Un futuro posliberal

Un futuro posliberal
por Yuval Noah Harari

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El liberalismo es compatible con las diferencias socioeconómicas, pero considera que todas las personas tienen igual valor. ¿Podrá sobrevivir a la aparición de una élite de humanos mejorados científicamente?

Dos de las amenazas que tendrá el liberalismo en el siglo XXI son, en primer lugar, que los humanos perderán completamente su valor y, en segundo, que seguirán siendo valiosos colectivamente, pero perderán su autoridad individual, para ser gestionados por algoritmos externos. Eso significa que el sistema seguirá necesitándonos para que compongamos sinfonías, enseñemos historia o escribamos códigos informáticos, pero nos conocerá mejor que nosotros mismos, y por lo tanto tomará por nosotros la mayoría de las decisiones importantes, y nosotros estaremos encantados de que lo haga. No será necesariamente un mundo malo; sin embargo, será un mundo posliberal.

Hay, sin embargo, una tercera amenaza para el liberalismo en este siglo y es que algunas personas seguirán siendo a la vez indispensables e indescifrables, pero constituirán una élite reducida y privilegiada de humanos mejorados. Estos superhumanos gozarán de capacidades inauditas y de creatividad sin precedentes, lo que les permitirá seguir tomando muchas de las decisiones más importantes del mundo. Desempeñarán servicios cruciales para el sistema, mientras que el sistema no podrá entenderlos ni gestionarlos. Sin embargo, la mayoría de los humanos no serán mejorados, y en consecuencia se convertirán en una casta inferior, dominada tanto por los algoritmos informáticos como por los nuevos superhumanos.

Dividir a la humanidad en castas biológicas destruirá los cimientos de la ideología liberal. El liberalismo puede coexistir con brechas socioeconómicas. En realidad, puesto que favorece la libertad más que la igualdad, da por sentadas dichas brechas. Sin embargo, el liberalismo todavía presupone que todos los seres humanos tienen igual valor e igual autoridad. Desde una perspectiva liberal, es perfectamente correcto que una persona sea multimillonaria y viva en un castillo lujoso y que otra sea campesina, pobre y viva en una choza de paja. Porque, según el liberalismo, las experiencias únicas del campesino siguen siendo tan valiosas como las del multimillonario. Esta es la razón por la que los autores liberales escriben extensas novelas sobre las experiencias de los campesinos pobres… y por la que incluso los multimillonarios leen ávidamente esos libros. Si el lector va a Broadway o al Covent Garden a ver Los miserables, descubrirá que los mejores asientos cuestan centenares de dólares, y que la suma de la riqueza del público probablemente alcance miles de millones, pero que, aun así, empatiza con Jean Valjean, que cumplió diecinueve años de cárcel por robar una hogaza de pan para dar de comer a su sobrino hambriento.

La misma lógica opera el día de las elecciones, cuando el voto del campesino pobre vale exactamente lo mismo que el del multimillonario. La solución liberal a la desigualdad social es conceder el mismo valor a las diferentes experiencias humanas, en lugar de crear las mismas experiencias para todos. Sin embargo, ¿cuál será la suerte de esta solución cuando ricos y pobres estén separados no solo por la riqueza, sino también por brechas biológicas reales?

En un artículo publicado en The New York Times, Angelina Jolie se refería a los elevados costos de las pruebas genéticas. Hoy en día, la prueba que Jolie se hizo cuesta tres mil dólares (lo que no incluye el precio de la mastectomía, de la cirugía reconstructiva y de los tratamientos asociados). Esto en un mundo en que mil millones de personas ganan menos de un dólar al día, y otros mil quinientos millones, entre uno y dos dólares diarios. Aunque trabajen con ahínco toda la vida, nunca podrán costearse una prueba genética de tres mil dólares. Y las brechas económicas no hacen más que ensancharse. A principios de 2016, las 62 personas más ricas del mundo tenían tanto dinero ¡como los 3,600 millones de personas más pobres! Puesto que la población mundial es de alrededor de 7,200 millones de personas, ello significa que estos 62 multimillonarios acumulan en conjunto tanta riqueza como toda la mitad inferior de la humanidad.

Es probable que el costo de las pruebas de ADN se reduzca con el tiempo, pero con regularidad aparecen procedimientos nuevos y caros. De ese modo, mientras que los tratamientos antiguos se pondrán gradualmente al alcance de las masas, las élites se encontrarán siempre un par de pasos por delante. A lo largo de la historia, los ricos han gozado de muchas ventajas sociales y políticas, pero nunca había habido una enorme brecha biológica que los separara de los pobres. Los aristócratas medievales afirmaban que por sus venas corría sangre azul superior y los brahmanes hindúes insistían en que eran naturalmente más listos que nadie, pero esto era pura ficción. Sin embargo, en el futuro podríamos ver cómo se abren brechas reales en las capacidades físicas y cognitivas entre una clase superior mejorada y el resto de la sociedad.

Cuando se les plantea esta situación hipotética, la respuesta estándar de los científicos es que también en el siglo XX muchos adelantos médicos empezaron con los ricos, pero que al final beneficiaron a toda la población y contribuyeron a reducir y no a ampliar las brechas sociales. Por ejemplo, al principio, las clases superiores de los países occidentales sacaron provecho de vacunas y antibióticos, pero en la actualidad estos mejoran la vida de todos los humanos en cualquier parte.

Sin embargo, la posibilidad de que este proceso se repita en el siglo XXI podría ser solo una ilusión, por dos razones importantes. Primera: la medicina del siglo XX aspiraba a curar a los enfermos. La medicina del siglo XXI aspira cada vez más a mejorar a los sanos. Curar a los enfermos fue un proyecto humanitario, porque daba por hecho que existe un estándar normativo de salud física y mental que todos pueden y deben disfrutar. Si alguien caía por debajo de la norma, era tarea de los médicos resolver el problema y ayudarlo a “ser como todo el mundo”. En cambio, mejorar a los sanos es un proyecto elitista, porque rechaza la idea de un estándar universal aplicable a todos, y pretende conceder a algunos individuos ventajas sobre los demás. La gente quiere una memoria superior, una inteligencia por encima de la media y capacidades sexuales de primera. Si alguna forma de mejora resulta tan barata y común que todos puedan disfrutarla, esta se considerará simplemente el nuevo umbral de base que la siguiente generación de tratamientos se esforzará en sobrepasar.

Segunda: la medicina del siglo XX benefició a las masas porque el siglo XX fue la época de las masas. Los ejércitos del siglo XX necesitaban millones de soldados sanos y la economía necesitaba millones de trabajadores sanos. En consecuencia, los Estados establecieron servicios de salud pública para asegurar la salud y el vigor de todos. Nuestros mayores logros médicos fueron los servicios de higiene masivos, las campañas de vacunación masivas y la superación masiva de las epidemias. La élite japonesa de 1914 tenía un interés particular en vacunar a los pobres y en construir hospitales y sistemas de alcantarillado en los barrios humildes porque, si querían que Japón fuera una nación fuerte con un ejército fuerte y una economía fuerte, necesitaban muchos millones de soldados y obreros sanos.

Pero la época de masas podría haber terminado, y con ella la época de la medicina de masas. En el momento en que los soldados y obreros humanos dejen paso a los algoritmos, al menos algunas élites podrían llegar a la conclusión de que no tiene sentido proporcionar condiciones mejoradas o incluso estándares de salud para las masas de gente pobre e inútil, y que es mucho más sensato centrarse en mejorar más allá de la norma a un puñado de superhumanos.

En la actualidad, la tasa de natalidad ya está cayendo en países tecnológicamente avanzados como Japón y Corea del Sur, donde se realizan esfuerzos prodigiosos en la crianza y la educación de cada vez menos niños, de los que se espera cada vez más. ¿Cómo pueden esperar grandes países en vías de desarrollo como la India, Brasil o Nigeria competir con Japón? Estos países podrían equipararse a un largo tren. Las élites de los vagones de primera clase gozan de servicios de salud, educación y niveles de ingresos equiparables a los de los países más desarrollados del mundo. Sin embargo, los centenares de millones de ciudadanos de a pie que atestan los vagones de tercera clase siguen padeciendo enfermedades muy extendidas, ignorancia y pobreza. ¿Qué preferirán hacer las élites indias, brasileñas y nigerianas en el próximo siglo: invertir en resolver los problemas de centenares de millones de pobres o en mejorar a unos cuantos millones de ricos? A diferencia de lo que ocurría en el siglo XX, cuando la élite tenía interés en resolver los problemas de los pobres porque eran vitales desde el punto de vista militar y económico, en el siglo XXI la estrategia más eficiente (y, no obstante, despiadada) podría ser desenganchar los inútiles vagones de tercera clase y acelerar solo con los de primera. Para competir con Japón, Brasil necesitará mucho más a un puñado de superhumanos mejorados que a millones de trabajadores de a pie sanos.

¿Cómo pueden las creencias liberales sobrevivir a la aparición de superhumanos con capacidades físicas, emocionales e intelectuales excepcionales? ¿Qué ocurriría si resulta que esos superhumanos tienen experiencias fundamentalmente diferentes de las de los sapiens normales? ¿Qué ocurrirá si a los superhumanos les aburren las novelas sobre las experiencias de humildes ladrones humanos, mientras que los humanos normales y corrientes encuentran ininteligibles los culebrones sobre los amoríos de los superhumanos?

Los grandes proyectos humanos del siglo XX (superar el hambre, la peste y la guerra) pretendían salvaguardar una norma universal de abundancia, salud y paz para toda la gente, sin excepción. Los nuevos proyectos del siglo XXI (alcanzar la inmortalidad, la felicidad y la divinidad) también esperan servir a toda la humanidad. Sin embargo, debido a que estos proyectos aspiran a sobrepasar la norma, no a salvaguardarla, bien podrían derivar en la creación de una nueva casta superhumana que abandone sus raíces liberales y trate a los humanos normales no mejor que los europeos del siglo xix trataron a los africanos.

Si los descubrimientos científicos y los avances tecnológicos dividen a la humanidad en una masa de humanos inútiles y una pequeña élite de superhumanos mejorados o si la autoridad se transfiere completamente a algoritmos muy inteligentes, el liberalismo se hundirá. ¿Qué nuevas religiones o ideologías podrían llenar el vacío resultante y guiar la evolución subsiguiente de nuestros descendientes casi divinos? ~

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Traducción del inglés de Joandomènec Ros.

Este es un fragmento de Homo deus.

Congo: el país maldito por su riqueza

El país maldito por su riqueza
Dan Snow
Historiador.

En la imagen: Ronald Reagan saludando al sanguinario dictador Mobutu
religion

El conflicto más sangriento del mundo desde la Segunda Guerra Mundial sigue retumbando.
Una guerra en la que más de cinco millones de personas han muerto, millones más quedado al borde de la inanición y víctimas de enfermedades y en la que millones de mujeres y niñas han sido violadas.
La Segunda Guerra del Congo, llamada también Gran Guerra de África, que ha succionado soldados y civiles de nueve países e innumerables grupos rebeldes armados, se ha peleado casi enteramente dentro de las fronteras de este desafortunado país.

Muchas de las operaciones mineras del país se conectan con las aguas del imponente río Congo.
Es un lugar aparentemente bendecido con toda clase de minerales, pero siempre queda abajo en el índice de desarrollo humano de Naciones Unidas, pues hasta los más afortunados viven en pobreza extrema.
La República Democrática del Congo es potencialmente uno de los países más ricos de la Tierra, pero el colonialismo, la esclavitud y la corrupción lo condenaron a ser uno de los más pobres.
Allí estuve este verano para descubrir en el pasado de este país qué lo llevó a semejante violencia y anarquía.
Del imperio a la esclavitud
Recorrer el abusivo pasado del Congo mientras viajaba por su presente desgarrado por la guerra, fue la experiencia más perturbadora de mi carrera.
Conocí a víctimas de violaciones, rebeldes, políticos inflados y ciudadanos asustados en un país que dejó de funcionar: gente que lucha por sobrevivir en un lugar maldito por un pasado que desafía la descripción, una historia que no los libera de su apretón mortal.
El presente apocalíptico de Congo es producto directo de decisiones y acciones tomadas en los últimos cinco siglos.
A fines del siglo XV, un imperio conocido como el Reino del Congo dominaba la porción occidental del país y pedazos de otros estados modernos como Angola.
Era sofisticado, tenía su propia aristocracia y una impresionante administración pública.
Cuando los mercaderes portugueses llegaron en la década de 1480, se dieron cuenta que era una tierra de una inmensa riqueza natural, rica en recursos, particularmente en carne humana.
Mapa de RD Congo
Congo era una fuente aparentemente inagotable de esclavos fuertes y resistentes a enfermedades. Los portugueses descubrieron rápidamente que esa “mercancía” sería más fácil de explotar si el interior del continente permanecía en la anarquía.
Hicieron lo posible por destruir cualquier fuerza política indígena capaz de cercenar sus intereses esclavistas o mercantiles.
Enviaron dinero y armas modernas a rebeldes, derrotaron a ejércitos congoleses, asesinaron reyes, masacraron élites y estimularon la secesión.
Para los años 1600, el otrora poderoso reino se había desintegrado en una anarquía acéfala de miniestados atrapados en guerras civiles endémicas. Los esclavos, víctimas de estos conflictos, huían a la costa y desde donde se los llevaban a América.
Unas cuatro millones de personas fueron embarcadas a la fuerza en la desembocadura del río Congo. Los buques ingleses estaban en el centro de este comercio. Las ciudades y los mercaderes británicos se hicieron ricos gracias a los recursos que los congoleses jamás verían.
Este primer encuentro con los europeos marcó el resto de la historia de Congo.
Las expediciones de Stanley facilitaron la explotación de Congo por el rey Leopoldo.

El desarrollo ha sido sofocado, el gobierno ha sido débil y el estado de derecho, inexistente. Eso no se debe a una falla innata de los congoleses. A los poderosos les convenía destruir, suprimir e impedir cualquier gobierno fuerte, estable y legítimo.
Eso interferiría -como han amenazado los congoleses en algunas ocasiones- con la fácil extracción de los recursos nacionales. Congo vive bajo la maldición de su riqueza natural.
Es un país enorme, del tamaño de Europa occidental.
Soldado en Kibati cerca a Goma, con el volcán Nyiragongo al fondo
Image caption
República Democrática del Congo es un estado fallido, condenado desde la llegada de los europeos.
El agua interminable del segundo río más largo del mundo, el Congo, un clima benigno y un suelo rico y fértil, debajo del que hay abundantes depósitos de cobre, oro, diamantes, cobalto, uranio, coltán y petróleo, para mencionar sólo algunos de los minerales que deberían hacerlo uno de los países más ricos del mundo.
En cambio, es uno de los más desahuciados.
Al interior de Congo llegó a fines del siglo XIX un explorador nacido en Reino Unido, Henry Morton Stanley, cuyo sueño era establecer asociaciones de libre comercio con las comunidades que iba conociendo. Pero estos fueron destrozados por el infame rey de Bélgica, Leopoldo, quien creó un vasto imperio privado.
El suministro más grande de caucho fue encontrado justo cuando se había vuelto una materia prima indispensable en Occidente, en virtud de las llantas de bicicletas y autos, así como el aislamiento eléctrico.

La locura por las bicicletas en la Inglaterra victoriana fue facilitada por el caucho congolés recogido por los esclavos.
Hombres congoleses eran acorralados por la brutal fuerza de seguridad belga, sus esposas internadas como garantía y maltratadas durante su cautiverio. Los hombres eran forzados a la selva a cosechar el caucho.
La desobediencia o resistencia era castigada inmediatamente con azotes, amputación de manos y muerte. Millones perecieron.
Los líderes tribales capaces de resistir eran asesinados, la sociedad fue diezmada y se les negaba la educación.
Se creó un régimen rapaz y bárbaro de una élite belga sin el mínimo interés en desarrollar el país o su población… y ha perdurado.
Supuestamente para acabar con la brutalidad, Bélgica se anexó el Congo, pero los problemas en su excolonia persistieron.
La minería floreció, los trabajadores sufrían en condiciones deplorables, produciendo los materiales que alimentaron la producción industrial en Europe y Estados Unidos.
En la Primera Guerra Mundial, los hombres dieron la vida, pero fueron los minerales de Congo fueron los que los mataron.
Las cubiertas de bronce de los proyectiles aliados disparados en Passchendaele y Somme eran 75% de cobre congolés.
En la Segunda Guerra Mundial, el uranio de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki provenían de una mina en el sureste de Congo.
Las libertades occidentales eran defendidas con recursos de Congo, mientras a los negros congoleses se les negaba el derecho al voto, a formar sindicatos o asociaciones políticas. Se les negaba todo, más allá de una educación básica.
Se les mantenía en un nivel infantil de desarrollo que convenía a gobernantes y dueños de minas, pero garantizaba que cuando llegara la independencia no hubiera una élite nativa que condujera al país.
Por eso la independencia en 1960 fue predeciblemente desastrosa.
Independencia, Mobutu y Kabila
Fragmentos del inmenso país intentaron separarse inmediatamente, el ejército se amotinó contra sus oficiales belgas y en pocas semanas la élite belga que gobernaba evacuó el estado, dejando a nadie con capacidad para manejar el gobierno o la economía.
De 5.000 empleos gubernamentales antes de la independencia, apenas tres eran de congoleses y no había ningún abogado, doctor, economista o ingeniero congolés.
El caos amenazaba con apoderarse de la región. Las superpotencias de la Guerra Fría entraron para disputarse el terreno.
Atrapado entre estas rivalidades, el líder congoleño Patrice Lumumba fue horriblemente golpeado y ejecutado por rebeldes con apoyo occidental. Un hombre fuerte del ejército, Joseph-Desire Mobutu, que fue sargento de la policía colonial, se hizo cargo.

Mobutu fue cortejado por Occidente durante décadas.
Mobutu se convirtió en tirano. En 1972 se cambió el nombre a Mobutu Sese Seko Nkuku Ngbendu Wa Za Banga, que significa “el guerrero todopoderoso que, gracias a su resistencia e inflexible voluntad para ganar, va de conquista a conquista, dejando un rastro de fuego”.
Occidente lo toleró mientras los minerales fluyeran y Congo se mantuviera fuera de la órbita soviética.
Él, su familia y amigos desangraron al país de millones de dólares, construyeron un palacio de US$100 millones en la selva más remota de Gbadolite, una larguísima pista de aterrizaje a su lado, diseñada para el Concorde, que era fletado para ir de compras a París.
Los disidentes eran torturados o comprados, los ministros robaban presupuestos enteros, el gobierno era atrofiado. Occidente le permitía a su gobierno que pidiera millones de dólares prestados, que luego eran robados. Hoy es Congo el que debe pagar la cuenta.
En 1997, una alianza de países vecinos, encabezada por Ruanda -furiosa porque Congo le daba refugio a muchos de los responsables del genocidio de 1994- invadió para deshacerse de Mobutu.
Un exiliado congoleño, Laurent Kabila, fue reclutado en África oriental para actuar como líder. El ejército de Mobutu, sin dinero, implosionó. Sus líderes, compinches incompetentes del presidente, abandonaron a sus hombres en una alocada carrera para escapar.
Mobutu salió una vez más de su Versalles selvático, en su avión cargado de objetos valiosos, mientras sus propios soldados le disparaban.
Ruanda había conquistado a su inmenso vecino con una facilidad espectacular. Sin embargo, una vez instalado, Kabila, el títere de Ruanda, se negó a cumplir órdenes.
Ruanda volvió a invadir, pero esta vez fue detenida por sus antiguos aliados que se pelearon entre ellos y arrastraron a Congo a una guerra terrible.
Caos interminable
Ejércitos extranjeros se enfrentaron en lo profundo de Congo mientras el frágil estado colapsaba totalmente y la anarquía reinaba.
Cientos de grupos armados cometieron atrocidades, millones murieron.
Las diferencias étnicas y lingüísticas atizaban la ferocidad de la violencia, mientras el control de la impresionante riqueza natural de Congo añadía una terrible urgencia a la lucha.
Niños soldados reclutados a la fuerza acorralaban ejércitos de esclavos para que extrajeran minerales como coltán, componente clave de teléfonos celulares, la última obsesión del mundo desarrollado, mientras aniquilaban a comunidades enemigas, violando a las mujeres y forzando a los sobrevivientes hacia la jungla donde morían de inanición y enfermedades.

Una paz profundamente fallida y parcial fue fabricada hace una década. En el este de Congo, hay una nueva guerra, una compleja red de rivalidades internas e internacionales con grupos rebeldes enfrentados al ejército y la ONU, mientras pequeñas milicias comunitarias contribuyen a la inestabilidad general.
El país ha colapsado, las carreteras ya no unen a las principales ciudades, el cuidado de la salud depende de la ayuda y la caridad. El nuevo régimen es tan miserable como sus predecesores.
Me subí a uno de esos trenes cargados de cobre que van directamente de minas de propiedad extranjera a la frontera y de ahí al Lejano Oriente, cruzando por barrios marginales de congoleños desplazados y empobrecidos.
Los portugueses, los belgas, Mobutu y el actual gobierno asfixiaron deliberadamente el desarrollo de un Estado, ejército, poder judicial y sistema educativo fuertes, porque interfiere con su misión primaria: hacer dinero de lo que hay bajo la tierra.
Los millones de dolares que esos minerales generan no han llevado más que miseria y muerte a la gente que vive encima, mientras se enriquecía una élite microscópica en Congo y sus patrocinadores extranjeros, y sustentando nuestra revolución tecnológica en el mundo desarrollado.
Congo es una tierra lejana, aunque nuestras historias están íntimamente entrelazadas. Hemos prosperado gracias a una relación asimétrica, pero estamos totalmente ciegos a ella. El precio de esa miopía ha sido el sufrimiento humano a una escala inimaginable.

Preguntas que Dan Snow contestó en Twitter

¿Te sentiste realmente en peligro?
Había disparos cuando estábamos en la línea del frente, pero la peor amenaza eran las terribles carreteras y los malos vehículos.
¿Por qué volver al Siglo XVI e ignorar el devastador papel de los movimientos revolutionarios en la desestabilización de Congo en los últimos 50 años?
Tratamos de hacer ambos. Los problemas del pasado reciente son hijos de la historia más distante.
¿Por qué las naciones occidentales no han mostrado más interés en estabilizar al país, considerando su riqueza mineral?
Lamentablemente, creo que los líderes piensan que es un problema masivo e insoluble que no entiende, en una tierra lejana.
¿Cómo ves a estos países saliendo de esta situación?
Ruanda logró con éxito reducir su pobreza y desarrollar su infraestructura. Hace falta un liderazgo totalmente diferente.
Visité la República Democrática del Congo en 2012. ¿Por qué la gente es tan inconsciente del impacto negativo de los europeos occidentales (y ahora también los chinos)?
Es un punto ciego para nosotros. No sé por qué. Quizás no nos gusta morar en nuestros fracasos.
¿Que aconseja a empresas que quieran invertir en el país? Tener impecables contactos políticos locales, o no tratar.
¿Cree que la guerra en Congo es el obstáculo a la pobre utilización de los recursos naturales del país?
Los señores de la guerra controlan el acceso a los recursos y las mineras más grandes y responsables no se arriesgan a invertir.
¿Es la pobreza en un país tan rico causada por líderes congoleños avaros o potencias postcoloniales?
La nacionalidad de los gobernantes no ha importado mucho, todos se han comportado igual. La riqueza potencial los ha corrompido a todos.
¿Cuán difíicil fue viajar a través de la República Democrática del Congo?
Exceptionalmente difícil. Carreteras colapsadas, los bandidos mandan en la noche, no hay caminos entre las ciudades importantes.
¿Cómo podemos ayudar al pueblo congoleño a beneficiarse de sus propios recursos naturales?
Podemos presionar a los jugadores internacionales en la industria de la extracción de recursos para que sean más transparentes.
Si tuvieras que escoger una sola cosa para cambiar en Congo, ¿qué sería?
El estado de derecho. La gente necesita protección cuando se violan sus derechos, para comenzar negocios y para saber a dónde va el dinero.

La mayoría de la gente será innecesaria en el siglo XXI

Yuval Noah Harari: “La mayoría de la gente será innecesaria en el siglo XXI”
El historiador israelí, autor de ‘Sapiens’, pinta un negro futuro para la humanidad en su nuevo libro, ‘Homo deus’

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Con libros como ‘Sapiens. Breve historia de la humanidad’, el joven historiador israelí Yuval Noah Harari (1976) ha sido leído y recomendado por lectores como Barack Obama o Mark Zuckerberg. La élite de la élite que puede hacer realidad, o no, los negros presagios sobre el futuro de nuestro género que plantea en ‘Homo Deus. Una breve historia del mañana’ (Debate / Edicions 62). En dicho libro él expone que en el último siglo la humanidad ha reducido drásticamente el hambre, ha retrasado la muerte y acotado las guerras. Ese proceso puede seguir progresando para conseguir más felicidad (pero gracias a la bioquímica) y más longevidad (para unos pocos) hasta llegar a crear una nueva figura, el ‘Homo deus’, con capacidades que nuestros ancestros reservaban a los seres divinos. Pero ese planteamiento aparentemente optimista es un ‘macguffin’, y la historia puede ir por otros derroteros, mucho más funestos.
“En un mundo con castas biológicas, las ideas fundamentales de la democracia pueden quedar obsoletas”

-Así que de optimismo nada, ¿no?

-El primer capítulo del libro es una historia simple, la que nos suelen explicar científicos y futurólogos sobre lo que sucederá en los próximos 100 años. Una simple proyección del presente sin grandes cambios. En el pasado conseguimos superar el cólera, el tifus y la tuberculosis y ahora venceremos el cáncer y el alzhéimer y encontraremos la manera de rejuvenecer el cuerpo. Pero en la mayor parte del libro lo que hago en realidad es complicar la historia. No solo porque vaya a haber imprevistos sino porque los ideales fundamentales que nos impulsaron en esta dirección están en peligro, pueden colapsar. En el próximo siglo encararemos no solo cambios tecnológicos sino también ideológicos. Y la idea de que podemos mantener los valores humanísticos que han sido predominantes durante el siglo XX, solo que con una mejor tecnología para hacer realidad estos ideales, es muy naïf.

-¿Así, la libertad, la democracia, los derechos humanos, cree que son valores que corren peligro?

-Sí, por supuesto. Las ideas fundamentales de las democracias liberales con las que estamos familiarizados, como ‘un hombre un voto’, en un mundo con castas biológicas, ciborgs e inteligencia artificial pueden quedar completamente obsoletas. Los superricos podrán conseguir para sí mismos o para sus hijos capacidades que les harán superiores a la población media, que no podrá competir, y la brecha se hará cada vez mayor. Hoy no, y por eso el hijo de un pobre aún tiene alguna oportunidad. Cuando haya estas diferencias biológicas no tendrá ninguna.

“Debemos ser realistas: durante la mayor parte de la historia, la gente ha sido insignificamente para las élites”

-Quedémonos de momento dentro de esta narración que dice que viviremos más y nuestra especie mejorará. Toda la humanidad no se convertirá en ‘homo deus’. Solo unos pocos. ¿Y los demás?

-Durante el siglo XX la igualdad fue quizás el valor más importante de la humanidad. En gran parte, la historia del siglo XX es una historia de victorias, incompletas por supuesto, sobre la desigualdad. El mundo es ahora mucho más igualitario entre razas, entre clases, entre géneros, incluso entre padres e hijos. Esto ahora quizá va a invertirse. Veremos mayores desigualdades que en cualquier otro momento de la historia. Podremos ver a una pequeñísima minoría de personas que monopolice el poder económico y político, los algoritmos y la tecnología, y utilice este enorme poder para empezar a mejorar biológicamente y crear clases biológicas. Esto es abstracto, así que podemos poner un ejemplo: pensemos por ejemplo en los coches con pilotaje autónomo. Serán casi inevitables en los próximos 10 o 20 años. Hoy, millones de personas comparten las decisiones sobre la movilidad. Taxistas, conductores, profesores de autoescuelas, guardias de tráfico… Dentro de 20 años todos los vehículos estarán conectados a una única red que estará controlada por un único algoritmo. ¿Y quién será el propietario? Quizá una corporación como Google controlará toda la red de transporte de Barcelona. Ese es el tipo de monopolización del poder que puede venir.

“No creo que las personas vayan a ser criadas en granjas como en ‘Matrix’… las máquinas no necesitan comer personas”

-Usted dice que en esa sociedad la clase mayoritaria pasaría a ser la de los innecesarios. El momento más inquietante del libro es cuando usted plantea que ya hay un modelo de cómo sería esa relación entre superhombres y homo sapiens: la forma como hoy nosotros tratamos a los animales.

-Bueno, me parece que no se los comerán, no creo que lleguemos a eso. No creo que la gente vaya a ser criada en granjas como en ‘Matrix’, eso no es realista… las máquinas no necesitan comer personas. Lo que quiero dar a entender es que en el siglo XX las mejoras en la vida del humano medio se produjeron sobre todo debido a que los gobiernos, en todo el mundo, establecieron sistemas masivos de educación, salud y del estado del bienestar. Hasta Hitler necesitaba que millones de alemanes estuvieran en condiciones de servir en la Wehrmacht y trabajar en las fábricas. Tenía sentido invertir en su bienestar. En el siglo XXI las élites perderán sus incentivos para invertir en la salud, la educación y el bienestar de la mayoría porque la mayor parte de la gente será innecesaria. Esto no significa que los vayan a exterminar de forma activa, solo que los gobiernos invertirán cada vez menos en ellos. Y esto ya está sucediendo ahora en todo el mundo.

-¿El futuro se parecerá a esas sociedades del pasado en que el 20% de la población podía morir de hambre sin que se inmutaran en el palacio real?

-Podría ser algo así. Tenemos que ser muy realistas: durante la mayor parte de la historia, la mayor parte de la gente ha sido insignificante para las élites y los centros de poder. Hemos vivido en una sociedad muy especial, en la que solo durante los siglos XIX y XX las masas han sido vitales para la economía y por lo tanto han tenido derechos. Que ya no sean necesarias por razones económicas o militares tendrá consecuencias desastrosas sobre las personas.

-Hubo otra razón: leyeron a Marx, creyeron en la amenaza de una clase obrera organizada y reaccionaron preventivamente.

-Tienes el argumento ético, que debería ser suficiente, pero me temo que no lo es. Marx escribía en el siglo XIX bajo la idea de que el proletariado era el elemento imprescindible para la economía. Y que la huelga general era su arma irresistible. Pero ahora es irrelevante. La mayoría de las personas serán económicamente innecesarias. ¿A quién le importa que hagan huelga los mendigos? ¡Los algoritmos no van a la huelga!

-¿Hay hoy alguna amenaza que disuada al poder de dejar a la mayoría de población a la intemperie?

-No lo sabemos. Cuanto más globalizada y automatizada es la economía, menor es el poder de la clase obrera. Creo que esta es una de las razones por las que la gente vota a Donald Trump en EEUU, por el Brexit en el Reino Unido o por los nuevos partidos en España, Grecia e Italia. La gente se da cuenta de que está perdiendo su poder e intenta desesperadamente demostrar al sistema que aún lo tiene votando todo tipo de políticas antiestablishment. Pero temo que es un gesto. No consigo adivinar cuál puede ser la amenaza que pueda invertir esa concentración de recursos que hace que las 60 personas más poderosas tengan más riqueza que el 50% de la población mundial, 3.500 millones de personas.

“Iremos cediendo poder de decisión pero no porque lo imponga un poder dictatorial, sino que lo haremos voluntariamente”

-Le pone nombre a ese futuro amenazante. Dataísmo. ¿Cómo lo define?

-Para dar una definición breve: dataísmo es la situación en la que, con suficientes datos biométricos sobre mí y suficiente poder computacional, un algoritmo externo puede entenderme mejor de lo que yo me entiendo a mí mismo. Y una vez existe este algoritmo, el poder pasa de mí, como individuo, a ese algoritmo, que puede tomar mejores decisiones que yo. Esto empieza con cosas simples, como el algoritmo de Amazon que te propone libros, o los sistemas de navegación que nos dicen qué camino tomar. Eran decisiones que tomábamos basándonos en nuestros instintos y conocimientos. Ahora la gente cada vez confía más en aplicaciones y sigue instrucciones del teléfono móvil. Y esto irá pasando también en decisiones más importantes, cómo en qué universidad estudiar, a quién votar… Iremos cediendo poder de decisión, y no porque lo decida un poder dictatorial, sino que seremos nosotros quienes querremos hacerlo. Hay departamentos de policía de EEUU en los que es un algoritmo el que decide dónde se debe desplegar a los patrulleros en función de los patrones de delincuencia, no un sargento veterano como antes. Tengo un amigo en Israel que está investigando en una inteligencia artificial que actúe como tutor de los niños las 24 horas del día y les enseñe todo. Por supuesto los algoritmos no acertarán en el 100% de las ocasiones… pero no lo necesitan, solo necesitan ser mejores que un humano medio, y eso no es tan difícil.

-Dice usted que este es solo un futuro posible. ¿Qué posibilidades tenemos de hacer que no sea así? ¿Hacer nuestros datos tan opacos como sea posible? ¿Confiar en nuestras propias habilidades?

-Aún tenemos mucho margen para elegir cuánta autoridad ceder a nuestro móvil. Pero hay un campo en el que será muy difícil resistir a esta evolución, el de la medicina. En 20 o 30 años, el tipo de cuidados médicos que podrás recibir si renuncias a tu intimidad será tan, tan superior al que tenemos ahora que muy poca gente elegirá preservar su privacidad. Si un Googledoctor puede monitorizarte 24 horas al día, todo lo que sucede en tu cuerpo, y puede reconocer el inicio de una gripe, de un cáncer o un alzhéimer cuando sea tratable, y has de elegir entre intimidad y salud, el 99% de la gente elegirá salud y le dará permiso al Googledoctor. Tomemos otro ejemplo: la gente dice que el futuro de la moneda es bitcoin, que eso será irresistible. Pero una economía basada en el bitcoin hará perder a los gobiernos cualquier capacidad de política monetaria y de garantizar el pago de los impuestos. No creo que sea inevitable. Aún tenemos la posibilidad de tomar otras decisiones políticas: por ejemplo desarrollar una divisa electrónica controlada por los gobiernos, con sus ventajas pero sin anonimato. Aquí podemos elegir entre dos futuros muy distintos.

“Mi temor es que el cambio climático será una catástrofe ecológica de la que las élites saben que se podrán salvar”

-Usted dice que en su libro expone una “predicción histórica”. Parece una contradicción entre términos. Y muchos historiadores no estarán de acuerdo con usted en que su trabajo sea el de especular con escenarios alternativos, ni en el pasado ni mucho menos en el futuro. ¿Cómo entiende usted la labor del historiador?

-Creo que el papel del historiador es el de plantear diferentes posibilidades. La mayoría de la gente, cuando observa el mundo, cree que lo que ve es natural, inevitable. Los historiadores somos importantes porque reconstruimos el proceso por el cual el mundo ha llegado a ser como es, cómo el capitalismo y el Estado Nación son las formas de organización dominantes hoy, y entendemos las fuerzas que nos han llevado hasta aquí y también los accidentes que han ocurrido durante este proceso y las alternativas que podrían haberse hecho realidad. Porque los historiadores no ven el presente como algo natural y eterno. Debemos utilizar este conocimiento para mirar hacia el futuro con una perspectiva más abierta, para darnos cuenta de que hay alternativas a los sistemas políticos, económicos y sociales que dominan el mundo hoy. Y esto es lo que intento hacer. No predecir el futuro, algo que es imposible, sino abrir mentes y pensar de una forma más creativa sobre el futuro.

-Habla de las guerras y el hambre en África como problemas a corto plazo, y del cambio climático como una preocupación a medio plazo, pero parece que le da menos importancia que a las amenazas a largo plazo de esa sociedad de la inteligencia artificial. ¿Pero llegará, si finalmente el agua nos llega literalmente al cuello?

-Mi temor es que el cambio climático puede destruir la mayoría de sistemas ecológicos, la mayoría de los animales y plantas, la mayoría de la gente, pero que la ciencia y la tecnología serán capaces de salvar a las élites. Así que el el calentamiento global puede acelerar ese proceso del que estábamos hablando. El peligro es que la élite política y económica, ni que sea de forma inconsciente, siente que podrá escapar de ese desastre ecológico.

América Latina: Sin guerrilla, sin socialismo, sin estrategas.

América Latina desnuda: Sin guerrilla, sin socialismo, sin estrategas
por Heinz Dieterich

Fuente: http://www.elciudadano.cl/2017/01/20/352994/america-latina-desnuda-sin-guerrilla-sin-socialismo-sin-estrategas/

religion

1-Sin espada

El Presidente colombiano Juan Manuel Santos trae un regalo especial para el Año Nuevo de la Patria Grande: la subordinación formal del hemisferio a la organización terrorista más peligrosa de la historia, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan). El flamante Premio Nobel de la Paz, cuyo ideal político es el Estado del apartheid sionista de Netanyahu, condenado mundialmente (ONU) por la opresión del pueblo palestino y sus violaciones al derecho internacional, se convierte así en el legítimo heredero y consumador de la Doctrina Monroe (1823) de Estados Unidos. Santos es, sin duda alguna, el más brillante y peligroso político criollo al servicio del imperio y de las burguesías latinoamericanas, con que cuenta el imperialismo.

Fiel ejecutor del terrorismo de Estado de los “falsos positivos”, copiado del terrorismo estadounidense en Vietnam, el Premio Nobel cuenta entre sus logros la desmovilización de las más poderosas guerrillas del continente. Fue favorecido por la desaparición de la URSS, pero su nombre estará asociado para siempre al fin de un paradigma histórico mundial: la transformación social y toma del Estado por la lucha armada del pueblo. Con la desmovilización de las heroicas guerrillas de El Salvador y de Colombia, como ya había constatado Fidel, queda cerrada la vía del cambio popular armado en América Latina.

La soberanía del pueblo y su poder político pierde, de esta manera, su sostén fundamental: las armas. De las dos formas de poder que constata la Biblia, el verbo y la espada, sólo le queda el verbo. Y éste, en las corruptas democracias burguesas americanas, tiene tanto valor de cambio político como los devaluados billetes de Kim Yong-Un y Maduro, en la economía global.

2. Sin socialismo

En América Latina no hay Socialismo: ni como Estado, ni como partido político, ni como movimiento social, ni como ciencia. La excepción a esta regla, por supuesto, es Cuba, que durante medio siglo –en desfavorable situación de defensa estratégica– luchó por el Socialismo del Siglo 20, y que hoy se encuentra en transición hacia la Nueva Economía Política (NEP) de Lenin. O, si se prefiere, la política de “apertura y reforma” de Deng Xiaoping. La evolución de esta NEP caribeña depende del apoyo de la juventud (escaso); del desarrollo económico (demasiado lento para cohesionar); de Trump (preocupantemente amenazante); de la Venezuela madurista (sin futuro) y de la capacidad de renovación e innovación del Partido (atrofiado, casi cero).

En lugar de la gran narrativa del Socialismo del Siglo 20 y del “hombre nuevo”, hay un vacío ideológico que el Partido y la intelligentsia parecen incapaces de llenar con un nuevo proyecto histórico movilizador. Esta situación es paralela a la de la Patria Grande, cuyo líder ideológico es el Papa Francisco, apoyado por la Internacional Socialista (IS), es decir, la socialdemocracia europea, y una fauna de intelectuales criollos y europeos mediocres y oportunistas, que sirven de comparsas a la socialdemocracia estatal latinoamericana y sus “escuelas de cuadros, en su supuesta construcción de un nuevo “socialismo”.

Venezuela, que podía haber sido el crisol de un nuevo Socialismo Científico del Siglo 21 en el hemisferio, hoy día contribuye fuertemente a la devaluación de toda renovación revolucionaria de izquierda en América Latina. Una dictadura pequeño burguesa inepta, encabezada por una tropa de Rasputines tropicales, constituye, sin duda alguna, un regalo de Dios para la inmunización de las clases medias y pueblos contra toda forma de socialismo anti-capitalista. Si las teorías científicas son “los ojos de la razón”, como decía Hegel en el siglo 18, entonces América Latina busca su camino en la niebla del Siglo 21 no con un GPS, sino, tanteándolo con un palo de bambú.

3. Sin estrategas

Por sendos golpes de la biología y de la justicia de clase burguesa, las grandes voces de los estrategas latinoamericanos han desaparecido; tanto las anticapitalistas, como Fidel y Marulanda, como los desarrollistas (socialdemócratas) Lula, Chávez y Kirchner. Esta mudez se repite a nivel global, donde la izquierda anticapitalista no tiene ningún cuadro destacado; nadie comparable al líder intelectual de la izquierda capitalista (socialdemocracia), Paul Krugman. No tiene un demiurgo que le pueda dar orden teórico y concierto a los eventos nacionales y globales, para convertirlos en paradigma de cambio trans-capitalista del Siglo 21, tal como hicieron Marx y Engels, Lenin, Mao, Ho y Fidel, en su momento.

En la sociedad global, quizás sólo el amigo Noam Chomsky dispone de la capacidad intelectual y del compromiso social para hacerlo. Lamentablemente, el sistema valórico de su “socialismo libertario” es antagónico a la necesidad de las vanguardias y de los líderes de transformación. Por eso, se ha negado a adoptar el papel de demiurgo que hemos discutido con él. Para Marx, el papel de los grandes personajes en la historia es manifiesto. Son claves para la aceleración o desaceleración de los procesos objetivos, cuando éstos producen un cambio de fase en el sistema social. Es decir, cuando las condiciones objetivas de la sociedad ofrecen la posibilidad de un salto cualitativo en la correlación de fuerzas entre liderazgos, masas y momento histórico.

Es difícil ver, cómo puede haber un impacto macropolítico de la protesta, sin líderes y vanguardias adecuadas. Más, cuando en la lucha ideológica no existe el concepto militar del Niemandsland, de la “tierra de nadie”. Lo que no ocupa el pensamiento progresista, lo usurpa el pensamiento oscurantista, como revela nuevamente el caso de Trump, cuya conversión de la democracia liberal en una autocracia burguesa plutocrática, misógina, belicista y pro-zionista, será pagada muy cara por las mujeres y obreros de Estados Unidos, y el mundo entero.

La creación del nuevo orden desde la nada (creatio ex nihilo) es un infantilismo de la aurora humana, como su creación espontánea por la lucha de las masas es un infantilismo de la aurora política (anarquista). La ciencia de los sistemas dinámicos complejos y la psicología de las decisiones, junto con los golpes de la historia, nos han enseñado que mantener esas nociones simplistas sólo prolonga las tiranías de las clases dominantes.

4. Ciega, sin espada, sin verbo

De esta manera, la Patria Grande entra al año 2017 de la peor manera posible: sin espada, ni verbo, ni “ojos de la razón”. De la peor manera posible, porque el orden liberal mundial está entrando en una fase caótica, con crisis económica, autismo político de la plutocracia gobernante, potencias emergentes y el renacimiento de los anhelos de protección del Estado nacional y de bienestar, en las masas planetarias. Ordenar estos elementos en un Nuevo Proyecto Histórico trans-capitalista, basado en las ciencias avanzadas, es la tarea civilizatoria del momento. Conciencia, empatía y audacia constituyen los (eternos) ingredientes subjetivos de la hazaña paradigmática requerida.

Las masas (redes), científicos y rebeldes latinoamericanos son incubadoras potenciales del futuro. Pero, nada puede sustituir el papel de las vanguardias y genios en su viva interacción con los pueblos, cuando el sistema entra en su fase de autodestrucción. Esta es la fase que estamos viviendo.

Por Heinz Dieterich

Publicado originalmente el 11 de enero de 2017 en Sin Patrones

Juan Grompone, ingeniero uruguayo: tecnología, redes y disidencia.

Grompone: de su disidencia del Frente Amplio (partido en el gobierno) a la pérdida de tiempo en redes
Publicado: 22/01/2017
Por Tessa García
Fuente: http://ecos.la/LA/9/actualidad/2017/01/22/10876/grompone-de-su-disidencia-del-frente-a-la-perdida-de-tiempo-en-redes/

religion

Juan Grompone, ingeniero industrial focalizado en las telecomunicaciones y la informática habló del uso del celular, las plataformas Uber, Airbnb, la productora Netflix, las formas que tiene el gobierno para enfrentarlas y cómo votaría si las elecciones fueran hoy.

-¿Qué siente cuando ve a la gente alrededor mirando una pantalla de celular? Mujeres por la calle, hombres, adolescentes, todos enfrascados en un teléfono…

-Me molesta cuando la gente está en una reunión y empieza todo el mundo con el celular, para mi es una falta de respeto hacia los demás, horrible. La dependencia al celular es un disparate.

-¿Es una moda o ya vamos a quedar así?

-Es una enfermedad infantil, no de la persona sino de la tecnología. El celular es una cosa nueva, comunicándose con las redes tiene pocos años entonces provoca manías, que con el tiempo van a pasar. Cuando empezó la radio la gente vivía pendiente de los teleteatros, cuando empezó el cine la gente no podía vivir sin ir al cine. Todo eso lleva un tiempo, permanentemente hay usos nuevos con el celular entonces se renueva la fantasía.

-Yo conozco a una mujer de 40 años que prefiere salir con hombres bastante mayores porque sabe que no le van a sacar el celular cada media hora para hacer alguna estupidez.

-Sí, a mí me gusta el correo electrónico, el teléfono y Skype. Mensajes no, me gusta el diálogo, me gusta que si digo una cosa me contesten.

-¿Es cierto que las ondas del celular pueden ser malas para la salud?

-Muchas veces se dice que las ondas electromagnéticas del celular pueden hacerle daño al cerebro y al cuerpo y al corazón o provocar sordera. Yo lo tengo junto al corazón, en el bolsillo. No pasa absolutamente nada, la energía que maneja un celular no puede dañar a nadie, es ridículo. Las ondas electromagnéticas están por todos lados, las de radio, de televisión, de todo tipo. La única forma de neutralizar las ondas de radio es forrarse de metal.

-¿Usted usa redes sociales?

-No, para nada. Son una pérdida de tiempo. No tengo tanto para decir como para escribir en las redes sociales ni creo que alguien tenga algo para decirme. Si tiene algo para decirme que me lo diga por correo. Las redes son muy útiles para el periodismo, para los políticos y para los accidentes, por ejemplo un terremoto o una inundación. Es para cuando hay necesidad de comunicar algo ya.

-¿Qué cambios observó en las redes sociales en los últimos diez años?

-Aumentaron muchísimo y fue masivo, todo el mundo se enganchó con ellas. Lo asombroso es que nadie encontró una manera eficiente de ganar dinero con las redes sociales. Las redes sociales están mantenidas, quienes las suministran invierten en equipos, en internet, en una cantidad de cosas, pero todavía no encontraron la manera de ganar dinero. La empresa Facebook vale mucho dinero pero no gana mucho dinero, o por lo menos no hay una manera visible de que gane dinero. ¿Cuánto cobra Facebook? Pareciera que solo puede vender publicidad o información sobre sus clientes, perfiles, pero eso no parece ser un negocio muy grande tampoco.

-¿Y el negocio de la publicidad?

-El principal proveedor de publicidad es Google, que no es una red social, es un buscador. Factura 76 mil millones de dólares por año de publicidad. Porque Google es maestro para vender cosas. Por ejemplo, hizo Google Earth y vende cosas para el turismo, fotos de las ciudades, dónde están los hoteles, las tarifas, las reservas de aviones, vende todo eso.

-¿Cuál serie de Netflix está mirando ahora?

-Californication. Es rarísima, parece mentira que se haya podido hacer en Estados Unidos, es altamente erótica y cada tres palabras dicen ‘fuck’. Netflix tiene muchas ventajas, las series no tienen avisos, no hay que esperar a la semana que viene o a mañana para saber cómo sigue, si quiero me puedo intoxicar este fin de semana puedo verme 47 episodios. Y encima es barato, el abono de Netflix cuesta como una entrada de cine, nueve dólares. Es imposible competir con eso. Pienso que va a terminar matando el negocio del cable y de la televisión abierta, tal como pasó con el videoclub. Lo mató internet. Además Netflix es una productora.

-¿Cómo está encarando el gobierno las nuevas plataformas de economía colaborativa como Uber, Airbnb, etc?

-Como si vivieran en el siglo XVIII más o menos. No tienen la menor idea de cómo hacerlo. No tienen asesores que vivan en el siglo XXI y piensan que esas cosas se pueden prohibir. Es la misma reacción que tenían en el siglo XIX los obreros cuando rompían las máquinas. Como las máquinas provocaban desempleo entonces las rompían. ¿Y ahora quiénes son los que protestan? Los taxis, que son un monopolio asqueroso. Para ser taxi hay que comprar una chapa que cuesta un disparate a la intendencia, que la vende porque es un monopolio. Entonces es un club cerrado. Lo que Uber hace es romper un monopolio y eso va a pasar con todo. Netflix rompe el monopolio de los cables, porque no cualquiera podía poner un cable. Cuando la instalación de los cables en Montevideo, que fue en la intendencia de Arana, se cobró un canon por cablear Montevideo a los cables. Es un monopolio y Netflix lo rompe. Lo que hace internet es romper monopolios, rompe el monopolio de los diarios, del Gallito Luis, todos los monopolios.

-¿Cómo piensa que seguirá esto?

-Los taximetristas van a terminar trabajando para Uber. El monopolio lo va a perder la intendencia y la patronal del taxi.

-Si usted fuera asesor del gobierno, ¿cómo lo habría encarado?

-Asumiendo que hay una nueva manera de intercambio comercial, sin monopolios y reduciendo al mínimo el papel de los intermediarios. En el caso de Uber eliminando la chapas de taxis y cobro exagerado y cobrando el impuesto a la renta como a todas la personas y empresas. En el caso de Airbnb aceptando que un particular puede alquilar su propiedad (o lo que venga en el futuro) y cobrar el impuesto a la renta. Por supuesto que nunca sería asesor de ningún gobierno.

-¿Por qué?

-Ya lo dijo Groucho Marx: ‘no puedo pertener a un club que me acepte como socio’. O sea, pertenecer a un gobierno significa aceptar la disciplina partidaria y yo quiero siempre poder criticar lo que me parece que no está bien.

-Usted se define como frenteamplista disidente. ¿Qué es eso?

-Me parece una burrada la ley de educación que hizo Vázquez, me parece un desastre el gobierno de Mujica, me parece horrible el manejo de Ancap, espantoso como manejaron Pluna, me parece que es increíble que en doce años no pudieron hacer nada por la educación. Todos los disidentes te van a decir lo mismo.

-¿A quién votaría hoy?

-Lo tengo clarísimo, voy a elegir la lista del Frente que menos me gusta y la voy a tachar. Voy a votar anulado una lista y por lo menos va a haber una persona que se va a enterar, que es el delegado de mesa del Frente Amplio. Si en esa mesa aparecen quince listas anuladas, tachadas, quiere decir que hay muchos frentistas con bronca. Lo van a comentar como cosa curiosa, ‘miren lo que pasó, había cinco votos anulados y todos eran de la lista tal, de la lista por ejemplo de Sendic’.

La extrema desigualdad de la riqueza en Uruguay

Fuente: http://www.carasycaretas.com.uy/cuando-la-riqueza-genera-poder/
Fecha: 22 de enero de 2017

religion

El 1% de la población uruguaya, poco más de 25.000 personas, concentra 25% de la riqueza generada en el país. En esta se incluyen las empresas, tierras, patrimonio inmobiliario y colocaciones financieras, entre otras. Así lo revela un estudio publicado recientemente por La Diaria, en el que se revela que el 10% más rico acumula 62% de la riqueza neta total, el 1% concentra 26%, y el 0,1% acumula 14%. Esto significa que aproximadamente 25.000 personas poseen más de un cuarto de la riqueza neta total, y que 2.500 personas poseen casi 14%.

Dichas conclusiones forman parte de la tesis de maestría en Economía defendida por Mauricio De Rosa en la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración de la Universidad de la República. Dicha tesis estudia la distribución de la riqueza en Uruguay a partir del método de la capitalización.

Mauricio De Rosa dialogó con Caras y Caretas acerca de su trabajo y de la relación entre la acumulación de riqueza y el poder que esta otorga. “El estudio refiere a distribución de la riqueza vista como distribución de los patrimonios. Entendemos a estos como el conjunto de empresas, tierras, propiedad inmobiliaria, colocaciones financieras, o sea el stock de cosas que la gente posee. Es diferente al ingreso. Este puede ser el salario, jubilaciones o ganancias de capital que se pueden recibir. Para ver la diferencia entre una y otra: por ejemplo, si tengo un apartamento que alquilo, ese apartamento me genera riqueza. El alquiler que recibo es mi ingreso. Es bueno definirlo porque en el debate público se confunde una cosa con la otra, o sea, riqueza con ingreso”.

Recordó que sobre ingreso en Uruguay ya había estudios, no así sobre la acumulación de la riqueza entendida como propiedades. Acerca del ingreso “sabíamos bastante; había estudios acumulados de cómo se distribuye el ingreso en Uruguay. Sabemos mucho sobre cómo se distribuye, sobre su evolución”. En este sentido señaló que la distribución del ingreso tuvo una caída, “lenta pero inexorable”, en la década de los 90 y se remontó hasta el período 2005-2008. “Ahí se empezó a revertir”, subrayó. Indicó que esa tendencia al alza en la desigualdad de la distribución de ingresos “cae muy fuerte entre 2008 y 2012. Eso pasa en América Latina. En el resto del continente fue un poco antes; en Uruguay es algo tardía, pero muy dramática. Cae rápidamente y mucho, asociada a un conjunto de políticas públicas que se desplegaron en ese momento, básicamente el Impuesto a la Renta de las Personas Físicas [IRPF], las asignaciones familiares, los Consejos de Salarios, acompañado del crecimiento del empleo. Todo eso constituyó un conjunto de factores y desplegó fuerzas realmente muy grandes que lograron hacer que la desigualdad de ingresos cayera hasta ahora, que se encuentra en una especie de estabilidad. Está estable pero a niveles mucho más bajos que en los 90”.

No obstante, “sobre la riqueza no sabíamos nada. Sobre qué pasa con los patrimonios en Uruguay no se sabía absolutamente nada. Esto es muy importante por dos motivos: por un lado, riqueza e ingreso están asociados. Sabemos que la propiedad de las empresas está muy concentrada y los ingresos que se derivan de esa riqueza están muy concentrados por cómo se constituye la riqueza. Hay otra razón: hay una asociación muy evidente entre la riqueza y el poder económico. Si soy dueño de una empresa, eso me da acceso a un conjunto de decisiones que tienen que ver con el proceso productivo –qué producir, cómo y para quién–, lo que es diferente a lo que sucede con el resto de la población. No importa cuánto gano; tengo la propiedad de la empresa y tengo poder económico, que es muy distinto al que tiene el resto de la gente. Eso me lo da la propiedad de los medios de producción si lo vemos en términos marxistas”.

“Para entender los procesos económicos es muy importante saber cómo se distribuye la riqueza. Es un tema relevante, pero del que sabíamos muy poco porque había muy pocas fuentes de información que nos permitieran investigarlo”, subrayó.

A juicio de De Rosa, el estudio realizado constituye “una primera imagen de cómo luce la distribución de la riqueza y los patrimonios en el Uruguay de hoy”.

Por esa razón, “ahora sabemos que 1% de la población de Uruguay concentra en sus manos 25% de la riqueza”. En este sentido señaló que no abundan los estudios similares en el mundo, aunque, por ejemplo, un análisis realizado en Estados Unidos con una metodología similar a la empleada en Uruguay “nos da niveles de concentración más grandes todavía. Allí nos da que el 0,1% más rico tiene cerca de 22% de la riqueza total. Está casi diez veces más concentrada la riqueza en Estados Unidos que en Uruguay”. El 1% más rico de los uruguayos posee al menos un cuarto de la riqueza total, pero de ese 1%, 0,1% tiene casi la mitad. O sea, las 2.500 personas más ricas de Uruguay tienen más de la mitad de ese 25%”.

En cuanto al resto del continente, De Rosa señaló que sobre América Latina “no sabemos nada; no hay estudios para ningún país”.

Precisó que de las formas de riqueza que hay en el país, la más concentrada es la empresarial: “Prácticamente la riqueza empresarial de Uruguay está en manos del 1% más rico, y alrededor de 90% de la riqueza empresarial está en manos de este 0,1% más rico. Estamos hablando de una concentración de la riqueza y del poder económico muy fuerte”.

Con la riqueza financiera pasa lo mismo: “El 80% está en manos del 1% más rico y más de la mitad, 54%, está en manos del 0,1% más rico”. Esta desigualdad se explica por la posesión de riqueza empresarial y financiera. La riqueza total está compuesta en 87% por riqueza inmobiliaria –incluye tanto viviendas como tierras–, en 7% por riqueza financiera, en 5,5% por riqueza empresarial y en 0,5% por incrementos patrimoniales.

Esta acumulación de riqueza impacta en el resto de la sociedad de diversas maneras. Una de ellas refiere en particular a las capas medias de la población. Estas “pueden acceder mediante endeudamiento hipotecario a la vivienda. Entonces tienen algo de riqueza inmobiliaria, que es su propia casa. Pero si vemos a la población en su conjunto, vemos que la mitad no tiene ninguna forma de riqueza. De la mitad para arriba empieza a haber algo que crece muy lentamente, pero no tiene nada que ver con todo lo que tiene el sector más rico”.

Del estudio se desprende que la distribución de la riqueza muestra las mismas desigualdades entre sexos que en la distribución de los ingresos. La riqueza neta total de las mujeres es siempre inferior a la de los varones. “Resulta interesante apreciar cómo la diferencia entre varones y mujeres se acrecienta conforme crece la edad, hasta aproximadamente los 60 años, cuando comienza a reducirse. Esto puede deberse, por ejemplo, a que, en virtud de las diferentes tasas de mortalidad entre los sexos, las mujeres viudas vean incrementado su patrimonio ante la muerte del esposo”, señala el estudio.

Incluso la riqueza se concentra más en los más viejos. En este sentido, los poseedores de riqueza inmobiliaria son en mayor medida quienes se ubican en los tramos etarios de entre 55 y 59 años y mayores de 70. Los poseedores de riqueza financiera se ubican mayormente en los tramos de 45 a 64 años; lo mismo sucede con la riqueza empresarial.

Las falsedades del liberal-progresismo, por John Pilger

Obama, Trump y los cerebros liberal-progresistas anegados en el formaldehído de las políticas de identidad

John Pilger 22/01/2017

religion

Para el día de la inauguración de la presidencia de Trump, miles de escritores estadounidenses se aprestan a expresar su indignación. “Para sanarnos y avanzar”, escriben los Writers Resist (Los escritores resisten), “queremos eludir el discurso político directo para centrarnos inspiradamente en el futuro y en cómo nosotros, como escritores, podemos ser una fuerza unificadora en la tarea de proteger la democracia”.

Y: “Urgimos a los organizadores y oradores locales a evitar la mención de nombres de políticos o servirse de un lenguaje ‘anti’ durante el acto del Writers Resist. Es importante garantizar que las organizaciones sin ánimo de lucro, que tienen prohibida la participación en campañas políticas, se sientan cómodas en el patrocinio de este acto.”

Así pues, hay que evitar la protesta real, que no está libre de impuestos.

Compárese esta basura palabrera con las declaraciones del Congreso de Escritores Norteamericanos celebrado en el Carnegie Hall de Nueva York en 1935 y, luego, dos años más tarde, en 1937. Se trató de actos electrizantes, con escritores que debatían cómo hacer frente a hechos ignominiosos que estaban aconteciendo en Abisinia, China y España. Se leyeron telegramas de Thomas Mann, C. Day Lewis, Upton Sinclair y Albert Einstein, en los que se reflejaba el miedo al gran poder rampante y la convicción de que no era ya posible debatir de arte y literatura no ya sin política, sino sin entrar en la acción política directa.

“Un escritor”, declaraba la periodista Martha Gellhorn en el segundo congreso, “debe ser ahora un hombre de acción… Un hombre que haya dedicado un año de su vida a las huelgas del acero, o que haya estado un año en el desempleo, o que haya sufrido los problemas del prejuicio racial, no ha perdido o desperdiciado su tiempo. Es un hombre que ha llegado a conocer cuál es su sitio. Si has sobrevivido a eso, lo que tendrás que decir luego no será otra cosa que la verdad, lo necesario y real, y por eso será duradero”.

Esas palabras resuenan ahora como un eco a través de la unción y violencia de la era Obama y el silencio de quienes coadyuvaron a sus engaños.

Que la amenaza del poder rapaz –rampante desde mucho antes del ascenso de Trump— ha sido bien encajada por escritores, muchos de ellos privilegiados y celebrados, y por los guardianes de las puertas de la crítica literaria y de la cultura (incluida la cultura popular), es cosa fuera de discusión. No iba con ellos la imposibilidad de escribir y promover literatura privada de política. No iba con ellos la responsabilidad de hablar claro, ocupara quien ocupara la Casa Blanca.

Hoy, el falso simbolismo lo es todo. La “identidad” lo es todo. En 2016, Hillary Clinton estigmatizó a millones de votantes calificándolos como “panda de deplorables, racistas, sexistas, homófonos, xenófobos, islamófobos, llamadle como queráis”. Ese insulto lo pronunció en una marcha LGBT como parte de su cínica campaña para atraerse a las minorías insultando a una mayoría blanca principalmente obrera. Divide e impera, se llama eso; o política de las identidades, en la cual raza y género, al tiempo que esconden la clase social, permiten librar la guerra de clase. Trump lo comprendió a la perfección.

“Cuando la verdad es substituida por el silencio”, dijo una vez el poeta soviético disidente Yevtuschenko, “el silencio es un mentira”.

No se trata de un fenómeno norteamericano. Hace unos años, Terry Eagleton, entonces profesor de literatura en la Universidad de Manchester, opinaba que “por vez primera en dos siglos, no hay ningún poeta, dramaturgo o novelista británico eminente dispuesto a cuestionar los fundamentos del modo de vida occidental”.

No hay un Shelley que hable a favor de los pobres, ni un Blake que escriba a favor de sueños utópicos; no hay un Byron que condene la corrupción de la clase dominante, ni un Thomas Carlyle y un John Ruskin que desvelen el desastre moral del capitalismo. William Morris, Oscar Wilde, HG Wells o George Bernard Shaw no tienen hoy su equivalente. Harold Pinter fue el último en levantar la voz. Entre las insistentes voces del actual feminismo de consumo, ninguna se hace eco de Virginia Woolf, que tan bien describió “las mañas para dominar a otros… por la vía someter, matar o adquirir tierra y capital”.

Hay algo venal y profundamente estúpido en esos escritores que se aventuran fuera de su mundo mimado para abrazar una “causa”. En la sección de reseñas del Guardian del pasado 10 de diciembre había una refitolera imagen de Barack Obama mirando al cielo y estas leyendas: “Fascinante gracia” y “Adiós, jefe”

El servilismo adulatorio discurría página tras página como una suerte de arroyuelo de pestilente parloteo. “Ha sido una figura vulnerable en muchos sentidos… Pero la gracia. La gracia integral: en las maneras y formas, en el argumento y el intelecto, con humor y sobriedad… Es un brillante tributo a lo que ha sido y a lo que puede volver a ser… Parece dispuesto a mantener el combate, y sigue siendo un formidable campeón al que hay que conservar de nuestro lado… La gracia… los casi irreales niveles de gracia…”.

He amalgamado estas citas. Hay otras todavía más hagiográficas y carentes de moderación. El apologista en jefe de Obama en The Guardian, Gary Younge, siempre se ha cuidado de mitigar un poco las loas. Su héroe “podría haber hecho más”: pero, ¡oh!, esas “soluciones calmadas, mesuradas y consensuadas…”.

Pero nadie puede superar al escritor norteamericano Ta-Nehisi Coates, el agraciado con un beca para “genios” de 625.000 dólares otorgada por una fundación de izquierda liberal. En un interminable ensayo para The Atlantic titulado “Mi Presidente era Negro”, Coates aportó un nuevo significado a la postración. El “capítulo” final, titulado “When You Left, You Took All of Me With You” [Cuando te vayas, te me llevarás todo contigo] –un paso de la canción de Marvin Gaye—, describe el espectáculo de un Obama “saliendo de la limousine, más allá del miedo, sonriendo, saludando, desafiando a la desesperanza, desafiando a la historia, desafiando a la gravedad”. La Ascensión, nada menos.

Uno de los rasgos persistentes de la vida política norteamericana es un extremismo cultista rayano en el fascismo. Se expresó y reforzó durante los dos mandatos de Barack Obama. “Yo creo en el excepcionalismo americano con todas y cada una de las fibras de mi ser”, dijo Obama, quién llevó el pasatiempo militar favorito norteamericano –los bombardeos y las escuadras de la muerte (“operaciones especiales”)— más lejos que ningún otro presidente desde la Guerra Fría.

De acuerdo con la investigación del Consejo de Relaciones Exteriores, sólo en 2016 Obama lanzó 26.171 bombas. Es decir, 72 cada día. Bombardeó a los más pobres de la Tierra Afganistán, Libia, Yemen, Somalia, Siria, Irak, Pakistán.

Cada jueves –informa el New York Times—, él personalmente seleccionaba a quién había que asesinar con endemoniados misiles lanzados con drones. Bodas, funerales o pastores de rebaños se convirtieron en blancos de ataque, junto con quienes trataban de reunir las partes de los cuerpos diseminadas por el “objetivo terrorista”. Un senador Republicano, Lindsey Graham, estimaba –con aplauso— que los drones de Obama habían matado a 4.700 personas. “A veces le das a gente inocente, y yo odio eso”, dijo, “pero nos hemos cargado a miembros muy principales de al Quaeda”.

Como el fascismo de los años 30, grandes mentiras servidas con precisión de metrónomo. Gracias a unos medios de comunicación omnipresentes, a la descripción de los cuales cuadran ahora las palabras del fiscal de Nuremberg: “Tras cada gran agresión, con algunas excepciones oportunistas, iniciaban una campaña de prensa calculada para debilitar a sus víctimas y preparar psicológicamente al pueblo alemán… En el sistema de propaganda… la prensa diaria y la radio eran las armas más importantes”.

Recuérdese la catástrofe en Libia. En 2011, Obama dijo que el presidente libio Muammar Gaddafi estaba planeando un “genocidio” contra su propio pueblo. “Sabemos… que si esperamos un día más, Benghazi, una ciudad de las dimensiones de Charlotte, podría sufrir una masacre que reverberaría por toda la región y mancharía la consciencia del mundo”.

Era la consabida mentira de las milicias islamistas abocadas a la derrota a manos de las fuerzas gubernamentales libias. Se convirtió en la historia dilecta de los medios de comunicación; y la OTAN –dirigida por Obama y Hillary Clinton— lanzó 9.700 “incursiones punitivas” contra Libia, de las cuales más de un tercio dirigidas contra objetivos civiles. Se usaron cabezas de uranio; las ciudades de Misurata y Sirte fueron arrasadas. La Cruz Roja encontró fosas comunes, y la Unicef informó de que “el grueso [de los niños muertos] tenían menos de 10 años”.

Bajo Obama, los EEUU extendieron las operaciones de “fuerzas especiales” a 138 países, el 70% de la población mundial. El primer Presidente Afroamericano lanzó lo que equivalía a una invasión a gran escala de África. Reminiscente del Gran Reparto de África de fines del XIX, el Comando Africano de los EEUU (Africom) ha construido una red de peticionarios y suplicantes entre los regímenes africanos colaboracionistas, ávidos de sobornos y armas estadounidenses. La doctrina “soldado a soldado” del Africom incrusta oficiales estadounidenses en cada nivel de mando, desde el generalato al último cabo furriel. Sólo faltan los salacots.

Es como si la orgullosa historia de la liberación africana, de Patrice Lumumba a Nelson Mandela, hubiera sido destinada al olvido por una nueva elite dominante negra, cuya “misión histórica” –según advirtió Franz Fanon hace ya medio siglo— es la promoción de “un capitalismo rampante aun si camuflado”.

Fue Obama quien, en 2011, anunció lo que ha terminado conociéndose como el “pivote de Asia”, por el que casi dos tercios de las fuerzas navales estadounidenses fueron transferidas al Pacífico asiático para “confrontar a China” (en palabras de su Secretario de Defensa). No había amenaza china; la aventura era de todo punto innecesaria. Era una provocación extrema para hacer feliz al Pentágono y a sus enloquecidos logreros.

En 2014, la administración Obama supervisó y financió un golpe dirigido por fascistas en Ucrania contra el gobierno democráticamente elegido, amenazando a Rusia en la frontera occidental por la que Hitler invadió en su día a la Unión Soviética con una pérdida de 27 millones de vidas. Fue Obama quien emplazó misiles que apuntaban a Rusia en la Europa del Este, y fue el ganador del Premio Nobel de la Paz quien incrementó el gasto en cabezas nucleares a un nivel más alto que cualquier otra administración desde la Guerra Fría (después de haber prometido en un emotivo discurso en Praga “ayudar a librar al mundo del armamento nuclear”).

Obama, el iusconstitucionalista, persiguió a más filtradores de información que cualquier otro presidente en la historia, a pesar de que la Constitución estadounidense los protege expresamente. Declaró culpable a Chelsea Manning antes del fin de un proceso que era una farsa. Rechazó el perdón a Manning, que había sufrido años de tratamiento inhumano que la ONU equipara a tortura. Dio alas a una persecución judicial falsaria contra Julian Assange. Prometió cerrar el campo de concentración de Guantánamo, y no lo hizo.

Secundando el desastre en relaciones públicas que fue George W. Bush, Obama, el delicado operador de Chicago vía Harvard, se apuntó a restaurar lo que llama “liderazgo” a escala planetaria. La decisión del comité del Premio Nóbel fue parte de eso: el tipo de empalagoso racismo inverso que beatificó al hombre por la sola razón de que resultaba atractivo para las sensibilidades liberal-progresistas y, huelga decirlo, para el poder norteamericano, ya que no para los niños acribillados en los países empobrecidos, la mayoría musulmanes.

Tal es el “Atractivo de Obama”. No difiere mucho del silbido canino: inaudible para la mayoría, irresistible para los sumidos en el encantamiento y la imbecilidad, y particularmente para los “cerebros liberal-progresistas anegados en el formaldehído de las políticas de identidad”, como dejó dicho Luciana Bohne. “Cuando Obama entra en la sala”, requebró George Clooney, “quieres seguirle a algún lado, a cualquier lado”.

William I. Robinson, profesor en la Universidad de California, y miembro uno de los grupos de pensamiento estratégico incontaminados que han mantenido su independencia durante los años de silbidos caninos posteriores al 11S, escribía esta semana:

“Puede que el Presidente Barack Obama… haya contribuido más que nadie a asegurar la victoria de Trump. Aun cuando la elección de Trump ha disparado una rápida expansión de las corrientes fascistas en la sociedad civil estadounidense, una deriva fascista del sistema político está lejos de resultar inevitable… Pero el contraataque precisa de claridad en el diagnóstico de cómo llegamos al borde de este peligroso precipicio. Las semillas del fascismo del siglo XXI fueron sembradas, fertilizadas y regadas por la administración Obama y la elite liberal políticamente quebrada”.

Robinson señala que “tanto en su variante del siglo XX como en la incipiente variante del siglo XXI, el fascismo es, sobre todo, una respuesta a profundas crisis estructurales del capitalismo, como las de los años 30 y la que empezó con la fusión financiera de 2008… Hay una línea casi directa que va de Obama a Trump… La negativa de la elite liberal a enfrentarse a la rapacidad del capital transnacional y su recurso a las políticas de identidad sirvió para eclipsar el lenguaje de las clases trabajadoras y populares… empujando a los obreros blancos a una “identidad” de nacionalismo blanco y ayudando a los neofascistas a organizarlos”.

El lecho de siembra es la República de Weimar de Obama, un paisaje de pobreza endémica, política militarizada y cárceles bárbaras: la consecuencia de un extremismo de “mercado” que, bajo su presidencia, impulsó la transferencia de 14 billones de dólares de dinero público a empresas criminales de Wall Street.

Tal vez su mayor legado sea la cooptación y la desorientación de cualquier oposición real. La engañosa “revolución” de Bernie Sanders queda al margen. La propaganda es su triunfo.

Las mentiras sobre Rusia –en cuyas elecciones los EEUU han intervenido sin embozo— han convertido en un hazmerreír al grueso de los periodistas autoproclamados importantes del mundo. En el país que goza constitucionalmente de la prensa más libre del mundo, el periodismo libre subsiste sólo por honrosas excepciones.

La obsesión con Trump es una tapadera para mucha de la sedicente “izquierda liberal”: como una proclamación de decencia política. No son de “izquierda”, ni siquiera particularmente “liberales”. Buena parte de la agresión norteamericana al resto de la humanidad ha venido de administraciones Demócratas autoproclamadas liberal-progresistas: como la de Obama. El abanico político norteamericano va del mítico centro hasta la derecha lunática. La “izquierda” son renegados sin techo, a los que Martha Gellhorn describió en su día como “una fraternidad tan rara como de todo punto admirable”. Excluidos quienes confunden política con autofijación umbicular.

Me pregunto si, mientras “se sanan” y “avanzan”, los portavoces de Writers Resist y otros antitrumpistas reflexionan sobre eso. O más al caso: ¿cuándo surgirá un genuino movimiento político de oposición? Airado, elocuente, todos para uno y uno para todos. Mientras la política real no regrese a las vidas de las gentes, el enemigo no es Trump, somos nosotros.
John Pilger
nacido en 1939 en Australia, es uno de los más prestigiosos documentalistas y corresponsales de guerra del mundo anglosajón. Particularmente renombrados son sus trabajos sobre Vietnam, Birmania y Timor, además de los realizados sobre Camboya, como Year Zero: The Silent Death of Cambodia y Cambodia: The Betrayal.

Fuente:
Counterpunch, 17 enero 2017