Miguel Ángel y su joven amante Tommaso Cavalieri

Miguel Ángel y Cavalieri
por José Chávez Jaimes
Original en:
http://lapasiondelosgrandes.org/miCavalieri.php

Testa Ideale+Tommaso Cavalieri

No lo circuncidaste, Miguel Ángel. Tu más preciada obra, el más grande monumento a la fuerza y la masculinidad, quedó incircunciso. Supiste combinar en David la elegancia y la fortaleza; hiciste de él un modelo de la belleza viril: joven y musculoso, tenso y relajado, sin rival para el futuro del arte. Pero no lo circuncidaste. ¿Acaso a tus veintinueve años no habías leído en las Sagradas Escrituras que David era judío? Sin duda lo sabías: lo inmortalizaste en el preciso momento en que se deshizo de las ropas de soldado que le entregó el rey Saúl, y se dispuso a enfrentar al temido Goliat sólo armado con su fe y su valor. Sin embargo, habías oído del gran Erasmo de Rotterdam que la circuncisión era «vergonzosa». Por eso decidiste que el más famoso pastor bíblico debía representarse sin ese «ultraje».

Lograste hacer de David un símbolo del Renacimiento, como Cristo para la cristiandad, aunque nunca pensaste en lo que habría de convertirse: un emblema del coraje y el deber, el héroe intrépido que necesitaba Florencia. Y tu obra se volvió una insignia nacional. ¿Qué pensaste cuando la colocaron en la plaza mayor de la ciudad? Era la primera vez, en más de mil años, que un desnudo monumental era expuesto en un lugar público. Sus divinos flancos quedaron a la vista de todos. Y tu fama comenzó a extenderse por todos los reinos, ducados y repúblicas. No obstante, siempre supiste, Buonarroti, que sus manos y cabeza quedaron en excesivo tamaño. Dijiste falsamente que habías querido resaltar la fuerza y la inteligencia. Y todos lo creyeron: te habías convertido en «el hijo más amado de Florencia».

Giorgio Vasari te llamó «divinísimo», y tú te volviste presuntuoso. ¿Realmente crees lo que ha poco escribió en tu biografía?: «El benignísimo rector del cielo volvió sus ojos hacia la Tierra y resolvió, para liberarse de tantos errores, enviar al mundo un espíritu capaz de mostrar la perfección del arte. Quiso dotarlo de real filosofía moral y de dulce poesía para que el mundo lo admirara, y escogiera como modelo su vida, sus obras, la santidad de sus costumbres y la humanidad de todos sus actos».

¡Ah, el leal y buen Vasari! Sin duda, Miguel Ángel Buonarroti, de perfección en el arte te dotó el Creador. Pero, ¿filosofía moral, modelo de vida? ¿Dónde está la nobleza de tu carácter? ¿Dónde tu generosidad? Sabes que has sido ambicioso y mezquino. La desconfianza y la ingratitud te han caracterizado siempre. A lo largo de tu prolongada existencia has querido pasar como el más modesto de los artistas, dueño de una vida ordinaria y esforzada. Mas nadie desconoce que el dinero ha sido tu única obstinación. Con tal de atesorar riquezas, renunciaste incluso a comer y a beber. Tú, que pregonas la belleza y la nobleza del cuerpo humano, ¡mira lo que has hecho al tuyo! Al borde de la muerte sigues cubriendo tu demacrado cuerpo con andrajos, y agotaste tus días en esta fría y sórdida morada.

¿Qué fue lo que te hizo correr toda tu vida como caballo espoleado para bañar en oro a tu familia? Sí, quisiste recuperar el origen aristócrata que por doscientos años tuvieron los Buonarroti antes de que tú nacieras en medio de la pobreza, en aquel lejano 1475. Gracias a ti, ellos se dieron vida de príncipes y tú sufriste una penuria sin igual. ¿Por qué vendiste una imagen de hombre desvalido? Debes admitirlo: la avaricia atormentó tu existencia, Miguel Ángel.

Acaso lo aprendiste del viejo Ludovico, tu padre amado y temido, dispuesto a explotar su papel de pobre anciano vejado por un hijo arrogante y autoritario como él mismo. ¡Quisiste y odiaste tanto a aquel hombre hasta el día de su muerte! Aprendiste a amarlo desde que tu madre murió a tus tiernos seis años, y a odiarlo a partir de que te impuso una madre postiza. Por sus penurias económicas ingresaste como aprendiz al taller de los Ghirlandaio, aunque para él tener un hijo artista era una deshonra. Ahí comenzaste a mostrar tus dotes como escultor. Y él empezó a ejercer su dominio sobre un hijo tan sobrado de capacidad como falto de afecto. ¡Veneraste tanto a Ludovico, fuiste tan dependiente de su aprobación! ¿Qué habría sido de ti sin ese padre dominante y chantajista? ¿Habrías dado al arte universal el mismo esplendor perfeccionista que le diste?

Fuiste un artista sublime, Buonarroti, pero un hombre doliente e inseguro. Así fue desde que el talento de tus hermosos catorce años te llevó al palacio del gran Lorenzo de Médicis, dueño y señor de la Florencia esplendorosa, gobernada con tiranía aunque admiradora de la Grecia clásica y la Roma republicana. Él te hizo parte de su Jardín de San Marco, aquel huerto de laureles, cipreses y estatuas antiguas en el que se daban cita artistas y eruditos de todas las disciplinas. Ahí estudiaba también el hermoso Pietro Torrigiani, ¿lo recuerdas?, ese rival tuyo que de un puñetazo partió tu nariz y desfiguró para siempre tu perfil que ya en sí no era algo bello. Y aquí sigues ahora, con ese legado de tus mocedades: un rostro deformado y un aspecto más de viejo luchador que de artista.

Durante tres años en aquel jardín fuiste seducido por el arte griego y las ideas de Platón. Hasta que murió Lorenzo en 1492, el mismo año en que fue descubierto el Nuevo Mundo. Su heredero, Piero de Médicis, era demasiado joven e insensato para gobernar y tú lo abandonaste sin decir palabra, como un malhechor. ¿Por qué, Miguel Ángel? En tu agonía es tiempo de que reconozcas la verdad. Te fuiste por el horror que te causaba formar parte de la corte viciosa y disoluta de Piero. Sin embargo, ¿no te refugiaste aquella noche en Il Bucco, la taberna en que se congregaba la juventud invertida que buscaba desahogo en el libertinaje? Lo hiciste con el temor de que los Ufficci di Notte te sorprendieran hallando consuelo a tus ardores y te condenaran por el pecado de varones que sólo en la corte era permitido y exaltado.

Huiste de los Médicis, presa del pánico, porque Florencia se había rendido a la cruzada moralizante del monje Girolamo Savonarola, quien la convirtió en una comunidad de penitentes. Los adúlteros abandonaban a sus hijos ilegítimos; las mujeres ocultaban las ropas indecorosas; la sodomía se hallaba sometida y mortificada; los chiquillos vigilaban el decoro de los florentinos con el fanatismo que caracteriza a los de su edad, y un ejército de llorones predicaba toda clase de rigores y abstinencias. Y tú te sentiste profundamente afectado; temiste el castigo del populacho manipulado por el furor puritano de aquel dominico. Asumiste que el mundo debía ser profundamente reformado por la fe, y desde entonces decidiste darle un valor «ético» a tu arte. Te fuiste por miedo a Savonarola, sin imaginar que al poco tiempo él mismo sería quemado por los suyos en la hoguera.

A tus diecinueve años fuiste acogido en Bolonia por Francesco Aldrovandi, el hombre que te enseñó a apreciar los poemas de Dante y Petrarca, y en cuya casa tu papel era más el de un cortesano que el de un escultor. Entonces apenas despuntabas. Habías creado la hermosa Batalla de los Centauros, aquella intensa maraña de músculos agitados y ambiguos cuerpos en torsión que llevó tu nombre hasta las licenciosas cortes de Roma. Desde allá te llamó el cardenal Raffaele Riario, y en él encontraste a tus veintiún años el mecenazgo culto y rico que buscabas. Riario era enemigo de los Médicis que habías servido en Florencia. Mas, ¿qué es un artista sino un sirviente, un lacayo para nobles y poderosos? Pronto aprendiste a besar manos y a hacer caravanas. Y supiste que un artista es igual que una ramera, siempre traficando belleza en el umbral del poder.

Así hiciste tu entrada triunfal al círculo de los cardenales de Roma. Ellos te encargaron esculpir la Piedad, que creaste con el mármol de Carrara que le daría a tu nombre la resistencia de la inmortalidad. ¿En qué triste vivencia de tus escasos veinticinco años te inspiraste para legar al mundo esa inigualable Piedad? Con ostentoso derroche de virtuosismo, tus manos hicieron de la Virgen dolorosa una imagen de intenso sufrimiento, aunque con expresiones apenas aludidas. ¡Y el Cristo! A pesar del martirio padecido en la cruz, no tiene menoscabada la gran hermosura de su rostro, de sus miembros, de su torso. Nunca nadie había logrado esa concreción carnal del hijo de Dios. ¡Y el manto que acoge su cuerpo, es sólo un paño y tiene tanta tensión!

«Que ningún escultor sueñe jamás con la posibilidad de añadir mayor perfección al arte», dijeron entonces de ti. Y tú comenzaste a ganar ducados por miles, y escudos y florines de oro como ningún otro artista. Y te sentiste elevado a las esferas inalcanzables de la santidad.

Pero, en verdad, viejo altivo, ¿en verdad se ubicaba tu vida en las alturas de la santidad? No. Sabes que no. Apenas nacía el ahora longevo siglo XVI, y tu existencia era ya un tormento por los inconfesables deseos que te embargaban. Tenías miedo de la magia negra que los mancebos ejercen en los hombres y que a ti mismo te hacía enloquecer. ¿Acaso no veías que los varones llegan al matrimonio sólo después de haber satisfecho sus apetitos con muchachos? ¿No disfrutó Cesare Borgia del agraciado Astore Manfredi? ¿No fue el papa Clemente VII un sodomita desenfrenado? ¿No se bañaba Julio III rodeado de pajes desnudos? ¿Y no leíste del genial Maquiavelo, gracias al novedoso invento de la imprenta, que es un hecho natural el amor por los jóvenes?
Sí, por supuesto que todo eso lo sabías y lo recuerdas ahora al borde de la tumba. No obstante, nunca reconociste que esas debilidades ensombrecían tu alma. ¿Por qué fuiste tan severo contigo, Miguel Ángel? Ante Donato Giannotti te declaraste incapaz de abandonarte a la sensualidad porque te distraía del trabajo. La grandeza del arte, dijiste, nace de la renuncia a la felicidad, y sólo la creación defiende al hombre de los placeres. «Y si a veces el fuego me inflama más que de costumbre, no encuentro otro socorro que la imagen de la muerte clavada en pleno corazón, pues donde hay muerte no se acerca el amor». ¡Mísero Buonarroti!

Contra los temores que despertaban tus propios impulsos, preferiste levantar un muro de arte sobrehumano. ¿No lo hiciste así con la Capilla Sixtina? Con toda la fascinación de tus treinta años por la virilidad, narraste el Antiguo Testamento con una exaltación nunca antes vista de la figura humana. Que el cuerpo desnudo sólo era adecuado para el arte profano, te dijeron. Y tú, soberbio, respondiste que entonces Dios era profano porque creó el cuerpo del hombre con orgullo, no con vergüenza. «Pintaré al hombre como Dios lo hizo, en la gloria de su desnudez». Y no habría mujeres. ¿Por qué habría de haberlas si Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, y a la mujer de una costilla? Obligado debiste pintar a la madre Eva, y aun a ella la dotaste de un cuerpo robusto y masculino.

¡Y la imagen de la Creación que ahí plasmaste, excelsa como ninguna! Contra la tradición justiciera de la Santa Iglesia, tú viste a un Dios sin ira, sin sed de venganza, benigno y cariñoso. «Porque el acto de la creación fue un acto de amor», dijiste. Y Adán, noble, bello, sin temor, no malvado ni corrupto como es el hombre. ¿Así sigues viendo a tus congéneres, Miguel Ángel? ¿Sin las manos manchadas de sangre, sin destino a la condenación? Tu pintura es bella, pero falsa: hay más amor en tu obra que el que puede existir entre los humanos.

Cinco años te ocupó aquella tu primera obra como pintor. Y concluiste lleno de gloria en el lejano 1512, convertido ya en un mito vivo. Para hacerte aceptable ante ti mismo y ante los demás, seguías transformando en obras inigualables todo el ardor que pugnaba por salir de ti. Sin embargo, ni al final de tus días puedes mostrar serenidad ante una elección que sólo te trajo tormento. ¡Pero qué digo! ¿En verdad te sometiste siempre al suplicio de la castidad? ¡Vamos, viejo hipócrita! ¿Has olvidado ya las noches de felicidad que te otorgó el bello y lozano Luigi Pulci? Abandonabas todos tus deberes en Florencia para escucharlo cantar con su hermosa voz a orillas del Arno. En aquel tiempo fuiste un joven libre y apasionado como todos los artistas.

¿Y qué dices del joven banquero Francesco Borgherini? Prendado de él, en plena madurez transferiste todas tus riquezas a su banco. ¿Y el ingrato Gherardo Perini? Apasionados sonetos le escribiste, aunque te robó sin pudor como lo haría después el bello y encantador Febo di Poggio. ¡Ay!, cuánto sufriste ante la especie que difundió: «Aunque Miguel Ángel sea divino, no desdeña consortes masculinos», dijo a todo aquel que quiso escucharlo. ¿Y recuerdas al exquisito Cecchino de Zanobi? «El fuego que me consume», le llamaste, y luego de su desaparición quisiste entregarte a la muerte. Pero después llegarían Luigi del Riccio y Giovanni da Pistoia y hasta tu fiel servidor y aprendiz Urbino, cuya muerte ha pocos años te dejó al borde de la locura.

Amaste, Buonarroti, claro que amaste. Y en el amor fuiste auténtico y generoso. Suave y tierno, necesitado de cariño y afecto. Pero tu perpetuo estado de culpa no te permitió disfrutar de la felicidad. Fuiste un eterno aprendiz de tus emociones, un atormentado, capaz de grandes furores y de grandes abandonos. Ninguno de tus garzoni supo comprender que los más difíciles de amar son los que más amor necesitan.

Tu inmensa fragilidad te condenó a un doloroso aislamiento. Te hiciste un viejo agresivo, intolerante, solitario. Y, sin embargo, tu rígido sistema de valores no te impidió caer en la desvergüenza del oportunismo. ¿Negarás ahora que a la muerte de Julio II volviste a buscar el mecenazgo de los papas sucesores, los Médicis de los que tanto renegaste? La gente no salía de su estupor al ver que los Médicis fundadores, deshonrosos o insignificantes, fueron convertidos por tu mano en feroces caudillos en sus estatuas mortuorias. ¡Tu ambición te hizo un mercenario, Buonarroti!

Y luego, cuando en 1527 la poderosa España, no contenta con saquear el Nuevo Mundo quiso someter Florencia, ¿no te volviste otra vez contra tus protectores? Diseñaste las murallas de la ciudad contra el asedio de los Médicis. Mas la derrota fue para tu propia causa: el emperador Carlos V devolvió Florencia a la señoría de ese apellido. Y tú, temeroso, arrastraste en la huida tus cansados cincuenta y cuatro años con doce mil escudos cosidos a tu sayo. Pero el papa Clemente VII te perdonó para que volvieras a inmortalizar la casa de los Médicis. Y nuevamente trabajaste para ellos. Tú, el amante de la libertad, te convertiste en un esclavo.

Para entonces habían muerto ya tus grandes rivales en el arte. La sombra de Leonardo te persiguió sin tregua durante tu juventud. ¡Cuánto aborreciste al viejo Da Vinci! Él tan elegante y encantador, y tú tan rústico y desconfiado. ¿Por qué lo odiaste tanto, Miguel Ángel? No, no fue porque llamó a tu obra una pura «retórica muscular». Tu rencor era porque él no se negaba nada, ni en gastos ni en ardores con los jovenzuelos. Y al joven Rafael, ¿por qué lo detestabas? Él te admiraba con sinceridad. Pero nunca le perdonaste haberse convertido en el favorito de los papas Médicis mientras éstos se cobraban tus traiciones. ¡Cuánto sufriste cuando la corte romana hizo de aquel joven el juez indiscutible del arte!

Desplazado como estabas, diste otra bofetada de arte portentoso. Para la tumba de Julio II esculpiste el hermosísimo Esclavo, en cuyo inigualable gesto de languidez sensual dejaste ver tu pasión por el cuerpo adolescente. Y forjaste también el Moisés de expresión terrible y potencia insuperable. En él comenzaste a mostrar tu temor por la vejez. Su enorme barba, símbolo de la sabiduría por ti anhelada, no parece salida del cincel sino de tu pincel divino. ¡Cuánta vida le insuflaste al anciano profeta! ¿Es verdad lo que dice el mito de ti, Buonarroti? Que el día que lo concluiste, extasiado de ti mismo lo golpeaste en la rodilla y le gritaste: «¿Por qué no me hablas?» Sí, por supuesto que lo hiciste, viejo engreído.

Temprano tuviste miedo de la ancianidad, sin saber que aún llegaría a tu rescate la luz deslumbrante del amor correspondido. Era 1532 cuando un mozalbete de belleza incomparable y gentiles maneras te arrebató el corazón. Cincuenta y siete años tenías, Miguel Ángel, y sólo dieciséis el joven Tommaso Cavalieri, aficionado al arte y miembro de la aristocracia romana. Aquel astro resplandeciente iluminó tu penosa vida, y tú te entregaste con furor a la pasión. «Única luz del mundo –le escribiste–, no hay otro hombre que se te asemeje, ninguno que se te iguale».

El hermosísimo Tommaso te correspondía: «Juro devolver su amor. Jamás he querido a un hombre como lo quiero a usted», te respondió con su alma noble. Y tú, apresado en las redes de la dicha, le enviabas dibujos que no ocultaban tus lúbricos deseos y le consagraste el resto de tu obra. ¿No dejaste plasmado su rostro en la figura excelsa de tu Apolo? ¿No es su cara la del mismo Jesucristo que pintaste en el Juicio Final?

A tu amado Cavalieri dedicaste trescientos sonetos y madrigales, como nunca antes un varón había dirigido a otro: «Más querido soy que nunca he sido / desde que fui el blanco señalado por tu rostro / seguro voy con esa marca en todo sitio / como quien lleva arma o talismanes». ¡Qué cambio existencial insospechado! La brutalidad que siempre empleaste en el trato con príncipes y papas, se convirtió en una prosa delicada y rendida, tímida y suplicante, que descubría toda tu fragilidad de viejo oso. Tommaso Cavalieri renovó tu alma por más de tres décadas. Y por primera vez admitiste que la felicidad te había llegado.

Juraban las almas piadosas que tu amor por Cavalieri era platónico. ¿Fue así, maestro sin igual del erotismo? ¿Te resististe a las mieles de su cuerpo? ¡Vamos, confiésalo ahora! Supiste tejer hábilmente la prudencia en torno a tus pasiones, pero no fue en sesiones solitarias donde adquiriste la sabiduría anatómica. ¿De dónde, si no del lecho, aprendiste a forjar esos cuerpos con tal viveza y lujuria, esa versión arrogante del desnudo viril? Del amor carnal. De ahí lograste plasmar en mármol y paredes ese instrumento maravilloso que es el cuerpo masculino.

Los rizos de Tommaso en armónica agitación. Su cuello largo y perfecto. La espalda tensa y curvada. El suave paso de un músculo a otro en los brazos. La leve palpitación en las venas. Las manos que hablan en su prodigiosa articulación. Los contornos de piernas bellísimas. El torso divino de un muchacho que se anuncia hombre. Los pezones provocadores. El vientre agraciado. Las curvas turgentes de los glúteos generosos. La plenitud de las ingles. Los genitales con su mechón de vello inquietante. Los testículos exhibidos en pleno vigor. El pene sólido, vital, pletórico de energía. Y la fuerza de Eros en pleno acto. Los movimientos en torsión. Las figuras que se engarzan con avidez. El agitado choque de los cuerpos. La lucha desesperada entre el bien y el mal. La animalidad y la sensualidad exquisitas. La unión carnal. El deseo que se derrama en abundancia. Y, al final, el Adonis durmiente, con la expresión libre de culpa, más parecido a un habitante celestial que de la Tierra.

Sí, Tommaso Cavalieri renovó tus agotadas fuerzas, y así diste al mundo otra muestra de tu genialidad. En el fresco del Juicio Final volviste a plasmar la belleza del hombre, aunque también los peores sentimientos que en él moran: la crueldad, la avaricia, la fuerza monstruosa del mal. Representaste a un Cristo portentoso en su inigualable grandeza, pero también en su terribilitá. Despojaste a los ángeles de aureolas y alas para hacerlos hombres perfectos, y hasta los demonios, apuestos y recios, quedaron convertidos en lo que son: parte de la humanidad. Una vez más, la religión adquiría una carnalidad y un erotismo exquisitos.

La querella por la «obscenidad» de esa obra llegó hasta el Concilio de Trento. A tus sesenta y seis años, a punto estuviste de ser considerado un hereje. Tú, que ofrendaste tu vida al engrandecimiento de la fe. Quisieron obligarte a cubrir esas figuras que «mostraban sus vergüenzas con descaro». Pero otra vez supiste defender tu arte: «La belleza del hombre es fruto de la grandeza divina –dijiste–. Cubrirla con ropas sería como afirmar la superioridad de las telas sobre la obra de Dios». Muchos años han pasado desde entonces. Y hoy, postrado aquí sin poderte defender, un discípulo tuyo retoca con paños y vendas aquellas excelsas desnudeces.

Desde aquel terrible altercado comenzaste a desfallecer. Temeroso del Santo Oficio, tú mismo vestiste las nuevas figuras que surgieron de tu mano. La moralización se había apoderado de Roma. El papa Pablo IV reaccionaba así al cisma protestante, que lanzaba feroces críticas a la disolución y corruptelas de la corte pontificia. Lutero tenía razón. Por eso, al lado de Los Espirituales, soñaste con una fe renovada para el mundo y con la reconciliación de la Iglesia universal. Sin embargo, la Inquisición los consideró herejes y quemó sus libros en la hoguera. Y uno a uno, tus amigos murieron en la melancolía de la derrota.

Sólo tú has sobrevivido, anciano Buonarroti. El tribunal del Santo Oficio no ha podido tocarte, aunque limitó tu libertad creativa en la construcción de San Pedro, tu gran obra como arquitecto. Al igual que Bramante, Rafael y Sangallo, tú tampoco terminarás la monumental basílica que mostrará la arrogancia triunfante de la religión católica. Y aun si lo lograras, no cabrían en ella todos los muertos de la guerra protestante que provocó su inicio.

Hoy, en este febrero de 1564, a unos días de cumplir ochenta y nueve años, yaces aquí, acabado y agonizante. Pero tienes lúcida esta conciencia para hacer un recuento de tu desolada vida. Pronto vas a morir. Y lo harás en los brazos de tu querido Tommaso Cavalieri, quien no te abandona en esta hora después de treinta y dos años. Dejas como legado tu obra, hecha en nombre de Dios para la gloria de tu nombre entre los hombres. Tus bienes: vestidos pocos y gastados; dos mantas de lana; ningún mueble de valor. Ni espejos ni plata ni sedas orientales. Pero debajo de tu lecho, una caja de oro con diez mil ducados para tu sobrino Leonardo, el más amado de cuantos llevaron tu sangre, el ingrato que sólo buscaba gozar de la vida, tu máxima pasión, el que se llevará tus últimos pensamientos.

Bibliografía recomendada:

›Miguel Ángel. Una vida inquieta. Antonio Forcellino. Alianza Editorial. Madrid, 2005.
›Sonetos completos. Miguel Ángel Buonarroti. Traducción de Luis Antonio de Villena. Cátedra. Letras Universales. Madrid, 1987.

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2 pensamientos en “Miguel Ángel y su joven amante Tommaso Cavalieri

  1. todavia no termino de leer pero pronto la terminare para mi el mejor pintor de la anatomia.,.,.,.

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