Uruguay: ¿Vivir sin creer? Entre el cinismo y la esperanza.

¿Vivir sin creer?, por Hoenir Sarthou.

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Escribo bajo la impresión de dos hechos que no son extraordinarios. Mejor dicho: dos hechos que, como la vida es en esencia paradojal, se tornan extraordinarios justamente por su falta de extraordinariedad.
Hace pocos días, una maestra, esta vez de Soriano, fue agredida a golpes por la madre de uno de sus alumnos. La agresora fue detenida. Ante ello, para respaldarla, concurrieron a la escuela la abuela y una tía del mismo niño, que también actuaron agresivamente y fueron detenidas. Finalmente, las tres fueron procesadas sin prisión y los maestros de Soriano realizaron un día de paro en señal de protesta por el episodio.
El otro hecho es que hace un par de días, en la zona montevideana de Tres Ombúes, se encontraron los cadáveres de tres personas muy jóvenes, en el interior de un auto que había sido deliberadamente incendiado. Una de las víctimas era mujer, tenía veinte años de edad, jugaba fútbol femenino y no tenía antecedentes penales. Otro de los muertos era su pareja, de veintiún años de edad y, al parecer, vinculado al narcotráfico. Era sobrino de un conocido barra brava de Peñarol asesinado en 2015 y de la mujer de éste, asesinada el año pasado y encontrada también en un auto incendiado. La tercera víctima aun no ha sido identificada. La información policial asocia el hecho a una guerra por control territorial entre dos bandas de narcotraficantes, guerra en la que se cuentan ya al menos veinte asesinatos.
Hace varias semanas, Aldo Mazzuchelli publicó en “interruptor” un lúcido y demoledor artículo titulado “La educación en el contexto del cinismo general”.
El artículo, entre otras cosas, afirma: “El problema inicial es de cinismo. Los políticos no creen en la sociedad para la que tienen que organizar una educación. Los padres no creen en la sociedad para la que tienen que educar a sus hijos. Los hijos no creen en la sociedad en la que ni sus padres ni el resto de la sociedad cree. Los profesores tienen que educar a gente que no cree en los supuestos básicos de la sociedad en la que vive. Tienen que educarlos para esa misma sociedad en la que ellos, los educadores, tampoco creen.”. (me tomé la libertad de convertir los puntos y aparte de la cita en puntos y seguido, sólo por tiránicos motivos de espacio).
Más adelante, Aldo sostiene que ese escepticismo responde a la crisis del modelo social moderno, occidental, racionalista, burgués. Un modelo que conserva poder operativo y coactivo pero ha perdido legitimidad. Señala que la falta de alternativas a ese modelo se resuelve en hipocresía, lo que se nota también en la educación. Y concluye: “La “crisis de la educación” es pues, antes que nada, un síntoma de la falta de legitimidad de nuestras asociaciones colectivas”.
No me propongo controvertir esa tesis, porque la comparto. Es más, si se analiza lo que se escribe, se dice y se comunica hoy en el Uruguay, hay indicios de sobra para suponer que vivimos una etapa de descreimiento, de pérdida de confianza en los códigos de relación sobre los que fue edificada la sociedad uruguaya. Es una sensación fuerte, que subyace (y también “sobrevuela”) a muchos discursos, ya se refieran a la educación, al fútbol, a la política, a la seguridad pública, a la moral ciudadana o a lo que sea. La sensación como de que se hubiese perdido algún rumbo, o quebrado códigos de relación antes compartidos.
Oswald Spengler, a principios del Siglo XX, sostuvo que las culturas, a las que consideraba el verdadero sujeto de la historia, tenían ciclos vitales semejantes a la vida humana: niñez, juventud, plenitud y vejez (entendida ésta como agotamiento de sus posibilidades). En su obra más importante, “La decadencia de Occidente”, vaticinó el agotamiento de la cultura Occidental, desarrollada en Europa occidental y en América. Y fue muy preciso al situar la fecha en que el agotamiento se haría perceptible: “A principios del Siglo próximo”, dijo.
¿Tienen las culturas ciclos vitales de nacimiento, crecimiento, plenitud y agotamiento? ¿Vive el Uruguay, en tanto parte suburbana de la cultura moderna occidental, un proceso de decadencia histórica? ¿Es eso, en alguna medida, lo que experimentamos como descreimiento y pérdida de sentido colectivo? ¿Tiene alguna relación con las maestras golpeadas y los “ajustes de cuentas”?
La de Spengler no deja de ser una hipótesis. Como las de Marx, Darwin, Freud, Einstein y tantos otros, en tanto se postulan como explicaciones racionales de ciertos aspectos de la realidad, sujetas a verificación o refutación empírica,intentan explicar y sobre todo prever ciertos fenómenos. Todas, por ocuparse de materias muy complejas, permiten explicar o prever ciertas cosas y fallan para explicar o prever otras.
La idea de que vivimos la decadencia de Occidente –o al menos del modelo centrado en Europa y América del Norte- cunde hoy. Cada uno la vive como puede o sabe. Algunos la experimentan como una desconcertante ruptura de la escala de valores en la que fueron criados. Otros, como un vale todo en que cada uno puede y debe “hacer la suya”. Seguramente, sin tener ni idea de qué es “la civilización occidental”, las madres golpeadoras de maestras y los “ajustadores de cuentas”, no encontrarán nada respetable que les impida “hacer justicia” a su manera. Hace muy poco leí un artículo de Mario Vargas Llosa que identifica al Brexit y al triunfo de Trump como señales de la decadencia occidental (cada cual le llama “civilización occidental” a lo que quiere). Finalmente, no pocos intelectuales y académicos sinceros nos advierten de ese fenómeno sin otra finalidad que dar cuenta de una realidad desalentadora.
Desde mi época liceal me sorprendía que la historiografía –no la historia- actuara como el haz de luz de un foco seguidor en el teatro. El foco apuntaba primero a Egipto y todo el mundo de hace cinco mil años aparecía teñido de pirámides y crecientes del Nilo. Después pasaba brevemente por Persia y se desplazaba a Grecia, haciendo suponer que el mundo entero estaba pendiente de los diálogos de Sócrates, la democracia ateniense y, un poco, del ejército espartano. Después la luz apuntaba a Roma, subiendo, unos siglos más tarde, hacia el resto de Europa, más bien en dirección a París.
Para mi adolescencia, era sorprendente que el foco historiográfico casi no pasara por lugares como China o India, ni por América antes de la llegada de Colón. Sobre todo me preguntaba qué habría pasado en los alrededores del Nilo entre el triste romance de Cleopatra y Marco Antonio y el gobierno de Gamal Abdel Nasser, del que me enteraba por los diarios y la TV. Me preguntaba qué pasaría en esos lugares cuando la historiografía dejaba de iluminarlos. ¿Quedarían congelados hasta que volviera el haz de luz? ¿O, como los actores de cine cuando terminan una escena, se dedicarían a fumar, tomar Coca Cola y contar chistes hasta la hora de volver a filmar?
Asumamos que, probablemente, vivimos el tránsito entre el apogeo y la decadencia de una manera de vivir y de pensar que colonizó, económica, cultural y militarmente, a buena parte del mundo. De la que los uruguayos fuimos apenas parientes pobres durante poco más de cien años. Pero en Egipto, en Atenas, en Roma, y en sus colonias, la gente siguió viviendo después de que, para los historiadores occidentales, esas regiones dejaron de ser espejo y modelo del mundo.
En otras palabras: ¿En qué modifica nuestra situación saber que vivimos un momento de decadencia civilizatoria?
Por supuesto, nos obliga a estudiar con atención el nuevo giro del foco seguidor, para saber si, como dice Aldo, se desplaza hacia China o hacia otra parte. Y, ni hablar, nos impone la modestia y la disposición a reconsiderar audazmente muchas cosas que creíamos universales y establecidas. Resta saber, también, si la realidad económica de lo que llamamos “globalización” se modificará mucho o poco con el eventual cambio de eje civilizatorio.
Pero, pase lo que pase, nada nos liberará de la obligación de trabajar y de educar a nuestros hijos, o, lo que es lo mismo, de vivir, crear nuevos sentidos, e intentar autogobernarnos.
Quizá la nueva realidad civilizatoria sea uno más de los muchos problemas identitarios y estratégicos que tenemos irresueltos desde que surgió la Banda Oriental. Un nuevo motivo para pensar y pensarnos con originalidad.