Marconi: Desde el fondo del abismo, la fractura social nos interpela

¿Alguna vez pensó cómo lo ve a usted el Marconi?

por Gabriel Pereyra

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Fotografía: Carlos Lebrato

En una entrevista que el periodista Leonardo Haberkorn le hizo al director de la agencia de publicidad Young, Álvaro Moré, que en su niñez vivió en el Hipódromo, lindero al Marconi, contó que en la puerta de su casa había un pozo (agrego yo, con lo que llamábamos agua podrida), que lo obligaba a caminar media cuadra para cruzar la calle. Décadas estuvo ese cráter ahí. Nunca nadie llegó hasta allí a taparlo y eso que estaba a una cuadra de la avenida general Flores, imagínese la soledad y las cosas que pasaban cinco o seis cuadras más abajo, en el cante.

En otro extremo de la ciudad un día juntaron a gente pobre de distintos barrios, algunos que estaban en el famoso corralón municipal, y la amontonaron en unas viviendas que llamaron Cerro Norte. La experiencia de complejos de viviendas demostró que generaban guettización, males endógenos difíciles de combatir y una aglomeración de personas en algunos casos superiores a ciudades del interior, pero sin los servicios necesarios. Resultado: hoy tenemos el complejo América, los palomares de Casavalle, Verdisol, dejaron crecer el 40 semanas y otros tantos que son un dolor de cabeza social.

Cada gobierno reivindicó, porque está bien que lo hiciera, la baja en la mortalidad infantil, pero en el festejó se obvió otro par de asuntos: en esos sectores donde campea la pobreza, el abandono escolar e infantil, donde hay más necesidades básicas insatisfechas, el promedio de hijos por mujer es de 5 contra 2 de los sectores más pudientes. La clase media se reduce, la pobreza se reproduce.

Por otro lado, los embarazos adolescentes en Uruguay superan la media mundial y, además, un 22% de esas jóvenes madres tienen más de dos necesidades básicas insatisfechas contra 4% que tienen todas las necesidades satisfechas. La pobreza se reproduce en forma geométrica.

Según Naciones Unidas, esas adolescentes sufren una “escasa capacidad de elección, por falta de oportunidades, entre proyectos de vida alternativos. Las condiciones de vida críticas de los hogares en que viven las jóvenes aumenta la vulnerabilidad respecto al embarazo precoz, y en algunas ocasiones no deseados”.

Pero los gobiernos celebraban la baja en la mortalidad infantil porque es preferible celebrar lo logrado que hablar de las falencias.

Es difícil que luego de tener un hijo, nenas de 13, 14, 15 años sigan en el liceo. De esos nenes nacidos en esas condiciones, 95 de cada 100 no terminarán el liceo.

De esos nenes y de todos los nenes nacidos en todas las condiciones sociales, un 60% sufre algún tipo de violencia física o psicológica. La Guardia Republicana no viene por nosotros, pero somos violentos y con los más frágiles. Ni los perros se comportan así con sus cachorros.

Luego, y parece casi obvio, siete de cada 10 mujeres son agredidas de alguna forma por sus parejas.

Además, Uruguay tiene una de las tasas más altas de menores privados de libertad. Algunos están 23 horas por día encerrados en sus celdas. ¿Tiene hijos adolescentes? Pregúntele a un experto los cambios que se producen en la adolescencia.

Una monografía de la estudiante Lira López de la Universidad Católica sobre suicidio adolescente dijo que “la no percepción de los riesgos por el joven puede estar relacionado con la falta de proyección hacia el futuro de anticipación de una temporalidad por venir y de un proyecto a conquistar, dificultad de sentirse protagonista de su propia vida, de confiar en su capacidad de crear y ser reconocido” y que la adolescencia es “una edad especialmente dramática y tormentosa en las que se producen innumerables tensiones con inestabilidad, entusiasmo y pasión en la que el joven se encuentra dividido entre tendencias opuestas”.

La mayoría de los adolescentes privados de libertad siguen luego privados de libertad en las cárceles porque si las cárceles no recuperan a nadie, los hogares de encierro ni le cuento.

El comisionado parlamentario de cárceles, Miguel Petit, contó de casos en que abuelo, padre e hijo son “chorros” y este último tiene ocho hijos que esperan la llegada de su futuro en un rancho junto a su madre, sola de toda soledad en este mundo.

Cuatro de cada 10 niños viven en hogares monoparentales, o sea que una madre o un padre que tienen que trabajar se las deben ingeniar para ver qué hacen con sus hijos cuando no están en la escuela, si es que están, o cuando están con la barra de la esquina.

¿Nunca oyeron esos testimonios de madres llorando sobre el cadáver de su hijo y diciendo que nunca imaginó que estuviera rapiñando? Mala madre que en lugar de cuidar a su hijo iba a trabajar.

En los últimos años han surgido otras madres que llegaron a declarar públicamente que preferían muertos a sus hijos antes que seguir viéndolos desesperados por la pasta base ¿Ese será el futuro del que habla la definición de adolescencia?

En algunos barrios, seis de cada 10 niños menores de 3 años sufrieron algún tipo de inseguridad alimentaria. ¿Les molesta que para no decir “ajuste fiscal” el gobierno diga “consolidación”? ¿Y qué piensan del lenguaje de los organismos internacionales que dicen que uno de cada 10 niños de esas zonas, donde hay el doble de niños que en otras zonas más acomodadas, sufre “inseguridad alimentaria severa” para evitar decir “hambre”?

Para escapar a la inseguridad alimentaria, se estima que unos 35 mil pibes trabajan con la basura, llámele recolectores informales si quiere seguir con los eufemismos.

He leído ensayos, investigaciones, locales y extranjeras, sobre primera infancia, adolescencia infractora, pobreza, situación carcelaria, seguridad pública. He tratado de comprender para no ser reaccionario -sin sentido peyorativo del término- sino para reflexionar e incorporar incluso en esa reflexión la comprensión a los reaccionarios. Pero confieso que llegó un punto en el que no puedo elaborar, no puedo abarcar, ni siquiera puedo responder a la pregunta de cómo nos pasó, de si fue cierto lo de la tacita de plata, de las puertas sin llave, del chorro con códigos.

La vida nos pasó como les pasa a esas mujeres y hombres de algunas clases sociales en las que con 30 años parecen de 60. No es que estemos curtidos, estamos gastados.

Y cuando intento presumir de conocimiento o al menos de comprensión, solo me sale impotencia, un poco de miedo que me ha ido ganando con los años y tristeza, mucha tristeza.

Y no puedo entender cómo en la enorme mayoría de las reacciones públicas -las sesudas, las oportunistas, las burdas, las que suponen conocer y las que ignoran que ignoran- no se advierta, en general, este sentimiento de tristeza.

No estoy diciendo llenar de misericordia el lugar de la Justicia o de contemplación el lugar que corresponde a la represión; digo que todos nos hemos vuelto un poco violentos, descarnados, egoístas.

Una famosa frase del filósofo alemán Friedrich Nietzsche dice que cuando miramos mucho al abismo, el abismo también mira adentro de uno.

Tras largos períodos de olvido, cuando pasan cosas como las del Marconi, la sociedad mira hacia esos lugares con lupa y los interpela desde diferentes lugares. Y sin importar cuánto tengamos, dónde vivamos, con qué grado de honestidad procedamos, la sociedad que mira al Marconi también es observada desde la perspectiva de esa pobreza, de esa soledad, de esa marginalidad, incluso desde la violenta y delictiva.

Y, salvo que asumamos todo esto con mucha soberbia, lo cual en algunos casos parece evidente, deberíamos empezar a pensar si una parte de lo que ocurre no se debe a que quienes nos miran desde el fondo de ese abismo, no ven en la superficie una sociedad mucho mejor, al menos en lo relativo a la comprensión del otro, ese ser tan ajeno pero necesario si lo que queremos es ser una comunidad.

El nuevo espíritu del capitalismo

El nuevo espíritu del capitalismo

Por Ricardo Forster

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“En el régimen neoliberal de la autoexplotación uno dirige la agresión hacia sí mismo. Esta autoagresividad no convierte al explotado en revolucionario, sino en depresivo.
Hoy el poder adquiere cada vez más una forma permisiva. En su permisividad, incluso en su amabilidad, depone su negatividad y se ofrece como libertad.
La psicopolítica neoliberal está dominada por la positividad. En lugar de operar con amenazas, opera con estímulos positivos. No emplea la ‘medicina amarga’, sino el me gusta. Lisonjea el alma en lugar de sacudirla y paralizarla mediante shocks. La seduce en lugar de oponerse a ella. Le toma la delantera. Con mucha atención toma nota de los anhelos, las necesidades y los deseos (…). La psicopolítica neoliberal es una política inteligente que busca agradar en lugar de someter.”
Byung-Chul Han, Psicopolítica

Hace unos años, cuando todavía no se había desatado la crisis de las hipotecas, la signada por la estrepitosa caída de Lehmann Brothers y que, desde el año 2008, sigue marcando duramente la travesía del capitalismo ultraliberal, en un notable libro de dos sociólogos franceses, Luc Boltanski y Ève Chiapello (El nuevo espíritu del capitalismo), podíamos leer, entre incrédulos y fascinados, las profundas transformaciones que se habían operado en el funcionamiento de la sociedad y de sus entramados económicos a partir de los años 80 y, sobre todo, desde la última década del siglo pasado. Boltanski y Chiapello se detenían, principalmente, a analizar y desmenuzar los cambios en el interior del mundo de las empresas, aguzaban su indagación para descifrar los procesos cultural-simbólicos que llevaron a dejar atrás los paradigmas fordistas en los que habían sido formados y formateados los cuadros gerenciales para poner en evidencia la profunda metamorfosis que viene signando la realidad empresarial desde las últimas tres décadas y que ha irradiado sobre los otros estratos de la sociedad. Lejos de los paradigmas contra los que se rebelaron los jóvenes de las décadas de 1960 y 1970, paradigmas sostenidos en el interior de la etapa productivista del capitalismo, allí incluso donde, en especial en los años que se abrieron a partir de la segunda posguerra, se expandió el Estado de Bienestar, lo que domina la escena de los últimos casi 40 años es la emergencia de un capitalismo de lo flexible asociado al impacto de la financiarización extrema de las relaciones económicas.

Combinando una rigurosa investigación de esta etapa hegemonizada por la financiarización del capital y hundiendo su bisturí crítico en los fundamentos ideológicos del neoliberalismo, los autores van mostrando de qué modo el discurso y la práctica del “nuevo espíritu” del capitalismo se fue apropiando de las experiencias y las propuestas contraculturales desplegadas en los años sesentas cuando la busca de un nuevo paradigma de libertad individual y de una violenta crítica a las formas autoritarias y jerárquicas de la sociedad burguesa dominaron la sensibilidad y las acciones de la generación de Mayo del 68. En todo caso, se afanan por comprender el paso de un capitalismo centrado en la producción y organizado a partir de estructuras verticales y jerárquicas a un capitalismo “de seducción” orientado hacia los placeres y el llamado al goce permanente capaz de introducir en la vida cotidiana la ficción de la diversidad, la libertad sin límites y la transgresión normativizada. Sus inquietudes están dirigidas a interrogar por la construcción de nuevas alternativas que logren sustraerse a esas formas de seducción que le ha permitido a la economía global de mercado imponer en casi todas las latitudes sus estructuras de dominación. Desafío de quienes siguen reivindicando ideales emancipatorios en la época en la que la lógica represiva y autoritaria del capitalismo ha mutado hacia prácticas capaces de enmascarar la actualidad de la desigualdad y la injusticia que, lejos de disminuir, se han multiplicado y acelerado a nivel planetario. “El capitalismo artístico –escribieron Gilles Lipovetsky y Jean Serroy– no hace pasar del mundo del horror al de la belleza radiante y poética”. En nuestra geografía sureña eso lo podemos comprobar al experimentar la diferencia que existe entre la publicidad de una “revolución de la alegría” propuesta por Cambiemos y la despiadada implementación de un programa de transferencia de recursos desde los sectores populares y asalariados a las grandes corporaciones financieras, a los dueños de la soja y a las empresas multinacionales. En todo caso, entre la ficción propagandística y la realidad de un aceleramiento de la desigualdad se ha colado una nueva y pujante maquinaria de producción intensiva de subjetividades sujetadas al engranaje del consumo infinito que encuentra su otro rostro en las nuevas formas de exclusión.

Veamos lo que destacan Boltanski y Chiapello: “No es difícil reconocer aquí (los autores están reflexionando sobre los cambios en la formación de los cuadros empresariales en los años 90) el eco de las denuncias antijerárquicas y de las aspiraciones de autonomía que se expresaron con fuerza a finales de la década de 1960 y durante la de 1970. De hecho, esta filiación es reivindicada por algunos de los consultores que, en la década de 1980, han contribuido a la puesta en marcha de los dispositivos de la nueva gestión empresarial y que, provenientes del izquierdismo y, sobre todo, del movimiento autogestionario, subrayan la continuidad, tras el giro político de 1983, entre su compromiso de juventud y las actividades que han llevado a cabo en las empresas, donde han tratado de hacer las condiciones de trabajo más atractivas, mejorar la productividad, desarrollar la calidad y aumentar los beneficios. Así, por ejemplo, las cualidades que en este nuevo espíritu son garantes del éxito –la autonomía, la espontaneidad, la movilidad, la capacidad rizomática, la pluricompetencia (en oposición a la rígida especialización de la antigua división del trabajo), la convivencialidad, la apertura a los otros y a las novedades, la disponibilidad, la creatividad, la intuición visionaria, la sensibilidad ante las diferencias, la capacidad de escucha con respecto a lo vivido y la aceptación de experiencias múltiples, la atracción por lo informal y la búsqueda de contactos interpersonales– están sacadas directamente del repertorio de Mayo de 1968. Sin embargo, estos temas, que en los textos del movimiento de mayo de 1968 iban acompañados de una crítica del capitalismo (y, en particular, de una crítica de la explotación) y de su anuncio de un fin inminente, en la literatura de la nueva gestión empresarial se encuentran de algún modo autonomizados, constituidos como objetivos que valen por sí mismos y puestos al servicio de las fuerzas que antes trataban de destruir. La crítica de la división del trabajo, de la jerarquía y de la vigilancia, es decir, de la forma en la que el capitalismo industrial aliena la libertad es, de este modo, separada de la crítica de la alienación mercantil, de la opresión de las fuerzas impersonales del mercado que, sin embargo, era algo que la acompañaba casi siempre en los escritos contestatarios de la década de 1970”.

Lo interesante de este análisis es, precisamente, que nos muestra de qué modo el sistema logró apropiarse de las críticas más radicales, en especial de aquellas que hacían hincapié en las formas autoritarias y jerárquicas que dominaban la esfera de la producción y del mundo económico, para, generando una metamorfosis sorprendente, ponerlas al servicio de la reconfiguración del propio capitalismo. Resulta imposible explicar la expansión cultural (y ya no sólo estructural-financiera) del neoliberalismo sin establecer estas genealogías y estos vínculos que, a simple vista, parecerían ser visceralmente contradictorios. ¿Cómo es posible que los movimientos contestatarios y anticapitalistas de los 60 y los 70 se hayan convertido en la materia prima para la refundación todavía más salvaje de la dominación burguesa sobre el conjunto de la sociedad? Seguramente es posible encontrar la respuesta en el meticuloso estudio que los autores realizan de la erosión que el nuevo individualismo libertario y hedónico generó en el interior de la vida de la sociedad de finales del siglo pasado y, sobre todo, de la “genial” apropiación que la nueva cultura empresarial fue capaz de hacer de las energías contestatarias que marcaron a una generación e hicieron inviable la persistencia de un modelo autoritario de organización de la sociedad (aunque también se llevó puesta, esta labor erosionante, el entramado comunitario para potenciar el híper individualismo). Pero, lo fundamental, fue la sagacidad con la que rápidamente comprendieron la fluidez que surgía entre las nuevas necesidades del capitalismo neoliberal y la ruptura de los límites, de las jerarquías y de las tradicionales y anquilosadas formas de organización del trabajo que estaban en la base de la crítica de los jóvenes rebeldes de los 60 y 70. Del mismo modo que, utilizando los cuantiosos recursos de los medios de comunicación y de la industria de la cultura, se desplegó un proceso de producción de subjetividad asociada a los valores emergentes de la nueva praxis individualista.

Del espíritu anticapitalista extrajeron aquellas características que se correspondían con las exigencias de la época de la fluidificación económica, de la imprescindible apertura de las fronteras mercantiles y de la radical financiarización del sistema económico que apostaba a lo flexible frente a lo sólido, a lo fugaz frente a lo permanente, a lo descentrado frente a lo orgánico, a lo horizontal frente a lo jerárquico. Bajo la impronta de un nuevo concepto de “libertad” (en gran medida extraído de la crítica de la generación del 68, lo que otros autores han llamado la “crítica artística del capitalismo”), el neoliberalismo fue modificando de cuajo las formas cultural-simbólicas y se preparó para producir una profunda mutación en la subjetividad. Difícil, por no decir imposible, desentrañar la emergencia de la “nueva derecha” sin dilucidar las características centrales de esta etapa del capitalismo global.

Los grandes impuestos que hicieron grande a EEUU

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Los grandes impuestos que hicieron grande a EEUU
A. P. SCHROEDEL.

Más de 30 años de ideología y propaganda neoliberal hegemonizando Occidente han hecho creer a muchos ciudadanos que los impuestos son un invento del diablo de la izquierda. Pero no es así. Aunque hoy pueda parecer mentira, hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el que subir impuestos -incluso mucho- era un gesto “de derechas”, netamente capitalista.

Las nuevas generaciones deben saber que en Estados Unidos, país exportador hoy de ideología neoliberal, hubo una época, dorada, en la que se acometieron enormes proyectos -sociales, de infraestructuras, educativos, de cooperación internacional, etc.-, gracias a los cuales el país logró subir los últimos peldaños de su poder. Y fueron realizados gracias a impuestos que gravaron, especialmente, los ingresos de los más ricos.

Hagamos un repaso de los últimos 100 años. Se consiguieron proyectos sociales e infraestructuras gracias a los impuestos. Al inicio del siglo xx, las tasas del Impuesto sobre la Renta en EE UU eran bajísimas. Para 1913, la tasa máxima era del 7%, y solo para ingresos por encima de 500.000 dólares (11 millones de 2013). EE UU era un fácil negocio. Pero eso duró poco. En 1918, Woodrow Wilson elevó esa tasa máxima, de golpe, al 77%, aunque el umbral de ingresos para pagarlos aumentó a un millón de dólares (15 millones de 2013). Este nivel no duró mucho. En 1922, William Harding redujo el tipo máximo hasta el 58%. En 1924, Calvin Coolidge lo redujo aún más (al 46%), y al año siguiente, 1925, volvió a bajarlo al 25%. Nunca ha vuelto a estar tan bajo. Hoover aumenta la tasa. En 1932, el presidente Hoover cambia la tendencia y aumenta la tasa máxima sobre ingresos al 63%. Pero será su sucesor, Franklin D. Roosevelt, quien, a lo largo de los 12 años de su mandato (1933-1945) llevará esa tasa a su máximo histórico: un 94%, aplicado a los ingresos por encima de los 200.000 dólares de entonces (2.600.000 dólares de 2013).

Era el año 1944, y el Impuesto sobre la Renta se estructuraba en 24 tramos, a partir de un 23%. El sistema fiscal era francamente progresivo. Durante casi 20 años, la tasa que tenían que pagar las grandes fortunas estadounidenses, a partir de 400.000 dólares, nunca bajó del 90%… ¡el 90%! Los presidentes del país capitalista más rico del mundo entendían que los impuestos debían ser progresivos y que los más adinerados debían pagar más. Fueron los años dorados del crecimiento económico y sociocultural de EE UU. Tras Roosevelt (94%), llegó Harry Truman, que bajó el índice máximo hasta el 91%. Dwigth Eisenhower, un republicano, no solo mantuvo esa tendencia durante los ocho años de su mandato, sino que en 1952 y 1953 la elevó hasta el 92%, para ingresos superiores a 200.000 dólares de la época (1.700.000 de 2013). Los primeros 2.000 dólares tributaban a un 22% y había 24 tramos diferentes.

Johnson cambia la tendencia en 1963 Kennedy no tocó esa tasa máxima del impuesto en los años que gobernó. A pesar de pertenecer a una familia muy rica, no varió un ápice la tendencia fiscal progresista que heredó de Eisenhower. El Impuesto de la Renta se moduló en 24 tramos, con tasas entre el 20 y el 91%. Esta última gravaba los ingresos superiores a 400.000 dólares de la época (3.000.000 de hoy). Fue su sucesor, Johnson, el primero que cambió de nuevo la tendencia, en 1963, y la redujo de golpe 20 puntos, hasta el 70%. Ahí se mantuvo, con escasas excepciones, durante los siguientes 18 años. Los presidentes Nixon, Ford y Carter únicamente variaron el umbral a partir del cual se aplicaban estas tasas, que bajó desde 400.000 hasta 200.000 dólares de la época.

Con Ronald Reagan llegan al poder los ideólogos neoliberales, hijos de Hayek y Friedman y ‘enemigos’ del Estado. Su consigna es que los impuestos son “confiscatorios” y por eso hay que bajarlos. La tasa marginal máxima cae más de 40 puntos entre 1981 y 1989, y dejan únicamente dos tramos: hasta 30.000 dólares, al 15%; y a partir de 30.000, al 28%. Los Chicago Boys están exultantes. Desde los años 90 hasta hoy, demócratas y republicanos han mantenido una política fiscal similar. El 28% de finales de los 80 ha subido hasta situarse en un 39,6% de tasa máxima (lo subió Clinton, lo bajó Bush hijo al 35% y lo ha vuelto a subir Obama). Y así está hoy. En EE UU no hay un sistema fiscal realmente progresivo en la actualidad, y para mantener su nivel de crecimiento han tenido que endeudarse hasta los 17 billones de dólares, deuda que sigue subiendo. Un auténtico peligro para la economía mundial.

Byung-Chul Han: «Hoy no se tortura, sino que se “postea” y se “tuitea”»

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Nacido en Seúl, la capital de Corea del Sur, en 1959, Byung-Chul Han engañó a sus padres: les dijo que iba a proseguir sus estudios de Metalurgia en Alemania, pero en realidad fue persiguiendo una pasión que, reconoce, estaba inscrita en su nombre: «El símbolo chino para ‘Chul’ significa, según el sonido, ‘hierro’ o ‘metal’, pero, según el sentido, también ‘luz’. En coreano filosofía significa ‘Chul-Hak’, es decir, ‘ciencia de luz’. De esta manera seguí en mi vida, sin saberlo, el significado de mi nombre».

Estudió Filosofía en la Universidad de Friburgo y Literatura alemana y Teología en la de Múnich. Profesor de Filosofía y Estudios Culturales en la Universidad de las Artes de Berlín, lo último que ha publicado en España, y en Herder, la misma editorial que sus anteriores cuatro libros, es Psicopolítica, en el que dirige su mirada crítica «hacia las nuevas técnicas de poder del capitalismo neoliberal, que dan acceso a la esfera de la psique, convirtiéndola en su mayor fuerza de producción».

Siguiendo la pauta establecida por sus primeros ensayos, como La sociedad del cansancio y La agonía del Eros, Byung-Chul Han hace hincapié en que la psicopolítica recurre a un «sistema de dominación que, en lugar de emplear el poder opresor, utiliza un poder seductor, inteligente (smart), que consigue que los hombres se sometan por sí mismos al entramado de dominación».

Al cabo de media hora, Byung-Chul Han mirará por primera vez el reloj

No es nada fácil concertar una entrevista con el filósofo coreano con coleta y cazadora de cuero, que descarta ser fotografiado «porque hay poca luz» y «hay demasiadas fotos [suyas] en la red». Con la ayuda de su editor español, que estudió el terreno como si se tratara de un hipersensible campo de minas, el autor de La sociedad de la transparencia accedió a que nos viéramos en el café de Berlín en el que suele citarse con los plumillas: el Liebling. El café amoroso. Un café de tonos blancos, ruidoso, con música ambiente, poca luz y perfectamente inadecuado para una entrevista, y menos para una entrevista con un filósofo. Llega puntual y enseguida se da cuenta de su error. Le proponemos trasladarnos a la acera de enfrente, donde un desierto restaurante italiano (el D’Angelo), que bien podía haber servido de decorado para un episodio de El Padrino. Él se encarga de explorar el terreno, y da el visto bueno.

Sentados junto a una ventana que da a la noche, y que le servirá al filósofo para pensar con la mirada perdida durante minutos y minutos, hablamos a tres bandas: las preguntas en español han de ser vertidas al alemán, y viceversa. Tres tés verdes, una mesa cubierta con el ineludible mantel de cuadros rojos y blancos, y una vela temblorosa que acentúa la irrealidad del encuentro. Se nota que no le gustan las entrevistas, y mucho menos los periodistas, aunque indagará sobre el grado de conocimiento de su obra y de su figura en España.

Aunque dice que dispone de todo el tiempo del mundo, al cabo de media hora mirará por primera vez el reloj. La impaciencia le irá reconcomiendo hasta proponer que le enviemos las preguntas por correo electrónico. En dos horas que pasan con una lentitud exasperante, el momento más extraño es cuando a la pregunta de si la filosofía es un género literario o una disciplina científica responde: «Ninguna de las dos».

Entonces ¿qué es la filosofía?

Esa es una pregunta muy difícil.

Tras cuatro largos minutos de silencio contemplando la noche berlinesa intentará una respuesta. Pero tanto la pregunta como la respuesta desaparecerán de la versión final. Eran más de cuarenta los interrogantes que traía conmigo. Tras la criba a la que sometió el cuestionario el filósofo coreano, y que tuvo que sortear con el mejor tino la traductora e intérprete, Elizabeth Rudolph, esto es lo que quedó de la conversación (y de la correspondencia electrónica) con Byung-Chul Han, que llegó con un libro de tapas duras y negras que ocultó bajo sus manos finas y sin anillos. Hasta que lo abrió para precisar una idea: era una de sus obras.

Habla con los brazos cruzados, mira brevemente a los ojos. A veces se tapa el rostro con las manos. Es un manojo de contradicciones: sabe que depende de la prensa para que sus ideas se difundan, porque está claro que quiere influir con lo que dice, con su máquina de pensar. Pero le gustaría no tener que hacerlo. Dice de los periodistas culturales alemanes que han escrito libros que son arrogantes, y pregunta si son también así los españoles. Coge la tarjeta del plumilla venido de lejos, la mete con displicencia entre las páginas de su libro, pero después lo piensa mejor y, mientras contesta con fastidio a la última pregunta que malamente logramos hacerle, la retuerce, para dejarla finalmente abandonada sobre el mantel del restaurante mafioso. Byung-Chul Han. Un pensador de nuestro tiempo. Pero también un hombre misterioso. No será fácil descifrarle, aunque en sus libros se esmera en expresarse con claridad. La cortesía del filósofo. El enigma del hombre.

¿El verdadero filósofo es un aguafiestas, el encargado de difundir un mensaje que no se quiere escuchar?

Pienso que la gente que lee mis libros se siente muchas veces personalmente atacada. Algunos los leen casi como una biblia, pero otros los rehúyen como el diablo del agua bendita. Mis libros sacuden el sobrentendido en el que muchos se han acomodado. Concentran la atención de la gente en la parte interior fea, la que se oculta tras la bonita fachada. Dejan al descubierto ilusiones fatales. «Aguafiestas» sería un término demasiado suave.

En «Psicopolítica», su último ensayo, dice que la libertad ha sido un episodio, que vivimos en una luminosa e interconectada ilusión de libertad que en realidad no es más que una voluntaria esclavitud de soledades sin fin, y que, aunque queramos despertar, no podemos. ¿Es tan terrible nuestra realidad?

Vivimos realmente en una ilusión de libertad. No somos tan libres. Se ve que la comunicación que se considera libertad se transforma en vigilancia. Comunicación y transparencia también provocan una obligación a la conformidad. Hoy tenemos la impresión de que no somos sujetos sometidos, sino un proyecto que siempre se renueva, se reinventa y se mejora sin cesar. El problema es que este proyecto, en el que se convierte el sujeto sometido, se revela como figura forzada. El yo como proyecto revela coerciones del propio yo, que se reflejan, por ejemplo, en el aumento del rendimiento o la optimización. Vivimos en una fase histórica particular, en la que la propia libertad genera coerciones.

Para Karl Marx, el trabajo conduce a la alienación. El sí-mismo se destruye por el trabajo. Se aliena del mundo y de sí mismo a través del trabajo. Por eso dice que el trabajo es una autodesrealización. En nuestra época, el trabajo se presenta en forma de libertad y autorealización. Me (auto)exploto, pero creo que me realizo. En ese momento no aparece la sensación de alienación. De esta manera, el primer estadio del síndrome burnout (agotamiento) es la euforia. Entusiasmado, me vuelco en el trabajo hasta caer rendido. Me realizo hasta morir. Me optimizo hasta morir. Me exploto a mí mismo hasta quebrarme. Esta autoexplotación es más eficaz que la explotación ajena a la que se refería el marxismo, porque va acompañada de un sentimiento de libertad.

¿Por qué son tan breves sus libros? ¿Para no contribuir a la sociedad del cansancio?

Hace poco, en el periódico Die Zeit se publicó una entrevista en la que fui presentado como alguien capaz de derrumbar con pocas palabras construcciones enteras de pensamientos que sostienen nuestra vida cotidiana. Entonces ¿por qué hace falta escribir libros voluminosos? Se escriben libros voluminosos porque al autor no se le ocurren aquellas pocas frases con las que echar por tierra el mundo. Es un progreso que mis libros sean cada vez más breves.

¿Sus obras ayudan con su claridad a entender el momento en que vivimos porque la gente está muy perdida y sus libros iluminan esta perdición?

En mis libros describo de dónde viene esta perdición. Entiendo muy bien a los españoles porque lo mismo que sufre España ahora es lo que ya sufrió Corea del Sur. Después de la crisis financiera asiática vino el Fondo Monetario Internacional como un diablo que nos dio dinero pero nos robó el alma. Ahora los coreanos sufren una enorme presión competitiva y de rendimiento. La solidaridad se desintegra. La gente está afectada por depresiones y el síndrome de burnout. Corea tiene el porcentaje de suicidios más alto del mundo. Obviamente, la gente no puede aguantar ese estrés. Y cuando fracasa no responsabiliza a la sociedad sino a sí misma. Tiene vergüenza y se suicida. La crisis económica causó un choque social y provocó una parálisis en la gente.

Asegura que el capitalismo huye hacia el futuro, se desmaterializa, se convierte en neoliberalismo y convierte al trabajador en empresario que se explota a sí mismo en su empresa. ¿No hay salida? ¿Es pertinente volver a hacerse la pregunta ‘qué hacer’?

Resulta que el sistema neoliberal es muy estable e inquebrantable. Nos sentimos libres mientras nos explotamos a nosotros mismos. Esta libertad imaginada impide la resistencia, la revolución. El neoliberalismo aísla a cada uno de nosotros y nos hace empresarios de nosotros mismos.

El Muro de Berlín era tan real, y letal, como la «guerra fría». ¿Qué le dicen sus escombros?

Durante la época del Muro existía un enemigo con el que se estaba en guerra. Este enemigo ya no existe. Hoy la gente está en guerra consigo misma. Hoy estamos en una guerra sin muro y sin enemigo.

En «La agonía del Eros» convoca a Barthes y sus «Fragmentos de un discurso amoroso» para hablar del otro que hace temblar el lenguaje. ¿Ha experimentado ese otro que hace temblar el lenguaje? No lo digo desde una curiosidad impúdica, periodística, sino filosófica: ¿ha de experimentar, sentir, el filósofo lo que dice?

Yo no tengo smartphone. Sin embargo, escribí mucho sobre ello. Lo importante para la filosofía no es la experiencia personal, sino la capacidad imaginativa. Mediante la imaginación es posible ver las cosas más claras que mediante la experiencia directa.

¿Se equivocó Orwell, como tantos otros visionarios? ¿El sistema se ha dado cuenta de que resulta mucho más fácil seducir que obligar, encuentra voluntarios por doquier para convertirse con entusiasmo a la autoexplotación?

No diría que Orwell se equivocara. Describe su mundo, que ya no es nuestro mundo. El estado policial de Orwell, con telepantallas y cámaras de tortura, se distingue fundamentalmente del panóptico digital que representa internet, teléfonos inteligentes y Google Glass, que es controlado por la ilusión de la libertad y la comunicación ilimitadas. Aquí no se tortura sino que se postea y se tuitea. El control que coincide con la libertad es considerablemente más eficaz que aquella vigilancia que se dirige contra la libertad. «Neolengua», se llamaba el lenguaje ideal en el estado policial de Orwell. Tiene que sustituir por completo a la «viejalengua». La neolengua tiene una sola meta: limitar el espacio del pensamiento. Los crímenes de pensamiento deben ser impedidos por la extinción de las palabras que serían necesarias para cometerlos. Por eso se elimina también la palabra «libertad». Ya solo por eso el estado policial de Orwell se distingue del panóptico digital de nuestra época en que se aprovecha excesivamente de la libertad.

La técnica de poder del sistema neoliberal no es ni prohibitiva ni represiva, sino seductora. Se emplea un poder inteligente. Este poder, en vez de prohibir, seduce. No se lleva a cabo a través de la obediencia sino del gusto. Cada uno se somete al sistema de poder mientras se comunique y consuma, o incluso mientras pulse el botón de «me gusta». El poder inteligente le hace carantoñas a la psique, la halaga en vez de reprimirla o disciplinarla. No nos obliga a callarnos. Más bien nos anima a opinar continuamente, a compartir, a participar, a comunicar nuestros deseos, nuestras necesidades, y a contar nuestra vida. Se trata de una técnica de poder que no niega ni reprime nuestra libertad sino que la explota. En esto consiste la actual crisis de libertad.

Trae a colación una cita de Peter Handke: «La inspiración del cansado dice menos lo que hay que hacer que lo que hay que dejar». ¿Se podría extraer de ahí un proyecto político y filosófico?

Tal vez. La política de hoy carece de inspiración. Durante el estado de hiperactividad continúa lo que predomina bajo la bonita ilusión de la falta de alternativas.

Si no he leído mal, dice que cuando la transparencia se convierte en teología acaba sirviendo de justificación ética al neoliberalismo y que, sin limitaciones de índole moral, la transparencia acaba al servicio de una economía insaciable. ¿Es así? ¿Pero no nos sirve también la transparencia como herramienta para limitar la natural tendencia del poder a la mentira y el abuso?

El que relaciona la transparencia solamente con corrupción y con libertad de información ignora su alcance. La transparencia es una coerción sistémica que incluye todos los sucesos sociales para someterlos a cambios fundamentales. Hoy, el sistema social expone a todos sus procesos a una transparencia forzada para acelerarlos. La negatividad del secreto, de lo distinto, o de lo ajeno bloquea la comunicación. La presión de acelerar va acompañada de la disminución de la negatividad. La comunicación alcanza su velocidad máxima donde la igualdad responde a la igualdad. La transparencia estabiliza y aumenta la velocidad del sistema eliminando lo otro o lo ajeno. Esta coerción sistémica convierte la sociedad de la transparencia en una sociedad sincronizada. Lleva a la conformidad y a la sincronización.

A partir de «Melancholia», la película de Lars von Trier, dice que solo un apocalipsis, una catástrofe, podría liberarnos del infierno de lo igual. ¿Qué tipo de catástrofe? ¿Una revolución?

A partir de la protagonista de la película, Justine, se entiende lo que digo: es depresiva porque está absolutamente agotada, fatigada de sí misma. Toda su libido se dirige contra su propia subjetividad. Por eso no es capaz de amar. Y de repente aparece un planeta, el planeta Melancholia. La llegada de la alteridad puede suponer un apocalipsis en el infierno de la igualdad. El planeta mortífero se muestra a Justine como lo totalmente distinto que la arranca del pantano del narcisismo. Ante el planeta letal casi revive. Descubre también a los otros. De tal manera se entrega amorosamente a Claire y a su hijo. El planeta desata un deseo erótico. Eros, como relación con lo totalmente distinto, elimina la depresión. El desastre implica la salvación. Por cierto, la palabra «desastre» tiene su origen en la palabra latina desastrum, que significa «no estrella». Melancholia es una no estrella.

Vivimos en una sociedad que se concentra por completo en la producción, en la positividad. Se deshace de la negatividad de lo otro o de lo ajeno para aumentar la velocidad de la circulación de la producción y del consumo. Solo las diferencias que se pueden consumir están permitidas. No se puede amar al otro al que le han quitado la alteridad, sino solo consumirlo. Quizá sea por eso por lo que hoy crece el interés por el apocalipsis. Uno siente el infierno de la igualdad y quiere escapar de él.

¿En qué medida es «Cincuenta sombras de Grey» uno de los síntomas de nuestro malestar, del amor como rendimiento, como inversión calculada y positiva, de la que ha sido extraído todo riesgo, toda sombra, toda negatividad, todo peligro, todo dolor?

Hoy todo se convierte en objeto de rendimiento. Ni siquiera el ocio o la sexualidad pueden rehuir el imperativo del rendimiento. Pero el Eros supone una relación con lo otro, más allá del rendimiento y de las habilidades que se tengan. Ser capaz de no ser capaz es el verbo modal del amor. El estar en manos de alguien y la posibilidad de resultar herido forman parte del amor. Hoy se trata de evitar cualquier herida cueste lo que cueste.

¿Quién es Byung-Chul Han?

Adorno dijo que los nombres son iniciales que no entendemos pero a las que obedecemos como a nuestro destino. El símbolo chino para «Chul» significa, según el sonido, «hierro» o «metal», pero, según el sentido, también «luz». En coreano filosofía significa «Chul-Hak», es decir, «ciencia de luz». De esta manera seguí en mi vida, sin saberlo, el significado de mi nombre. Llegué a Alemania porque fui admitido por la Universidad Técnica de Clausthal-Zellerfeld, cerca de Gotinga, para estudiar Metalurgia. A mis padres les había dicho que iba a continuar mi carrera de Metalurgia en Alemania. Tuve que mentirles porque no me habrían dejado irme. Me marché a otro país cuyo idioma entonces no sabía ni hablar ni leer y me lancé a una carrera completamente diferente: Filosofía. Fue como en un sueño. Entonces tenía veintidós años. Ahora soy profesor de Filosofía en Berlín.

Manual para el uso de Facebook y otras drogas

Manual para el uso de Facebook y otras drogas
Mauricio Bruno

religion

1) No tomes demasiado y nunca muy en serio.

2) Nunca, bajo ningún concepto, borres una publicación. Errores cometemos todos, pero es preferible pedir disculpas y tratar de corregir el mal antes que fingir que acá no ha pasado nada. La publicación fallida quedará en el muro como una cicatriz que te recordará qué cosas no debes hacer. Eliminarla es el equivalente a introducir una ley de caducidad en tu cerebro; como todos sabemos, el olvido no opera tan fácil y, además, provoca serios traumas.

3) Acepta la solicitud de amistad de cualquier persona. En la medida en que hoy es técnicamente posible que el guardián de Eduardo Bonomi te grabe con la cámara de tu celular mientras te masturbas mirando anime porno, deberías asumir que la privacidad ha muerto y que si tratas de defenderla te va a pasar lo mismo que a los que luchan por el derecho de autor: el agua te va a pasar. No vas a resguardar mejor ni peor tus más escabrosos secretos en función de que tengas tantos o cuantos amigos o de que los conozcas más o menos. Además, si quieres guardar un simulacro de intimidad, siempre puedes segmentar tus contactos y definir qué información quieres transmitirle a cada uno de ellos. Pero rechazar solicitudes de amistad es de mal gusto. ¿Quién te crees que eres? ¿La reina de Holanda?

4) La regla anterior, sin embargo, admite varias excepciones. Podrás rechazar solicitudes de amistad en los siguientes casos: cuando el usuario en cuestión tenga cara de homicida en serie; cuando use una foto de perfil extraída de las primeras diez opciones que arroja Google al introducir la búsqueda “hot women”; cuando tenga menos de diez amigos; cuando sea un extranjero que llegó hasta ti por vaya uno a saber qué capricho del dios de los algoritmos.

5) No expongas asuntos problemáticos relativos a los ámbitos importantes de tu vida, como la familia, el trabajo o la militancia. Las fronteras de la sensibilidad no son las mismas para todos, y es fácil que una persona cercana a ti en el mundo real pero que no integra tus redes virtuales -y que, por lo tanto, no conoce tus códigos de comunicación en ese ámbito- se sienta ofendida por algo dicho allí. Por ejemplo: si eres un profesor de enseñanza media, no traigas a colación asuntos relativos a tus alumnos, no te burles de sus errores o te quejes de su comportamiento. No, chicos, no: aunque no tengan a los botijas en Facebook, no está bien.

6) En directa relación con el punto anterior, ten en cuenta que las cosas que dices y haces en las redes tienen consecuencias en la vida real. Si no, pregúntenles a los empleados públicos argentinos que embanderaron sus redes con la letra K y perdieron su trabajo durante los primeros meses del gobierno de Mauricio Macri. Esto no quiere decir que haya que aceptar como una cosa natural la vigilancia del gran hermano. Pero esa vigilancia existe y tiene poder. De nada sirve decir “uh, yo no sabía que iban a revisar el Facebook” luego de haberte comido el garrotazo. Por lo tanto, actúa a conciencia y elige tus batallas.

7) No te enfrasques en discusiones. Si no resistes el impulso de decir algo jugado y controvertido sobre alguna cuestión ontológica o de actualidad, dilo todo de una vez, escribe largo si es necesario, pero una vez dicho lo tuyo, llámate a silencio, sigue con tu vida y evita participar en el foro de comentarios que, eventualmente, puede haber germinado bajo tu idea. A no ser que hayas encontrado un nicho de mercado estupendo y que alguien te pague por hacerlo, invertirás demasiada energía en una práctica improductiva, gastarás pólvora en chimangos y perderás un tiempo precioso que podrías estar dedicando a trabajar, descansar, cultivar tu intelecto o mirar partidos de la Copa Uruguaya Coca-Cola, tanto da.

8) Respira hondo antes de ceder a la tentación de explicarle cómo funciona el mundo a una persona que, sin saberlo, está proponiendo intervenir sobre lo social mediante la aplicación de ideas dignas de Josef Mengele. Facebook no es precisamente la materialización de la esfera pública con la que soñaba Jürgen Habermas, así que modera tus esperanzas de sostener allí un debate racional.

9) Ten en cuenta que puedes hacer humor con cualquier cosa pero que la excusa “es un chiiiiiiste boludo! no da para tanto!” no te va a salvar cuando un grupo radical entre a tu casa con la intención de ametrallarte a ti y a toda tu familia. El humorista es a la vida lo que el exquisito al fútbol: si hace una de más, probablemente lo atiendan.

10) No te indignes. Si algo te solivianta, elabóralo, procésalo, agrégale valor, haz con ello algo mejor. Las personas que te leerán se dividen en dos: las que están tan indignadas como tú y aquellas a las que les chupa un huevo tu molestia. En el mejor de los casos, con las primeras sólo podrás elaborar una rosca de manija mutua con consecuencias de las que te arrepentirás luego. Los otros se reirán de ti o te ignorarán.

11) No compartas información por mera empatía. Ya sea la foto de un supuesto violador o el testimonio de una señora indignada porque no le paró el bondi, puedes tomarte un tiempo para averiguar qué es lo que estás tentado a compartir y luego decidir si hacerlo o no. Como los cocodrilos y las tortugas, la empatía puede parecer una buena mascota, pero, no lo olvides, crecerá.

12) Nunca, never, jamais, viajes en el tiempo. Si eres un viejo como yo y sigues usando la computadora, a la derecha de la pantalla verás la timeline, una ventana mágica que te llevará al pasado. Pero que no te engañen: el pasado es un lugar acogedor si lo recuerdas, pero un horrible purgatorio si lo vives nuevamente. Y el examen positivista de la propia vida que habilitan las nuevas tecnologías -reproducción de conversaciones, videos, fotos, todo al alcance de un solo clic- es lo más parecido a ese capítulo de Black Mirror que retrata una sociedad futura en la que la gente puede reproducir, dentro de su cerebro, todo lo que alguna vez vieron sus ojos o escucharon sus oídos, y en donde hay un pinta que, tras una ruptura amorosa, no puede dejar de revisar una y otra vez el proceso que lo llevó de una relación feliz a una vida triste y miserable. Y como dijera Fatigatti, eso es como la droga: un gol de ida.

13) No uses redes sociales de otros. Lo hice y no es gracioso; es terrible. Todavía no está del todo claro que las redes sociales son un dipositivo para construir ficciones, y que lo dicho en esas ficciones no necesariamente representa lo que la persona detrás del avatar cree en realidad. No pasa como con los actores, que ya sabemos que están jugando a ser otros (salvo, según escuché, en las comedias brasileñas; ahí se lo toman todo muy a pecho). Entonces, no nos hagamos los superados. Esa idea de que el público está más avispado y ya no cree en nada, y que por lo tanto nada de lo que digamos nos compromete, es mentira. En general, tenemos una relación plena con los perfiles de las redes y creemos que lo dicho por el avatar es representativo de algo. Por ende, usurpar un perfil es suplantación de identidad.

14) Nunca rechaces las opiniones discordantes que tus contactos comparten en tu muro bajo el argumento de “es mi muro, si no te gusta, no comentes”. No, pibe, no. Primero, el muro no es tuyo, es de un señor con cara de bueno que se llama Mark y le entrega tus secretos al gobierno; segundo, decir eso es de gallina. Hay un viejo dicho que dice que el que expone se expone, así que si hablas, bancate las consecuencias.

15) No trates de resolver las discusiones sobre política con un “bueno, esto es la democracia, cada cual puede tener su propia interpretación, son formas de ver. saludos”, porque de esta manera, si bien parecerás una persona tolerante y liberal, estarás comunicando indirectamente que crees que el otro tiene razón pero que no quieres dársela. Vamos chicos, somos grandes, podemos asumir la derrota y no discutir al pedo.

16) No tienes la obligación de pronunciarte sobre todos los problemas que ocurren en el mundo. Tampoco tienes la responsabilidad de tener una opinión formada con respecto a todos los temas de agenda. Puedes, honestamente, preguntar. Con suerte, encontrarás algo de luz al final del viaje.

La pedagogía del opresor: educación por competencias

LA PEDAGOGÍA DEL OPRESOR: EDUCACIÓN POR COMPETENCIAS

Por Olmedo Beluche

religion

A los docentes que aún no comprenden la lógica subyacente a la “educación por competencias”, les recomiendo el artículo “Educando para el fracaso” (Opinión, La Prensa), del ingeniero Juan Planells, quien lleva muchos años trabajando el tema educativo desde las perspectivas del sector empresarial. Planells va directo al grano: “¡Que se sepa: sacar buenas calificaciones no garantiza que al terminar sus estudios el graduado tenga un trabajo asegurado!“.

Todos sabemos que un título no garantiza automáticamente el empleo, pero lo novedoso del planteamiento de Planells, y lo que es el centro de las competencias, es que lo importante para las empresas no son los conocimientos adquiridos, sino las actitudes del trabajador.

Veamos: “Hoy, lo primero que hace la empresa cuando evalúa un candidato, incluso antes de considerar sus competencias laborales, es revisar cuáles son sus valores. Los departamentos de personal someten a los aspirantes a las vacantes a una serie de pruebas que muestren su comportamientos frente a diferentes situaciones emocionales críticas, para ver si las aptitudes que presentan en su historial estudiantil fueron adquiridas sobre la base de actitudes frente a la vida que le den un claro objetivo de desarrollo personal y social sano“.

¿Qué evalúan lo departamentos de recursos humanos de las empresas en esas pruebas? “Estos exámenes evalúan aspectos como el autocontrol, independencia, agresividad, dinamismo, liderazgo, así como prioridades y motivaciones, entre otras llamadas competencias no cognitivas o emocionales“, dice Planells.

Mucho más claro todavía: “La escuela parece no haber entendido ese mensaje y sigue apostando a evaluar seriamente solo las competencias cognitivas, asignando calificaciones y otorgando créditos y honores a los que mejor puntaje obtienen en una larga serie de asignaturas… La calificación de las actitudes o valores no aparece en las páginas amarillas de la escuela…”.

De eso se trata, la educación por competencias nace desde el seno del sector empresarial y es impulsada por los organismos que regentan el sistema capitalista internacional, entre ellos el Banco Mundial, en función de aumentar la “eficiencia” y “productividad” de los trabajadores en tiempos de crisis del sistema, o sea, aumentar la explotación del trabajo.

En busca de esos objetivos, los conocimientos técnicos o especializados ya no son tan importantes, por un lado, porque pasan a ser controlados por una élite mundial cada vez más estrecha; por otro, porque los procesos de trabajo son tan genéricos que no requieren más que una base elemental y capacidad para aprender trabajando. Lo que Carlos Marx llamaba “trabajo abstracto” que remplaza al “trabajo concreto”. El “arte” o capacidad personal del trabajador cada vez importa menos, porque los procesos de trabajo permiten que cualquiera pueda ser reemplazado.

La idea es que hay que iniciar desde la formación temprana de los trabajadores cuando aún son niños o jóvenes. Para ello, los énfasis de la educación deben cambiar, ya no interesa tanto el aprendizaje en sí, es decir, los conocimientos técnicos o profesionales, sino las actitudes. Porque la empresa privada lo que pide a la escuela es que le entregue personal dócil y maleable, capaz de afrontar situaciones críticas sin rebelarse.

Según la teoría de las competencias, el énfasis de la educación y la evaluación debe pasar del conocimiento a las actitudes. A eso responden los cuatro postulados básicos de la educación por competencias: a. Saber ser (actitudes); b. Saber hacer (no tanto como técnica, sino también actitudinal, trabajar en equipo, etc); c. Saber comunicar (relación con los demás); d. Saber-saber (aquí tampoco interesa el conocimiento técnico o especialista, sino la actitud para la autoformación permanente).

Esos cuatro postulados son divididos en tres niveles al momento del diseño del currículo, ya sea por materias o para toda una carrera o nivel educativo(Programas Analíticos por Competencias): a. Competencias básicas (énfasis en las comunicativas); b. Competencias genéricas (con énfasis en los valores y actitudes); c. Competencias específicas (que tampoco son los conocimiento técnicos tradicionales, o “saberes muertos” como le llaman, sino que están referidas a un modelo general impuesto desde la Unión Europea llamado “Competencias Tunning”, que se refieren a capacidad análisis y síntesis, de resolver problemas, adaptación, etc.).

Planells tiene razón, los educadores “viejos”, que fuimos formados en el modelo constructivista, ponemos el énfasis de la evaluación en la capacidad del estudiante por aprender las bases de la ciencia o la técnica que estemos enseñando. De manera que una ínfima parte de la evaluación, tratando de ser objetivos pero también de estimular al estudiante, es la apreciación, con la que evaluamos las actitudes.

Los empresarios no quieren eso, y tampoco es el objetivo de las “competencias”, para ellos es al revés: el centro de la evaluación son las actitudes, si el estudiante aprende el fondo, no interesa. Por ejemplo, sobre la estructura de la célula, importa más si el estudiante usó “data-show”, si trabajó en grupo, si tiene una personalidad comunicativa, a si en verdad comprendió la esencia del asunto.

La pedagogía constructivista, basada en los descubrimientos de Piaget, se trataba de buscar técnicas participativas para que el estudiantes construyeran un conocimiento real sobre el mundo y comprendieran a cabalidad los proceso implicados en su profesión. Pero conocer implica comprender, no memorizar o repetir. Conocer y comprender implican la capacidad de realizar juicios críticos.

Paulo Freire desarrolló su “pedagogía del oprimido” sobre la base del constructivismo, para alfabetizar adultos de sectores marginales de Brasil, relacionando las palabras con el mundo que vivían, haciendo del alfabeto un instrumento para reflexionar sobre su realidad concreta y proclamarla a la sociedad. A decir de Ernani María Fiori, el método de Freire “no enseña a repetir palabras”, sino a decodificarlas críticamente, para “decir y escribir su mundo, su pensamiento, para contar su historia”.

Tanto los intereses empresariales, como la educación por competencias, no les interesa que el estudiante “sepa”, que conozca, y menos aún que “comprenda críticamente”. Alguien puede alegar: ¿Acaso es malo evaluar los valores y las actitudes? ¿Acaso no debemos fomentar la colaboración, el trabajo en grupo, las capacidades comunicativas? No es malo. Siempre han sido parte del proceso educativo.

El problema es que para Planells, para las empresas y para las “competencias”, los valores y actitudes que desean promover están en función del sometimiento dócil a la voluntad del empresariado. En ese esquema la capacidad “crítica”, es decir, reflexiva y comprensiva, no interesa. Y, aunque se habla de promover el “diálogo” se condena la lucha cívica por los derechos, de la cual el estudiantado de todas las generaciones ha aportado a la sociedad.

Planells dice: “Los encargados de recursos humanos deben explicarle a los educadores que por encima de tener puntuación de cinco en matemáticas y lengua, un joven que no pueda sustentar sus ideas en un diálogo y escoge la vía violenta en las calles está condenado al fracaso social…”. ¿Son “fracasados sociales” los jóvenes que el 9 de Enero de 1964 se lanzaron a la calle para plantar una bandera? Gracias a ellos, todos podemos pasear por el canal, recibir sus beneficios económicos y, algunos empresarios aumentar su pecunio con las “áreas revertidas”.

El objetivo de esta “pedagogía de los opresores”, es un estudiante dócil y manipulable, por ello las primeras víctimas son las materias que ayudan a reflexionar sobre la realidad social, que el empresariado no quiere que se sigan impartiendo: filosofía, historia, sociología. Según la lógica de las competencias los contenidos de esos cursos son “saberes muertos”, sin utilidad para la vida práctica. Para la “vida práctica”, según esa pedagogía de los opresores, interesa más que el estudiante sepa inglés y manejar una computadora que rudimentos de lógica o la historia de su país.

A la larga, también serán devaluados los títulos académicos o tendrán validez temporal, en un mundo capitalista que impone la precariedad laboral a los trabajadores. Desde la lógica de “las competencias”, a mediano plazo, será irrelevante si el título dice profesor, sociólogo o economista, después que el titulado tanga buena actitud para adaptarse a la voluntad de la empresa.

Al final, la educación también es un campo de batalla de la lucha de clases. Es un campo de batalla ideológico. Los educadores debemos ser concientes de que el ataque que se sufre en los derechos laborales, en las campañas de desprestigio contra nuestros gremios y dirigentes, en la inestabilidad laboral, son parte de un nuevo modelo educativo que responde a la “pedagogía que conviene a los opresores”, la de “las competencias”.

Como dice Ernani M. Fiori: “En un régimen de dominación de conciencias, en que los que más trabajan menos pueden decir su palabra, y en que inmensas multitudes ni siquiera tienen condiciones para trabajar, los dominadores mantienen el monopolio de la palabra, con que mistifican, masifican y dominan. En esa situación, los dominados, para decir su palabra, tienen que luchar para tomarla. Aprender a tomarla de los que la retienen y niegan a los demás, es un difícil pero imprescindible aprendizaje: es ‘la pedagogía del oprimido’“.

Dura respuesta a José Mujica sobre el “negocio” de Guantánamo.

Dura carta de Edgardo Rubianes a Mujica
08.05.2016

religion

MONTEVIDEO (Uypress) – Edgardo Rubianes, quién fue Presidente y Vicepresidente de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación, ANII, entre 2007-2011 e integrante del Equipo Operativo asesor del Gabinete Ministerial de la Innovación entre 2005-2011, hizo pública una dura carta al ex presidente Mujica.

Mujica había afirmado en diciembre de 2014 que “no cambiamos carne humana por naranjas”.Este pasado jueves 5 de mayo, en Córdoba. Argentina, cambió su versión y sostuvo que “Ser presidente no es fácil. Yo para venderle unos kilos de naranjas a Estados Unidos me tuve que bancar a cinco locos de Guantánamo”.

Rubianes, que estuvo involucrado en el proceso de recibimiento y adaptación de los refugiados provenientes de Guantánamo escribió diciendo que sus palabras le recordaban al Cnel. Washington Varela, Jefe de Policía de la dictadura en 1984.

Su carta abierta que titula “Ni por un millón de containers” y en un pasaje dice “Pero ahora… lo tiras todo por la borda y lo reducís a un mero trueque comercial. Le estás dando la razón a los que decían que era hacerle el trabajo sucio al imperialismo. ¿Lo hicimos a cambio de unos kilos de naranjas? Le estas dando la razón también, a los que en la otra punta, sostienen que todo tiene un precio. No, no es así. Me niego que sea así”.

Carta de Edgardo Rubianes en su perfil de Facebook

Ni por un millón de containers

Mirá Pepe, escuché lo que dijiste sobre los de Guantánamo y me vino el recuerdo de cuando el Cnel. Washington Varela, Jefe de Policía de la época, nos miró indignado y dijo: “Me mostraron estas fotos y no podía creer. Esperé dos días para citarlos. Piden permiso para un festival de canto popular y me hacen esto” y las blandía. Se refería a que en las gradas del Palacio Peñarol desplegamos durante el recital, 9 gigantescas pancartas pidiendo la libertad de cada uno de los rehenes. La tuya y la de los otros ocho. Había sido el objetivo central de esa semana de DDHH en Abril de 1984 organizada por ASCEEP y otras organizaciones: lograr que la situación de los rehenes si hiciera pública en el país y fueran trasladados a la cárcel de Libertad junto a los otros presos políticos. Los 6 o 7 citados nos miramos en silencio, convencidos por dentro de lo actuado y hasta alguno atinó una pequeña respuesta. “No saben quiénes son esos asesinos” replicó tajantemente. “Bueno, la mayoría de ustedes no lo saben” agregó, y sentí que sus ojos se enfocaban en mí provocándome un sudor frío. Y sí, cuando vos caíste por última vez la mayoría de los presentes ni siquiera eran adolescentes. Yo, por el contrario y seguramente el coronel algo sabía, ya andaba ese año denunciando torturas y abrazando utopías que vos mismo empujaste. Pocas semanas después, en el congreso de estudiantes suecos en el cuál representaba a ASCEEP, el primer ministro sueco Olof Palme, luego de hablar de Seregni y Wilson, me preguntó que sabía de Sendic y los demás rehenes. Contesté orgulloso que recientemente habíamos logrado que los trasladasen a todos a Libertad junto a los demás presos. No fue necesario explicar más nada. Palme sabía lo que eso significaba para las condiciones de vida de cada uno de ustedes.

Por eso cuando trascendió la noticia que Uruguay podría ser receptor de presos de Guantánamo y que vos como Presidente estabas trabajando en ello, me alegré. Me pareció algo muy coherente con el Uruguay, con la izquierda uruguaya y con vos mismo. Y mucho más aún cuando explicaste lo repudiable que era la situación que cientos de seres humanos estaban viviendo en ese infierno ilegal sin procesos ni derechos respetados por años y sin dejar de nombrar a los responsables de ello. Era posible ser solidario, sin dejar de denunciar, y más allá de la convergencia coyuntural con el gendarme mundial. Donde pude defendí que la propuesta era no solo solidaria sino profundamente ideológica, hablaba de una postura inteligente en la acción con mantenimiento de principios básicos. Pero ahora… lo tiras todo por la borda y lo reducís a un mero trueque comercial. Le estás dando la razón a los que decían que era hacerle el trabajo sucio al imperialismo. ¿Lo hicimos a cambio de unos kilos de naranjas? Le estas dando la razón también, a los que en la otra punta, sostienen que todo tiene un precio. No, no es así. Me niego que sea así. En el 84 no cambiábamos la denuncia de situación de los DDHH por nada. Públicamente cuando se podía ganar espacios, clandestinamente cuando no. Para muchos uruguayos, quizás no seamos la mayoría, es así. Nos sentimos solidarios. Apoyamos la iniciativa y en consecuencia la defendimos por algo más profundo. Nos sentimos verticales siéndolos en la práctica. Nos contactamos con lo mejor de nosotros mismos. Trasponemos las capas del personaje que de algún modo cada uno es, por construcción propia y/o de los otros. Esas capas que siento te están matando la persona, que a veces afloraba y que ahora parece yacer sepultada por tanta pintura. Y eso da una profunda tristeza. Qué querés que te diga.

Edgardo Rubianes