La perversión del respeto: las religiones a la búsqueda de la hegemonía cultural

La perversión del respeto: las religiones a la búsqueda de la hegemonía cultural
por Robert Redeker

religion

Intervención en el curso Democracia Versus Teocracia (Universidad Rey Juan Carlos, Aranjuez), en junio de 2008. Traducción de Jose Andres Fernández Leost.

No deja de repetirse que la sagrada Escritura es la palabra de Dios, que ella nos enseña la verdadera beatitud y la vía de la salvación, pero en el fondo estamos muy alejados de pensar seriamente de este modo, y no hay nada en lo que piense menos el vulgo que en conformar su vida según las enseñanzas de la sagrada Escritura. Aquello que se nos presenta como la palabra de Dios son la mayoría de las veces absurdas quimeras, y bajo el falso pretexto del celo religioso, no se pretende sino imponer a los demás los propios sentimientos. Sí, lo repito, el gran propósito de los teólogos ha sido desde siempre extraer de los libros sagrados la confirmación de sus ensoñaciones y sus sistemas, a fin de envolverlos en la autoridad de Dios. En su interpretación del pensamiento de la Escritura, es decir, del Espíritu Santo, nada hay que les incite el menor escrúpulo o que pueda detener su temeridad. Si algo temen, no es atribuir algún error al Espíritu Santo ni apartarse de la vía de la salvación, sino únicamente que sus rivales les convenzan de su error, viendo así debilitada y despreciada la autoridad de sus palabras…”.

– Baruch Spinoza [1]

La época contemporánea -desde la revolución iraní de 1978- se caracteriza por una ofensiva de las religiones dispuestas a destrozar la laicidad, reocupar el espacio público e influir sobre la vida colectiva. En el seno de esta estrategia de reconquista se sitúa la exigencia de respeto -tanto en las protestas de los católicos contra la película de Godard, Yo te saludo, María, como en aquellas otras, acompañadas de violencia, contra la de Scorsese, La última tentación de Cristo, sin olvidar la presión cada vez más abrumadora que el islam ejerce sobre las sociedades occidentales-. La puesta en circulación de nociones tales como “nueva laicidad”, “laicidad abierta”, o “laicidad positiva” participa de esta reconquista.

“Respeto” es una palabra que, como un grito de caza, abre la veda para que ciertas religiones persigan y tomen represalias hacia quienes se niegan a plegarse a sus divagaciones. A mediados del siglo XVII, Spinoza catalogó estos delirios en el apéndice del Libro 1 de su Ética. Michel Houellebecq, Philippe Val, el semanario Charlie Hebdo, han sido arrastrados a los tribunales por una supuesta falta de respeto hacia una religión. Bajo igual motivo de blasfemia, Ayaan Hirsi Ali y Salman Rushdie viven con una condena de muerte sobrevolando sobre su destino. El supuestamente infiel cineasta Theo Van Gogh fue degollado en pleno Amsterdam, el país de Spinoza, por tomarla contra el islam. El autor de estas líneas está, él mismo, bajo el efecto de una llamada al asesinato difundida en la nebulosa islamista. En una época más antigua, el Caballero de la Barra tuvo que padecer tortura y muerte por negarse a “respetar” una procesión religiosa. ¿Qué proclaman estas religiones, con ese grito de caza? ¡Exigimos el respeto de nuestras creencias, nuestros ritos y nuestros símbolos! ¡Nos ofendéis con vuestras burlas, vuestra ironía, vuestras caricaturas, vuestras sátiras y vuestras críticas! ¡Vuestra risa nos ofende! ¡No queremos oírla más – ¡a la cárcel, morid, ruidosos infieles!

Desde entonces, la ONU se interroga sobre la eventual criminalización del blasfemo – ¡supuesto pecado que sin embargo es una de las más hermosas conquistas del espíritu! ¿Se convertirá la “difamación contra las religiones” en un crimen internacionalmente reconocido? ¿Qué es el respeto? ¿Qué hay que respetar? Las exigencias de respeto concernientes a sus símbolos -que otros podrían llamar sin error fetiches-, ¿están fundadas en la razón? ¿Cuál es el objetivo de las estrategias religiosas relativas al blasfemo, a las caricaturas, a la crítica?

El respeto es un sentimiento subjetivo -en un sentido filosófico y no peyorativo del término- que incita una conducta. Por respeto, el sujeto renuncia realizar ciertos actos y pronunciar ciertas palabras, en virtud de la dignidad o de la sublimidad que ha concedido a una persona, a una idea o a un objeto -ya sea este ficticio, ya sea, retomando a Feuerbach, una idealización proyectada fuera del mundo sensible-. Debido a su subjetividad, el respeto no puede obtenerse a la fuerza – en el sujeto que se encuentra sometido, sin un profundo consentimiento interno, la coerción no produce sino el espectáculo del respeto. Respetar bajo coerción no es respetar de verdad, es temer. Al ser un sentimiento que brota de la subjetividad, el respeto no puede imponerse mediante cualquier legislación externa al sujeto.

En tanto disposición libre, el verdadero respeto (diferente del temor maquillado de respeto) no paraliza: no puede confundirse el respeto con la renuncia a criticar. No criticar aquello que debe ser criticado -como, por ejemplo, las ilusiones de la conciencia, la falsa conciencia, la servidumbre voluntaria, las manipulaciones de la inteligencia, las mentiras que pretenden que un libro no ha sido creado, la alienación-, más que respeto demuestra irrespetuosidad (hacia la verdad y la dignidad humana). Castoriadis decía a menudo: se respeta a un teórico criticándolo: no se respeta a un pensador embalsamándolo en la hagiografía, proceder tanático que implica el asesinato del pensamiento. Al contrario de lo que parece, la hagiografía desprecia lo que establece como intocable, consagrándolo a una pueril veneración. No es respetar la verdad creer en la hagiográfica Leyenda Dorada, ese mosaico compuesto por Jacques de Voragine a mediados del siglo XIII, que reúne varias centenas de vidas imaginarias de santos. A partir de la Leyenda Dorada, podríamos remontarnos hasta los Evangelios, la Biblia, o el Corán, que contienen no menos maravillas. Respetar la verdad, ¿no supone negarse a dar por buenos y creer a pies juntillas los cuentos para no dormir que tejen la trama de los libros sobre los que se levantan las religiones? El respeto a la verdad fundamenta todo verdadero respeto. El respeto falta ahí donde el alarde de exigencia al respeto implica el rechazo de la verdad – como, por ejemplo, cuando se prohíbe sospechar de la maravilla religiosa que esmalta a los tres libros fundadores. Más concretamente, la condición objetiva de posibilidad de todo respeto consiste en la convicción -aquella, por ejemplo, que alcanzó Descartes, tras la prueba de la duda- de que la verdad existe, y de que es posible compartirla con los demás gracias a la facultad que todos tenemos en común, la razón. Ahí donde ya no se cree en este tipo de verdad, el respeto pierde su principal condición de posibilidad, puesto que desaparece toda norma objetiva. No se puede asegurar que una sociedad del respeto pueda formase en una sociedad de escépticos absolutos -de relativistas absolutos, que Nietzsche llamaría nihilistas-. Lo que entonces llamaríamos respeto no sería más que una actitud exterior apoyada por la fuerza y la astucia. Paralelamente, una sociedad fundada sobre un único dogma -como en Irán, en numerosos países islamistas, o en la antigua Unión Soviética [2]-, donde la verdad es oficial, tampoco puede conocer el verdadero respeto. El verdadero respeto se considera una intolerable disidencia del espíritu, como lo ilustra toda la obra de Solzhenitsyn.

Todos respetamos los resultados de una operación geométrica o aritmética, no por una fuerza externa, sino por una convicción interna, en tanto que somos animales razonables. “La demostración de un teorema geométrico está al alcance de todos, e implica una evidencia indiscutible; entre los creyentes, la evidencia de la existencia de Dios preexiste a la demostración, y la demostración no añade nada”, señalaba Felix Le Dantec [3]. Lejos de ser producto de caprichos arbitrarios, de la imaginación, o de astucias de impostores, esos resultados son el producto invariable e incontestable de un razonamiento que todo ser humano puede compartir. En cambio, nada hay más inestable en la historia que los enunciados religiosos. El Corán -el Alcorán, como escribía Pascal- no se constituyó sino un cuarto de siglo tras la muerte de Mahoma, al precio de mil negociaciones y discusiones. Tan sólo dentro del catolicismo, el purgatorio no apareció hasta la Edad Media, y el dogma de la inmaculada concepción (que no concierne a la virginidad de María, sino a la de su madre, Ana, quien, a fin de que la futura madre de Cristo estuviese exenta del pecado original, concibió a su hija sin relación sexual[4]) a mediados del siglo XIX. Los primeros cristianos no creían en el mismo cristianismo que el de sus equivalentes modernos. Ninguna línea de los libros fundadores es incontestable. Es más: los enunciados que contienen están, por naturaleza, condenados a una réplica intelectual, que no se apagará hasta el crepúsculo del espíritu humano. Las matemáticas son, ellas, una escuela de respeto a la verdad. Son su pedagogía. A la proposición de Descartes, según la cual las matemáticas conservaron lo que más perdido estuvo en el mundo hasta el siglo XVII, la regla de la verdad, podríamos añadir que conservaron igualmente el verdadero respeto, el respeto por esa verdad. Las matemáticas, no la religión, nos enseñan a respetar. La aquiescencia con que aceptamos sus verdades, exhibe la esencia del respeto: un sentimiento tan irresistible como no forzado ante un dato de por sí incontestable, producido por el razonamiento.

Planteémonos preguntas a nivel kantiano, según el hilo crítico: ¿Qué es lo respetable? ¿Qué debe respetarse? ¿A qué debe aplicarse el respeto? Este reparto no debe asignarlo una religión de acuerdo a sus propios fantasmas. Más bien al contrario, trazar las fronteras del respeto es una de las tareas de la filosofía.

Es imposible deducir el campo de aplicación del respeto sin plantear previamente un concepto del ser humano. Cumplida esta condición, se hace concebible delimitar qué es lo respetable, evitando la única determinación socio-histórica, y que no esté configurada por los caprichos de la imaginación. A ello podrá atribuírsele, al menos a título de horizonte, un valor universal, directamente deducible del concepto de ser humano como animal dotado de razón, sin necesidad de recurrir a ninguna religión.

Hay que respetar la verdad basada en la razón. Por una parte, porque la razón define al ser humano, constituyendo su diferencia respecto al resto de los animales. Por otra parte, porque quien no piense que una verdad de este tipo exista no puede reivindicar el respeto salvo por la astucia (el engaño ideológico) o a la fuerza. El respeto -que en este caso no se corresponde con el verdadero respeto tal y como lo hemos definido- se convierte entonces en una de las figuras del derecho del más fuerte.

Hay que respetar la vida y el cuerpo humano. En el ser humano, la vida no se reduce a la mera vida biológica. A su vez, el cuerpo humano, tal y como Heidegger demostró, es algo más que un cuerpo simplemente biológico[5].

Hay que respetar al ser humano en tanto es un fin en sí mismo dotado de razón, es decir, una persona. Ciertamente, todo ser vivo constituye un fin en sí mismo, pero no una persona capaz de utilizar la razón. Existe eso que Chantal Nelson llama “insularidad del ser humano”, es decir, una diferencia antropológica que ni las consideraciones sobre los animales ni sobre las máquinas consigue restringir[6]. Esta diferencia antropológica se añade al concepto de fin en sí mismo para trazar la superficie del área del respeto. El respeto al ser humano como fin en sí mismo no implica el respeto a las opiniones, creencias, sistemas ideológicos o ritos, muchos de los cuales son bastante ridículos. ¿Hay que respetar la cruel religión azteca? ¿Y los sacrificios humanos que practicaba? ¿Hay que respetar las ideas del negacionismo? No, puesto que su delirio no respeta la verdad histórica. Al igual que es un deber respetar a quien justifica la tortura, porque es un ser humano, no lo es respetar sus ideas sobre la tortura. El mismo razonamiento vale para quien defiende el repudio a las mujeres, la lapidación, las decapitaciones con sable, o para quien se contenta, de acuerdo con Tariq Ramadan, pensando que debe llegarse a una moratoria sobre algunas de estas cuestiones.

Hay que respetar la dignidad humana, consecuencia de la diferencia antropológica. Conviene entender esta palabra, “dignidad” en sentido pascaliano: como lugar preciso. “Toda nuestra dignidad está en el pensamiento” escribió Pascal[7]. Dignidad significa eminencia, separación y lugar. El ser humano está separado de los otros animales por el pensamiento racional. Este único hecho define su eminencia, al tiempo que designa su lugar en el universo. No respetar esta dignidad sería degradar al ser humano, rebajarlo al rango inferior de las bestias, deshumanizarlo. La consecuencia moral de la afirmación pascaliana de la dignidad humana se expresa, más adelante, en Rousseau y en Kant: no hay que tratar al ser humano ni como a un animal ni como a una cosa.

Los símbolos religiosos no entran en este marco. Por una parte, porque no son productos de la razón (universal, de acuerdo con el entendimiento), sino de la imaginación (que es siempre propia de una época, un pueblo o un ser humano). Por otra parte, porque su destrucción no hace que la vida humana sea imposible – los símbolos serán reemplazaos por otros, como nos enseña la experiencia de la historia. Las religiones se turnan unas a otras en el curso del tiempo. Con ellas, penetramos en el universo de lo no-verificable, de lo no-demostrable (Kant puso en evidencia la vanidad de todas las pretendidas pruebas sobre la existencia de Dios). De hecho, ¿cómo verificar que Dios dictó al camellero iletrado Mahoma un Corán increado, y que Jesús consiguió resucitar a Lázaro antes de resucitarse a él mismo? La humanidad puede prescindir de los símbolos religiosos y del respeto que estos reclaman a gritos, pero no puede prescindir del respeto a la verdad racional, a la vida y a la dignidad humana. En general, las religiones no favorecen la emancipación humana, al profesar la creencia esclavizadora que ve un peligro en la libertad de interpretación. Así, según Kant, el sacerdote vocea sus órdenes a los seres humanos: “¡No razonéis, sino creed!”[8].

Esas tres exigencias -respeto a la verdad, a la vida y a la dignidad humana- se deducen del carácter racional del ser humano. Tienen un contenido a priori. Pero son verdaderas también a posteriori. En efecto, si no las planteamos como absolutos intangibles, toda vida verdaderamente humana se hace imposible. Ahora bien, caricaturizar símbolos religiosos, o blasfemar sobre tal o cual profeta, no es atentar ni contra la verdad, ni contra la vida, ni contra la dignidad humana. No se atenta contra nada de lo que de por sí exige respeto. En relación a los símbolos religiosos -y sin acatar el mandamiento por el cual las religiones quieren paralizar la inteligencia- el respeto se reduce a esta limitación: abstenerse de toda destrucción. El negacionismo que busca anular la verdad de la Shoa destruye la verdad. No respeta la verdad. El criminal que ataca a los otros destruye vidas humanas. No respeta la vida. El torturador, el esclavista, el explotador sin escrúpulos que usa a los otros como un medio, que abusa de su debilidad, olvidando que son un fin en sí mismo, destruye la dignidad humana. No respeta la dignidad. Pero aquel que se ríe de una religión no comete ninguna de estas faltas.

Las religiones son sistemas de representación vinculados a ritos que juegan distintos roles: de identificación personal, de vínculo social, de opio del pueblo. Toman sitio en el fenómeno registrado por La Boétie: la servidumbre voluntaria. Todas son creaciones de la imaginación con efectos socio-históricos fuertemente interiorizados por los individuos. Esta concepción de la religión como fruto de la imaginación, inspirada en Castoriadis, encuentra una potente anticipación en Lucrecio. Este autor nos dice que hay que escribir “contra la fabulas divinas”[9] que manifiestan el poder de las imágenes. Las imágenes, sobre todo las imágenes de los dioses, poseen para este filósofo materialista un poder físico sobre el entendimiento. Muy avanzado en esta intuición iconológica, Lucrecio parece considerar a las religiones como combinaciones eficaces de imágenes, a las cuales atribuye una realidad física. El poder de ciertas imágenes (las de, por ejemplo, el infierno y sus castigos) residen en el terror que imponen al creyente. Mientras que las de otras consisten en los crímenes a los que con facilidad conducen las religiones (sacrificios, ejecuciones por apostasía, tribunales de la inquisición, ejecución en la hoguera de Bruno y de Vanini, Yihad sanguinaria, conversión por la espada de poblaciones enteras, atentados suicidas a cambio de paraísos, etc.). “A tantos crímenes pudo inducir la religión”, suspira Lucrecio[10]. Las imágenes religiosas, si interpretamos bien a Lucrecio, no actúan en virtud de un poder de sugestión. Su efecto es el de un poder físico – el impacto de las imágenes religiosas sobre el espíritu es un impacto físico, casi una conmoción. El rasgo común a todas las religiones aparece a plena luz: hacerse dueña de los iconos (entendamos en esta palabra no solamente las imágenes, sino también todas las representaciones en general, incluidos los discursos), obtener el control de las imágenes o de las representaciones, disponer del poder que sobrepasa a todos los demás poderes: la iconocracia.

Respetar, en el sentido en el que lo entendemos habitualmente, en el sentido en el que lo entienden las religiones, equivale a considerar un objeto -una idea, una creencia, una teoría, un rito- como si estuviese situado fuera de toda crítica y de todo debate. ¡Nada hay más antifilosófico que esta actitud! Al contrario de lo que generalmente se afirma, la caricatura, la burla y la sátira forman parte del debate filosófico. Su uso por los filósofos de la Ilustración engendró modificaciones en la percepción de la religión. ¡Nadie puede quitarle a los martillazos de Nietzsche su carácter filosófico! Está demostrado que resulta insano excluir la caricatura del entendimiento, pretendiéndola excesiva, y por tanto no-verdadera. Cierta verdad de la sofistica se alcanzó gracias a la caricatura platónica. Asimismo, la caricatura de Sócrates presentada por Aristófanes no es impertinente. Y La Mettrie, en sus fórmulas mordaces que son verdaderas joyas del pensamiento libre, ¿no resulta más acertado que los pesados tratados de teología? Los mismos creyentes, cegados por su fe, infrecuentemente aprecian todo el beneficio espiritual que podrían extraer de la caricatura, en la cual no ven más que una ofensa. En realidad, esas caricaturas introducen al creyente en una dialéctica de la fe. Ellas le proporcionan la ocasión de poner a prueba de fuego su fe, ante el rechazo absoluto. Recusar la caricatura y la sátira recurriendo al respeto que le estaría debido a las religiones, no manifiesta fuerza, sino debilidad de la fe. Lanzar fatwas vengadoras, hacer correr ríos de sangre, lapidar, recurrir a la censura, manifestarse para obtener la prohibición de películas y obras de arte, cerrar periódicos, encarcelar a personas como respuesta intimidatoria, represiva y violenta a formas de expresión tomadas por blasfematorias, indica una fe débil, y no fuerte, incapaz de sobreponerse a aquello que la contradice, que tiembla al descubrir en su propio seno la infidelidad

En su exigencia de respeto, las religiones encierran a los no-creyentes, a los ateos y a los agnósticos en una alternativa: callarse o elogiar. Conminados a callarse ante los innumerables abusos, los dogmas absurdos, o el adoctrinamiento desde la infancia (como enseñar a leer con el Corán). No se trata, con este silencio impuesto, de respeto, se trata de sumisión. A través de esa alternativa, las religiones no buscan otra cosa sino la sumisión muda de aquellos que no figuran en la lista de sus fieles. No quieren oponentes audibles. En este caso, el respeto no es ni un concepto ni un valor, sino una fuerza análoga a una coerción física. Consiste en una categoría física disfrazada de axiológica. Fuerza disfrazada de moral. ¿Podemos imponer el respeto a quien toma por un fetiche lo que otros veneran como un dios? ¿A quien toma por una farsa antropófaga la presencia real de Dios en un trozo de hostia? Por la fuerza, sí se puede; en absoluto por la razón. En lo que las religiones llaman respeto hay que identificar una palabra para decir sumisión. Sumisión de los no-creyentes, sumisión de la inteligencia a sus delirios. Como recurso a la censura, el respeto es el nombre, bajo forma de lítote, de la sumisión.

Sobre el respeto exigido a los creyentes se articula una sumisión excesiva, bautizada abusivamente como respeto, que se exige a los que no creen, o creen de otra forma (como Lutero creía de otra forma, desprendiéndose del fetichismo del catolicismo, o como los cataros creían de otra forma). La burla, la ironía, la caricatura, son respuestas a la opresión religiosa. Nadie negará que en las religiones existan -concretamente en nuestra época- fuerzas opresivas. Pero los oprimidos no saben siempre que lo son. La mujer lapidada, en Níger o en Sudán, ¿sabe que vive bajo opresión? ¿Y aquella a la que se condena en Arabia Saudí por haber sido violada? La muchacha de 14 años colgada en público en una calle iraní por ofensa contra el pudor, ¿era consciente de la opresión religiosa? Los oprimidos se parecen a los prisioneros de la caverna de Platón, al considerar el mundo religioso como el mundo verdadero. Lo que las religiones llaman respeto no es más que la sumisión universal a su particular imaginario social. Además, la reivindicación del respeto esconde otra cosa: voluntad de potencia. La voluntad de potencia de las religiones se ha manifestado a lo largo de la historia. Una voluntad de potencia terrible y aterrorizadora -faceta de la siniestra santa inquisición que anticipaba el mundo musulmán contemporáneo- nutrida de una fascinación hacia la muerte. Michel Onfray hace de la pulsión de la muerte “el carburante” de las religiones[11]. La potencia es más amplia que el poder. El poder se limita a la temporalidad. La potencia va más lejos: aspira a gobernar las almas y a llevar su empresa hasta el principio mismo de la existencia, individual y social. Vemos en ella la voluntad de regir no solo las almas de los creyentes, sino también las de los no-creyentes. Afanándose en hacer invisibles a los no-creyentes, las religiones trabajan para alisar el campo colectivo, como si la incredulidad no existiese.

Esta exigencia de respeto es virtualmente infinita. Lleva siempre más lejos sus logros, como una piedra que, rodando por una pendiente, acelera su velocidad. Sin embargo, la religión no merece ni más ni menos respeto que otras producciones notables de la imaginación humana. Nos podemos reír de Marx, incluso tomando en serio su obra. Nada puede impedirnos que nos riamos de Jesús y de Mahoma, del cristianismo y del islam. Ninguna prescripción racional puede impedir tomar a Mahoma por un impostor y a Jesús por un iluminado, más aún cuando las apariencias, quizá engañosas, parecen demostrar estas interpretaciones. Nada debe estar en condiciones de impedir a nuestro viejo amigo y cómplice de malos pensamientos, François George, escribir: “Es posible apreciar en la Anunciación la más fabulosa trola que jamás se le haya presentado a un cornudo”[12]. Puesto que no está proscrito incidir en el peligro totalitario inherente al marxismo, tampoco puede estarlo señalarlo en el islam. ¿Hemos visto a algún lector de Nietzsche perseguir con intenciones asesinas a quienes, y son numerosos, atacan a su filósofo favorito tratándolo de racista y proto-nazi? ¿Les hemos visto exigir que el iconoclasta libro Por qué no somos nietzscheanos (1991) sea quemado en la plaza pública? Menos tolerantes, los lectores de los reputados libros sagrados persiguen con ferocidad a quienes ofenden su escrito favorito. No obstante, no existe legitimidad alguna para excluir a Mahoma de las burlas y sarcasmos que tenemos derecho a dirigir a Nietzsche – máxime cuando el filósofo no es un impostor, y su pensamiento es infinitamente superior al del profeta del islam. En tanto que parodia seria de un libro profético, Así habló Zaratustra vale más que el Corán. El sentimiento de excepcionalidad que mantienen las religiones -como beneficiarias de un derecho de trato de favor que las diferencia de otras creaciones imaginarias, literarias o sociales, y humanas- no está basado en nada que una persona externa a la religión pueda aceptar. Si para un creyente se abre una diferencia sacralizante entre su religión y los otros sistemas de representación, visiones del mundo o ideologías, para el no-creyente esta diferencia no puede valer como fuente de deberes especiales. Ningún argumento, salvo el argumento de autoridad -que todo espíritu debe rechazar a riesgo de renunciar a sí mismo-, permite justificar esa protección especial concedida al poder de la religión.

Exigir a los no-creyentes, ateos, agnósticos e impíos que se comporten delante de los símbolos religiosos como los creyentes es una pretensión excesiva. En cambio, con toda razón, al igual que tenemos derecho a ser anticomunistas, también lo tenemos a ser anticristianos (siguiendo a Nietzsche) o islamófobos, tanto más cuanto que el comunismo fue, de acuerdo con Eric Voegelin, una religión secular cuyos adeptos manifestaban una fe tan fuerte como la de los fieles de las religiones tradicionales. De hecho, se dan rasgos comunes entre las incriminaciones de anticomunismo que florecieron en los años cincuenta del siglo pasado, y las actuales de islamofobia. El proceso entablado en el año 2002 contra Michel Houllebecq, por haber dicho algo tan anodino como plausible (“El islam es la religión más estúpida”[13]) es un crimen contra la inteligencia cometido en nombre del respeto. Parece un regreso de la inquisición en plena laicidad[14]. En el pasado, para imponerse y para imponer su voluntad de potencia y su sed de poder, las religiones, que exigen hoy el respeto mudo a sus símbolos y la sumisión a su imaginario, no vacilaron jamás en destruir violentamente los símbolos de otras religiones. Los paganismos y las religiones rivales pagaron las consecuencias. El cristianismo ha profanado los altares paganos durante siglos, sin respetarlos. El islam conquistó el norte de África a fuego y espada, imponiéndose cruelmente sobre tierras de fe pagana, cristiana y judía. El cristianismo y el islam insultaron a los símbolos paganos rebajándolos al rango de ídolos, criminalizando a los creyentes de esos cultos bajo el cargo de idolatría ¿Y qué decir del fanatismo asesino de los cruzados durante la interminable represión contra los cataros en Languedoc en el siglo XIII? ¿Qué decir de la fórmula del abad de Citeaux, el sanguinario Padre Arnaud Amaury, a fines de julio de 1209 ante Béziers: “Matadles a todos, Dios reconocerá a los suyos”[15] La exigencia de respeto es una de las formas de la voluntad de potencia de las religiones; la otra forma es la destrucción de lo que no les conviene, de lo que va en contra de sus creencias. La destrucción de los Budas de Bamiyán, en Afganistán, llevada a cabo por los talibanes a lo largo del año 2001, no es un gesto excepcional: el cristianismo y el islam están acostumbrados a este tipo de gestos. De igual modo han devastado testimonios culturales y arquitectónicos de otras religiones. Las pruebas son innumerables. En este tipo de destrucción nos reencontramos con el objetivo iconocrático. Cuando hablamos de religiones, nunca hay que disociar la exigencia de respeto de la voluntad de potencia y de la sed de poder. No existe ninguna religión que no aspire al poder.

La exigencia de respeto produce la falsa impresión de ser una estrategia defensiva de protección. Ciertamente, la actitud de la Iglesia católica, institución en estado de descomposición, es de momento defensiva. Pero, impulsado desde la revolución iraní por el viento de la historia, el islam da muestra de su audacia: el respeto que exige se ha convertido en un arma de conquista. Los musulmanes moderados toman el relevo de los islamistas fanáticos cuando se trata de condenar las caricaturas del profeta o los escritos juzgados como blasfematorios. La reivindicación de respeto toma un giro ofensivo. Mediante ella se persigue un objetivo: permitir la instalación de prácticas religiosas o de costumbres inspiradas por la religión (portar el velo, instaurar el apartheid sexual en los hospitales, prescindir de la clase de educación física para las chicas y de la clase de biología, debido al darwinismo, en los institutos, inscribir ulteriormente alguna fiesta religiosa musulmana en el calendario de los días festivos) en el espacio público, condenado pues a una verdadera deslaicización. La exigencia de respeto es un arma que pretende obtener de los poderes públicos un retroceso de la laicidad, de la libertad de conciencia y de expresión. El respeto, si no es más que un temor disfrazado de mutismo y sumisión, fabrica incluso, al neutralizar toda oposición, el soporte social necesario para el proselitismo. Es el efecto de una práctica etiquetada por el filósofo y periodista argelino Hamid Zanaz como “terrorismo espiritual”[16]. Asimismo, el objetivo es obtener la autocensura en los periodistas, los escritores, los intelectuales, los dibujantes, sin dejar de atemorizar a los editores y directores de los órganos de prensa sobre las consecuencias de publicar textos descorteses con el islam. Los islamistas -con Tariq Ramadan a la cabeza, según Carolina Foures[17]– han logrado prohibir durante muchos años en Ginebra la obra de Voltaire, Mahoma. En diciembre de 2007, el museo de La Haya retira una foto de una exposición, tomada por una iraní, que podía desagradar a los musulmanes. Ejemplos tan tristes como estos son desde entonces numerosos en Europa. La mezcla entre la exigencia de respeto, revindicada por unos utilizando a menudo la violencia, y el angelismo cobarde de otros, deseosos de no molestar, ha creado un clima muniqués favorable a todas las renuncias, intelectuales y políticas. Abolido en 1791 por la Constituyente, el delito de blasfemia intenta regresar a la legislación francesa.

La cuestión de la islamofobia es el buque insignia de esta estrategia de alcance planetario. Trampa diabólica, este concepto, próximo acústicamente al de “xenofobia” está destinado tanto a atemorizar -evocando subliminalmente el odio, las persecuciones y las discriminaciones- como a culpabilizar. No es inocente que el vocablo de “islamofobia” fuese acuñado inicialmente (en los años setenta) por los islamistas radicales que atacaban a las feministas[18]. La guerra contra las mujeres es el origen de este término, misógino (odio a las mujeres) y ginofobo (miedo a las mujeres) desde su génesis. Kate Mollet, celebre militante del movimiento de emancipación femenina, fue violentamente insultada, y tachada de islamófoba por haber incitado a las iraníes a rechazar el velo. De nuevo, es en torno a la cuestión del apartheid de las mujeres -velo en la escuela, en las instituciones, en la calle, autosegregación en las piscinas- donde se concentra la crispación, y donde la acusación de islamofobia amenaza a quienquiera que se alce contra la tentativa de oficializar este apartheid. En los años noventa el término de islamofobia fue difundido más ampliamente por los islamistas londinenses, en el marco de las campañas anti-Rusdhie. El escritor y los defensores de la libertad de pensamiento y publicación se encontraron acusados de crimen de islamofobia, al tiempo que estaban amenazados de muerte. El concepto de “islamofobia” es originariamente un arma forjada por los islamistas con el objetivo de imponer su visión totalitaria del mundo. Hunde sus raíces en el más sórdido oscurantismo. Este concepto pretende asimismo enmascarar la atroz realidad: es el islam, y no los islamófobos, el que, en el mundo entero, persigue, poniendo en práctica la sharia. La violencia no la producen quienes son estigmatizados de islamófobos, sino aquellos que les estigmatizan. Por lo tanto, en un principio “islamofobia” era una expresión de combate – todos nos acordamos de la fórmula del poeta revolucionario Maiakovski, “las palabras son balas”. Al reutilizarla ingenuamente, los amigos más o menos sinceros de la libertad se sitúan en el terreno de sus adversarios.

La amalgama entre la islamofobia y el racismo está destinada a volverse contra toda crítica a la religión, tan importante desde Bayle y Voltaire en la cultura europea, tan importante también en la elaboración de la idea republicana. ¿Es “racista” rechazar las exacciones que se practican, desde Mauritania hasta Pakistán, en nombre del islam? ¿Rechazar la sharia, las lapidaciones, las mutilaciones, la esclavitud (muy viva todavía en las sociedades musulmanas), la criminalización de la homosexualidad, las decapitaciones con sable, el fomento del oscurantismo, el estatuto inferior de las mujeres, la ejecución de los homosexuales, la dhimmitud[*], el código de la familia vigente en Magreb, etc.? ¿Es racista recordar que en ningún país musulmán los Derechos Humanos ocupan un lugar de honor, no más por cierto que la democracia? ¿Es racista calcular que cientos de millones de seres humanos viven cotidianamente bajo el yugo impuesto por esta religión? ¿Es racista inquietarse por las exigencias, en nuestra sociedad, de una religión que tan poco ha hecho por demostrar su capacidad para interiorizar los valores emanados de la Ilustración? Tras un examen de los textos fundadores, Christian Delacampagne concluye: “Nada autoriza a pensar que el islam sea en el fondo tolerante [19]“. ¿Es racista plantearse la pregunta de si es posible un islam de rostro humano, al igual que nos preguntábamos hace tiempo si era posible un socialismo de rostro humano?

El origen teototalitario del concepto de islamofobia debería volver prudentes a quienes desean instituirlo como delito. La islamofobia -que no podemos aproximar al racismo y al antisemitismo, en tanto odio a uno o varios pueblos, sin cometer un error de lógica-, es un derecho en la medida en que el islam es una construcción ideológica, del mismo modo que lo es el comunismo o el liberalismo. Al igual que se puede ser anticomunista o antiliberal (aun cuando los altermundialistas antiliberales profesen a menudo islamofilia), se puede ser islamófobo. El islam es una construcción social totalizadora que engloba todos los aspectos de la existencia, incluida la ciudad. Al ofrecer una visión del mundo, esta religión se presenta como una construcción a través de la cual el creyente interpreta la existencia en todas sus dimensiones, incluidas las políticas. Se trata igualmente de una construcción normativa, prescriptiva, que pretende regir la vida individual y colectiva, sin olvidar desplazar a ciertas partes de la humanidad, por ejemplo, a mujeres y judíos, a un estatuto indigno. Ningún argumento sólido puede impedir la oposición a esta visión del mundo, y a las pretensiones que formula relativas a la vida de la ciudad, ni su afirmación mediante palabras, escritos y caricaturas.

Ignorando la etimología, la opinión contemporánea confunde la fobia con el odio. La islamofobia sería entonces el odio al islam – por consiguiente, una opinión tan condenable como el racismo y el antisemitismo. La historia -para convencerse basta con releer a Bernard Lewis- pone en evidencia hasta qué punto el miedo al islam está justificado. Considerando el mundo contemporáneo -desde Pakistán a Mauritania, pasando por Sudán y Arabia Saudí- se refuerza precisamente este miedo. Si el tema filosófico de la secularización puede encontrar una continuidad entre el cristianismo y los valores que, desde la Ilustración, guían la existencia colectiva del mundo occidental, no se pueden obtener resultados análogos con el islam. Christian Delacampagne señala la ruptura: “ningún historiador… conseguirá convencerme de que el islam, más que la Europa agnóstica de la Ilustración, es el que ha dado al mundo la idea de tolerancia”[20] El pensamiento de la secularización alcanzó su cumbre y su término con la tesis desarrollada por Marcel Gauchet en 1985 en El desencantamiento del mundo: el cristianismo es la religión de salida de la religión. Esta tesis de la secularización no puede aplicarse al islam, pese al hecho de que pertenezca a la misma familia genealógica que el cristianismo, la de los hijos de Abraham. El islam no es una vía para salir de la religión. El miedo está justificado igualmente habida cuenta de la despiadada guerra llevada a cabo por el islam contra numerosas libertades conquistadas con esfuerzo, sin olvidar la interminable guerra que lleva a cabo contra las mujeres. Los mayores valores contemporáneos -expresados en la Declaración de los Derechos Humanos, los ideales republicanos, la separación entre la Iglesia y el Estado, la laicidad- no se han originado en el seno de las sociedades dominadas por el islam. Se han desarrollado únicamente en el seno de sociedades cristianas, particularmente en Francia, como resultado de un largo combate contra la Iglesia, salpicado de desgarros, conflictos armados y dramas. La islamofobia, aprovechándose de esta confusión entre fobia y odio, y manipulando el sentimiento de culpabilidad de la opinión occidental, tiende su trampa, en la que se manifiesta la perversión de la noción de respeto, para conseguir la criminalización de la irreligión.

Frente a la sumisión falsamente respetuosa que las religiones quieren instaurar como ley, ¿no existe más bien el deber de irrespetuosidad? Esta hipótesis encuentra un apoyo en la concepción del pensamiento formulada por Alain: “Pensar es decir que no. (…) Los seres humanos son esclavos por creer. Reflexionar en negar aquello que creemos. Quien cree no sabe ni lo que cree”[21]. El valor del pensamiento se concentra en su capacidad para decir “no”, a encontrar en el “no” su comienzo. Decir no, como Deleuze afirma evocando a Johann Sebastian Bach[22] a la distribución entre lo sagrado y lo profano tal y como lo establecen las Iglesias. En esta distribución, que las religiones pretenden reconfigurar ventajosamente aprovechándose de que el islam está en boga, se encuentra el problema de la laicidad. Deleuze nos lo sugiere: en el seno de un universo dominado por la religión, el arte de Bach construyó su libertad luchando contra esa distribución. ¡Decir no al dogma, por supuesto! En el rechazo al dogma puede encontrarse el origen de todo pensamiento. ¡Decir no a aquello que se piensa espontáneamente, cuya naturaleza es sociológica, un resultado de la ideología comparable a aquello que los filósofos antiguos rechazaban denominándolo opinión, doxa! ¡Decir no a lo que se impone al entendimiento por la fuerza! Más que una palabra, el “no” define un gesto: el gesto liberador por el cual todo espíritu se introduce en el pensamiento. Incluso el “Ja-sager” de Nietzsche, el “afirmador”, es inicialmente un “Nein-sager”, un “rechazador”: dice no a los mundos pasados y a sus predicadores, a los ideales ascéticos y a los despreciadores del cuerpo, a la religión que desprecia la vida para poder pronunciar su “sí” a la vida. Casi todos los seres humanos nacen en el seno de una religión que no han elegido. Al oponer su “no” a esa religión, se abren al pensamiento. El “no” inaugural del pensamiento es -utilicemos una fórmula de Marcuse- el “Gran Rechazo”. Las religiones practican desde siempre la intimidación a fin de impedir a todo ser humano ejercer su deber de irrespetuosidad. Exigen que los actos, las obras, los escritos, los dibujos y caricaturas, etc., obedezcan a los límites que ellas de por sí fijan. Pese a esta presión, que vincula culpabilidad y chantaje, es mediante el gesto de irrespetuosidad por el que el espíritu se convierte en espíritu libre, y el pensamiento se convierte en pensamiento libre. Es a través de ese gesto por el que el espíritu y el pensamiento se instituyen y se mantienen firmes – es exactamente el gesto de Epicuro.

¿Creemos que Epicuro respetaba a los dioses, a las que sin embargo no negaba su existencia? Lucrecio lo alaba por esta irrespetuosidad inaugural: “Cuando a la vista de todos yacía vergonzosamente en tierra/ la vida humana, oprimida por el peso de la religión/ (…) fue un griego el primer mortal/ que se atrevió a elevar contra ella sus ojos y el primero/ en enfrentarse a ella…”[23]. En materia de valor de espíritu, Epicuro es quien muestra el camino, y no la Biblia, los Evangelios, el Corán, que no muestran sino sumisión. En los caricaturistas del diario danés Jyllands-Posten, en Charlie Hebdo, en Godard y Scorsese, en el Tratado de ateología de Michel Onfray, perdura la libertad de Epicuro. Cada vez que una mente se libera, repite el gesto del fundador de la Escuela del jardín. Entre los cargos que pesaban contra Giulio Cesare Vanini, antes de que muriese en la hoguera durante el siglo XVII en Toulouse, figuraba el de haber enseñado a Epicuro. El balance de la historia lo establece: las religiones no pueden soportar a Epicuro y su filosofía. Las retóricas sagradas no han cesado de calumniar a los discípulos de Epicuro, animalizándolos bajo forma de puercos. El deber de irrespetuosidad -que practicaban los surrealistas, Dalí, Voltaire, La Mettrie…- se corresponde con el impulso que Epicuro dio a toda la historia del pensamiento. De Epicuro surge la fuente griega de la autonomía – darse uno a sí mismo sus propias leyes, rechazando aquellas impuestas por un cielo imaginario. Ejemplo para todo espíritu, matriz de toda libertad, Epicuro hace las veces del hombre firme, frente al hombre postrado.

La imaginación, fuente de las religiones, no puede fundar racionalmente ni obligaciones ni prohibiciones colectivas. No se puede llegar a deducir ningún imperativo universal de sus producciones. Los personajes religiosos, míticos y mitológicos, son ficciones literarias, a través de los cuales la libertad de expresión debe recibir su máxima extensión. No existe ningún argumento que puede admitirse racionalmente -salvo la fuerza disfrazada de derecho, la intimidación y el chantaje a la mala conciencia- que impida tratar publicitariamente la Última Cena, en la medida en que los personajes puestos en escena no son personajes reales, sino personajes literarios extraídos de un libro, el Evangelio, que todos sabemos que no es un libro de historia. Mahoma y Jesús pueden acceder al mismo estatus que Cagliostri y Madame Bovary. Mahoma ha existido, pero puso su existencia en escena al punto de convertirse en el personaje literario de un libro, el Corán. El derecho a transformar estos personajes a nuestro grado está todavía más justificado en tanto lo que creemos saber de ellos es fruto de la imaginación, de la creatividad colectiva. La libertad de pensamiento, de expresión y de creación no se realizará hasta el día en que un creador pueda, sin correr riegos, hacer de Jesús y Mahoma los personajes de una opereta, a la manera en que Jacques Offenbach puso en escena y musicalizó la mitología griega en La Bella Helena.

En el chantaje a la islamofobia, combinado con la exigencia de respeto, radican las dos armas más eficaces empleadas por las religiones en su proyecto de reconquista del espacio público. El maquiavelismo (en el sentido vulgar del término) se ha combinado con el gramscismo, compartido tanto por los islamistas (con Tariq Ramadan a la cabeza), como por la Iglesia católica. En realidad, las religiones buscan reconstituir la hegemonía cultural que supuestamente les permitirá política y jurídicamente imponer al cabo sus visiones. En el éxito y posterior recepción oficial de la palabra “islamofobia” se manifiesta un indicio de esta búsqueda de la hegemonía cultural. La inflación mediática del vocabulario espiritual hasta en los comentarios de la vida política es una muestra de esta carrera religiosa hacia la hegemonía cultural. La lectura cotidiana de la prensa muestra hasta qué punto el léxico espiritual gana terreno día tras día. La marcha hacia la hegemonía cultural se apoya sobre un fenómeno apreciado por Hamid Zanaz: “la islamomanía[24]. Llegados a este punto, todo un bloque histórico informal se estructura sobre la base de esta hegemonía: el proceso a Charlie Hebdo, o el odio por el que el autor de estas líneas continúa estando perseguido, ha permitido una fusión, en torno al tema del respeto a las religiones y sus símbolos, de fuerzas heteróclitas (islamistas, islamo-izquierdistas, progre-islamistas, antiimperialistas, nuevos anticapitalistas, tercermundistas, cristianos, MRAP, LDH antisionistas, verdes, sindicatos de profesores, extrema izquierda, una parte de la izquierda, una parte del SUD, una parte del PCF, una parte de la derecha persuadida de que se puede comprar la paz social y la tranquilidad internacional al precio de la capitulación). Tras el momento de las “peligrosas convergencias”, sacado a la luz por Pierre-André Taguieff[25] en una obra decisiva, le sucede ahora el de un bloque histórico cimentado por la hegemonía cultural de lo religioso, bajo predominancia islámica. De momento, este bloque histórico es amorfo, y aparece o desaparece según los acontecimientos – lo vemos en funcionamiento en las linchadoras campañas de odio que intermitentemente se llevan a cabo contra Alain Finkielkraut. El islam proclive al islamismo juega en su seno el papel que Gramsci quería jugar en el partido comunista, el de gran vencedor final.

Todo nuestro planteamiento desemboca en la siguiente conclusión: la reivindicación de respeto (de sumisión, de hecho) unida a la criminalización del no-respeto (la pretendida “difamación contra las religiones” a debate en la ONU) se revela abusiva. Al no poder encontrar fundamentos racionales, esta exigencia manifiesta ante todo la implacable voluntad de potencia de esas hijas de la imaginación que son las religiones. Qué no se malinterprete nuestro propósito. A nuestros ojos, la imaginación desvela también una forma de verdad, la de la verdad religiosa. Pensamos incluso que uno de los estratos de la imaginación es de la imaginación reveladora, suplemento de la imaginación reproductora, y de la imaginación creadora, en el seno de la cual se producen las apariciones sobrenaturales del Arcángel Gabriel, de la Virgen María, o del mismo Jesús. Definimos las entidades religiosas como apariciones, cuyo paradigma son las de la Virgen María – lo que no las hace ser históricas. La imaginación es el lugar de estas apariciones. Estamos persuadidos sin embargo de que, al no poder obtener ningún testimonio racional, verificable para todos los seres humanos (al contrario de lo que ocurre en las matemáticas), la verdad religiosa, sometida a la particularidad de la historia y a la plasticidad de los pueblos, no puede presentar ningún título para reivindicar un respeto excepcional e imponer la sumisión.

¿Qué buscan las religiones? La deslaicización, es decir, el fin de la autonomía humana (del ser humano que se da a sí mismo sus propias leyes) que define a su vez la democracia y la república, en beneficio de la heteronomía (de las leyes que se le presentan al ser humano a través de la trascendencia, de lo extrahumano sobrenatural), de la que las religiones se pretenden representantes y gestores en la tierra. Inscribiéndose en una estrategia general de tipo gramsciano -lograr la hegemonía cultural y constituir un bloque histórico compuesto por compañeros de ruta más o menos conscientes, articulado en torno al islam-, y aspirando a la deslaicización del espacio público, a la obtención del poder supremo y al poder iconocrático, la reivindicación religiosa que exige que la “difamación de las religiones” sea delito constituye una perversión de la noción de respeto.
– Robert Redeker
Notas:
[1] Spinoza, Tratado teológico-político (1670), París, Granier, 1928, p. 82.
[2] La negación de la verdad en biología, por razones dogmáticas, aproxima, como un calco invertido, a la Unión Soviética del caso Lyssenko (que rechaza el neodarwinismo a causa del papel que se concede al azar) con los Estados islámicos que no admiten el evolucionismo.
[3] Félix Le Dantec, El ateísmo, París, editorial Ernest Flammarion, 1906, p. 24.
[4] Gervais Dumeige, S. J., La fe católica, Paris, editorial l’Orante (1961), páginas 228-247.
[5] Martin Heidegger, Carta sobre el humanismo (1946), París, Aubier, 1975, p. 59.
[6] Chantal Delsol, Elogio de la singularidad (2000), París, La table ronde, 2007, p. 23.
[7] Blaise Pascal, Pensamientos (1660), París, Gallimard, “Bibliothèque de la Pléiade”, 1976, p. 1156.
[8] Immanuel Kant, ¿Qué es la Ilustración? (1784), París, Mille et une Nuits, 2006, p. 15.
[9] Lucrecio, Sobre la naturaleza, I, 66, París, Les Belles Lettres, 1968, p. 4.
[10 ]Lucrecio, Sobre la naturaleza, I, 101, París, Les Belles Lettres, 1968 p. 5.
[11] Michel Onfray, Tratado de ateología (2005), París, Le Livre de poche, 2006, p. 102.
[12] François George, Historia personal de Francia (1983), París, Seuil, “Points”, 1984, p. 39.
[13] Lire, septiembre de 2001.
[14] ¿Por qué los ateos no habrían de acudir a su vez a los tribunales, pretextando que el ateismo se ve todos los días calumniado, injuriado y caricaturizado por las religiones, en prensa, radio y televisión, y en los oficios religiosos?
[15] Michel Roquebert, La epopeya catara, Toulouse, Privat, 1, p. 261.
[16] Hamid Zanaz, ¿Reformar el Islam? Autopsia a una caracterizada ilusión, París, editorial Editeur indépendant, 2007, p. 181.
[17] http://carolinefourest.canalblog.com/archives/2007/02/p10-0.html.
[18] Caroline Fourest y Fiammetta Venner, Fuego cruzado: la laicidad ante la prueba de los integrismos judío, cristiano y musulmán, París, Calmann-Lévy, 2003.
[*] Neologismo utilizado en Francia derivado de la palabra árabe dhimmi. Hace referencia al conjunto de no-musulmanes sometidos a la autoridad o la intimidación musulmana. (N. del t.)
[19] Christian Delacampagne, El islam y occidente, París, PUF, 2003, p. 47.
[20] Christian Delacampagne, El islam y occidente, París, PUF, 2003, p. 47.
[21] Propósitos sobre los poderes, § 139.
[22] Gilles Deleuze, “¿Qué es el acto de creación?”, conferencia pronunciada en la fundación FEMIS (1987), http://www.cip-idf.org/IMG/rtf/questcequelactedecreation.rtf.
[23] Lucrecio, Sobre la naturaleza de las cosas, I, 62-70, París, Le Livre de poche, 2002, p. 83.
[24] Hamid Zanaz, ¿Reformar el Islam? Autopsia a una caracterizada ilusión, París, editorial Editeur indépendant, 2007, páginas 17-31
[**] Siglas del Movimiento contra el Racismo y por la Amistad entre los Pueblos.
[***] Liga de los Derechos Humanos.
[****] Partido Comunista Francés.
[25] Pierre-André Taguieff, Predicadores del odio, París, Mille et une nuits, 2004, páginas 821-945.

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