Respuesta a la justificación del genocidio palestino

Respuesta a la justificación del genocidio palestino a cargo de Daniel Vidart, Fernando Butazzoni y Sergio Gorzy.

Marcelo Marchese

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En toda guerra los ejércitos pretenden justificar sus acciones con variados argumentos, pero colocándose siempre del lado de las víctimas. No importa quién ataque qué, inevitablemente argumentará en tanto arroja bombas por doquier que en realidad es un defensor de la paz que el enemigo compromete. Veamos los puntos esenciales de la propaganda con la cual Israel justifica la masacre que está perpetrando en la franja de Gaza. Analizaremos este discurso no por boca del Ministerio de Defensa del Estado israelí, sino por boca de intelectuales uruguayos que ofician como caudatarios de la política de aquel Estado.
En una entrevista realizada por Ana Jerozolimski, Fernando Butazzoni se pregunta: “¿Tiene derecho una pequeña nación de indígenas del Amazonas a existir sin que nadie los moleste, sin que aparezca el hombre blanco haciendo caminos, y no tiene derecho a existir una nación que tiene miles de años peleando para tener un pedazo de tierra?”(1). Por su parte, en el prólogo al reciente libro de Marcos Israel “Antisemitismo y conflicto Árabe-Israelí”(2), Daniel Vidart le pregunta al lector: “¿Qué actitud pueden asumir en el futuro un gobierno y un pueblo que no bien instalados en un minúsculo territorio son agredidos alevosamente, con la pretensión de hacerlos desaparecer del mapa? Este pecado original (…) engendró la secuela de desastres provocados por quienes sembraron vientos y recogieron tempestades”. En consonancia con este discurso, Sergio Gorzy, presidente del Comité Central Israelita del Uruguay, nos plantea la siguiente pregunta: “Si mañana Fray Bentos bombardea Buenos Aires y ante la omisión del resto del planeta -incluyendo el Estado uruguayo- Argentina bombardea Fray Bentos para terminar con la ofensiva, va a morir gente inocente; y la pregunta es: ¿Quién los mató? ¿El que quiso terminar con la lanzadera o quien inició?”(3)
Por nuestro lado pensamos que sí tiene derecho a existir una nación que tiene miles de años peleando por un pedazo de tierra y más aún, pensamos que tiene derecho a constituir su propio Estado en un pedazo de tierra. Ahora, la comparación con una tribu indígena del Amazonas es desde todo punto de vista desafortunada. En rigor los que se parecen a la tribu indígena son los palestinos. Los palestinos, así como la tribu indígena del Amazonas, estaban en su tierra cuando los conquistadores empezaron a desplazarlos y arrinconarlos, de igual manera que nosotros, los españoles y sus descendientes, desplazamos y arrinconamos a los indígenas de América. Y no solo los desplazamos y los arrinconamos: los masacramos, pero no satisfechos con esta masacre y explotación de los sobrevivientes, todavía argumentamos que no los masacramos, que todo lo hicimos por el bien de los masacrados para traer a esta tierra la civilización, el cristianismo y la democracia. De forma pareja, la comparación con Fray Bentos y Buenos Aires adolece de innumerables errores. El ejemplo correcto sería el siguiente: imaginemos que un grupo de personas que han sido infinitamente perseguidas y masacradas a lo largo de la Historia, por ejemplo los indígenas del amazonas o los del África negra, comenzaran a emigrar a Uruguay y Argentina, comprándole la tierra a los grandes terratenientes ausentistas y desplazando a los pobres desgraciados que durante siglos trabajaron y vivieron en la tierra cuyos títulos de propiedad poseían dichos terratenientes ausentistas. Imaginemos que los inmigrantes, de común acuerdo, se nieguen a contratar a los campesinos desposeídos, ni siquiera como mano de obra barata, para de esa manera, por el eficaz método del hambre, expulsarlos. Imaginemos que luego, gracias a la declaración de una reunión de Estados que marcharía al ritmo que imponen los imperios de turno, se resuelva partir Argentina y Uruguay y darle un poco más de la mitad del territorio a los nuevos inmigrantes (los indígenas del amazonas o del África negra). Previo al nacimiento del nuevo Estado, imaginemos que los nuevos inmigrantes, utilizando sus bien armados grupos terroristas, por la noche incursionaran en las aldeas de los habitantes primitivos y masacraran a unos cuantos, provocando la huida despavorida del resto, de tal manera que conocidas figuras del grupo de nuevos inmigrantes repudiaran dichas masacres tachándolas de fascistas. Imaginemos que pasado el tiempo los inmigrantes se fueran apoderando progresivamente de la inmensa mayoría del territorio que ocupaban Uruguay y Argentina, por lo cual la mitad de los uruguayos y argentinos nos encontráramos diseminados por el mundo y algunos de la otra mitad nos encontráramos reducidos en el departamento de Río Negro, cuya capital es Fray Bentos, pero en vez de gozar de los 9.282 km² que conforman Río Negro, imaginemos que gozáramos de 385 km² y en vez de vivir 54.000 almas, como viven en Río Negro, imaginemos que viviéramos hacinados 1.700.000 almas. La vida en Río Negro no sería fácil, pues no tendríamos, en tan poco espacio, dónde plantar algo para darle de comer a un millón setecientos mil famélicos, pero eso no sería todo: los indígenas del amazonas o del África negra, desde Buenos Aires, nos estarían bloqueando, regulando la entrada de alimentos de tal manera que apenas sobreviviéramos. En dicha Franja de Río Negro, si la comparación fuera correcta, el 44% de la población serían niños y un 58% de los niños sufrirían anemia. En síntesis, para imaginarnos la vida en la Franja de Río Negro representémonos uno de los campos de concentración que constantemente vemos en los films norteamericanos, e imaginemos, como no puede ser de otra manera, que en dicho campo ganen las elecciones los más extremistas de entre nosotros, sujetos desde todo punto de vista nada aconsejables, pero, habida cuenta que desde Buenos Aires se estaría exterminando lentamente a la población de la Franja de Río Negro, tenderían a ganar las elecciones estos grupos nada aconsejables cuya táctica es arrojar cohetes para la ex Argentina y Uruguay, generando, como respuesta, misiles por centuplicado. Si este último intercambio de cohetes y misiles hubiese comenzado un 8 de julio, contaríamos al 28 de julio (y estos números pasan a la categoría de obsoletos el 31 de julio) con más de 1.100 fraybentinos muertos, un 70% de ellos civiles, incluidos 230 niños y del lado de Buenos Aires contaríamos 56 muertos, 53 de ellos militares integrantes del ejército invasor. ¿Cómo se explicaría esta rara desproporción? Por un lado porque en Fray Bentos estarían todos hacinados de tal manera que es muy factible que donde caiga un misil se destroce a alguien y por el otro porque no habría punto de comparación entre los misiles de ambos bandos. Los de Fray Bentos en realidad no poseerían misiles, eso sería una burda mentira, sino cohetes que se tiran para “aquella zona”. No tendrían ni la precisión ni el largo alcance de los misiles, en tanto los de Buenos Aires poseerían la crema de los misiles que se tiran con precisión meridiana, sea a una escuela, una playa o un hospital, contando además, los de Buenos Aires, con un sistema de defensa que lograría interceptar la inmensa mayoría de los cohetes que le arrojarían los fraybentinos (precisos misiles interceptando cohetes), no en vano el primer ejército en la lista de ejércitos que apoyaría EEUU sería el ejército de Buenos Aires.
Dejemos este ejercicio de imaginación y veamos cómo se construye alegremente la cobertura intelectual de la masacre. Luego de presentar a Israel como un Estado pacífico que se defiende de las agresiones de los otros, agresión que de ninguna manera se explicaría por el razonable deseo de recuperar parte de su tierra, sino por el fanatismo, se nos alecciona acerca de las gentes que estamos apoyando. Nos dice Butazzoni: “… todos repiten a coro que Medio Oriente es un volcán a punto de estallar, pero la mayoría olvida señalar que Israel es el único país democrático de la región, enclavado en el borde mismo de ese cráter, siempre expuesto a los imprevisibles avatares de una irracionalidad política y religiosa que cada tanto suele sorprender al mundo con baños de sangre tan inútiles como dolorosos”(4). Por su parte, Vidart nos cuenta que Israel “configura una democrática isla de prosperidad en medio de un mar de teocracias fundamentalistas. Dichas teocracias están sustentadas por yacimientos subterráneos de petróleo o sofocadas por tormentas de arena que ciegan los ojos y las almas de pueblos educados en madrazas donde sólo se enseña el Corán y se exalta el martirio”(5).
Este alado tropo merece unos cuantos comentarios de diversa índole. Lamentablemente, por cuestiones de espacio, debemos declinar analizar sus valores literarios, salvo mencionar que si fuera posible pulir este diamante, en vez del “o” en “petróleo o sofocadas” debería ir una “y” o una “,”, pues el “o” significa que las teocracias o están sustentadas por “yacimientos subterráneos de petróleo” (un doble pleonasmo con “subterráneos” haciendo de eje) o están sofocadas por las tormentas, cuando lo que pretende el prologuista es decir que las teocracias sustentadas por el petróleo, ellas o sus pueblos o todo junto en una mescolanza, sufren además de ceguera de ojos y almas provocada por la educación que reciben y/o por las tormentas de arena. Dejando de lado este galimatías, concentrémonos en la idea que nos propone, la cual es sugerirnos que simpaticemos más bien con gobiernos democráticos que con gobiernos teocráticos. En rigor nos merece más aprecio un régimen democrático que uno teocrático, lo que no entendemos es a cuenta de qué se nos exhorta a apoyar la política de los Estados democráticos. EE.UU goza de un gobierno democrático que no ha vivido ninguna interrupción institucional y sin embargo ha llevado a cabo unas cuantas masacres y ha intervenido apoyando unas cuantas dictaduras militares y les ha enseñado a los dictadores muy eficaces métodos de tortura y sin embargo nos oponemos con alma y vida a las masacres que ha llevado a cabo dicho gobierno democrático y apoyamos a las poblaciones que no sólo deben sufrir a sus sanguinarios gobiernos teocráticos sino también a los misiles que les tiran ciertos gobiernos democráticos. A propósito ¿estos gobiernos democráticos no tienen ninguna responsabilidad en la entronización de los sanguinarios teocráticos? ¿No realizó EE.UU un acuerdo con Arabia Saudita conocido como el pacto del Quincey por el cual los sauditas proveerían del petróleo que se encuentra “en los yacimientos subterráneos” a cambio de que EE.UU les permita extender la más reaccionaria expresión islamista, como una tormenta de arena que “ciega los ojos y las almas” de todo lo que encuentre? ¿No fue Bin Laden entrenado por la CIA? ¿No ha perpetrado recientemente el ejército egipcio (el segundo en la lista de la ayuda militar norteamericana, después del ejército israelita) un brutal golpe de Estado contra un gobierno elegido democráticamente?
En segundo lugar, es asombroso que desde el prólogo a un libro que trata de la enfermedad del racismo en una de sus variedades, el antisemitismo, se reproduzca una visión racista y antisemita por la cual el pueblo semita árabe, y no sólo sus teocracias, tendría cegados ojos y almas no sólo por tormentas de arena, sino por madrazas donde “sólo se enseña el Corán y se exalta el martirio”. Suele aconsejarse no medir a sus pueblos por las acciones de sus gobiernos, sobre todo si sus gobiernos no son elegidos democráticamente; al fin y al cabo hablamos de teocracias sanguinarias que se sostienen por la fuerza. En el 2011 fuimos testigos de un tsunami revolucionario y democrático en el mundo árabe conformado por millones de individuos que desechando el miedo que les generaban las dictaduras sanguinarias, derrocaron a cuatro de dichas dictaduras, las cuales gozaban del apoyo de los regímenes democráticos de Occidente. Allí donde no pudieron derrocar a su tiranos fueron masacrados, como ocurre actualmente en Siria y como ocurrió en Bahrein, donde la aliada de EE.UU, Arabia Saudita, entró con sus tanques para ahogar en sangre la revuelta. ¿Pretende decirnos Vidart que ese pueblo que se ha levantado al grito de “Queremos la caída del régimen” en una de las mayores manifestaciones democráticas de la Historia Contemporánea, está todo enceguecido por las tormentas de arena y las escuelas musulmanas? La heroica gesta árabe no despertó simpatía en Latinoamérica, entre otras causas, por el penoso racismo e ignorancia hacia el pueblo árabe del que estamos imbuidos, bombardeados por una serie de films de muy dudoso gusto elaborados en Hollywood, en los cuales siempre e invariablemente se nos muestra a los árabes como fanáticos terroristas “educados en madrazas donde sólo se enseña el Corán y se exalta el martirio”.
Pero dejemos de lado estas tormentas de arena de racismo e islamofobia que “ciegan los ojos y las almas” y concentrémonos en el tercer pilar de la propaganda israelí: tachar de antisemita a todo aquel que ose criticar la política del Estado de Israel. Ante el actual exterminio y miseria de los palestinos que la propaganda de los agresores pretende minimizar (Gorzy: “¿Cómo se explica que una zona que supuestamente pasa hambre tenga 15.000 misiles?” (6), Butazzoni nos alerta sobre el antisemitismo que vuelve a campear por el mundo: “Nadie piense que son frases inocuas las que instigan al exterminio de los judíos, o que se trata de simples ocurrencias de algunos inadaptados sociales. Y nadie piense que, por no ser judío, va a estar fuera del alcance de esas amenazas. Más tarde o más temprano, todos padeceremos por ello. La historia del siglo pasado ya nos ha enseñado de forma contundente el camino que se recorre a partir de esas prédicas de odio”(7). Por su parte, en el prólogo del libro cuya tesis es que el antisemitismo árabe es el causante de la guerra, Vidart nos dice: “En las páginas de este libro se encontrarán las claves ciertas y las informaciones responsables que conviene conocer para que los lectores aquilaten y comprendan a cabalidad los antecedentes y consecuencias de la tragedia…”. Conviene, al introducirnos en este delicado asunto que podría acarrearnos grandes inconvenientes, aclarar que no tiene necesariamente un punto de contacto el antisemitismo con la crítica al genocidio que el Estado de Israel está llevando a cabo. Lamentamos y combatimos las estúpidas muestras de antisemitismo que aún perduran en el mundo y consideramos esa actitud propia de enfermos que precisan de terapia urgente, pero no aceptamos que a quien denuncie un genocidio se lo amedrente con la repugnante acusación de antisemita y cómplice de genocidas pasados. Precisamente, como reconocimos la existencia del genocidio judío reconocemos ahora el genocidio palestino, pues lo que nos indigna es que se destruya un pueblo, sea el armenio, el judío o el palestino, y ninguna alianza con Turquía nos llevará a negar el genocidio armenio para reconocerlo luego cuando ya no estemos aliados con los turcos. Asistimos a un repulsivo uso político del genocidio que llevaron a cabo los nazis, para encubrir el actual genocidio que lleva a cabo Israel. Este recurso es sumamente poderoso y de esta manera lo denunciaba García Márquez luego de las masacres del Líbano en el 82: “Tengo muchos amigos cuyas voces fuertes podrían escucharse en medio mundo, que hubieran querido y sin duda siguen queriendo expresar su indignación por este festival de sangre, pero algunos de ellos confiesan en voz baja que no se atreven por el temor de ser señalados de antisemitas. No sé si son conscientes de que están cediendo -al precio de su alma- ante un chantaje inadmisible”(8). A esto agregamos que nuestra crítica a la política israelí se suma a la crítica que llevan a cabo miles de judíos en todo el mundo, entre los cuales se encuentran los objetores de conciencia que se niegan a alistarse en el ejército.
¿Qué lección nos deja el estudio de la historia si abominamos de un genocidio ocurrido en el pasado, pero no lo reconocemos cuando se perpetra ante nuestros ojos? Los palestinos son los nuevos judíos del mundo: expulsados de su territorio, recluidos en campamentos donde se mueren de hambre y se los masacra, hacinados y bombardeados en un inmenso campo de concentración sin un ejército que los defienda. Butazzoni advierte que “En aras de la paz, los dirigentes políticos y los formadores de opinión en Occidente no deberían ceder al temor y al chantaje del fundamentalismo islámico. Decir la verdad de los hechos siempre conlleva riesgos, pero la paz bien los merece”(9). Efectivamente: no hay nada más riesgoso en este mundo que “decir la verdad de los hechos”. En anterior artículo (10) denunciábamos cómo los manuales de historia de tercer y cuarto año de liceo de la editorial SANTILLANA súbitamente se transformaron y los palestinos pasaron a ser terroristas palestinos y “La búsqueda de un territorio” para los judíos pasó a ser “La vuelta a la patria ancestral”. Le pedimos al lector que imagine las fuerzas que llevaron a estos cambios en los textos que forman a nuestros adolescentes. Si el lector es de aquellos que buscan “las claves ciertas y las informaciones responsables” le sugerimos el film (11) del director judío Ari Folman, que narra acontecimientos en los que participó como soldado israelí, ocurridos en el 82 en el Líbano. Por un extraño mecanismo psicológico, el autor y protagonista ha borrado esos acontecimientos de su mente, e interrogando a sus compañeros de armas reconstruye lentamente su memoria hasta arribar a un conmovedor final. Como todo artista auténtico, al hablar de sí mismo habla de todos nosotros, que podríamos estar sepultando acontecimientos cuyo recuerdo nos llevaría a aceptar “la verdad de los hechos” asumiendo los riesgos consecuentes. Ari Folman resolvió su conflicto de una manera valiente y creadora. No podemos menos que inclinarnos ante su paso, al tiempo que saludamos a los objetores de conciencia de Israel, y en un mundo que sufre una inaudita crisis de valores saludamos, al tiempo que arrastramos nuestro sombrero, al porfiado pueblo palestino que continuas masacres no han logrado rendir.

(1) http://columnistas.montevideo.com.uy/uc_300688_1.html
(2) Marcos Israel. Antisemitismo y conflicto Árabe-Israelí. Ediciones B. Montevideo, junio del 2014.
(3) http://www.espectador.com/internacionales/296191/gorzy-la-verdadera-guerra-no-es-con-palestina-es-israel-vs-hamas
(4) Israel junto al volcán http://www.butazzoni.com/otros-mundos
(5) Antisemitismo… Ob. cit.
(6) Entrevista citada más arriba.
(7) La oleada antijudía http://www.uypress.net/uc_53114_1.html
(8) Gabriel García Márquez. Beguin y Sharon, Premio Nobel de la Muerte. Expreso de Guayaquil, 3 de octubre de 1982.
(9) Israel junto al volcán
(10) ¿De qué hablamos cuando hablamos de paz en Medio Oriente?
http://www.uypress.net/uc_52861_1.html
(11) https://www.youtube.com/watch?v=jiWFNHhkgr8

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