Poética de los lugares abandonados

Poética de los lugares abandonados
Bruno Galindo

La hipótesis es ésta: si hasta hace poco nos fascinaban las narrativas del apocalipsis (1), ahora nos cautiva lo que sería su consecuencia: la imagen de la desolación (2).

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(1) Si estás leyendo esto seguramente recuerdas aquella tensión premilenaria. Ese miedo posmoderno. Lo del bug informático, por ejemplo; ese pánico al 00:00:00. Cuando llegó el 1 de enero de 2000 y las máquinas se comportaron como cualquier otro día, casi fue una decepción. Alguno estaba tan asustado como el primer primate que presenciara un eclipse. En realidad el desastre llegaría año y medio después: el 11-S, mayor art crime de todos los tiempos, fue el corte de cinta inaugural de una época funesta. Las peores pesadillas cinematográficas del blockbuster parecían dispuestas a materializarse. Bush, Irak, Al Qaeda, el ántrax; son esos días. Luego vendría la gripe porcina, al principio presentada como alerta mundial; luego revelada como farsa para solaz enriquecimiento de los accionistas del Tamiflu. El tsunami del sureste asiático y el terremoto de Japón fueron verdaderas debacles inevitablemente naturales (con consecuencias nucleares, en el caso de Fukushima). ¿Algo más que destacar en el calendario catastrófico o catastrofista de principios del siglo XXI? Claro: el crack financiero del 2008, un tema que no requiere recordatorio. Y el asunto maya, tan reciente como ya poco vigente.

¿Conclusiones? Convendremos que, entre unas cosas y otras, según la experiencia de cada uno, no pasó nada. O todo lo contrario: que el mundo se fue, efectivamente, al garete.

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(2) La urgencia por el final podría entenderse —según el cineplex y sobre todo con trabajos literarios de Cormac McCarthy, Palanhiuk, Ballard o Houellebecq— como la manifestación de una mala conciencia colectiva, el anhelo de recobrar una inocencia irrecuperable, la necesidad de reiniciarse. Son distintas maneras de hablar de lo mismo: ese miedo-deseo de que todo se fuera a tomar por culo, aunque fuera con nosotros dentro. A juzgar por la proliferación de imágenes post apocalípticas que inunda la red, cualquiera diría que el desastre SÍ se consumó: que no pudieron evitarlo —sigamos en Hollywood— el presidente estadounidense de turno; ese científico aficionado a quien nadie hacía caso; el hacker bueno que se pasa una moneda por los nudillos o hace molinillos con un lápiz, que sorbe fideos instantáneos en un cuarto oscuro lleno de ordenadores y cuando desactiva algo dice “¡bingo!”.

Sí: todo petó. Basta con ver las estampas del viejo mundo nostálgico y pre-arqueológico que difunden decenas de webs, blogs y tumblrs, y sobre todo cuentas de twitter como @CosasEnAbandono (1.26M seguidores), @Abandoned (652K) o @AbandonedPlaces (365K). Imágenes escombrosas de la vieja URSS, pero también de centros comerciales del mundo capitalista; palacios abandonados en Polonia; buques herrumbrosos varados en el desierto de Uzbekistán; hospitales psiquiátricos en Rumanía; aldeas anegadas en China; parques de atracciones en Japón…

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Hay un mundo muerto y hermoso para el retronauta y su capital es Detroit, muy probablemente la ciudad cuya reciente ruina ha inspirado esta sensibilidad erótica y distópica. Su abandono ha sido el más estudiado por la prensa (desde aquel reportaje ya legendario publicado en Time), por los documentalistas (ver Detropia y Requiem for Detroit) y por el cine (ahí Jim Jarmusch rodó su epifánica Only lovers left alive). En la cinta, dos vampiros filántropos (Tilda Swinton y Tom Hiddleston) observan el mundo que conocieron desde la desierta ex capital del motor. Y el mundo que ven no ha sido destruido sino abandonado. En desuso. Esto es clave. Esto ya no va de Independence Day o Armaggedon, Volcano o Guerra Mundial Z. Ahora es La carretera o Wall-e, Soy leyenda o El planeta de los simios. Si estás leyendo esto has sobrevivido. Tú eres el stalker de Tarkovski y esto es la zona.

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Los españoles, como los habitantes de la antigua capital del estado de Michigan, observamos desde un lugar privilegiado la Zona Abandonada. Tenemos aeropuertos sin aviones (Castellón). Carreteras por las que ya no se transita (N-301). Ciudades dormitorio preparadas para centenares de miles de habitantes en las que apenas moran unos pocos cientos (Seseña). Obras paralizadas (nuevo puente de Cádiz). Tenemos más de 3000 pueblos y aldeas abandonadas. Contamos con dos millones de casas vacías y nadie sabe cuantos solares paralizados entre la era de las recalificaciones y la de la ruina. ¿Qué haremos con tanto escombro? ¿Qué, sino aprender a reconocer y a saber degustar, como propone este artículo y exige esta hipótesis, la poética del abandono?

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2 pensamientos en “Poética de los lugares abandonados

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