, partiera del 84, la tendencia sería aún más elocuente.

Sin embargo, para medir la incuestionable decadencia del sistema democrático republicano, es necesaria una mirada aún más amplia que incluya la eclosión democrática que significó la Revolución de las Trece Colonias y la posterior Revolución Francesa. El nuevo sistema político opuesto a la teocracia y teorizado por la Ilustración mantendría su prestigio durante el siglo XIX, sobreviviría, con ciertas grietas, a la prueba de fuego que significaría la carnicería de la Primera Guerra Mundial (1) y volvería a justificarse al término de la Segunda Guerra, con la consecuente derrota del fascismo italiano y el nazismo. Sin embargo, paradójicamente, la declinación, si estuviéramos obligados a situarla en un momento histórico, comenzaría con su definitivo triunfo, la caída del muro de Berlín y la consecuente universalización del mundo bajo el capitalismo. Esta universalización conocida como globalización arrasó con industrias nacionales, selvas y desiertos; arrojó toneladas de plástico en los océanos, hizo inconcebibles avances en la comunicación y nos inundó con mercaderías que no logran ocultar una verdad evidente: como le dijera Morfeo a Neo, sólo somos una pila Duracell en la Matrix. Si miramos aquellas ilusiones que marcaron el nacimiento del “Nuevo Régimen”, de la fraternidad ya nadie se acuerda, la libertad es un concepto bastante relativo y la igualdad es una burla en tanto un 1% sea dueño del 50% del PBI mundial y los 85 individuos más ricos acaparen tanto como los 4.000 millones más pobres. El problema no es sólo que ese 1% sea dueño de la mitad de una esfera que gira en el universo, el problema es que van por más y aparentemente nada ni nadie puede detenerlos y mucho menos un sistema político que no se visualiza como garante ante esa geofagia ni como expresión de las mayorías. En el amplio mundo siete mil millones de hormiguitas que se afanan de aquí para allá saben que el loable régimen democrático republicano es el sistema por el cual el 1% ejerce su dictadura. Ni se confía en el sistema ni se confía en la justicia del sistema, la cual es tipificada como una serpiente que sólo pica al pie descalzo.

Lo único que logra prestigiar al sistema democrático republicano son las dictaduras. Millones de individuos en el mundo árabe, ante el insólito desinterés de los intelectuales del resto del mundo “civilizado”, han protagonizado acciones de un heroísmo rayano en la demencia. En lucha contra unas autocracias sanguinarias apuntaladas desde Occidente, han volteado cuatro tiranos al grito de democracia y dignidad. En Uruguay, once años de dictadura nos llevaron a añorar una mirífica democracia, pero hoy vemos con claridad que sólo salimos del fuego para caer en las brasas. Esta referencia a la dictadura genera que se prendan luces rojas y suene la alarma en el cerebro de ese lector que afirmará: “No sabés lo que era aquello. No se podía hablar, torturaban a mansalva en las cárceles”. No dude el lector que nosotros también sufrimos la dictadura y para nada quisiéramos retrotraernos a aquel infausto período, pero le advertimos que actualmente se sigue torturando, sólo que en vez de sufrir los pequeños burgueses justicieros sufren los plebeyos que no tienen ni partidos ni prensa alguna. Los Derechos Humanos no fueron hechos para ellos. La tortura sistemática que hoy se aplica en Uruguay es conocida por presos, policías y abogados penalistas como “la chancleta didáctica” que te destroza pero no deja marcas en el rostro. Es cierto y es una ventaja que en los periódicos y en la calle se puedan decir ahora los disparates que uno quiera, pero si vamos al vital problema de la concentración de la riqueza, desde la dictadura hasta aquí hemos retrocedido. Retrocedimos si observamos la tragedia de la primarización de nuestra economía. El latifundio avanza comiéndose más de mil pequeños productores al año. Este proceso cardinal que determina todos los demás: la educación, la seguridad, no se ha revertido con la llegada de la izquierda al gobierno.

Así que sumado al problema de una dudosa representatividad de nuestros representantes, nos encontramos que a la vuelta de cuarenta años el sueño por el cual dieron la vida unos cuántos, se ha transformado en la triste realidad de un candidato que para ganar las elecciones promete tablets a los jubilados así como Pacheco les compraba chorizos.

Se cree que ese 66% que no perdió el tiempo el domingo en elegir candidatos al dudoso oficio de títeres, son gentes apolíticas, o desinteresadas de la política. No sabemos si es mayor la falta de respeto que significa esta forma de pensar o la ceguera que la anima, pero afirmamos que no existe una mirada apolítica. Los abstencionistas dimos un mensaje sumamente claro que podríamos repetir en Octubre si el voto no fuera obligatorio, triquiñuela ésta, verdadera afrenta contra la libertad, que inventó la derecha ante el nacimiento del Frente Amplio. En Octubre no se repetirá este porcentaje, obligados a ir se votará, sin entusiasmo, por el menos peor. Insólitamente algunos, recientemente, defendieron el voto obligatorio en las internas, manifestación de un rara concepción mágica que razona que si negamos el síntoma acabamos con el problema.

Si los filósofos de La Ilustración vieran en qué se ha convertido el resultado de su imaginación humanista, se cortarían el cuello con el filo de una urna. Sin embargo, tal es el carácter contradictorio de todo en este mundo, la nueva tiranía que derrocó a la vieja autocracia debió ampararse en ideas igualitarias y democráticas que no es sencillo borrar ahora con el codo.

Todos hemos sido educados hasta el hartazgo en esos principios, y en el Magreb y el Máshreq, en España y en Grecia, en Portugal e Islandia, en Estados Unidos, Brasil y Argentina una nueva oleada democrática conocida como los indignados ha puesto en tela de juicio la gran farsa que vivimos. Aquí, en nuestro país y en su traducción pachorrienta, esa corriente se ha expresado en las urnas, y si no llegó al nivel de iracundia de los indignados, al menos podemos afirmar que no se tragan el anzuelo. Parece ser que ese 66% “apolítico” le regala el anzuelo con caña y todo, para que se atragante, al 34% que los mira desde arriba, mas ese gesto donde devuelven el interesado regalo, no ha podido hacerse sin al mismo tiempo rasgar la máscara de la democracia del sistema. La fisura no es muy grande, es cierto, pero todo tiene un principio, aunque no sepamos si el tiempo sólo construirá una nueva máscara o al fin podremos mirar un rostro de frente.

(1) Las manifestaciones artísticas que explotan en el período son testimonio evidente de esta grieta, sin olvidar a la Revolución Rusa que, ya que hablamos de democracia, pero no en el sentido de democracia republicana representativa, con luz, fue la mayor irrupción democrática de la Historia Contemporánea.

Así se forjó el futuro: la “agenda educativa” uruguaya

Así se forjó el futuro
Soledad Platero Puig

4 T

La expresión “agenda educativa” es, de por sí, contundente: transmite la idea de que no hay tiempo que perder y de que hace falta ser resolutivo. Y claro, es fácil imaginar que los integrantes de las cámaras (Asociación Rural, Cámara de Industrias, Cámara Mercantil, Cámara de Comercio y Servicios y Federación Rural) son, seguramente, personas ejecutivas, decididas e influyentes, de esas que “instalan en la agenda” los puntos que marcarán el ritmo del país. Por eso, tal vez, se insistió tanto en la necesidad de alcanzar un “acuerdo político” que garantice que las resoluciones alcanzadas (cualesquiera que sean) serán respetadas por cualquier gobierno que tenga a cargo la conducción de los destinos nacionales en los próximos diez años. Porque una cosa es poner los temas sobre la mesa y otra muy distinta es que las cosas se hagan. Sobre todo cuando hay tanto irresponsable trancando el desarrollo.

La agenda educativa preocupa a las cámaras (las mismas “cinco cámaras” que no hace mucho se quejaron por la falta de competitividad del país y reclamaron bajar el gasto social y frenar los aumentos de salarios), así que, tal como dijo Diego Balestra al comienzo del encuentro, lanzaron su convocatoria movidas por “la legítima defensa” de sus “intereses comunes”. Porque la cuestión educativa, además de afectar a la sociedad, “impacta en la productividad y la competitividad”. Y ahí sí que te quiero ver.

Previsiblemente, el tono general de la cosa fue del tipo “más vale ser rico y sano que pobre y enfermo”. Se habló de la importancia de que el docente tenga un buen enganche con el alumno, se dijo que hay que armonizar contenidos globales y localizados (“mirada universal con aterrizaje local” fue la imagen elegida por Renato Opertti, invitado de honor) y que hay que dar “formación en valores”. Se insistió en que hay que mirar a la educación como sistema y en que lo importante es que los alumnos manejen una diversidad de recursos para “enfrentar desafíos de la vida cotidiana”. Educar, según parece, es capacitar para actuar competentemente en la vida (o “generar actuares competentes”, para citar con más precisión).

Atrás quedaron los días en que la educación se proponía transformar a un individuo en un sujeto (es decir, en alguien con conciencia de sí, con autorreflexión y con sentido crítico). Lo importante ahora es que desde el nivel inicial y hasta la puerta de la educación terciaria los individuos desarrollen competencias que les faciliten revolverse mejor y con más eficacia en el mundo que les tocó habitar. Tal vez por eso no faltó, en este evento, la mención al territorio. El asunto, mentado así, al barrer, podrá parecer un tanto evanescente, pero en cuanto se lo aterriza cobra sentido: en la cuenca lechera, por ejemplo, no estaría mal que los estudiantes adquirieran actuares competentes en lechería.

Nada de esto es nuevo. Hace un buen tiempo ya que oímos decir que la vieja escuela contenidista y afrancesada ya no sirve, que lo importante es que la educación se acompase a las necesidades de la producción y que lo más valioso que un joven puede aprender es a animarse. Educar es fomentar la innovación y hacer nacer al emprendedor que todos llevamos dentro.

Observaba con inteligencia el maestro Juan Pedro Mir (el único de los integrantes de su panel que no se valió de una presentación en power-point para hacerse entender) que los colegios privados se parecen cada vez más a proveedores de servicios que compiten en el mercado ofreciendo sus paquetes compuestos por más horas de clase, actividad deportiva, expresión plástica, varios idiomas e instalaciones apropiadas y acogedoras. Y lo peor, decía, es que la escuela pública parece esforzarse en copiar ese modelo de “prestación de servicios”, así que se orienta a brindar, por ejemplo, merienda saludable y atención odontológica.

Si el gran desafío de la enseñanza pública fue, hace tiempo, impartir conocimiento y hacer posible la integración social, hoy la demanda (en una cultura que cada vez más tiende a que los individuos se comporten como usuarios o clientes y menos como ciudadanos o sujetos políticos) parece torcer el rumbo hacia la salida laboral y la productividad. Atrás quedaron los soñadores tiempos de la vocación, la sed de saber, la curiosidad por lo desconocido, el deseo del Otro. Vivimos la era de las competencias y los formatos dinámicos, la transversalidad y el manejo apropiado de las nuevas tecnologías.

Entre tanto bla bla, sin embargo, es posible despejar algunas incógnitas. La primera es que tanto los empresarios (representados por las cámaras) como los expertos en educación de los partidos de oposición demandan del Ejecutivo el ejercicio del liderazgo, de tal suerte que se pueda confiar en que un acuerdo político del más alto nivel no se vaya a topar con la tozudez de los docentes y la prepotencia de los sindicatos. La otra cosa que parece clara es que vamos hacia la autonomía de los centros. También parecería que debemos adentrarnos en un modelo que propicie un largo ciclo educativo que arranque en la educación inicial y se prolongue hasta las puertas de la educación terciaria. Y todo eso debería asegurarnos que nos encaminamos hacia la excelencia educativa (sea esto lo que sea).

La batalla por los niños y jóvenes nunca ha sido tan cruda como ahora. Transformados desde antes de empezar la guardería en la mano de obra del futuro, la enseñanza tiene por delante el desafío de convencerlos desde chiquitos de que hay que adaptarse, buscarse la vida y ser innovador. Ya nadie parece esperar de la educación una función emancipadora. Se hace difícil, con ese panorama, mantener la esperanza en que la educación impedirá, llegado el caso, que Auschwitz se repita.

*Publicado en Caras y Caretas el jueves 29 de mayo de 2014

Por qué los porteños soñamos con Montevideo, por Graciela Silvestri

Por qué los porteños soñamos con Montevideo

por GRACIELA SILVESTRI investigadora del CONICET-UNLP Área Historia del Territorio

Original en:
http://www.revistatodavia.com.ar/todavia18/9.silvestrinota.html

La capital uruguaya, al igual que su vecina Buenos Aires, ha diseñado su trama urbana según los dictados de la modernización, pero preservando una gestión igualitaria del espacio público y de las bellezas naturales. Tal vez por eso los porteños, desde el período rosista hasta la década de los noventa, han visto a Montevideo como un lugar donde los ideales democráticos parecen resistir con mayor firmeza.

9.silvestri
IGNACIO ITURRIA
Montevideo
Óleo sobre tela

En un ensayo reciente publicado en Diario de Poesía, Sergio Chejfec identifica el Uruguay como lugar metafórico de la literatura argentina, asociado con ciertos valores: sencillez, anticonsumismo, republicanismo, naturaleza amable y sociedad pacífica. Tan cerca, tan similar y tan distinto de la otra orilla, el Uruguay es, para nuestra literatura, “el sueño preservado de una Argentina imposible”. No se trata de una representación vaga, como si dijéramos “París” o “Estambul”: se conforma a partir de una experiencia histórica de contactos cotidianos. Es extraña a los usuales mitos latinoamericanos, donde la nostalgia de una edad de oro conduce a la Colonia, a las culturas precolombinas o a la pureza natural. Ésta, en cambio, es la nostalgia de un breve momento de expansión moderna e igualitaria, una arcadia política que reúne las ilusiones de transformación perdidas en el siglo XX, y se condensa en una figura paisajística, la costa urbanizada del Río de la Plata –que en la orilla uruguaya llaman mar–. Montevideo y su conurbano ofrecen como distintivo generosos espacios verdes que se articulan sin solución de continuidad con la trama edilicia y las playas. La rambla es pública en el sentido más pleno de la palabra: en contraste con la costa de Buenos Aires, que coronó los esfuerzos de integración de ciudad y río con un virtual barrio cerrado (Puerto Madero), nada obtura el disfrute democrático de sus singulares bellezas. Es cierto que los porteños en vacaciones sólo conocemos la franja Este del largo cinturón costero, sede de sectores privilegiados. Pero los barrios modestos del Cerro poseen también una playa limpia, de reciente consolidación, con las mismas disposiciones urbanas y el mismo equipamiento del resto de la costa. Este panorama es el más hermoso de toda la ciudad, y lo disfrutan las familias a la tardecita, con sus sombrillas, canastas y termo para el mate, igual que en Pocitos y Carrasco. La distribución social de la belleza es distinta en Buenos Aires, donde los lugares más desangelados se destinaron, como norma, a los sectores populares. La costa pública de Montevideo es algo más que un mito. Es una feliz coincidencia entre naturaleza y civilización, espacio y política, distribución equitativa y belleza. El ciudadano uruguayo tomando mate en el paseo público sugiere a los porteños, siempre en tensión con los acelerados tiempos que jamás alcanzan, un jardín como aquellos en los que los humanistas se retiraban a pensar. Montevideo es el jardín democrático-urbano, la arcadia civilizada: un oxímoron. Su paisaje no es sublime sino bello: no despliega poder; se mide con la medida humana –el “ciudadano” uruguayo–.

¿Cómo se constituyó este mito rioplatense? ¿Por qué dos ciudades que comparten un destino histórico similar, y el mismo río, se construyeron de maneras tan diferentes? Una larga historia consolida Montevideo; y la historia sustenta también la inclinación de los porteños por la costa de enfrente. Tres momentos clave la conforman, marcados por exilios. El primero: Montevideo fue uno de los lugares preferidos de refugio argentino durante la dictadura de Rosas. El sitio de la ciudad por fuerzas vinculadas a Buenos Aires inspiró a Alejandro Dumas, que la convirtió en La nueva Troya: “Montevideo no es solamente una ciudad, es un símbolo; no es solamente un pueblo, es una esperanza; es símbolo de orden, es esperanza de civilización”. William H. Hudson, en La tierra purpúrea, encuentra en el Uruguay que conoció en 1890 “el aroma silvestre y delicioso” que había gozado en su infancia en las pampas bonaerenses, ya transformadas por el arado y el alambre de púas: “Y si ese aroma característico no pudiera poseerse al mismo tiempo que la prosperidad resultante de la energía anglosajona, yo expresaría el deseo de que esta tierra nunca conozca tal prosperidad”. Pero el Uruguay “bárbaro” de Hudson estaba ya en vías de extinción hacia 1910, en manos del reformismo liberal de José Battle y Ordoñez. El anquilosamiento de los colorados de hoy nos hace olvidar lo que entonces significó este gobierno que impulsaba la educación laica y gratuita, el divorcio por voluntad de cualquiera de los cónyuges, la nacionalización de la economía y la reforma rural. El nuevo orden estaba lejos de constituir un socialismo revolucionario, pero así fue leído por muchos viajeros de la época, como aquella “célebre exploradora”, Rosita Forbes, que lo creyó experimento “comparable al de Rusia”, mejorado por la paz alcanzada. Así derivando, hacia la segunda posguerra, el mito del “Uruguay feliz” –como lo denominó el cientista político Juan Rial– ya está establecido en clichés: una clase media suficiente para afirmar la estabilidad social; el plus que brinda su población educada en las aulas de la escuela normal; el consenso democrático. Y ya está encarnado en ciudad: tanto Buenos Aires como Montevideo forjaron el carácter que aún les reconocemos en la primera mitad del siglo XX. La capital uruguaya explotó su excepcional situación geográfica (les tocó la mejor costa del Plata), acentuando la inversión en espacios públicos. Le Corbusier, que viajó a América en 1929, la consideró una ciudad moderna por su inmediata relación con el río, negada en Buenos Aires (“la ciudad sin esperanzas”). La rambla sur, propuesta en 1922 e inaugurada por tramos durante los años treinta con diseño de Juan Scasso, resulta la pieza maestra de esta estrategia política urbana. Construida sobre tierra firme –a diferencia de las costaneras porteñas, que avanzaron problemáticamente sobre el río–, implicó la expropiación de una ancha franja de borde, donde más tarde se edificó vivienda popular: no se destinó a la brutal “gentrificación”*. El conjunto es, probablemente, una de las obras maestras de la arquitectura rioplatense. De los años de entreguerras es también el impulso que llevará a Montevideo a extenderse hacia el Este, siguiendo el hilo costanero. La industria del turismo se había desarrollado, con amplia clientela porteña, desde antes de 1880. La estrategia política la vincula con la forestación intensiva y la industria maderera –tradición artiguista– y con el “embellecimiento urbano”. Esta belleza respondía a cánones precisos: debía ser testimonio de civilización, por lo tanto pintoresca. Para ello necesitaba árboles. Un rosario de ciudades balnearias se crean en estos años, en áreas de dunas móviles que antes del loteo son forestadas con eucaliptos australianos, pinos marítimos romanos y palmeras con eco orientalista. Atlántida, iniciativa de la corporación médica, es un modelo del peso que la relación entre árboles, sol, ocio y salud posee en la cultura del 900. Las arboladas ciudades balnearias se piensan como ciudades ideales. Mauricio Cravotto estableció, desde 1929, un plan de crecimiento de Montevideo hacia el Este al que llama de “aldeas felices” según el espíritu del urbanista Lewis Mumford –armonía entre naturaleza, trabajo y placer, conformando un paisaje doméstico–. Así se comprende que Borges hablara de la “belleza pánica” de la poesía uruguaya: el árbol había adquirido allí “el don de la ejemplaridad”. “Hay un ambiente de raigambre y tupido en la literatura uruguaya… que se engendró a la vera de hondos árboles y de largas cuchillas y que por quintas y ceibales hizo su habitación”. La contrasta con la literatura porteña, “cuyos ejemplares y símbolos fueron siempre el patio y la pampa, arquetipos de rectitud”.

El paseo por Montevideo evidencia este espíritu de variedad pintoresca-democrática en la tradición del urbanismo decimonónico. La digna sencillez de la costanera Sur contrasta armoniosamente con la deliciosa pieza de las canteras del parque Rodó; los remansos secos como Punta Chica con escalinatas belle époque en el Trouville uruguayo. La Facultad de Ingeniería, de Julio Vilamajó (1947) domina el paisaje colorido, midiéndose con el vasto horizonte. Resume en su arquitectura “la opción uruguaya”: modernidad a la vez pragmática y poética, que no excluye ninguna referencia internacional y temporal, desde los jardines de la Alhambra hasta la planta libre de Le Corbuiser. Buenos Aires, en cambio, se esforzó por definir su identidad en una ascética vanguardia formal, que halla su cumbre, por la misma época, en los incontaminados proyectos de Amancio Williams. En estos acentos disímiles, apenas perceptibles para quien no viva en el Plata, ambas culturas hallaron su identidad. El exilio durante el peronismo termina de concretar la segunda figura del país de enfrente: su modernidad, también inclusiva, careció de los ribetes censores de los sucesivos gobiernos argentinos.

Hacia fines de 1960 este modelo está en crisis: los gobiernos uruguayos asumen características cada vez más autoritarias; su izquierda se radicaliza junto con la izquierda mundial. Pero, aunque debilitado en su potencia simbólica, el sueño argentino del Uruguay no desaparece, y retorna después de la caída de las dictaduras de la región. La última figura que presento es el sueño de quienes volvieron de otro exilio, interior y exterior, el más dramático en la historia argentina, con la recuperación de los valores democráticos poco antes desestimados. Y allí estaba, nuevamente a mano, Montevideo, emergiendo de su propia dictadura, reformulando un frente popular, una izquierda que, en pleno auge del neoliberalismo, ya no aludía a lo moderno actual sino, paradójicamente, a la conservación ética de los valores de libertad y distribución equitativa. Para los argentinos, recorrer Montevideo significaba entonces un viaje arqueológico hacia las décadas doradas del Estado de Bienestar: autos viejos cuidados y lustrosos, restos de arquitecturas modernas, ritmo tranquilo en una metrópoli de más de un millón de habitantes. Las políticas urbanas del Frente Amplio, que obtuvo la intendencia en 1989, reunieron las solicitaciones del presente con la preservación de este carácter físico que remitía a la igualdad cívica.

Mientras en la década pasada Buenos Aires se entregaba con liviandad a las promesas neoliberales (ésta es su gloria y su desgracia: la histérica propensión hacia lo novedoso), Montevideo resistió dignamente, sin los recursos económicos de su orgullosa vecina. Resultó una lección de sensibilidad urbana: que el intendente Mariano Arana haya logrado mantener un equilibrio tangible entre preservación e innovación, y una distribución social materializada en la distribución equitativa del espacio, parece un milagro. Es cierto que, como muchos han escrito, tanta conformidad puede constituir un freno para imaginar nuevas oportunidades y respuestas: la arquitectura uruguaya declina en caminos trillados; la austeridad de los recursos impide un enfoque estructural; la preservación se convierte en consuelo. La costa más allá de Montevideo pasó a ser, en lugares exitosos como Punta del Este, la vidriera de la impostura ostentosa y chabacana –lejos del rincón idílico planeado por Bonet en los años cuarenta–. La encrucijada político-económica del Uruguay de hoy subraya todos los problemas. Pero no olvidemos la magnitud del desafío: en un país que descansa entre dos elefantes que apenas se mueven lo aplastan, esta ciudad, que como la mítica Viena Roja debió gestionarse bajo un gobierno nacional de signo opuesto, optó por una resistencia paciente y comedida. Me pregunto si esta utopía de porteños progresistas y melancólicos, en consonancia con la mayoría montevideana, no promete, en su dialéctica enamorada, un futuro distinto: un fértil diálogo entre innovación y resistencia. Escribo esto bajo la emoción de ver las calles de Montevideo ocupadas por matronas con perritos, familias con niños, emigrados que se esfuerzan por pagar el buquebús y jóvenes con moto y mate, festejando la victoria del Frente Amplio, que sin prisa y sin pausa construyó tan difícil opción. La costa de Montevideo representa una ciudad que mantuvo sus tradiciones públicas en medio de la adversidad. Nos ofrece una imagen de comunidad sin los ribetes ríspidos que el término posee en el viejo mundo, y sin alusiones a diferencias jerárquicas precapitalistas, ni a religiosidad campesina, ni a conformidad con el suelo, sino a indiferenciación mesocrática y educación laica de escuela estatal.Como si sólo aquí, en este pequeño país, se hubiera corporizado el sueño socialista: no el moderno, disolvente, impositivo, dictatorial, sino la utopía pedagógica que coronaba las visiones humanistas clásicas, en un paisaje de flores y arena blanca. Es un sueño equívoco, sobrevolado por la melancolía. El mundo se encuentra hoy en una guerra sin fin ni lugar, que nada tiene que ver con el sueño ilustrado que el Uruguay puso en marcha: pero la sociedad uruguaya eligió conservarlo en su último voto, como guardando un mensaje póstumo en una botella. El mito del Uruguay feliz recuerda en otro contexto, y con diversos sentidos, la frase de Hudson en La tierra purpúrea: Y si ese aroma característico no pudiera poseerse al mismo tiempo que la prosperidad resultante de la energía anglosajona, yo expresaría el deseo de que esta tierra nunca conozca tal prosperidad. Que la prosperidad que se alcance se encuentre a la medida de nuestros sueños, los de aquellos que todavía imaginamos esa felicidad democrática que la playa amplia y pública parece resumir. •

* Se denomina “gentrificación” a la expulsión de sectores de bajos recursos que se produce luego de que se ha valorizado un barrio tradicional. [N. del E.]

Publicada en TODAVÍA Nº 9. Diciembre de 2004

Miguel Ángel y su joven amante Tommaso Cavalieri

Miguel Ángel y Cavalieri
por José Chávez Jaimes
Original en:
http://lapasiondelosgrandes.org/miCavalieri.php

Testa Ideale+Tommaso Cavalieri

No lo circuncidaste, Miguel Ángel. Tu más preciada obra, el más grande monumento a la fuerza y la masculinidad, quedó incircunciso. Supiste combinar en David la elegancia y la fortaleza; hiciste de él un modelo de la belleza viril: joven y musculoso, tenso y relajado, sin rival para el futuro del arte. Pero no lo circuncidaste. ¿Acaso a tus veintinueve años no habías leído en las Sagradas Escrituras que David era judío? Sin duda lo sabías: lo inmortalizaste en el preciso momento en que se deshizo de las ropas de soldado que le entregó el rey Saúl, y se dispuso a enfrentar al temido Goliat sólo armado con su fe y su valor. Sin embargo, habías oído del gran Erasmo de Rotterdam que la circuncisión era «vergonzosa». Por eso decidiste que el más famoso pastor bíblico debía representarse sin ese «ultraje».

Lograste hacer de David un símbolo del Renacimiento, como Cristo para la cristiandad, aunque nunca pensaste en lo que habría de convertirse: un emblema del coraje y el deber, el héroe intrépido que necesitaba Florencia. Y tu obra se volvió una insignia nacional. ¿Qué pensaste cuando la colocaron en la plaza mayor de la ciudad? Era la primera vez, en más de mil años, que un desnudo monumental era expuesto en un lugar público. Sus divinos flancos quedaron a la vista de todos. Y tu fama comenzó a extenderse por todos los reinos, ducados y repúblicas. No obstante, siempre supiste, Buonarroti, que sus manos y cabeza quedaron en excesivo tamaño. Dijiste falsamente que habías querido resaltar la fuerza y la inteligencia. Y todos lo creyeron: te habías convertido en «el hijo más amado de Florencia».

Giorgio Vasari te llamó «divinísimo», y tú te volviste presuntuoso. ¿Realmente crees lo que ha poco escribió en tu biografía?: «El benignísimo rector del cielo volvió sus ojos hacia la Tierra y resolvió, para liberarse de tantos errores, enviar al mundo un espíritu capaz de mostrar la perfección del arte. Quiso dotarlo de real filosofía moral y de dulce poesía para que el mundo lo admirara, y escogiera como modelo su vida, sus obras, la santidad de sus costumbres y la humanidad de todos sus actos».

¡Ah, el leal y buen Vasari! Sin duda, Miguel Ángel Buonarroti, de perfección en el arte te dotó el Creador. Pero, ¿filosofía moral, modelo de vida? ¿Dónde está la nobleza de tu carácter? ¿Dónde tu generosidad? Sabes que has sido ambicioso y mezquino. La desconfianza y la ingratitud te han caracterizado siempre. A lo largo de tu prolongada existencia has querido pasar como el más modesto de los artistas, dueño de una vida ordinaria y esforzada. Mas nadie desconoce que el dinero ha sido tu única obstinación. Con tal de atesorar riquezas, renunciaste incluso a comer y a beber. Tú, que pregonas la belleza y la nobleza del cuerpo humano, ¡mira lo que has hecho al tuyo! Al borde de la muerte sigues cubriendo tu demacrado cuerpo con andrajos, y agotaste tus días en esta fría y sórdida morada.

¿Qué fue lo que te hizo correr toda tu vida como caballo espoleado para bañar en oro a tu familia? Sí, quisiste recuperar el origen aristócrata que por doscientos años tuvieron los Buonarroti antes de que tú nacieras en medio de la pobreza, en aquel lejano 1475. Gracias a ti, ellos se dieron vida de príncipes y tú sufriste una penuria sin igual. ¿Por qué vendiste una imagen de hombre desvalido? Debes admitirlo: la avaricia atormentó tu existencia, Miguel Ángel.

Acaso lo aprendiste del viejo Ludovico, tu padre amado y temido, dispuesto a explotar su papel de pobre anciano vejado por un hijo arrogante y autoritario como él mismo. ¡Quisiste y odiaste tanto a aquel hombre hasta el día de su muerte! Aprendiste a amarlo desde que tu madre murió a tus tiernos seis años, y a odiarlo a partir de que te impuso una madre postiza. Por sus penurias económicas ingresaste como aprendiz al taller de los Ghirlandaio, aunque para él tener un hijo artista era una deshonra. Ahí comenzaste a mostrar tus dotes como escultor. Y él empezó a ejercer su dominio sobre un hijo tan sobrado de capacidad como falto de afecto. ¡Veneraste tanto a Ludovico, fuiste tan dependiente de su aprobación! ¿Qué habría sido de ti sin ese padre dominante y chantajista? ¿Habrías dado al arte universal el mismo esplendor perfeccionista que le diste?

Fuiste un artista sublime, Buonarroti, pero un hombre doliente e inseguro. Así fue desde que el talento de tus hermosos catorce años te llevó al palacio del gran Lorenzo de Médicis, dueño y señor de la Florencia esplendorosa, gobernada con tiranía aunque admiradora de la Grecia clásica y la Roma republicana. Él te hizo parte de su Jardín de San Marco, aquel huerto de laureles, cipreses y estatuas antiguas en el que se daban cita artistas y eruditos de todas las disciplinas. Ahí estudiaba también el hermoso Pietro Torrigiani, ¿lo recuerdas?, ese rival tuyo que de un puñetazo partió tu nariz y desfiguró para siempre tu perfil que ya en sí no era algo bello. Y aquí sigues ahora, con ese legado de tus mocedades: un rostro deformado y un aspecto más de viejo luchador que de artista.

Durante tres años en aquel jardín fuiste seducido por el arte griego y las ideas de Platón. Hasta que murió Lorenzo en 1492, el mismo año en que fue descubierto el Nuevo Mundo. Su heredero, Piero de Médicis, era demasiado joven e insensato para gobernar y tú lo abandonaste sin decir palabra, como un malhechor. ¿Por qué, Miguel Ángel? En tu agonía es tiempo de que reconozcas la verdad. Te fuiste por el horror que te causaba formar parte de la corte viciosa y disoluta de Piero. Sin embargo, ¿no te refugiaste aquella noche en Il Bucco, la taberna en que se congregaba la juventud invertida que buscaba desahogo en el libertinaje? Lo hiciste con el temor de que los Ufficci di Notte te sorprendieran hallando consuelo a tus ardores y te condenaran por el pecado de varones que sólo en la corte era permitido y exaltado.

Huiste de los Médicis, presa del pánico, porque Florencia se había rendido a la cruzada moralizante del monje Girolamo Savonarola, quien la convirtió en una comunidad de penitentes. Los adúlteros abandonaban a sus hijos ilegítimos; las mujeres ocultaban las ropas indecorosas; la sodomía se hallaba sometida y mortificada; los chiquillos vigilaban el decoro de los florentinos con el fanatismo que caracteriza a los de su edad, y un ejército de llorones predicaba toda clase de rigores y abstinencias. Y tú te sentiste profundamente afectado; temiste el castigo del populacho manipulado por el furor puritano de aquel dominico. Asumiste que el mundo debía ser profundamente reformado por la fe, y desde entonces decidiste darle un valor «ético» a tu arte. Te fuiste por miedo a Savonarola, sin imaginar que al poco tiempo él mismo sería quemado por los suyos en la hoguera.

A tus diecinueve años fuiste acogido en Bolonia por Francesco Aldrovandi, el hombre que te enseñó a apreciar los poemas de Dante y Petrarca, y en cuya casa tu papel era más el de un cortesano que el de un escultor. Entonces apenas despuntabas. Habías creado la hermosa Batalla de los Centauros, aquella intensa maraña de músculos agitados y ambiguos cuerpos en torsión que llevó tu nombre hasta las licenciosas cortes de Roma. Desde allá te llamó el cardenal Raffaele Riario, y en él encontraste a tus veintiún años el mecenazgo culto y rico que buscabas. Riario era enemigo de los Médicis que habías servido en Florencia. Mas, ¿qué es un artista sino un sirviente, un lacayo para nobles y poderosos? Pronto aprendiste a besar manos y a hacer caravanas. Y supiste que un artista es igual que una ramera, siempre traficando belleza en el umbral del poder.

Así hiciste tu entrada triunfal al círculo de los cardenales de Roma. Ellos te encargaron esculpir la Piedad, que creaste con el mármol de Carrara que le daría a tu nombre la resistencia de la inmortalidad. ¿En qué triste vivencia de tus escasos veinticinco años te inspiraste para legar al mundo esa inigualable Piedad? Con ostentoso derroche de virtuosismo, tus manos hicieron de la Virgen dolorosa una imagen de intenso sufrimiento, aunque con expresiones apenas aludidas. ¡Y el Cristo! A pesar del martirio padecido en la cruz, no tiene menoscabada la gran hermosura de su rostro, de sus miembros, de su torso. Nunca nadie había logrado esa concreción carnal del hijo de Dios. ¡Y el manto que acoge su cuerpo, es sólo un paño y tiene tanta tensión!

«Que ningún escultor sueñe jamás con la posibilidad de añadir mayor perfección al arte», dijeron entonces de ti. Y tú comenzaste a ganar ducados por miles, y escudos y florines de oro como ningún otro artista. Y te sentiste elevado a las esferas inalcanzables de la santidad.

Pero, en verdad, viejo altivo, ¿en verdad se ubicaba tu vida en las alturas de la santidad? No. Sabes que no. Apenas nacía el ahora longevo siglo XVI, y tu existencia era ya un tormento por los inconfesables deseos que te embargaban. Tenías miedo de la magia negra que los mancebos ejercen en los hombres y que a ti mismo te hacía enloquecer. ¿Acaso no veías que los varones llegan al matrimonio sólo después de haber satisfecho sus apetitos con muchachos? ¿No disfrutó Cesare Borgia del agraciado Astore Manfredi? ¿No fue el papa Clemente VII un sodomita desenfrenado? ¿No se bañaba Julio III rodeado de pajes desnudos? ¿Y no leíste del genial Maquiavelo, gracias al novedoso invento de la imprenta, que es un hecho natural el amor por los jóvenes?
Sí, por supuesto que todo eso lo sabías y lo recuerdas ahora al borde de la tumba. No obstante, nunca reconociste que esas debilidades ensombrecían tu alma. ¿Por qué fuiste tan severo contigo, Miguel Ángel? Ante Donato Giannotti te declaraste incapaz de abandonarte a la sensualidad porque te distraía del trabajo. La grandeza del arte, dijiste, nace de la renuncia a la felicidad, y sólo la creación defiende al hombre de los placeres. «Y si a veces el fuego me inflama más que de costumbre, no encuentro otro socorro que la imagen de la muerte clavada en pleno corazón, pues donde hay muerte no se acerca el amor». ¡Mísero Buonarroti!

Contra los temores que despertaban tus propios impulsos, preferiste levantar un muro de arte sobrehumano. ¿No lo hiciste así con la Capilla Sixtina? Con toda la fascinación de tus treinta años por la virilidad, narraste el Antiguo Testamento con una exaltación nunca antes vista de la figura humana. Que el cuerpo desnudo sólo era adecuado para el arte profano, te dijeron. Y tú, soberbio, respondiste que entonces Dios era profano porque creó el cuerpo del hombre con orgullo, no con vergüenza. «Pintaré al hombre como Dios lo hizo, en la gloria de su desnudez». Y no habría mujeres. ¿Por qué habría de haberlas si Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, y a la mujer de una costilla? Obligado debiste pintar a la madre Eva, y aun a ella la dotaste de un cuerpo robusto y masculino.

¡Y la imagen de la Creación que ahí plasmaste, excelsa como ninguna! Contra la tradición justiciera de la Santa Iglesia, tú viste a un Dios sin ira, sin sed de venganza, benigno y cariñoso. «Porque el acto de la creación fue un acto de amor», dijiste. Y Adán, noble, bello, sin temor, no malvado ni corrupto como es el hombre. ¿Así sigues viendo a tus congéneres, Miguel Ángel? ¿Sin las manos manchadas de sangre, sin destino a la condenación? Tu pintura es bella, pero falsa: hay más amor en tu obra que el que puede existir entre los humanos.

Cinco años te ocupó aquella tu primera obra como pintor. Y concluiste lleno de gloria en el lejano 1512, convertido ya en un mito vivo. Para hacerte aceptable ante ti mismo y ante los demás, seguías transformando en obras inigualables todo el ardor que pugnaba por salir de ti. Sin embargo, ni al final de tus días puedes mostrar serenidad ante una elección que sólo te trajo tormento. ¡Pero qué digo! ¿En verdad te sometiste siempre al suplicio de la castidad? ¡Vamos, viejo hipócrita! ¿Has olvidado ya las noches de felicidad que te otorgó el bello y lozano Luigi Pulci? Abandonabas todos tus deberes en Florencia para escucharlo cantar con su hermosa voz a orillas del Arno. En aquel tiempo fuiste un joven libre y apasionado como todos los artistas.

¿Y qué dices del joven banquero Francesco Borgherini? Prendado de él, en plena madurez transferiste todas tus riquezas a su banco. ¿Y el ingrato Gherardo Perini? Apasionados sonetos le escribiste, aunque te robó sin pudor como lo haría después el bello y encantador Febo di Poggio. ¡Ay!, cuánto sufriste ante la especie que difundió: «Aunque Miguel Ángel sea divino, no desdeña consortes masculinos», dijo a todo aquel que quiso escucharlo. ¿Y recuerdas al exquisito Cecchino de Zanobi? «El fuego que me consume», le llamaste, y luego de su desaparición quisiste entregarte a la muerte. Pero después llegarían Luigi del Riccio y Giovanni da Pistoia y hasta tu fiel servidor y aprendiz Urbino, cuya muerte ha pocos años te dejó al borde de la locura.

Amaste, Buonarroti, claro que amaste. Y en el amor fuiste auténtico y generoso. Suave y tierno, necesitado de cariño y afecto. Pero tu perpetuo estado de culpa no te permitió disfrutar de la felicidad. Fuiste un eterno aprendiz de tus emociones, un atormentado, capaz de grandes furores y de grandes abandonos. Ninguno de tus garzoni supo comprender que los más difíciles de amar son los que más amor necesitan.

Tu inmensa fragilidad te condenó a un doloroso aislamiento. Te hiciste un viejo agresivo, intolerante, solitario. Y, sin embargo, tu rígido sistema de valores no te impidió caer en la desvergüenza del oportunismo. ¿Negarás ahora que a la muerte de Julio II volviste a buscar el mecenazgo de los papas sucesores, los Médicis de los que tanto renegaste? La gente no salía de su estupor al ver que los Médicis fundadores, deshonrosos o insignificantes, fueron convertidos por tu mano en feroces caudillos en sus estatuas mortuorias. ¡Tu ambición te hizo un mercenario, Buonarroti!

Y luego, cuando en 1527 la poderosa España, no contenta con saquear el Nuevo Mundo quiso someter Florencia, ¿no te volviste otra vez contra tus protectores? Diseñaste las murallas de la ciudad contra el asedio de los Médicis. Mas la derrota fue para tu propia causa: el emperador Carlos V devolvió Florencia a la señoría de ese apellido. Y tú, temeroso, arrastraste en la huida tus cansados cincuenta y cuatro años con doce mil escudos cosidos a tu sayo. Pero el papa Clemente VII te perdonó para que volvieras a inmortalizar la casa de los Médicis. Y nuevamente trabajaste para ellos. Tú, el amante de la libertad, te convertiste en un esclavo.

Para entonces habían muerto ya tus grandes rivales en el arte. La sombra de Leonardo te persiguió sin tregua durante tu juventud. ¡Cuánto aborreciste al viejo Da Vinci! Él tan elegante y encantador, y tú tan rústico y desconfiado. ¿Por qué lo odiaste tanto, Miguel Ángel? No, no fue porque llamó a tu obra una pura «retórica muscular». Tu rencor era porque él no se negaba nada, ni en gastos ni en ardores con los jovenzuelos. Y al joven Rafael, ¿por qué lo detestabas? Él te admiraba con sinceridad. Pero nunca le perdonaste haberse convertido en el favorito de los papas Médicis mientras éstos se cobraban tus traiciones. ¡Cuánto sufriste cuando la corte romana hizo de aquel joven el juez indiscutible del arte!

Desplazado como estabas, diste otra bofetada de arte portentoso. Para la tumba de Julio II esculpiste el hermosísimo Esclavo, en cuyo inigualable gesto de languidez sensual dejaste ver tu pasión por el cuerpo adolescente. Y forjaste también el Moisés de expresión terrible y potencia insuperable. En él comenzaste a mostrar tu temor por la vejez. Su enorme barba, símbolo de la sabiduría por ti anhelada, no parece salida del cincel sino de tu pincel divino. ¡Cuánta vida le insuflaste al anciano profeta! ¿Es verdad lo que dice el mito de ti, Buonarroti? Que el día que lo concluiste, extasiado de ti mismo lo golpeaste en la rodilla y le gritaste: «¿Por qué no me hablas?» Sí, por supuesto que lo hiciste, viejo engreído.

Temprano tuviste miedo de la ancianidad, sin saber que aún llegaría a tu rescate la luz deslumbrante del amor correspondido. Era 1532 cuando un mozalbete de belleza incomparable y gentiles maneras te arrebató el corazón. Cincuenta y siete años tenías, Miguel Ángel, y sólo dieciséis el joven Tommaso Cavalieri, aficionado al arte y miembro de la aristocracia romana. Aquel astro resplandeciente iluminó tu penosa vida, y tú te entregaste con furor a la pasión. «Única luz del mundo –le escribiste–, no hay otro hombre que se te asemeje, ninguno que se te iguale».

El hermosísimo Tommaso te correspondía: «Juro devolver su amor. Jamás he querido a un hombre como lo quiero a usted», te respondió con su alma noble. Y tú, apresado en las redes de la dicha, le enviabas dibujos que no ocultaban tus lúbricos deseos y le consagraste el resto de tu obra. ¿No dejaste plasmado su rostro en la figura excelsa de tu Apolo? ¿No es su cara la del mismo Jesucristo que pintaste en el Juicio Final?

A tu amado Cavalieri dedicaste trescientos sonetos y madrigales, como nunca antes un varón había dirigido a otro: «Más querido soy que nunca he sido / desde que fui el blanco señalado por tu rostro / seguro voy con esa marca en todo sitio / como quien lleva arma o talismanes». ¡Qué cambio existencial insospechado! La brutalidad que siempre empleaste en el trato con príncipes y papas, se convirtió en una prosa delicada y rendida, tímida y suplicante, que descubría toda tu fragilidad de viejo oso. Tommaso Cavalieri renovó tu alma por más de tres décadas. Y por primera vez admitiste que la felicidad te había llegado.

Juraban las almas piadosas que tu amor por Cavalieri era platónico. ¿Fue así, maestro sin igual del erotismo? ¿Te resististe a las mieles de su cuerpo? ¡Vamos, confiésalo ahora! Supiste tejer hábilmente la prudencia en torno a tus pasiones, pero no fue en sesiones solitarias donde adquiriste la sabiduría anatómica. ¿De dónde, si no del lecho, aprendiste a forjar esos cuerpos con tal viveza y lujuria, esa versión arrogante del desnudo viril? Del amor carnal. De ahí lograste plasmar en mármol y paredes ese instrumento maravilloso que es el cuerpo masculino.

Los rizos de Tommaso en armónica agitación. Su cuello largo y perfecto. La espalda tensa y curvada. El suave paso de un músculo a otro en los brazos. La leve palpitación en las venas. Las manos que hablan en su prodigiosa articulación. Los contornos de piernas bellísimas. El torso divino de un muchacho que se anuncia hombre. Los pezones provocadores. El vientre agraciado. Las curvas turgentes de los glúteos generosos. La plenitud de las ingles. Los genitales con su mechón de vello inquietante. Los testículos exhibidos en pleno vigor. El pene sólido, vital, pletórico de energía. Y la fuerza de Eros en pleno acto. Los movimientos en torsión. Las figuras que se engarzan con avidez. El agitado choque de los cuerpos. La lucha desesperada entre el bien y el mal. La animalidad y la sensualidad exquisitas. La unión carnal. El deseo que se derrama en abundancia. Y, al final, el Adonis durmiente, con la expresión libre de culpa, más parecido a un habitante celestial que de la Tierra.

Sí, Tommaso Cavalieri renovó tus agotadas fuerzas, y así diste al mundo otra muestra de tu genialidad. En el fresco del Juicio Final volviste a plasmar la belleza del hombre, aunque también los peores sentimientos que en él moran: la crueldad, la avaricia, la fuerza monstruosa del mal. Representaste a un Cristo portentoso en su inigualable grandeza, pero también en su terribilitá. Despojaste a los ángeles de aureolas y alas para hacerlos hombres perfectos, y hasta los demonios, apuestos y recios, quedaron convertidos en lo que son: parte de la humanidad. Una vez más, la religión adquiría una carnalidad y un erotismo exquisitos.

La querella por la «obscenidad» de esa obra llegó hasta el Concilio de Trento. A tus sesenta y seis años, a punto estuviste de ser considerado un hereje. Tú, que ofrendaste tu vida al engrandecimiento de la fe. Quisieron obligarte a cubrir esas figuras que «mostraban sus vergüenzas con descaro». Pero otra vez supiste defender tu arte: «La belleza del hombre es fruto de la grandeza divina –dijiste–. Cubrirla con ropas sería como afirmar la superioridad de las telas sobre la obra de Dios». Muchos años han pasado desde entonces. Y hoy, postrado aquí sin poderte defender, un discípulo tuyo retoca con paños y vendas aquellas excelsas desnudeces.

Desde aquel terrible altercado comenzaste a desfallecer. Temeroso del Santo Oficio, tú mismo vestiste las nuevas figuras que surgieron de tu mano. La moralización se había apoderado de Roma. El papa Pablo IV reaccionaba así al cisma protestante, que lanzaba feroces críticas a la disolución y corruptelas de la corte pontificia. Lutero tenía razón. Por eso, al lado de Los Espirituales, soñaste con una fe renovada para el mundo y con la reconciliación de la Iglesia universal. Sin embargo, la Inquisición los consideró herejes y quemó sus libros en la hoguera. Y uno a uno, tus amigos murieron en la melancolía de la derrota.

Sólo tú has sobrevivido, anciano Buonarroti. El tribunal del Santo Oficio no ha podido tocarte, aunque limitó tu libertad creativa en la construcción de San Pedro, tu gran obra como arquitecto. Al igual que Bramante, Rafael y Sangallo, tú tampoco terminarás la monumental basílica que mostrará la arrogancia triunfante de la religión católica. Y aun si lo lograras, no cabrían en ella todos los muertos de la guerra protestante que provocó su inicio.

Hoy, en este febrero de 1564, a unos días de cumplir ochenta y nueve años, yaces aquí, acabado y agonizante. Pero tienes lúcida esta conciencia para hacer un recuento de tu desolada vida. Pronto vas a morir. Y lo harás en los brazos de tu querido Tommaso Cavalieri, quien no te abandona en esta hora después de treinta y dos años. Dejas como legado tu obra, hecha en nombre de Dios para la gloria de tu nombre entre los hombres. Tus bienes: vestidos pocos y gastados; dos mantas de lana; ningún mueble de valor. Ni espejos ni plata ni sedas orientales. Pero debajo de tu lecho, una caja de oro con diez mil ducados para tu sobrino Leonardo, el más amado de cuantos llevaron tu sangre, el ingrato que sólo buscaba gozar de la vida, tu máxima pasión, el que se llevará tus últimos pensamientos.

Bibliografía recomendada:

›Miguel Ángel. Una vida inquieta. Antonio Forcellino. Alianza Editorial. Madrid, 2005.
›Sonetos completos. Miguel Ángel Buonarroti. Traducción de Luis Antonio de Villena. Cátedra. Letras Universales. Madrid, 1987.