Buscando el piso: la catástrofe del Partido Colorado (Uruguay)

Buscando el piso

Gabriel Delacoste

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Se ha dicho muchas veces desde las elecciones que la situación del Partido Colorado (PC) es delicada. Esto es evidente para cualquiera que haya visto los resultados, pero creo que todavía no se ha tomado conciencia de la magnitud de la catástrofe que sufrió el partido de Rivera y Batlle.

Repasemos: el PC perdió sus dos últimos bastiones en el interior, Salto y Rivera, votando muy mal en ambos y quedando tercero en el segundo; casi desapareció en la periferia de Montevideo (histórico reducto del partido), donde llegó apenas a superar 6% de los votos en algunos barrios; y obtuvo a nivel nacional una votación casi tan mala como la de 2004, pero sin haber mediado una crisis como en 2002. Es la tercera elección consecutiva en la que queda tercero, y la segunda en la que enfrenta el balotaje como socio minoritario del Partido Nacional (PN), probablemente para perderlo de nuevo. Para colmo, no puede aprovechar la elección de mayo para recuperarse en Montevideo, ya que competirá dentro del Partido de la Concertación, junto con los blancos.

A nivel de liderazgo, si bien es esperable que después de dos malas elecciones el de Pedro Bordaberry se vea cuestionado, no parece haber candidatos obvios a disputárselo. José Amorín Batlle es el líder de la fracción minoritaria, pero fue categóricamente derrotado tanto en la elección interna como en la competencia por los escasos parlamentarios que logró el partido. Coutinho podría ser otra opción, pero no sólo fue vencido junto con Bordaberry como parte de la fórmula, sino que ni siquiera pudo lograr una votación aceptable para el PC en Salto, donde es intendente. Por último, Fernando Amado se perfila con una voz diferente, pero no parece haber mucho lugar en el partido para sus coqueteos centristas, especialmente si recordamos que en las internas perdió la competencia por marcar votos entre los dirigentes montevideanos de Vamos Uruguay contra Guillermo Facello, del “grupo de amigos de Óscar Magurno”. Los líderes históricos, Jorge Batlle y Julio María Sanguinetti, no pueden salir al rescate por su edad y por el rechazo que inspiran en enormes segmentos de la población.

En cuanto a lo ideológico, el panorama no es mejor. La apuesta a la baja de la edad de imputabilidad fue un fracaso, no sólo por la derrota del plebiscito sino también porque éste generó el peor de los escenarios para el PC: lo dejó aislado pero incapaz de cosechar los votos de los partidarios de la iniciativa, entre los cuales (si suponemos que todos los colorados votaron “Sí”) apenas uno de cada cuatro lo eligió. La apuesta a “correr por derecha” a Luis Lacalle Pou no dio resultado, y las reivindicaciones legalistas fueron recibidas por el electorado con un encogimiento de hombros. Por si todo esto fuera poco, la invocación del ya muy lejano batllismo no es creíble viniendo de un partido que se ha pasado los últimos años criticando a los sindicatos, la intervención estatal, las políticas sociales y el avance en derechos individuales.

Los colorados deberán afrontar una verdadera crisis existencial. Deberán pensar sobre su relación con el PN, y hasta qué punto les conviene conformarse con ser el ala derecha y minoritaria de una coalición con él. Hasta qué punto tienen vocación de gobierno, qué proyecto de país tienen en mente y qué relación tendrán con las organizaciones de la sociedad civil, ahora que parecen haber perdido por mucho tiempo al Estado, su tradicional plataforma política.

Por suerte para ellos, el sistema electoral los protege. Los sistemas con balotaje favorecen la existencia de tres partidos grandes, y la representación proporcional en el Parlamento permite sobrevivir a los pequeños. Pero aun allí hay nubes en el horizonte. Por un lado, abundan las especulaciones (tanto entre frenteamplistas como entre blancos) sobre una reforma electoral que disminuya o elimine esta protección. Por otro lado, ¿quién le garantiza al PC que en 2019 va a ser la tercera fuerza?

El Partido Independiente (PI), por más que hoy sea muy pequeño, es un serio contendiente. En primer lugar, por ser un portador mucho más creíble que el PC actual del legado batllista, y en segundo lugar por haber mantenido su independencia, tanto del FA como del PN. Incluso en lo puramente cuantitativo no está tan lejos: en Montevideo logró 4,22% de los votos, frente a 11,08% de los colorados. Es claramente menor, pero comparable. Además, la existencia de importantes descontentos a la izquierda del FA no permite descartar la aparición a mediano plazo de un partido verde o una “izquierda de la izquierda”, capaces de cosechar parte importante del electorado.

El escenario para los colorados se presenta verdaderamente aciago. Una recuperación no es imposible, y nunca se puede dar por muerto a un partido que ha demostrado una resiliencia extraordinaria en los últimos dos siglos. Pero hoy no parece claro con qué recursos políticos e ideológicos se podría lograr. A principios del año electoral se discutía si el PC, bajo el liderazgo de Bordaberry, tenía techo. Ahora hay que empezar a discutir si tiene piso.

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