Francisco Mora: La realidad que nuestro cerebro construye

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¿Existe la realidad del mundo que vemos?

Por Francisco Mora, Catedrático de Fisiología Humana, Universidad Complutense de Madrid y catedrático adscrito de Fisiología Molecular y Biofísica, Universidad de Iowa

El mundo que vemos, ¿existe tal cual “ahí afuera” de nosotros? La realidad de una flor, ¿existe en el mundo, independientemente de quién la está percibiendo? Sin duda preguntas desafiantes, pero no nuevas. Ya Demócrito, hace más de 2.500 años, sin ciencia empírica alguna, apuntó que “es preciso que el hombre conozca que está separado de la realidad y que conocer de verdad qué es cada cosa es un enigma”.

Lo cierto es que hoy comenzamos a saber que el mundo que nos rodea es, en buena medida, creado por nuestro propio cerebro, y que la realidad que conocemos se construye sobre la base de que “las neuronas -como señaló Blakemore- presentan argumentos al cerebro basados en las características específicas que detectan en el mundo exterior. Argumentos con los que el cerebro construye la hipótesis de la percepción” (F.Mora: Cómo funciona el cerebro. Alianza. Madrid 2009. 2ª edición).

Y todo esto se debe a que el funcionamiento de los códigos neuronales de nuestro cerebro, resultado de ese largo proceso evolutivo ocurrido en la Tierra durante mas de 700 millones de años, no ha sido nunca copiar el mundo sino recrearlo y construirlo fundamentalmente para sobrevivir. (F. Mora: El Reloj de la Sabiduría. Tiempos y Espacios en el cerebro Humano. Alianza. Madrid 2008. 2ª Edición). Y la pregunta ahora es esta: ¿cómo se construye pues en el cerebro la realidad sensorial?

Déjenme que les ponga un ejemplo sencillo de ese complejo mundo neuronal de cómo el cerebro construye, por ejemplo, las formas que vemos. La retina detecta millones de puntos de contraste luz-sombra y las redes neuronales de las áreas visuales de la corteza cerebral (punto a punto) “los pegan”, construyendo líneas en todas las direcciones posibles del espacio (orientación). Tras ello, otras neuronas detectan líneas que cambian de dirección. Así ocurre un proceso de convergencia neuronal de complejidad creciente con el que el cerebro “dibuja” los rudimentos de las formas o figuras de lo que se ve.

Y es acorde a estos códigos cómo el cerebro construye las formas de un gato o de un árbol en función a una realidad que, como tal, desconocemos. Ya lo señaló Ortega y Gasset al escribir que “El pensamiento humano no descubre el universo, sino que lo construye. (F. Mora: Neurocultura. Alianza. Madrid 2007). Es decir, lo que hay “real”, “ahí afuera”, sólo lo es en tanto que está construido por cerebros que contienen unos determinados códigos de procesamiento de la información sensorial y no otros.

Y del mismo modo que la construcción de las formas, ocurre la construcción por vías neuronales paralelas del color y el movimiento de lo que se ve. Y es al final en redes neuronales ensambladas funcionando en códigos de tiempo, como se obtiene esa imagen última de lo percibido. Después, cuando la información sensorial entra a redes neuronales de otras partes del cerebro (sistema límbico), esta información adquiere color emocional, es decir, significado de placer, dolor o castigo, de “bueno” o “malo”, de lo que se ve.

Hasta aquí todo el procesamiento lo hace el cerebro por mecanismos inconscientes. Finalmente, esta información se hace consciente en ese enorme y complejo procesamiento espacio-tiempo que ocurre en las áreas de asociación de la corteza cerebral.

¿Es entonces irreal lo que vemos? ¿Es nuestra ciencia una mera quimera, algo enteramente subjetivo? No, sería la respuesta. La realidad es una realidad objetiva “humana”, compartida por todos los seres humanos y, como tal, factible de análisis y construcción de conocimiento “objetivo” humano. Nuestro conocimiento no es “absoluto”, nada lo es. Nuestro conocimiento humano se ha alcanzado tras múltiples pruebas de acierto-error a lo largo de ese banco de pruebas que es la evolución y por el que han pasado todos los cerebros de nuestros congéneres, los animales.

Todo esto sería mas fácil de entender quizá con el ejemplo de esta otra reflexión. Dado que la realidad que vemos es construida en parte por el cerebro humano, acorde a los códigos de procesamiento neuronal que posee, ¿podría un extraterrestre que visitase la Tierra, con un cerebro imaginario, altamente complejo si se quiere, poseedor de códigos diferentes (elaborados a través de un proceso evolutivo diferente en su planeta) y que hubiese durado un tiempo similar al ocurrido en la Tierra (unos 3.000 millones de años), con estímulos sensoriales idénticos a los nuestros, ver la misma realidad que vemos los seres humanos? La respuesta sería claramente no. Parece claro que no vemos ni sabemos que hay “ahí afuera”.

¿Y que podríamos barruntar, a tenor de lo que nos dicen la ciencia del cerebro, la Neurociencia, que hay “ahí afuera”? Déjenme que al menos como presunción científica les señale que ese mundo podría ser un mundo blanco-negro-gris, sin colores vivos ni formas ni movimientos imaginables, ni sonidos, ni sabores u olores. Y por supuesto, sin nada emocional que signifique “bueno” o “malo”. Algo por otra parte, por cierto, bastante aburrido.

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