No podemos permitirnos estos multimillonarios

No podemos permitirnos estos multimillonarios
Daniel Raventós Julie Wark 14/02/2016

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En su informe de 2015 el Foro Económico Mundial (FEM), también conocido como el foro de la élite del pillaje y el saqueo globalizados, declaró, desde su lujosa fortaleza alpina, en Davos, que «La desigualdad es uno de los principales retos de nuestro tiempo». Y cuando la élite desembolsa 25.000 dólares por asistir a este festín de multimillonarios, después de aligerar obligatoriamente otros 52.000 dólares en concepto de cuota de socio del FEM, no se pronuncia acerca de la desigualdad porque se identifique de alguna forma con los pobres y oprimidos. Así queda claramente reflejado en la página 38 del Global Risks Report 2016 (Informe de Riesgos Mundiales 2016), donde se informa al lector sobre las consecuencias de la desigualdad:

“El resultado es un sistema mundial reducido a sus mínimos elementos, en que los ideales progresistas de libertad, democracia, justicia e igualdad no se propugnan ya como modelo al que debemos aspirar. Una nueva entente surge, en relación a las diferencias en el enfoque político y económico, aunque ello signifique aceptar cierto grado intrínseco de desigualdad y desintegración globales, y la parcelación de los bienes del total del patrimonio común. Personas y empresas se trasladan, cuando pueden, a aquellos lugares que mejor satisfacen sus objetivos”.

¡Ah! La respuesta a la desigualdad del Foro Social Mundial recibe el nombre de «imperativo de resiliencia», una forma soterrada de decir «impermeabilicemos nuestro propio bote salvavidas y dejemos que se hundan los demás». Huelga decir que los inseguros botes salvavidas de los refugiados no podrán trasladarlos «a aquellos lugares que mejor satisfacen sus objetivos». En materia de agricultura, el informe señala (pág. 59) que «la resiliencia del sistema exige nuevas reglas que se opongan al control de las exportaciones», o, lo que es lo mismo, que los que tienen la última palabra en Davos pueden arrebatar toda la comida que quieran de la boca de los niños que viven en las zonas rurales y pobres del mundo. También muestran gran entusiasmo por «incrementar la resiliencia de los balances contables a los cambios climáticos» (pág. 61). Todo aquí se reduce a su propia resiliencia ante los cambios climáticos que ellos mismos provocan. Al margen de ser algo a lo que no debemos aspirar nunca más, la palabra «justicia», que las personas decentes tienden a asociar con la «injusticia» de las enormes desigualdades que afectan gravemente a la mayoría de la población, solo aparece de nuevo en el informe (pág. 46), cuidadosamente escondida entre comillas, y en referencia al movimiento por la «justicia climática». Impertérrita, la prensa convencional presenta, obsequiosa y servil, esta referencia falsaria a la desigualdad como si fuera una preocupación sincera. ¿Se habrán leído los periodistas el informe? Porque es exactamente lo contrario. De lo que hablan, en realidad, es de cómo agenciársela para que los demás aceptemos «cierto grado intrínseco de desigualdad y desintegración global», mientras ellos se afanan en «parcelar [“adueñarse de”] los bienes del común», acrecentar sus fortunas e impedir que el enfado de los desposeídos se les vaya de las manos. Y son más que explícitos al respecto.

Escribir sobre la «desigualdad» como si se tratara simplemente de aquel antiguo asunto entre ricos y pobres es una simplificación excesiva, absurda e injusta. La desigualdad hoy es tan exagerada que un puñado de individuos puede enfrentarse a los mandatos nacionales e internacionales y arremeter contra la supervivencia de los ciudadanos en todo el mundo. Todo lo que una vez fue patrimonio común de auténticas comunidades humanas, incluida la tierra, el agua, los bosques, los minerales, el conocimiento tradicional indígena y el entramado de recursos genéticos de la propia vida, además de servicios públicos como la salud, la educación, el transporte, el agua y el saneamiento, es privatizado. Los seres humanos son mercancías destinadas a los mercados de trata de personas, esclavitud sexual, trabajo infantil, vientres de alquiler, tráfico de bebés y niños y compraventa de órganos. O suponen un obstáculo a la generación de beneficios, en cuyo caso se puede prescindir de ellos recurriendo, incluso, al genocidio, si fuera preciso, como sucede hoy mismo, por mero ejemplo como el perpetrado por Indonesia en Papúa Occidental; una horrorosa tragedia que casi nadie conoce.

El hecho de se hable del «foro» (nombre que recibía originalmente un espacio accesible de pública reunión), de la panda de Davos, como si tuviera alguna legitimidad democrática, es ya el más perverso de los disparates. El informe Oxfam, que estima que 62 personas poseen la mitad de la riqueza mundial, y la parte que corresponde a la mitad más pobre ha disminuido un 38% desde 2010, y que 188 de las 201 principales empresas (es decir, el cártel de Davos) están presentes en, al menos, un paraíso fiscal (por un valor de alrededor de 7,6 billones de dólares, que equivaldrían a 190 mil millones extra en impuestos y a disposición de los gobiernos cada año, o, para situar esta cifra en perspectiva, una cantidad equivalente a tres veces el presupuesto sanitario del reino de España de 2013), es objeto de extendido debate. El caso es que, una vez la malversación se ha vuelto tan descarada y de tal magnitud, absolutamente todo es posible. Ninguno de los derechos, consagrados en instrumentos internacionales, por los que se combatió hasta su conquista, tras luchas de siglos, será respetado bajo el «imperativo de resiliencia». El ministro de Migración griego, Yiannis Mouzalas, contó recientemente a la BBC que Bélgica había dado instrucciones a Grecia de que «empujara» a los inmigrantes «de vuelta al mar». «Sáltese las normas», le dijeron. «No importa si los ahoga». Esa es la nueva resiliencia. Hiela la sangre.

Pero, para la inmensa mayoría de la gente, el agravamiento de la desigualdad no tiene que ver con la resiliencia de los multimillonarios, sino con asuntos más prosaicos, como el empleo. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) calcula que se han destruido alrededor de 61 millones de puestos de trabajo desde 2008, y, en 2019, más de 212 millones de personas carecerán de empleo. Otros estudios, como el publicado en 2013 por Carl Benedikt Frey y Michael A Osborne, de la Universidad de Oxford, subrayan el impacto de la informatización sobre el empleo y prevén que, por ejemplo, alrededor del 47% del total de puestos de trabajo en EE.UU. están en riesgo de desaparecer. Los efectos sociales –la pobreza y todo lo que lleva aparejado- para quienes no pertenecen al «Club de los 62» son evidentes y debatidos con frecuencia. Los ingredientes que faltan en la discusión son los muy anticuados y básicos principios de los derechos humanos: la libertad, la justicia y la dignidad. Una persona desempleada carece de libertad (condición necesaria de los otros dos principios), y padece el estigma asociado a cualquier clase de subsidio que pudiera percibir, llegado el caso (en el Reino de España, casi siete de cada diez trabajadores desempleados no perciben ayudas de ningún tipo). Y, por supuesto, las personas que trabajan largas jornadas en condiciones precarias y mal remuneradas tampoco son libres, por lo que no pueden existir socialmente como ciudadanos con plenos derechos. La igualdad y la reciprocidad en el ejercicio de la libertad solo pueden desarrollarse en una sociedad cuyas instituciones políticas proporcionan las condiciones sociales que garantizan la independencia material de sus miembros, y los liberan, así, de la obligación de vivir a merced de otros y sometidos a sus caprichos. Uno de los pilares sobre los que descansa el republicanismo democrático clásico es el reconocimiento de que la principal causa de vulnerabilidad e intromisión ilegítima en la vida de las personas es la falta de independencia económica.

Por mucho que se culpe a la «crisis», la desigualdad, el sufrimiento y el dolor en el mundo hoy obedecen a una causa básica: la política económica. El problema de los megarricos no es cuánto dinero roban, sino la influencia política que ejercen. Tómese la austeridad que han impuesto, por ejemplo. Como precisa Chomsky, la política de austeridad no se impuso en cumplimiento de alguna ley económica, sino que «es una decisión política adoptada por sus diseñadores para favorecer sus propios intereses», y esos intereses incluyen el desmantelamiento y la privatización de los servicios públicos. Hace dos siglos y medio el filósofo moral Adam Smith – difamado en el siglo XIX por considerársele un protoutilitarista de estirpe hobbesiana, y hoy injustamente adoptado como uno de los suyos por los fanáticos del laissez-faire – mostró que es la acción política dirigida a proteger ciertos intereses la que configura los mercados. Su proyecto de «republicanismo comercial» aspiraba a alumbrar políticamente las condiciones sociales que definirían y gestionarían de forma democrática la naturaleza y funciones de los espacios productivos en que las personas ejercen su libertad. Esto requería concebir políticas sociales y económicas dirigidas a universalizar la independencia material y el derecho de los ciudadanos a participar en el mercado como individuos libres y soberanos.

Son miles los ejemplos que muestran por qué dos pensadores tan diferentes como Chomsky y Smith aciertan al atribuir el origen de la desigualdad y del malestar social a la política económica. Los delincuentes, los multimillonarios que moldean el mundo, suelen permanecer ocultos a la vista y rara vez se reconoce su papel como actores políticos. Además, están bien protegidos por periodistas que siguen fielmente su dictado, como explica Michael Massing en un reciente artículo de la New York Review of Books. Massing cita a «DealBook», el influyente informe financiero diario del periódico The New York Times, que da cuenta de las transacciones y fusiones que tienen lugar en Wall Street, pero proporciona muy poca información sobre los manejos e intrigas de sus ejecutivos.

Uno de estos maniobreros de la política, Kenneth Griffin, director ejecutivo de Citadel (Chicago), ̶ que ganó 1300 millones de dólares en 2013 ̶ , poderoso operador de fondos de inversión de alto riesgo y número trece en la lista de donantes de «súper-PACS[1]» entregó más de un millón de dólares a la campaña de Rahm Emanuel para apoyar su elección para un segundo mandato como alcalde de Chicago, y alrededor de trece millones a la exitosa campaña que convirtió al republicano Bruce Rauner en gobernador de Illinois. Citadel contrató a Ben Bernanke, antiguo presidente de la Reserva Federal, como asesor en 2013, y Griffin es consejero de la Universidad de Chicago y miembro, entre otras poderosas instituciones, del Committee on Capital Markets Regulation (que protege los intereses de Wall Street en Washington). Los administradores de estos grupos, con denominaciones tan poco amigas de la ambigüedad, como Financial Markets Roundtable o Private Equity Growth Capital Council, no solo se reúnen en Davos, sino que se codean continuamente unos con otros, formando una estrecha camarilla, cuyas prácticas son muy antidemocráticas y secretas.

Otra lectura edificante nos aporta Chris Arnade, un antiguo bróker del mercado de divisas de Citigroup, que describe cómo los Clinton, «[ …y ] con los Clinton nunca es solo Bill o Hillary ̶ implementaron políticas que situaron a Wall Street en el centro de la agenda económica del Partido Demócrata, transformando lo que era un partido político contra Wall Street en un partido del propio Wall Street». No es un secreto que los Clinton trabajan a favor de grandes intereses financieros pero, ¿cómo es posible que los medios sigan presentando a la candidata Hillary Clinton como si fuera «demócrata» en algún sentido de la palabra?

Mientras las tragedias mundiales continúan en aumento, las medidas para aliviar el sufrimiento son, en el mejor de los casos, parciales, cicateras y pusilánimes, como si pidieran tímidamente disculpas a la pandilla de Davos por atreverse a enmendar sus crímenes. Sin voluntad para actuar sobre las causas de fondo, los partidos políticos y grupos llamados progresistas recurren a concesiones y sucedáneos, como los salarios mínimos, las rentas garantizadas, los seguros de desempleo o las prestaciones sociales, medidas condicionadas todas ellas, que, raramente, están a disposición de las personas que sufren una necesidad más apremiante. Bien está que existan, que nadie nos confunda. Bien está si la alternativa es su supresión a cambio de nada. En el Reino de España, donde el 34,5% de los niños menores de 16 años está en riesgo de pobreza o exclusión social, y se ha multiplicado por nueve el número de personas sin empleo desde 2008, muchas prestaciones sociales se interrumpen transcurrido un plazo aproximado de 18 meses. Es una lástima que no se defienda abiertamente la introducción de una renta básica universal (RBU).

En el terreno práctico y operativo, los costes administrativos de una renta básica universal, precisamente por ser universal, y, por tanto, mucho más sencilla, son bastante menores que los de los subsidios condicionados. La RBU no pone obstáculos a la percepción de otros ingresos ni desincentivaría, tampoco, el trabajo asalariado, como indican estudios recientes, y, en general, conferiría a las personas poder social y económico. Las tareas del hogar y los trabajos de carácter voluntario serían, por fin, reconocidos como verdaderos trabajos. La renta básica sobresale, como propuesta política, por esta forma de abordar la desigual distribución del trabajo reproductivo y la privación de los medios materiales de subsistencia que sufren millones de personas, y porque apunta a las raíces mismas de la desigualdad de clase y de género en la esfera de los cuidados y en los mercados capitalistas.

Todos la recibirían, pero no “todos” ganarían. Las personas más ricas pagarían más impuestos que ahora (si bien hoy no pagan lo que deben). Una asignación monetaria, destinada a todos los adultos, por un importe situado por encima del umbral de la pobreza, podría ser fácilmente financiada en el reino de España con un tipo único impositivo del 49%, que, combinado con una renta básica exenta de impuestos, sería altamente progresivo. El 80% de la población ganaría y el total de la cantidad transferida de los ricos a los no-ricos serían de unos 35.000 millones de euros. Como estaría por encima del umbral de la pobreza, la renta básica universal se ocuparía de algunos de los problemas más urgentes, como la erradicación de la pobreza, pero también, y este aspecto es especialmente importante, sentaría las bases de unos sistemas políticos mucho más justos y democráticos.

Desde el punto de vista ético, la renta básica universal difiere en gran medida de los subsidios condicionados, porque su principio fundamental es el derecho a la independencia económica y, por tanto, a la libertad. La RBU ería un componente de la política económica, que daría poder de negociación a la población en general y actuando, en este mismo sentido, como control eficaz del abuso de poder. Como subrayó Louis D. Brandeis, juez de la Corte Suprema de los EE. UU., hace, aproximadamente, cien años: «Tenemos que escoger: Podemos tener democracia o tener la riqueza concentrada en manos de unos pocos, pero no podemos tener ambas». Estamos ante una decisión de carácter político y, dado que los ciudadanos más ricos del mundo están destruyendo rápidamente el planeta, su urgencia es aún mayor. No se trata simplemente de detraer recursos de los ricos para entregárselos a los pobres. Lo que está en juego es la tarea crucial de construir unas instituciones y controles auténticamente democráticos y garantizar la efectividad de los más elementales derechos a la existencia y a la seguridad básica, que permitan el pleno ejercicio de la libertad.

Poco antes de su muerte el año pasado, Iain Banks resumía de forma expresiva algo de sobra conocido: «Me refiero a que la sociedad está rota, así que, ¿a quién deberíamos echar la culpa? ¿A los ricos y poderosos que provocaron este desastre? No, mejor se lo achacamos a la gente que no tiene poder ni dinero y a los inmigrantes, que ni siquiera pueden votar; sí, seguro que es por su puta culpa».

Y no es difícil comprobar cómo se castiga a los inmigrantes, los refugiados y la población más vulnerable. Si no frenamos a los verdaderos criminales, habrá más resiliencia multimillonaria, más muertes, más calentamiento global, más destrucción del medioambiente, más movimientos de ultraderecha, más xenofobia y más crueldad. Y menos democracia, menos justicia y menos libertad. Y el Foro Económico Mundial y los representantes de los gobiernos seguirán diciendo: «Que se ahoguen».

[1] En EE. UU. instrumentos para la financiación ilimitada de campañas políticas (N. de la T.).

¿Y si Bernie Sanders fuese presidente de EE.UU.?

Por Carlos Santa María | Actualidad RT. | 11 febrero del 2016

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Las elecciones en Estados Unidos tienen una programación con antelación: las élites postularán candidatos favoreciendo el bipartidismo en tanto defensa de su potencial económico, aunque se decantan finalmente por aquel que pueda sustentar sus proyectos políticos y geoestratégicos. Esto no es inusual en muchas elecciones donde los grupos corporativos apoyan a ambos candidatos, cuando es de este estilo donde sólo dos partidos participan (como es el caso de España, hoy debilitado por la irrupción de Podemos), con el fin de maniobrar al gobierno seleccionado.

En este caso específico, la publicidad ha dejado claro que en el ámbito republicano habrá una discusión interesante entre dos aspirantes, Donald Trump y Marco Rubio, lo que puede variar dependiendo de factores externos también. En el ala demócrata, todo indicaría que Hillary Clinton, auspiciada por Wall Street, tendría que ser la nominada.

Sin embargo, ha aparecido un factor inesperado que paulatinamente comienza a tener influencia cual es el votante libre, aquel que decide independientemente de las encuestas y que posee un grado de conciencia que va más allá de la militancia por una organización, comprometiéndose con el destino de su país. Esto ha dado impulso a la campaña de un supuesto acompañante en este proceso y que se transforma en un potencial candidato de preferencias altas: es Bernard Sanders.

Sanders es senador por Vermont, uno de los estados más pequeños de la Unión, quien se ha declarado contradictor de las grandes corporaciones. Por ello se ha comprometido a no aceptar para su campaña ni un solo dólar de ellas y hasta el momento ha conseguido recaudar más de 18 millones de dólares estadounidenses gracias a las pequeñas donaciones de unos 200.000 seguidores, ya que ha iniciado con fondos limitados para su campaña.

En su propuesta ha manifestado la necesidad de Educación Superior gratuita, lo que se convierte en una aspiración de grandes sectores jóvenes que aspiran a una carrera profesional sin alto endeudamiento, sanidad pública universal para que el acceso sea igualitario y de calidad, lucha contra el cambio climático con el fin de proteger al planeta de este engendro. También una reforma migratoria y del sistema judicial con el fin de proteger a los inmigrantes y a su vez transparentar la justicia, vacaciones y bajas de maternidad pagadas para los trabajadores, fin de las contribuciones de las corporaciones a las campañas políticas para democratizar la participación de quienes no posean dicho capital excluyente, mayor control de Wall Street y sus bancos privilegiando a la Nación, fin de las rebajas fiscales para los ricos en tanto violaría la Constitución. Su planteamiento crítico ante las multinacionales es decisivo.

Dada las posibilidades que se abren desde Iowa, su elección significaría una gran oportunidad para Estados Unidos pues desde su perspectiva mejoraría notablemente la imagen hoy deteriorada por la invasiones territoriales y financieras, le concitaría respaldos verdaderos más que rechazos y le permitiría concentrar sus esfuerzos en dedicarse a su propio desarrollo en vez de debilitarse en guerras e intervenciones difíciles. Ocurrirían varias situaciones acordes con su perfil: Estados Unidos retomaría un papel pacífico en el mundo, mejoraría sustancialmente la situación económica del país, establecería relaciones cordiales con América Latina, atacaría verdaderamente el terrorismo, comprendería la grave situación en Medio Oriente y, por tanto, renacería el espíritu de confraternidad con Rusia, China, Irán, y los movimientos progresistas en el planeta.

Si el planteamiento socialdemócrata de Sanders se mantiene, defendiendo las clases medias y trabajadoras tan desvalidas actualmente, estableciendo la humildad como aspirante al hacer su anuncio simplemente desde un podio colocado en un jardín del Capitolio, como defensor de la expansión de beneficios sociales y de aumentar el salario mínimo, sosteniendo que el país atraviesa una crisis más seria que cualquier otro período (después de la Gran Depresión de los años 30), convirtiéndose en crítico de las políticas que han favorecido a las multinacionales y a los grandes inversionistas, el resultado puede ser un apoyo de inmensos sectores afrolatinos, progresistas y capas medias.

¿Qué ocurrirá ahora?

La carrera para la presidencia parece estar confirmando que en el país del norte existe un nivel más alto de conciencia sobre la necesidad de elegir un nuevo rumbo, lo que preocupa sobremanera a la Corporatocracia, especialmente cuando Hillary Clinton no logra convencer debido a sus nexos con Wall Street, su acción en Bengasi, Irak y la masacre de civiles, los correos secretos, etc.

La hipótesis es que Marcos Rubio y Donald Trump tienen altas posibilidades en la medida que haya una gran abstención demócrata debido a la insatisfacción con las políticas propuestas y su desgaste interno y externo. Tal como se ha dicho, los republicanos alcanzarían la Casa Blanca pues los afrolatinos no votarían por Hillary, especialmente agredidos en este periodo, a no ser que existiese una amenaza directa, lo que volcaría su participación.

En ese sentido, tal como se anunció prospectivamente, algunas hipótesis que pueden darse son que el candidato republicano que sea nominado gane la presidencia; que Hillary Clinton sea candidata demócrata y pierda o gane; que Bernie Sander sea el candidato demócrata atrayendo una posibilidad alta de ser presidente con el apoyo afrolatino. De ser Sanders, debería enfrentar una de las campañas más duras y con ataques directos. En esta dirección, la creación de una trama para detener el avance progresista no está de más analizarlo pues de ser elegido presidente existiría un grave perjuicio para el emporio del negocio armado, comercial, financiero e industrial, y se privilegiaría la mediana y pequeña empresa fortaleciendo las bases sociales del país. El ataque identificándolo como peligro nacional, similar a Jeremy Corbyn en Inglaterra –tildándolo de socialista o generador de caos–, sería un elemento a tener en cuenta, además de acusaciones a su reputación personal; incluso denuncias sobre su incoherencia en los principios.

Los estadounidenses poseen hoy una propuesta de futuro con Sanders, que convertiría a Estados Unidos en la potencia de la verdadera libertad en la medida que privilegie a su pueblo, el honor del respeto a naciones independientes y fundamentalmente dedique sus esfuerzos a desarrollar democracia interna, agravada por la violencia generalizada. Esto es posible y puede convertir a esta nación norteamericana en un puntal de la confraternidad, papel aún por consolidar.

Noam Chomsky: Vivimos el momento más crítico de la humanidad

Por Agustín Fernández Gabard y Raúl Zibechi

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Estados Unidos fue siempre una sociedad colonizadora. Incluso antes de constituirse como Estado estaba eliminando a la población indígena, lo que significó la destrucción de muchas naciones originarias, sintetiza el lingüista y activista estadunidense Noam Chomsky cuando se le pide que describa la situación política mundial. Crítico acérrimo de la política exterior de su país, sostiene que desde 1898 se volcó hacia el escenario internacional con el control de Cuba, a la que convirtió esencialmente en colonia, para invadir luego Filipinas, asesinando a un par de cientos de miles de personas.

Continúa hilvanando una suerte de contrahistoria del imperio: Luego le robó Hawai a su población originaria, 50 años antes de incorporarla como un estado más. Inmediatamente después de la segunda Guerra Mundial Estados Unidos se convierte en potencia internacional, con un poder sin precedente en la historia, un incomparable sistema de seguridad, controlaba el hemisferio occidental y los dos océanos, y naturalmente trazó planes para tratar de organizar el mundo a su antojo.

Acepta que el poder de la superpotencia ha disminuido respecto al que tenía en 1950, la cima de su poder, cuando acumulaba 50 por ciento del producto interno bruto mundial, que ahora ha caído hasta 25 por ciento. Aun así, le parece necesario recordar que Estados Unidos sigue siendo el país más rico y poderoso del mundo, y a nivel militar es incomparable.

Un sistema de partido único

En algún momento Chomsky comparó las votaciones en su país con la elección de una marca de pasta de dientes en un supermercado. El nuestro es un país de un solo partido político, el partido de la empresa y de los negocios, con dos facciones, demócratas y republicanos, proclama. Pero cree que ya no es posible seguir hablando de esas dos viejas colectividades políticas, ya que sus tradiciones sufrieron una mutación completa durante el periodo neoliberal.

Están los republicanos modernos que se hacen llamar demócratas, mientras la antigua organización republicana quedó fuera del espectro, porque ambas partes se desplazaron a la derecha durante el periodo neoliberal, igual que sucedió en Europa. El resultado es que los nuevos demócratas de Hillary Clinton han adoptado el programa de los viejos republicanos, mientras éstos fueron completamente desplazados por los neoconservadores. Si usted mira los espectáculos televisivos donde dicen debatir, sólo se gritan unos a los otros y las pocas políticas que presentan son aterradoras.

Por ejemplo, destaca que todos los candidatos republicanos niegan el calentamiento global o son escépticos, que si bien no lo niegan dicen que los gobiernos no deben hacer algo al respecto. Sin embargo el calentamiento global es el peor problema que la especie humana ha enfrentado jamás, y estamos dirigiéndonos a un completo desastre. En su opinión, el cambio climático tiene efectos sólo comparables con la guerra nuclear. Peor aún, los republicanos quieren aumentar el uso de combustibles fósiles. No estamos ante un problema de cientos de años, sino de una o dos generaciones.

La negación de la realidad, que caracteriza a los neoconservadores, responde a una lógica similar a la que impulsa la construcción de un muro en la frontera con México. “Esas personas que tratamos de alejar son las que huyen de la destrucción causada por las políticas estadunidenses.

En Boston, donde vivo, hace un par de días el gobierno de Obama deportó a un guatemalteco que vivió aquí durante 25 años; tenía una familia, una empresa, era parte de la comunidad. Había escapado de la Guatemala destruida durante la administración Reagan. En respuesta, la idea es construir un muro para prevenirnos. En Europa es lo mismo. Cuando vemos que millones de personas huyen de Libia y de Siria a Europa, tenemos que preguntarnos qué sucedió en los últimos 300 años para llegar a esto.

Invasiones y cambio climático se retroalimentan

Hace apenas 15 años no existía el tipo de conflicto que observamos hoy en Medio Oriente. Es consecuencia de la invasión estadunidense a Irak, que es el peor crimen del siglo. La invasión británica-estadunidense tuvo consecuencias horribles, destruyeron Irak, que ahora está clasificado como el país más infeliz del mundo, porque la invasión se cobró la vida de cientos de miles de personas y generó millones de refugiados, que no fueron acogidos por Estados Unidos y tuvieron que ser recibidos por los países vecinos pobres, a los que se encargó recoger las ruinas de lo que nosotros destruimos. Y lo peor de todo es que instigaron un conflicto entre sunitas y chiítas que no existía antes.

Las palabras de Chomsky recuerdan la destrucción de Yugoslavia durante la década de 1990, instigada por Occidente. Al igual que Sarajevo, destaca que Bagdad era una ciudad integrada, donde los diversos grupos culturales compartían los mismos barrios, se casaban miembros de diferentes grupos étnicos y religiones. La invasión y las atrocidades que siguieron instigaron la creación de una monstruosidad llamada Estado Islámico, que nace con financiación saudita, uno de nuestros principales aliados en el mundo.

Uno de los mayores crímenes fue, en su opinión, la destrucción de gran parte del sistema agrícola sirio, que aseguraba la alimentación, lo que condujo a miles de personas a las ciudades, creando tensiones y conflictos que explotan apenas comienza la represión.

Una de sus hipótesis más interesantes consiste en cruzar los efectos de las intervenciones armadas del Pentágono con las consecuencias del calentamiento global.

En la guerra en Darfur (Sudán), por ejemplo, convergen los intereses de las potencias con la desertificación que expulsa poblaciones enteras de las zonas agrícolas, lo que agrava y agudiza los conflictos. Estas situaciones desembocan en crisis espantosas, como sucede en Siria, donde se registra la mayor sequía de su historia que destruyó gran parte del sistema agrícola, generando desplazamientos, exacerbando tensiones y conflictos, reflexiona.

Aún no hemos pensado detenidamente, destaca, sobre lo que implica esta negación del calentamiento global y los planes a largo plazo de los republicanos que pretenden acelerarlo: Si el nivel del mar sigue subiendo y se eleva mucho más rápido, se va a tragar países como Bangladesh, afectando a cientos de millones de personas. Los glaciares del Himalaya se derriten rápidamente poniendo en riesgo el suministro de agua para el sur de Asia. ¿Qué va a pasar con esos miles de millones de personas? Las consecuencias inminentes son horrendas, este es el momento más importante en la historia de la humanidad.

Chomsky cree que estamos ante un recodo de la historia en el que los seres humanos tenemos que decidir si queremos vivir o morir: “Lo digo literalmente. No vamos a morir todos, pero sí se destruirían las posibilidades de vida digna, y tenemos una organización llamada Partido Republicano que quiere acelerar el calentamiento global No exagero –remata– es exactamente lo que quieren hacer”.

A continuación cita el Boletín de Científicos Atómicos y su Reloj del Apocalipsis, para recordar que los especialistas sostienen que en la Conferencia de París sobre el calentamiento global era imposible conseguir un tratado vinculante, solamente acuerdos voluntarios. ¿Por qué? Debido a que los republicanos no lo aceptarían. Han bloqueado la posibilidad de un tratado vinculante que podría haber hecho algo para impedir esta tragedia masiva e inminente, una tragedia como nunca ha existido en la historia de la humanidad. Eso es lo que estamos hablando, no son cosas de importancia menor.

Guerra nuclear, posibilidad cierta

Chomsky no es de las personas que se dejan impresionar por modas académicas o intelectuales; su razonamiento radical y sereno busca evitar furores y, quizá por eso, se muestra reacio a echar las campanas al vuelo sobre la anunciada decadencia del imperio. Tiene 800 bases alrededor del mundo e invierte en su ejército tanto como todo el resto del mundo junto. Nadie tiene algo así, con soldados peleando en todas partes del mundo. China tiene una política principalmente defensiva, no posee un gran programa nuclear, aunque es posible que crezca.

El caso de Rusia es diferente. Es la principal piedra en el zapato de la dominación del Pentágono, porque tiene un sistema militar enorme. El problema es que tanto Rusia como Estados Unidos están ampliando sus sistemas militares, ambos están actuando como si la guerra fuera posible, lo cual es una locura colectiva. Cree que la guerra nuclear es irracional y que sólo podría suceder en caso de accidente o error humano. Sin embargo, coincide con William Perry, ex secretario de Defensa, quien dijo recientemente que la amenaza de una guerra nuclear es hoy mayor de lo que era durante la guerra fría. Chomsky estima que el riesgo se concentra en la proliferación de incidentes que involucran fuerzas armadas de potencias nucleares.

La guerra ha estado muy cerca innumerables veces, admite. Uno de sus ejemplos favoritos es lo sucedido bajo el gobierno de Ronald Reagan, cuando el Pentágono decidió poner a prueba las defensas rusas mediante la simulación de ataques contra la Unión Soviética.

Resultó que los rusos se lo tomaron muy en serio. En 1983 después de que los soviéticos automatizaron sus sistemas de defensa detectaron un ataque de misil estadunidense. En estos casos el protocolo es ir directo al alto mando y lanzar un contraataque. Había una persona que tenía que transmitir esta información, Stanislav Petrov, pero decidió que era una falsa alarma. Gracias a eso estamos acá hablando.

Sostiene que los sistemas de defensa de Estados Unidos tienen errores serios y hace un par de semanas se difundió un caso de 1979, cuando se detectó un ataque masivo con misiles desde Rusia. Cuando el consejero de Seguridad Nacional, Zbigniew Brzezinski, estaba levantando el teléfono para llamar al presidente James Carter y lanzar un ataque de represalia, llegó la información de que se trataba de una falsa alarma. Hay docenas de falsas alarmas cada año, asegura.

En este momento las provocaciones de Estados Unidos son constantes. La OTAN están llevando a cabo maniobras militares a 200 metros de la frontera rusa con Estonia. Nosotros no toleraríamos algo así sucediendo en México.

El caso más reciente fue el derribo de un caza ruso que estaba bombardeando fuerzas yihadistas en Siria a fines de noviembre. Hay una parte de Turquía casi rodeada por territorio sirio y el bombardero ruso voló a través de esa zona durante 17 segundos, y lo derribaron. Una gran provocación que por suerte no fue respondida por la fuerza, pero llevaron su más avanzado sistema antiaéreo a la región, que le permite derribar aviones de la OTAN. Argumenta que hechos similares están sucediendo a diario en el mar de China.

La impresión que se desprende de sus gestos y reflexiones es que si las potencias que son agredidas por Estados Unidos actuaran con la misma irresponsabilidad que Washington, la suerte estaría echada.

(Tomado de La Jornada)