La crisis de la masculinidad

La crisis de la masculinidad
Por Rubén Garrido Ruisánchez
Psicólogo Sanitario y Psicoterapeuta Gestalt

religion

“Es la mujer la que se rebeló primero contra un estado de cosas y un sistema de vida que le acarrea grandes sufrimientos, pero el hombre tampoco lo pasa bien…Todo esto ha llevado al matrimonio patriarcal a una tremenda crisis, que todos estamos viendo a nuestro alrededor. La pareja ya no resiste la dominación mutua. El sufrimiento de hoy es la propiedad: “mi” marido, “mi” mujer. Esa palabra “mi” es el sufrimiento. El ser humano no puede ser propiedad de otro ser humano. Puede ser tremendamente generoso, tremendamente amoroso, pero no puede ser propiedad de otro ser y sentirse como tal.” Lola Hoffman

No es fácil comprender qué se está diciendo cuando se habla de violencia de género. Si eres hombre, la confrontación del término es directa, implacable. Te coloca bajo sospecha y no te representa, más bien te interpela, te denuncia y te exige reflexión.

Lo masculino y lo femenino

No siendo la masculinidad un atributo específico del varón, los hombres han representado por milenios los rasgos de lo masculino, que en su exacerbación dominante sobre lo femenino, deriva en machismo. El hombre es primeramente machista consigo mismo, en tanto que reprime y castiga su propia feminidad, y la relación con la mujer no es sino un reflejo de esta amputación interior.

Desde tiempo inmemorial venimos funcionando en automático, en una sociedad estructurada en base a una ideología machista. Como hijos e hijas de un patriarcado ancestral somos ambos sexos portadores de un machismo inoculado. La familia ha sobrevivido en un equilibrio neurótico por milenios, en que la mujer actúa lo femenino y el hombre lo masculino. Una polarización que ha funcionado en tanto que servía a una causa, la perpetuación del imperialismo y la conquista de lo ajeno.

Tal grado de segregación es posible de dos maneras: la imposición del hombre sobre la mujer y la creencia en el amor romántico, una estrategia elaborada que idealiza la unión de dos personas altamente polarizadas y por ende dependientes e incompletas. La idea es que el otro me complete y me salve de mi escisión interna. El resultado es una pareja disfuncional, una unión enfermiza que funcionará en la medida en que ambos crean en tal juego de roles y alimenten, el uno al otro, un estado de inmadurez e infradesarrollo.

La crisis de los roles de género

El machismo ha sido y es el cemento que une la pareja, tal y como la conocemos. La pareja patriarcal, un tipo de relación violenta en tanto que se trata de restringir, de dominar la vida del otro, de moldearla en beneficio propio, programar la existencia de otro ser para que me sirva.

La violencia doméstica

Hablamos de violencia de género, un término que está apuntando al diseño social de los estereotipos de género de base machista y por tanto impositivo, dominante y violento. Es lo que denominamos violencia estructural.

No es “violencia de género” un término que recoja la totalidad del abuso que se da en el ámbito de la pareja. Los problemas de pareja son co-partícipes, así como el modelo de pareja patriarcal es transmitido tanto por el hombre como por la mujer.
Por tanto para visibilizar los casos de maltrato de la mujer hacia el hombre, mayormente psicológico, aunque también físico, hay que referirse a violencia intrafamiliar o violencia doméstica, aunque ninguno de estos términos sea unidireccional como cuando hablamos de violencia de género.

Es urgente visibilizar el hecho de que el hombre también es receptor de maltrato, pues no solo pone en riesgo su integridad, comprometiendo su salud bio-psico-social, sino que la discriminación se va institucionalizando, decretando sentencias judiciales que relegan al padre a mero proveedor, desestimando la presunción de inocencia y apartando dolorosamente a los hijos, que a su vez tanto necesitan de la presencia del padre para su pleno desarrollo psicoemocional. Hablar del hombre es hablar del padre.

Actualmente el hombre se haya en un estado de indefensión legal ante los casos de abuso y violencia doméstica, lo que provoca un auténtico desamparo social y ausencia de ayuda.
Pareciera que el empeño del lobby, el verdadero poder, el que decide qué producto saldrá al mercado de opinión, es aumentar la brecha entre los sexos, avivar las luchas de poder y la crisis de pareja, preservando de paso las estructuras machistas que edifican nuestra sociedad.

Las campañas de publicidad contra la violencia de género provocan un efecto criminalizador del sexo masculino en general, que les sume en la sospecha de ser maltratadores potenciales. Una cosa es hacer balance del machismo inoculado en nuestra psique, otra cosa es extrapolar la acusación de violencia generalizada a todo un género. Pero tratemos de profundizar en este tema tan delicado. Veamos.

La crisis de identidad

Si como afirma Claudio Naranjo en su obra La Mente patriarcal, el primer golpe a la estructura patriarcal ha sido el auge de los movimientos feministas, podemos considerar el maltrecho momento actual como un escenario de cambio, un cambio crítico y necesario para revertir la preponderancia del autoritarismo de la razón y el intelecto sobre el saber instintivo y la ternura, la violencia con la que el pater familias ha impuesto su poder sobre la madre y los hijos, en propiedad.

Esta crisis del patriarcado va resquebrajando poco a poco la organización social que conocemos y el empuje de los movimientos feministas ya ha logrado romper los cimientos, abriendo un panorama de posibilidades nuevas en un reciente y delicado escenario en el que los roles de género están en cuestión. Podemos hablar de una crisis de identidad de género que afecta a mujeres y hombres, aunque no de la misma manera. En este orden de cosas la crisis de pareja está servida, siendo hoy día un fenómeno de interés creciente dada la dificultad de sostener la pareja.

Al tiempo que asistimos al empoderamiento de la mujer, históricamente abnegada y obligada a representar ciertos roles adjudicados por la cultura patriarcal, presenciamos de otra parte la así llamada crisis de la masculinidad, el espectáculo de la desorientación de los hombres que han perdido sus referentes. Hoy día es difícil para un hombre comprender el alcance de esta crisis de identidad. Conducirse por la vida como sexo privilegiado ya no es un buen negocio, el momento social obliga a reflexionar y dejar de lado las actitudes machistas. El hombre de hoy está en el punto de mira y ha de plegarse a las exigencias de los nuevos tiempos. Muchos hombres están revolucionando este proceso y se suman a la perspectiva de un feminismo más amplio e inclusivo, en el que ser feminista es ser persona principalmente, un feminismo que trasciende las ideologías de género, implacable con la desigualdad e inmensamente pedagógico. Un feminismo como este, educa al hombre y lo va sanado de una herida ancestral hecha de sacrificio y de dureza.

Recordemos: los hombres, tradicionalmente no comparten la fragilidad emocional, el dolor, el miedo, la tristeza, la confusión, entre otras cosas porque no saben nombrarlas, nadie les mostró ni les dio el permiso de ser, de ser plenamente, de ser la otra mitad, la mitad vulnerable. Una inmadurez emocional de este calibre nos predispone irremediablemente a recibir o a perpetrar el maltrato. La mujer nos desborda por siglos de desarrollo de una inteligencia emocional, obviamente conoce los cauces de la persuasión y también sabe de nuestra bobería.

El hecho de no compartir la experiencia interna más íntima es una locura enorme. Para portar semejante silencio hay que negar, y la negación es represión, es escisión, es locura.

Si no ofrecemos sostén emocional a los hombres, si no conformamos espacios donde puedan abrirse, madurar e integrar esas partes escindidas de si, el hombre irá a la pareja incompleto, rellenando este agujero con deseo, un deseo de ser reconocido en su rol. Si por otro lado le frustramos la recompensa de tal amputación interna, una recompensa reflejada en la satisfacción de haber conseguido proveer al clan, si su rol de proveedor principal desaparece, pero tampoco uno se haya suficientemente cerca de los hijos, entonces tenemos una bomba, una crisis de identidad.

Los roles de género

Los roles de género y el carácter son dos términos que se dan la mano. Son como el bastón al cojo, si nos lo quitan nos caemos. Una pérdida de identidad es un asunto delicado en términos de salud mental.

Cabe una pregunta, ¿está la mujer verdaderamente preparada para aceptar esta transformación del hombre moderno? Recordemos que la cultura patriarcal no solo se da por imposición de los hombres, no olvidemos la figura de la madre como gran pedagoga en el proceso de crianza de los hijos, niños y niñas, de los hijos e hijas del mañana. Gran parte de los problemas de pareja son una resistencia al cambio de roles. Lo que llamamos crisis de pareja es un desgaste, un agotamiento, porque uno percibe en alguna parte de sí que la salida es terrible, entonces la posterga. Implica un valor enorme salir de la dependencia.

Los roles heredados y el amor romántico

Tradicionalmente la identidad de género en el hombre se construye por negación y diferenciación de los rasgos femeninos, así como la identidad de género de la mujer se construye en base a la negación de lo masculino en ellas. Nos topamos ante un dilema difícil de solventar. El pensamiento feminista es consciente de este artificio de los roles culturales asignados, lo viene denunciando con insistencia, pero en la práctica, hombres y mujeres seguimos expuestos al amor romántico. Nos sentimos irremediablemente atraídos por la polaridad fuera de nosotros. El hombre sigue buscando a su “princesa necesitada y desvalida”, la mujer colma sus deseos con su “príncipe azul salvador”. No escapamos a la ingente cantidad de deseo generado desde la infancia, por eso la solución pasa por una educación libre de este vicio emocional que es el amor romántico. Si desaparecen los príncipes y las princesas, si terminamos de enterrar al maldito Walt (primero habría que descongelarlo), ¿quiénes somos?, ¿y tú mujer, podrás acoger la vulnerabilidad del nuevo hombre?

La educación recibida no preparó a los hombres a recibir tamaña acusación. Nos hiere y hermetiza la mirada de una mujer que denuncia el machismo que portamos. El hombre del hoy presenta atónito un tránsito cultural especialmente sensible para él, pues no solo ha de salir de su estado de estupor y aceptar la parte de su psique culturalmente condicionada y predominantemente machista, sino que ha de buscar la manera de colocarse frente a esta nueva mujer que reclama la igualdad de género.

Solo en términos de autoridad estructural han sido y son los hombres todavía el género privilegiado, en la medida que copamos las estructuras de poder, los altos cargos. Poco se habla del poder que la mujer ostenta en la familia, un poder diádico, más presente en sociedades de carácter más matriarcal.

En el escenario de la familia (célula básica de la sociedad) la mujer ha desarrollado históricamente estrategias en base a sus herramientas disponibles: la seducción y la manipulación emocional hacia el hombre. La cultura ha premiado estos rasgos de la feminidad: el desvalimiento, el victimismo y el infantilismo dulzón, que ya la mitología griega representara en el mito de las sirenas, que viene a reflejar la misandria y lo que hoy conocemos como feminismo radical y militante, que no es más que odio y herida en una dosis letal.

Existe un ímpetu feminista que corre el riesgo de constituirse en matriarcado y usurpar el poder de una estructura machista. Esto excede la saludable meta de conseguir la igualdad entre hombres y mujeres. Tenemos un ejemplo en el actual matriarcado judicial con su ley integral de violencia de género, que extiende la sospecha de maltrato a todo el género masculino sin interés por comprender las dinámicas del abuso emocional y del maltrato psicológico.

Las grandes pedagogas del hoy habrán de pararse a reconocer la importancia de que el hombre descanse en un rol, en una nueva identidad valorada positivamente por la sociedad. La acusación generalizada hacia el hombre tan solo polariza e incrementa la brecha si no va acompañada de una comprensión, también del esfuerzo que estamos haciendo tantos hombres de revisar el machismo inoculado en nuestras mentes y que nos llega de mano de nuestras propias madres, de tantos años de escolarización-domesticación, del cine y la cultura, del grito del padre que sentencia.

La violencia doméstica no tiene género

La invisibilidad de la violencia de la mujer hacia el hombre, se agrava por los mandatos interiorizados en el hombre, el juicio interno como hombres, la presión del rol de género también se vive desde dentro, “los hombres no lloran”, pero también desde fuera, es el estigma social, que juzga inapropiado que un hombre se victimice públicamente, es decir que muestre su vulnerabilidad. El resultado es el silencio, la vergüenza, el dolor y la indefensión frente a una mujer abusadora.

Se trata de integrar, no de escindir. Demonizar lo masculino es una pérdida para ambos sexos, porque lo masculino es una energía, una disposición de ánimo, una actitud constructiva hacia la vida y por tanto un rasgo de la naturaleza humana benéfico y deseable para el desarrollo de las personas. “La tierra necesita del sol para ser fecundada”.

La crisis de la masculinidad pasa por el reto de integrar lo femenino, de abrirse a la fragilidad y a la pareja desde el corazón.

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Oscuros manejos financieros en Uruguay: sobre el caso Sanabria

Sanabria y nuestras instituciones sociales, por Rodrigo Arim

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El abrupto cierre del Cambio Nelson y la fuga internacional de su propietario sacudió el letargo veraniego uruguayo. La amplia crónica periodística, más allá de la acumulación de anécdotas bizarras -mensajes del prófugo que circulan por internet diciendo que estaba “cerquita” y que regresaba para dar la cara, “damnificados” que afirman usar los activos depositados para “obras de beneficencia”, figuras de la farándula regional apersonándose consternadas ante las clausuradas puertas de alguna sucursal-, implícitamente deja al descubierto patologías propias del funcionamiento financiero de agentes económicos diversos y la continuidad de conductas basadas en prácticas asentadas, que han sobrevivido a cambios en el contexto institucional, internacional y local.

La operativa implicaba, por lo menos, tres dimensiones comprometedoras: depositar activos en una “institución” o a cargo de una persona física no habilitada; sustraer esos activos de cualquier control normativo por parte del Estado; aceptar como documentación probatoria, si es que existe, de la obligación de Francisco Sanabria con el “damnificado” títulos que encubren la naturaleza real de la operación -captación de depósitos-, dado que ambas partes se comprometían en una transacción no habilitada. El problema no se limita a la conducta de una persona, que mediante el uso de información privilegiada estafa a clientes en su buena fe. Más bien, la gravedad radica en la presencia de una oferta de servicios financieros fuera de los marcos legales y la de un conjunto de agentes que hacen uso consciente de dichos servicios.

La discusión pública ha navegado en la superficialidad, con actores más preocupados por deslindar vínculos con el responsable o transferir costos políticos que por debatir sobre las implicancias de estas prácticas en el funcionamiento general de la sociedad. O por contar los minutos y caracteres que la prensa destinó al asunto. Como si fuera un simple caso aislado, que no requiere de mayor elaboración que la de ubicar al responsable. Dada la historia reciente de Uruguay, es difícil defender la singularidad de Sanabria y su casa de cambio. La propia reacción de involucrados directos e indirectos señala lo contrario.

Que una entidad como la Cámara Empresarial de Maldonado expresara su preocupación hace pensar que la operativa de realizar depósitos en el cambio no era excepcional ni un problema puntual de pocos agentes, sino que constituía una práctica conocida y habitual de varias empresas y personas. Desde el sistema político algunos actores, incluyendo alguno de sus correligionarios, afirmaron públicamente que “el planeta entero” sabía que Sanabria recibía depósitos. La inacción previa, la ausencia de denuncias al respecto y la ubicación de Sanabria en cargos de conducción o representación son un indicio claro de que ese conocimiento previo no merecía censura en el entorno más directo de sus vínculos empresariales y políticos. En la misma dirección apuntan declaraciones de actores políticos en Maldonado reconociendo tener depósitos para evitar “hacer colas en el banco”. La censura viene con el desbarajuste. No se condena la práctica, sino su fracaso.

La escasez de denuncias presentadas contrasta con la magnitud y amplitud que la maniobra parece tener de acuerdo con relatos sucesivos. Denunciar implica reconocer el involucramiento con transacciones financieras ilícitas y, posiblemente, dar cuenta del origen de activos colocados fuera de los circuitos legales.

El peso de las instituciones

Es en el hecho de que estas prácticas parecieran tácitamente aceptables para muchos donde radica lo más preocupante del episodio. Las instituciones vigentes en un país definen las reglas que determinan los procedimientos legalmente legítimos. Sin embargo, también coadyuvan en demarcar el espacio de los procedimientos y acciones socialmente aceptables. Las sociedades que promueven la opacidad, como instrumento para canalizar recursos provenientes de otros países a los que se les brinda anonimato y protección contra la injerencia de organismos de contralor fiscales o policiales, construyen instituciones acordes a dicho objetivo. Uruguay ha tenido varias de estas instituciones. A título de ejemplo, un secreto bancario extremadamente amplio y las erradicadas Sociedades Financieras de Inversión (SAFI) son nítidamente funcionales a estos esquemas.

Las instituciones definen estructuras de incentivos. Países que diseñan canales para que quienes controlan ciertos flujos de activos se sientan anónimos y confortables también generan incentivos para que sus profesionales en las áreas legales o económicas, por ejemplo, asignen sus habilidades y talentos hacia estas actividades; que producen un ingreso relativo mayor gracias a que el Estado -no el libre mercado- genera ventajas competitivas vía laxitud en los marcos regulatorios. Asesorar, estructurar y gestionar sociedades con tal finalidad o brindar canales de circulación sin riesgo de detección a los activos constituye una actividad más lucrativa, pero además socialmente aceptada y promovida por el propio Estado.

Los reparos y los beneficiarios

Los mercados no son entelequias abstractas: operan en el marco de normas institucionales específicas. En algunos contextos, las instituciones han permitido que el funcionamiento de los mercados genere un efecto positivo notorio y perdurable sobre el bienestar social. En otros, el resultado ha sido la concentración del poder y niveles de desigualdad no compatibles con sociedades abiertas y democráticas.

En un reciente libro que ha tenido un gran impacto, Daron Acemoglu y James Robinson brindan una amplia gama de ejemplos en ambas direcciones (1). Los mercados en sí no determinan el bienestar, sino la presencia de instituciones inclusivas y pluralistas, que habiliten una distribución del poder y de los recursos capaz de asegurar el acceso de los ciudadanos a los frutos de la prosperidad económica a partir del incentivo a la creatividad humana.

Mercados que operan en contextos institucionales que alientan la recepción de activos de origen opaco difícilmente constituyan una palanca clara para el bienestar colectivo. Sí para la apropiación de rentas por parte de un sector social acotado, con lógica de enclave y escasa difusión en la sociedad.

La opacidad como negocio promovido alienta la recepción de fondos provenientes de la corrupción, el narcotráfico, la trata de personas. No es de extrañar que se desarrollen esquemas de colaboración en los que agentes locales asumen la titularidad o integran directorios de empresas fantasmas, diseñadas como canales para ocultar a los verdaderos titulares y el origen de sus activos.

Tampoco es llamativo que entre las voces que más reparos han puesto a la eliminación o limitación del secreto bancario, las SAFI o la firma de acuerdos de intercambio de información tributaria se encuentren profesionales directamente involucrados en estas actividades. Sanabria y los “maleteros” o la ruta uruguaya del Lava Jato brasileño son ejemplos apenas emergentes de esa institucionalidad construida desde la dictadura y que comenzaron a desmontarse en los últimos años. Los opositores más furibundos al desmontaje de estos andamios normativos son sus propios beneficiarios directos, quienes en ocasiones ocuparon espacios cercanos a los decisores de políticas.

Por cierto, las instituciones no aseguran probidad ni ausencia de corrupción. Colaboran en su demarcación e incentivan o desincentivan prácticas no fácilmente separables de aquellas no deseables. Los canales por donde pasan los activos que no desean publicidad no discriminan en función de su origen: las reglas de juego presuponen no preguntar. Una sociedad que vivencie la corrupción o la participación en esquemas de lavado como actividades no aceptables requiere marcos normativos que no incentiven su desarrollo.

Las respuestas de la política

Es paradójico que muchas de las voces que intentan colocar parte de la responsabilidad del affair Sanabria en los mecanismos de contralor público son voces que se han alzado airadas ante cambios normativos que desmontan parcialmente instrumentos que promueven la opacidad de las relaciones económicas y protegen en un cono de sombra transacciones financieras internacionales y locales. La duplicidad es evidente en la reacción primaria de parte de los involucrados. En un intento por recuperar fondos que habían sido colocados lejos del alcance del control estatal, o de desviar la atención de su propia responsabilidad, se acusa al Banco Central de no realizar los controles pertinentes, cuando el éxito de la operativa y su retorno dependían justamente de que Sanabria lograra evitar la detección por parte de las autoridades de la presencia de esos depósitos.

Desconozco los pormenores de las operaciones y si estas pudieron o debieron ser detectadas por auditorías externas o por acciones rutinarias del Banco Central, en función de los protocolos de contralor vigentes para las entidades cambiarias. Lo cierto es que si el marco normativo no brinda suficientes herramientas para controlar transacciones de este tipo, la respuesta debe ser más y mejor regulación. Más normas para transparentar los mercados.

Un camino del desarrollo basado en la opacidad financiera conlleva a la concentración de rentas y a la aceptación social de formas de desarrollar negocios en la cercanía de actividades reñidas con una mínima base de fundamentos éticos. Si Uruguay desea evitar estas prácticas, una de las respuestas de la política es reducir su retorno esperado: mejorar la capacidad de detección, construir normas que incentiven la transparencia y, por supuesto, incentivar la censura social.

(1). Daron Acemoglu (MIT) y James Robinson (Universidad de Chicago). ¿Por qué fracasan los países? Deusto Ediciones, 2014.