Plan Ceibal: la revolución que nada cambió, por Andrés Núñez Leites

Plan Ceibal: la revolución que nada cambió
01.07.2016 18:04

religion

Por Andrés Núñez Leites

Original: http://leites.webnode.es/news/plan-ceibal-la-revolucion-que-nada-cambio/

La definición del Plan como una “revolución” no ruborizaba en lo más mínimo a los izquierdistas que la promovían. No importaba que no estuviese incluido en su sagrado y siempre inaplicado Programa, su llegada despertó el apoyo unánime de la militancia y la dirigencia. Unidos y adelante. Tuve el discreto placer de participar de una reunión en el MIDES donde personal jerárquico (o sea que venía de la militancia o de vínculos familiares con el PC o el PS) deliraba con las máquinas de bajo costo y calidad y con las redes informáticas del Ceibal, pensando que el pobrerío de los cantegriles iba a poder opinar desde estos dispositivos, permitiendo ajustes de las políticas públicas. La democracia directa volvía a la izquierda, tras un siglo de exclusión, merced a la tecnología norteamericana. Nada mal para una película a ser proyectada en Sala 2 de Cinemateca. Pero las máquinas funcionaban mal y los niños las rompían rápidamente y sufrían el mismo desgaste y abandono que todas las cosas que habitan las casas de chapa y cartón. Y es que los izquierdistas olvidaron que la única política social eficiente es el empleo.

El Plan se impuso de arriba hacia abajo, desde las Corporations de EEUU, pasando por el ojo del triángulo masónico en la presidencia hasta los niños de las escuelas en túnica blanca y moñita azul. Pero eso no ruborizó a los izquierdistas. De hecho la mayoría de ellos alberga en su neoliberalizado corazón fantasías caudillistas, aunque ya no dictatoriales, ahora que el socialismo realmente autoritario cayó; y es que el mesianismo ha sido una parte clave de la herencia cristiana en el izquierdismo. Por eso no llegan al poder para cambiar sino para asentar lo que ya es, haciéndolo en todo caso menos doloroso. Parafraseando a Durruti: no se puede cambiar el mundo llevando un mundo viejo en el corazón.

El Plan permitía y aún permite cerrar un pacto ancestral: del poder bondadoso que otorga un don salvador a los desdichados a cambio del agradecimiento y la obediencia. Como se sabe, la pedagogía es una ciencia y arte bastante específica y compleja. Quienes la estudian y la practican aprenden rápidamente a diferenciar, por ejemplo, informaciones puntuales y habilidades prácticas de estructuras cognitivas en desarrollo. De ahí que un niño que encienda una computadora y logre llegar a una página de juegos, o sacar fotos, o hablar por redes sociales con un amigo, no nos permite decir que aprendió algo realmente sustantivo, aunque alguna cosita aprendió. Otra cosa es si puede darse de alta en un servicio de correo electrónico habiendo leído y comprendido el acuerdo firmado, si puede comunicarse manejando distintos registros lingüísticos por esa vía de acuerdo al interlocutor y la situación comunicativa. Otra cosa es si aprende a programar. El engaño colectivo del Plan contaba con ese desconocimiento técnico de la población en general.

¿Qué cosa mejor que una computadora? ¿Acaso alguien se atrevería a dudar de su potencial para el aprendizaje? La computadora es doble fetiche: porque desvía la energía puesta en el aprendizaje hacia un medio técnico, impidiendo o difiriendo o al menos dificultando la visualización y la llegada a los fines tanto cognitivos como éticos de la enseñanza. En este mismo sentido también es fetiche en tanto desvía el deseo de la población, que en los años 2000 anhelaba superar un orden neoliberal que la había hundido en la pobreza y en la falta de perspectiva de futuro, y lo encamina precisamente hacia lo que causa su tragedia: el consumismo tecnológico, la búsqueda de confort individual, el acceso a bienes de consumo como meta. Y es fetiche también porque en la adquisición de una computadora dada por el Estado se ocultan las relaciones sociales de producción y también las fuerzas sociales que, configuradas como relaciones de poder, hacen posible esa dádiva y otorgan sentido a la misma. Lo explico por el camino inverso: aún recuerdo las clases de la profesora Sutz, quien siempre nos recordaba que la tecnología que venía como regalo o venta desde los centros del poder mundial, reproducían su situación de privilegio, nos volvían dependientes de sus avances, de sus insumos. Una tecnología revolucionaria debería ser autonomizadora, partir de las necesidades de la población local y construir democráticamente tanto la demanda de procedimientos técnicos como su propia construcción material con recursos locales. Esto no impide la cooperación internacional ni mucho menos, pero sí la acota, le pone márgenes de sentido y con ello límites. Nada de eso pasó en el Ceibal. Pasamos de las porquerías verdes que se colgaban a las Olidata que no funcionaron, a las Magallanes y a las Positivo que sí, y ahora a los Chromebook, porque encima el Estado le ha regalado nuestros metadatos a Google. Un gasto millonario y una dependencia creciente de las corporaciones trasnacionales.

“¡Ahora los niños podrán aprender solos!” decían los funcionarios de la creciente burocracia del Plan que se consolidó en la década anterior, en forma paralela a las autoridades reconocidas por la Constitución, tal como operaban los partidos de derecha en los años 1990. No hay nada malo en el autoaprendizaje y en el aprendizaje programado. Pueden ser un excelente recurso, pero sus límites son harto conocidos: permite a los niños trabajar solos y “subir de nivel” como en los juegos electrónicos, pero no favorece la reflexión crítica, porque su propio esquema es de input/output y el “input” es controlado por la máquina y no se discute. La pedagogía nacional ha superado largamente esa teoría y se ha inclinado por el constructivismo (que también tiene sus límites, sobre todo en las poblaciones más deprivadas de conocimientos básicos asociados a la tarea de los padres), que se fundamenta en un diagnóstico de lo que los niños saben para ir acercándoles desafíos que les permitan ampliar sus esquemas cognitivos, abarcando mayores complejidades. En todo caso, la escuela podría pasarse al “behaviorism” base del aprendizaje programado -ya que creemos que las máquinas son una solución para el aprendizaje, no sería incoherente retroceder un siglo en materia pedagógica, máxime cuando se adaptaría mejor a la producción en serie de empleados dóciles capaces de aprender rápidamente nuevas funciones ejecutoras- pero eso tampoco se hizo, con lo cual el Plan se injertó en una escuela y un liceo diseñados para enseñar y aprender por metodologías que no lo requerían. Viene luego la sub-utilización de las máquinas. Nada novedoso: cualquiera que recorra nuestra historia de la educación y su relación con las tecnologías se encontrará con aparatos que, como el VHS o el retroproyector, prometían cambios (no tan formidables, reconozcamos) y terminaron en una pieza oscura. El problema es que aquí se invertía mucho dinero y propaganda política. El paso siguiente fue culpar a los maestros. Se salió a proclamar, sin pudor alguno, que los maestros no sabían informática (pedazos de ignorantes) y por eso no usaban las máquinas con los niños, que como eran “nativos digitales” (otro bolazo de la tecnofilia neoliberal) sabían más que ellos. La campaña de desprestigio hacia los maestros no sólo se paraba en su rechazo al Plan Ceibal sino a su resistencia a una reconversión de la escuela tanto en sus aspectos administrativos como pedagógicos, a imagen de la empresa proveedora de servicios.

Pero como el marketing es una ciencia con mucho “pienso” detrás, se llegó a una resolución tangencial, parcial, inestable, pero funcional: el Plan Ceibal, que reconoce ahora que es “sólo una herramienta” y que no provocó mejoras en el aprendizaje de la lengua ni en matemática -adiós, revolución-, generó otra propuesta millonaria (en dólares), el Ceibal en Inglés: una clase semanal por videoconferencia y dos clases dictadas por los propios maestros de clase. Ahora sí. Incluso se reconoce que uno de los motivos para su imposición es “el fuerte valor simbólico de calidad educativa”, o sea, porque parece, a los ojos de los padres-consumidores-votantes, que los niños reciben una educación-mercancía de mejor calidad cuando ésta incluye el inglés (calidad como la calidad de un producto ofrecido por una empresa proveedora de servicios). Un dato interesante sobre este subproducto del Ceibal, pero que habla de la lógica markética global del Plan, es que mientras en la prensa las autoridades, con mal asesoramiento en la materia o con fines propagandísticos, salen a decirle a la población que en un futuro próximo los chicos que terminen secundaria, si pasaron por Ceibal en Inglés en primaria, más lo que aprenden en secundaria, llegarán a un nivel B2 (First Certificate, por poner un ejemplo conocido), a los maestros, en los cursos preparatorios, se les dice que la idea es que los niños apenas “se familiaricen con la lengua”. Finalmente, hacer que dos de las tres clases semanales descansen en el trabajo de los maestros que no tienen especialización en didáctica del inglés, es un verdadero disparate, desde el punto de vista pedagógico.

Así llegamos al momento actual. El Plan Ceibal, a pesar de implicar una inversión millonaria hecha con dineros públicos, no trajo ningún cambio apreciable (ni visible ni estimable) y se sostiene sobre la base del efecto comunicacional de la enseñanza del inglés y el reparto de hardware entre los niños y adolescentes. Rinde frutos electorales, pero no pedagógicos. Rinde frutos económicos para quienes han provisto infraestructura y servicios al Plan. Rinde ahora también frutos económicos para las corporaciones que acceden a sus metadatos. Pero de revolución, ni hablemos.

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10 pensamientos en “Plan Ceibal: la revolución que nada cambió, por Andrés Núñez Leites

    • arrobasanti en 4 julio, 2016 en 18:04 dijo:
      No sé por quienes hablas, quién eres, qué haces o qué trabajo tienes. Pero tengo que decirte que, gracias al Plan Ceibal, antes de adquirir una computadora de escritorio, logré terminar el Liceo y ahora logré llegar al nivel terciario. Además, teníamos una profe qué nos enseñó a usar esa porquería verde. Aprendimos a usar varias técnicas y programas en la “sandwichera”, verde, azul, blanca. En ese “socotroco” antiestético, yo buscaba información en Internet, cuando no podía ir a la biblioteca del Liceo. Ahora esas cosas son mejores y más rápidas.

      No es una actitud muy profesional, echar la culpa del fracaso pedagógico a la tecnología y mucho menos al alumno. El profesor debe generar propuestas educativas adecuadas, modernas y atractivas, buscar por los intersticios más pequeños, la forma de llevarla a cabo. Jamás se debe imponer el aprendizaje, debe construirlo el alumno por su voluntad. El docente debe despertar el interés del alumno, no inculcarle contenidos y valores, como si se tratara de una iglesia.

      Es una ignorancia hablar de espionaje y bla, bla, bla.
      ¿En este mundo tan tecnológico, te parece que iban a perder tiempo, espiando a los niños que usaban la XO?
      Existen otros medios, ahora están viendo y controlando esto que escribo. Cuando hablas por tel o cel, te escuchan. ¿Si no tienes nada que esconder, qué te preocupa?
      ¡Sí contribuyó al cambio! Lo digo, lo re-digo y lo vuelvo a decir: ¡Gracias, Plan Ceibal!

  1. Interesante artículo. Como ya es viejo conocido: un instrumento nunca sustituye al maestro, es sólo eso, se usará o no según diversas circunstancias, pero por sí solo no genera cambios esenciales.

  2. No sé por quienes hablas, quién eres, qué haces o qué trabajo tienes. Pero tengo que decirte que, gracias al Plan Ceibal, antes de adquirir una computadora de escritorio, logré terminar el Liceo y ahora logré llegar al nivel terciario. Además, teníamos una profe qué nos enseñó a usar esa porquería verde. Aprendimos a usar varias técnicas y programas en la “sandwichera”, verde, azul, blanca. En ese “socotroco” antiestético, yo buscaba información en Internet, cuando no podía ir a la biblioteca del Liceo. Ahora esas cosas son mejores y más rápidas.

    No es una actitud muy profesional, echar la culpa del fracaso pedagógico a la tecnología y mucho menos al alumno. El profesor debe generar propuestas educativas adecuadas, modernas y atractivas, buscar por los intersticios más pequeños, la forma de llevarla a cabo. Jamás se debe imponer el aprendizaje, debe construirlo el alumno por su voluntad. El docente debe despertar el interés del alumno, no inculcarle contenidos y valores, como si se tratara de una iglesia.

    Es una ignorancia hablar de espionaje y bla, bla, bla.
    ¿En este mundo tan tecnológico, te parece que iban a perder tiempo, espiando a los niños que usaban la XO?
    Existen otros medios, ahora están viendo y controlando esto que escribo. Cuando hablas por tel o cel, te escuchan. ¿Si no tienes nada que esconder, qué te preocupa?
    ¡Sí contribuyó al cambio! Lo digo, lo re-digo y lo vuelvo a decir: ¡Gracias, Plan Ceibal!

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