Textos y contextos: ¡Sean bienvenidos a Uruguay, mexicanos!

Textos y contextos
por Jana Rodriguez Hertz
Original en: http://columnistas.montevideo.com.uy/uc_302716_1.html

religion

Hace un par de días la modorra montevideana se vio sacudida por un cartel pintado en tiza por el dueño de un boliche de Pocitos que decía “No dogs or Mexicans allowed” (No se admiten ni perros ni mexicanos).

La frase, que en la vida real era común de ver en Texas hasta entrados los 1960’s, hacía alusión a la película “The Hateful Eight”, de Tarantino, y para algunos -claramente no para todos- fue evidente desde el vamos que era una broma entre cinéfilos. Yo confieso que a pesar de haber visto la película no recordaba la frase, pero luego que me lo dijeron encontré un gracioso paralelismo con el film, donde a cada instante se va agregando un nuevo elemento, mientras todos van matándose entre todos. Me gustó pensar en este tema, leí las distintas opiniones con atención y creo que, a pesar de que la discusión del cartel en sí parece agotada, no lo está la de los temas de fondo, ya que en ella convergen distintos contextos que siguen y seguirán vigentes por un tiempo y que la hacen muy rica. No llegué a ninguna conclusión, y me gustaría seguir escuchando argumentos sobre el asunto. Acá van algunos posibles contextos del tema.

La literalidad

Desde hace un tiempo a esta parte leo enconadas quejas sobre el avance de lo “políticamente correcto”, y el asunto me genera sensaciones encontradas. En su primera novela, La Broma, ya en 1967, Milan Kundera relata el drama de Ludvik cuya vida cae en desgracia por hacer un chiste en un mundo que ha perdido el sentido del humor. En efecto, Ludvik comete el pecado de escribir una esquela a su novia con un chiste por demás liviano, pero ésta es interceptada por el partido, y Ludvik, preso de la literalidad de su entorno, es expulsado de todos los sistemas posibles y esto cambia su vida para siempre, pasando de ser un estudiante prometedor a sucesivamente perder su novia, su lugar en el partido, su capacidad de estudiar en la universidad y terminar trabajando en las minas.

Kundera retoma el tema en su último ensayo-novela “La fiesta de la insignificancia”, sin el ímpetu de sus años mozos, pero con la sabiduría y maestría que dan a algunos los años. En él aparece Stalin contando a sus colaboradores íntimos la anécdota de cuando fue a cazar 24 perdices. Cuenta que mató 12, pero se quedó sin municiones, entonces regresó 13km a buscar cartuchos y al volver mató las 12 restantes, que no se habían movido del lugar. Los funcionarios estalinistas no dicen nada, pero luego se reúnen en el urinal y comentan indignados la anécdota de Stalin despotricando con desprecio e ira sobre la forma en que están siendo engañados. Stalin los espía divertido por un agujero de la pared. Siempre que hablan de corrección política pienso en esta anécdota y me pregunto si, a veces, con la mejor intención, no se cae, y no cae uno mismo también, en el comportamiento de los colaboradores del Stalin de Kundera.

Esto no es sólo una preocupación filosófica. La literalidad ya tiene consecuencias tangibles. En el caso del norteamericano que puso el desgraciado cartel en su café de Pocitos, esto le costó un cedulón de la Intendencia y una avalancha de revisiones negativas a su local, que pueden incidir económicamente en su futuro. No es el único caso. En España, hace aproximadamente dos semanas, la Audiencia Nacional Española condenó a un año de prisión a la tuitera Cassandra Vera, por 13 tuits que escribió entre 2013 y 2016 ironizando sobre la muerte del franquista Carrero Blanco en un atentado de la ETA. Es probable que su delito sea finalmente excarcelable, pero sufrirá también inhabilitación por 7 años lo que la lleve probablemente a perder su beca y afecte su futuro como historiadora. ¿No es desproporcionado el castigo por un par de chistes tomados demasiado literalmente?

La burbuja

La literalidad no es el único factor en este enredo. Apenas hubo una reacción al cartel de Pocitos, hubo una contra-reacción. “¡Es de una película de Tarantino, estúpidos!”. Y a partir de allí hubo una lapidación mutua entre quienes llamaban discriminadores a unos y estúpidos a otros. Creo que este es un fenómeno que es cada vez más frecuente. No el obvio de la lapidación, que también existe pero es un tema aparte, sino el de la burbuja. ¿Realmente podemos llamar estúpido a alguien por no saber que una frase es de una película de Tarantino? ¿Cuántas personas pertenecen al círculo de los que saben todas las líneas de Tarantino? El asunto no es que el dueño del boliche sea cultor de Tarantino, el tema es que puso su cartel en la calle. Y la calle puede no compartir su contexto. Cuando uno pone un cartel en la calle, sin más, se expone a todo el universo, y no puede pretender que todos sepan de tu contexto.

Esto no pasa sólo en este tema, es muy frecuente entre nuestros políticos y generadores de opinión. Emiten muchas veces comentarios que afectan sólo a una pequeña burbuja y creen que representan a un universo, o que el universo debe compartir sus particulares códigos. Frases del estilo “todo el mundo me dice” son muy frecuentes, cuando “todo el mundo” a veces se refiere a un pequeñísimo entorno para nada representativo del colectivo. Sobre la base de este sesgado representante de “todo el mundo” se hacen análisis sociológicos, politológicos, económicos. Y a veces marran groseramente sus análisis porque su selección de “universo” se refiere sólo a esta pequeña burbuja. ¿Puede uno indignarse porque el resto de la gente no comparte su contexto?

De quién nos reímos y de quién nos podemos reír

Más allá de la burbuja, que lleva a suponer que todos están advertidos de lo que es un código de pocos, hay un importante tema de fondo: ¿es cierto que nos podemos reír de todo? Creo que en lo privado sí, en teoría no hay límites para el humor. Aunque en la práctica sí lo hay. El humor es sublimación, y cuando no tenemos los elementos suficientes para ella, no nos podemos reír. Los elementos pueden faltarnos por muchos factores, no es necesariamente estupidez como soberbiamente afirman algunos, el dolor puede ser uno de ellos.

En lo público, si bien sí se pueden hacer chistes sobre lo que sea, se paga un costo social por hacerlo. Sin embargo pasa algo semejante a lo que pasa en privado. No siempre nos podemos reír de cualquier cosa, es por eso que no oímos chistes sobre el Holocausto. Un tema que hay aquí, me parece, es que estamos en un momento donde está cambiando el costo social de los chistes. Por ejemplo, hasta hace poco era gratis hacer chistes sobre homosexuales, incluso se recibía aprobación social. Ahora ya no lo es. ¿Es bueno? ¿Es malo? Hay gente que lo vive como un retroceso, y otra que lo vive como un avance. A mí personalmente me parece un avance que hacer ciertos chistes tenga un cierto costo social. No quiere decir que ya no se pueda hacer chistes, el universo del humor es infinito, pero tendremos que elegir mejor los contextos en que nuestros chistes son contados, o pagar el costo social de no hacerlo. Si este costo es exagerado es otra pregunta que hay que hacerse.

El costado del dolor no es algo a minimizar tampoco, uno se ríe de algo cuando ya está en condiciones de hacerlo, cuando es algo superado. Como decía Woody Allen, “Comedia es tragedia más tiempo”. En el caso del cartel, puede ser gracioso para un montevideano lejano al tema, o para alguien que puede estar de vuelta de eso, pero no lo es para el embajador de México quien dijo que elevaría una queja. Es que de hecho esos carteles eran puestos en serio hace no más de 50 años atrás. Y en Estados Unidos hay hasta el día de hoy, incluso de parte de su propio presidente, manifestaciones anti-mexicanas. Está claro que no fue esa la intención de quien puso el cartel, sino todo lo contrario. Pero hay que saber que hay temas que son materia sensible.

Uno resigna libertades en pos de la convivencia, y dejar de hacer chistes que pueden lastimar seriamente a otras personas o asumir que éstos tienen un costo social, puede ser uno de ellas. Observo eso como una tendencia en el mundo hoy, y no me parece que sea una tendencia reversible.

La virtualidad y el hacinamiento social

Estos tres contextos se potencian con la presencia de las redes. Las redes sociales llegaron a nuestras vidas de repente y llegaron para quedarse, y con ellas se generó un gran hacinamiento social. Nos olemos los pedos mentales entre todos. Eso genera un roce permanente que hace saltar chispas y generar incendios por las cosas más triviales. Como ocurre cuando vivimos muchos en un pequeño espacio.

Hace pocos años atrás, elegíamos el contexto en que veíamos y escuchábamos a nuestros amigos, la información que recibíamos de ellos. Y cuando nos cansábamos, volvíamos a casa, o cortábamos el teléfono. Hoy para empezar, el concepto de amigo ha cambiado. Hay un estatus de amigo virtual que es más que un contacto de agenda, pero menos que un amigo de carne y hueso, y que es mucho más masivo, nuestros amigos virtuales son muchísimos más.

Más generalmente, está la virtualidad, que para mí es un nuevo estado de la mente, así como está el inconsciente, está la virtualidad, que está en un apartado de la consciencia. Hay amigos, realidades, espacios virtuales, que sólo existen en la virtualidad, que tienen dinámica propia. Y que por momento tienen una cierta analogía con los sueños, toman elementos de la realidad, pero no son enteramente “reales”.

Este fenómeno del cartel es para mí un fenómeno típico de la virtualidad, no habría generado lo que generó sin ella. Están quienes linchan, quienes linchan a los que linchan y así sucesivamente. Aparentemente nadie deja de decir algo despreciativo sobre quien ha cometido el pecado de no pensar como uno. Ninguno de los que curtimos los espacios virtuales nos hemos salvado de hacer eso alguna vez. La virtualidad es poderosa porque tiene simultáneamente la volatilidad de lo dicho y la potencia de lo escrito.

La insignificancia

Finalmente, es probable que, como miles de veces en las redes hayamos hecho un mundo de nada. En un par de días más no nos acordaremos del bendito cartelito. Pero, como dice Kundera, “Respira, D’Ardelo, amigo mío, respira esta insignificancia que nos rodea, es la clave de la sabiduría, es la clave del buen humor”.

Sobre el autor

Doctora en Matemática. Grado 5 en Facultad de Ingeniería UdelaR. Investigadora Nivel 2 SNI. Más en twitter: @janarhertz

Salsipuedes: la masacre de los indígenas charrúas con la que nació Uruguay

SALSIPUEDES: EL GENOCIDIO CONSTITUYENTE

religion
Martín Delgado Cultelli

Este 11 de abril de 2017 se cumplen 186 años de la masacre de Salsipuedes. Un genocidio brutal cometido por el estado contra la nación Charrúa, que ha sido constituyente de las relaciones sociales, políticas y económicas del Uruguay. Un recorrido por una de las zonas más oscuras y sangrientas de la historia de estos territorios.

Gestación de un estado, gestación de una masacre

Tras la convención preliminar de paz de 1828 entre el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata (actual Argentina) y el Imperio del Brasil, y con la intermediación de los embajadores de Gran Bretaña, se creó el Estado Oriental. El nuevo país nació de los intereses de los británicos por consolidar la paz, el orden y la libre circulación de bienes y servicios en la región del Plata, tras la cruenta guerra entre las Provincias Unidas del Río de la Plata (y sus facciones orientales encabezadas por Juan Antonio Lavalleja) y el Imperio del Brasil que se disputaban la Banda Oriental. El nuevo estado surgió entonces prácticamente como un protectorado británico para garantizar el equilibrio geopolítico de Sudamérica.

Sin embargo, quienes habían pelado por la emancipación de la Banda Oriental del Brasil no tuvieron ni voz ni voto. En especial los indígenas charrúas habían jugado, con su caballería de lanzas, un rol sumamente importante en batallas como las de Sarandí, Ituzaingó y en la conquista de las Misiones. A lo que hay que agregar su participación activa en la gesta encabezada por José Artigas contra españoles, portugueses y porteños entre 1811 y 1820.

Si bien los charrúas fueron actores fundamentales en las guerras de independencia, eran también  “poseedores desde una edad remota de la más bella porción del territorio de la República”, como diría Fructuoso Rivera más adelante [1]. Y no solo controlaban amplios territorios al norte del Río Negro, sino que frenaban cualquier impulso colonizador. Asimismo, los charrúas no permitían el surgimiento y consolidación de la propiedad privada rural. En consecuencia, las estancias eran fortificaciones militares, ya que los caciques y sus guerreros las atacaban constantemente, ataques de defensa territorial inmortalizados en la literatura rioplatense del siglo XIX como “malones”. Por otra parte, y a diferencia de los guaraníes, los charrúas eran de difícil evangelización, con lo cual la utopía cristiana de los “indios amigos”, sedentarios y agricultores, no era posible.

En el surgimiento de la nueva república se combinaron los intereses de la oligarquía terrateniente y del imperialismo británico. Las gremiales de hacendados venían realizando lobby político desde 1760 para que se arrebatara cada vez más territorio a los “indios infieles” (charrúas y guenoas principalmente), así como para desestructurar el sistema de los Pueblos de Indios, misiones religiosas de indígenas chaná y guaraníes que poseían territorios comunitarios. Precisamente, donde más éxito habían tenido las gremiales de hacendados fue en desestructurar el sistema misionero de los jesuitas y apropiarse de sus tierras. Ahora iban por las tierras que todavía tenían los charrúas. Por otro lado, el imperio británico seguía interesado en la libre circulación de bienes y servicios en la región. Les preocupaba en especial que los cueros de las estancias del interior pudieran llegar sanos y salvos al puerto de Montevideo, para allí ser exportados a Liverpool y Londres. Pero con los malones constantes de los charrúas a las estancias, los cueros no siempre llegaban al puerto. Por lo tanto Gran Bretaña también exigía una solución al “problema del indio”.

Otro factor no menor fue la utopía civilizatoria de las élites rioplatenses, impulsada por Francia y Gran Bretaña, de construir sociedades a imagen y semejanza de las principales potencias europeas, lo que implicaba deshacerse de su herencia hispana, pero sobre todo de su herencia indígena y africana. Con la idea de blanquear la sociedad, se incentivó la llegada de inmigrantes europeos a los que se les dio mayores privilegios que a los criollos, indígenas y afrodescendientes. Con el blanqueamiento surgiría la disciplina laboral para la gestación del capitalismo industrial, debido a que las poblaciones europeas estaban más acostumbradas al sistema fabril que las latinoamericanas.

Una “patria” con las manos ensangrentadas

Los otrora “brazo de hierro de la patria vieja”[2] se habían vuelto los principales enemigos de esta nueva “patria”. El 16 de enero de 1830 el parlamento encomienda al general Fructuoso Rivera que investigue “cuál es la situación de los salvajes llamados charrúas, cuál el punto que ocupan actualmente, cuáles los terrenos que se han apropiado después de la paz, y si, como se asegura, es cierto que en sus tolderías se hallan un número considerable de vagos y desertores, tanto de este como de los estados vecinos”[3]. Se desarrolla entonces toda una estrategiade inteligencia y captación. Los encargados de llevarla a cabo serían el coronel Bernabé Rivera (sobrino de Fructuoso) y el general Julian Laguna, quienes se contactan con los principales caciques para ofrecerles la posibilidad de un tratado entre la nación Charrúa y el Estado Oriental. Cabe señalar que si bien los charrúas siempre fueron muy confrontativos, también contaban con la tradición de los tratados, tradición esta que no solo se remontaba a la época de las guerras de independencia sino a la de las autoridades coloniales de España y Portugal.

Mientras se realizaba el trabajo de inteligencia militar hacía la nación Charrúa, se juró la primera constitución, oficializándose la República Oriental del Uruguay, y se eligió al general Fructuoso Rivera como su primer presidente. Las prioridades del gobierno eran dos: “pacificar” la campaña, en especial solucionar el “problema del indio” y atraer inmigración europea. Para justificar estas prioridades se desarrollaron aparatos subjetivos. De este modo, la prensa hablaba constantemente de los malones y del robo de mujeres blancas por parte de los charrúas (como si los criollos y colonos europeos no robaran mujeres indígenas), insistiendo constantemente en la necesidad de utilizar mano dura contra los “indios”. Al mismo tiempo, se alababan las virtudes de la cultura europea y la importancia de los agricultores europeos para el desarrollo de la campaña.

El cebo para reunir a los caciques y sus familias fue hablarles de “una próxima invasión al Brasil por el general Rivera, con el objeto de atraer al Estado Oriental, los ganados de toda clase, que habían llevado los brasileros en épocas anteriores, cuyos ganados serian destinados a poblar los campos fiscales entre los Arapey grande y chico, y que gran parte de esas haciendas les serian adjudicadas a los Charrúas”[4]. Qué más podían querer los caciques que el reconocimiento definitivo de los territorios ancestrales por parte de la nueva República. La reunión fue convocada para el 11 de abril de 1831, fecha que quedaría marcada en la memoria de toda la nación Charrúa.

Ese día un ejercito de 1200 soldados atacó de sorpresa a las familias charrúas que se habían reunido desarmadas y en son de paz. La acción se llevó a cabo en el famoso Paso del Tihatucurá del Salsipuedes (en la actual frontera entre Paysandú y Tacuarembó), un lugar luctuoso de nuestro territorio y de nuestra historia. Hasta el día de hoy no se sabe con certeza cuántos fueron masacrados, pero se estima que como mínimo se asesinó a doscientas personas. Unos cincuenta guerreros pudieron romper el cerco militar y escapar, y más de trescientas mujeres y niños quedaron prisioneros del ejército nacional. Los días que siguieron a la matanza fueron de violación a las mujeres y degollamiento de los varones, hasta que se dio comienzo a una marcha de más de 300 km hasta Montevideo donde serían vendidos como esclavos. Las principales ciudades donde se vendieron mujeres charrúas fueron Paysandú, Durazno y Montevideo. Los militares responsables de la operación (el mismísimo Fructuoso Rivera, Garzón, Laguna, el argentino Lavalle y Bernabé Rivera) se quedaron con niños charrúas que ellos mismos eligieron. La bacanal de regocijo por haber logrado lo que “ocho virreyes no pudieron”, como diría por carta Fructuoso Rivera al ministro Ellauri, se coronó con el envío por parte del gobierno de cuatro charrúas a Francia para ser exhibidos en los zoológicos humanos, reafirmando el lugar de poder de la civilización occidental.

Salsipuedes no fue el fin de las masacres hacía los pueblos originarios en el Uruguay. Posteriormente hubo una guerra de guerrillas entre el ejercito nacional y pequeños grupos de charrúas que resistieron hasta 1834. Por otra parte, en 1832, el levantamiento de los guaraníes de Bella Unión terminó en una masacre y brutal escarmiento. Fue así que algunos caciques y lo que quedaba de sus familias optaron por embanderarse en las facciones políticas de las guerras civiles entre blancos y colorados, con la esperanza de obtener algunas tierras y algo de respeto. Esa es la historia de los charrúas que pelearon con Oribe y con Aparicio Saravia, del cacique Amarillo, de Anacleto Medina (quien se vengó de la aristocracia con los “dotores” de la masacre de Quinteros) y de Gervasio y Pablo Galarza. Sin embargo, muy pocos obtuvieron la tierra. Las guerras civiles sirvieron más para desangrar al pueblo que para obtener algo de respeto. Otros pocos eligieron seguir luchando de forma independiente, solos contra el mundo. Uno de ellos fue el cacique Sepé, asesinado en 1864. También la cacica guaraní Luisa Tiraparé y su gente, asesinados en la destrucción de San Borja del Yí en 1862. Pero la mayoría fueron mujeres que sufrieron el abuso sexual, el látigo y el trabajo de sol a sol en las estancias. Algunas prefirieron juntarse con un “gringo” para que sus hijos fuesen más blancos y pudiesen “zafar”. Otras, olvidar y morir. Muchas conservaron la memoria del pueblo en pequeños rincones. La identidad charrúa se mantuvo de la puerta de la casa para dentro. El lugar publico era de la uruguayés. Esa uruguayés occidentalista que supo y sabe ser asesina y discriminadora.

Los legados de Salsipuedes

Según el investigador argentino Daniel Feierstein, los genocidios se pueden dividir en cuatro tipos: constituyente, colonial, poscolonial y reorganizador. Los genocidios constituyentes son aquellos “cuyo objetivo, en termino de relaciones sociales, es la conformación de un Estado-Nación, lo cual requiere del aniquilamiento de todas aquellas fracciones excluidas del pacto social, tanto poblaciones originarias como núcleos políticos opositores al nuevo pacto estatal”[5]. Si concebimos a Salsipuedes y las posteriores matanzas cometidas por el estado contra los charrúas y demás grupos indígenas como un genocidio constituyente, podemos entonces entender la fuerte negación de los pueblos originarios en el Uruguay. Es posible comprender que, pese a que los charrúas participaron en las luchas de independencia, el pacto social gestador del estado es el acuerdo entre Argentina, Brasil y Gran Bretaña y que en ese pacto no participaron ni fueron concebidos los pueblos originarios. Esto es reafirmado por la Constitución de la República que no hace ninguna mención a los pueblos originarios.

Todo el sistema político, social y económico construido a partir de 1830 niega a los pueblos originarios, siendo esta una construcción tan fuerte que ha penetrado en amplios sectores del campo popular y de la izquierda. Prácticamente ningún grupo social o político, tanto de los sectores más institucionales como de los menos, plantea un reconocimiento y reparación a los indígenas actuales, en la línea de los derechos internacionalmente consagrados para estos pueblos. El occidentalismo uruguayo sigue siendo absolutamente hegemónico. La negación del indígena constituye al Uruguay y a la uruguayés.

Pero a pesar del genocidio y de esta negación, a partir de salida de la última dictadura militar los colectivos de charrúas se han vuelto a organizar. Desde 1990, cada 11 de abril se hacen actividades públicas en recuerdo de nuestros antepasados asesinados y para reafirmar la vida de la nación Charrúa en un mundo que nos niega. Asimismo, desde 1997, distintos colectivos van al lugar de la masacre a reconectarse con los ancestros.

Este 11 de abril, el Consejo de la Nación Charrúa (Conacha) realiza una actividad en la plaza Líber Seregni de Montevideo donde habrá talleres y actividades artísticas, tanto tradicionales de la cultura charrúa como contemporáneas (ver agenda más abajo). Y el 23 de abril se realizará un encuentro en el lugar de la masacre, en la frontera departamental entre Paysandú y Tacuarembó, en el Uruguay profundo. Porque a pesar de los genocidios eternos y los olvidos intencionados, la nación Charrúa está viva y está de pie.

[1] Parte de guerra de Salsipuedes. En Acosta y Lara, E. 2010. La Guerra de los Charrúas. Ediciones Cruz del Sur. Montevideo
[2] Así era denominada la escolta personal de lanceros charrúas de Artigas.
[3] Bracco, D. 2013. Con las Armas en la Mano: Charrúas, Guenoa-Minuanos y Guaraníes. Editorial Planeta. Montevideo.
[4] Testimonio de Antonio Díaz, soldados que participó en la matanza. También se encuentra en La Guerra de los Charrúas de Acosta y Lara.
[5] Daniel Feierstein, citado en Bayer, O et al. 2010. Historia de la Crueldad Argentina: Julio A. Roca y el Genocidio de los Pueblos Originarios. Ediciones El Tugurio. Buenos Aires.