La cultura de la pobreza en Uruguay

LA CULTURA DEL ROBO (O SOBRE ESA EDUCACIÓN QUE DAMOS TODOS)
Adriana Marrero
07.10.2016

religion

Cuando en los años sesenta vieron la luz los primeros trabajos sobre la existencia de una “cultura de la pobreza”, y de la existencia de una “marginalidad” que no dependía sólo de la carencia de recursos económicos, parecía haberse completado el complejo entramado de factores que explicaba la ineficacia de las políticas sociales usuales, basadas en la inclusión del trabajador.
La cultura de la pobreza suponía una alteridad del pobre, no sólo una insuficiencia de ingresos. Había allí otra lógica, otras prioridades, otro sentido de la vida.

Como todo nuevo término sociológico, esto no tardó en permear el lenguaje vulgar, y en convertirse en un nuevo sentido común sobre el abordaje a la pobreza. Como los pobres eran “otros” y tenían “otra cultura”, su carencia dejó de definirse como tal y pasó a representar una cultura completa, por derecho propio, con su riqueza simbólica y su funcionalidad sistémica, a semejanza de los más típicos enfoques funcionalistas de la antropología europea del Siglo XIX y XX. De ser sensible a la pobreza, se pasó, casi inadvertidamente, a valorar su cultura; de ahí, a querer conservarla y hasta a imitarla, hubo un solo paso.

Con esto, se desvanecieron las fuentes tradicionales de orgullo de la población de bajos ingresos. El “pobre pero limpio”, el “pobre pero honrado”, el no tener vicios, el valor del trabajo y la educación pública para sus hijos, todo cedió ante el permanente avance de esta nueva reivindicación “cultural” impulsada por nuevas e insospechadas fuentes de legitimidad. Una estética y una cierta forma “pobre” de estar en el mundo, empezaron a ser características de una cierta intelectualidad, de ciertas profesiones, y de ciertos funcionarios. De mano de estos intelectuales y de estos funcionarios, la cultura de la pobreza no tardó en escalar posiciones en la pirámide social y en su producción simbólica. Las élites siempre han ejercido una poderosa influencia en los modelos de vida de la gente. Si la vieja sociedad gobernada por “doctores” quería ser limpia y estudiosa, la nueva sociedad no tenía por qué serlo.

El centro de gravedad de esta nueva cultura, es la redefinición de los valores que orientan a las personas, y una cierta inversión de la normatividad social que se expresa en relativismo. Por un lado, todos los males sociales de la vieja moral encuentran su inicial justificación en el contexto de pobreza: ¿quién no tomaría un trago de alcohol para paliar los fríos del invierno en un rancho de lata? ¿quién no robaría para darle de comer a un hijo? ¿quién puede reclamar aseo cuando hay un solo pico de agua en toda la cuadra y sale fría como el hielo? ¿quién puede recurrir a la solución pacífica de los desacuerdos, si el de al lado está haciendo valer la más elemental fuerza bruta? ¿Quién puede decir que es violenta la resistencia, cuando es violento el uso y el abuso?

Por otro lado, como decíamos, la negación del tradicional orden social (de lo dado por supuesto, del entramado de normas que configuran expectativas recíprocas entre las personas, de reglas que limitan las posibilidades de comportamiento) no supone la imposición de su contrario, sino de un campo de indeterminación donde las reglas se vuelven borrosas. Si nada puede esperarse con certeza, porque ninguno de los viejos valores está vigente, cualquier cosa puede ser posible.

Pero la lógica de producción social sigue siendo, como antes, la acumulación y el consumo, y eso no tiene por qué variar. Lo que se adquiere, se acumula, se consume, y se exhibe. Con la caducidad de las reglas “pequeño burguesas” del ahorro, el mérito y la medianía de expectativas, como inspiradoras de la cultura de la vieja pobreza uruguaya, la idea de diferir recompensas carece de sentido y el esfuerzo se vuelve impensable. Por eso esta cultura es, también, una cultura no sólo de la búsqueda del disfrute perpetuo, como explican algunos postmodernos, sino además de la “pereza” legitimada, y por eso, en cierta medida, constituye una “cultura del robo”. Propia de todas las clases sociales, no es la cultura de quien no tiene, sino de quien “siente” que no tiene, no hace, pero que igual, quiere. Es una cultura del querer tener, pero sin tener que hacer. Es también una cultura de la envidia, donde importa más qué es lo que el otro tiene y yo no, que lo que yo puedo hacer para tener lo que yo quiero tener. Como el aire que respiramos, esta cultura está en todos lados, pero proviene sobre todo, del nuevo funcionariado ascendente.

Mucho de esta cultura perezosa y de su legitimación, se percibe en la educación, cuando los pedagogos se empeñan en negar el valor del mérito y del esfuerzo para el logro de proyectos personales, como si el mérito y el esfuerzo no fueran valorados nunca por las propias maestras y docentes; como si nunca tuvieran reflejo en el mundo del trabajo y en la vida diaria. O también, en la negativa a las tareas domiciliarias. Se percibe con nitidez en las propuestas para adjudicar las banderas entre el alumnado de las escuelas de Uruguay: no hay que premiar al que estudia más, justo en ese lugar de igualdad y reconocimiento republicanos. No sea cosa que quien no estudia se sienta damnificado de algún modo posible, por lo que, si no todos pueden tener el derecho a ese honor, robemos ese honor a quien sí se lo merece. Hay robo, claro, y de este tipo. en los plagios, las copias, los fraudes. No es difícil encontrar esto también, en las políticas sociales asociadas con la educación. ¿Por qué hemos de exigir a padres y madres que envíen a sus hijos a la escuela, como establece la obligatoriedad Vareliana? Si necesitan el dinero, ¿por qué no darlo igual, sin esperar de la contraparte el esfuerzo de cumplir con el deber de que los niños estén en la escuela?

Perezosa hasta la exageración, la cultura envidiosa del robo convierte en apropiable cualquier cosa. Los títulos universitarios son el nuevo botín de los nuevos perezosos institucionales. Nadie sabe quién fue primero, ni quién será el último; o si ni siquiera se sabrá, porque dejará de ser noticia. Sendic fue del primero de quien se habló, y ante la justicia, no dudó en decir que se dice “Licenciado” porque “se siente” así. Su subjetividad no coincide con la objetividad de lo evidente: ese título es “robado”. Igual, y antes, lo hicieron Gustavo Belarra, quien perdió su cargo en el Instituto Nacional de Rehabilitación tal vez por adjudicarse falsamente un título de sociólogo, y Gonzalo Reboledo -Director del IMPO y Secretario Político del Frente Amplio- quien, mejor parado, y sin tener que pagar por lo (mal) “habido”, culpó a alguien más -no se sabe a quién-de haberse hecho pasar como sociólogo durante largos años de ejercicio en el ámbito público. Hacer la tesis le da pereza a mucha gente. Pero sólo algunos hacen de cuenta de que no hacerla, no es importante para “sentirse” sociólogo. Las calificaciones y los conocimientos también han sucumbido al relativismo de la cultura perezosa del robo. Cualquier saber complejo se convirtió en “viru-viru”, lo que suena a una especie de penoso discurso para enmohecidos aristócratas monocordes en sus torres de marfil. La cultura, las artes, han sido banalizadas e instrumentalizadas hasta lo indecible, y con frecuencia han sido ridiculizadas. Al parecer, los ministros y funcionarios no necesitan saber. Ni saber hacer. Pero eso, nos lo recuerdan a diario, no es importante.

La cultura del robo se ha institucionalizado, se ha instalado como modo legítimo de ser y de permanecer en las nuevas élites del gobierno y la administración. No es una falta. Es una viveza, en el peor de los casos, o un modo de ponerse a sí mismo donde uno “siente” que pertenece, sin atenerse a los perimidos criterios de la achacosa academia, que ha permanecido, bueno es subrayarlo, en apabullante silencio. No es raro que esa lógica haya permeado todos los niveles del entramado social.

“Me parece que no es conveniente resistirse”, decía, en un contexto algo distinto, el Ministro Bonomi. Yo en cambio creo que sí. Tal vez no si veo un arma de fuego, una elemental pero definitoria arma de fuego en la mano de quien me quiere robar nada más que dinero. Pero no tengo que recordar acá que hay muchos tipos de violencia, hay muchos tipos de arma, y hay muchos tipos de robo. Me importa, ahora, uno solo.

El peor robo, el peor de todos, que se comete a diario, desde las más altas estructuras de gobierno y de Frente Amplio, es el robo de la esperanza, de la fe en un país distinto, donde la igualdad sea real y tan existente como la libertad, donde importe el ser y el parecer, donde pueda darse por descontada la ética indiscutible de todos los gobernantes, donde los orientales seamos todos tan ilustrados como valientes, y donde auténticamente se busque la felicidad de todos, sin violencias, sin escamoteos, con respeto, con civilidad. El “proyecto” no nos puede ser robado, de esta manera infame, contumaz, desvergonzada. Contra este robo, hay que resistir.

Adriana Marrero – Profesora Titular (Gr.5) de la UdelaR en Teoría Sociológica y Sociología de la Educación.