El gobierno invisible: guerra y propaganda

El gobierno invisible: Guerra y propaganda.

John Pilger
Periodista y cineasta. Premio de la paz de la Naciones Unidas

religion

El sobrino de Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, el periodista Edwards Bernays acuñó el término “relaciones públicas” como un eufemismo para definir sus artimañas.

Haciendo gala de sus recursos, en 1929 Bernays convenció a algunas feministas para que promovieran el consumo de cigarrillos fumando en el desfile de Pascua en Nueva York, un comportamiento considerado entonces totalmente descabellado. Logró incitar a Ruth Booth quien proclamó: “¡ Mujeres! La lumbre de tu cigarrillo es otra antorcha de la libertad. ¡Lucha contra otro tabú del sexismo!”

La influencia de Bernays se extendió mucho más allá de la publicidad. Su mayor éxito fue persuadir a la población estadounidense que para que aceptara la masacre que significó la Primera Guerra Mundial. En privado, reconoció más de una vez, que su metodología de propaganda era “ingeniería del consentimiento” con el fin de “controlar y regir los sentimientos, de acuerdo a nuestra voluntad, sin que las personas se lleguen a enterar”.

Ésta técnica la describió como “el verdadero poder en nuestra sociedad” y la bautizo como “el gobierno invisible”.

Hoy en día, el gobierno invisible es más potente que nunca y peor aún, es menos comprendido. En mi larga carrera como periodista, nunca había visto como la propaganda manipula con éxito nuestras vidas y se queda sin réplica.

Imagine dos ciudades. Ambos están bajo el asedio de las fuerzas del gobierno. Ambas ciudades están ocupadas por fanáticos, que cometen atrocidades terribles, como la decapitación de personas.

Pero hay una diferencia vital. En un sitio, los periodistas occidentales informan con entusiasmo sobre las batallas y los ataques aéreos, llegando a describir a los soldados del gobierno como liberadores. Mientras la primera página de los medios están llenas de fotografías de heroicos soldados que con una V de la victoria no hay una mínima mención de las bajas civiles.

En la segunda ciudad –en un país vecino– está ocurriendo casi exactamente lo mismo. Las fuerzas del gobierno han puesto cerco a una ciudad controlada por la misma sexta de fanáticos.

La diferencia es que estos fanáticos son compatibles con “nosotros” –el Reino Unido y Estados Unidos– que les proporcionamos las armas. Inclusive estos fanáticos tienen su centro de comunicación y espionaje financiado por una entente entre Estados Unidos y Gran Bretaña.

La diferencia es que los soldados del gobierno que ponen cerco a esta segunda ciudad son los malos, a los que hay que condenar por agredir y bombardear –qué es exactamente lo que los buenos soldados hacen en la primera ciudad–.

¿Confuso? Realmente no. Este doble estándar básico, es la quintaesencia de la propaganda. Me refiero, por supuesto, al sitio de Mosul por las fuerzas del gobierno de Irak, respaldados por los Estados Unidos y Gran Bretaña y al asedio de Alepo efectuado por las fuerzas del gobierno de Siria, apoyados por Rusia. Un asedio es bueno; el otro es malo.

Lo que rara vez se informa es que ambas ciudades no estarían ocupadas por fanáticos y devastadas por la guerra, si Gran Bretaña y Estados Unidos no hubieran invadido Irak en 2003, una empresa criminal que se puso en marcha con mentiras, sorprendentemente similares a la propaganda que ahora distorsiona nuestra comprensión de la guerra civil en Siria.

Sin la formidable batería de propaganda disfrazada de noticias, el monstruoso ISIS, Al-Qaeda, Al-Nusra y el resto de las bandas yihadistas no existirían , y el pueblo de Siria no tendría que estar luchando por sus vidas.

Algunos recordarán que en 2003, los reportajes de la BBC aupaban a un Blair, por lo que finalmente resultó ser uno de los crímenes de guerra de este siglo. Por su parte las cadenas de televisión estadounidenses promovieron con el mismo entusiasmo las falsedades de George W. Bush y de Colin Powell –respaldadas efusivamente por H. Kissinger–.

El mismo año, poco después de la invasión, grabe una entrevista en Washington con Charles Lewis, reconocido periodista de investigación estadounidense. Le pregunté, “¿Qué habría ocurrido si los medios del mundo hubieran investigado y denunciado documentalmente aquello que resultó ser solo burda propaganda?”

Respondió que si los periodistas hubiesen hecho su trabajo con seriedad ; “habría habido una oportunidad para la paz y posiblemente no hubiéramos ido a la guerra en Irak”.

Fue una declaración impactante, ratificada por periodistas famosos a los que les hice la misma pregunta ; Dan Rather, de la CBS, David Rose del Observador y otros periodistas de la BBC, que por ahora desean permanecer en el anonimato.

En otras palabras, si los periodistas hacen su trabajo, deberían haber desafiado la propaganda en lugar de amplificarla, y seguramente, hoy en día, cientos de miles de hombres, mujeres y niños estarían vivos y, no habría ISIS ni estaría bajo asedio Alepo o Mosul

Tampoco se habría producido el atroz atentado del metro en Londres el 7 de julio de 2005. No habrían millones de refugiados muertos o en campamentos miserables.

Como respuesta al ataque terrorista ocurrida en París , el pasado noviembre, el presidente François Hollande envió inmediatamente aviones para bombardear Siria. Como era previsible, sobrevino más terrorismo, producto entre otras cosas de la ostentación de Hollande que declaro “Francia está en guerra” y “no mostrará piedad”. Que la violencia estatal y la violencia yihadista se retroalimentan es una verdad que ningún líder político internacional tiene el valor de reconocer.

“Cuando la verdad se sustituye por el silencio”, dijo el disidente soviético Yevtushenko, “el silencio es una mentira.”

El ataque a Irak, el ataque a Libia, el ataque a Siria han ocurrido porque los líderes de estos países no aceptaron ser marionetas de Occidente. El historial de derechos humanos de Saddam o Gaddafi no fue relevante. En realidad ellos se negaron a entregar el control de sus países. No obedecieron las órdenes de occidente.

La misma suerte esperaba a Milosevic una vez que se negó a firmar un “acuerdo” que reclamaba prácticamente la ocupación de Serbia y su conversión en una economía de mercado. Su pueblo fue bombardeado, y el fue procesado en La Haya. Un arresto de independencia de este tipo era intolerable.

Tal como WikiLeaks ha revelado, sólo cuando el líder sirio Bashar al-Assad (en 2009) rechazó un oleoducto ,que iba atravesar su país desde Qatar a Europa, fue atacado.

A partir de ese momento, la CIA planeó destruir el gobierno de Siria con los fanáticos yihadistas – que son los mismos fanáticos que ocupan actualmente Mosul y el este de Alepo y que mantienen a su población como rehenes.

¿Por qué esto no es noticia? El ex funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores británico Carne Ross, que fuera responsable de las sanciones contra Irak, me confesó en su momento: “Alimentamos a los periodistas con noticias de inteligencia convenientemente esterilizadas, o bien silenciamos toda información, Así funciona esto.”.

La nación cliente de Occidente, la medieval Arabia Saudí –a la que EE.UU y Gran Bretaña vende miles de millones de dólares en armas‘– en la actualidad está bombardeando y destruyendo Yemen, un país tan pobre que en el mejor de los casos, la mitad de sus niños están desnutridos.

Busque en YouTube y verá el tipo de bombas masivas –“nuestros” bombas– que los saudíes lanzan contra los pobladores de pobres aldeas de tierra y contra bodas y funerales.

Las explosiones se ven como pequeñas bombas atómicas. Codo a codo con los quienes lanzan las bombas desde Arabia Saudita trabajan oficiales británicos. Este hecho no es noticia, No la encontrara en el noticiero de la noche.

La propaganda más efectiva, para nuestro adhesión, es la que está diseñado por profesionales con alta cultura –Oxford, Cambridge, Harvard, Columbia– y con carreras en la BBC, The Guardian, el New York Times, el Washington Post.

Estas organizaciones periodísticas son conocidas como “medios liberales”. Se nos presentan como tribunas ilustradas, progresistas, acordes con el espíritu moral de esta época. Son antirracistas, feministas y pro-LGBT.

Pero ellos aman la guerra.

Mientras se manifiestan en pro del feminismo, apoyan guerras rapaces que niegan los derechos de un sinnúmero de mujeres, incluido el derecho a la vida.

En 2011, Libia, un estado moderno, fue destruido con el pretexto que Muammar Gaddafi estaba a punto de cometer un genocidio contra su propio pueblo. Esa era la noticia permanente y machacona, Y… no había pruebas. Fue una mentira.

De hecho, Gran Bretaña, Europa y los Estados Unidos querían, lo que les gusta llamar, “un cambio de régimen” en Libia, el mayor productor de petróleo en África. La influencia de Gadafi en ese continente y, sobre todo, su independencia era intolerable.

Así que fue asesinado ,con un cuchillo por su parte trasera, por un comando de fanáticos apadrinados por Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. Hillary Clinton aplaudió esta espantosa muerte ante las cámaras de televisión, declarando: “Vinimos, vimos, murió!”

La destrucción de Libia fue un triunfo de los medios de comunicación. A medida que sonaban los tambores de guerra, Jonathan Freedland escribió en The Guardian: “Aunque los riesgos son reales, la decisión por la intervención sigue siendo fuerte.”

Intervención – The Guardián utilizó una palabra amable, cuyo significado real, para Libia, era y es muerte y destrucción.

De acuerdo con sus propios registros, la OTAN lanzó 9,700 vuelos de “ataque” contra Libia, de los cuales más de un tercio estaban dirigidos contra objetivos civiles. Estos bombardeos incluyeron misiles con ojivas de uranio.

Mirad las fotografías de los escombros de Misurata y Sirte, o las fosas comunes identificadas por la Cruz Roja. Un informe de UNICEF sobre los niños muertos, dice, “la mayoría de ellos tenía menos de diez años”.

Como consecuencia directa de la “intervención” , Sirte se ha convertido en la capital del ISIS.

Ucrania es otro triunfo de los medios de comunicación. Periódicos liberales respetables como el New York Times, el Washington Post y The Guardian, y emisoras tales como la BBC, NBC, CBS, CNN han jugado un papel crítico en el acondicionamiento de sus espectadores para que acepten una nueva y peligrosa guerra fría.

Han falsificado los acontecimientos en Ucrania, calificándolo como un acto maligno de Rusia cuando, en realidad, el golpe de Estado, en Ucrania en 2014, fue obra de los Estados Unidos, con la ayuda de Alemania y la OTAN.

Esta inversión de la realidad es tan penetrante que la intimidación militar de Washington a Rusia no es noticia; se ahoga detrás de una campaña de difamación y del miedo que vivimos durante la primera guerra fria.

Una vez más, los Ruskies vienen a invadirnos, conducido por otro Stalin, a quien The Economist describe como el diablo.

La supresión de la verdad sobre Ucrania es una de las más completas negaciones informativas de las que puedo recordar. Los fascistas que diseñaron el golpe de estado en Kiev son la misma mala ralea que apoyó la invasión nazi de la Unión Soviética en 1941.

Ante las alarmas sobre el ascenso del fascismo antisemita en Europa, ningún líder occidental menciona a los fascistas en Ucrania, con excepción de Vladimir Putin, pero esto no cuenta.

Muchos de los medios occidentales han trabajado duro para presentar la población de habla rusa de Ucrania como extraños en su propio país, como agentes de Moscú, nunca como ucranianos en busca de una federación dentro de Ucrania y como ciudadanos ucranianos que resisten un golpe de estado –orquestado desde el extranjero– contra un gobierno elegido.

No hay descanso para los hacen sonar los tambores de guerra. Los que incitan a la guerra desde el diario Washington Post, contra Rusia, son los mismos escritores de editoriales que publicaron la mentira que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva.

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