¿Qué es una víctima? (De genocidios y matanzas)

¿Qué es una víctima? (De genocidios y matanzas)

Rafael Narbona

g

Una víctima es cualquier ser humano inocente que sufre una acción violenta o cualquier forma de humillación, intimidación o segregación, que le causa un daño injustificable y, en muchas ocasiones, irreparable. En los casos de genocidio, el sufrimiento de las víctimas resulta especialmente elocuente

Parece una pregunta superflua, pero la respuesta no es sencilla. Una víctima es cualquier ser humano inocente que sufre una acción violenta o cualquier forma de humillación, intimidación o segregación, que le causa un daño injustificable y, en muchas ocasiones, irreparable. En los casos de genocidio, el sufrimiento de las víctimas resulta especialmente elocuente, pues expresa las carencias y perversiones del género humano. Sin embargo, no todas las víctimas del odio, la ambición de poder o el fanatismo son iguales, pues algunas son más visibles que otras y han conseguido ocupar un lugar privilegiado en la memoria colectiva. Las víctimas de la Shoah han inundado el cine, la literatura, el ensayo, las artes plásticas y la poesía. Se considera que su dolor es un absoluto moral y metafísico, pues encarna el espanto del mal radical. Se dice que la Shoah no es una matanza más, sino el punto de inflexión de la historia de la humanidad, un hito que marca la diferencia entre civilización y barbarie. Durante un tiempo, suscribí este planteamiento, pero ahora me pregunto qué diferencia hay entre un niño judío fusilado por los SS Einsatzgruppen, un niño palestino asesinado por un misil israelí, una niña chechena violada y estrangulada por un oficial ruso o un niño vietnamita abrasado con napalm por el ejército de los Estados Unidos.

EL GENOCIDIO DEL PUEBLO VIETNAMITA

El 16 de marzo de 1968 la sección del teniente William Laws Calley asaltó la aldea de My Lai. Violaron a las mujeres y a las niñas, mataron al ganado y quemaron las casas. Después, alinearon a los supervivientes junto a una acequia y los fusilaron. El fotógrafo del ejército Ronald L. Haeberle captó la matanza con su cámara y, tras licenciarse, contactó con el editor Seymour Hersh, que publicó las imágenes el 13 de noviembre de 1969 en el diario Saint Louis Post Dispatch. Las fotografías documentan la terrible secuencia. Un grupo de mujeres, ancianos y niños esperan la muerte. Se abrazan aterrorizados. Pocos instantes después, yacen en el suelo, con heridas de bala. Algunos de los niños no superan los dos o tres años. Otras fotografías muestran cadáveres flotando en un pozo o a los soldados incendiando las casas. Seymour Hersh escribió: “Ninguno de los entrevistados por el incidente negó que se hubiera disparado sobre mujeres y niños. Lo que les asombraba es que la historia hubiera llegado a la prensa”. El teniente Calley fue juzgado, pero solo permaneció tres años bajo arresto domiciliario, pese a ser condenado a cadena perpetua. Richard Nixon lo indultó, pues entendió que el asesinato de 504 civiles vietnamitas no merecía un castigo más severo. Años más tarde, Seymour Hersh revelaría al mundo las torturas de Abu Ghraib mediante un reportaje publicado en New Yorker, donde se acusaba a Donald Rumsfeld, secretario de Estado, de haber ordenado torturas con el beneplácito de la Casa Blanca. Cambian los escenarios, pero no la política exterior norteamericana.

En Dispara a todo lo que se mueva (2013), el historiador y periodista Nick Turse señala que My Lai solo fue “una operación más” de una estrategia diseñada por la cúpula política y militar para medir el éxito de cada compañía por el número de bajas causadas (“body count”), obviando diferencias entre combatientes y civiles. Era su forma de combatir la consigna de Mao Tse-tung, que escribió: “Las personas son como el agua y el Ejército como los peces”, una metáfora que expresa la necesidad de contar con el apoyo de la población civil para organizar y mantener una guerrilla. El general William Westmoreland, enviado en 1964 por el Presidente Lyndon Johnson para acabar con el Frente de Liberación Nacional o “Vietcong”, según la jerga militar estadounidense, afirmó que para derrotar a los comunistas había que “eliminar el pez” –algo costoso, lento y complicado- o “suprimir el agua, de manera que el pez no pueda sobrevivir”. En 1995, el gobierno de Saigón calculó que habían muerto tres millones de vietnamitas entre 1959 y 1975. Dos millones eran civiles. En 2008, un estudio realizado por investigadores de laHarvard Medical School y el Institute for Health Metrics and Evaluationde la Universidad de Washington elevó el número de muertes violentas hasta 3’8 millones, apuntando que la cifra real podía ser notablemente mayor en un país que en esas fechas contaba con 19 millones de habitantes. Según este estudio, el número de civiles vietnamitas heridos rondaría los 5’3 millones. Estas cifras no pueden despacharse como “daños colaterales”. Es imposible matar a tantas personas sin un propósito deliberado de exterminio. Nick Turse visitó los Archivos Nacionales de los Estados Unidos y, gracias a la cortesía e involuntaria indiscreción de un funcionario, accedió a la documentación del Grupo de Trabajo sobre los Crímenes de Guerra en Vietnam, un destacamento de fuerzas secretas del Pentágono creado tras la matanza de My Lai para realizar un seguimiento de los incidentes violentos. Centenares de declaraciones juradas y resúmenes referían que los asesinatos de civiles, las violaciones sexuales y las torturas eran pura rutina. O, más exactamente, un método concebido por Washington para desmoralizar y destruir al enemigo. Escribe Turse: “Un sargento contaba a los investigadores cómo había metido una bala, a quemarropa, en el cerebro de un muchacho desarmado después de abatir a tiros a su hermano; un soldado de un comando describía fríamente cómo rebanó las orejas de un vietnamita muerto y decía que pensaba seguir mutilando a los cadáveres. Otros archivos documentaban el asesinato de campesinos cuando trabajaban en sus campos y la violación de un niño llevada a cabo por un interrogador en una base del ejército. Leyendo caso tras caso […], empecé a hacerme cargo de la ubicuidad de las atrocidades durante la guerra de Vietnam. […] Yo había pensado que estaba buscando una aguja en un pajar; lo que encontré fue un verdadero pajar de agujas. […] Los archivos del Grupo de Trabajo sobre los Crímenes de Guerra demostraban que las atrocidades habían sido cometidas por miembros de todas las unidades de infantería, de caballería y de la división aerotransportada, y por todas las brigadas que se habían desplegado sin el resto de su división, es decir, por todas las unidades importantes del ejército en Vietnam”.

¿Cómo fue posible que jóvenes norteamericanos con edades comprendidas entre los dieciocho y los 25 años se convirtieran en asesinos despiadados? En primer lugar, la durísima instrucción militar despersonalizaba, desorientaba y humillaba a los reclutas, inculcando una obediencia ciega e irreflexiva que se reforzaba mediante brutales castigos físicos y psicológicos. En segundo lugar, se deshumanizaba al enemigo hasta despojarle de los derechos más elementales. Los instructores nunca hablaban de vietnamitas, sino de basura humana, bazofia, comedores de arroz, ojos oblicuos o simples amarillos. Solo eran dinks, gooks [términos despectivos e intraducibles]. Por último, se inculcaba la determinación de matar, despreciando cualquier objeción moral. Durante la instrucción, se obligaba a los reclutas a repetir sin descanso: “¡Matar! ¡Matar! ¡Matar sin misericordia! ¡Esa es nuestra misión!” Cuando los reclutas se convertían en soldados, sus oficiales les repetían: “¡Matadlos a todos! ¡Destruidlo todo! ¡Disparad a todo lo que se mueva! ¡No hagáis prisioneros! No importan que sean niños. Si les dejáis crecer, os matarán a vosotros. Son dinks, infrahumanos”. No eran las órdenes de un oficial enloquecido, sino del Estado Mayor, que informaba puntualmente al Presidente y al Congreso. Un estudio del Senado reconocía que en 1968 ya habían muerto 300.000 civiles en operaciones de “búsqueda y exterminio”. Cuando se retiraron las tropas norteamericanas en 1975, la cifra se había multiplicado por diez. “La guerra –apunta Nick Turse- era menos una batalla contra fuerzas enemigas que contra el pueblo survietnamita”. Eso explica algunos de los crímenes cometidos por soldados de la Tiger Force o la Compañía Charlie, que incluyen atrocidades como disparar contra dos ancianos ciegos; cubrir con una estera de paja a una mujer herida y prenderle fuego; reventar el cráneo a culatazos a una niña de cinco años; destripar a una embarazada, extrayendo el feto para quemarlo con un lanzallamas; violar a niñas, mujeres y ancianas, y -a continuación- desgarrarles las vaginas con cuchillos, bayonetas o botellas rotas. Un soldado de la 1ªDivisión de Caballería declaró: “Podíamos coger a las mujeres para hacer bum-bum –es decir, para tener relaciones sexuales- y después de unos días o unas horas las matábamos”. Los soldados a veces atropellaban deliberadamente a civiles con sus jeeps o camiones, cruzando apuestas. Si alguien quiere conocer con detalle las circunstancias de estos crímenes de guerra, puede leer los capítulos 4 y 5 del libro de Turse, titulados respectivamente: “Una letanía de atrocidades” y “Sufrimiento sin límites”. Todos los casos están minuciosamente documentados, muchas veces con informes internos del ejército norteamericano.

En Amos de la muerte. Los SS Einsatzgruppen y el origen del Holocausto(2002), el historiador y periodista norteamericano Richard Rhodes relata aspectos terribles del exterminio de los judíos europeos: “En Trembowla [Ucrania], un superviviente recuerda que el miembro de la Gestapo, Szklarek, siempre tomaba parte en las acciones para liquidar judíos. Una vez ordenó a una niña judía que le atara el cordón del zapato y cuando se inclinó para hacerlo, la mató”. En Szklarek, manifestó su desagrado por el método de ejecución empleado por un Rottenführer llamado Abraham. Rhodes reproduce su testimonio: “Había unos cinco. Eran niños que, según creo, deberían tener entre dos y seis años. La manera en que Abraham mató a los niños fue brutal. Cogía a uno de los niños por el cabello, lo levantaba del suelo y, a continuación, le disparaba en la nuca y lo arrojaba a la fosa. Después de un rato no pude soportarlo más y le pedí que dejara de hacerlo. Lo que le quise decir es que si no cogía a los niños del cabello los mataría de una manera más decente”. ¿Se puede afirmar seriamente que estos crímenes son inauditos, singulares y extraordinarios en la historia de la humanidad? En la aldea vietnamita My Khe, la Compañía Bravo, 4º Batallón, 3º de Infantería, el teniente Thomas Willingham ordenó hacer fuego con dos ametralladoras contra sus habitantes, la mayoría mujeres, ancianos y niños. Durante varios minutos, las ametralladoras barrieron la zona. Después, los soldados asaltaron el poblado, arrojando granadas en los refugios y disparando contra los que los abandonaban, intentando salvar la vida. Nick Turse escribe: <>.

¿Se puede decir que las abominables cámaras de gas eran más crueles que los bombardeos con napalm? En Vietnam, no se utilizó el mismo napalm incendiario y gelatinoso de la Segunda Guerra Mundial, concebido para pegarse a la ropa y la piel, sino un napalm modificado que ardía a una temperatura mayor y durante más tiempo. Se estima que Estados Unidos arrojó cuatrocientas mil toneladas de napalm en el Sudeste asiático. El 35% de las víctimas tardaban quince o veinte minutos en morir, soportando dolores inhumanos. Los pocos que sobrevivían perdían la nariz, los labios, los párpados, los pezones, mientras el resto de la piel se convertía en un pergamino con escamas. Nick Turse cita el testimonio de Philip Jones Griffiths, fotógrafo de Magnum, que nunca pudo olvidar el aspecto de un niño internado en el hospital de Quang Ngai: “Tenía los párpados quemados, la nariz quemada y los labios quemados. Estaba a medio camino de convertirse en una calavera, pero estaba todavía vivo”. El napalm a veces se combinaba con fósforo blanco. Un fragmento diminuto adherido a la piel podía arder durante un tiempo inverosímil. “He visto chisporrotear la piel y los huesos de la mano de un niño por quemaduras de fósforo durante veinticuatro horas, resistiendo cualquier tratamiento”, declaró un cooperante canadiense. Estados Unidos utilizó más de tres millones de cohetes de fósforo blanco, causando un sufrimiento indescriptible. Dispara a todo lo que se mueva muestra la verdadera faz de la guerra del Vietnam, muy alejada de las ficciones de Hollywood, invariablemente falaces, exculpatorias o abiertamente apologéticas, incluso cuando poseen indudables cualidades cinematográficas, como es el caso deApocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979), The Deer Hunter(Michael Cimino, 1978) o Full Metal Jacket (Stanley Kubrick, 1987). Todo el que lea la obra de Turse comprenderá que para los soldados norteamericanos nunca representó un problema disparar a una niña, particularmente si llevaba un arma. También descubrirá que el Vietcong no obligaba a sus prisioneros a jugar a la ruleta rusa ni cortaba los bracitos de los niños vietnamitas vacunados por el humanitario amigo americano. Estados Unidos luchaba para contener el comunismo “en un pequeño país de mierda”, según las palabras del Presidente Johnson, pues no quería que se extendiera por la región. Los crímenes de guerra y los crímenes contra la humanidad cometidos por las fuerzas norteamericanas en Vietnam no son menos espantosos que el exterminio de los judíos europeos por las tropas nazis y sus colaboradores. La Shoah ha adquirido un especial relieve dramático por las cámaras de gas y los crematorios, pero lo cierto es que la mayoría de las víctimas (judíos, polacos, gitanos, eslavos, ciudadanos soviéticos, testigos de Jehová, homosexuales, prisioneros de guerra y discapacitados físicos o psíquicos) murieron fusilados o a causa de las privaciones. Escribe Richard Rhodes: “Las famosas cámaras de gas y los crematorios de los campos de la muerte emblemáticos del Holocausto, de hecho, fueron excepcionales. […] Los fusilamientos habían comenzado antes, continuaron a lo largo de toda la guerra y provocaron muchas más víctimas si, además de los judíos, se contabilizan también a los eslavos, como debería ser. […] Por tanto, la hecatombe nazi no fue moderna y científica, como se la ha descrito con frecuencia, ni tampoco única en la historia de la humanidad. Se realizó con el mismo sencillo equipo que el de los ejecutores de matanzas del imperialismo europeo y, más tarde, de las guerras civiles de Asia y África. Las matanzas promovidas desde el Estado constituyen una epidemia social compleja y recurrente”.

EL FIN DEL PERIODISMO DE GUERRA

Estados Unidos descubrió en Vietnam que los periodistas representan un serio problema. La famosa fotografía de la niña vietnamita Phan Thi Kim Phúc realizada por Nick Ut para Associated Press y ganadora de un Premio Pulitzer no precipitó la derrota de Estados Unidos, que ya había empezado a retirarse, pero sí dañó gravemente su imagen. El 8 de junio de 1972 el napalm destruyó Trang Bang, la aldea donde vivía Kim Phúc con su familia. Solo tenía nueve años. La niña resultó alcanzada y sus ropas comenzaron a arder, por lo que se despojó de ellas mientras huía por una carretera. Nick Ut hizo su célebre foto cuando se topó con la niña desnuda y aullando de dolor. Kim Phú necesitó 17 operaciones quirúrgicas y aún hoy no ha podido liberarse de sus recuerdos traumáticos: “el napalm es el dolor más terrible que se pueda imaginar […] el agua hierve a 100 grados Celsius, el napalm genera temperaturas de 800 a 1.200 grados centígrados”. La fotografía de Kim Phúc representó una inflexión radical en el trabajo de los corresponsales de guerra. Desde entonces, Estados Unidos ha adoptado la táctica de empotrar a los corresponsales en sus unidades, sometiendo a censura militar sus textos y fotografías. Al margen de la relación de camaradería que surge entre periodistas y soldados, pues se comparten rutina y riesgos, se deja bien claro desde el principio que el ejército no se responsabiliza de la seguridad de los corresponsales en una zona de guerra, si no aceptan este modus operandi. Dos periodistas españoles han perdido la vida por saltarse este procedimiento. En diciembre de 1989, Juantxu Rodríguez Moreno, fotógrafo y colaborador del diarioEl País, cubría con Maruja Torres la invasión de Panamá por tropas norteamericanas, cuando una tanqueta y varios soldados abrieron fuego contra el Hotel Marriott. No ignoraban que era el alojamiento de la prensa internacional, pero querían intimidar a los corresponsales. Una de las balas mató al fotógrafo español, incapaz de reprimir el impulso de apuntar a los militares norteamericanos con su cámara. Algo semejante sucedió con José Couso en Bagdag el 8 de abril de 2003. Filmaba el avance de los carros blindados norteamericanos desde un balcón del Hotel Palestine, cuando un M1 Abrams le apuntó y disparó su cañón de 120 mm. El proyectil mató en el acto al periodista ucraniano Tara Protsyuk y Couso resultó gravemente herido, muriendo poco después en la mesa de operaciones del Hospital San Rafael. La unidad de blindados A 46 Armor que disparó tras pedir autorización se autodenominaba “Los asesinos”. Santiago Pedraz, juez de la Audiencia Nacional, se desplazó hasta Bagdad y comprobó que desde el lugar del disparo se distinguía perfectamente que Couso llevaba una cámara y no unos binoculares, como se alegó, afirmando que se le confundió con el auxiliar de un francotirador iraquí.

Todo indica que las fuerzas estadounidenses enviadas a Irak y Afganistán han cometido gravísimas violaciones de los derechos humanos, pero apenas hay testimonios gráficos. Solo las filtraciones de WikiLeaks nos permitieron contemplar cómo el 12 de julio de 2007 dos helicópteros Apache acribillaban a once iraquíes desarmados. En el grupo, se encontraba el fotógrafo de Reuters Namir Noor-Eldeen y su conductor, Saeed Chmagh. Solo hubo un superviviente. Al día siguiente, un portavoz militar informó que las muertes se habían producido durante una refriega contra insurgentes. Se trataba, por tanto, de daños colaterales y no de un asesinato deliberado. La agencia Reuters nunca creyó la versión oficial. Las imágenes filtradas tres años más tarde por WikiLeaks corroboraron sus sospechas. La filtración se produjo gracias al soldado y analista Bradley Edward Manning, que actualmente cumple una pena de 35 años de prisión y ha sido expulsado del ejército con deshonor. Desde el 19 de junio de 2012, Julian Assange, fundador, editor y portavoz de WikiLeaks, se halla refugiado en la embajada de la República del Ecuador en Londres, huyendo de la persecución orquestada por Estados Unidos, que presionaba a Suecia y Reino Unido para conseguir su extradición. El presidente ecuatoriano Rafael Correa le concedió asilo político, destacando el compromiso del periodista con la libertad de expresión, la libertad de prensa y los derechos humanos.

La “doctrina Obama” ha reemplazado el equilibrio del terror de la era atómica por una estrategia de tensión permanente que justifica grandes gastos militares y, al mismo tiempo, sirve de muro de contención a la expansión comercial de los BRICS. La violación de los derechos humanos ya es simple rutina en los países con presencia norteamericana. Amnistía Internacional ha presentado un informe de 82 páginas titulado “Abandonados en la oscuridad: fracaso a la hora de buscar responsabilidades por las muertes de civiles en operaciones de las tropas internacionales en Afganistán”. En el informe, se acusa a las tropas de Estados Unidos de haber asesinado o herido a miles de civiles desde la invasión de 2001. Se citan diez casos donde perdieron la vida 140 civiles, 50 de los cuales eran niños. En septiembre de 2012, en la provincia oriental de Laghman, un avión norteamericano lanzó proyectiles contra un grupo de mujeres que recogían leña. Después, informó que las víctimas eran talibanes. LaMisión de Asistencia de Naciones Unidas en Afganistán afirma que las fuerzas norteamericanas han matado al menos a 1.800 civiles desde 2009. Probablemente, la cifra real es mucho mayor. Sería falso decir que el encarnizamiento con los civiles es un fenómeno nuevo. En 355 a.C., Tebas se rebeló contra Alejandro Magno, por entonces recién coronado con solo 20 años. El rey macedonio respondió con un ataque implacable, destruyendo la ciudad. Seis mil tebanos fueron asesinados y los 30.000 restantes reducidos a la esclavitud. Durante cuatro décadas, Tebas quedó despoblada, con solo dos edificios en pie: Cadmea, sede de la guarnición macedonia, y la casa de Píndaro. La Shoah no es un genocidio singular, sino una nueva página en la historia de las matanzas que se justifican deshumanizando a las víctimas. Para los nazis, los judíos eran subhumanos. Actualmente, muchos israelíes perciben de la misma manera a los palestinos. Así lo ha denunciado Nurit Peled-Elhanan, judía israelí y profesora de Educación en la Universidad de Tel Aviv, que ha publicado Palestina en los libros de texto israelíes: ideología y propaganda en la educación, demostrando que los niños israelíes son manipulados desde la escuela para odiar a los árabes. Peled perdió a su hija de 14 años en un atentado suicida reivindicado por Hamás, pero eso no le impide manifestar que “el islam en sí, como el judaísmo en sí y el cristianismo en sí, no es una amenaza ni para mí ni para nadie. No se puede decir lo mismo del imperialismo estadounidense, la indiferencia y la cooperación europeas, y el racista y cruel régimen israelí de ocupación [en Gaza y Cisjordania]”. Las políticas de exterminio son hijas del odio racial e ideológico presente en casi todas las sociedades. Conceder al pueblo judío la condición de víctima superlativa significa minusvalorar el sufrimiento de otros, lo cual es una aberración moral. ¿Qué es una víctima? Cualquier ser humano inocente que sufre un daño físico o psíquico por una acción deliberada. No hay que añadir nada más. Auschwitz no es el mal radical. El mal radical es no solidarizarse con todas las víctimas, con independencia de su origen, época o circunstancias. Yo no aprecio grandes diferencias entre Auschwitz, Hiroshima, las fosas de Katyn, la aldea vietnamita de My Lai, el genocidio cometido por los jemeres rojos en Camboya o las operaciones de castigo contra la Franja de Gaza. Todas esas infamias pertenecen al mismo paisaje de crueldad e ignominia. No creo en absolutos, pero sí en la necesidad de luchar por la verdad y la verdad pertenece a las víctimas, no a los verdugos, pese a que no escatimen esfuerzos para secuestrarla, ocultarla o disfrazarla.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s