La obra de la OTAN: los mercados de esclavos en Libia

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1) El informe:

El pasado martes la Organización Internacional de Migraciones (OIM) denunció la existencia de mercados de esclavos en Libia, nutridos de los inmigrantes subsaharianos que llegan a Libia con la intención de cruzar a Europa. “Usted acude al mercado y puede pagar entre 200 y 500 dólares para tener un migrante” y emplearlo en “sus trabajos”, declaró el jefe de misión de la OIM para ese país, Othman Belbesi, en rueda de prensa.

El jerarca explicó que la OIM carece de cifras concretas de migrantes indocumentados vendidos de esta forma, pero sí dispone de testimonios de víctimas de este tipo de trata, así como de información proveniente de organizaciones libias y de activistas de derechos humanos y de imágenes centenares de hombres y mujeres que se venden en plazas públicas y en garajes de todo el país.

“Muchos se escapan, otros son mantenidos en estado de servidumbre y esclavitud entre dos y tres meses normalmente y muchos son incluso encerrados en áreas donde son forzados a trabajar a diario”, explicó Belbesi. Según el experto, algunos obtienen remuneraciones mínimas por su trabajo y otros no.

Por otro lado, el director de operaciones de la OIM, Mohammed Abdiker, señaló que “la situación es desastrosa. Sabemos que los emigrantes que caen en las manos de los traficantes se enfrentan a la malnutrición sistemática, a los abusos sexuales e incluso a la muerte”. Desde la OIM aseguran tener testimonios de mujeres que fueron vendidas como esclavas sexuales, las cuales sufrieron maltratos, violaciones y prostitución.

2)La causa:

Desde que las potencias de la Otan derribaron el gobierno de Muammar Gadafi, Libia está sumida en el caos marcado por una situación de estado fallido. El país actualmente tiene tres gobiernos que no se reconocen entre sí. Uno reside en Trípoli y está integrado por islamistas radicales, otro está exiliado en la provincia de Trobuk y es que está apoyado por la Otan. Por otro lado la ONU ha impulsado un tercer gobierno que no es aprobado ni por Trípoli, ni por Trobuk.

3)El escenario de los hechos:

los esclavos modernos son ofertados como mercancía en tianguis. Los compradores pasan, se tropiezan con ellos, tienen la oportunidad de ver la calidad del producto antes de llevarlo a casa a que cumplan con las labores requeridas. Es un ejercicio similar al de apretar una fruta en un supermercado para ver si está magullada, para comprobar si está madura. Son personas cuyo destino depende absolutamente de sus habilidades —que les dan mayor o menor valía— y del mejor postor.

En los “mercados de esclavos”, un migrante subsahariano —interceptado antes de que pueda zarpar a Italia y otras partes de Europa— vale entre 200 y 400 euros. Los traficantes han adquirido tal poder, sus sofisticadas redes se han expandido a tal grado que el transporte de migrantes ya no les es suficiente. Ahora, el trueque humano es su nuevo negocio fecundo.

4) Los testimonios:

Uno de los cautivos, un senegalés conocido como S.C contó para la organización que fue vendido por traficantes en la ciudad de Sahaba. Ahí, los libaneses procedían al intercambio mercantil con ayuda de ghaneses y nigerianos. Luego de ser comprado, fue llevado a un domicilio privado, donde alrededor de 100 migrantes permanecían prisioneros y los “propietarios” les exigían un pago de 500 euros para poder ser liberados.

Por supuesto que ninguno de ellos contaba con tales cantidades de dinero, así que los victimarios les permitían ponerse en contacto con sus familias para que les enviaran el monto solicitado para el rescate. S.C narra que algunos de los secuestrados recibían palizas mientras hablaban por teléfono para que sus familiares escucharan “cómo estaban siendo torturados”.

Mientras esperaban el rescate o una respuesta de sus relativos, debían vivir en condiciones decadentes e inhumanas, donde los migrantes-mercancías “eran obligados a sobrevivir con suministros limitados de comida” y los que no podían pagar eran asesinados o morían de hambre.

Los desafortunados que no lograban recibir dinero de sus familiares finalmente eran vendidos como esclavos, incluso varias mujeres eran compradas por “clientes libaneses privados” para ser trasladadas a domicilios particulares donde eran obligadas a esclavizarse sexualmente.

Adam, otro de los cautivos, corrió con mucha suerte. Logró que sus familiares juntaran y le enviaran el dinero que le pedían por su libertad. Finalmente fue liberado en una calle de Tripoli, la capital. Para ese momento estaba en los huesos, un cuerpo raquítico y demacrado de apenas 35 kilogramos. Una familia lo acogió durante un mes y ahora, gracias a un programa de “retorno voluntario” de la IOM pudo regresar a Gambia para reunirse con sus familiares.

Mientras tanto, el destino de los migrantes que no pueden pagar el monto que sus secuestradores les piden es incierto. Normalmente son empleados en la industria de la construcción o son obligados a cuidar las “casas de secuestro”. Cuando llega la hora de pagarles, sus nuevos dueños los traspasan a nuevas manos, que también tendrán la libertad absoluta de hacer con ellos lo que más les plazca.

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