Por qué los porteños soñamos con Montevideo, por Graciela Silvestri

Por qué los porteños soñamos con Montevideo

por GRACIELA SILVESTRI investigadora del CONICET-UNLP Área Historia del Territorio

Original en:
http://www.revistatodavia.com.ar/todavia18/9.silvestrinota.html

La capital uruguaya, al igual que su vecina Buenos Aires, ha diseñado su trama urbana según los dictados de la modernización, pero preservando una gestión igualitaria del espacio público y de las bellezas naturales. Tal vez por eso los porteños, desde el período rosista hasta la década de los noventa, han visto a Montevideo como un lugar donde los ideales democráticos parecen resistir con mayor firmeza.

9.silvestri
IGNACIO ITURRIA
Montevideo
Óleo sobre tela

En un ensayo reciente publicado en Diario de Poesía, Sergio Chejfec identifica el Uruguay como lugar metafórico de la literatura argentina, asociado con ciertos valores: sencillez, anticonsumismo, republicanismo, naturaleza amable y sociedad pacífica. Tan cerca, tan similar y tan distinto de la otra orilla, el Uruguay es, para nuestra literatura, “el sueño preservado de una Argentina imposible”. No se trata de una representación vaga, como si dijéramos “París” o “Estambul”: se conforma a partir de una experiencia histórica de contactos cotidianos. Es extraña a los usuales mitos latinoamericanos, donde la nostalgia de una edad de oro conduce a la Colonia, a las culturas precolombinas o a la pureza natural. Ésta, en cambio, es la nostalgia de un breve momento de expansión moderna e igualitaria, una arcadia política que reúne las ilusiones de transformación perdidas en el siglo XX, y se condensa en una figura paisajística, la costa urbanizada del Río de la Plata –que en la orilla uruguaya llaman mar–. Montevideo y su conurbano ofrecen como distintivo generosos espacios verdes que se articulan sin solución de continuidad con la trama edilicia y las playas. La rambla es pública en el sentido más pleno de la palabra: en contraste con la costa de Buenos Aires, que coronó los esfuerzos de integración de ciudad y río con un virtual barrio cerrado (Puerto Madero), nada obtura el disfrute democrático de sus singulares bellezas. Es cierto que los porteños en vacaciones sólo conocemos la franja Este del largo cinturón costero, sede de sectores privilegiados. Pero los barrios modestos del Cerro poseen también una playa limpia, de reciente consolidación, con las mismas disposiciones urbanas y el mismo equipamiento del resto de la costa. Este panorama es el más hermoso de toda la ciudad, y lo disfrutan las familias a la tardecita, con sus sombrillas, canastas y termo para el mate, igual que en Pocitos y Carrasco. La distribución social de la belleza es distinta en Buenos Aires, donde los lugares más desangelados se destinaron, como norma, a los sectores populares. La costa pública de Montevideo es algo más que un mito. Es una feliz coincidencia entre naturaleza y civilización, espacio y política, distribución equitativa y belleza. El ciudadano uruguayo tomando mate en el paseo público sugiere a los porteños, siempre en tensión con los acelerados tiempos que jamás alcanzan, un jardín como aquellos en los que los humanistas se retiraban a pensar. Montevideo es el jardín democrático-urbano, la arcadia civilizada: un oxímoron. Su paisaje no es sublime sino bello: no despliega poder; se mide con la medida humana –el “ciudadano” uruguayo–.

¿Cómo se constituyó este mito rioplatense? ¿Por qué dos ciudades que comparten un destino histórico similar, y el mismo río, se construyeron de maneras tan diferentes? Una larga historia consolida Montevideo; y la historia sustenta también la inclinación de los porteños por la costa de enfrente. Tres momentos clave la conforman, marcados por exilios. El primero: Montevideo fue uno de los lugares preferidos de refugio argentino durante la dictadura de Rosas. El sitio de la ciudad por fuerzas vinculadas a Buenos Aires inspiró a Alejandro Dumas, que la convirtió en La nueva Troya: “Montevideo no es solamente una ciudad, es un símbolo; no es solamente un pueblo, es una esperanza; es símbolo de orden, es esperanza de civilización”. William H. Hudson, en La tierra purpúrea, encuentra en el Uruguay que conoció en 1890 “el aroma silvestre y delicioso” que había gozado en su infancia en las pampas bonaerenses, ya transformadas por el arado y el alambre de púas: “Y si ese aroma característico no pudiera poseerse al mismo tiempo que la prosperidad resultante de la energía anglosajona, yo expresaría el deseo de que esta tierra nunca conozca tal prosperidad”. Pero el Uruguay “bárbaro” de Hudson estaba ya en vías de extinción hacia 1910, en manos del reformismo liberal de José Battle y Ordoñez. El anquilosamiento de los colorados de hoy nos hace olvidar lo que entonces significó este gobierno que impulsaba la educación laica y gratuita, el divorcio por voluntad de cualquiera de los cónyuges, la nacionalización de la economía y la reforma rural. El nuevo orden estaba lejos de constituir un socialismo revolucionario, pero así fue leído por muchos viajeros de la época, como aquella “célebre exploradora”, Rosita Forbes, que lo creyó experimento “comparable al de Rusia”, mejorado por la paz alcanzada. Así derivando, hacia la segunda posguerra, el mito del “Uruguay feliz” –como lo denominó el cientista político Juan Rial– ya está establecido en clichés: una clase media suficiente para afirmar la estabilidad social; el plus que brinda su población educada en las aulas de la escuela normal; el consenso democrático. Y ya está encarnado en ciudad: tanto Buenos Aires como Montevideo forjaron el carácter que aún les reconocemos en la primera mitad del siglo XX. La capital uruguaya explotó su excepcional situación geográfica (les tocó la mejor costa del Plata), acentuando la inversión en espacios públicos. Le Corbusier, que viajó a América en 1929, la consideró una ciudad moderna por su inmediata relación con el río, negada en Buenos Aires (“la ciudad sin esperanzas”). La rambla sur, propuesta en 1922 e inaugurada por tramos durante los años treinta con diseño de Juan Scasso, resulta la pieza maestra de esta estrategia política urbana. Construida sobre tierra firme –a diferencia de las costaneras porteñas, que avanzaron problemáticamente sobre el río–, implicó la expropiación de una ancha franja de borde, donde más tarde se edificó vivienda popular: no se destinó a la brutal “gentrificación”*. El conjunto es, probablemente, una de las obras maestras de la arquitectura rioplatense. De los años de entreguerras es también el impulso que llevará a Montevideo a extenderse hacia el Este, siguiendo el hilo costanero. La industria del turismo se había desarrollado, con amplia clientela porteña, desde antes de 1880. La estrategia política la vincula con la forestación intensiva y la industria maderera –tradición artiguista– y con el “embellecimiento urbano”. Esta belleza respondía a cánones precisos: debía ser testimonio de civilización, por lo tanto pintoresca. Para ello necesitaba árboles. Un rosario de ciudades balnearias se crean en estos años, en áreas de dunas móviles que antes del loteo son forestadas con eucaliptos australianos, pinos marítimos romanos y palmeras con eco orientalista. Atlántida, iniciativa de la corporación médica, es un modelo del peso que la relación entre árboles, sol, ocio y salud posee en la cultura del 900. Las arboladas ciudades balnearias se piensan como ciudades ideales. Mauricio Cravotto estableció, desde 1929, un plan de crecimiento de Montevideo hacia el Este al que llama de “aldeas felices” según el espíritu del urbanista Lewis Mumford –armonía entre naturaleza, trabajo y placer, conformando un paisaje doméstico–. Así se comprende que Borges hablara de la “belleza pánica” de la poesía uruguaya: el árbol había adquirido allí “el don de la ejemplaridad”. “Hay un ambiente de raigambre y tupido en la literatura uruguaya… que se engendró a la vera de hondos árboles y de largas cuchillas y que por quintas y ceibales hizo su habitación”. La contrasta con la literatura porteña, “cuyos ejemplares y símbolos fueron siempre el patio y la pampa, arquetipos de rectitud”.

El paseo por Montevideo evidencia este espíritu de variedad pintoresca-democrática en la tradición del urbanismo decimonónico. La digna sencillez de la costanera Sur contrasta armoniosamente con la deliciosa pieza de las canteras del parque Rodó; los remansos secos como Punta Chica con escalinatas belle époque en el Trouville uruguayo. La Facultad de Ingeniería, de Julio Vilamajó (1947) domina el paisaje colorido, midiéndose con el vasto horizonte. Resume en su arquitectura “la opción uruguaya”: modernidad a la vez pragmática y poética, que no excluye ninguna referencia internacional y temporal, desde los jardines de la Alhambra hasta la planta libre de Le Corbuiser. Buenos Aires, en cambio, se esforzó por definir su identidad en una ascética vanguardia formal, que halla su cumbre, por la misma época, en los incontaminados proyectos de Amancio Williams. En estos acentos disímiles, apenas perceptibles para quien no viva en el Plata, ambas culturas hallaron su identidad. El exilio durante el peronismo termina de concretar la segunda figura del país de enfrente: su modernidad, también inclusiva, careció de los ribetes censores de los sucesivos gobiernos argentinos.

Hacia fines de 1960 este modelo está en crisis: los gobiernos uruguayos asumen características cada vez más autoritarias; su izquierda se radicaliza junto con la izquierda mundial. Pero, aunque debilitado en su potencia simbólica, el sueño argentino del Uruguay no desaparece, y retorna después de la caída de las dictaduras de la región. La última figura que presento es el sueño de quienes volvieron de otro exilio, interior y exterior, el más dramático en la historia argentina, con la recuperación de los valores democráticos poco antes desestimados. Y allí estaba, nuevamente a mano, Montevideo, emergiendo de su propia dictadura, reformulando un frente popular, una izquierda que, en pleno auge del neoliberalismo, ya no aludía a lo moderno actual sino, paradójicamente, a la conservación ética de los valores de libertad y distribución equitativa. Para los argentinos, recorrer Montevideo significaba entonces un viaje arqueológico hacia las décadas doradas del Estado de Bienestar: autos viejos cuidados y lustrosos, restos de arquitecturas modernas, ritmo tranquilo en una metrópoli de más de un millón de habitantes. Las políticas urbanas del Frente Amplio, que obtuvo la intendencia en 1989, reunieron las solicitaciones del presente con la preservación de este carácter físico que remitía a la igualdad cívica.

Mientras en la década pasada Buenos Aires se entregaba con liviandad a las promesas neoliberales (ésta es su gloria y su desgracia: la histérica propensión hacia lo novedoso), Montevideo resistió dignamente, sin los recursos económicos de su orgullosa vecina. Resultó una lección de sensibilidad urbana: que el intendente Mariano Arana haya logrado mantener un equilibrio tangible entre preservación e innovación, y una distribución social materializada en la distribución equitativa del espacio, parece un milagro. Es cierto que, como muchos han escrito, tanta conformidad puede constituir un freno para imaginar nuevas oportunidades y respuestas: la arquitectura uruguaya declina en caminos trillados; la austeridad de los recursos impide un enfoque estructural; la preservación se convierte en consuelo. La costa más allá de Montevideo pasó a ser, en lugares exitosos como Punta del Este, la vidriera de la impostura ostentosa y chabacana –lejos del rincón idílico planeado por Bonet en los años cuarenta–. La encrucijada político-económica del Uruguay de hoy subraya todos los problemas. Pero no olvidemos la magnitud del desafío: en un país que descansa entre dos elefantes que apenas se mueven lo aplastan, esta ciudad, que como la mítica Viena Roja debió gestionarse bajo un gobierno nacional de signo opuesto, optó por una resistencia paciente y comedida. Me pregunto si esta utopía de porteños progresistas y melancólicos, en consonancia con la mayoría montevideana, no promete, en su dialéctica enamorada, un futuro distinto: un fértil diálogo entre innovación y resistencia. Escribo esto bajo la emoción de ver las calles de Montevideo ocupadas por matronas con perritos, familias con niños, emigrados que se esfuerzan por pagar el buquebús y jóvenes con moto y mate, festejando la victoria del Frente Amplio, que sin prisa y sin pausa construyó tan difícil opción. La costa de Montevideo representa una ciudad que mantuvo sus tradiciones públicas en medio de la adversidad. Nos ofrece una imagen de comunidad sin los ribetes ríspidos que el término posee en el viejo mundo, y sin alusiones a diferencias jerárquicas precapitalistas, ni a religiosidad campesina, ni a conformidad con el suelo, sino a indiferenciación mesocrática y educación laica de escuela estatal.Como si sólo aquí, en este pequeño país, se hubiera corporizado el sueño socialista: no el moderno, disolvente, impositivo, dictatorial, sino la utopía pedagógica que coronaba las visiones humanistas clásicas, en un paisaje de flores y arena blanca. Es un sueño equívoco, sobrevolado por la melancolía. El mundo se encuentra hoy en una guerra sin fin ni lugar, que nada tiene que ver con el sueño ilustrado que el Uruguay puso en marcha: pero la sociedad uruguaya eligió conservarlo en su último voto, como guardando un mensaje póstumo en una botella. El mito del Uruguay feliz recuerda en otro contexto, y con diversos sentidos, la frase de Hudson en La tierra purpúrea: Y si ese aroma característico no pudiera poseerse al mismo tiempo que la prosperidad resultante de la energía anglosajona, yo expresaría el deseo de que esta tierra nunca conozca tal prosperidad. Que la prosperidad que se alcance se encuentre a la medida de nuestros sueños, los de aquellos que todavía imaginamos esa felicidad democrática que la playa amplia y pública parece resumir. •

* Se denomina “gentrificación” a la expulsión de sectores de bajos recursos que se produce luego de que se ha valorizado un barrio tradicional. [N. del E.]

Publicada en TODAVÍA Nº 9. Diciembre de 2004

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