¿Otra guerra de los sexos?

¿Otra guerra de los sexos?
por Apegé

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Ilustración: Quema de siluetas masculinas en una marcha contra los femicidios, en la plaza Libertad. Foto: Pablo Vignali (archivo, octubre de 2016)

A la vez que se visibiliza, se denuncia, se marcha, se piden respuestas sociales y judiciales y se toma conciencia de la escalada de asesinatos de mujeres por parte de hombres a martillazo, cuchillo, arma o puño alzado, otro asunto también toma relevancia, y no deberíamos dejarlo de lado, en el afán de abordar la tragedia.

En el Río de la Plata, sobre todo en Buenos Aires, a nivel masivo y en la voz de aquellas feministas que toman por los cuernos cada nuevo asesinato como reflejo de una sociedad misógina, machista y patriarcal, la cuestión se está convirtiendo discursivamente en un asunto de mujeres. Que ellos no se metan en nuestras discusiones, que no vengan a usurpar nuestros lugares de protesta, que no nos roben otro vez el protagonismo, que nada saben de los golpes, maltratos o asesinatos cometidos porque es en nuestros cuerpos donde acontece la furia de los machos que “nos están matando”. Que ellos callen.

A mí, al menos, toda esta batería de discurso que se propaga y endurece, y que tiene como único destinatario al banquillo de los acusados a todo el género masculino, me produce cierto temor y en vez de acercarme a esas voces, me aleja de esas reivindicaciones. Digamos por lo derecho la hipótesis que estoy manejando, para ver si luego puedo llegar a una comprensión más delicada de la cuestión. Creo, ciertamente, que de muchas formas el perro se está mordiendo la cola y que, por efecto del discurso y algunas prácticas, estamos volviendo a una concepción genital y biologicista por parte de algunos sectores del feminismo. Sectores sostenidos en cientos de bibliotecas y añares de militancia, y nuevas tendencias del feminismo, también, que vienen a decir todo lo contrario de aquello a lo que los feminismos aspiraban.

Lamento mucho si estas líneas son ofensivas para esos sectores que están produciendo sectarismos y, en algunos casos, guetos. Yo creía que el feminismo era una herramienta para todos (y todas), que perseguía finalmente la liberación de las ataduras sexuales, genéricas, del machismo introyectado que todos, por el simple hecho de vivir en una sociedad que amalgama machismo, misoginia, discriminación, xenofobia y capitalismo -a no olvidarlo-, nos ponía a muchos contra las cuerdas y nos obligaba a repensarnos y a revertir nuestras prácticas.

Cito a una de las autoras contemporáneas más cotizadas del pensamiento queer (casi una vaca sagrada) para decir de ese todos: Judith Butler en Cuerpos que importan (2002). Allí la autora manifiesta que el hecho de que el sujeto (y dice el sujeto) sea “producido dentro de una matriz -y como una matriz- generizada de relaciones no significa suprimir al sujeto, sino sólo interesarse por las condiciones de su formación y su operación”. De esta manera sostiene que esos sujetos “generizados” lo son antes incluso de transitar su sexualidad o el género “en disputa”, porque precisamente la trama discursiva en la que los sujetos son arrojados desde el momento mismo de nacer ya está construida sintáctica y ontológicamente. Esa trama, esa matriz, esa red de relaciones es, por sí y para sí, la heterosexualidad. En esa trama es que debe vivir, quiera o no, porque ya está ahí cuando nace y supera cualquier intención voluntarista o de deseo, cualquier constructivismo. Esa matriz o esa materia ya echadas son algo con lo que el paria o el abyecto deberán convivir; es el paño ontológico que cubre todos los ámbitos de la discursividad social e institucional y es, sobre todo, la “circunscripción repetida y violenta de la inteligibilidad cultural”.

Dicho de otra forma: todos somos arrojados a un mundo constituido por los parámetros y las leyes de la heterosexualidad. Hoy voy a recurrir a varias autoras, feministas todas ellas, que además de convocar a las mujeres a revertir ese paño ya tirado, también extienden la violencia del macho a la violencia social. O, mejor dicho, la violencia del macho como producto de la historia y las relaciones establecidas.

Rita Segato, por ejemplo, antropóloga argentina radicada en Brasil (y que está profundamente de acuerdo con las marchas y reivindicaciones y apuesta a una comunidad de protección entre mujeres), se anima siempre a ir un poco más allá; mucho. En una entrevista que le hizo Verónica Gago para Las12 (del diario Página 12), manifiesta que no pueden separarse las ideas de conquista del otro, guerra por los territorios, salarios inmundos, frustración constante que produce el capitalismo, de la violencia hacia las mujeres. Arriesga mucho: “El dolor [el del hombre violento] es un dolor social”, dice, y afirma que ciertos hombres reproducen en la escala de sus relaciones afectivas o amorosas “su condición subordinada y [el ser] capturado[s] por el modelo de masculinidad de su opresor. Es por esto que digo que él sirve de bisagra entre los mundos del dominador y de los dominados. Su situación es de una indigencia existencial absoluta”. A su vez, en el mundo que todo lo depreda (“la mirada rapiñadora sobre el planeta y sus criaturas”) se da ese pasaje de la transformación de mujeres en mercancía y objetos de expropiación. El asunto es que estamos en guerra, y la guerra siempre tuvo un carácter masculino, de uso de la fuerza sobre la palabra, de levantamiento en armas, de ocupación del territorio (o el cuerpo) del otro.

Otro asunto, anota Segato y no estaría mal no olvidar: “Una progresiva crueldad hacia el cuerpo de las mujeres, y a los cuerpos feminizados en general”. O sea, a todo lo que no sea poder, conquista, aniquilación, a todo lo que contenga, palabra peligrosa de la yo me hago cargo, algo femenino. Y no se queda allí: si bien los cuerpos más castigados en la actualidad (o los más visibilizados en su descuartizamiento) son los de las mujeres, esto, dice, es un asunto de hombres y mujeres. Y de salario, capitalismo, depredación de la naturaleza, frustración ante el poder o, como ya lo dijo excelsamente: indigencia existencial absoluta.

Ahora pienso, relacionado con lo expresado al principio: si esto fuese un asunto sólo de mujeres, ¿qué hubiera pasado con las luchas de la diversidad sexual sin la cofradía de hombres y mujeres hetero, homo, de organizaciones sociales y políticas? ¿Acaso algunas mujeres piensan, y vuelvo, que la genitalidad es lo único que produce el terror?

Ayer nomás, recibí un cuento corto de un muchacho que había sido violado desde niño por su padre. Ayer nomás, seguramente apalearon o quisieron matar a otra travesti. Ayer u hoy, un hombre (reconocidamene homosexual en el barrio) muere en su casa misteriosamente luego de ser robado por otro hombre más joven.

¿No parece que nos están matando o violando a muchos? ¿Y al asalariado al que le revientan el lomo y luego descarga su furia en sus hijos o su compañera, cómo lo miramos? ¿Y a los marginales que mueren cada día de un disparo por un gramo de pasta base?

Guerra, formas masculinas (en el sentido antropológico) de desecharnos. Miedo a los cuerpos feminizados o a la propia feminización del cuerpo (como metáfora; no hablo de tacos aguja y labios pintados).

Y volvamos al principio: no, esto no es un asunto de mujeres. Ni tampoco de hombres. Me vuelvo humanista, universal. Y reclamo: esto es un asunto de todos.

No provoquemos que ante la consigna “el cuerpo es político” (y la fuerza o no de las tetas al aire, su performatividad vacía o su choque público y político), una manga de tarados tomen literalmente la mostración y saquen sus pijas al aire “porque sus cuerpos también valen” en el medio de Buenos Aires; justo, justito, a los pies del gran símbolo patrio y fálico, el Obelisco.

Además, ¿qué hace uno ahora con todo lo que -modestamente- ha hecho y escrito y dicho? Otra gran metáfora machista: ¿se lo mete por el culo?

¿Qué hago con la experiencia vivida? ¿Con las amigas que acompañé a clínicas clandestinas abortivas con su cédula en una mano y los 500 dólares en la otra, y luego esperé a que salieran desmayadas y con riesgo de morir de hemorragia en una cama cualquiera? ¿Qué hago con los relatos de las travestis que conté? ¿Qué con mi cuerpo golpeado casi hasta la muerte por ser homosexual? ¿Y con una mujer de mi familia a la que tuve que rescatar -pesando yo 65 quilos- de un milico golpeador? ¿Con los obreros frustrados del mundo, o los marginales, que me revientan los ojos cada día? ¿Por qué debo apartarme de una lucha? ¿Ya no me precisan? ¿Ya no nos precisamos? ¿Pitos a un lado, vaginas al otro, los monstruos travestis en nuevas categorías?

Perdonen, muchachas, pero no las estoy matando. Y miles de otros hombres tampoco. Y esta guerra para que se produzca un poquito de paz la estamos librando entre muchos.

La imagen internacional de Uruguay

La imagen internacional de Uruguay

Por Nicasio Del Castillo

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En Uruguay, los principales medios formulan en forma recurrente duras críticas al gobierno con respecto a la seguridad, la educación, la economía, el manejo de empresas públicas y el clientelismo. Sin duda estos temas son importantes y es lógico y necesario que se publiciten, se evalúen y se discutan. Por otro lado, logros significativos que distinguen a nuestro país rara vez se mencionan o, cuando se mencionan, se trivializan y, en muchos casos, simplemente se ignoran. Afortunadamente la visión que se recibe de los medios en el exterior es más balanceada.

Las estadísticas del Fondo Monetario y del Banco Mundial muestran un país con el ingreso per cápita más alto de toda América Latina. A pesar de la contracción experimentada por las economías de Argentina y Brasil, la uruguaya, si bien a tasas más modestas, ha continuado creciendo 1% en 2015 y 1,2% estimado para 2016.

Los instrumentos de deuda pública uruguaya se colocan en el exterior sin problema gracias a que Uruguay hace ya varios años que mantiene el grado de inversión. A pesar de haber cambiado la perspectiva de la calificación de estable a negativa, tanto Moody’s como S&P reafirmaron en el 2016 la calificación crediticia uruguaya a un nivel por encima del grado de inversión. Seguramente las agencias calificadoras están siguiendo atentamente el manejo de nuestra economía durante el actual ciclo a la baja y, en particular, la magnitud del déficit fiscal y el aumento de la deuda pública. Aunque ambos problemas requieren medidas de ajuste importantes, la sólida trayectoria y la continuidad del equipo económico sin duda son factores positivos en el análisis del riesgo crediticio.

La transformación energética de los últimos años ha colocado a Uruguay entre los países más avanzados del mundo en el uso de fuentes de energías renovables. Este logro, que tendrá un impacto significativo y duradero para nuestro país, fue especialmente destacado por el Fondo Mundial para la Naturaleza que identificó a Uruguay en 2014 como uno de los líderes en energía renovable.

El índice de Transparencia Internacional, que evalúa niveles de corrupción, le otorga a Uruguay un ranking comparable al de países primer mundo y lo coloca a la cabeza dentro de América Latina. En el índice del 2016, Uruguay aparece en la posición 21, una por debajo de Japón y dos por encima de Francia. Brasil comparte la posición 79 con Belarús, India y China. Argentina comparte la 95 con Maldivas, Sri Lanka, Kosovo y El Salvador.

En la educación, la mediocre calificación de Uruguay en los rankings en el Program for International Student Assessment (PISA) de la OCDE es sin duda preocupante. Es de esperar, sin embargo, que, al igual que en los países de primer mundo, las mejoras lleguen principalmente a través de los adelantos tecnológicos. En este sentido, el Plan Ceibal, que en el exterior continuamente se destaca como un ejemplo a seguir, constituye una iniciativa que debería tener un impacto favorable importante.

En el ámbito internacional se resalta la posición de nuestro país en el Índice de Democracia desarrollado por el The Economist Inteligence Unit. Cuando los inversores, gobernantes y referentes en general analizan los rankings de sus respectivos países, seguramente notan que Uruguay es el único país de América Latina que, en el índice para el 2015, aparecía en la posición 19 como uno los 20 que calificaban como Democracias plenas. Estados Unidos, que ocupaba la posición 20, acaba de ser degradado a Democracia fallida. Seguramente la calificación de Uruguay es atribuible a la solidez y seriedad de todos los gobiernos que sucedieron a la dictadura militar y al alto respeto que consistentemente mostraron por nuestras instituciones y por los compromisos internacionales.

Sorprendentemente, este respecto parece ser reconocido por la ciudadanía a pesar de las frecuentes críticas al gobierno. De acuerdo a un reciente estudio del World Economic Forum sobre niveles de confianza (trust) que países emergentes sienten por sus gobiernos, Uruguay aparece en sexto lugar. Una vez más, el país de toda América Latina con el más alto ranking.

Ya desde principios del siglo pasado, Uruguay fue alcanzando una imagen de país a la vanguardia en áreas como ser la laboral, derechos civiles de la mujer, divorcio (incluyendo “por la sola voluntad de la mujer”) así como la separación entre el Estado y la iglesia. Esta imagen se ha incrementado recientemente con la legalización del aborto, de la marihuana y del matrimonio entre personas del mismo sexo. Estas medidas, así como la personalidad y austeridad de Mujica, fueron específicamente mencionadas entre las consideraciones que tuvo en cuenta The Economist cuando declaró a Uruguay el País del Año para el 2013.

Si bien estudios como los de Transparencia Internacional, The Economist Inteligence Unit y el World Economic Forum no deben tomarse como mediciones exactas de niveles de corrupción o de institucionalidad, es claro que presentan pautas válidas de comparación con otros países. De esta comparación surge un Uruguay con una excelente imagen internacional.

Es válido preguntarse entonces a qué se debe la dicotomía entre esa imagen internacional tan favorable y la visión mucho más negativa que se palpa dentro del país. Tres razones vienen a la mente. Una es simplemente la nostalgia. Gente de mi generación vivió las décadas de 1940 y 1950 en las que, gracias a los precios de la carne y la lana, el “boom de commodities” era una constante en la economía, y en las que mujeres, en lugar de seguir carreras universitarias, optaban por ser maestras ya que recibían compensaciones acordes con la importancia de la función.

Una segunda es que los medios nacionales, al estar en una gran medida en manos de la oposición, tienden a resaltar, y en muchos casos exagerar, los problemas que en el día a día se viven dentro del país.

Una tercera es que aproximadamente la mitad de la población responde a los partidos tradicionales y le frustra ver al Frente Amplio ya en su tercer período en el poder. Esta frustración probablemente se acentúa frente a la incapacidad de estos partidos de emular el exitoso modelo del Frente Amplio y de poder montar una coalición que los haga electoralmente viables.

Es una lástima que, por este tipo de razones, los que valoremos la excelente imagen internacional de Uruguay seamos principalmente los uruguayos radicados en el exterior.