No hablan en mi nombre: carta a la colectividad israelita de Uruguay

NO HABLAN EN MI NOMBRE
Por Gabriela Balkey

Beso_judio_Palestino

Con el mayor de los respetos a la colectividad israelita del Uruguay (cuyo ex presidente es además tío segundo mío, persona a la que aprecio mucho, como a tantos otros que la integran), alzo mi voz de judía para decir: Por favor, no hablen en mi nombre. No se abroguen el derecho de hablar “por los judíos”, pues es una falta de respeto hacia todos los judíos que no compartimos las ideas sionistas. Hago extensivo este pedido a los medios de comunicación que al presentar a dichos voceros dicen “representantes de la colectividad judía”, pues representan solamente a un sector de esa colectividad. Somos muchísimos los judíos que no estamos organizados en ninguna asociación, y no por ello somos menos judíos. Solicito se sustituya esa expresión por alguna otra en donde o bien quede claramente señalado el carácter sionista de dichas asociaciones, o bien quede explicitado que se refiere a un sector de los judíos y no a todos.
Jamás estuve de acuerdo con el sionismo. No tuve que esperar a que el Estado de Israel cometiera lo que considero crímenes de guerra para tener esta posición. Razones profundamente históricas y filosóficas, además de políticas, me han hecho anti sionista desde siempre. La sola idea de que exista un Estado judío me parece segregacionista, en la misma medida que un Estado católico, budista, musulmán, etc., en la misma medida en que existiera un Estado negro, rubio, o uno indígena. Desde mi perspectiva, un Estado no debe definirse por cuestiones raciales, religiosas o bajo ninguna otra categoría que de hecho segregue a todos aquellos que no pertenecen a ella. Para mí, un Estado judío equivale por ejemplo, a la existencia de un Estado gitano, lo que parece tener poco sentido. Naturalmente, no niego el derecho a que una nación quiera tener un Estado, pero el que esté basado en el hecho de ser judío, lo contesto totalmente. Por supuesto, dado que ya existe, y que millones de personas lo consideran su patria, no hay lugar a negarlo en tanto país, aunque me gustaría ver el día en que ese país se desvincule de la “judeidad” para su definición. En las próximas líneas avanzo la justificación para ello, tanto histórica como cultural, filosófica e incluso religiosa.
Filosóficamente, entiendo que nacer en un Estado judío, empobrece enormemente la experiencia vital de ser judío. Los judíos desde hace 2 milenios, hemos tenido la suerte de participar de al menos dos culturas: la que mamamos de nuestra familia, y la del país en donde hemos nacido, (e incluso 3 para aquellos que han emigrado por ejemplo de Europa a América). Así, un Freud, es tan judío como es austríaco, un Einstein es tan alemán como judío, y más humildemente, yo soy tan uruguaya como judía. La riqueza de esta doble cultura es en buena medida lo que ha producido que el aporte judío al mundo haya sido tan importante como es, siendo menos del 0,02% de la población mundial, 23% de los premios Nobel en física, química, medicina, etc. han sido judíos. La diáspora, desde sus primeros días, siendo una fuente de sufrimiento para quienes se vieron obligados a emigrar, ha sido a la larga, con el paso de las generaciones, fuente de riqueza cultural, porque dos, siempre es más que uno. Es la historia común la que ha formado a la nación (en términos antropológicos) judía, esa historia implica desplazamientos y mestizaje cultural, borrarla de un plumazo en un vano intento por volver a los orígenes, es negar la riqueza de esa historia.
En ese sentido, me entristece profundamente la pérdida del idish por ejemplo (lengua materna de mis 4 abuelos), suplantada por un hebreo que solamente había sobrevivido en el contexto de las ceremonias religiosas. Matar el idish es desde mi perspectiva, un crimen cultural, suplantarlo por el hebreo es someter la experiencia de ser judío a solamente sus contornos religiosos, obligando a una amnesia de casi 2 mil años de historia cultural. Vale recordar además que el ser judío no se define por sus creencias religiosas, incluso los más radicales, aseguran que ser hijo de judía te hace judío, creas en lo que creas, (serás apóstata, pero judío apóstata). Filosóficamente, soy partidaria de la adición, en todos los casos, más aún tratándose de cultura. Tan solo por eso, estaría en contra de la existencia de un Estado judío pues empobrece y limita la experiencia vital que históricamente hemos vivenciado los judíos en contacto cotidiano con las culturas locales, de cuya síntesis brota buena parte de nuestra riqueza intelectual y cultural.
Pensemos por un momento que la mitad de la historia del pueblo judío se desarrolla fuera del Mediterráneo oriental. Todos los estudiosos coinciden en que de haber existido, Abraham habría vivido en la zona de Ur bajo el imperio acadio, emigrando a las costas Mediterráneas unos 2 mil años AC. Con esto quiero solamente señalar que a lo sumo, 2 mil años el pueblo judío evolucionó en las costas del levante, mientras que los siguientes 2 mil años, evolucionó en el continente europeo. Esta especie de “vuelta al origen” propuesta por el sionismo, implica por la vía de los hechos, la negación de la mitad de nuestra historia. Si algunos judíos sentían la necesidad de tener un Estado, bien, pero ¿por qué en Palestina?
En términos históricos, el reclamo sobre la tierra Palestina, carece de fundamento objetivo. Es cierto que una serie de tribus nómadas que compartían algunas creencias comunes se sedentarizaron en la zona de Canaán, divididas durante la mayor parte del tiempo en dos reinos: Judá al sur e Israel al norte. Pero no es menos cierto que en esos territorios otros pueblos convivían. La tradición bíblica señala cómo David expulsó a los Jabuseos de Jerusalén para trasladar allí su capital, desde la antigua Hebrón, demostrando efectivamente la existencia de otros pueblos asentados allí antes que los hebreos y por ende, también con derecho al reclamo de esa tierra. Pero más allá de eso, la sola presencia histórica de un pueblo en un lugar no amerita el reclamo de esa tierra, si así fuera los árabes deberían estar reclamando España, las naciones indígenas norteamericanas, deberían poder reclamar EEUU, e incluso los holandeses podrían reclamar Nueva York, etc. Imaginemos que los romanos vinieran a reclamar las posesiones de su imperio, con el argumento de que antes de ellos no había allí nada… podrían reclamar Londres porque ellos la fundaron. Los griegos podrían reclamar Marsella pues ellos la fundaron y antes no había nadie… Es ridículo por donde se mire. Como se ve, no entro en materia política, no menciono que la zona de Palestina estaba poblada con no judíos desde hacía al menos mil años por ejemplo, solamente señalo la incongruencia del argumento. Estoy con Freud cuando dice que quizás instalarse en una zona menos cargada históricamente, y agrego yo, no poblada, hubiera sido preferible para aquellos judíos que sentían la necesidad de tener un Estado.
Tampoco es de recibo el reclamo de esa tierra por razones religiosas. Nuestra civilización occidental, desde hace al menos 2500 años, entabló el pasaje del “mitos” al “logos”. Desde la democracia ateniense los argumentos de carácter religioso no fueron válidos a la hora de tomar decisiones políticas que debían sustentarse en argumentos racionales. El argumento de la “tierra prometida” implica una involución cívica de 2500 años.
Pero incluso aceptándolo, sabemos que la relación con esa tierra de los judíos no ha sido ni homogénea ni estable, sufriendo a lo largo de la historia procesos de transformación.
No niego naturalmente el derecho que cada uno tiene de creer en lo que guste, sin embargo, habiendo estudiado largamente el origen del canon bíblico hebreo, se llega a la conclusión de que en ningún lugar se menciona que quienes los escribieron lo hayan hecho por “inspiración divina”. Para comprenderlo, debemos hacer un poco de historia:
Hay numerosos rastros del pueblo judío anteriores a la escritura de los textos sagrados. Los textos surgen en un contexto histórico determinado y por razones determinadas que los dotan de ciertas características que responden a dicho contexto. Diferentes posiciones se expresaban, una ganó y empezó a establecer el canon.
Ni el pueblo judío ni sus creencias eran homogéneos. La primer construcción del templo, desnudó muchas diferencias que terminaron provocando un cisma.
Los hebreos habían regresado al levante tras la posible experiencia libertaria que implicó el éxodo desde Egipto bajo la tutela del líder carismático Moisés. (Sobre 1300 AC hay constatada en la región de Canaán una gran hambruna que es la posible explicación para la emigración hebrea a Egipto). Los hebreos, organizados en tribus, se ven forzados a unificarse debido quizás a la invasión de los pueblos del mar acaecidos en todo el mediterráneo oriental en aquellas épocas. Eligen así a un primer rey: David, que a pesar de derrotar a los invasores y tomar Jerusalén a los jabuseos, no logra unificar al pueblo. Lo sucede Salomón, bajo su mando, el reino prospera económicamente de una forma sorprendente y construye el templo para alojar el Arca de alianza. Ahora bien, el problema es que el templo es un “lugar santo”, controlado por el poder político, al tiempo que Salomón se atribuye competencias religiosas. Esto choca con el yavismo original, que conservaba muchas características tanto del pasado nómade, como de la experiencia libertaria del éxodo. Este yavismo está signado por la ausencia de un espacio sagrado específico, acepta la existencia de lugares sagrados pero no lo hace condición necesaria para la práctica religiosa, ni presenta cultos institucionalizados, sino que está regido por la devoción y fidelidad a un único dios. La construcción de un templo no responde ya a esa religiosidad, sino que está más en consonancia con las religiones de las cortes medio-orientales vecinas. A la institucionalización y centralización religiosa que impone la construcción del templo, responde la expresión de un culto no oficial. La función religiosa del dios hebreo primario, era muy original, ya que era la única que no tendía a legitimar el poder, sino a liberar a los “esclavos” del mismo. Esta tensión es también social, ya que el nomadismo impone una sociedad igualitaria que lentamente va siendo destruida por la nueva y floreciente economía.
Aparece así la primera gran división entre los judíos, se trata de una división al tiempo religiosa y política. Esta divergencia nace en relación a la propiedad de la tierra: Mientras el sur es una zona menos fértil, trufada de tribus aún semi nómadas, principalmente pastores, que entendían que la TIERRA era un REGALO DE DIOS y por lo tanto era INALIENABLE, el Norte, Israel, era un zona fértil, poblada por ricos agricultores que compraban y vendían sus tierras, POR TANTO LA TIERRA ERA UNA “PROPIEDAD”, Y ERA ALIENABLE COMO CUALQUIER OTRA. Mientras el sur, Judá, es radicalmente monoteísta, el norte, Israel, es monólatra. Esto significa que si bien creían en Yaveh, no negaban la existencia de “dioses menores” como Asherá y Baal (o baales, espíritus protectores de las cosechas). Esta monolatría queda expresada por ejemplo en el Éxodo 15, cántico de Moisés, donde encontramos la siguiente frase: “quién como tú Yaveh entre los dioses”, denotando la creencia en otros dioses, aunque menores. También hemos encontrado cierta cantidad de inscripciones hebreas, anteriores al establecimiento del canon bíblico, que señalan que dios tenía por consorte a Asherá. Ejemplo de ello el ostracón de Kuntillet donde leemos: “que seas bendito por Yaveh de Samarria y su Asherá”. Se podría seguir profundizando, pero creo que con estos datos queda claro que la relación a la tierra, prometida o no, no es la misma para todos los judíos, aunque creyeran en un mismo dios.
Como verá el lector, la división tanto religiosa como política entre judíos, no data de ayer.
Ciertamente en el 587 AC, con la invasión babilónica a tierras hebreas y la deportación de su élite a Babilonia, la cosa cambió, fue un terremoto para nuestro pueblo. Es en tierras babilónicas, en el exilio, cuando empieza a sistematizarse la biblia (recuerdo que biblia significa colección de textos).
De las dos tendencias antes mencionadas, es obvio que una triunfa: la monoteísta, estableciendo un relato en donde ese monoteísmo radical es retroproyectado a los antepasados de todo el pueblo. Así, el yavismo original aparece como respuesta nacionalista de un pueblo en el exilio que encuentra una identidad y un pasado común para afirmar su existencia en un contexto hostil.
Los redactores de dichos textos evocan hechos de los que no fueron testigos, son fruto de lejanas tradiciones orales (ya en esa época), fundidos a las tradiciones mesopotámicas que circulan en Babilonia.
Se trata en definitiva de una narrativa etiológica (mito de los orígenes) que busca explicar quiénes son y cómo comportarse. Exaltan su historia, levantan el ánimo, pero nunca establecieron que se tratara de “inspiración divina”. Esa idea es popularizada recién en la época helenística, con la irrupción de los textos intertestamentarios.
Ciro el persa, al conquistar Babilonia, libera a los judíos, pero no todos vuelven a Jerusalén, algunos ya bien instalados, deciden permanecer allí. Los que sí regresan encuentran resistencias en los judíos locales. Siempre los desexilios generan tensiones. Entonces Ciro sugiere sistematizar la “Torah” para que funcione como una sola ley para todos los judíos, de tal forma que asegure cohesión y estabilidad en la región. Ciro pretendía hacer de esas tierras un Estado tapón entre dos grandes imperios, el suyo y el egipcio. De esta forma nace la Torah, entretejiendo textos de diversas fuentes que a la postre siguieron enriqueciéndose. De ellas, las más relevantes serían la yavista (900 AC) proveniente de Judá, en donde dios es llamado Yaveh, con características humanas, celoso, vengativo (guerrero); la elohista (800 AC.) proveniente de Israel, en donde dios es llamado Elohim (palabra que de por sí nos presenta problemas porque es el plural del singular Eloha, por lo que dios es en realidad “dioses”, aunque algunos digan que se trata de un plural mayestático, pero es tema para otro momento), en donde dios es menos antropomorfo, más ambiguo; la deuteronómica (620 AC), de origen babilónico, siendo una recopilación de textos anteriores a los que se agregan tradiciones mesopotámicas como el génesis (Gan Eden, el “jardín del hombre” es un antiguo relato sumerio), Noé, la torre Babel, Abraham de Ur, etc., y en donde se prohíbe expresamente creer en otros dioses; y finalmente podríamos citar la tradición sacerdotal (450 AC) originada en Jerusalén, en donde dios ya es distante y trascendente, justo y despiadado con quién viola ley.
Como se aprecia, no es de recibo el argumento religioso para el reclamo de las tierras palestinas ya que los textos sagrados que lo sustentarían son textos nacidos de una sociedad concreta en un momento concreto, que no pretenden ser de inspiración divina, y que además han ido variando con el tiempo, tanto en su escritura como posteriormente en su interpretación. Muchos judíos religiosos hoy en día son muy cautos en lo referente a la interpretación de los textos, y tienen en cuenta el factor histórico contextual a la hora de hacerlo. Sólo los fanáticos son incapaces de entenderlo. Lo cierto es que la relación a la tierra ya en épocas previas al establecimiento del canon, había sido motivo de divisiones y cismas entre judíos.
El sionismo, más allá del factor económico-político en el que no quiero entrar, ha generado desde su aparición una profunda división entre los judíos. Los judíos más reconocidos han sido anti sionistas. Así por ejemplo Sigmund Freud, en carta del 26 de febrero de 1930 dirigida a Chaim Koffler, miembro de la Fundación para la Reinstalación de los Judíos en Palestina decía:
” Quien quiera influenciar a la mayoría debe tener algo arrollador y entusiasta para decir, y eso, mi opinión reservada sobre el sionismo no lo permite”. Más adelante leemos: ” Me hubiera parecido más prudente fundar una patria judía en un suelo históricamente no cargado; en efecto, sé que, para un propósito tan racional, nunca se hubiera podido suscitar la exaltación de las masas ni la cooperación de los ricos. Concedo también, con pesar, que el fanatismo poco realista de nuestros compatriotas tiene su parte de responsabilidad en el despertar del recelo de los árabes. No puedo sentir la menor simpatía por una piedad mal interpretada que hace de un trozo del muro de Herodes una reliquia nacional y, a causa de ella, desafía los sentimientos de los habitantes de la región. Juzgue usted mismo si, con un punto de vista tan crítico, soy la persona que hace falta para cumplir el rol de consolador de un pueblo quebrantado por una esperanza injustificada”.
Einstein era aún más enfático. En 1948, envió una carta a Shepard Rifkin, líder sionista de EEUU, en donde se lee:” Cuando una catástrofe real y final caiga sobre nosotros en Palestina, el principal responsable por ésta será Gran Bretaña, y el segundo responsable serán las organizaciones terroristas nacidas desde nuestras propias filas. No me gustaría ver a alguien asociado con esa gente criminal y engañadora”.
La preclara Hannah Arendt, en The Jew as Pariah, en 1978 escribió: “No menos peligrosa, y en total acuerdo con esa tendencia general, fue la única contribución de la filosofía de la historia que los sionistas aportaron con sus nuevas experiencias: “Una nación es un conjunto de personas… que se mantienen unidas por causa de un enemigo común” [Herzl], una absurda doctrina que contiene tan sólo esta pequeña verdad: que muchos sionistas están, ciertamente, convencidos de que ellos son judíos para los enemigos del pueblo judío. Por lo tanto, estos sionistas concluyen que sin antisemitismo el pueblo judío no podría haber sobrevivido en los países de la diáspora; y por eso ellos se oponen a cualquier intento en gran escala para liquidar el antisemitismo. Por el contrario, ellos declaran que nuestros enemigos los antisemitas “serán nuestros más confiables amigos y los países antisemitas nuestros aliados” [Herzl]. El resultado sólo puede llevar, verdaderamente, a una total confusión en la que nadie podrá distinguir entre el amigo y el enemigo, en la que el enemigo se convierte en el amigo y el amigo en el enemigo escondido y, por lo tanto, en el más peligroso”. Declaraba también en la revista Look de 1963: “(…) la violencia y la unanimidad de las opiniones expresadas por las organizaciones judías, con pocas excepciones, me ha sorprendido mucho. La conclusión a la que llego es que no lastimé simplemente la “sensibilidad” sino intereses creados, y eso no lo sabía antes”.
De esta forma, estimado Gorzy, así como otros representantes de organizaciones sionistas, con el mayor de los respetos, tengan presente en cada una de sus declaraciones que NO HABLAN EN NOMBRE DE NUESTRO PUEBLO JUDÍO, sino que solamente representan a un sector de entre nosotros: los sionistas.
Como se evidencia en estas líneas, no hago consideraciones de carácter político, no me interesa poner a discusión si los argumentos israelíes de autodefensa son válidos (aunque discrepe con ellos de cabo a rabo), ni cuestiono aquí la ocupación de territorios (aunque las considere ilegales). Mi único objetivo es dejar claramente establecido que somos miles de judíos en todas partes y en todas las épocas desde que el sionismo existe, que no nos sentimos representados en tanto judíos, por ninguna organización, que muchos de nosotros nunca fuimos sionistas, que las razones que nos llevan a ello no son coyunturales, y que fundamentalmente, no dejamos de ser judíos por ello.
Sepan que hubiera sido más beneficioso para mí, desde todo punto de vista, callar cualquier consideración, pero me siento obligada cuando hay organizaciones que dicen hablar en mi nombre, siendo que en realidad no lo hacen. Aprovecho este medio también debido a que muchos de ustedes saben que soy de tradición judía y preguntan reiteradamente con respecto a mi posición. De esta forma, espero quede aclarada.

Sin otro particular, agradezco la atención dispensada.

Gabriela Balkey

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3 pensamientos en “No hablan en mi nombre: carta a la colectividad israelita de Uruguay

  1. Mi más sincero RECONOCIMIENTO a esta ilustrisima JUDIA con mayúsculas, que me ha hecho recomponer mi respeto con esta cultura base raíz de otras tantas.- Mi interior estaba siendo tocado ante las expresiones continuas de instituciones Uruguayas del Judaísmo Nacional, avalando la masacre civil, como algo “necesario” al punto que una fina linea separaba en mi interior la indignación del odio feo y enfermizo del que siempre me he cuidado de no transportar en mi vida.-
    Estoy en deuda con USTED MI QUERIDA JUDIA, pero antes que nada CIUDADANA DEL MUNDO.-
    Mi vida se a hecho más confortable en mi interior, y la paz llena otra vez mi corazon, desde que Usted emitiera este que para mi es un documento de HUMANIDAD que atesoraré siempre.-
    Gracias, gracias, muchas gracias.-
    Con todo el afecto.-
    Un hermano de vida.-

  2. Esta carta es una clara expresión de la brutal diferencia en calidad, de las opiniones constructivas vertidas por las pocas personas cultas en humanidades y los muchos que, a falta de conocimientos humanistas, opinan vanamente, desde el corazón y el estómago.
    Lamentablemente estos muchos son los que dan apoyo y base de sustentación a los políticos profesionales cuya ambición no parece ser otra que la de conquistar y mantener su poder sobre la voluntad de los demás hombres, aun a costa de doblegarlos por la fuerza.
    Personalmente discrepo del valor histórico que Gabriela parece dar a las tradiciones orales de carácter doctrinario religioso en el contexto de su brillante exposición. Pero en este caso, el punto en discusión no es ese, razón por la cual prefiero precisar algunos conceptos que en mi opinión lo merecen más:
    1° Destacar la diferencia conceptual expresada entre judío y sionista. Del mismo modo, para mayor claridad y comprensión de los hechos del pasado, es necesario diferenciar el contenido de palabras como hebreo, israelita, judío, israelí y semita, pues con una liviandad única se utilizan, especialmente en los medios de difusión, como sinónimos, sumando a la obscuridad de la propaganda, la propia de la ignorancia o negligencia periodística inconsciente, al parecer, de la confusión que alimentan.
    2° Señalar que en el largo proceso de sedentarización de algunas tribus nómades – probablemente durante unos 4 siglos – llamadas hebreas, se produjo una inexorable miscigenación entre estos, los filisteos y las numerosas poblaciones cananeas incluyendo posteriormente a los fenicios. Es claro que este fenómeno, dio origen a naciones diferentes de las originales, con culturas también mutuamente enriquecidas.
    3° Si hubo o no, alguna vez, un reino llamado Israel en el norte de Palestina, fundado por nómades autodenominados israelitas, es un asunto fuertemente discutido, pues al respecto no hay evidencia arqueológica alguna. Pero sí hay nutrida información acerca del Reino de Judá, que se habría establecido como un serio intento de unidad nacional más que política, en torno a una doctrina religiosa que habría sido el judaísmo.
    4° La palabra judío, expresa entonces uno de los siguientes posibles significados incluyendo sus combinaciones: a) Sentido gentilicio: el habitante de la Judea, que poseía la cultura del medio en que vivía pero no profesaba el judaísmo. b) El habitante de la Judea que profesaba el judaísmo y por lo tanto era judío en el sentido cultural y religioso.
    5° Que aunque el judaísmo, como culto religioso, se hubo expandido más allá de la Judea, no todos los habitantes de la Judea ni todos los habitantes fuera de ella eran judíos desde el punto de vista religioso.
    6° Que la diáspora de judíos y de pueblos vecinos, fue un fenómeno temprano provocado por las invasiones de assirios, babilonios y persas desde el siglo VIII A.C., habiendo evidencias de sus asentamientos en Europa y Asia Central, como consecuencia de lo cual el judaísmo como religión tuvo épocas de importante expansión, continuamente alimentada por las invasiones de griegos, romanos y árabes: el reino Khazar, en la Edad Media, es una expresión del origen de los denominados judíos Ashkenazim, que posteriormente se extendieron por Europa Central y Occidental, sin haber tenido vínculo alguno con la tierra en Palestina.
    7° Que como consecuencia de la convivencia de tribus y pueblos durante más de 9 siglos, nació el llamado pueblo palestino desde, aproximadamente el siglo X A.C.; pueblo que no es otro que el conglomerado formado por los cananeos que habitaron la Palestina desde del SCXX A.C. – Jericó – sumado con las tribus y pueblos del mar que la invadieron a partir del SXIV en proceso de sedentarización o de simple asentamiento como habría sido el caso de los filisteos.
    8° Que como consecuencia del advenimiento de las reformas al judaísmo, provocadas por la influencia griega, el cristianismo causa la mayor escisión en el judaísmo tradicional y por su propia fuerza, se fue consolidando más allá de la Judea, más allá de la Galilea, de la Samaria y de la Idumea, en suma más allá de la Palestina hasta conquistar gran parte del mundo.
    9° Que la conversión de los judíos de Palestina – no solo de la Judea – al cristianismo fue un golpe que solamente fue superado por la conversión de la mayoría de los palestinos – judíos y no judíos – al Islam partir del SVIII. Pero el pueblo que existe hoy, llamado palestino en la Palestina, es básicamente los descendientes de las poblaciones originales con sus mezclas debidas a las invasiones. Tendremos así nombres diferentes: cananeos, fenicios, filisteos, hebreos israelitas, árabes, judíos, etc., pero la gente que vive allá, tiene la misma línea generacional de sus antepasados desde hace 30 siglos.
    10° Que las colectividades de judíos en la diáspora, como toda colectividad, congela su cultura original, mientras la mezcla con la del lugar colonizado hasta desfigurarla casi por completo, a la par que sus pueblos de origen evolucionan al ritmo del cambio natural de las agrupaciones humanas. Como consecuencia de lo anterior, las colectividades de judíos esparcidas por el mundo entero han adquirido culturas diferentes, incluyendo leguajes, idioma, creencias políticas y religiosas así como conductas muy heterogéneas.
    11° Que el sionismo, como toda doctrina político económica, se apoya en las creencias religiosas e ideales, para infectar la opinión de las mayorías ingenuas o ignorantes, especialmente jóvenes, y por eso mismo fácilmente domesticables para ejecutar las labores que la suciedad que llega a caracterizar la acción política termina por avergonzar a la sociedad toda.

    Hernán Riadi Abuseme.

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