Discursos feministas y violencia contra los niños, Andrés Núñez Leites

Discursos feministas y violencia contra los niños
Andrés Núñez Leites

Original en el blog del autor:
http://leites.webnode.es/news/discursos-feministas-y-violencia-contra-los-ninos/

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Señala Deleuze tres momentos históricos del discurso feminista occidental. Un primer momento en el cual las mujeres organizadas intentan demostrar que son capaces de hacer las mismas cosas que los varones, intentando combatir, en el plano del discurso los prejuicios binarios de la cultura patriarcal, que le asignaban a la mujer el lado sensible y débil, mientras que a los varones el lado inteligente y fuerte de la “naturaleza humana”. Un segundo momento estaría marcado por un nuevo giro del discurso, en el cual las mujeres organizadas, conscientes de su capacidad igual a los varones -y aceptado ya este hecho por el establishment-, capitalizan el prejuicio patricarcal, e intentan con bastante éxito invertir la carga valorativa pero manteniendo la codificación binaria, con una fórmula que podría decirse así: “Somos fuertes, inteligentes, valientes y además sensibles y solidarias. “Si las mujeres gobernaran tendríamos un mundo mejor” comienzan a afirmar demagógicamente los mismos políticos que le niegan escaños a sus compañeras de partido. Algunos grupos de varones feministas incluso, empiezan a rogar por un retorno a un mítico “matriciado” o “matriarcado”, en que la bondad y la sensibilidad materna traerían un retorno a la paz uterina, en un reencuentro, cómo no, con la Naturaleza. La respuesta a la dominación masculiina es entonces un intento de inversión de la relación de poder, pero manteniendo la codificación de la humanidad en “varón/mujer” u “hombre/mujer”. El propio Deleuze rinde sus armas deconstructivas ante esta potencia teórico-política y llega afirmar que de todos los devenires minoritarios el principal es el devenir mujer. De las conclusiones lógicas de la crítica a la construcción social de los géneros emerge el tercer momento, el del feminismo posmodernista y especialmente el feminismo queer, con un gran potencial libertario en términos teóricos y políticos. El término devenir es clave: no hay una naturaleza masculina o femenina, más allá de algunas poco definitorias diferencias físicas, y casi todo lo que implica ser “hombre” o “mujer”, es una construcción social. Pero si esa construcción social se basa en una división del trabajo social por géneros, en la cual es la mujer la que paga el pato, una opción ética posible no es intentar construir una dominación femenina sino deconstruir cualquier forma de dominación basada en el género. Es decir, superar la división histórica de los géneros y abrir paso a la multiplicidad de variantes subjetivas, dejando a los humanos o personas libres para pasar, a lo largo de su vida por distintos estados, dinámicos y sustancialmente inconclusos.

La cualidad de nuestra época es la convivencia de estos discursos, sobre todo los dos últimos. Precisamente la fortaleza del segundo, el del segundo momento feminista, es su potencial como herramienta política. El problema es que, como toda arma de guerra, comienza a generar daños colaterales. En esta nota quisiera enfocarme en uno: la invisibilización de la violencia de las mujeres contra los niños.

Algunas reflexiones desde la antropología sobre los violadores, muestran un resultado muy interesante: los violadores entrevistados suelen aludir a imágenes arquetípicas de la mujer. Una mujer cuyo cuerpo tiene la libertad para andar sola por los caminos de una ciudad o del campo es, en esa especie de profundidad psíquica de la construcción social masculina, una profanación. La violación, en la mente perturbada del violador, aparece entonces como un acto genérico de reparación de un desequilibrio, como un castigo genérico contra las mujeres por haber profanado el mandato milenario del cuidado de la casa y los hijos, y de la obediencia al varón. Sin llegar al punto de violar a una desconocida, los hombres que agreden física y psicológicamente a las mujeres, especialmente a su pareja, mostrarían un patrón similar: se trata de “ponerlas en su lugar”. Sumado ésto a elementos bastante más materiales como la tendencia mayoritaria de las parejas a sostener la histórica atribución del rol maternal a la mujer y en muchos casos la lisa y llana discriminación machista (salarial pero también en cuanto a acceso a puestos jerárquicos), podemos afirmar que aún si no es sostenible la idea de una “naturaleza” o “esencia” mujer, el “devenir mujer” es un devenir minoritario en términos sociológicos: implica una menor disposición de medios y coloca a las mujeres en una situación potencial de víctima del maltrato de los hombres. Un hecho patente y visible de esta potencial victimidad es la agresividad de la mirada fija masculina en la calle, que coloca a la mujer como “objeto de caza” del varón y que no le reconoce la condición de persona, en la medida que la correspondencia de la mirada de desaprobación de la mujer no es recibida por el varón, que seguirá en la mayoría de los casos sosteniendo la mirada al cuerpo-objeto. Lo anterior por no mencionar el caso extendido y debatido de la agresividad del piropo masculino en la calle.

El problema es que esa totalidad social, tanto en la estructura económica, como en las pautas culturales hegemónicas, sobre todo a partir del uso político del discurso feminista para la generación de modificaciones legislativas y administrativas que produzcan ya sea protecciones o discriminaciones positivas en favor de la mujer, opacan el carácter intercambiable de los lugares en las relaciones de poder, e impiden responsabilizar a las mujeres concretas por sus violencias contra otras personas más desvalidas física o psicológicamente. Es decir, si el lugar de la mujer es tenido como el lugar exclusivo de una víctima, es imposible en la lógica del discurso, atribuirle responsabilidad por sus actos. Ni que hablar que los varones que han sufrido la violencia de su pareja mujer prácticamente no encuentran eco en ningún lado, y las pocas sentencias judiciales contra mujeres violentas aparecen luego de la ocurrencia de lesiones graves o del asesinato de la pareja maculina. En el caso particular de los niños, la madre que se violente con sus hijos, incluso en público, difícilmente encuentre una respuesta activa de los testigos, y mediando denuncia y judicialización de la situación, tiene amplias posibilidades de salir impune de la situación. Para ello, suele ser aconsejada para declararse a su vez víctima de la violencia de algún varón de la familia (su pareja, su padre, etc.), con lo cual la condición de víctima le permite la elaboración de una serie de “atenuantes” típicos, referidos a su afectación psicológica. Y es que en muchos casos efectivamente es así: una mujer golpea o destrata porque fue o es golpeada o destratada, pero ello no ocurre en todos los casos, y aún así cabría preguntarse si eso es suficiente para poder decir que una mujer violentada no es dueña de sus actos a la hora de golpear la cabeza de un niño contra la ventanilla de un ómnibus. Los grupos organizados de mujeres feministas más radicales en la denuncia de la universalidad del patriarcado y de la violencia masculina contra la mujer, responden en estos casos que en la medida que toda la sociedad es machista, la violencia de una mujer sobre un niño siempre es derivada de la violencia masculina. Así se cierra un círculo en el cual los niños pierden casi toda posibilidad de una defensa social ante el abuso si éste es efectuado por una mujer. Es por ello que todo el discurso y los dispositivos institucionales correspondientes contra “la violencia doméstica contra mujeres y niños” está enfocado exclusivamente en los varones adultos.

En realidad todos podemos ser violentos, incusive las mujeres. Quien tiene una posición de poder tiende a utilizarlo, y por ello de lo que se trata es de descubrir cuáles son las relaciones asimétricas y los espacios sociales de impunidad para el ejercicio de la violencia, y cómo modificarlo, tanto desde lo social (generando mecanismos de intervención) como desde lo personal. Aún si se parte de la premisa de una totalidad social patriarcal, ello no debería des-responsabilizar a las mujeres cuando ocupan un lugar de poder, por ejemplo en relación con los niños, en la medida que ser víctimas de una relación violenta (en manos de un hombre concreto o de un hombre genérico) no implica la pérdida de la condición de persona racional que tiene obligaciones hacia sus semejantes, por ejemplo en relación con el respeto de su integridad física. En última instancia, más acá de la lucha por el poder, hay un espacio a la vez individual y colectivo para la ética, y ésta debería estar marcada por algunas renuncias al ejercicio puro y llano del poder, es decir, por la aceptación libre de algunas normas que nos limiten con un objetivo: hacer de la vida algo más bello.

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