Esclavos, pero del dislate (respuesta a “Esclavos, pero de la ley” de Jorge Batlle)

Esclavos, pero del dislate (respuesta a “Esclavos, pero de la ley” de Jorge Batlle)
por Marcelo Marchese

esclavos

Con cierto grado de asombro por la inusual prosa que se desplegaba ante mis ojos, leí el artículo de Jorge Batlle incluido en el libro colectivo “Las instrucciones del año XIII 200 años después”. Esta sensación dio paso a cierto grado de condescendencia un poco malévola, cuando en el cuarto párrafo me topé con esta joya de la literatura patriota: “Fue un proceso interesante porque se había producido ya la Revolución Industrial en Inglaterra, comenzando por la Glorius Revolution de Cromwell, y hubo algunos otros factores que determinaron unos cambios formidables en la vida de Inglaterra. Inglaterra se transformó, de un país que tenía como fuente de energía la bosta de los caballos y vacas y la combustión de la madera, a un país que (había aprendido de Holanda a utilizar los recursos cuasicarboníferos) comenzó a usar el carbón y que en el momento histórico que estamos analizando había llegado a producir tres veces más carbón que el resto del planeta”. Si el autor se hubiera esmerado, no hubiera podido componer una tirada más cacofónica. Además el uso del paréntesis es extremadamente dudoso, sobre todo por la inutilidad de la información que nos brindan las palabras contenidas, pero lo más llamativo es “un país que tenía como fuente de energía la bosta de los caballos y vacas y la combustión de la madera”.
Mas haciendo una violenta abstracción del estilo vayamos al garrafal error historiográfico. La Glorius Revolution no tiene nada que ver con Cromwell, de igual forma que Cromwell no tiene nada que ver con la Glorius Revolution. El problema no es sólo que el citado personaje ya estuviera mirando las lechugas desde abajo cuando sucedieron los gloriosos acontecimientos, si no el que fuera personaje clave en circunstancias anteriores a la Glorius Revolution, por las cuales, para desgracia de los reyes europeos, en la plaza pública se emancipó la cabeza del monarca del cuello que hacía normalmente de asidero. Entremezclar estos hechos equivale a decir que Cristóbal Colón llegó a la luna a bordo de la Niña, la Pinta y la Santa María. Alguien podrá objetar que hay 500 años y unos cuantos kilómetros entre Colón y Armstrong, cuando apenas separan a los sucesos ingleses unas décadas. Es verdad, hay una gran diferencia, sin embargo la Glorius Revolution se llamó de esa manera tan eufónica por ser incruenta, por no haber establecido un espacio considerable entre la testa coronada y el cuerpo regio. Si hubiera justicia en este mundo, Oliver Cromwell sería recordado como el prócer de su país, pero la justicia no es un bien que uno pueda encontrar usualmente en el mercado histórico. Él será todo el auténtico héroe que uno quiera, pero fue un dictador que no guardó el debido respeto por ciertas tradiciones muy inglesas y fue la antítesis del espíritu del otro acontecimiento histórico que se ha preferido recordar de una manera rimbombante. Si se nos preguntara cómo nos explicamos este traspié, pensamos que Batlle fue encandilado por la belleza de las palabras Glorius Revolution, las cuales, pese a quien pese, pretendió encajar en el texto.
Todos y cada uno de los párrafos de este artículo son verdaderas perlas engarzadas una al lado de la otra conformando un collar de una feroz audacia intelectual. El autor podría estar dando nacimiento, si tuviese seguidores, a una corriente que deberíamos definir como surrealismo histórico. De tramo en tramo, como si se atendiera a un plan, se destaca una perla más grande que las otras. Ya vimos el párrafo cuatro, ahora citaremos in totum, para regocijo del lector, el párrafo ocho: “A veces los acontecimientos son un poco difusos, no se sabe cuándo comienzan los hechos históricos, pero aquí tenemos una fecha bien precisa: el cambio comenzó el 21 de octubre de 1805, al mediodía. Porque fue al mediodía que el almirante Nelson le explicó a todos los comandantes de su flota, a los que reunió a bordo de su barco, el HMS Victory, lo que llamó el “Nelson touch”. Nelson les cambió ese día el esquema de las batallas navales, que eran batallas en paralelo, donde cada uno, navegando a favor del viento, buscaba ser más eficiente que el otro. Nelson les hizo hacer una cosa en apariencia muy simple pero tremendamente eficaz, con la cual logró destrozar a los franceses. No era un asunto tan difícil porque los franceses nunca habían tenido una presencia marítima significativa, pero lo que sí resultó importante fue que con ese pequeño cambio logró destrozar a la Armada Invencible española, clave para el Imperio de los Borbones”.
En rigor, esa “fecha bien precisa” no fue un 21 de Octubre, pues el 21 fue la batalla y es irrazonable que ese día Nelson haya reunido, cual director técnico que arenga a sus jugadores, a los comandantes de su flota para desnudarles su plan, cosa que sí hizo el 10, el 9 o antes todavía. Pero este es un error menor comparando con introducir brutalmente en este relato a la Armada Invencible. Es como decir que Artigas en las Piedras venció a su enemigo Bin Laden, el cual venía acompañado por un tal Iván. La ruina de la Armada Invencible sucedió en 1588 y la Batalla de Trafalgar en 1805. Transcurrieron doscientos diecisiete años y en uno de los acontecimientos intervienen los franceses en una armada combinada, pero en el otro no vienen a cuento. Acaso el lector razone que el articulista cometió un lapsus. Eso mismo pensé, pero al lado de la perla número ocho, se engarzó, como no puede ser de otra manera, la perla número nueve, que dice así: “En el enfrentamiento con los franceses no fueron solo los ingleses los protagonistas, sino que también lo fueron los vientos huracanados y el desconocimiento de las costas del canal de la Mancha, sobre todo por parte del duque de Medina Sidonia, que era quien tomaba las decisiones, pese a ser un hombre de tierra y no de mar. Pero en el enfrentamiento con los españoles y con la derrota de la Armada Invencible los protagonistas plenos fueron esos ingleses que lograron la apertura de América al mundo”. Batlle debió percatarse que algo no cuadraba, pues si decía que la lucha era “con los franceses”, no resulta creíble que fuera uno de apellido andaluz el que “tomaba las decisiones, pese a ser un hombre de tierra y no de mar”. Tiene razón cuando afirma que el “desconocimiento de las costas del canal de la Mancha” por parte de aquel “hombre de tierra y no de mar” (que a su ignorancia del mar en general sumaba la ignorancia de aquel mar en particular) fue lamentable para los intereses españoles en el año 1588. Debió advertir que si la batalla fue en Trafalgar, esto es al sur de España, nada tendría que ver el desconocimiento del Canal de la Mancha, salvo que estemos pensando en barcos gigantescos que arrojaban cañonazos desde España hasta Inglaterra y viceversa ¿A qué viene la irrupción en escena de ese protagonista apasionante, “los vientos huracanados”, cuando en Trafalgar, si excluyéramos otros aspectos y sólo nos centráramos en cuestiones climáticas, podríamos afirmar que se vivió una calma chicha? Es evidente que a través del método del collage surrealista introdujo en la posterior Batalla de Trafalgar las condiciones climáticas que arruinaron a la Armada Invencible a su regreso de su penosa incursión a las Islas Británicas en el siglo XVI.
La perla número diez no desmerece de las anteriores: “Todo se embarcaba en Cádiz, atravesaba el océano y llegaba al istmo de Panamá. Se desembarcaba en el Callao; la carga se ponía encima de una mula y al final se desembarcaba en Buenos Aires, con un costo absurdo”. La inmensa maravilla de este párrafo consiste en esa pantagruélica mula que aguardaba la carga de los galeones para luego avanzar, haciendo retumbar el continente, hacia Buenos Aires, “desembarcando” allí la mercadería. Las proporciones de esta mula guardan cierta analogía con aquellos barcos que protagonizaron, en medio de vientos huracanados que sólo afectaron a una de las partes, la célebre Batalla de Trafalgar de la Mancha.
El lector se preguntará a cuenta de qué se nos ilustra de esta manera. Es un despliegue de erudición presidencial para introducirnos a los cambios que se vivirían en América, sin embargo, se nos advierte, los acontecimientos reseñados no afectaron en nada a cierto “político superior a todos los demás que hubo en América, salvo Miranda”: “Si bien tanta influencia y espíritu francés llegaron, Artigas estuvo fuera de todo ese contexto jacobino, girondino, inglés y norteamericano. Artigas es un héroe auténtico de nuestra patria porque es un aragonés puro…” Si hubiera sido inglés, norteamericano o integrante de aquella nación montañosa conocida como Jacobinia o esa otra más tolerante llamada La Gironda, nuestro héroe hubiese sido foráneo, pero siendo aragonés ya es otra cosa y, ojito, lo definitorio en Artigas no sería su ilustración, si no su carácter. “Para mí el hecho más importante de la vida de Artigas, de tantas y tantas cosas importantes que dijo y que escribió…, tiene que ver con su decisión de no regresar a su provincia, después de la derrota del año 20”. Van a visitarlo Demersay y el General Paz y les dice: “no, yo no vuelvo”. Va su hijo José María; Rivera le manda una carta, “es una carta al amigo, a aquel a quien le encargó que cuidara de sus hijos” (seguramente pretendió decir que Artigas le encargó a Rivera que cuidara de sus hijos) y él dice: “no, yo no vuelvo. Artigas demostró en esa decisión el sentido político de la grandeza de su destino y de su acción, como -sin ninguna duda- no lo tuvo ninguno de sus contemporáneos. Artigas tiene el mérito de haber crecido por las decisiones de su vida, por haber dicho: no, yo voy a estar hasta mi muerte acá, porque es la única forma de sobrevivir allá”.
Si la Glorius Revolution y Medina Sidonia en Trafalgar habían llegado navegando en aquella mula a las tierras del absurdo, este último párrafo pasa de largo ese país incursionando en un territorio mental desconocido ¿Artigas decide quedarse allá para sobrevivir acá? ¿Pero si le importa el acá por qué se quedó allá? ¿No sería más razonable venirse para acá? ¿Se va para allá porque lo que pasaba acá no lo convencía y decide quedarse allá porque sería la única forma de sobrevivir acá, en aquello que ya no le convencía, que uno supone que sería la provincia amputada? ¿Por lo tanto para Batlle no tuvieron “sentido político de la grandeza de su destino y de su acción” ni Rivera ni Lavalleja ni ninguno de los creadores del Uruguay, pero sí lo tuvo alguien que se fue y que por lo tanto nada tuvo que ver con la creación del Uruguay? ¿Desde el país creado por aquellos que lo hicieron sin grandeza se elogia a uno cuya grandeza sería haberse ido y no haberlo creado?
“Los defectos de Artigas eran precisamente sus virtudes” pasa a decirnos. Este defecto que no es defecto no es otro que la terquedad aragonesa tan uruguaya. Era un “heredero de esa tradición política que inspiró El príncipe. Lo que sabía de política era lo que el mundo español había enseñado a Maquiavelo”. Esta afirmación es harto llamativa pues si de alguna conducta Maquiavelo advierte encarecidamente al Príncipe, esa conducta es la terquedad y si hay algo que le recomienda es flexibilidad para utilizar las instituciones convenientes, sean las que fueren, para mantenerse en el poder.
Las Instrucciones “se constituyeron, de hecho, en el derecho patrio; de entonces para acá no adelantamos nada. En todo caso, algunas veces hemos retrocedido, pero siempre volvemos a las Instrucciones como el derecho patrio”. ¿Instrucciones a unos delegados que debían cruzar el charco para participar de una Asamblea Constituyente de la Argentina, se han constituido en el derecho de un país que nació precisamente desgarrado de la Argentina? ¿Cuando dice que “de entonces para acá no adelantamos nada” se refiere también a su propio gobierno, al de su padre, a los del tío de su padre y al del padre del tío de su padre?
El autor culmina su panegírico con esta idea: “Ese mensaje fundamental de Artigas está en el texto de las Instrucciones”. Ese y otros documentos, y todo su accionar “tiene el reflejo y el brillo de un hombre que tenía en su defecto su mayor virtud: su firmeza para defender las instituciones”. Ahora resulta que “el hecho más importante de la vida de Artigas” ya no es que se quedara “allá para sobrevivir acá”, si no su terquedad en la defensa de las instituciones: “ese es, precisamente, el mandato más importante que ha recibido el Uruguay de su prócer”. Sería maravilloso que el autor nos dijera a qué instituciones se refiere, pues si de algo se carecía en aquel tiempo y lugar, ese algo eran instituciones. Acaso se refiera a los cabildos municipales. Salvo en algunos cabildos abiertos, donde se convocaba a los principales, que es una forma de decir: a la gente bien, fueron una institución que no le hacían la menor mella ni al rey ni al otro mon-arca, el caudillo. Batlle no estará pensando en la Junta de Mayo ni en ninguna de las posteriores instituciones que desde Buenos Aires pretendieron dirigir la guerra emancipadora, pues Artigas, como subordinado, fue sumamente díscolo a ellas. En rigor, salvo las instituciones creadas por el patriciado porteño, la verdadera institución que había en el país, nacida naturalmente en los campos como el pasto y el ombú, fue el caudillo. A esa institución fue fiel Artigas, lo cual quiere decir que no fue fiel a más nada que a sí mismo, a su propio poder. De centenares de documentos que podríamos citar de aquel período en que el “defensor de las instituciones” detentó el poder (entre los que se encuentra una orden, no recuerdo si dirigida al Cabildo o a alguno de los gobernadores de Montevideo, que normalmente eran sus primos, para que le restituyeran quinientas cabezas de ganado a su padre) vaya esta carta que le manda a Rivera: “Con esta fecha doy mi última providencia y digo al Cabildo y a Barreiro lo conveniente; y si no veo un pronto y eficaz remedio, aguárdeme el día menos pensado en esa. Pienso ir sin ser sentido, y verá Ud. si me arreo por delante al gobierno, a los sarracenos, a los porteños y a tanto malandrín que no sirven más que para entorpecer los negocios. Ya estoy tan aburrido que verá Ud. cómo hago una alcaldada y empiezan los hombres a trabajar con más brío”.
De ninguna manera puede condenarse a Artigas por no someterse a leyes e instituciones. Simplemente no había leyes ni instituciones a las cuales someterse. Veremos por doquier declaraciones acerca de la veleidosa voluntad de los hombres y la autoridad emanada que cesará ante la presencia soberana, pero los hechos fueron porfiadamente en contra de esas declaraciones y no pudo ser de otra manera.
El artículo de Batlle forma parte de una obra coordinada por dos prestigiosos historiadores: Gerardo Caetano y Ana Ribeiro. Ellos son inocentes acerca de los disparates o aciertos doctrinarios de los diversos autores y es más, habla bien el que hayan apelado a una amplia gama de visiones y uno agradece, particularmente, la inclusión del ameno y centrado artículo de Guillermo Vázquez Franco. Me pregunto si, dejando de lado el inmiscuirse en las opiniones, no debieron advertirle a Batlle acerca de la dudosa utilidad de su método surrealista en esta disciplina que algunos pretenden científica. Al menos pudieron recordarle que el Duque de Medina Sidonia ya estaría bien guardado por las arañas en su tumba cuando en Trafalgar oleadas de sangre barrían las cubiertas. Razonando acerca de las causas de esta negligencia se me ocurren tres explicaciones: 1- Percibieron los errores pero se dijeron que a ellos no les competía advertir nada a ninguno de los autores. Esto es posible aunque no del todo verosímil, pues un articulo con esas características resta cierta seriedad a la edición. 2- Observaron esos disparates pero se dijeron “allá Batlle con sus delirios” e interiormente se regocijaron, habida cuenta que el autor militaría, posiblemente, en otras filas políticas que los coordinadores. 3- Acaso no advirtieron los errores pues, después de todo, son sólo especialistas en Historia Nacional. Nunca sabremos qué pasó. Afortunadamente las aberraciones navegaron incólumes ante la mirada de diversos editores. En una historiografía nacional radicalmente acartonada, dogmática, predecible, aburrida y hagiográfica, un artículo así es una bendición, pues uno sostiene la lectura con una sonrisa sólo interrumpida por carcajadas estentóreas.

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