Mujica, el diario EL PAÍS y la estrategia de los dueños del mundo

Mujica, el diario EL PAÍS y la estrategia de los dueños del mundo

Marcelo Marchese

Planta-de-celulosa-UPM-espaciotv

La visita de Mujica a UPM en Finlandia constituye un lindo ejemplo del tipo de relaciones que se establecen entre empresas y gobiernos. No viajaron ejecutivos de UPM a entrevistarse con el representante máximo de un país; es el representante de tres millones quien viaja a entrevistarse con los ejecutivos para rogarles que instalen otra planta de celulosa. Los ejecutivos expresaron que “Nos sentimos halagados porque el presidente Mujica viajara desde Uruguay para hablar con nosotros. ESTAMOS DISPUESTOS A DIALOGAR CON EL GOBIERNO URUGUAYO”. Afortunadamente ellos están dispuestos a hablar con el representante de tres millones que piden audiencia y acaso estarían dispuestos a brindarnos más trabajo, sin embargo, aparentemente, antes de que UPM vuelva a invertir en Uruguay “se deberían mejorar las infraestructuras para facilitar la logística, sobre todo la red de carreteras y las instalaciones portuarias”. De estas consideraciones de los ejecutivos de UPM, EL PAÍS (1), cuyo deliberado propósito es acusar a Mujica de mentiroso, infiere que UPM no quiere invertir más en Uruguay. La acusación indirecta deviene de informar que Mujica, al término de la audiencia concedida, expresara: “existe un notorio interés de Finlandia por instalar otra planta de celulosa en Uruguay”.
Conviene, no obstante, considerar que si una empresa afirma que en tanto no se cumpla con tal o cual cosa no se hará tal otra, sólo significa, y sólo eso y no otra cosa significa, que ya está negociando, que está imponiendo condiciones, que está estableciendo un programa máximo y que ya verá qué cosas logra. De pique están mejor posicionados: el representante de los 3 millones viaja para que le concedan audiencia, cosa que logra, pero le tironean las orejas diciéndole que las carreteras están todas estropeadas, que el puerto da lástima y que debemos mejorar nuestro nivel educativo: “El fundamento de la competitividad consiste en tener suficiente gente lo bastante preparada como para desarrollar esta actividad”.
La conclusión que debemos extraer de este viaje no es que Mujica sea un mentiroso. ¿El diario EL PAÍS considera como prueba excluyente toda declaración pública de un ejecutivo de una empresa e inclusive cree que son ciertas todas las declaraciones de impuestos que dibuja dicha empresa? De ninguna manera lo cree, pero no importa. Lo que importa es la campaña electoral y como mucha gente, según los cálculos del diario, debe ser ligeramente infradotada, ahí le tiran el anzuelo con una carnada muy dudosa.
Para aseverar que UPM no piensa instalar una tercera planta habría que estudiar si le conviene hacer ese negocio o si puede hacerlo de forma más conveniente en otro lado. Habría que ver cuántas hectáreas de las 230.000 hectáreas que gestiona UPM se encuentran dentro del radio de la futura planta (al este del Río Negro); cuánto ahorraría en transporte; qué posibilidades tienen los ambientalistas de acceder al gobierno, o de lograr algún tipo de presión; qué limitaciones tiene la forestación en Uruguay y si el gobierno sigue dispuesto a brindarle innumerables franquicias. En tanto eso no se analice sólo se estará haciendo alegremente propaganda electoral contra el oficialismo, basándose en las declaraciones de alguien que en rigor está tirando de la cuerda para ver cuánto cede.
Acaso el lector se haya preguntado ¿pero esa red de carreteras todas agujereadas no habrán sido destrozadas por el paso rumbante de miles y miles y miles de toneladas de eucaliptus que viajan hacia Fray Bentos? Absolutamente sí. También viajan miles y miles y miles de toneladas de soja, de carne y de arroz, pero para medir el impacto en la carretera de las miles y miles y miles de toneladas de eucaliptus consideremos que la celulosa representó en el 2013 el 6% de las exportaciones del país y el sector forestal en su conjunto representó un 10%. Ahora bien, el lector motorizado sabe que le cobran una patente y de esa manera la Intendencia arregla las calles que su auto y todos los autos deterioran. Así funcionan las cosas. El primero que inventó una patente en estas tierras fue el Virrey Olaguer Feliú, que cobraba a cada cual según la cantidad de carros que tuviese transitando por Buenos Aires. Como costaba lo suyo trasladar piedras desde Colonia hacia la capital, el Virrey le cobraba también a los cafés (a proporción de su clientela) e inclusive a las canchas de bochas, de bolos y a los billares. Todos pagaban para trasladar piedras y arrojarlas en aquel “lodazal hediondo”, según palabras del Virrey. Así funcionaba el régimen despótico de los reyes españoles. Ahora, progreso mediante, los exportadores del 6% de nuestros productos (6% rápidamente obsoleto habida cuenta que ya se instaló la pastera Montes del Plata) no ponen un peso para arreglar las carreteras que contribuyen a deteriorar, pues gozan de diversas exoneraciones impositivas al igual que el resto del sector forestal. A modo de ejemplo: no pagan impuestos a las exportaciones. Mas el eucaliptus que entra a UPM pagará algún impuesto, razonará el lector. Por lo que sabemos tampoco paga un peso. El que recibe la madera está en un enclave y el que la exporta lo hace a través de un exclave: dos lindas figuras jurídicas para que grandes empresas se instalen en débiles países y hagan pingues negocios pagando escasos impuestos (menos que el almacenero, el quiosquero y cualquier funcionario público). Así que estos empresarios que nos conceden audiencia y nos tironean de las orejas diciéndonos: “Arreglen vuestras carreteras” nos recuerdan a cierto marido que golpeaba a su mujer porque estaba harto de verla desarreglada.
Ahora ¿qué significará “El fundamento de la competitividad consiste en tener suficiente gente lo bastante preparada como para desarrollar esta actividad”? Suponemos que algún tipo de transformaciones deberemos encarar en nuestro sistema educativo, habida cuenta que aparentemente debería tener como ideal supremo preparar operarios para que estas empresas se establezcan en nuestros países. Ya veremos cómo nos adaptaremos a esa exigencia.
Si el lector es de aquellos que respiran ufanos cada vez que se instala una pastera y se plantan eucaliptus por doquier, alégrese con lo siguiente: sólo se ha forestado la cuarta parte de las tierras consideradas de prioridad forestal, que son a su vez la cuarta parte del total de tierras del país. En la proyección de cualquier negocio siempre deben contarse los imponderables, por ejemplo, que se derrumben los precios. Lo que si puede ponderar UPM es que todavía le queda para expandirse, como mínimo, un 75% de las tierras “de prioridad forestal”; que ya ha desarrollado un eucaliptus que sobrevive a las heladas y, certeza de las certezas, el futuro presidente, no importa quién sea, no constituirá un obstáculo para su futura inversión en el país.

(1) http://www.elpais.com.uy/informacion/upm-dijo-estar-interes.html

Anuncios

El solipsismo cuántico, Martin Gardner

Del libro “Orden y Sorpresa”(1983), de Martin Gardner

matrix-nota

El “solipsismo cuántico” es una respuesta al hecho de que la mecánica cuántica (MC) -una teoría matemática universalmente aceptada que describe y predice las propiedades y la conducta de la materia- está saturada de sorprendentes paradojas, las cuales parecen indicar que el mundo externo no tiene una estructura bien definida hasta que la mente lo observa. Fue la teoría cuántica la que estableció, por ejemplo, la doble naturaleza de la luz, que puede ser descrita o bien como una onda energética, o bien como una corriente de cuantos (diminutos paquetes de energía). La MC reemplazó el estricto determinismo causal de la física clásica por leyes estadísticas sobre los sucesos en las que el azar es tan importante que Einstein se vio obligado a protestar, alegando que él no creía que Dios jugase a los dados con el Universo. Aunque las leyes de la MC han sido confirmadas con gran exactitud, también manifiestan lo que el físico Heinz Pagels, en su maravilloso nuevo libro “El código cósmico” llama «el enigma cuántico», que surge del oscuro misterio de lo que sucede cuando la función de onda de un sistema cuántico es «reducida» o «derrumbada» por el acto de la medición.

En la MC, la función de onda es una expresión matemática que describe una partícula (un electrón o un fotón, por ejemplo) o un sistema de partículas (una mo-lécula, o un árbol, o un sistema solar) y cómo cambia en el tiempo. La función de las probabilidades de que, cuando el sistema es medido, ciertas variables -como la posición, la velocidad, el momento, la energía y el spin- adquieran ciertos valores. Las probabilidades no son las mismas que, por ejemplo, arrojar al aire un penique; es sólo nuestra ignorancia de las muchas fuerzas que actúan sobre el penique lo que hace imposible predecir si saldrá cara o cruz con más del 40 por 100 de exactitud. En el caso de la partícula no hay fuerzas en o cerca de la partícula ni «variables ocultas» que le hagan adquirir propiedades definidas cuando es medida. Es como si la naturaleza no tomase ninguna decisión sobre esas propiedades hasta el instante de la medición, y entonces la decisión se toma por puro azar.
Desgraciadamente, la MC también nos dice que tan pronto como una función de onda es reducida a valores definidos por la medición, todo el sistema, que ahora incluye el aparato de medición, adquiere una nueva función de onda que sólo da probabilidades para las propiedades que se hallarán si se mide todo el sistema. Esto conduce directamente a un famoso experimento imaginario conocido como la “paradoja del gato de Schrödinger” (por Erwin Schrödinger, uno de los grandes arquitectos de la MC, quien la planteó por primera vez).
Imaginemos un gato dentro de una caja opaca cerrada. La caja contiene una sustancia radiactiva que tiene un 50 por 100 de probabilidades de emitir un electrón en un intervalo de tiempo determinado. El electrón producirá un clic en un contador Geiger, que a su vez disparará un mecanismo que matará al gato. Puesto que todo el sistema tiene una función de onda que sólo da probabilidades hasta que el sistema es observado, la MC parece decir que al final del intervalo dado el gato no está vivo ni muerto hasta que alguien mire en la caja. Esta observación, entonces, destruye la función de onda, y en ese instante el gato adquiere la propiedad definida de estar vivo o muerto. Antes de la observación, la vida y la muerte están de algún modo, un modo que nadie comprende, mezcladas con igual probabilidad en la ecuación de onda que describe el sistema gato-caja.

Supongamos que la caja es abierta por un amigo de Wigner, quien ve si el gato está vivo o muerto. La caja el gato y el amigo forman ahora un sistema cuántico mayor con una función de onda más compleja en la que el estado del gato y el estado de la mente del amigo son indefinidos hasta que son observados por Wigner o algún otro. Los físicos llaman a esto “la paradoja de amigo de Wigner”. Conduce a un regreso infinito. Si Wigner observa a un amigo que observa al gato, el sistema total de caja-gato-amigo-Wigner sigue siendo indefinido (el gato aún no está vivo o muerto) hasta que es observado por una tercera persona, y así sucesivamente. El regreso a veces es llamado “la catástrofe de Neumann” porque parece seguirse de una formalización clásica de la MC por el gran matemático húngaro John von Neumann.
En su colección de ensayos “Simetrías y reflexiones” (1967), Wigner arguye que el regreso no es infinito. Termina tan pronto como una mente consciente interrumpe la cadena de reducciones de funciones de onda. Sólo una mente, reza su razonamiento, tiene la facultad de introspección que permite saber que «yo estoy en tal o cual estado. Para ser aún más laboriosamente preciso», añade Wigner, es «mi propia conciencia, puesto que soy el único observador, y todas las otras personas son el objeto de mis observaciones». Un amigo que observa al gato sabrá si el animal está vivo o muerto, pero hasta que Wigner observa a su amigo, el gato, para Wigner, aún se halla en un estado indefinido.

Wigner confiesa que encuentra hasta la permanencia de cosas como árboles «profundamente desconcertante». Puesto que un árbol es un sistema cuántico, tampoco parece tener propiedades definidas hasta que su función de onda es reducida por la observación. Ya que para Wigner su propia conciencia es la realidad fundamental, los objetos que están «allí fuera» son poco más que construcciones mentales útiles inferidas de las regularidades de su experiencia. Y cita con aprobación una afirmación de Schrödinger: «¿Sería [el mundo] de otro modo [sin observadores conscientes], una obra representada ante asientos vacíos, sin existir para nadie, y por ende sin existir propiamente?».
La mayoría de los físicos no admiten este solipsismo colectivo. Creen que hay reducciones finales de funciones de onda siempre que se produce un macrosuceso que no puede ser invertido en el tiempo, como la muerte de un gato, el registro en una película de la trayectoria de una partícula en una cámara de burbujas, el sonido que registra el clic de un contador Geiger.

Aunque Wigner raramente invoca a Berkeley, ni a ningún otro filósofo que hubiese abordado problemas similares, sus ideas lo obligan a decir que un árbol no tiene propiedades definidas, y por tanto sólo posee una existencia vaga, hasta que una mente consciente lo percibe.
Wheeler, en numerosos artículos, ha adoptado una posición similar, aunque menos extrema. La MC, dice, en verdad no nos obliga a negar que en el plano subatómico haya un mundo externo de naturaleza precisa, independiente de las mentes. «Ningún fenómeno elemental es un fenómeno mientras no sea un fenómeno observado.» En algún extraño sentido, el Universo es lo que Wheeler llama un «universo participante». No observamos algo allí fuera, detrás de un grueso muro de cristal, dice Wheeler. Debemos hacer añicos el cristal e influir en el estado de lo que vemos.
En la grandiosa visión cosmológica de Wheeler, hay una infinidad de universos oscilantes que nacen continuamente de grandes explosiones y con el tiempo mueren en grandes momentos decisivos. Cada universo tiene su propio conjunto de constantes físicas que surgen por azar de su bola de fuego. Estas constantes deben ser finamente armonizadas para permitir la formación de soles y planetas, y más cuidadosamente aún para permitir la vida. Wheeler cree que, en verdad, la vida es tan improbable que quizá seamos la única vida inteligente que hay en todo el Cosmos. Además, a menos que un universo esté tan finamente armonizado como para permitir la evolución de mentes conscientes, no puede ser observado y, por ende, no es verdaderamente real en ningún sentido fuerte. Un fotón no observado tiene un vago género de realidad, sí; mas para Wheeler es una realidad de un «matiz más pálido y teórico» que la realidad de un fotón observado.

La última cita es del libro de Wheeler “Fronteras del tiempo” (1978). En este libro y en otras partes, propone un nuevo y fantástico experimento imaginario conocido como “la prueba de la elección postergada”. Es una variación del famoso experimento de una pantalla con dos ranuras. Un fotón pasa por una ranura (como una partícula) si es medido por un tipo de detector, o por dos ranuras (como una onda) si es medido por otro detector, un experimento que demuestra la doble naturaleza de la luz. Supongamos, dice Wheeler, que esperamos a que el fotón haya pasado por la pantalla y luego decidimos rápidamente cuál detector usar. ¿No determinará nuestra decisión cuál de dos sucesos (el paso por una o por dos ranuras) tuvo lugar en el pasado?
No hay ninguna alteración del pasado, aclara Wheeler, sino una creación del pasado. Nuestra elección del instrumento de medida determina si el fotón ha penetrado en la pantalla como una partícula que pasa por una ranura o como una onda que pasa por dos ranuras. Pero esto, dice Wheeler, es un modo engañoso de plantearlo. ¡El fotón no tiene ningún pasado preciso hasta que lo medimos! Quizá todo el Universo es como un experimento de elección postergada. Comienza con la singularidad de la Gran Explosión, luego crece y se hace más complejo hasta que finalmente crea un ojo gigantesco (nuestra conciencia) mediante el cual se observa a sí mismo, y de este modo «imparte una realidad tangible aun a los primeros días del Universo».

En los últimos años, Wheeler ha declarado su creencia de que la «observación» en MC no necesita involucrar una mente. Puede hacerse con instrumentos, como un contador Geiger, una cámara de burbujas, un grano de bromuro de plata, la retina de un ojo, etc. Los registros dejados por tales mediciones son macroestructuras tan inalterables por las mentes como las rocas y los árboles. Sólo en el micronivel una estructura no observada tiene una realidad de un matiz más pálido y mas teórico. Como Niels Bohr antes que él, Wheeler no lleva su solipsismo hasta el punto wigneriano de sentirse desconcertado por la persistencia de rocas y arboles. Sin embargo, en el plano cuántico, que es subyacente a toda otra cosa, para Bohr y para Wheeler la realidad sigue siendo algo sin forma hasta que entra en interacción con macroobjetos que finalmente serán observados por mentes.
Ningún físico niega que una partícula cuántica es una cosa fantasmal para la que es imposible construir modelos coherentes usando el espacio-tiempo de la física einsteiniana clásica. Hay un sentido en el que un electrón no «existe» hasta que no es medido. Nadie sabe si su función de onda está ligada a ondas tan reales como las ondas de agua o de sonido, o si la función es tan ficticia como la función de probabilidad que nos dice que un dado presentará cualquier cara con igual probabilidad cuando se lo arroja, o si la función describe un tercer tipo de cosa que todavía nadie comprende. Pero del carácter fantasmal de un electrón no se sigue, al menos para la mayoría de los físicos, que una piedra o un árbol sean igualmente fantasmales.

La idea de Wheeler y Wigner según la cual de un universo sin observadores conscientes no puede decirse que existe en un sentido fuerte, en su nivel fundamental, sin duda plantea muchas dificultades. ¿Tiene un chimpancé suficiente conciencia para dar plena realidad a un universo? Y si la tiene un chimpancé, ¿por que no un pájaro o un pez? Como señaló Einstein en uno de los seminarios de Wheeler en Princeton, «es difícil creer que tal descripción [la MC] sea completa. Parece dar al mundo un carácter totalmente nebuloso a menos que alguien, como un ratón, lo esté mirando».
Supongamos que el mecanismo de la caja de Schrödinger no mata al gato sino que sólo le corta una oreja. ¿Es la conciencia del gato bastante fuerte para cortar la cadena de las reducciones de la función de onda o se necesita una mente humana para hacer definido lo que le ocurrió al gato? ¿Debemos decir que el Universo sólo era parcialmente real antes de que apareciera la vida y que se está haciendo lentamente cada vez más real a medida que la vida evoluciona hacia formas superiores de conciencia?

En años recientes, como resultado de nuevos experimentos, se ha producido un acentuado renacimiento del interés por otra famosa paradoja de la MC. Se la conoce como “la paradoja de EPR”, por las iniciales de Einstein y dos jóvenes amigos suyos, Boris Podolsky y Nathan Rosen, quienes escribieron en colaboración un artículo sobre ella en 1935. La paradoja de EPR tiene muchas variantes. Una de las más simples involucra a dos fotones que se alejan velozmente en direcciones opuestas cuando un electrón y su equivalente de antimateria, un positrón, se aniquilan mutuamente. Por mucho que se alejen -pueden estar a millones de años-luz- permanecen «correlacionados», en el sentido de que algunas de sus propiedades tienen valores opuestos. Por ejemplo, si se mide el spin del fotón A y el resultado es 1, el spin del fotón B debe ser -1. Recuérdese que una partícula no tiene un spin definido antes de ser medido. De acuerdo con la MC, la función de onda del fotón establece que en el momento de la medición la naturaleza decide darle un spin más o menos, con igual probabilidad. Así, si medimos una corriente de fotones, obtenemos una serie de spins más y menos que se hallan tan distribuidos al azar como las series de caras y cruces obtenidas lanzando al aire una moneda. Estamos ahora en una terrible situación. ¿Cómo puede la medición del fotón A destruir la función de onda de B (dándole un spin opuesto al de A), que puede hallarse a millones de años-luz y no está conectado de ningún modo causal conocido con su gemelo?

Muchos físicos esperaban y creían que las dos partículas seguían correlacionadas a causa de variables ocultas en el interior o cerca de ellas, como la correlación entre dos discos en rotación que son arrojados simultáneamente en direcciones opuestas, uno con cada mano. ¡Ay!, experimentos que contradicen un hermoso pero sumamente complejo teorema descubierto en 1965 por John Bell han descartado todas las variables ocultas como explicación de la correlación de partículas.
El teorema de Bell brindaba un modo de poner a prueba la paradoja de EPR en el laboratorio, y desde 1965 muchas de tales pruebas han confirmado la paradoja. Una de ellas era un nuevo y complicado experimento de un científico francés del que se informó en el número del 30 de julio de Science. Ya no se trata de un experimento imaginario. De algún modo una partícula «sabe» instantáneamente (o casi instantáneamente) el resultado de una medición de la otra partícula. Esto no viola en modo alguno la regla de la relatividad de que la energía y las señales no pueden ir más rápidamente que la luz. No se puede enviar un mensaje codificado mediante fotones correlacionados, como no se puede enviar un mensaje transmitiendo una sucesión de caras y cruces obtenidas lanzando al aire una moneda. Si hubiese algún modo de obligar a un fotón a adquirir un spin deseado cuando se lo mide, sería fácil usar las correlaciones de fotones para enviar mensajes cifrados más rápido que la luz. Pero la MC prohibe tal imposición porque destruiría el carácter irreductiblemente fortuito que está en el corazón de la teoría cuántica.

Sin embargo, la paradoja de EPR sugiere que partes distantes del Universo están conectadas de algún modo peculiar aún no conocido, modo que permite a la información cuántica desplazarse a mayor velocidad que la de la luz. La explicación más extraña propuesta hasta ahora la dio Costa de Beauregard, un respetado físico francés que comparte con Brian Josephson (el ganador irlandés del Premio Nobel que abandonó la física hace muchos años para investigar la Meditación Trascendental y los fenómenos paranormales) la creencia de que la MC es la clave de los presuntos fenómenos de la parapsicología. La información cuántica, dice Beauregard, viaja hacia atrás en el tiempo desde el fotón A, cuando es medido, al instante en que las dos partículas fueron creadas. Luego avanza en el tiempo hasta el fotón B, ¡y llega a él en el preciso momento en que abandona a A!

La paradoja de EPR perturbó profundamente a Einstein. Que la medición de una partícula pudiese destruir la función de onda de otra partícula situada a muchos kilómetros de distancia le parecía tan absurdo como la muerte de una persona en París cuando un brujo de Haití apuñala una muñeca. Y había otros aspectos de la MC que lo perturbaban. Como discípulo de Spinoza, quien creía que todo suceso de la naturaleza está completamente determinado por causas anteriores, Einstein no podía tolerar el azar absoluto en el corazón de la MC. Pero sobre todo objetaba a la MC que pareciese implicar en su nivel fundamental que el Universo no tiene una estructura independiente de las mentes humanas.
Durante las últimas décadas de la vida de Einstein, sus recelos hacia la MC lo aislaron de sus colegas, quienes hablaban con tristeza de su «líder perdido». Hoy, cuando la paradoja de EPR está siendo espectacularmente confirmada en el mundo, algunos físicos están empezando a preocuparse por ella tanto como Einstein. ¿Es posible que las intuiciones del viejo maestro no fuesen tan descabelladas, después de todo? En todo caso, muchos jóvenes físicos están trabajando ahora en ingeniosas teorías destinadas a reemplazar a la MC por una teoría más profunda en la que la MC se convierta en un caso límite, un poco como la teoría de la gravitación de Newton se convirtió en un caso límite de la relatividad general. Las leyes de Newton son adecuadas para las velocidades y masas ordinarias de la Tierra. Pero no son suficientemente exactas para explicar fenómenos donde intervienen estrellas masivas y velocidades cercanas a la velocidad de la luz.

En varios artículos recientes Wheeler ha comparado el problema de la medición en la MC con un juego de Veinte Preguntas que antaño jugaba con un grupo de divertidos amigos. Sin saberlo Wheeler, habían convenido no tener ninguna palabra en la mente cuando él empezase a preguntar. Respondían sí o no al azar, pero con la condición de que cada uno tuviese al menos una palabra en la mente que se adecuase a todas las preguntas anteriores. Luego Wheeler y el grupo llegaron a aislar la palabra «nube». El quid es que, en los términos del juego, la palabra no existía hasta que era creada por la interacción de Wheeler con sus amigos.
Me parece que la analogía sólo se aplica a propiedades de partículas, no a la realidad que está detrás de esas propiedades. En verdad, una partícula puede no tener ninguna posición o momento precisos hasta que es medida. Hasta puede no tener un camino exacto en el pasado. Pero a menos que se sea un solipsista extremo, uno debe creer en algún tipo de realidad estructurada que da soporte a las propiedades y que sea tan independiente de la mente como los árboles que nadie observa.
Consideremos un arco iris. Es tan dependiente de un observador como un electrón. No hay nada «allí fuera» que merezca ser llamado el arco iris. Cada persona ve un arco diferente, un arco que no tiene ninguna posición en el espacio hasta que es observado. En cierto sentido, el arco no tiene ninguna realidad aparte de su observación. Por otro lado, el arco es independiente de la mente, en el sentido de que puede ser fotografiado. Es una forma que reposa firmemente en una estructura de relaciones entre gotas de lluvia que caen, luz del sol y un ojo o la lente de una cámara fotográfica. Aun el verde de una hoja depende de un conjunto de relaciones entre la hoja, la luz y un observador. Esto en modo alguno justifica un solipsismo que afirme la irrealidad de la hoja hasta que sea observada, o que las ondas y partículas cuánticas no tienen realidad alguna mientras no son observadas.

He aquí cómo consideraba Einstein, en un ensayo sobre «Física y Realidad», el modo en que los científicos elegían sus palabras cuando jugaban al juego de las preguntas con la naturaleza: «Pero la libertad de elección es de un tipo especial; no es en modo alguno similar a la libertad de un escritor de ficción. En cambio, es semejante a la de un hombre empeñado en resolver un crucigrama bien elaborado. Puede, es verdad, proponer como solución cualquier palabra; pero sólo una palabra que realmente resuelve el acertijo en todas sus formas. Es un acto de fe el que la naturaleza -tal como es perceptible por nuestros cinco sentidos- adopte el carácter de un crucigrama tan bien formulado. Los éxitos alcanzados hasta ahora por la ciencia, en verdad, dan cierto estímulo a esa fe».
Ningún físico duda de que en los microniveles abundan los enigmas cuánticos. Ello surge del hecho de que las ondas de la MC son ficciones matemáticas, ondas abstractas de probabilidad en espacios multidimensionales construidos exclusivamente para describir sistemas cuánticos. Qué tipo de realidad está detrás de esas ondas y cómo está estructurada, nadie lo sabe. Pero la mayoría de los físicos están de acuerdo con Pagels en que sólo el micromundo es misterioso. «Una vez que la información sobre el mundo cuántico es irreversible en el mundo macroscópico -escribe-, podemos a buen seguro atribuirle una significación objetiva: no puede volver sigilosamente al país de fantasía del cuanto.»

El mito del incendio de la biblioteca de Alejandría por los árabes

El mito del incendio de la biblioteca de Alejandría por los árabes

Ricardo Shamsuddín Elía
http://www.elcorresponsal.com/

alejandria_biblioteca

La historia está poblada de leyendas y fábulas que resisten el paso del tiempo. Alguien dijo, con razón, que los historiadores, a fin de evitarse las molestias de las averiguaciones, se copian los unos a los otros. De manera que las leyendas siguen haciendo parte de la historia, pero ninguna de ellas ha tenido la tenacidad de aquella relativa al incendio de la biblioteca de Alejandría por los musulmanes. Esta falsedad ha sido repetida, de siglo en siglo, hasta el cansancio, en todos los idiomas. Hasta un escritor como Jorge Luis Borges incursionó poéticamente sobre el tema. La que sigue es una sucinta exposición fundamentada en las investigaciones de historiadores y científicos que logran precisar el origen y la razón de la falsificación.

Alejandría fue fundada cerca del delta del Nilo por Alejandro el Grande el 30 de marzo de 331 antes de Cristo. Ptolomeo I Soter (el ‘Salvador’), que había sido uno de los mejores generales de Alejandro, inició en Egipto una dinastía de sangre griega de la cual la famosa Cleopatra sería su último soberano.

Según lo manifiesta el obispo griego san Ireneo (c.130-c.208), Ptolomeo fundó en Alejandría, en el barrio del Bruquión, cerca del puerto, la que sería conocida como la Biblioteca-Madre, y ordenó la construcción del Faro, una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. Su hijo, Ptolomeo II Filadelfos (‘Amigo como Hermano’), llevó a cabo el proyecto de su padre construyendo el Faro y el Museo, este último considerado como la primera universidad del mundo en su sentido moderno, y además compró las bibliotecas de Aristóteles y Teofrasto, reuniendo 400.000 libros múltiples (symoniguís) y 90.000 simples (amiguís), como lo asevera el filólogo bizantino Juan Tzetzes (c.1110-c.1180) basado en una ‘Carta de Aristeas a Filócrates’ que data del siglo II a.C.

Por entonces los manuscritos se escribían sobre láminas de papiros, un vegetal muy abundante en Egipto, que crece en las adyacencias del Nilo. Según nos informa Plinio el Viejo (23-79) en su Historia Natural, a causa de la rivalidad de la Biblioteca de Pérgamo con la Biblioteca de Alejandría, Ptolomeo Filadelfos prohibió la exportación de papiro; en consecuencia, en Pérgamo se inventó el pergamino; éste se conseguía preparando la piel de cordero, de asno, de potro y de becerro, y cuando más lisa y suave fuera la piel que se utilizaba, más se la apreciaba. El pergamino era más resistente que la hoja de papiro y además ofrecía la ventaja de que se podía escribir sobre ambos lados.

Ptolomeo III Everguétis (el ‘Benefactor’) será el fundador de la Biblioteca-hija en el Serapeum (templo dedicado a Serapis, una divinidad que deriva de la unión de Osiris y Apis identificada con Dionisos), en la Acrópolis de la colina de Rhakotis, que sumará 700.000 libros, según el escritor latino Aulio Gelio (c.123-c.165). Esta finalmente reemplazará a la Biblioteca-madre a fines del siglo I a.C., luego del incendio provocado durante las luchas entre los legionarios de Julio César y las fuerzas ptolemaicas de Aquilas, entre agosto del 48 y enero del 47 a.C. en el puerto de Alejandría.

Durante el siglo IV d.C., luego de la proclamación del cristianismo como la religión oficial del imperio romano, la seguridad de los santuarios griegos comenzó a ser amenazada. Los viejos cristianos de la Tebaida y los prosélitos odiaban la Biblioteca porque ésta era, a sus ojos, la ciudadela de la incredulidad, el último reducto de las ciencias paganas. Por esa época parecía impensable que un siglo antes allí hubiera estudiado y formado cientos de discípulos un filósofo como Plotino (205-270), fundador del neoplatonismo.

La situación se tornó particularmente crítica durante el reinado de Teodosio I (375-395), el emperador que no aceptó tomar el título pagano de pontífice máximo y que trató de acabar con la herejía y el paganismo. Por orden de Teófilo, obispo monofisita de Alejandría, que había peticionado y conseguido un decreto imperial, el Serapeum, el complejo que contenía la preciosa biblioteca y otras dependencias fueron destruidos y saqueados. “Tras el edicto del emperador Teodosio I en el año 391, mandando cerrar los templos paganos, esta magnífica Biblioteca-hija pereció a manos de los cristianos en el 391, fecha de la violenta destrucción e incendio del Serapeum alejandrino; las llamas arrasaron allí la última y fabulosa biblioteca de la Antigüedad. Según las Crónicas Alejandrinas, un manuscrito del siglo V, fue el patriarca monofisita de Alejandría, Teófilo (385-412), conocido por su fanático fervor en la demolición de templos paganos, el destructor violento del Serapeum” (Pablo de Jevenois: “El fin de la Gran Biblioteca de Alejandría. La leyenda imposible”, en Revista de Arqueología, Madrid, 2000, p. 37).

El renombrado historiador y teólogo visigodo Paulo Orosio (m. 418 d.C.), discípulo de san Agustín, en su Historia contra los paganos, certifica que la biblioteca alejandrina no existía en 415 d.C.: “Sus armarios vacíos de libros… fueron saqueados por hombres de nuestro tiempo”.

Su desaparición significó la pérdida de aproximadamente el 80% de la ciencia y la civilización griegas, además de legados importantísimos de culturas asiáticas y africanas, lo cual se tradujo en el estancamiento del progreso científico durante más de cuatrocientos años, hasta que felizmente sería reactivado durante la Edad de Oro del Islam (siglos IX-XII) por sabios de la talla de ar-Razi, al-Battani, al-Farabi, Avicena, al-Biruni, al-Haytham, Averroes y tantos otros.

Mitómanos y detractores

Entre la avalancha de acusaciones que señalan a los árabes musulmanes como los autores de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, hemos seleccionado tres ejemplos. El primero se refiere a la nota titulada “¡Prendan fuego!”, firmada por Belisario Segón y aparecida en El Tribuno de Salta (domingo 23 de febrero de 1986, pp. 4 y 5). De la misma extractamos estos párrafos: “Ese ejercicio perverso de prender fuego al saber escrito -pretextando cualquier motivo de tipo religioso, racial, político o ideológico- pasó a la historia con el nombre de ‘omarismo’ (…) ¿Cuándo nace el ‘omarismo’? Probablemente con la quemazón de la Biblioteca de Alejandría. Se sabe que la incineración de sus libros respondió a un programa de gobierno cuyo jefe -en ese entonces dueño de un gran imperio- fue el califa Omar. Él, al mando de un ejército de 4.000 hombres, en nombre de Mahoma, entró a conquistar Egipto en el año 640. (…) Cuando llegó a tomar Alejandría, el oficial que comandó la patrulla que allanó la célebre biblioteca, el ignorante Amrú, se dirigió a Omar y le detalló la cantidad de libros existentes. Sin ninguna curiosidad por los legendarios y miles de papiros que había en los cientos de estantes, Omar -semianalfabeto y rudo- le espetó la siguiente frase a su miliciano: ‘Si esos escritos están conformes con el Corán, son inútiles, y si ocurre lo contrario no deben tolerarse’. Entonces Amrú, dando voces de mando, salió a quemar la Biblioteca de Alejandría, como venganza de los árabes que veían en sus guerras santas el reinado de Dios. Los volúmenes y papiros fueron extraídos del edificio y enviados a las calderas de los baños de la ciudad. Sirvieron de combustible durante seis meses, perdiéndose el tesoro de la humanidad más preciado: los manuscritos originales de los mejores pensadores griegos, judíos y egipcios. El ‘omarismo’ había logrado su objetivo gracias a un grupo de sarracenos fanatizados. (…) El fanatismo de Omar, ¿hasta cuándo seguirá acechando a las obras maestras escritas y a las bibliotecas de todos los tiempos?”.

El segundo ejemplo fue publicado por el matutino Clarín (martes 25 de septiembre de 1990), en su suplemento de Ciencia y Técnica (p. 3), con el título “¡Algo se quemó en Alejandría!” y la signatura del articulista Leonardo Moledo, que dice cosas como éstas: “La calurosa costumbre de quemar libros dista de ser un invento moderno. La Biblioteca de Alejandría, que fue la más grande de la antigüedad, terminó su larga vida al ser incendiada por el califa Omar en el año 644, que lo hizo basándose en un curioso argumento: ‘Los libros de la biblioteca o bien contradicen al Corán, y entonces son peligrosos, o bien coinciden con el Corán, y entonces son redundantes. Este razonamiento notable, que fue objeto de un exquisito comentario del filósofo argentino Tomás Simpson, costó a la memoria humana una buena cantidad de obras irrecuperables”.

El último ejemplo son los versos finales del poema de Borges que lleva por título “Alejandría, 641 A.D.” (J.L. Borges: Obra Poética, Emecé, Buenos Aires, 1977, pp. 507-508):

En el siglo I de la Hégira,
Yo, aquel Omar que sojuzgó a los persas
Y que impone el Islam sobre la tierra,
Ordeno a mis soldados que destruyan
Por el fuego la larga Biblioteca…

Los inventores de la leyenda

El profesor Mustafá el-Abbadi, doctorado en la Universidad de Cambridge y director de la Nueva Biblioteca de Alejandría, es el especialista que ha analizado concienzudamente los pormenores de la invención, esclareciendo acabadamente sobre los personajes y móviles que la fraguaron: “En el año 642, el general árabe Amr conquistó Egipto y ocupó Alejandría. Los acontecimientos del comienzo de la conquista árabe han sido relatados por historiadores de ambos bandos, tantos árabes como coptos y bizantinos. Sin embargo, durante más de cinco siglos después de la conquista no se puede encontrar ninguna referencia a una biblioteca de Alejandría bajo la dominación árabe. De repente, a principios del siglo XIII, encontramos un relato en el que se describe cómo Amr había quemado los libros de la antigua biblioteca de Alejandría” (Mustafá el-Abbadi: La Antigua Biblioteca de Alejandría. Vida y destino, Unesco, París-Madrid, 1994, p. 184).

Seguidamente, el profesor El-Abbadi se refiere a dos escritores árabes que, por razones estrictamente relacionadas a su tiempo, se encargaron de fabricar los argumentos que darían pie a la leyenda. Uno es Abdulatif al-Bagdadi, nacido y muerto en Bagdad (1162-1231); el otro es Ibn al-Qifti, nacido en Qift (la antigua Coptos), Alto Egipto, en 1172, y fallecido en Alepo en 1248. Sobre Abdulatif dice El-Abbadi que “era un gran médico que residió en Siria y Egipto hacia el 1200 (565 de la Hégira). A raíz de su visita a Alejandría cuenta en un texto confuso que vio el gran pilar (normalmente llamado el Pilar de Pompeyo), alrededor del cual se encontraban otras columnas. Entonces añade una opinión personal: “Creo -dice- que se trataba del emplazamiento del pórtico donde Aristóteles y sus sucesores impartían sus enseñanzas; era el centro de estudio creado por Alejandro cuando fundó la ciudad; ahí se encontraba el almacén de libros que fue incendiado por Amr, por orden del califa Omar [Viaje a Egipto, Ifada wa I’tibar]. Es evidente que lo que Abdulatif dice a propósito de Aristóteles y Alejandro es incorrecto; el resto de sus afirmaciones acerca del incendio del depósito de libros no está documentado y por lo tanto no tiene valor histórico.” (El Abbadi: Op. cit., p. 185).

Vale recordar que Aristóteles nunca estuvo en Alejandría y que cuando Alejandro fundó su primera Alejandría delante de la isla de Faros, no vería ningún edificio pues partió rápidamente hacia el oasis de Siwa para luego continuar con su expedición al Asia Central y la India. La clave de esta fábula es, sin embargo, Ibn al-Qifti. Éste relata que había un cura copto llamado Juan el Gramático que presenció la ocupación de Alejandría por los musulmanes y trabó amistad con Amr Ibn al-‘Ãs al-Quraishi (594-663) -el fundador de al-Fustat (origen urbano de El Cairo)-, a quien solicitó el acceso a los libros de sabiduría que pudieran encontrarse en el tesoro real de los bizantinos, negándose Amr a disponer de tales libros sin la autorización del califa Umar Ibn al-Jattãb (591-644), la que solicitó por carta, recibiendo la respuesta conocida.

Ibn al-Qifti comete una acronía al ubicar a Juan el Gramático a mediados del siglo VII. Éste, también llamado Juan Filopón (Philoponos), había sido un filósofo y gramático griego cristiano que vivió entre 490 y 566 y jamás pudo estar con vida en Alejandría en 641. Dice El-Abbadi: “Más importante es el segundo relato, mucho más completo, que Ibn Al-Qifti proporciona en su Historia de los Sabios (en el siglo XIII d.C. o siglo VII de la Hégira)… Amr ordenó entonces repartir los libros entre los baños de Alejandría para que fueran utilizados como combustible para la calefacción, se requirieron seis meses para quemarlos.” “Escuchad y maravillaos”, concluye el autor.

Después de Ibn Al-Qifti, otros autores árabes repitieron su relato, a veces entero, a veces de forma abreviada. No fue conocido en Europa hasta el siglo XVII, cuando dio pie a una polémica sobre la autenticidad de todo el relato. Éste ha sido criticado en numerosas ocasiones, aunque apenas hay dudas de que J.H. Butler, también arabista, era el historiador más calificado para formular objeciones [J.H. Butler: The Arab Conquest of Egypt, Oxford, 1902; 2ª ed., P.M.Fraser, 1978, pp. 400 y ss.] … A partir del siglo IV los libros solían ir escritos sobre pergamino, que no arde. El móvil del uso económico, consistente en quemar los libros para calentar los baños públicos, revela el carácter ficticio de toda la historia” (El-Abbadi: Op. cit., pp. 186-187).

Analicemos hasta qué punto son absurdos los argumentos de esta leyenda. Se pretende que el número de los baños que fueron calentados por los volúmenes de la biblioteca eran cuatro mil. Por consiguiente, si se hubieran destruido veinte volúmenes solamente por baño y por día, el total luego de seis meses sería de 14 millones cuatrocientos mil volúmenes. Ahora bien, si los baños de Oriente tenían piscinas de agua caliente a sesenta grados, es totalmente imposible que veinte volúmenes puedan dar el número necesario de calorías; y si tenemos que multiplicar por cinco, como ejemplo, el número de volúmenes de cada baño, se pasará al límite del desatino. Tengamos presente que el número mayor de volúmenes que albergó la biblioteca alejandrina fue de setecientos mil, y es probable que ésa sea incluso una cifra un poco exagerada.

Ahora veamos el resto de la investigación del profesor El-Abbadi que nos conducirá a una insospechada conclusión: “Primeramente, el pasaje relativo a Juan el Gramático esta extraído casi literalmente de la obra de Ibn Nadim [que vivió en Bagdad entre 936-c.995/998, autor del famoso Kitab al-Fihrist, ‘El Libro de los índices’]… Es significativo que Al-Nadim hubiera consignado todos los detalles tomados por Al-Qifti sobre la vida de Juan el Gramático, incluyendo su relación con Amr; pero no menciona la conversación sobre la biblioteca… en cuanto al pasaje relativo al divertido intercambio de mensajes entre Amr y el califa, y el modo tan utilitario de emplear los libros para calentar los baños, no se encuentra ninguna fuente más antigua. Esto muestra que, hasta el siglo XII, los escritores árabes y bizantinos se interesaban por la Biblioteca de Alejandría y su historia, pero ninguno de ellos tenía constancia de que hubiera sobrevivido hasta la conquista árabe. Es, por lo tanto, razonable pensar que sólo el tercer pasaje, el que se refiere a los libros arrojados al fuego por Amr, es una invención correspondiente al siglo XII (siglo VII de la Hégira).

Para confirmar esta suposición, hay que aportar dos precisiones. ¿Qué acontecimiento se produjo en el siglo XII que pudiera suscitar un repentino interés por el destino de la Biblioteca de Alejandría y que se llevara a responsabilizar a Amr de su destrucción? Por otra parte, ¿por qué después de un total silencio de más de ocho siglos tras la destrucción del Serapeum, Ibn Al-Qifti se muestra tan deseoso de contar tal historia con todo lujo de detalles?

Para responder a la primera pregunta, debemos recordar que los siglos XI y XII (siglos V y VI de la Hégira) fueron una época decisiva en la historia de las Cruzadas y determinante en la historia del mundo. Es en esos dos siglos cuando se decide el futuro de la historia del mundo… Por entonces ya se sabía que, en las grandes ciudades del mundo musulmán, había bibliotecas célebres que reunían gran cantidad de libros y, concretamente, antiguos libros griegos… La traducción del árabe al latín se convirtió en un elemento clave para el renacimiento del saber, y muchas obras de los clásicos griegos fueron conocidas indirectamente en Europa gracias a traducciones árabes. Además de las obras de Euclides, las de Hipócrates y las de Galeno, la Almagesta de Ptolomeo, las de Aristóteles con los comentarios de Avicena, las de Averroes y muchas otras fueron sistemáticamente investigadas y traducidas del árabe al latín en Occidente, durante los siglos XII y XIII.

Durante esa época, la situación de los libros y de las bibliotecas en el Oriente musulmán fue totalmente diferente. Algunos incidentes ocurridos en tiempos de las Cruzadas, en los siglos XI y XII, tuvieron como consecuencia la destrucción de las bibliotecas. El primer hecho de este tipo tuvo lugar durante la gran hambruna que azotó Egipto hacia 1070 (460 de la Hégira): el califa fatimita Al-Mustansir se vio obligado a poner en venta miles de libros de la Gran Biblioteca Fatimita de El Cairo para pagar a sus soldados turcos. En cierta ocasión vendió “18.000 libros relacionados con las ciencias antiguas”…

Tras establecer su poder en Egipto, Saladino necesitaba mucho dinero para proseguir sus campañas contra los cruzados y pagar a quienes le habían ayudado o servido. Por eso ofreció o puso en venta muchos de los tesoros que había confiscado. Sabemos que en dos ocasiones las colecciones de las bibliotecas públicas figuraron entre estos tesoros… Según Maqrizi [historiador nacido en el Líbano en 1365 y muerto en Egipto en 1442, autor de al-Jitat, ‘El Catastro’], después de que Saladino conquistara Egipto (1171, 567 de la Hégira), anunció la distribución y venta de los enseres de la célebre biblioteca fatimita… El hecho aparece confirmado por los detalles aportados por Abu Shama [historiador damasquino que vivió entre 1203-1268, autor de Kitab ar-Raudatein fi ajbar al-daulatein, ‘Libro de los dos jardines’], quien cita a uno de los ayudantes de Saladino, Al’Emad, que indicó que la biblioteca contenía en aquella época “120.000 volúmenes encuadernados en cuero de los libros inmortales de la antigüedad…; ocho cargamentos de camello transportaban parte de estos libros hasta Siria”. Así fue como Saladino liquidó los restos de una biblioteca que antaño, según Abu Shama, había contenido más de dos millones de volúmenes, antes de que los fatimitas empezaran a venderlos… De todo esto se deducen dos puntos importantes. En primer lugar, había un importante aumento de la demanda de libros en Occidente en la época de las Cruzadas, en concreto en el siglo XII, un período en el que Europa recupera el gusto por el saber y que ha sido llamado protorrenacimiento… El segundo aspecto sorprendente es la tristeza que se desprende de los relatos, y que se traduce en el sentimiento generalizado de rencor y descontento ante la pérdida de tan preciado patrimonio de sabiduría. Saladino fue punto de mira de amargas críticas, en particular de algunos supervivientes del antiguo régimen, a los que temía y que intentó eliminar. En consecuencia, era necesario que los partidarios del nuevo orden se movilizasen para defenderlo y justificar los actos del nuevo soberano. Sin duda fue por eso por lo que Ibn Al-Qifti [su padre había servido a Saladino como juez en Jerusalén y él mismo fue juez en Alepo desde 1214] hizo figurar en su Historia de los Sabios el fantasioso pasaje de la orden dada por Amr de utilizar los libros de la Antigua Biblioteca de Alejandría como combustible para calentar los baños públicos de la ciudad, con lo que daba a entender que es menor crimen el vender los libros en una situación de necesidad, que arrojarlos al fuego” (El-Abbadi: Op. cit., pp. 188-196).

La versión de Abulfaragius

Iuhanna Abu al-Farag Ibn al-Ibri (1226-1289), latinizado Abulfaragius Bar Hebraeus (‘el hijo del hebreo’), era hijo de un médico judío, Aarón de Malatia (hoy Turquía), que se hizo cristiano. En 1264 fue nombrado mafrián, arzobispo de los jacobitas orientales; su asiento estaba en Mosul (Irak), sin embargo, habitaba las ciudades iraníes de Tabriz y Maragha, donde residían los emperadores mogoles. Bar Hebraeus es autor de una voluminosa obra de la historia de Siria, país donde residió largo tiempo, y otra conocida en Occidente como “Historias de las Naciones” (History of Nations, traducida por Edward Pococke, Oxford, 1665; 2ª ed. 1806). Su obra, incongruente y contradictoria, no es para nada confiable. Los historiadores europeos de los siglos XVII y XVIII especializados en temas árabes e islámicos como Gibbon, Ocley, Gagnier, Boulainvilliers o Niebuhr sólo tomaron en cuenta sus descripciones geográficas y culturales, obviando sus comentarios sobre los hechos políticos, por lo general insubstanciales e indocumentados.

Los modernos investigadores señalan a este conspicuo representante monofisita como el propagador principal del mito de la quema de la biblioteca alejandrina por los árabes, que sirvió durante cierto tiempo para echar una columna de humo sobre la identidad del verdadero responsable, su correligionario Teófilo: “El hecho es que se trata de una invención tardía, con fines de desprestigio político, tejida en el siglo XIII, 600 años más tarde de la conquista árabe de Egipto y en plenas Cruzadas; su súbita aparición coincide con la breve conquista de Alejandría y Egipto por San Luis IX (1249-50), en la VII Cruzada, lo que despertaría el interés por la ciudad legendaria y reavivaría la memoria de la pavorosa destrucción por los cristianos monofisitas de la Biblioteca-Hija de Alejandría, la última gran biblioteca de la Antigüedad. El mismo siglo XIII que vio además a los últimos cruzados abandonar el Medio Oriente, tras el fracaso de la VII Cruzada y las victorias de Baybars, el sultán mameluco de Egipto, en 1260. Quien propagó la leyenda fue un enciclopedista sirio monofisita, Aboul Farag Ibn al-Ibri, monje de Antioquía, obispo de Lakabin a los veinte años, más tarde de Alepo y Primado de la comunidad cristiana oriental hasta su muerte (…) Su acusación aparece inserta en su Specimen Historiae Arabum, dentro de su obra más famosa, Chronicon Syriacum, historia universal desde Adam hasta su tiempo, escrita en siríaco, con un resumen en árabe. (…) El relato finaliza acusando al general Amru de haber quemado entonces los miles de libros de la famosa Biblioteca de Alejandría por orden del califa Omar, haciéndole a él y a su pueblo responsable ante la Historia de semejante hecatombe cultural. Así nació la versión imposible de la leyenda, a fines del medievo, en el siglo XIII. (…) Esta singular afirmación de Abulfaragius es un hapax legomenon, apareciendo una sola vez en todo el medievo. Incluso única en su género, provocaría la difusión en Occidente de la famosa leyenda atribuyendo el incendio de la Gran Bibloteca a sus más encarnizados enemigos de la época, a la religión rival monoteísta que llegaba triunfante del fondo del desierto arábigo. (…) La leyenda, sesgada y falsa, ignora completamente la afirmación del obispo de Constancia y padre de la Iglesia, Epiphanios (315-403), en su Patrología Graeca, quien afirmaba que “… el lugar de Alejandría donde una vez estuvo la Biblioteca, ahora es un páramo”. (…) Por tanto, la leyenda es, efectivamente, una fábula inventada, un engaño imposible que no resiste ni un somero análisis crítico. Los árabes nunca incendiaron la Gran Biblioteca de Alejandría; sencillamente porque, cuando llegaron en el siglo VII, ya hacía cientos de años que no existía” (Pablo de Jevenois: Op. cit, pp. 27, 28, 32 y 41).

En realidad, Abulfaragius no fue nada original y no hizo otra cosa que repetir las historietas de Abdulatif de Bagdad e Ibn al-Qifti ya explicadas.

Gustavo Le Bon (1841-1931), el islamólogo francés, añade que “Amru se mostró indulgente con los habitantes de la gran ciudad, y no sólo les evitó todo acto de violencia sino que procuró ganarse su voluntad, escuchando todas sus reclamaciones y procurando satisfacerlas. En cuanto al pretendido incendio de la biblioteca de Alejandría, semejante vandalismo eran tan impropio de las costumbres de los árabes, que cabe preguntarse cómo tan disparatada leyenda ha podido hallar crédito durante tanto tiempo entre muchos escritores formales (…) Ha sido facilísimo demostrar por medio de citas muy claras, que muchos antes de los árabes, los cristianos habían destruido los libros paganos de Alejandría con el mismo tesón conque habían destruido las estatuas, y por consiguiente que Amru no quemó ni halló libros que quemar” (G. Le Bon: La Civilización de los Arabes, Editorial Arábigo-Argentina “El Nilo”, Buenos aires, 1974, capítulo IV, p. 193).

“La leyenda muy bien pudo nacer de la necesidad de explicar la desaparición de la biblioteca, cuya existencia se conoció más tarde en el mundo musulmán cuando se tradujeron las obras de los grandes filósofos y científicos griegos al árabe” (Hipólito Escolar Sobrino: La Biblioteca de Alejandría, Gredos, Madrid, 2001, pp. 123-124).

Por último, quisiéramos citar el comentario que hace el doctor Muhammad Mahir Hamada para refutar los argumentos de la leyenda: “El hecho de quemar libros y de destruir los vestigios de las civilizaciones no está en la naturaleza del Islam ni en la de los musulmanes, puesto que el Islam es una religión que fomenta el saber y el estudio” (M.M. Hamada: Al-Maktabat fil-Islam ‘Las bibliotecas del Islam’, Al-Risala Publishers, El Cairo, 1390/1970, p. 24, en árabe).

Bibliófilos por tradición

Sabido es entre los hombres de ciencia y erudición que los musulmanes siempre han mostrado por los libros el mayor de los respetos y los cuidados. Siempre estuvieron más orgullosos de sus bibliotecas y librerías que de sus armas, palacios y jardines. Durante el siglo X, en la Alta Edad Media, cuando los castillos de los príncipes cristianos tenían bibliotecas de diez volúmenes, mientras no excedían de treinta a cuarenta las de los monasterios más famosos por su ciencia, como Cluny o Canterbury, la de los califas de Córdoba alcanzaban los cuatrocientos mil.

“Cuando los árabes, inspirados por las enseñanzas de Mahoma, salieron del desierto en el siglo VII, no tenían literatura excepto el Corán. En el curso de trescientos años, las bibliotecas musulmanas se extendieron desde España hasta la India por tierras que habían sido parte de los imperios romano, bizantino y persa. Contrariamente a muchos pueblos conquistadores, los árabes tenían gran respeto por las civilizaciones que conquistaban. Consideraban fuente de inspiración el conocimiento de los griegos, los persas y los judíos. Cuando el poeta abasida al-Mutannabi proclamó que “el asiento más honorable de este mundo es la montura de un caballo”, agregó que “el mejor compañero siempre será un libro”. (…) Influenciados por las antiguas tradiciones literarias de Bizancio y Persia, los árabes estudiaron las ciencias filosóficas: medicina, astronomía, geometría y filosofía. Al principio traducían trabajos antiguos, pero los musulmanes, que poseían el conocimiento sagrado, pronto contribuyeron prolíficamente a la literatura científica. A través de sus trabajos la Europa cristiana recibió la inspiración para su Renacimiento” (Fred Lerner: Historias de las bibliotecas del mundo. Desde la invención de la escritura hasta la era de la computación, Editorial Troquel, Buenos Aires, 1999, capítulo V, Bibliotecas del mundo islámico, p. 85).

El arabista e islamólogo holandés Reinhart Dozy (1820-1883) en su pormenorizado trabajo sobre la España islámica, nos ofrece estos datos ejemplares sobre el cordobés al-Hakam II (califa entre 961 y 976): “Nunca había reinado en España príncipe tan sabio, y aunque todos sus predecesores habían sido hombres cultos, aficionados a enriquecer sus bibliotecas, ninguno buscó con tal ansia libros preciosos y raros. En El Cairo, en Bagdad, en Damasco y en Alejandría, tenía agentes encargados de copiarle o de comprarle a cualquier precio libros antiguos y modernos. Su palacio estaba lleno, era un taller donde no se encontraban más que copistas, encuadernadores y miniaturistas. Sólo el catálogo de su biblioteca se componía de cuarenta y cuatro cuadernos, de veinte hojas, según unos, de cincuenta según otros, y no contenía más que el título de los libros, no su descripción. Cuentan algunos escritores que el número de volúmenes subía a cuatrocientos mil. Y Haquem los había leído todos, y lo que es más, había anotado la mayor parte (…) Libros compuestos en Persia y en Siria le eran conocidos, muchas veces antes que nadie los hubiera leído en Oriente” (R. Dozy: Historia de los Musulmanes de España, Ediciones Turner, Madrid, 1984, Tomo III, El Califato, V, pp. 97-98).

La fuente: el autor es historiador, miembro del Instituto Argentino de Cultura Islámica.

El rostro en las arenas movedizas de la memoria, Marcelo Marchese

El rostro en las arenas movedizas de la memoria

Marcelo Marchese

jesus-arte-cristiano

Si de un personaje histórico no tuviéramos un retrato fidedigno, impulsados por una fuerza oscura lo inventaríamos. El hombre occidental escapa de un rostro indeterminado como de una amenaza y fija la imagen de igual forma que un científico da nombre al insecto “descubierto” o el historiador del arte ubica al artista en una escuela específica. El mensaje, a veces el grito desgarrado del pintor, nos resultan insoportables e interponemos el escudo del razonamiento a la sensación que nos abruma, diluyendo el poder terapéutico del arte.
No resistimos un héroe sin rostro, así como no aceptamos que un tsunami salido del cuadro ahogue nuestra estupidez, pues todo debe ir a su lugar preciso; en caso contrario, si quedaran ideas y sensaciones removiéndose peligrosamente, temeríamos resbalar hacia las aguas de la locura. Tal es el miedo que nos determina y que nos lleva a señalar al otro catalogándolo: la forma más segura de limar una idea conmovedora.
Veamos de qué manera nuestra cordura ha resuelto el miedo al vacío, a la oscuridad y en suma, a la locura, encajándole a personajes históricos rostros acordes con ninguna otra cosa que no fueran nuestras necesidades y prejuicios.
Los cristianos primitivos, como judíos nada propicios a la adoración de ídolos, no dejaron imágenes de Jesús, pero a medida que la nueva religión incorporó geografías fue necesario crearle un rostro al hijo del Dios. En Occidente la representación usual es el rubio de ojos celestes que nos regalaran los pintores del Renacimiento, procediendo de una forma que nos recuerda al griego: “si los leones pudieran pintar, pintarían a sus dioses con forma de leones”. El artista representó un Cristo a semejanza de sus modelos y consumidores, aunque más verosímil fuera imaginarlo como un judío yemenita o eventualmente como un palestino, si acertara Ben Gurión al afirmar que los actuales palestinos descienden de los hebreos de los tiempos bíblicos. Sea del hecho lo que fuere, el catolicismo necesitó imágenes cual si fueran ídolos para adorar y en plena lucha con los musulmanes unos ardientes ojos oscuros no eran funcionales.
Poco después del Renacimiento, un escritor que se inspirara en el maravilloso personaje literario que nos regalaran los Evangelios, alumbró otro personaje inolvidable. No contamos con ningún retrato en vida de Cervantes, pero esto no obsta para que el tiempo (bello eufemismo de poderosos intereses) creara un rostro adecuado. Existen sobrados motivos para suponer al poeta, a despecho del nacionalismo español, integrante de alguna de las colectividades que el Estado católico persiguió al unificar el país. Investigaciones judías descubren su ascendencia judía, mas de ninguna manera podemos descartar un origen árabe en el poeta que pretendiera hacernos creer que su magna obra fuera escrita por Cide Hamete Benengeli y traducida por un árabe que en aquellos difíciles tiempos alojara en su casa. En rigor no es tan importante determinar si este hombre castaño, “de nariz corva, la color viva, antes blanca que morena”, era hijo de judía, de árabe o de ambos, lo importante es determinar si era o no descendiente de una colectividad perseguida y si “La Mancha” (acaso el título primitivo fuera “El ingenioso hidalgo de la Mancha”) hacía referencia a alguna otra mancha que nada tuviera que ver con la geografía.
Del tercer personaje que haremos mención sí quedó un retrato fidedigno, mas desde todo punto de vista era inadecuado para ulteriores fines. Se trataba de hacer un héroe de alguien que dudosamente podía aspirar a esa categoría. El retrato fiel lo pintaba en el exilio como un viejo decrépito apoyado en su bastón, y el héroe debe ser expresión de la fuerza y pujanza de la Patria y sus conductores, no en vano se sacrificaba a los antiguos monarcas (expresión de la fuerza de la naturaleza) apenas una cana despuntara en sus regias cabezas. El héroe no debe morir de una muerte vulgar y su vida debe ser cegada prematuramente: Jesús, como William Wallace, muere a los 33 años y John Lennon y el Che Guevara (el Cristo de la izquierda latinoamericana) no pasan los 40. El Senado uruguayo, actuando como un Concilio, encargó al Pintor de la Patria una representación que se convirtió, vía ley, en el retrato oficial aunque nada tuviera que ver con el original, pues como dijera Blanes: “se parece tanto como un huevo a una castaña”. Otro huevo, pero a modo de escultura encajada de forma desafortunada en la Plaza Independencia, fue justificado de esta manera por el Poeta de la Patria: “el Artigas de Zanelli puede no ser un retrato de Artigas, pero es la forma bella, consagrada por la humanidad e inteligible para todos los hombres, del espíritu del héroe Oriental, de su carácter, de su misión histórica. […] es un monumento que, dentro y fuera del país, hablará en lengua universal, de nuestras glorias”.
El cuarto personaje que desfila ante nosotros tejió su obra y su vida de tal forma que pareciera burlarse de nuestro miedo a la oscuridad. No sobrevivió ningún retrato de Isidoro Ducasse, Conde de Lautréamont, pues su familia se encargó de hacer desaparecer toda referencia al réprobo. Sólo quedó su poesía como una joya deslumbrante y maldita, tomándose a broma la referencia del primer canto de Maldoror: “el final del siglo XIX verá a su poeta. Ha nacido en las costas americanas, en la desembocadura del Plata”. Mas su sorprendente literatura impulsa la investigación de los sabuesos de la literatura; se halla el acta de defunción y en el año 1924 los hermanos Guillot Muñoz dan con el acta de bautismo en la Catedral de Montevideo. En cuanto a su rostro, un grupo de artistas observó una fotografía y tiempo después uno de ellos quiso recrearla. No es extraño que no lograra la aprobación del resto; lo raro es que cada cual disintiera a su modo: de tal manera se mueve un rostro en las arenas movedizas de la memoria. Finalmente, luego de retratos conjeturales muy dispares, la necesidad terminó por imponer, sin demasiadas exigencias, una fotografía reproducida hasta el hartazgo.
El poeta deja una obra inquietante y sumida en la oscuridad, mas la sociedad logra rasgar el velo del misterio. De forma pareja, los agentes sociales agregan ilustraciones al libro infantil, erosionando el poder de los protagonistas que el niño poblara con su imaginación. Se construye así un personaje distante, sin la carga del lector que ya no materializará en él sus miedos y esperanzas.
El rostro, manifestación corporal de nuestra esencia, será velado por nosotros de diversas formas. Siempre será para los demás y jamás podremos mirarlo directamente, sino por el reflejo de un espejo o a través del caprichoso resultado de una fotografía. Mas lo que se oculta, inversamente debe ser revelado en el otro. Apenas transcurrido un siglo y el rostro de Lautréamont, como una mariposa negra, ha sido clavado con alfileres al muro racionalista. Los nuevos lectores transitarán un camino seguro y ya no deberán bajar al estanque para sorprenderse, magia suprema de la poesía, viendo en las oscuras aguas su propia imagen reflejada.