La cultura de la pobreza en Uruguay

LA CULTURA DEL ROBO (O SOBRE ESA EDUCACIÓN QUE DAMOS TODOS)
Adriana Marrero
07.10.2016

religion

Cuando en los años sesenta vieron la luz los primeros trabajos sobre la existencia de una “cultura de la pobreza”, y de la existencia de una “marginalidad” que no dependía sólo de la carencia de recursos económicos, parecía haberse completado el complejo entramado de factores que explicaba la ineficacia de las políticas sociales usuales, basadas en la inclusión del trabajador.
La cultura de la pobreza suponía una alteridad del pobre, no sólo una insuficiencia de ingresos. Había allí otra lógica, otras prioridades, otro sentido de la vida.

Como todo nuevo término sociológico, esto no tardó en permear el lenguaje vulgar, y en convertirse en un nuevo sentido común sobre el abordaje a la pobreza. Como los pobres eran “otros” y tenían “otra cultura”, su carencia dejó de definirse como tal y pasó a representar una cultura completa, por derecho propio, con su riqueza simbólica y su funcionalidad sistémica, a semejanza de los más típicos enfoques funcionalistas de la antropología europea del Siglo XIX y XX. De ser sensible a la pobreza, se pasó, casi inadvertidamente, a valorar su cultura; de ahí, a querer conservarla y hasta a imitarla, hubo un solo paso.

Con esto, se desvanecieron las fuentes tradicionales de orgullo de la población de bajos ingresos. El “pobre pero limpio”, el “pobre pero honrado”, el no tener vicios, el valor del trabajo y la educación pública para sus hijos, todo cedió ante el permanente avance de esta nueva reivindicación “cultural” impulsada por nuevas e insospechadas fuentes de legitimidad. Una estética y una cierta forma “pobre” de estar en el mundo, empezaron a ser características de una cierta intelectualidad, de ciertas profesiones, y de ciertos funcionarios. De mano de estos intelectuales y de estos funcionarios, la cultura de la pobreza no tardó en escalar posiciones en la pirámide social y en su producción simbólica. Las élites siempre han ejercido una poderosa influencia en los modelos de vida de la gente. Si la vieja sociedad gobernada por “doctores” quería ser limpia y estudiosa, la nueva sociedad no tenía por qué serlo.

El centro de gravedad de esta nueva cultura, es la redefinición de los valores que orientan a las personas, y una cierta inversión de la normatividad social que se expresa en relativismo. Por un lado, todos los males sociales de la vieja moral encuentran su inicial justificación en el contexto de pobreza: ¿quién no tomaría un trago de alcohol para paliar los fríos del invierno en un rancho de lata? ¿quién no robaría para darle de comer a un hijo? ¿quién puede reclamar aseo cuando hay un solo pico de agua en toda la cuadra y sale fría como el hielo? ¿quién puede recurrir a la solución pacífica de los desacuerdos, si el de al lado está haciendo valer la más elemental fuerza bruta? ¿Quién puede decir que es violenta la resistencia, cuando es violento el uso y el abuso?

Por otro lado, como decíamos, la negación del tradicional orden social (de lo dado por supuesto, del entramado de normas que configuran expectativas recíprocas entre las personas, de reglas que limitan las posibilidades de comportamiento) no supone la imposición de su contrario, sino de un campo de indeterminación donde las reglas se vuelven borrosas. Si nada puede esperarse con certeza, porque ninguno de los viejos valores está vigente, cualquier cosa puede ser posible.

Pero la lógica de producción social sigue siendo, como antes, la acumulación y el consumo, y eso no tiene por qué variar. Lo que se adquiere, se acumula, se consume, y se exhibe. Con la caducidad de las reglas “pequeño burguesas” del ahorro, el mérito y la medianía de expectativas, como inspiradoras de la cultura de la vieja pobreza uruguaya, la idea de diferir recompensas carece de sentido y el esfuerzo se vuelve impensable. Por eso esta cultura es, también, una cultura no sólo de la búsqueda del disfrute perpetuo, como explican algunos postmodernos, sino además de la “pereza” legitimada, y por eso, en cierta medida, constituye una “cultura del robo”. Propia de todas las clases sociales, no es la cultura de quien no tiene, sino de quien “siente” que no tiene, no hace, pero que igual, quiere. Es una cultura del querer tener, pero sin tener que hacer. Es también una cultura de la envidia, donde importa más qué es lo que el otro tiene y yo no, que lo que yo puedo hacer para tener lo que yo quiero tener. Como el aire que respiramos, esta cultura está en todos lados, pero proviene sobre todo, del nuevo funcionariado ascendente.

Mucho de esta cultura perezosa y de su legitimación, se percibe en la educación, cuando los pedagogos se empeñan en negar el valor del mérito y del esfuerzo para el logro de proyectos personales, como si el mérito y el esfuerzo no fueran valorados nunca por las propias maestras y docentes; como si nunca tuvieran reflejo en el mundo del trabajo y en la vida diaria. O también, en la negativa a las tareas domiciliarias. Se percibe con nitidez en las propuestas para adjudicar las banderas entre el alumnado de las escuelas de Uruguay: no hay que premiar al que estudia más, justo en ese lugar de igualdad y reconocimiento republicanos. No sea cosa que quien no estudia se sienta damnificado de algún modo posible, por lo que, si no todos pueden tener el derecho a ese honor, robemos ese honor a quien sí se lo merece. Hay robo, claro, y de este tipo. en los plagios, las copias, los fraudes. No es difícil encontrar esto también, en las políticas sociales asociadas con la educación. ¿Por qué hemos de exigir a padres y madres que envíen a sus hijos a la escuela, como establece la obligatoriedad Vareliana? Si necesitan el dinero, ¿por qué no darlo igual, sin esperar de la contraparte el esfuerzo de cumplir con el deber de que los niños estén en la escuela?

Perezosa hasta la exageración, la cultura envidiosa del robo convierte en apropiable cualquier cosa. Los títulos universitarios son el nuevo botín de los nuevos perezosos institucionales. Nadie sabe quién fue primero, ni quién será el último; o si ni siquiera se sabrá, porque dejará de ser noticia. Sendic fue del primero de quien se habló, y ante la justicia, no dudó en decir que se dice “Licenciado” porque “se siente” así. Su subjetividad no coincide con la objetividad de lo evidente: ese título es “robado”. Igual, y antes, lo hicieron Gustavo Belarra, quien perdió su cargo en el Instituto Nacional de Rehabilitación tal vez por adjudicarse falsamente un título de sociólogo, y Gonzalo Reboledo -Director del IMPO y Secretario Político del Frente Amplio- quien, mejor parado, y sin tener que pagar por lo (mal) “habido”, culpó a alguien más -no se sabe a quién-de haberse hecho pasar como sociólogo durante largos años de ejercicio en el ámbito público. Hacer la tesis le da pereza a mucha gente. Pero sólo algunos hacen de cuenta de que no hacerla, no es importante para “sentirse” sociólogo. Las calificaciones y los conocimientos también han sucumbido al relativismo de la cultura perezosa del robo. Cualquier saber complejo se convirtió en “viru-viru”, lo que suena a una especie de penoso discurso para enmohecidos aristócratas monocordes en sus torres de marfil. La cultura, las artes, han sido banalizadas e instrumentalizadas hasta lo indecible, y con frecuencia han sido ridiculizadas. Al parecer, los ministros y funcionarios no necesitan saber. Ni saber hacer. Pero eso, nos lo recuerdan a diario, no es importante.

La cultura del robo se ha institucionalizado, se ha instalado como modo legítimo de ser y de permanecer en las nuevas élites del gobierno y la administración. No es una falta. Es una viveza, en el peor de los casos, o un modo de ponerse a sí mismo donde uno “siente” que pertenece, sin atenerse a los perimidos criterios de la achacosa academia, que ha permanecido, bueno es subrayarlo, en apabullante silencio. No es raro que esa lógica haya permeado todos los niveles del entramado social.

“Me parece que no es conveniente resistirse”, decía, en un contexto algo distinto, el Ministro Bonomi. Yo en cambio creo que sí. Tal vez no si veo un arma de fuego, una elemental pero definitoria arma de fuego en la mano de quien me quiere robar nada más que dinero. Pero no tengo que recordar acá que hay muchos tipos de violencia, hay muchos tipos de arma, y hay muchos tipos de robo. Me importa, ahora, uno solo.

El peor robo, el peor de todos, que se comete a diario, desde las más altas estructuras de gobierno y de Frente Amplio, es el robo de la esperanza, de la fe en un país distinto, donde la igualdad sea real y tan existente como la libertad, donde importe el ser y el parecer, donde pueda darse por descontada la ética indiscutible de todos los gobernantes, donde los orientales seamos todos tan ilustrados como valientes, y donde auténticamente se busque la felicidad de todos, sin violencias, sin escamoteos, con respeto, con civilidad. El “proyecto” no nos puede ser robado, de esta manera infame, contumaz, desvergonzada. Contra este robo, hay que resistir.

Adriana Marrero – Profesora Titular (Gr.5) de la UdelaR en Teoría Sociológica y Sociología de la Educación.

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3 pensamientos en “La cultura de la pobreza en Uruguay

  1. Qué pereza la pobreza
    Una encuesta financiada por el gobierno describe a una sociedad uruguaya conservadora en lo que refiere a sus percepciones sobre la pobreza. El dato reaviva un cuestionamiento al progresismo y su incapacidad de promover cambios profundos en la sociedad, esta vez relacionado con el tema más caro al pensamiento de izquierda.
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    La evolución de la pobreza por Ombú.
    “El gobierno que la ciudadanía uruguaya me confió y mandató desempeñar no se conduce con manuales ni en función de encuestas”, se oyó discursear al presidente Tabaré Vázquez hace pocos días, en un evento en el Auditorio del Sodre. Concretamente, una semana después de que la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (Opp) presentara oficialmente los resultados de una encuesta realizada por la consultora Equipos Mori, que el gobierno del período anterior había aceptado financiar. El estudio pinta una sociedad uruguaya conservadora en varios ámbitos, y se transformó en un búmeran para el Frente Amplio (aunque seguramente la alusión de Vázquez se refería a otro resultado poco amigable para el gobierno, que enfrenta niveles bajos de aprobación de acuerdo a todas las empresas de opinión pública). “A veces aciertan lindo, y a veces se equivocan feo”, disparó en defensa propia.

    Un dato de la encuesta de Equipos saltó a la vista: la mayoría de los uruguayos opina que los pobres son pobres “por flojos y por falta de voluntad”. Explicitadas por el propio estudio, las variaciones en este sentido son las más relevantes que se registran en los últimos años. En la medida en que la población percibe un aumento de las políticas de los últimos gobiernos tendientes a revertir la pobreza, decrece la opinión de que existen pobres porque la sociedad “los trata injustamente”.

    Aunque según el estudio algunos indicadores derivados del crecimiento económico provocaron mayores niveles de “bienestar individual”, se afirma: “Ha disminuido la confianza entre las personas, y hay menor tolerancia en algunos aspectos de la convivencia social. En términos generales, hay una sociedad que aumenta de forma significativa su demanda de autoridad. (…) La satisfacción con las acciones que el Estado ha tenido en el combate a la pobreza en los últimos años parece traer consigo nuevas miradas hacia las personas en situación de pobreza. Por un lado, se genera un consenso mayor en torno a que la pobreza puede ser reversible. Por otro lado, se aprecia una tendencia creciente a asignar a los pobres la responsabilidad principal por permanecer en esa situación”.

    LA ENCUESTA NUESTRA DE CADA DÍA. “Los valores en el Uruguay: entre la persistencia y el cambio” es el título del informe final, cuyas deducciones se basan en una metodología de matriz internacional importada desde Estados Unidos, donde en los años setenta la Universidad de Michigan fabricó un funcional método para medir y computar esa entidad llamada “valores”, y lo esparció por el mundo. Desde hace varias décadas la encuesta se lleva a cabo regularmente a nivel global, y cuenta con asociados en varios países que aportan para generar una base de datos actualizada acerca de los “valores” predominantes en cada sociedad.

    En Uruguay, desde el año 1996, el consultor asociado es Equipos Mori. Ese año se realizó la primera medición en el país, con fondos de la Universidad Católica. En 2006 se volvió a hacer, esta vez con aportes de Canal 10 y el diario El País. En 2011 la encuestadora recibió financiamiento del Estado, a través de la Opp, y de la empresa de combustibles Ducsa.

    La encuesta se pretende absolutamente depurada de análisis ideológico o político. Así lo explicitó a Brecha Ignacio Zuasnabar, encargado del trabajo. Sin embargo hace observaciones sugestivas: “Los grandes procesos de cambio de valores son una esfera independiente del plano político y del plano económico. Mi sensación es que las cosas que ocurren en el plano político y económico muchas veces son emergentes de un cambio de valores preexistente. El proceso de fondo es el cambio de valores, y no a la inversa”.

    Lo cierto es que la voluntad del estudio de presentar los “valores” de la sociedad uruguaya como un conjunto de concepciones independientes elude las explicaciones acerca de su conformación, y por tanto simplifica el análisis, cuando no lo suprime directamente. Se presentan datos de la “subjetividad” como una constelación aislada, pero se rechazan explicaciones acerca de qué actores sociales la producen.

    A pesar de ello, respecto de la percepción sobre la pobreza, Zuasnabar arriesga: “Nosotros advertimos ahí ciertos riesgos: no creemos que se haya llegado a una situación discriminatoria ni estigmatizante fuerte, pero creo que el riesgo está latente”. Y ese parece ser el análisis sociológico con más vuelo del estudio. La cuestión de las percepciones (o de los valores) tampoco está ajena en otra de las encuestadoras. Así, Factum realiza anualmente mediciones de opinión destinadas a determinar cuáles son las instituciones más valoradas por los uruguayos, y desde hace varios años algunos datos son constantes: los bancos, siempre en la cúspide de la tabla, son los más apreciados, y los sindicatos los menos. En la última medición la Policía fue la segunda mejor puntuada.

    “CONOCER PARA TRANSFORMAR.” Esa es la referencia esquiva que Pablo Álvarez, coordinador general de la Opp, escribe en el prólogo del informe. Consultado por Brecha acerca de la participación del organismo en el financiamiento de la encuesta, deslindó responsabilidades diciendo que es resultado del período anterior, y que la administración actual sólo se encargó de darle finalización.

    Álvarez asume que existe una “batalla” que no se está dando a nivel “cultural e ideológico”, y a eso atribuye la percepción de la mayoría de los encuestados: “la explicación del esfuerzo personal. Desde Weber y la ética protestante del inicio del capitalismo hasta ahora, se construye ese relato”. En este sentido, con respecto al encare que su fuerza política privilegia acerca de la pobreza, dice: “No creo, por ejemplo, que haya desaparecido el análisis de clase en la mayoría de los integrantes del FA. Pero creo que estamos en una etapa en que la democracia comienza a ser tomada como un problema, en el sentido de que vale la pena pensarla, ponerla en el banquillo de los acusados.

    Y creo que ya no alcanza con resolver los elementos más clásicos de la democracia formal o liberal. Sigo pensando que vivimos en una sociedad de explotados y explotadores aunque se nos desdibujen las fronteras del conflicto. Tampoco se puede poner una llave inglesa en la dinámica social y ajustar las tuercas. Pero sí creo que hay que dar una batalla por el concepto de ‘democracia’, entendiendo que democracia implicaría menos capitalismo. Si la democracia no llega a discutir los aspectos del reparto económico, o por ejemplo aspectos que recojan de forma más continua la participación a través de mecanismos de democracia directa, me parece que no alcanza”.

    En otras tiendas, Matías Rodríguez, director de Políticas Públicas del Mides, dijo a Brecha que el tema todavía no ha sido analizado en el gabinete. Por lo demás, se ocupó de defender a ultranza la gestión frenteamplista de las políticas públicas, resaltando el rol de “distribuir el bienestar” entre la “población en situación de vulnerabilidad social”. Asumió el peligro “culpabilizador” de las visiones relativas a la pobreza que se desprenden del informe, y descartó que el gobierno tenga que hacer alguna autocrítica al respecto.

    “EL NUEVO URUGUAYO EXISTE.” El resultado de la encuesta sobre la percepción de la pobreza, aunque lavado ideológicamente, tiene un anclaje en el viejo paradigma liberal, según el cual las posibilidades de movilidad social dependen exclusivamente del empeño del que se lo proponga, siendo la miseria el destino natural de los vagos y los faltos de ingenio. Este relato meritocrático presupone la existencia de un campo fértil de oportunidades, y a menudo es aderezado por historias de célebres triunfadores que salieron de abajo y ahora son cabeza de algún imperio; feroces entusiastas que más que ejemplos suelen ser excepciones que confirman la regla de que en el balcón de los exitosos los lugares están contados.

    Carmen Terra, profesora de la Facultad de Ciencias Sociales especializada en temas de pobreza, piensa que los resultados de la encuesta (y la encuesta en sí) reproducen una visión de la “derecha estadounidense” que explica el fenómeno haciendo énfasis en el individuo. “El tema es cómo se conjuga una óptica progresista, y gobiernos que dependen de órganos internacionales que fomentan esta perspectiva –planteó a Brecha–. Son años de propuestas, de programas, de documentos, que ahondan en la misma perspectiva de la derecha estadou-nidense: el foco (está puesto) en las personas y en las familias, y no en los procesos estructurales que llevan a esto. Los gobiernos progresistas no terminan de conciliar un discurso que antes hablaba de temas estructurales y ahora se focaliza en las familias.”

    Terra expone que los sindicatos tienen también su parte en la construcción de estos discursos, porque han pasado a insistir demasiado con la “cultura del trabajo”, y “siempre les ha costado mucho distinguirse de los sectores más excluidos. En el momento de construir un discurso no logran resolverlo bien. Enfatizan en la importancia del trabajo, y en que hay sectores que no tienen cultura del trabajo: algo absolutamente discutible”. El profesor Ricardo Viscardi, de la Facultad de Humanidades, también fue consultado por Brecha, y en el mismo sentido que Terra se refirió a una “dominación laboral”: “es la proyección del mercado de trabajo sobre los trabajadores que lo integran. Un fenómeno de dominación ideológica directa”, opinó.

    Viscardi sostuvo que la encuesta de Equipos Mori favorece la postura neoliberal sobre el desarrollo social. Y afirma: “Es bastante espantoso que sea un organismo de un gobierno que fue electo supuestamente contra esto, el que auspicia esto. Además no por medio de la Universidad de la República, sino de una empresa. Es hasta divertido. Demuestra el falso temor en las elecciones pasadas que produjo una presión electoral de corrimiento hacia el FA, que aparecía como la salvaguardia que podría contener la asunción de Lacalle Pou. Igualmente, liberado de anteojeras ideológicas y de perspectivas sobre la justicia social: ¡el nuevo uruguayo existe!”.

    El director del Departamento de Trabajo Social de la Facultad de Ciencias Sociales, Pablo Ventura asume que la izquierda gobernante ha retirado de su discurso sobre la pobreza interpretaciones que tienen que ver con la explotación: “La ‘población Mides’ es presentada como ‘pobres’, ‘vulnerables’, nunca como trabajadores. Cuando uno va a las cifras del Mides se encuentra con que más del 90 por ciento de la población beneficiaria de los programas obtiene el 75 por ciento de sus ingresos a través del trabajo. Entonces cuando uno habla de pobreza está hablando de trabajadores pobres. Del mismo modo, aunque los niveles de desocupación son bajos, la pobreza sigue siendo alta. Lo que uno tiene que asociar es pobreza con niveles crecientes de explotación”.

    Ventura evaluó que las acciones de los gobiernos de los últimos años para reducir la pobreza son claramente insuficientes: “Una de las intervenciones más eficientes en relación con atenuar las consecuencias de la pobreza son las que se hacen en vivienda. Y en este país son insuficientes desde hace décadas”. A la vez cree que los sectores medios de Uruguay y de la región, cuyos altos niveles de consumo registran cifras históricas, asumen posturas cada vez más conservadoras, racistas y xenófobas.

    APARTE. Según Viscardi hay dos problemas en relación con la pobreza: “Uno es el de la transferencia de riqueza hacia las grandes empresas, la exoneración impositiva, y por supuesto una política de salarios mínimos expuesta por conspicuos representantes del progresismo, como Mujica –explica–. El otro es que lo importante no es la pobreza, sino la existencia de núcleos de la sociedad que se ponen fuera del contexto de intercambio social, por el delito, el tráfico de drogas… Ese es el problema, no el de la pobreza. Este sistema no puede acumular sin excluir. Y el principio de la exclusión no es un principio económico sino simbólico. Ya tenemos tres generaciones de grupos y familias de-sarticulados del proceso social. Eso genera sus propias pautas de conducta. Y no es un problema económico, sino simbólico. A través de estas encuestas también se está generando una imposibilidad de leer el fenómeno desde un punto de vista que importa, que es el simbólico. El progresismo lo que ha hecho es sustentar políticas focalizadas, que quieren decir: acá no hay una sinergia del conjunto que favorece bolsones de marginalidad. Está diciendo: ‘Usted es pobre y si nosotros lo ayudamos va a salir de la pobreza’”.

    Mónica Ceferino, psicóloga de la organización civil El Abrojo, con experiencia de trabajo en los barrios de la periferia de Montevideo, percibe que “los barrios están cada vez más guetizados y los circuitos son restringidos. Mientras sigamos confinando gente en las periferias urbanas y las políticas de reordenamiento urbanas no tengan características de integración, se van a seguir perdiendo espacios comunes con modelos diversos de socialización. Y los modelos de socialización, de valores, de cosmovisión, comienzan a ser cerrados en sí mismos. Y para los barrios integrados, al estar tan distantes a nivel simbólico, lo lejano se vuelve peligroso”.

    La educadora social Silvia Paglietta también trabaja con niños y adolescentes en contextos pobres, y piensa que los “territorios barriales considerados ‘inseguros’ son también territorios que dan identidad, sentido de pertenencia. Quizás inseguros los vemos los que no somos parte de ellos. Los que viven en esos territorios definidos como zonas rojas desarrollan redes de solidaridad y de cuidado”. Por otra parte, no percibe precisamente un panorama de falta de voluntad: “El contexto en que se encuentran es sumamente inhóspito: donde habitan, las terribles condiciones en las que viven. Asombra muchas veces cómo buscan estrategias para sentirse incluidos, y las fortalezas que tienen”.
    Todos los consultados asignan un papel fundamental a los medios masivos de comunicación en la construcción de los “valores” descritos en la encuesta. Reprochan la forma en que estigmatizan a amplios sectores de la población y construyen funestas referencias de opinión que contribuyen a instalar el grueso de las percepciones que recaba el estudio.

    ESCENARIOS. Las victorias electorales de los modelos progresistas de la región en los últimos años penden de un hilo, y para sostenerse ante las “embestidas conservadoras” sus gobiernos evocan –con distintas variables e inventivas– escenarios fantasmales de vuelta a los noventa, sin practicar demasiado el ejercicio de mirarse el ombligo.

    Del mismo modo, al pretender escudriñar por qué gobiernos como los del FA no construyeron relatos alternativos, ni extirparon el núcleo duro de la pobreza, o ganaron inciertas batallas culturales, lo que emerge es que la política ha sido traspapelada hacia los cajones de la gestión.

    Una pregunta del cuestionario realizado por Equipos en este sentido bien podría ser ¿qué va a ser de los filósofos, los encuestadores, los periodistas, los asistentes sociales, cuando los pobres a los que tanto se describe, sobre los que se teoriza y se calcula, salgan de la flojera que se les achaca? Después de todo no hay novedad. No hay noticia. Aquello que el escritor italiano Alberto Moravia expresó alguna vez en forma de ironía sigue siendo uno de los pilares más firmes –y menos irónicos– del sentido común contemporáneo: “Los pobres son una población que ha invadido la tierra en tiempos prehistóricos. Hace 20 o 30 mil años. Cuando los ricos ocuparon la tierra, difundiendo la luz de la civilización, los pobres ya estaban allí desde hacía siglos, iguales a como son ahora, inalterables, inamovibles. Todos los historiadores concuerdan acerca de esto”.

  2. Excelente. Sin embargo me parece que faltan un par de dimensiones en el análisis que podrían orientar una posible solución:
    1. El rol clave de los medios masivos de comunicación (no la prensa en prioridad, sino más bien la publicidad. los programas de “entretenimiento” y muy atrás, las ficciones). La vinculación entre ellos y el posmodernismo visto como el brazo cultural del neoliberalismo y su rol clave en la formación de valores, a mi criterio muy superior al de la educación formal. El fenómeno uruguayo no es ni con mucho exclusivamente nuestro, pasa en todo el mundo, y por ello, la mirada debe expandirse si queremos comprender el fenómeno con certeza.
    2. El robo como forma de vida de una pobreza lumpenizada. La “cultura de trabajo” existe en una gran parte de los “pobres” aún, sin embargo el “trabajar o estudiar es para los giles” es la actitud más extendida entre los “pobres” jóvenes. La impunidad al respecto, propia de nuestro sistema judicial y sus implicancias y la vinculación entre ambas.

    No creo que puedan equipararse los ladrones de guante blanco, esos que roban títulos incluídos, con los ladrones lúmpenes. Me parece que el justificar el uno por el otro es reduccionista y si bien expone una parte del problema, al coaligarlos, se simplifica el otro.

    Muy buen artículo de todas formas.

  3. Después de varios , diría demasiados estuve en Montevideo. Vi pobreza ,observe desencanto ,en gente trabajadora . El uruguayo nunca se destaca por ser demasiado trabajador …màs en argentina no se le considera un esforzado. Creo algo de eso hay y con políticas que no han logrado mejorar sueldos , jubilaciones y ni que pensar crear puestos de trabajo no se puede tener mejor resultado. creo, se a errado algunas políticas sociales , el acompañar el progreso y mejorar la calidad de vida , no se logra con asistencialismo. Hay familias vulnerables , son ellas la que si necesitan de esa asistencia , pero no todo el que cae en acción social, es vulnerable. El embarazo adolescente , es incontrolable. Un país que fue ejemplo en programa familiar. ¿Donde esta ?.

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