El mundo según Trump

El mundo según Trump
El nuevo gobierno norteamericano, los mercados y América Latina
Jorge Argüello
Buenos Aires 13 FEB 2017

religion

En los primeros días de su gobierno, Donald Trump ratificó sus promesas de campaña. La reformulación de los acuerdos comerciales, la presión sobre las compañías multinacionales y el anuncio de una probable reforma impositiva son las principales novedades.

Las nuevas iniciativas pretenden fomentar la producción nacional y la radicación de empresas en territorio norteamericano sin afectar las ganancias de las grandes corporaciones.

Los primeros días de gestión de Donald Trump fueron deliberadamente intensos y agresivos. Se privilegiaron los gestos, destemplados y ajenos a los tradicionales códigos de Washington, para evidenciar un cambio de estilo en la Casa Blanca y una ruptura palpable con el discurso del establishment político.

Es cierto que muchas de las certezas que imperaron en los últimos años en la política internacional están siendo cuestionadas y que el escenario que se avizora se torna menos predecible. Pero una lectura más afinada de las acciones encaradas por Trump habilita una primera conclusión: el nuevo mandatario prefiere dar un fuerte golpe de efecto como paso previo a la negociación o renegociación de un tema al que le asigna prioridad. Las amenazas a las empresas automotrices y de otros rubros constituyen el ejemplo más acabado: le entregaron a Trump anuncios de inversiones en territorio norteamericano después de que el presidente las vapuleara públicamente. El destrato al presidente de México supone una lógica similar: mostrar fortaleza, donde la desmesura es parte del plan, para encarar una amplia y ventajosa renegociación del NAFTA.

Naturalmente, la reformulación de los acuerdos comerciales considerados “dañinos” será un eje de su gestión, más allá de las bravatas y las amenazas. La estrategia de Trump apunta a poner en valor la importancia del mercado estadounidense para las grandes empresas globales. Estados Unidos es el principal comprador mundial, con alrededor del 18% de las importaciones que se realizan a lo largo y ancho del globo. En esa dirección, el objetivo de Trump es recuperar la fortaleza productiva de su país, a la que considera deteriorada por las últimas administraciones y por los efectos de la globalización. Ese sería el centro de sus decisiones de política económica, más allá de la prédica por la creación de empleos, habida cuenta de que los datos sobre el mercado laboral son cada vez más alentadores y ya se encuentran en línea con los registrados en el período previo a la última gran crisis global.

En el plano internacional, la atención estará depositada en los grandes eventos electorales previstos para los próximos meses en Europa. Holanda, Francia y Alemania encadenan elecciones vitales para la configuración del orden mundial y la ola “Brexit-Trump” puede deparar sorpresas en esas naciones e impactar de modo definitivo en el futuro del proyecto europeo. Nada está dicho, porque tanto en Alemania como en Francia, las fuerzas tradicionales aún tienen capacidad de respuesta frente a la creciente ola antisistema.

La reformulación del horizonte global para los distintos bloques mundiales obliga a repensar estrategias para América Latina. Dos elementos claves pueden sumarse al debate y a la reflexión en el latinoamericano:

1. Es necesario rediscutir si la apertura y la desregulación acelerada en distintos ámbitos de la producción y las finanzas son los instrumentos idóneos para insertarse en un mundo cambiante y que evolucionará con una alta dosis de volatilidad.

2. Parece ser el momento de volver a trabajar seriamente en el fortalecimiento de los bloques regionales, especialmente del Mercosur. Cabe preguntarse si la cumbre entre los presidentes Macri y Temer, más allá de los diferentes contratiempos domésticos que enfrentan, podrá resucitar un bloque que se halla en estado de alta pasividad. Y desde allí evaluar caminos para su relación con otros conglomerados globales y aún con México, que está siendo empujado por Trump a cumplir su destino latinoamericano. En este caso, deberán extremarse los parámetros de la negociación. Los sectores productivos de Argentina y Brasil, las otras dos grandes economías regionales, ya advierten el riesgo eventual que puede suponer una ofensiva mexicana por la relocalización de las exportaciones que ya no podrán destinarse al mercado norteamericano. La Argentina reaccionó con velocidad a través de un contacto telefónico entre Mauricio Macri y el mandatario mexicano, Enrique Peña Nieto, y del posterior viaje a ese país de la canciller Susana Malcorra.

Argentina, Brasil y México son, por otra parte, los tres países latinoamericanos que tienen sillas en el influyente Grupo de los 20 y que aún se deben la discusión de una agenda común ante los próximos encuentros de este selecto club, que en 2018 sesionará en la Argentina.

Una nueva era: domesticando la globalización

Lejos de las especulaciones que auguraban una posible moderación, el nuevo presidente de los Estados Unidos inició su gestión ratificando la tónica y orientación que lo encumbró en la presidencia. Con Trump en el poder, la principal superpotencia del mundo se ha diagnosticado un proceso de decadencia que se propone revertir.

El llamado a la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés), el abandono del Acuerdo Trans-Pacífico, las negociaciones y el enfrentamiento con empresas multinacionales y una todavía incierta reforma impositiva, encarnan lo que parece ser la base de una nueva política económica norteamericana orientada a domesticar el proceso de globalización.

Dos reglas simples: comprar y contratar americano

“America First” (“Estados Unidos primero”) es el lema con el que Trump buscó captar durante su campaña el creciente desencanto de la sociedad norteamericana respecto del proceso de globalización. En su discurso inaugural, el nuevo presidente ratificó su orientación al señalar que “dos reglas simples” guiarán su gestión: comprar productos estadounidenses y contratar trabajadores norteamericanos.

La cruzada en favor de la producción y el empleo estadounidense ha tenido hasta el momento tres expresiones principales. Por un lado, la decisión de avanzar en la reformulación de los acuerdos comerciales internacionales. Por otro, las negociaciones puntuales con un grupo de empresas multinacionales (principalmente aquellos con planes de deslocalización hacia México). Finalmente, los proyectos respecto de una posible reforma impositiva que encarecería los productos importados y reduciría la carga tributaria sobre las ganancias de las grandes corporaciones.

La renegociación del NAFTA y el abandono del TPP

La globalización implicó un proceso de fragmentación de la producción que favoreció la reducción de costos a partir del aprovechamiento de las ventajas ofrecidas por cada país para la localización de las distintas etapas del proceso productivo.

La nueva administración de los Estados Unidos identifica en China (a partir de sus estrategias de manipulación cambiaria) y México (a través del aprovechamiento de las ventajas otorgadas por el NAFTA) a los principales beneficiarios de un proceso que habría traído consigo la decadencia productiva estadounidense.

El libre acceso al mercado estadounidense con el que cuentan los productos mexicanos tras la puesta en vigor del Tratado de Libre Comercios de América del Norte en 1994, sería para la nueva administración una de las piezas claves para explicar la creciente radicación de actividades al sur del río Bravo. México presentó en 2015 un superávit comercial bilateral de casi 122 mil millones de dólares en sus intercambios con los Estados Unidos.

A pocos días de iniciar su gestión, y en medio de una aguda polémica con su par mexicano, Trump instó a la renegociación del NAFTA. Poco se sabe todavía sobre los términos de una renegociación que deberá incorporar también al tercer socio del acuerdo: Canadá.

El nuevo presidente señaló en varias oportunidades que no se opone a los tratados comerciales, pero que las condiciones de negociación en los últimos años han sido sumamente desventajosas para los Estados Unidos. En tanto los reclamos se han concentrado en el papel de México, las especulaciones apuntan a un posible remplazo del NAFTA por dos acuerdos de tipo bilateral. A su vez, algunos trascendidos refieren a una posible imposición de mayores barreras a los productos mexicanos a partir del incremento de los requisitos de la regla de orígen; esto es, la norma que establece las condiciones que un producto debe satisfacer para ser considerado originario del mercado común y por lo tanto poder beneficiarse del libre acceso.

En simultáneo, Estados Unidos adoptó la decisión de abandonar el Acuerdo Trans-Pacífico (TPP por sus siglas en inglés) e incrementó la incertidumbre no sólo respecto de su estrategia comercial, sino también respecto del futuro de su relación con China. El acuerdo transpacífico era la principal herramienta establecida por la administración Obama para incrementar la incidencia de los Estados Unidos en Asia Pacífico y limitar la influencia económica China.

Tensiones con empresas multinacionales

El nuevo presidente mantuvo además tensos intercambios con un grupo de empresas multinacionales que presentaban planes de inversión en México. A través de su cuenta de Twitter, Trump hizo públicas sus amenazas al señalar que en caso de trasladar operaciones a México las empresas serían castigadas por medio de la imposición de nuevos impuestos y aranceles.

En algunos casos, las disputas condujeron a nuevos acuerdos para la radicación de inversiones en los Estados Unidos y la suspensión de inversiones en México. Tal es el caso de Carrier y Ford que permitieron a Trump anunciar la recuperación de 1000 puestos de trabajo en Indiana y 700 en Michigan, respectivamente.

Boeing, Apple y General Motors fueron también foco de las declaraciones del presidente. Aunque no en todos los casos se alcanzaron acuerdos posteriores, las discusiones ilustran el nuevo posicionamiento del gobierno norteamericano. No se trata tanto de combatir el proceso de globalización, como de garantizar que Estados Unidos resulte uno de los ganadores del mismo.

La estrategia del presidente Trump busca poner en valor la importancia del mercado nacional para las grandes empresas globales. Estados Unidos es el principal comprador mundial con alrededor del 18% de las importaciones que se realizan a lo largo y ancho del globo.

Las presiones ejercidas por Trump ponen de manifiesto un rasgo ya demostrado por China: contar con un mercado amplio y dinámico es mucho más importante para fomentar inversiones que cualquier tipo de traba o condicionante. La nueva política obliga por lo tanto a repensar la cándida visión respecto de que la apertura y la desregulación son condiciones suficientes de una política de inversiones.

La reforma impositiva y el impuesto transfronterizo

La tercera pieza del programa económico de Trump insinuada en sus amenazas a empresas multinacionales es la puesta en marcha de una reforma impositiva. La misma se orientaría a eliminar los incentivos de las grandes corporaciones para deslocalizarse hacia otros territorios.

Hasta el momento, las especulaciones se basan en el proyecto de ley presentado por los republicanos Paul Ryan y Kevin Brady. El texto propone la modificación y reducción de la carga del impuesto a las ganancias a las grandes corporaciones y una compensación de los ingresos tributarios a través de la creación de un impuesto interno al consumo de productos con componente importado.

El denominado “impuesto transfronterizo” grabaría el consumo en distintas proporciones según sea el contenido importado de la producción.

Al aplicarse sobre los productos importados, pero no sobre los exportados el impuesto transfronterizo se transforma en una herramienta de fomento exportador que ratifica la idea de que la nueva estrategia política consiste en fortalecer las capacidades de producción de los Estados Unidos.

La reforma se plantea como un importante estímulo a la radicación de empresas y permitiría además atender otra de las grandes preocupaciones de los Estados Unidos en los últimos años: la evasión impositiva a partir de la radicación de empresas en paraísos fiscales.

En términos generales, y sólo por ahora, las nuevas iniciativas de política parecen enfocarse en lograr que los Estados Unidos sea uno de los ganadores del proceso de globalización, más que en combatirlo.

Estados Unidos y América Latina después del triunfo de Trump

Aunque todavía es demasiado pronto para saber si el nuevo gobierno de los Estados Unidos logrará cambiar el rumbo de la principal potencia mundial o si la trayectoria elegida es la adecuada, la única y principal certeza es que la nueva estrategia traerá consecuencias sobre el orden económico global.

En primer lugar, las tensiones con Estados Unidos parecen acercar a México a su destino latinoamericano. Este proceso no estará exento de conflictos dada la tradicional reticencia de Brasil a incorporar a sus proyectos a un socio que por sus dimensiones es capaz de disputar su liderazgo regional.

Más allá de los resquemores políticos, el nuevo contexto podría forzar a México a intentar volcar sus excedentes productivos hacia la región. Se trata de una amenaza adicional para la Argentina y Brasil, las otras economías industriales de la región, que atraviesan en la actualidad coyunturas por demás complejas.

La nueva política norteamericana ha desencadenado además un mayor optimismo respecto de las perspectivas de crecimiento global. Mejores resultados en Europa y Estados Unidos podrían también mejorar las perspectivas para los precios de los commodities. El resultado final será sin embargo en extremo susceptible a las decisiones de política monetaria y tasa de interés de los Estados Unidos.

En términos regionales, la decisión de Estados Unidos de abandonar el TPP e intensificar sus disputas con México se ha transformado en un importante golpe al proyecto de la Alianza del Pacífico (AP). El cambio de políticas en la principal potencia mundial significó para la AP un fuerte golpe a su estrategia de integración sobre la base de una mayor apertura.

Poco a poco comienza a desdibujarse la idea de que existe en América Latina la opción de una estrategia de apertura unilateral.

En oposición, el escenario plantea una oportunidad para el MERCOSUR. La política norteamericana tiende a poner en valor la relevancia de un mercado regional amplio, integrado y con capacidad para negociar condiciones.

La capacidad del bloque de aprovechar las nuevas circunstancias dependerá de la habilidad de sus líderes. Lidiar con un escenario internacional cambiante, en el que los dogmas económicos comienzan a ser discutidos a izquierda y derecha, y en el que por si fuera poco las tensiones entre Estados Unidos y China parecen destinadas a incrementarse, no resulta una tarea sencilla. Hasta el momento los gobiernos de Argentina y Brasil parecen todavía aferrados a las reglas de un mundo que comienza a desaparecer. La decisión de profundizar la apertura de capitales en la Argentina y las restricciones impuestas por Brasil en su nueva reforma fiscal se ubican claramente a contramano de las tendencias globales.

Jorge Argüello, político y diplomático argentino. Fue embajador en Estados Unidos, en Portugal y ante las Naciones Unidas. Actualmente, preside la Fundación Embajada Abierta.

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