Acerca de las declaraciones del pastor evangelista uruguayo Jorge Márquez

Previo al artículo conviene ver este video donde puede verse lo declarado por el señor Jorge Márquez en un programa de televisión uruguayo:

La fábula del pastor mentiroso

por Federico Graña

religion

Si bien son notorios los avances de nuestra sociedad en lo que respecta a la consolidación de los derechos de la población LGBTI (lesbianas, gays, bisexuales, trans e intersexuales), todavía estamos insertos en un mundo en el que, como bien señaló Martin Luther King, “las personas supuestamente educadas no piensan lógica y científicamente”. Por lo tanto, “Salvar al hombre del sarcasmo de la propaganda es, en mi opinión, uno de los principales objetivos de la educación. La educación debe darnos la capacidad de sopesar la evidencia y discernir lo verdadero de lo falso, lo real de lo irreal y los hechos de la ficción”.

Es desde ese lugar, el de discernir lo verdadero de lo falso, que en estas breves líneas me sumergiré en la aventura de deconstruir un discurso. O, para ser más exacto, una novela de ficción. En estos últimos días, un pastor evangelista recorre medios de comunicación utilizando una mezcla de argumentos que intentan teñir de racionalidad un relato fantástico. Una historia en la que hordas intolerantes apañadas por el gobierno de turno buscan imponer algo que él define como “creencias”.

Sus afirmaciones van desde de la inconstitucionalidad del matrimonio igualitario hasta la novedad de que Albert Einstein negaba la teoría de la evolución y era creacionista. Todo esto, acompañado por una actuación exagerada. Rodeado de libros que sacude mientras habla y afirma supuestos contenidos de guías y manuales, alerta sobre “cosas que se vienen para acá”, anuncia que “ya están permitidas la pedofilia y la zoofilia en algunas partes del mundo”, denuncia que los responsables “son el feminismo y el lobby LGBTI”, e incluso llega a afirmar que la guía didáctica Educación y diversidad sexual es distribuida por el Instituto Nacional de Alimentación (INDA). Con esta actuación vende su producto, el miedo. Miedo al distinto, al vulnerable, tratando de ubicar a las personas y organizaciones que defienden sus derechos como seres intolerables, ligados a prácticas poco éticas; en fin, intenta convertirlas en victimarios.

Pero lo importante, lo central, lo que nos permite discernir entre lo verdadero y lo falso es que nunca dice en qué páginas se encuentran esos contenidos en la guía, ni cuáles son las naciones en las que la pedofilia y la zoofilia están permitidas, ni qué organizaciones feministas o LGBTI son las que promueven esas acciones. Y la razón de que no lo diga no es que el tiempo es tirano en la pantalla chica: no lo dice porque lo que afirma es falso.

En primer lugar, la frase a la que hace referencia el pastor no se encuentra en la guía didáctica de diversidad sexual, que, por otra parte, nunca fue repartida por el INDA. Tampoco pudo nombrar organizaciones feministas y LGBTI que promuevan la pedofilia, porque son ampliamente conocidas tanto las numerosas campañas que estas organizaciones han impulsado en contra de la prostitución infantil, como las denuncias que han hecho instituciones de todo tipo que aún protegen y cobijan en sus filas a los abusadores de niños y niñas.

Por otro lado, también es falso el argumento de que en nuestra carta magna se define el matrimonio. La palabra “matrimonio” aparece una sola vez en toda la Constitución, en el artículo 42, haciendo referencia al reconocimiento de derechos de las hijas e hijos nacidos fuera del matrimonio. Es decir, no existe ningún tipo de definición sobre cómo debe estar compuesto un matrimonio; por lo tanto, cuando insinúa que la Ley de Matrimonio Igualitario vigente viola la Constitución, el pastor nuevamente miente.

Por último, y con respecto a la discusión sobre creacionismo y evolución, y la supuesta negación de esta última por parte de Einstein, que el pastor infiere de la frase “Dios no juega a los dados”, es pertinente señalar que Einstein no creía en la religión. En 1954, cuando el físico le escribió a Eric Gutkind para debatir sobre la publicación de Escoge una vida: la llamada bíblica a la rebelión, afirmó: “La palabra de Dios para mí no es más que la expresión y el producto de la debilidad humana. La Biblia es una colección de honorables pero primitivas leyendas, las cuales son bastante infantiles”. (1) Quizá Márquez no hubiese caído en ese error si supiera que Einstein rechazaba la teoría de la mecánica cuántica y que afirmaba que las leyes físicas son siempre predecibles y, por lo tanto, utilizó esa frase como metáfora. O, tal vez, fue el uso de la literalidad como herramienta interpretativa lo que indujo a Márquez al error. Esa misma literalidad que lo hace afirmar que el mundo se hizo en siete días o que la mujer salió de la costilla de Adán, pretendiendo que estas tesis tengan el mismo estatus que las teorías científicas que comprobaron su falsedad.

Es cierto, uno podría decir que es muy fácil rebatir sus argumentos y que incluso estos pueden ser graciosos por lo disparatados. Pero en estos tiempos en que los discursos de odio al diferente copan las pantallas, se extienden en el mundo y llegan a los máximos puestos de poder, es necesario poner límites. Y para eso, además de la lucha de las organizaciones de la sociedad civil y del compromiso del Estado de seguir profundizando, protegiendo y promoviendo los derechos de las personas, necesitamos una sociedad en la que lo falso y lo verdadero no pesen lo mismo en la balanza. Una sociedad en la que la fábula del pastor mentiroso vuelva a ser lo que siempre fue: una fábula.

(1) http://www.lettersofnote.com/2009/ 10/word-god-is-product-of-humanweakness.html

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Giovanni Papini: Sobre el amor

Giovanni Papini: Sobre el amor

religion

La mujer ve en el hombre aquél que debe dominarla, al enemigo. El hombre ve en ella a quien querría dominarlo, a la enemiga. Entre ellos se miran como el animal no capturado y el cazador no victorioso. Los dos derrotados están siempre a punto de odiarse. La forma más célebre de este odio se llama amor.

El amor es una guerra diferente de todas: el abrazo no es sino la tentativa de suprimir a uno de los antagonistas, El varón en el acto de conquistar es un vagabundo atraído mediante perpetuas emboscadas para hacerlo prisionero. La esencia del amor consiste en querer reducir a dos seres a la unidad: uno u otro debería ser anulado pero ninguno de los dos quiere ser destruido y cada uno intenta destruir. Las dos voluntades idénticas pero contrarias, se consumen en una lucha dolorosa interrumpida por breves armisticios de felicidad.

Ya en su origen carnal el amor es presentimiento de muerte: el oscuro impulso de crear un ser nuevo destinado a tomar nuestro puesto el día del fin. El acoplamiento se asemeja a un asesinato y termina en una agonía. Más fuerte es el deseo, más el abrazo carnal se parece a la asfixia, y cuando los besos no bastan para obtener la imposible unidad los dos se muerden como si quisieran arrancar la carne del enemigo e incorporársela para fundirse al fin, gracias a una amorosa antropofagia. El macho penetra a la hembra como una espada en una vieja herida, y el vientre de la virgen mana sangre. El término del deseo es un doble agonizar, y el supremo espasmo se parece al de la muerte con gemidos y estertores. Pero los moribundos, al resucitar, están otra vez divididos en dos cuerpos, en dos almas solos como antes, más alejados que antes. La tristeza casi rencorosa del hombre después de la cópula nace al descubrir esa soledad invencible.

El amor en sus formas extremas es hambre de unidad. Busca la reducción de dos criaturas a una sola carne con un solo espíritu y no logra siquiera dos cuerpos con una sola alma. Las más desesperadas voluptuosidades consumen a los dos cuerpos pero no anulan la eterna separación: cada corazón, después de todos los vuelos de la fuga, está más solitario que antes.

Entre las causas del amor, una es la soledad; y el amor nos deja todavía más solos. Su promesa de comunión perfecta nos consolaba con la esperanza, pero la prueba nos despoja también de la esperanza. Cada uno de los amantes sólo puede amarse a sí mismo, a lo sumo, ama en el otro algo de sí mismo. Es un trueque mágico de sueños. La mujer, débil, le transfiere al hombre su anhelo de heroísmo, el hombre impuro, irradia en la mujer su ansia de inocencia. Cada uno ama en el otro un retrato pintado por la propia fantasía. Pone en el amado lo que en sí mismo es deseo, veleidad. Un manto imperial drapeado sobre un enano ruin, o un manto de Virgen sobre una mujerzuela fácil de comprar. Y no aprenden: caen. Al final la experiencia descubre que el fantasma imaginario no tiene nada que ver con la persona concreta. Y cada fantaseador se vuelve a encontrar solo, hurgando en las cenizas de las llamaradas inútiles, después de haberle resistido a la verdad años y años, esa verdad que tratamos en lo posible de no ver, por vergüenza.

En otros es más fuerte el instinto de la propiedad tener cerca a una criatura que depende de nosotros, que es toda nuestra, que nos debe todos los bocados de su pan, todos los placeres de su cuerpo, todos los pensamientos de su alma, La hipocresía, que por mitades participa de los amores felices, convalida exteriormente la felicidad del poseedor. Pero pasado el furor de los primeros tiempos, el poseído, ya seguro de su poder, amengua el calor de su representación y su dueño descubre poco a poco que la obediencia es ficticia y la subordinación ilusoria: el alma del esclavo está ocupada por impulsos no confesados, por inquietantes abismos donde nadie ha llegado a fondo con su mirada. El posee un cuerpo y no conoce sus secretos, imagina poseer un alma y solo tiene su fingida fachada. Y si llega un día en que de veras quiere disponer del otro como de algo suyo, advierte que no se posee siquiera a sí mismo. Tiene ante él un friso de costumbres, una mecánica de gestos, y nada más: la verdadera sustancia se le escapa antes de haberla sorprendido; además nunca fue suya y ahora está más pobre y más solo que antes.

La esencia del amor y su grandeza reside en querer lo imposible y en su impotencia para alcanzarlo. Imposible la unidad, imposible el consorcio, imposible la propiedad.

Entre el hombre y la mujer es imposible tanto la paz-los dos vueltos uno- como la victoria- la sumisión perfecta de uno. Queda la guerra con su inútil crueldad. Una guerra es la que rendirse es el principio del desquite y una media victoria el redoblamiento de la servidumbre, en la que gozamos con nuestras llagas y sufrimos cuando el adversario es golpeado por nuestras manos. Me han herido: con la misma arma cúrame: reside aquí la única dicha del amor, también si la cicatriz se abre bajo los bálsamos. Una guerra que no se parece a ninguna donde no hay paz ni posible tregua, sino un querer saltar más allá de nuestra sombra, como los niños de Heráclito, y un querer abrazar las sombras vanas como los muertos del Dante, y un querer destruirnos a nosotros mismos en el otro, y un desear la muerte para vivir una vida más hermosa. Extraña guerra en la que los mordiscos son besos más profundos, el abrazo casi estrangulamiento, en la que la victima triunfa en su propia sangre y el asesinato es la mayor prueba de amor, el suicidio la fidelidad suprema, y el hacer sufrir el principio y el fin de la voluptuosidad.

Porque la guerra no se lleva a cabo sólo entre los dos sino dentro de cada uno de ellos, la guerra entre el instinto de crear y el instinto de destruir, entre la fuerza que protege y la fuerza que martiriza, entre el deseo de dar felicidad al otro aunque debamos pagarla con nuestro dolor y el deseo de complacerse en el dolor de él. En toda pareja hay un verdugo y un torturado, y casi siempre el que atormenta no goza y el que es castigado es feliz. El amor está de tal manera circunscripto a lo imposible que destruye lo que quiere crear y da lo que quiere quitar.

Al igual que el absoluto, del que es sinónimo, es un antes y un después: jamás certeza del presente. Lo único soportable que tiene el amor es el deseo naciente y el recuerdo lejano. Surge del deseo y el deseo transfigura al amado y a la amada: toda la gracia, el poder, la dulzura del amor, pertenecen a este tiempo de preparación y de distancia, cuando cada uno es para el otro un misterio o un espejo para recrearse en su propia belleza. Ni bien el deseo es satisfecho, viene la tristeza, el desencanto, el remordimiento: comienza el fin. Y cuando el amor ha terminado y está lejano, y se recuerda sólo la belleza del principio, la ilusión de la victoria, el delirio de la embriaguez sexual, entonces experimentamos más gozo-pero es el gozo de la memoria que contempla nuestra sustancia. Lo mejor del amor se reduce a una angustiosa promesa de felicidad y a una añoranza dulce de la felicidad jamás gozada.

Solo el indefinido amor al amor- amor no comenzado o amor ya muerto- nos ofrece un resarcimiento del suplicio guerrero.

Y esta compensación concedida sólo a las almas lo suficientemente grandes para ser dignas de infelicidad. Y son las menos. En la mayoría el amor es juego de compartida lujuria o desviación del orgullo, o insaciada curiosidad por lo nuevo, o imitación, sugestión, simulación de buena fe.

El amor tiene sus raíces en la animalidad y su meta en lo absoluto, y no es sino una vana contorsión para liberarse de la carnalidad y convertir en verdad lo imposible. Por eso es una batalla en la que todos son vencidos, un odio que el perdón excita, un encuentro que duplica la soledad, una agonía de la que nacen nuevas vidas. Sólo quien lo acepta como castigo tiene en premio el presentimiento de un orden más elevado de amor, amor a todas las criaturas y a su supremo Principio.

De Informe para los hombres.