Historia de las ratas

Historia de las ratas (primera parte)
Marcelo Marchese

ratas

Amable lector: el título de este ensayo no parece prometer ninguna maravilla, por lo tanto si de este barro extraemos oro, una verdad se revelará ante nosotros: ninguna criatura es tan despreciable que no merezca un ensayo, y ante los ojos del poeta, mayor es el desafío si desde los más pestilentes agujeros alcanza la belleza.

Irrupción de las ratas en la historia

Quinientos años antes de nuestra era los habitantes de la ciudad griega de Hélice fueron sorprendidos por la fuga en masa de las ratas. Días más tarde un terremoto destruiría la ciudad. Los antiguos consideraban a la rata como un ser de misteriosas vinculaciones con el porvenir pues aspiraba los vapores de la tierra vinculándose con las potencias del mundo subterráneo. En Roma, hasta la adopción del catolicismo por Constantino, los augures eran consultados ante cualquier decisión trascendente. Desentrañaban el futuro por el vuelo de los cuervos, las entrañas de las ocas sagradas o el comportamiento de las ratas. Bastó que una rata chillara para que el recientemente nombrado General de Caballería Cayo Flaminio fuera depuesto. Otro chillido determinó que Fabio Máximo renunciara a su dictadura. Las ratas roen las sandalias de Papirio Carbón anunciando su próxima muerte. El Cónsul Marcelo, que había mantenido a raya a Aníbal y su ejército de elefantes, decide hacerle un templo a la Virtud y la Gloria. Esto desata las peores reconvenciones de los augures: no se puede hacer un templo para dos deidades. Previo a la batalla final, ante multitud de pronósticos negativos algo inquieta al Cónsul: le informan que las ratas han roído el oro del templo.
Esta creencia popular en el carácter profético de nuestro roedor se encuentra tan extendida en la antigüedad clásica, que mueve a la burla de Cicerón: “Antes de la guerra de los marsos, sólo porque estos animales royeron los escudos de Lavinio los arúspices anunciaron que era un prodigio horrible… Si damos importancia a esto, podría decir a mi vez que por haber roído estos animales en mi casa los libros de La República de Platón debo temer por la República”. Cuando se le pide a Catón que interprete el comportamiento de las ratas contesta: “¿Qué tiene de particular que roan las ratas el calzado? Lo que sería un prodigio inconcebible es que el calzado roa a las ratas”.
Herodoto nos deja este testimonio: Sennaquerib, rey de árabes y asirios avanza contra el débil rey egipcio Seveco. La noche previa al enfrentamiento las ratas en gran número se abalanzan sobre el campamento de Sennaquerib y roen las cuerdas de los arcos y las correas de los escudos, obligándolos a huir sin presentar batalla.
Según Estrabón, en una de las islas Cícladas las ratas asolaron primero las sierras, bajaron y dieron cuenta de las cosechas, no satisfechas se dirigieron a los gallineros, conejeras y cochiqueras y por fin atacaron a los habitantes con tal saña que se vieron obligados a abandonar la isla. Debemos imaginarlos huyendo en barcos tendiendo una última mirada a sus hogares, ahora dominio de las ratas.
En 1930 los pobladores deben abandonar la isla de St-Kilda, Escocia, señorío de las ratas. En el pueblo de Orbitello, Italia, los pobladores deben huir ante la progresiva confianza de las ratas en la fuerza de su número. La historia registra una batalla insólita. De acuerdo con Misón, en el siglo XVI, el pueblo de Ceretto, situado en Nápoles, es destruido por los terremotos que acompañan las erupciones del Vesubio. Los sobrevivientes escapan y establecen un campamento en las afueras. El campamento es asaltado por las ratas. Asistimos al combate entre las ratas y los hombres portadores del fuego y el hierro. Se cavan trincheras frente al enemigo. Se establecen guardias nocturnas para prevenir un ataque traicionero.
Las ratas viven a sus anchas en un saladero de las afueras de Montevideo. Se declara la Guerra Grande. Los peones de origen vasco se suman al ejército sitiador, pero las ratas, ajenas al acontecer político, quedan como únicas habitantes del lugar, comiendo todo resto de grasa que hubiera en las cañerías o en los machimbres de los barriles. Cuando nada queda, invaden el campamento de Oribe a por las sobras de los federales. No satisfechas, pasan la línea de defensa de la ciudad sitiada. Pero allí, según el historiador, no las tienen todas consigo y huyen al campo devastando raíces, animales, comiéndose las unas a las otras y devorando los huesos de las tumbas. Cruzan el Santa Lucía pereciendo cientos de ellas, pero continúan su invasión hacia las estancias y las pulperías de la novel República.
Cuenta De las Casas en su Memorial de Santa Elena que el Emperador que dominara Europa al son de La Marsellesa un día recibiría encolerizado la noticia de que no tendría almuerzo, pues un ejército de ratas había arrasado la despensa. Estas compañeras del guerrero no conocían de glorias ni galardones. Una tarde en que toma su tricorne sombrero para calárselo, una rata salta de él y huye.
En las Antillas, ante el peligro que suponen las serpientes para los trabajadores rurales, se decide traer un ejército de mangostas. Las mangostas dan cuenta de las serpientes. Luego se dedican a las ratas, pero éstas trepan a los árboles, habilidad que no poseen las mangostas. Las mangostas tienden sus miradas hacia los rebaños y gallineros, los gatos y los perros. Luego, no habiendo qué comer disminuyen en número y las ratas, sin enemigos naturales crecen por doquier y se convierten en un mal mayor que las serpientes y las mangostas.
En Jamaica también se traen mangostas para dar solución a un reclamo de los cañeros del azúcar. Querían que los libraran de las ratas. Dieron cuenta de algunas, pero también de todo animal doméstico, de los pájaros que anidan en tierra, las serpientes, lagartos, sapos y ranas de tal forma que no quedó ningún insectívoro. Los insectos crecen desproporcionadamente convirtiéndose en un problema mayor que ratas y mangostas. Asolan las cosechas. Al correrse el telón dando fin a esta tragedia, al volver las ratas la población de Jamaica las recibe como un mal menor.
Podríamos escribir varios volúmenes enumerando las batallas del hombre contra la rata, mas seríamos tachados como injustos si no mencionáramos los buenos servicios que la rata ha prestado al hombre.
En el sitio que Aníbal establece a la ciudad de Casilinum los pobladores desesperados logran su cuota de proteínas a base de ratas. Según Plinio, una rata fue vendida por doscientos escudos. No sabemos cuánto serían doscientos escudos, sí sabemos que esa rata salvó la vida de quien se desprendió del dinero en tanto aquel desafortunado que la cazó y vendió murió consumido por el hambre. Bajo el reinado de Carlos VI, en el sitio de Melena las ratas eran invitadas de honor en las mesas de los franceses. Idéntica situación se repite en el sitio de Calasi, a cargo del monarca inglés Eduardo.
La rata es incluida en la dieta de los marineros, sobre todo cuando son absolutamente inútiles para la pesca. Todos sabemos que la expedición de Magallanes cumple la tarea que se le había encomendado. Encuentran un pasaje al Océano Pacífico y dando la vuelta al globo retornan a Europa. Cuando estos héroes regresan, espantan a todos pues parecían prisioneros salidos de un campo de concentración. Llegan menos de los que salieron, con los ojos hundidos en sus cuencas y con los muslos más delgados que las rodillas, pero llegan vivos gracias a una dieta a base de ratas. En los barcos en que se viven situaciones desesperantes el hombre ha apelado a este noble y fiel animalito que lo sigue a todas partes. Acabada la esperanza de cazar uno de estos roedores, los marineros son asaltados por la patética idea de comerse unos a otros. O la camarilla de los fuertes devora a los débiles, o, en el caso de marineros más civilizados, se echa a suertes quién se convertirá para bien de los demás en un jugoso churrasco.
Reconozco que este texto ha tomado un cariz dramático por no decir de un dudoso mal gusto, pero lo menos que se le puede pedir a un historiador es que no oculte los hechos que meticulosamente ha estudiado.
Para cerrar este capítulo dejando en el lector una imagen menos desalentadora, refiramos la expedición de Kane al polo norte. Cuando el explorador queda atrapado en aquel lugar tan inhóspito, y ante la posibilidad de que los hielos se cierren de tal forma que quiebren cual una nuez el casco del barco, la tripulación, harto consumida por esta problemática, descubre que sus males, lejos de acabar, aumentan. Las provisiones comienzan a escasear a causa de las ratas que crecían exponencialmente. Usando la mejor lógica matemática descubren que no tendrán víveres para resistir y mucho menos para volver al cálido hogar. Un grito unánime domina el barco: ¡Matemos a las ratas!
El jefe de la expedición decide asfixiar al enemigo. Se sellan las bodegas y se pretende ahogarlas a base de un humo de arsénico, azufre y cuero. Toda la noche la pasan nuestros expedicionarios castañeteando en el puente en tanto las ratas se drogan con aquella pestilencia. A la mañana abren las puertas de aquel infierno para ventilarlo y cuando bajan descubren que no liquidaron siquiera un enemigo. Desesperados, apelan al fuego, con tal mala fortuna que casi mueren intoxicados dos marineros y a punto están de perecer todos con el barco incluido ante el avance de las llamas, pero al final, en una peligrosa lucha en que se la juegan el todo por el todo, logran aplacarlo. Los marinos quedan gravemente maltrechos, pero tienen la esperanza de haber acabado con su enemigo. Al bajar a la bodega sólo encuentran los cadáveres de veinticuatro ratas adecuadamente rostizadas. Pero la inteligencia nunca descansa, sobre todo si la vida nos va en ello. Consiguen el mejor perro cazador. Al poco rato sienten los más lamentables aullidos que uno pueda imaginar y bajan a por él. Las ratas ya le habían roído las plantas de las patas. Aparece un esquimal al cual se le paga por cada rata matada a flechazos. La pericia de este hombre salva a los europeos y los provee de alimento. Los hielos se abren y emprenden el camino de regreso, pero tomando la precaución de dejar en la bodega un zorro, el cual no sería alimentado. De esta manera el zorro y los demás tripulantes retornan al mundo civilizado.

(continuará)

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